FAKE IT EASY V (y final)

Es tentador tratar de citar todos los factores que concurren para explicar nuestra realidad actual (o más concretamente, nuestra irrealidad) pero resultaría una tarea tan arriesgada como inabarcable. En esta serie me he querido ceñir exclusivamente a aquellos que afectaron de un modo determinante a la instalación de la falsedad como nuevo estándar de comunicación global, sin el cual no se explicaría la fácil y rápida expansión de las fake news.

Anuncios

Escena VI. Abril de 2019. Oficina del editor de un periódico de referencia.

No, ya no. Desde hace tiempo no hay personal para comprobar si los datos que aparecen en los artículos que nos envían para publicar son ciertos. Aquello de “corroborar los datos” se dejó de hacer en el diario, y solo se mantiene como práctica para lo que se publica en el suplemento semanal.

(Quién sabe si las propias empresas periodísticas no habrán considerado que el auge de las noticias falsas terminará por devolverles a los clientes perdidos. Jugar con fuego tiene el riesgo de que en vez de apostar por aquellas cabeceras de prestigio que garanticen la verdad de una información, terminemos por dudar de todas ellas, de ser indiferentes y, por tanto, completamente vulnerables a lo que nos quieran contar, simplemente basándonos en nuestro sentimiento como aval para otorgar nuestra confianza).

Escena VII. Mayo de 2019. Bruselas. Cuartel general de campaña de un partido político.

¿Qué hacemos? Pues fácil, lo mismo que los de enfrente. Ellos publican fakes continuamente y nosotros también.

Escena final. El otro lado del espejo. 2008-2018

En 2008 ocurren dos hechos aparentemente inconexos: la aparición del iPhone 3G y la desaparición de Lehman Brothers. A ellos habría que añadir un tercero que nos permite empezar a celebrar el nacimiento del fake como categoría, como mundo. En ese mismo año Facebook duplica su cifra de usuarios y supera los 100 millones. No es casual que un año antes hubiera incorporado su versión para móviles y habilitado la publicación de vídeos, y lo que es más significativo, que las grandes empresas hubieran comenzado a realizar fuertes inversiones en la red social creada por Zuckerberg.

Esos tres hechos tomados en conjunto trascienden su papel de antecedentes para convertirse en detonantes de nuestra apasionada entrega a la nueva realidad-ficción. Tal vez en ausencia de uno de ellos se hubiera neutralizado el auge de esta “fiebre” colectiva que hoy ya no nos despierta ninguna extrañeza, pero lo cierto es que cada uno de ellos aportó un elemento clave para que se diera la reacción en cadena que causaría la mayor explosión mediática de la historia.

En esencia lo que la caída de Lehman Brothers provoca en 2008 es que aquel 15 de septiembre, a la 1:45 am (hora local) ya no hubo forma de escabullirnos de la verdad: todo era falso. Con este “todo” me refiero a que se convirtió en mentira aquello que no podía, que no debía haberlo sido jamás. De un modo u otro habíamos asumido la mentira del político, del delantero que cae en el área pequeña, del vendedor de mercadillo o del amante sorprendido in fraganti. Pero cómo imaginar que la Banca, tanto la grande e intocable como la sucursal del barrio, la Iglesia, los medios, nuestro puesto de trabajo, el valor de nuestra vivienda, y hasta el Rey, nos tuvieran engañados. Cómo íbamos a imaginar un show tan colosal en el que todos fuéramos Truman. Cómo no dejar de pensar que nosotros mismos habíamos sido colaboradores necesarios de la mayor de las estafas. Fue, más que un shock financiero, el cortocircuito de nuestra forma de vida en todos sus aspectos y niveles.

La sociedad que se iría recomponiendo con enormes sacrificios de aquel enorme varapalo, de aquel momento de revelación del fraude global ya no volvería nunca a ser la misma. Salvando las distancias, algo muy similar a lo que ocurrió con la población alemana tras la derrota del nazismo y el descubrimiento de los horrores que habían preferido no ver.

Pero a diferencia de la firmeza alemana demostrada desde entonces ante cualquier mínimo indicio de revitalización del nazismo, nuestro descubrimiento del fraude no condujo a un compromiso similar, a excepción de aquel brote extraordinario y fugaz que se llamó 15M. En gran parte, quizás, porque el engaño, el propio como el ajeno, se convertiría en una herramienta de supervivencia para los tiempos duros que sobrevendrían. No quedó otro remedio que mentirnos y autoconvencernos de que la crisis sería algo pasajero, que tendría fin y todo sería como antes, el trabajo y el sueldo y el precio de nuestra casa y nuestra capacidad de consumo y nuestras vacaciones y… no fue así. Por seguir en el mundo de los términos griegos, lo que llamábamos crisis se revelaría catarsis, pese a que todavía hoy muchos (empresas, gobiernos, personas) pretendan ignorarlo.

Facebook se convierte, y junto a ella el resto de redes sociales, en el gran refugio para ese autoengaño. A partir de 2008 la escalada de sus cifras de usuarios es supersónica y su hegemonía será prácticamente absoluta hasta fechas muy recientes. Facebook se erige, así, como el canal de canales, de los que cada individuo es al mismo tiempo creador, productor, editor, distribuidor y comercializador de los contenidos que “emite”, sean propios o no. Es por tanto el medio donde se termina de consolidar el imperio de lo subjetivo frente a lo objetivo.

Evidentemente, en los comentarios propios cada cual es libre de hacer de su capa un sayo y decir lo que quiera de sí mismo, sin mayor exigencia de veracidad que la que uno mismo se fije. Sin embargo, en los contenidos compartidos el usuario hace de amplificador de una noticia de la que no ha realizado ninguna comprobación sobre su autenticidad. En parte porque no la necesita, al fin y al cabo su muro es un medio aparentemente personal, para amigos y familiares; y en parte también porque cada vez nos importa menos el contenido que compartimos y más el comentario con el que lo acompañamos.

