SE ALQUILAN VAINAS.IV

Suele ocurrir que la velocidad del mercado termine por sobreexplotar conceptos cuando aún no hemos sido capaces de asimilarlos. Interactividad o Nativo Digital son ya parte de la jerga más en desuso cuando la realidad es que todavía no hemos ni comenzado a adentrarnos por el largo y sinuoso camino que proponen. Como en cada cambio de paradigma -y esta época que vivimos lo es- las consecuencias son trazables en todas las dimensiones de la vida humana mucho más allá de la vigencia del avance tecnológico o el descubrimiento que lo detonó.

Hay algo en este mundo en transformación que me resulta crucial; la forma en que vamos a percibirlo, a percibirnos a partir de ahora, desde ya mismo, desde hace algún tiempo, incluso. Cuando se menciona el término “cambio de paradigma” muchas veces se pasa por alto que no solo afecta a los mecanismos inmediatos que quedan caducos y son rápidamente reemplazados por nuevas tecnologías o descubrimientos. Un cambio de paradigma es un cambio en la manera en la que nos explicamos el mundo y el papel que desempeñamos dentro de él. Cambia la historia, la grande y la pequeña. Cambia el futuro de la humanidad. Y lo hace de un modo tan colosal y ajeno a la escala de nuestra cotidianeidad como los movimientos tectónicos de las placas continentales, o como el desplazamiento de nuestra galaxia por el universo. No es la velocidad lo que define la importancia de un cambio de paradigma sino la inevitabilidad de su curso.

Decía que cambiar el paradigma es cambiar la manera que tenemos de explicarnos el mundo y nuestro papel dentro de él. Lo hago así intencionadamente porque aunque la relación de inventos y descubrimientos que han causado un gran impacto en nuestras vidas es extensa, los avances en la transmisión de las ideas, de lo que pensamos, de lo que nos contamos los unos a los otros (y de cómo nos lo contamos) son probablemente los que han provocado los grandes seísmos históricos. Dicho en breve, cada vez que el hombre altera el statu quo de su manera de comunicar, la historia colapsa. Y en ese sentido tal vez solo podríamos hablar de cuatro cambios de paradigma en los cientos de miles de años que nuestra especie lleva caminando sobre el planeta.

No sé quién me dijo una vez aquello de “¿sabes por qué los humanos hablamos?”. “Porque éramos dos”. Bueno, por eso y por muchas razones que tienen en vilo a los científicos desde hace décadas, entre ellas hasta una mutación genética. Concluir el origen del lenguaje es uno de esos límites que cuanto más nos acercamos a su resolución más parece alejarse. Lo importante aquí es que un día el homo sapiens empezó a hablar y le debió de ir bien, porque no hemos parado desde entonces. El hecho de poder comunicarnos y hacerlo cada vez con más precisión y exactitud es lo que lleva al animal más enclenque de la sabana a dominar un ecosistema tras otro en su beneficio. A partir de ese primer cambio de paradigma tan difuso en su localización, el del inicio de nuestro primer lenguaje, el siguiente es más fácil de situar y fechar, con la aparición de la escritura, hace aproximadamente 6000 años.

La escritura surge de la necesidad de los comerciantes y los contables, pero a partir de su aparición se vuelve inevitable que tomemos conciencia del futuro y de nuestra capacidad para influir en él, ya sea para “sostenello” o para “enmendallo”, más allá de nuestra existencia. De ahí a convertir la escritura en sagrada hay solo un paso, una vez asimilada su función transcendente. Como inmediata consecuencia, con la escritura descubrimos que la comunicación es una herramienta del poder entendido como jerarquía, y así, el acceso a la escritura en la antigüedad es restringido, y aún lo es más a la lectura. Desde los escribas del Antiguo Egipto hasta los monjes copistas, durante cincuenta siglos la sociedad cedió la interpretación de si misma, y de todo su conocimiento a una minoría tan cualificada como exclusiva, guardianes del tesoro secreto. La importancia de Gutenberg es el papel proteico que cumple cuando entrega ese fuego divino a los hombres en forma de libro impreso y, por tanto, reproducible, abriendo la veda a que cada individuo se haga su propia idea del mundo a partir de un mismo dato, de una misma frase. En la imprenta está el germen no solo de la Reforma Luterana sino del racionalismo, la Enciclopedia, la Ilustración y la Revolución Burguesa, y finalmente, como apuntaba McLuhan, en las postrimerías de la Galaxia Gutenberg también de los medios de comunicación de masas.

La expansión del derecho no a escribir sino a interpretar lo escrito (comenzando por las Escrituras) se mantiene como el cambio crucial durante toda la edad moderna y contemporánea hasta la aparición de la world wide web y del concepto que va a transformarlo todo dando paso a una nueva Galaxia que se suele etiquetar como digital: la interactividad.