De este modo, los millones de espectadores hasta entonces limitados a lanzar nuestras quejas y alabanzas a quien tuviéramos al lado, comenzamos a replicar ante propios y, sobre todo, extraños, lo mismo que habíamos visto hacer a miles de tertulianos y opinadores del mass media. En plena crisis, esa satisfacción inmediata de poder exhibir nuestro aplauso o disgusto (llegando incluso al insulto) se convierte en un ansiolítico del que podemos disponer sin medida y sin receta. Más aún, siguiendo el ejemplo de nuestros referentes televisivos, empezamos a vigilar y preocuparnos por nuestro “rating”, nuestro “share”, nuestra popularidad en términos de audiencia. De pronto escuchamos a un amigo del que no suponíamos tanta pasión por la opinión de los demás lamentarse de los pocos “me gusta” que ha obtenido su último comentario o vanagloriarse de lo contrario. Como consecuencia, paulatinamente comenzamos también a cuidar que lo que publicamos guste y a descartar lo que nos parece que no tendrá suficiente repercusión, mientras descuidamos el principio de honradez, de veracidad. Cualquiera que haya estado vivo durante los últimos quince años puede echar mano de los mil y un ejemplos de “maquillaje” de tantos recuerdos, sentimientos, experiencias… que no eran lo que decían ser cuando se publicaron.

A ello contribuye también lo que empieza a denominarse “el fenómeno Youtuber” una gran ilusión reeditada esta vez con la promesa de convertir los vídeos personales en grandes éxitos, primero de audiencia y a continuación de ingresos. Como en los tiempos de Jack London la nueva fiebre del oro nos lanza a la carrera por encontrar nuestra propia mina virtual. Sin embargo, lo que es éxito para uno no garantiza que lo sea para los demás. El primero es un pionero, los siguientes, unos imitadores. El 99% de los youtubers se limitan a hacer lo que han visto hacer antes tanto en el propio Youtube como en los programas de televisión. Con un presupuesto raquítico y unos medios compuestos por una webcam y una habitación en la mayoría de los casos, el nuevo audiovisual individual se puebla de… tertulianos. Gente que comenta videojuegos, películas o canciones, gente que opina de política, deporte o restauración, gente que habla, sentada o en la calle, que no para de hablar. La televisión low-cost vive su big bang. Ella misma ha alimentado durante años a esa bestia que comienza a devorar su modelo de negocio y cuestionar su supervivencia.

Teníamos la motivación, teníamos la oportunidad. Para culminar un crimen ya solo era necesario disponer del arma. Y nos la pusieron en la mano, reluciente y cargada con dinamita, es decir 3G y WiFi.

El reemplazo del teléfono para “hablar” por el teléfono “inteligente” (¡qué estupendos adjetivos crea el marketing!) no solo consiguió que este se convirtiera de inmediato en un objeto de deseo (la opción sin lugar a opción era seguir con el teléfono “tonto”) sino que sin siquiera cambiar de nombre cambiara por completo su significado. Eso y nuestro modo de mirarlo. Literalmente. El teléfono pasó de ser “mirado” apenas durante los instantes de marcar un número o aceptar una llamada (y alguna partida de “snake”, claro) a que nos doliera mantener la vista apartada de él. Es decir, de su pantalla. Por fin la pantalla había caído en nuestras manos. Pero por sí sola la pantalla no era suficiente para desencadenar la revolución que se inicia aquel año.

Los nuevos modelos de teléfono inteligente incorporan una característica que a priori parecía apenas un gadget más, pero que será el que transforme de una vez y para siempre el ecosistema mediático: la cámara de foto y vídeo. Sin los smartphone la publicación de los contenidos personales de los usuarios habría estado mucho más limitada, pero la cámara abre la puerta a un nuevo capítulo en la historia de las comunicaciones humanas, un nuevo paradigma, quinientos años después del de Gutenberg. Es el momento en el que todos podemos ser por fin autores sin más criterio que el propio, sin necesidad de crear más contenido que simplemente exhibir fragmentos de nuestra vida.

Los primeros en notar ese cambio fueron precisamente las agencias internacionales de noticias. El último día del año 2006 un vídeo abría las cabeceras de todos los informativos de televisión, el de la ejecución de Saddam Hussein. Es un vídeo de calidad pésima pero tiene la virtud de ser el único. En eso no se diferencia de cualquier otra exclusiva emitida con anterioridad. La gran novedad es que ese vídeo no ha pasado por ninguna agencia de prensa antes de llegar a las redacciones sino que ha sido subido directamente a YouTube. Había sido grabado con un teléfono móvil.

2008. Años de depresión, de escasez de oportunidades laborales, de vuelta a la vida casera. Años en los que podemos desahogarnos y sentirnos escuchados, respondidos, correspondidos, desafiados, reafirmados solos, frente al teclado, construyendo a golpe de post, de selfie, de tuit nuestro personaje público, muy parecido a nosotros salvo que no tiene por qué mostrar nada que no deseemos que se vea. Años de entretenimiento y evasión al alcance de la mano, de aplicaciones “gratuitas” con las que poder jugar sin interrupción, matar los tiempos muertos.

2018. Codiciamos aquello que vemos cada día, que decía el Dr. Lecter. Después de generaciones siendo los espectadores de otros, en la última década hemos disfrutado del goce enorme de ser nosotros los leídos y observados por los demás. En nuestro cotidiano consumo mediático hemos reemplazado el estar informados por sentirnos cohesionados. A partir de ahí, las fake news solo tienen que entrar donde saben que serán bien recibidas.

Cada contenido que llega a nuestro móvil, a nuestra pantalla, no lo sometemos ya, por tanto, al escrutinio de su autenticidad sino de su utilidad para atraer la atención de los demás. Los hoax, las fake news, las fotos que retocamos, las historias que “vivimos”, los “followers” que compramos, los “éxitos” que publicamos hacen de combustible y ni su origen ni su verdad nos preocupan tanto como declaramos en voz alta. Más de un 80% de la gente dice que las fake news representan una grave amenaza para la democracia. La encuesta no revela (no sabemos si llega a preguntar) cuál es el porcentaje de los que se preocupan por averiguar si el contenido que comparten y comentan es o no fake. Como tampoco debe de ser fácil de medir, ni de preguntar y mucho menos de contestar en qué medida nuestros perfiles sociales están llenos de verdades que solo lo son a medias.

COROLARIO

Gran parte del “atractivo” de las fake news es parecido al de la junk food con la que tantas cosas comparte: nos provoca una satisfacción primaria por eso que nuestro cerebro aprendió a desear sin ofrecer resistencia con el paso del tiempo, es decir, azúcar, grasa y sal, (bien aliñada con glutamato monosódico para que nos enganchemos todavía más), y a un precio irrisorio. Del mismo modo, las fake nos dan contenido que mezcla ingredientes por los que nuestro cerebro saliva. Son fáciles de entender, exageran (es decir, nos llaman la atención), pero siempre a partir de un insight (un prejuicio, un preconcepto) o un dato que tenemos firmemente afianzado en nuestro pensamiento (los inmigrantes están desesperados, los taxistas son rancios y corporativistas, los empresarios son codiciosos y malvados, y así…) y nos permiten ponernos a favor o en contra sin necesidad de más análisis, solo con el titular.

Y son “gratis”, más aún, nos invitan a hacerles caso vía un mensaje que llega de una fuente que pertenece a nuestra red social, es decir, que ha pasado nuestro primer filtro de confianza.

¿Y si el objetivo principal de las fake no fuera el hacernos creer en su autenticidad -que también- o bajarnos las defensas para contribuir a su viralización, es decir, a la desinformación? ¿Y si las fake news fueran en realidad un termómetro, un sensor más para medir nuestros niveles de alerta, de rapidez e intensidad en la reacción, de sensibilidad, de la evolución de nuestros intereses y preocupaciones o de nuestro umbral de saturación ante ciertos temas? El verdadero Big Data que cada día ayudamos a construir en las máquinas que gestionan nuestra comunicación es mucho menos el de la información de nuestras acciones “objetivas” que el de nuestras emociones, de nuestros impulsos, de lo que hacemos “sin pensar”. Ahí está el verdadero “data mining”. Cada vez que reaccionamos a una fake en el sentido que sea (incluso no reaccionando), la única verdad que se transmite es la de desnudar nuestro yo más íntimo ante un desconocido.

EPÍLOGO

En Matrix los humanos muestran la imagen que desean percibir de sí mismos, y no la que en realidad tienen. En Minority Report se retrata un hampa dedicada a proveer de identidades offline que permitan escapar del control total de cámaras y sensores. Una sociedad que ha descubierto las satisfacciones del fake difícilmente aceptará volver a la cruda y sincera realidad. Por un lado, es de esperar que en algún momento aflore una nueva economía de la desconfianza. Por ejemplo, Uma Thurman sometiendo a una prueba de ADN un pelo de Ethan Hawke en Gattaca para estar segura de que él es quien dice ser. En contraposición, es previsible que surja una industria que ofrezca la posibilidad de escapar de nuestra propia ilusión; de vendernos una dosis para regresar por tanto tiempo como nuestro crédito se pueda permitir a una realidad real, desconectada; de borrar o al menos neutralizar nuestra presencia virtual, de mantener una doble vida en la que poder volver a ser eso que cada vez nos cuesta más reconocer en la pantalla en la que nos contemplamos: a nosotros mismos.

 

FAKE IT EASY III

Para llegar a la sencillez perversa de la “fake new”, es decir de la información que desinforma, hubo que ir desmontando paulatinamente una serie de verdades anteriores firmemente afianzadas en el imaginario colectivo. Una de las más cruciales, la de que la televisión cuidaba lo que salía por la pantalla, tanto en forma como en contenido. A lo largo de los años noventa del siglo pasado, esa percepción se fue disolviendo a golpe de formatos televisivos que hicieron de la necesidad (presupuestaria) su virtud. Aunque hablar aquí de virtud quizás sea algo desproporcionado.

(aunque se puede leer por separado, este post se entiende mejor tras leer los capítulos anteriores de esta mini-serie: Fake it easy I y Fake it easy II)

(ENTREACTO)

En 1990 la televisión española entró en la pubertad, con las hormonas revolucionadas gracias a llegada de “las privadas”, que se sumaban así a la oferta audiovisual de las cadenas públicas nacionales y autonómicas: nacía el zapping y al mando a distancia que se entregaba junto con el televisor le descubrimos no sólo su utilidad sino también todo su significado: quien tenía el mando tenía el mando. El estirón fue tan notable que al igual que un adolescente en plena metamorfosis, las virtudes de la incipiente madurez de la industria televisiva arrastraban en idéntica medida un buen puñado de efectos secundarios no siempre gratos a la vista o al oído.

De algún modo, la televisión pública nacional, TVE, ya había comenzado a prepararse para el impacto del nuevo escenario. Un par de años antes del cambio de década, había comenzado su emisión matinal en días laborables. El encargado de desarrollar aquel formato inédito en España fue Jesús Hermida, que fue nuestro primer experto en asuntos americanos (los del norte, claro) y que por tanto era el profesional idóneo para tratar de adaptar a nuestra realidad los míticos “Today” (NBC) o “Good Morning America” (ABC).

Se llamó “Por la mañana” y mostró desde el primer momento no sólo la inteligencia de Hermida para conducir un matinal y convertirlo en un icono de la cultura Pop. También mostró cuál iba a ser la tónica que definiría el broadcast televisivo en los años que vendrían: la era del low cost.

Muy resumidamente se trata de lo siguiente: por la mañana no hay anunciantes porque no hay audiencia. Sin publicidad, los recursos de producción de un programa se vuelven muy escasos casi inexistentes. Así que lo que en el prime time nocturno puede costar un minuto, por la mañana tiene que dar para costear una hora de televisión. A partir de ahí, ¿cómo se llenan horas de contenido televisivo? Eliminando producción (es decir, un mismo set sirve para todo el día), eliminando guión, evitando productos de ficción cuyo precio por pase no compensa la escasa audiencia que lo verá, etc, etc.