Un término tan sobreutilizado corre el riesgo de convertir su significado en insignificante. Hasta el punto de que ya hoy pocos dispositivos o soluciones presumen de ser interactivos, apenas dos décadas después de ser un término omnipresente. Sin embargo si algo define el cambio de paradigma que introduce internet en la manera de contarnos el mundo es precisamente el que por primera vez los espectadores se convierten en coautores, superando su papel de meros intérpretes. La obra abierta que describió Eco completa su círculo y son los propios autores, de las noticias, de los contenidos, de las obras, los que comienzan a ser público de su público. Es decir, la interactividad o, si se prefiere, el espejo de Alicia en cada pantalla.

Esa ruptura de la cuarta pared que ya anticipaba Bradbury en Fahrenheit 451 tiene un impacto tan colosal que cuesta vislumbrar toda su dimensión cuando apenas estamos viviendo la primera oleada durante estas décadas iniciales del milenio. Y aún así nuestra vida, la de todo el planeta ya muestra cambios evidentes del cambio de era. Tal vez el más llamativo es la transformación de nuestra visión secuencial y ordenada del tiempo y el espacio en otra visión en la que momentos y lugares ocurren simultáneamente, lo que nos permite saltar de uno a otro con una facilidad que antes no éramos capaces de concebir. Las consecuencias son como digo colosales porque la alteración del continuo espacio-temporal no es algo a lo que nuestro cerebro haya estado expuesto jamás hasta ahora.

Más allá de la ligereza con la que se distingue entre nativos analógicos y nativos digitales, aún es escaso el porcentaje de población que realmente domina este nuevo paradigma, es decir, la etiqueta de “nativo digital” sería más exacta si habláramos de “generación digitalizada”, distinguiendo así el ser capaces de usar las herramientas digitales pero todavía no de “pensar en digital”. Por ahora lo que hacemos es adaptarnos, algunos mejor, otros peor, algunos con más consciencia que los demás, pero sin que aún tengamos a nuestro lado personas que actúen con naturalidad y simultaneidad en los distintos espacios y tiempos de esta nueva hiperrealidad. De haberlas es en ocasiones puntuales de su actividad, y con todo y con eso solo a escala individual.

Como sociedad, como comunidad, ni las leyes ni las herramientas institucionales nacionales o supranacionales han llegado siquiera a plantearse esta ruptura de la linealidad del relato vital. Solo a ciertos niveles de poder global se puede intuir que sí hay una visión que sincroniza muy diferentes momentos y lugares en su desarrollo. De este modo, la distancia entre sociedad y poder se agranda durante este lapso de redifinición de nuestro mundo. El hecho de que la misma tecnología que ha contribuido a generar este salto a una nueva hiperrealidad se pueda llegar a convertir en la herramienta con la que suplamos nuestras carencias para abarcarlo y comprenderlo no elimina la cuestión principal, la de si habremos llegado a un punto tal en el que hayamos inventado algo que exceda nuestra capacidad de control y entendimiento.

Incluso en The Matrix las leyes de la narrativa cinematográfica (es decir, analógica) imponen una secuencialización en el relato que en el mundo de Neo y Morpheus ya no tiene demasiada razón de ser. Durante gran parte de la película lo digital se traduce en la rapidez para adquirir información, procesarla y reaccionar a ella. Sin embargo, en la escena del Oráculo y sobre todo en la escena final, la de la muerte y resurrección de Neo es cuando se muestra por fin el concepto central de la trilogía, muy desdibujado en los episodios siguientes por el exceso de persecuciones y escenas de acción, que es la de un nuevo entorno en el que el tiempo y el espacio ya no son referentes válidos para el conocimiento del mundo que habitamos ni, por tanto, para nuestra interacción con él. Esa metamorfosis de Neo es la metáfora del momento real en el que podremos hablar con propiedad de nativos digitales, de un nuevo momento en el que nuestra especie multiplique exponencialmente las realidades en las que se mueva, o quizás en las que no se mueva, por lo menos no de un modo material. Que nuestro cerebro sea capaz de trasladarse por espacios y tiempos simultáneos es una hipótesis no descabellada; que lo haga nuestro cuerpo, sujeto a las leyes de la física, resulta bastante más improbable. Las vainas en las que nos envolvemos para desplazarnos por la hiperrealidad puede que finalmente sean (tal y como apuntaban las hermanas Wachowsky en boca del personaje más antipático y traicionero de su película) no las prisiones sino los refugios donde explorar al máximo nuestra libertad de “movimientos”. El escalofrío que nos puede recorrer el espinazo solo por el hecho de pensarlo es una muestra evidente de lo lejos que aún estamos de pensar (y nacer) digitales.

 

La revolución ansiolítica

Lo que sí me interesa es constatar lo mucho que se parecen Uber, Tinder, Google Maps, Trivago… en fin, todas las aplicaciones que están redefiniendo la manera que la gente teníamos de ligar, circular por la ciudad o reservar una habitación de hotel, por ceñirme a esos pocos ejemplos. Al margen de su contenido o de su sector de actividad, todas ellas coinciden en aportar un mismo beneficio a los usuarios: eliminar o minimizar el factor clave de ansiedad.

Leo hoy, veinte de diciembre de 2017, la noticia de que el Tribunal de Justicia de la Unión Europea ha fallado que Uber es una empresa de transporte y, como tal, debe someterse a los mismos rigores que el resto del ramo. La verdad es que no pensaba comenzar este ensayete con una noticia de “rabiosa” actualidad, pero no es menos cierto que la mayoría de las veces que me siento a escribir dejo que las letras se vayan disponiendo lo más fluidamente posible y trato de no interponerme demasiado en su trayectoria. Ya se sabe, las carga el diablo.

El caso es que el diablo, perdón, Uber, ha sido arrojado del Cielo, o más propiamente, del limbo, que es donde muchas de las empresas nativas digitales se mueven con soltura. Con todas las prebendas de los integrados, pero sin tener que comulgar con mandamientos, sacramentos, sharias ni torá (marque la casilla que aplique en cada ciudad),  y con los privilegios también de los apocalípticos, pero sin llegar nunca a hervir en las calderas del Infierno. La pregunta que queda es ¿quién es quien está en el limbo ? Que Uber tenga que plegarse a las leyes del transporte de pasajeros no sólo es una buena noticia para la comunidad sino una mala noticia para los taxistas, por extraño que les cueste creerlo.

Qué bien cuenta esto David Gutmann cuando dice que hay que sentar a todas las organizaciones en el diván del psiquiatra. Las empresas, los colectivos, los países, tienen complejos y traumas tan sensibles como los de cualquier persona, y desentrañarlos es algo esencial si se aspira a su comprensión y entendimiento, no digamos ya a establecer comunicación. Trauma significa etimológicamente “herida”, así que el dolor o la rabia que vemos en la superficie trasluce esa herida profunda que los titulares no siempre nos dejan ver (o se empeñan en ocultar). ¿Cuál es, creo, el trauma de los taxistas? Además de lo evidente -y cito a Mafalda- el empezose del acabose de su negocio, la transformación digital supone sobre todo un ejercicio de interacción y transparencia que socava la manera de entender la vida del taxista. Para entendernos, el modelo de negocio del taxi no es el de un servicio público más, sino el de una inversión muy particular en todos los sentidos del término, ya que no sólo es personal sino que además nadie sabe su valor real, puesto que es especulativo desde el mismo momento de la adquisición de la licencia, cuyo precio es ficticio, sujeto a la demanda pero dentro de un sistema cerrado. Lo único que varía es el volumen de aspirantes a adquirir la licencia, que es lo que hace que un precio nominal irrisorio se multiplique de manera desorbitada. Así pues, la primera herida del taxista es ser plenamente consciente de que no compra una licencia, sino una deuda y una expectativa de saldarla cuyo plazo sólo depende de él mismo, ya que el mayor porcentaje de sus compradores/usuarios no acude específicamente a su “establecimiento”, en el que, además, no puede jugar con los precios. A partir de ahí, el conflicto está servido; si el taxista quiere recortar su deuda lo más rápidamente posible sólo lo puede hacer haciendo más rentable la única variable que puede manejar, el tiempo que pasa con su cliente.

Sin duda, el taxista puede elegir estrategias diferentes para su negocio, pero la que antes y más fácilmente se establece es la de “cuanto más saque a cada carrera más rápido recupero el dinero que he entregado”. En este argumento, los usuarios cumplimos el papel de antagonistas del taxista, ya que nuestros intereses son contrapuestos; nosotros queremos que la carrera sea la más rápida, corta, económica posible. La relación que se ha establecido desde el principio es frontal, y en gran parte ése es el motivo de que las quejas de los taxistas encuentren tan poco eco en el público al que, en teoría, sirven.

La gran novedad de Uber no son los coches negros y espaciosos, la amabilidad de los chóferes o la botellita de agua, tampoco que se pueda pagar sin llevar dinero encima. Todo eso son ventajas que el sector del taxi puede incorporar con relativa facilidad y poco coste. Lo realmente revolucionario es que por primera vez en el negocio del taxi el usuario se puede liberar de lo que más ansiedad le provoca cuando se sube a uno: por dónde nos van a llevar y cuánto nos van a cobrar. Por primera vez, los pasajeros de un transporte nos podemos despreocupar absolutamente si el chófer nos da una vuelta demasiado larga o toma una ruta que no es la que nos parece lógica o la que habitualmente usaríamos. Ya no es nuestro problema. Es la Transparencia, idiota, la madre de todas las transformaciones digitales.