“Por la mañana” estrenó en nuestras pantallas algo que los españoles apenas sabíamos que existía, el culebrón. Los snobs se reían, la crítica se mofaba, pero la gente lo adoraba. Daba igual que cuando el protagonista diera un portazo temblara toda la pared del decorado de cartón, que se vieran colgando de la oreja los pinganillos por los que se dictaba a los actores lo que tenían que decir, o que la misma escena se mostrara una y otra vez en distintos capítulos y que lo que se podía haber contado en veinte durara doscientos. El culebrón había llegado para triunfar, y no sólo al mediodía, sino a horas mucho más visibles, como se vería. La “culebrización” de los contenidos guarda relación directa con la escasez presupuestaria, no solo en términos de producción sino sobre todo de guión. En España los episodios de las comedias tenían que durar una hora por capítulo -mientras en Norteamérica duraban media hora- para ser rentables. El relato se “estira” más allá de la ficción. Ahí nos encontraremos también con la manera en la que se alargan “conflictos” en los programas de cotilleos, por ejemplo. Como nueva regla, lo artificioso supera el contenido y se extiende a la propia forma con la que se presenta.

Sin embargo, el mayor golpe de timón se hizo sentir en el punto de vista de los nuevos contenidos a emitir. Hasta entonces, lo que la “tele” decía iba a misa. “Lo he visto en la tele” era un argumento tan o más potente que el actual “lo he visto en la wikipedia”. El rigor objetivo en el tratamiento de la noticia era una condición sine qua non para cualquier cadena que se preciara de seria, más aún una pública. Y entonces, sin preámbulo ni aviso, las horas muertas de la mañana abrieron la puerta principal a la “opinión”. Era un subgénero importado de la radio, de las tertulias, que la tele nunca había tenido demasiado en cuenta por su poca sustancia audiovisual (“gente sentada hablando” no sonaba por aquel entonces como la definición de lo que podría ser un “taquillazo”). El caso es que en la nueva tele de bajo coste irán adquiriendo protagonismo los “especialistas”, los “comentaristas”, los tertulianos sin más aval que su simpatía y versatilidad…

“Lo han dicho en la tele” se va volviendo de repente líquido y casi gaseoso, evanescente. De todo se puede opinar y el que más grita es el que más razón tiene. Si no en aquel primer programa de Hermida, sí en todos los que seguirán cuando lleguen las demás cadenas de la parrilla. Como cantaba Antonio Vega, aprendimos a mentir y no sentir temor. Las opiniones son libres siempre que no se presenten como otra cosa, con la salvedad de que en el contexto televisivo adquieren un peso de veracidad que es el propio medio el que la otorga.

En apenas dos movimientos sin gran trascendencia aparente, Culebrón y Tertulia, se apuntan ya las claves de la televisión de los noventa y, con el tiempo, del futuro continuo mediático digital: lo que era estelar, lujoso, de cuidada producción y estética inicia su pendiente hacia lo vulgar. En paralelo lo que era común, invisible, ordinario, comienza su ascenso hacia lo estelar. Estas dos tendencias avanzarán de un modo imparable anunciando la llegada del momento verdaderamente interactivo, de ese cruce de vías a partir del cual ya no se podrá distinguir entre estrellas y anónimos, dando origen a una nueva categoría de pobladores de las antenas, las celebrities. Ese momento llegará alrededor del cambio de milenio y tendrá un título igualmente deudor de Ray Bradbury: Crónicas Marcianas. De la década del low-cost audiovisual llegaremos a una nueva cota de la interactividad que nos conduciría al otro lado del espejo. No diga realidad, diga “reality”. Pero eso será en la siguiente escena, ya en el próximo capítulo.

(continuará)

NOTA: Sin aspirar a un detalle exhaustivo, la “foto” que acompaña este post muestra los hitos más reconocibles y relevantes de ese recorrido cruzado a lo largo de la década (y se prolonga con menos detalle en algunos hitos más recientes).

 

 

FAKE IT EASY II

“Comenzamos codiciando aquello que vemos cada día”, le decía el Dr. Lecter a la agente Starling. (para entender mejor este post en su contexto, recomiendo empezar por el primer capítulo de esta miniserie, Fake It Easy I)

Escena I. Algún momento entre 1800 y 1850. El salón de la casa de una familia burguesa.

No son reyes ni nobles ni representan a ninguna institución. No son artistas, no son conocidos ni célebres más que para su grupo de íntimos y familiares. Sin embargo su rostro va a quedar inmortalizado en una pintura al óleo, que están encargando a un retratista a la altura de su presupuesto. El cuadro no será expuesto en ningún edificio oficial ni museo sino que está destinado a ocupar un lugar en la pared de la estancia doméstica. Sólo para sus ojos y los de los invitados ocasionales. No son los primeros, otros antes que ellos les han hecho desear ver su imagen reflejada con el mismo tratamiento que hasta entonces sólo se reservaba para los miembros más notables de la sociedad.

Aún faltan algunos años para que un invento llamado fotografía acelere el tiempo entre el encargo del retrato y el producto final, aunque eso no impedirá que continúe habiendo público suficiente como para que un pintor pueda ganar algo de dinero gracias a la vanidad de quien quiera verse (y pueda pagárselo) como protagonista único de una obra de arte.

La guillotina revolucionaria ha certificado el fin (teórico) de la jerarquía que enaltecía a reyes, nobles, altos clérigos y mandos militares, y establece el principio de igualdad como sostén del estado contemporáneo y democrático. Pero no nos basta con decirlo, no basta con saberlo en el fondo; la igualdad se demuestra también igualándonos en la forma. La nueva clase burguesa dominante codicia los signos de ese poder que durante siglos se ha exhibido inalcanzable ante sus ojos. Comienza la conquista de la representación pública de nuestra imagen.

De este modo, silencioso, sin que haya una reseña especialmente notoria en los libros de historia, en el pequeño salón de la casa de un pequeño burgués se ha comenzado a desarrollar un fenómeno clave en la construcción de un nuevo modelo de percepción de la propia identidad individual y social que alcanzará su punto álgido dos siglos después. Entre medias, Andy Warhol cumplirá con su papel de profeta del inminente descubrimiento del hombre de a pie, del ciudadano común, de mirarse/admirarse, y desear que los demás participen de esa ceremonia del ensimismamiento.

Escena II. 1981. Sección de Imagen y Sonido de unos grandes almacenes.

Durante los febriles preparativos de “sus” Mundiales de fútbol, una España que todavía contempla gran parte de su realidad en blanco y negro, se apresta a equiparse con el ya irrenunciable televisor en color y su inseparable aliado de la década, el grabador-reproductor de vídeo. Parece mentira que el color llegue más de una década tarde a la mayoría de los hogares de nuestro país, pero sin duda es un atraso que ya no se repetirá nunca más. Estamos a punto de entrar en el Mercado Común, o simplemente en el Mercado, y los siguientes artilugios los iremos adquiriendo al mismo ritmo y velocidad que el resto de consumidores occidentales, compartiendo con ellos, por ejemplo, el gran dilema del tecnoconsumidor de ese momento: ¿betamax o vhs? Una de esas batallas comerciales comparables a la que años después protagonizarían mac y pc o iOS y Android, por citar alguna. El resultado de aquel combate es ya irrelevante, toda vez que la cinta magnética es una reliquia vintage sobre la manta de cualquier mercadillo callejero. Sin embargo, lo que está ocurriendo en ese centro comercial es una revelación de imprevisibles consecuencias, casi una revolución.

Junto al reproductor de vídeo las compañías electrónicas han desarrollado también una cámara capaz de grabar la realidad en esa misma cinta magnética. El avance es considerable, si tenemos en cuenta que hasta entonces grabar una película casera exigía un proceso moroso y complejo de revelado, por no hablar de la escasa duración de las películas de Super 8 con las que se cargaban los “tomavistas” (otro nombre-reliquia que define la inocencia del “cineasta” doméstico). Por primera vez se puede grabar una hora, incluso más, y esa misma cinta en la que grabamos va directamente de la cámara al reproductor (y al televisor) de casa sin ningún proceso intermedio.

Dejémoslo ahí de momento. Ya habrá ocasión de recuperar este momento revelador (sin revelado) más adelante. Quedémonos en esa escena de la tienda de televisores, la pared plagada de monitores encendidos a los que alguien ha decidido conectar una cámara de vídeo que apunta directamente a los visitantes de la tienda. Cada vez que uno de ellos se pone delante del objetivo su cara se multiplica por las pantallas e, inevitablemente, se desencadena una serie de reacciones que parten del descubrimiento de la propia imagen en movimiento, la réplica o imitación de poses “televisivas” y una exclamación dirigida a sus acompañantes: “miraaa, que salgo en la tele”.

El salto de verse en una imagen estática a verse en movimiento no es sólo técnico. De pronto, la gente, así, en general, se planta en el umbral de un mundo que, una vez más, estaba reservado a las élites, a quienes tuvieran alguna virtud o pecado que se hiciera merecedor de enviar a un operador de cámara para alimentar el espectáculo audiovisual. Más aún, en ese momento, el hasta ahora espectador de las imágenes filmadas o grabadas por otros, se convierte en director, en creador de un material audiovisual con el que, y es la primera vez que ocurre, puede interrumpir la programación televisiva para emitir, aunque sea sólo dentro de su propio entorno doméstico, el contenido que él mismo ha creado. Es decir, puede intervenir en la programación televisiva sin más esfuerzo que apretar una tecla.

En ese momento, Alfonso Arús tiene 20 años

Escena III. 18.09.1990. Martes, después de la cena. El salón de una vivienda, cualquier vivienda.

En los años ochenta, el certero Juan Cueto, recientemente fallecido, había titulado como “El ojo del cíclope” la columna sobre asuntos y contenidos televisivos  que escribía semanalmente para “El País”. El hecho de definir al televisor como ese ojo colosal, al que nada se escapaba (quizás de haberse publicado en este siglo la hubiera titulado “el ojo de sauron”), introducía un aspecto novedoso (visionario, si jugamos con las palabras), el de convertir al objeto observado en observador, anticipando de algún modo este presente interactivo en el que somos vistos en la misma medida en la que vemos.

Ese 18 de septiembre de 1990 en el que situamos la escena, la transformación del televisor en televidente se hizo (por seguir jugando) evidente. Los españoles atendimos con especial pasión al inicio de un programa cuyo contenido consistía en vídeos grabados por los propios espectadores, vídeos caseros como se denominaron o, según el título del programa, “Vídeos de primera”. La crítica televisiva no tardó en poner en la picota el formato, especialmente por lo que tenía de exhibición impúdica de los propios espectadores, dispuestos a dejar caer a sus hijos por un barranco con tal de tener un documento merecedor del millón de pesetas de entonces que el programa entregaba al vídeo más votado por la audiencia. El público, en cambio respaldó sin ambages las primeras temporadas de emisión con unas cifras de seguimiento igualmente millonarias.

Al margen de los datos, que en este caso sí son relevantes, lo más llamativo de esa escena es la escenografía del programa. Apenas un sofá y un televisor ocupan el centro del set por el que Alfonso Arús, el presentador, se mueve como si fuera su casa, es decir, lo que se ve es una imagen especular de la habitación desde la que los propios telespectadores se concentran ante el televisor, un reflejo que invita al engaño, un trampantojo que permite la ilusión de pensar que los dos lados de la pantalla son el mismo. Aquel día la televisión giró sobre sí misma e hizo la primera demostración de interactividad de un medio de comunicación masivo. Lo vulgar iniciaba su viaje de transformación hacia lo estelar. Ese deseo sembrado por la burguesía del XIX había culminado su primera cumbre, su primer ochomil; el vídeo grabado en casa ya no sólo era mirado/admirado por los miembros del entorno privado, sino que se exhibía ante millones de otras familias y en prime time.

El pueblo llano había centrado la mirada de las cámaras con anterioridad, pero sólo por cuestiones extraordinarias, como un suceso u otro evento de actualidad informativa, como contenido documental, objeto de un estudio antropológico o social, o como originales intérpretes de algún número artístico o extravagante. Ahora no era así, lo que se mostraba eran tropiezos, golpes, caídas o algún que otro “frikismo” (antes de que el nombre se popularizara) de lo más corriente y cotidiano. Y la gran diferencia, que era el propio público el que se grababa a sí mismo, todavía de un modo inocente, infantil, casi como en los principios del nickelodeon: carreras, resabalones y trompazos.