El desenlace de esta historia es más o menos predecible, así que no voy a perder demasiado tiempo en aventurarlo. Lo que sí me interesa es constatar lo mucho que se parecen Uber, Tinder, Google Maps, Trivago… en fin, todas las aplicaciones que están redefiniendo la manera que la gente teníamos de ligar, circular por la ciudad o reservar una habitación de hotel, por ceñirme a esos pocos ejemplos. Al margen de su contenido o de su sector de actividad, todas ellas coinciden en aportar un mismo beneficio a los usuarios: eliminar o minimizar el factor clave de ansiedad. Ese nervio incómodo que nos atenazaba cuando teníamos que pasar el trago de decirle a alguien que nos gustaba y, después de mil dudas y cruzar el rubicón, encontrarnos con una negativa que no sólo nos dejaba frustrados sino desmotivados para intentarlo de nuevo durante un tiempo. O la tensión de reservar una habitación temiendo que, como muestra bien el anuncio, alguien la estuviera reservando por un precio mucho menor, con la subsiguiente y humillante sensación de ser tomados por idiotas. Por no hablar de la gran ansiedad del conductor de ciudad, la de ignorar en qué momento quedará atrapado en un atasco sin saber durante cuánto tiempo. Casi podemos afirmar que las grandes aplicaciones triunfadoras son aquellas que interpretan mejor el factor de ansiedad del público y lo resuelven de un modo sencillo y distanciado del problema. Valga como recomendación del significado real del término “human centered” para tantas empresas y emprendedores que parecen haber oído campanas pero no tener muy claro dónde.

No importa que Uber sea limitada por los tribunales. Su modelo de negocio será a partir de ahora más o menos rentable, pero lo que no será es irreversible. Los usuarios hemos probado la sensación de no sentir ansiedad y no vamos a aceptar graciosamente que nos devuelvan ya más a la pequeña tiranía de la opacidad. La gran oportunidad de los taxistas es aprovechar este impasse administrativo que protege su exclusividad para reordenar sus planteamientos y aceptar que al defender una parte de su inversión, la más escurridiza, se arriesgan a perderla por completo (y no quiero entrar aquí en otras consecuencias de la transformación digital aplicadas al sector de la automoción que todavía van a revolucionar más el panorama).

Con todo y con eso, mi interés al poner por escrito esta reflexión estaba centrado principalmente en preguntarme hacia dónde nos conduce un contexto tecnológico que elimina la ansiedad y la frustración de los aspectos más cotidianos de nuestra vida. ¿Acaso no ha habido otros similares en el pasado? Sin duda. Cada nuevo avance tecnológico nos ha ayudado siempre a superar una incertidumbre, ya fuera la salud de nuestros animales de carga, la resistencia de nuestras cosechas a las plagas o el resultado de una operación quirúrgica, entre miles de avances más. Sin embargo, a partir de la revolución digital, la novedad es que estos nuevos avances ansiolíticos ya no son fruto de  la investigación y creación de algo nuevo, sino de la manera de gestionar la información de lo que ya existe. Por tanto, son mucho más sencillos de crear y reproducir. Por seguir con el ejemplo central, para que los coches de motor sustituyeran a los coches de caballo fueron necesarios años de esfuerzo científico, industrial, empresarial, laboral, social. Para cambiar el modelo de relación con el taxi sólo ha hecho falta una idea y un pequeño grupo dispuesto a llevarla a cabo, un mínimo esfuerzo en compensación con lo obtenido. Tal facilidad me hace suponer que la proliferación de soluciones similares va a ser, una vez más, exponencial, hasta cubrir muy rápidamente todos los ámbitos de nuestra vida. Qué maravilla, tendríamos que decir. Con la cantidad de tiempo y espacio en la cabeza que nos devora la ansiedad y que ahora podremos dedicar a otros asuntos más útiles. Puede, pero puede también que a partir de ese punto, tal vez, lleguemos a encontrarnos igual de velozmente con una generación acostumbrada poco o nada a lidiar con la frustración. Impacientes ante todo lo que no sea “en tiempo real” e incapaces de asumir la ansiedad como un motor de actuación, de creatividad ante la adversidad.

¿Para qué nos sirve la ansiedad, el estrés? Según dicen, para enfrentarnos al peligro con los sentidos alerta, algo muy útil para nuestra especie desprovista de toda defensa natural. ¿A quién servirá que se elimine ese estado de alerta? Desde luego, a nosotros no nos vendrá nada mal un descenso de los niveles de cortisol, especialmente a los que vivimos en las ciudades, pero reconozco que según iba escribiendo me venía a la mente cada vez con más fuerza el escenario que se descubría al traspasar el umbral de “un mundo feliz“.

Por cierto, feliz año nuevo.