A lo largo de la década de los noventa esa estelarización de lo vulgar fue dando pasos cada vez más ambiciosos y generando un efecto simétrico y de signo contrario, el de la vulgarización de lo estelar. Ambas corrientes tenderían hacia su confluencia final, hacia ese momento en el que estrellas y vulgares terminarían por ser indistinguibles. Sólo había que esperar que se dieran las condiciones necesarias, y no tardarían mucho en llegar.

(continuará…)

 

 

 

FAKE IT EASY I

Las noticias falsas, las falsas noticias. ¿No es asombroso lo rápido que nos han invadido? Recuerda en parte esas campañas militares en las que un ejército ocupaba un territorio como un relámpago, sin encontrar “apenas resistencia”. ¿Cómo es posible que hayamos dejado que algo tan contrario a lo que declaramos por principio nos haya conquistado tan rápidamente? ¿Han vencido nuestra resistencia o es que ésta nunca se produjo?

Reconozcamos que hablamos de las fake news como de un fenómeno ajeno a nosotros. No somos los creadores, así que debemos de ser las víctimas, claro, sin duda, de algún malvado cerebro en la sombra (ese Putin) que orquesta desde su guarida secreta las oleadas de desinformación con las que pretende alcanzar sus oscuros intereses de dominio global. Es decir, Spectra. Eso o, sencillamente, nos resignamos a pensar que es un precio a pagar por la multiplicidad de rendijas que abre el mundo digital en una sociedad que apenas ha comenzado a intentar adaptarse a sus nuevas leyes sin ley.

Ambos pretextos autoexculpatorios (el “no soy yo sino el Maligno”, y el “es que el mundo digital es incontrolable”) se antojan de una simplicidad que llama la atención, especialmente en dos tipos de reacción, la pública y la privada, la de las instituciones y la de la industria de la información. Los teóricos guardianes de la veracidad informativa han hecho gala de unos reflejos tan escasos como los de un boxeador a punto de besar la lona. Incluso asumiendo que la irrupción de las fake news les haya pillado con la guardia baja en una primera oleada, ¿no resulta extraño que siendo unos los gestores de los servicios de inteligencia y los otros los dueños y conocedores de todo tipo de mecanismo de información y difusión hayan mostrado tan poca diligencia para ayudar a su clientela a solucionar un problema que preocupa a más del 80% de los ciudadanos?

Apenas unas semanas antes de las elecciones europeas, el Gobierno español anunciaba la creación de una unidad de vigilancia de fake news, sin que haya habido más noticia de ella desde entonces, salvo el comentario añadido de que no se conseguiría una legislación europea al respecto hasta 2025. No news, bad news. Mientras, en las sedes de las empresas de comunicación, sobre todo las esencialmente orientadas a la información, como las grandes cabeceras periodísticas, tampoco se observa mucho más que la habitual cobertura que vienen dedicando desde hace mucho tiempo a los asuntos digitales, asomando ese sesgo tremendista del que sangra por una herida que aún no es capaz de cauterizar. A riesgo de equivocarme no he visto que ningún periódico online, ningún servicio informativo de renombre haya dispuesto algo tan sencillo como, por ejemplo, una sección permanentemente actualizada de bulos (una traducción al español que me gusta especialmente, y que sirve tanto para “fake news” como para “hoax”).

En el MIT hace ya casi un año que desarrollaron un algoritmo para detectarlos con un 65% de eficacia. Puede que alguien esté ya en ello, pero ¿a qué esperan las grandes compañías de telecomunicaciones para ofrecer a sus millones de clientes una app preventiva de la intoxicación informativa? Quizás habría que recordarles que la mujer del César no solo debe ser honrada.

Unos y otros señalan la gravedad del asunto pero sus acciones desdicen las palabras. Y en cierta medida lo mismo ocurre con nosotros, los consumidores, los ciudadanos. Si nos preguntan por las fake news enseguida respondemos que la democracia está en peligro, pero como ocurre con sus parientes cercanos, los hoax, rara vez nos paramos apenas a comprobar si el mensaje que acabamos de reenviar nada más recibirlo era o no verdad.

Hay quien ha apuntado a los intereses económicos de los dueños de internet, los facebook, whatsapp, linkedin… y otros beneficiarios subsidiarios del tráfico de datos que circula por ellas. Y no deja de haber quien se acuerde de citar aquello de no dejar que la verdad te arruine una buena historia, que se ha convertido en el estigma de los magnates periodísticos sin escrúpulos, valga la redundancia. Pero aún y con todo el que haya intereses en difundir falsedades no explica la facilidad (¿felicidad?) con las que nos las hemos creído y difundido. Esa colaboración necesaria, la de todos nosotros, me parece más interesante de explorar, a fin de entender los mecanismos de eso que se llama posverdad y que parece tan ligado al nuevo relato del mundo.

Las razones para esta divergencia entre la preocupación que declaramos y la reacción que no adoptamos son, como siempre, de muy distinta naturaleza, pero ya que estamos en el terreno de la comunicación y la percepción me ceñiré a él. Es fácil suponer que, una vez más, el fenómeno de fake news no es novedoso sino la última vuelta de tuerca de algo que hemos ido construyendo a lo largo del tiempo, que es parte intrínseca de nuestra construcción social, humana, y que, simplemente, ha encontrado en el ecosistema digital las condiciones perfectas para su propagación tumoral. Quizás si viajamos en el tiempo y nos detenemos en algunos momentos puntuales de nuestra historia, sea más fácil distinguir esas semillas iniciales, esos brotes que han terminado por cubrirnos de mala hierba informativa.

Escena 0. El Silencio de los Corderos (1991) Minuto 1:19:11. Una celda en medio de un gran salón.

Hannibal Lecter:

Vuelve a los básicos, Clarice. Lee a Marco Aurelio. De cada asunto en particular pregunta qué es en sí mismo. ¿Cuál es su naturaleza? ¿Qué es lo que hace él, este hombre al que buscas?

Clarice Starling:

Mata mujeres …

Hannibal Lecter:

¡No! Eso es secundario. ¿Qué es lo primero que hace, lo esencial? ¿Qué necesidad satisface al matar?

Clarice Starling:

Ira, resentimiento social, frustración sexual …

Hannibal Lecter:

No. Lo que hace es codiciar. Esa es su naturaleza. ¿Y cómo empezamos a codiciar, Clarice? ¿Buscamos cosas que codiciar? Procura esforzarte en la respuesta.

Clarice Starling:

No. Solo …

Hannibal Lecter:

No. Exacto. Comenzamos codiciando lo que vemos cada día. ¿No sientes las miradas cuando recorren tu cuerpo, Clarice? ¿Y acaso no diriges tu mirada hacia las cosas que deseas?

¿Y qué es lo que vemos cada día que podamos codiciar en las fake news? Eso es precisamente lo que muestran las siguientes escenas que irán apareciendo en las próximas publicaciones de este blog.

(continuará)

 

SE ALQUILAN VAINAS.III

Nos asomamos a un momento tan sorprendente como vertiginoso, el de ser capaces de crear un poder omnisciente, omnipresente y absolutamente indiferente al sufrimiento humano; al que entregamos el criterio de lo que debe ser protegido o eliminado sin discusión, en aras de un supuesto bien común. Como los vecinos del edificio Dakota, actuamos como protectores de una semilla ya implantada, la del dios todavía inmaduro al que nutrimos constantemente de alimento informativo para que llegue a emanciparse cuanto antes.

En cierto modo todas las distopías nacen de la imposibilidad de concebir la libertad absoluta dentro de la utopía. Y por tanto, todas ellas están basadas en el fracaso de la utopía original, la del paraíso creado para un hombre al que se le permite ser libre con la única condición de estar sometido a una autoridad mayor a la que no debe intentar aproximarse -el árbol de la ciencia del bien y del mal-. El enunciado de libertad obediente es de primeras dadas un oxímoron, porque está escrito que en cuanto el hombre desobedece el dueño del edén le indica el camino de salida de forma expeditiva. Las consecuencias son siempre nefastas; que si sudar por el pan, que si parir con dolor, que si caer al mar envuelto en llamas o que las rapaces te devoren el intestino una vez al día por lo menos. Así las gastan los dioses -o los de arriba si se prefiere- cada vez que los de abajo actuamos por cuenta demasiado propia. Pasa con los héroes proteicos y tampoco mejora cuando cambiamos de escala. En la magnitud de miles de millones de seres humanos el precio de la utopía es la vuelta al redil, el sometimiento a la autoridad, a menudo invisible, intangible, divinizada por tanto en sus formas y acciones. Nadie ve nunca al Gran Hermano, ni al Mago de Oz ni al cerebro de Matrix.

Desde otra perspectiva la distopía que parece más inminente en su cumplimiento, la de que la Máquina tome el control absoluto, creo intuir que es un fenómeno que responde más a lo humano que a lo tecnológico, como una retorcida vuelta de tuerca al concepto Deus ex machina. Nuestro cerebro es capaz de inventar diversos futuros posibles, y lo hace incesantemente, eso de deducir lo que ocurrirá a partir de lo que percibimos que ya ocurrió. Está en el origen de todas las conspiranoias, que no son más que un reflejo de nuestra arraigada tentación de convertir la consecuencia que conocemos en la causa que desconocemos.

La trampa que cualquier teoría de la conspiración nos tiende es la de pensar que puesto que podemos explicarnos el pasado a partir de relacionar los distintos factores que lo originaron, es altamente probable que hubiera una inteligencia que los provocó. Como en tantas otras cosas, puede que nos engañemos y simplemente estemos necesitando que haya un razonamiento previo como reflejo del que aplicamos “a toro pasado”, lo que se conoce como “sesgo retrospectivo”.

De este modo, tendemos a pensar o deseamos creer que hay una autoridad creadora inteligente que planifica o al menos dispone las condiciones para lo que nos está ocurriendo. Llamémosle Dios (Hume ya se ocupó en su momento de desmontar esa visión conspiranoica de la divinidad planificadora dando inicio a la deriva racionalista de la que nace todo esto que vivimos hoy) o “poder oculto en la sombra”, el caso es calmar nuestra inquietud por pensar lo contrario, que no hay plan alguno, que todo es circunstancial e imprevisible aunque explicable (si no, de qué iban a vivir los economistas). Hasta ahora esa presencia superior ha sido cuestión de fe, pero los tiempos están cambiando, gracias a otra cualidad bien humana, la de inventarnos no sólo lo que soñamos sino también aquello que tememos. Somos, ya se sabe, el animal que mejor ha desarrollado su capacidad de imaginar una amenaza donde no la hay. Ese miedo “de fantasía” que llamamos ansiedad ha encontrado terreno abonado en esta sociedad hiperultracomunicada a la que podríamos datar dentro del “Ansiolítico Inferior”.

La mayoría de las distopías tecnológicas, de Huxley a Black Mirror, se han elaborado a partir de esa suerte de proceso “divinizador” de una Máquina que termina por superar y superponerse al designio con el que la creamos. Hoy asistimos con fascinación creciente y no menos creciente inquietud a los avances de una inteligencia artificial que nos va relegando día tras día en todo eso que de tan humano nos parecía intransferible. La mayoría de los empleos en trance de deshumanización no son, contra lo que se pensó inicialmente, los de “cuello azul” sino los de “cuello blanco”. ¿En la sociedad del tráfico exacerbado de información qué aporta esa ingente masa laboral que ni crea ni transforma, que simplemente se encarga de acarrear la información de un lado a otro? Los modelos de negocio de intermediación son los que más han sufrido y sufren el embate digital.

Tampoco los “creadores” se quedan fuera de la onda expansiva. Al pasar por la turmix de la sociedad de consumo, las industrias de la creatividad no se distinguen de las de cualquier otro sector fabril. Los guionistas del cine, los autores del pop, los escritores de best-sellers, e incluso los artistas plásticos al servicio del mercado y la producción masiva ya empiezan a ser sustituidos por programas especializados sin que seamos capaces de distinguir unos de otros. Las distopías auguran ese momento en el que la Máquina tomará finalmente conciencia de que el ser humano haya dejado de necesitar a otros seres humanos para mantener su modo de vida. Parte del proceso de individualización y aislamiento que percibimos en esta sociedad (paradójicamente llamada en red) se refleja en que cada vez confiamos menos en nuestros congéneres y más en los algoritmos para asuntos tan sencillos como preguntar por el mejor camino para ir a tal sitio o tan personales como elegir a la persona con quien podríamos llegar a relacionarnos.

Así, de los dos grandes poderes con los que la divinidad nos arrojaba al infierno o al cielo, el de infundir miedo o el de inspirar amor, parece que la tecnología de cuyo culto nos hemos ido revistiendo actúa como herramienta más al servicio del primero que del segundo. La inteligencia artificial ha sido nuestra apuesta y viene a ser nuestra culminación de siglos reverenciando a la inteligencia en detrimento de la bondad como virtud de referencia. Hemos querido creer que la bondad nos hacía vulnerables y la inteligencia invencibles cuando en realidad lo que está sucediendo, lo que ya sucedió, es justo lo contrario. Nos asomamos a un momento tan sorprendente como vertiginoso, el de ser capaces de crear un poder omnisciente, omnipresente y absolutamente indiferente al sufrimiento humano; al que entregamos el criterio de lo que debe ser protegido o eliminado sin discusión, en aras de un supuesto bien común. Como los vecinos del edificio Dakota, actuamos como protectores de una semilla ya implantada, la del dios todavía inmaduro al que nutrimos constantemente de alimento informativo para que llegue a emanciparse cuanto antes.  

¿Quién podrá discutirle al algoritmo su verdad construida con trillones de datos? ¿Quién querría planteárselo, pensar en desconectar la Máquina cuando la alternativa es volver a la inseguridad de las decisiones irracionales? ¿Quién desearía volver a la nebulosa de creer a ciegas en un dios inmaterial cuando nos hayamos dotado al fin de un dios tan anhelado, tan tangible, tan fiel a la imagen y semejanza de nuestra razón? ¿Y cuando todo esté calculado, para qué preocuparnos, interesarnos, apasionarnos, arriesgarnos a nada que no sepamos a donde nos lleva con la máxima seguridad? La vaina en la que Matrix nos cultiva es una imagen terrible, cinematográfica y, por eso mismo, excesivamente costosa y altamente improbable. La realidad es mucho más sutil, más económica. En el imperio de la inteligencia la cápsula que nos aísla somos nosotros mismos.

(continuará…)

SE ALQUILAN VAINAS.II

¿Qué son las vainas de Matrix sino la culminación de ese deseo de seguridad? En ellas no hay riesgo ya de que ningún estrago físico nos impida disfrutar de una vida plena y sin contratiempos. La verdadera guerra que hoy se libra (o que quizás ya se libró) es la de saber si cedemos la última tajada de libertad que nos quedaba sin entregar, la de pensar -ya muy cuestionada, condicionada y manipulada- y, sobre todo, la de sentir. Los síntomas apuntan a lo contrario. En el entorno digital cedemos información mucho más íntima y sutil que la que creemos estar dando a cambio de llegar más rápido y más barato a nuestra próxima compra, destino o relación.

Si hubiera que reprocharle algo a las hermanas Wachowski en su impactante The Matrix, estrenada ahora hace veinte años, sería su benévola concesión a nuestra vanidad de creernos esa especie inconformista y rebelde que en realidad nunca hemos sido. En parte por eso y en parte por la naturaleza épico-mesiánica del relato era del todo necesario que la raza humana hubiera sido sometida por las máquinas después de un duro enfrentamiento, tan duro como para haber terminado con toda esperanza de vida sobre la superficie del planeta. De esa narración preapocalíptica, con resonancias tanto del Diluvio Universal (la omnipresente lluvia de Matrix) como de otros pasajes bíblicos, se desprende la inevitable y esperanzadora existencia de una Zion que resiste a base de ingenio y fe (cualidades ambas muy humanas) el constante acoso de la incansable inteligencia artificial.

Sin embargo, la lógica narrativa y la lógica histórica suelen correr en paralelo y se entrecruzan mucho menos de lo que se llega a imprimir en letras de molde. La Historia la escriben los ganadores, ya se sabe, y es raro que éstos renuncien a la tentación de retocar aquí y allá los hechos para que con el paso del tiempo lleguen a convertirse en mitos culturales, esos mitos sobre los que se consolida su victoria cuando ya no quedan testigos de lo que sucedió. Si nuestra memoria individual es traicionera no digamos la colectiva, de la que depende gran parte de la cohesión de nuestra sociedad. Los historiadores dedican la mayor parte de su tiempo no a la búsqueda de lo que ocurrió sino a evitar reproducir confiadamente aquello que todo el mundo recuerda pero no ocurrió jamás. Es algo que se aprecia muy especialmente cuando apenas han transcurrido unos pocos años desde que sucedieron los hechos que se relatan, es decir, cuando los testimonios presenciales aún están frescos. Un pacto tácito de silencio nos conjura a todos para que no cuestionemos aquello que no nos resulta tan meritorio como sería nuestro deseo. Ni la transición democrática española fue tan ejemplar ni el levantamiento contra el invasor napoleónico tan popular y masivo como durante tanto tiempo se aceptó. Y no, tampoco todos los que dicen que formaron parte de La Movida estuvieron en Rock-Ola aquella noche.

Hay que esperar tiempo para que aceptemos “desclasificar” los archivos ocultos de nuestra memoria, para ese momento en el que la verdad se supone inocua, cuando ya no quedan testigos y los pocos supervivientes aún atesoran con más celo su recuerdo frente a una realidad que nunca termina de serlo del todo.

La historia no oficial que Morpheus le desvela a Neo en Matrix una vez que éste se toma la pastilla roja, cabe suponer, es igualmente bienintencionada y protectora del honor humano. Nos derrotaron en una cruel batalla a vida o muerte en la que resultamos vencidos, sí, pero sin dejar de luchar hasta el final. Por eso, los humanos envainados que sirven de pila a la Máquina deben ser rescatados, porque son prisioneros de guerra, aunque ya lo hayan olvidado anegados en vida por el líquido amniótico en el que vegetan.

La resistencia heroica -desesperada- de Zion es completamente verosímil. Sin duda un grupo de humanos acorralados está llamado a la hazaña ya sea en un terreno deportivo o al borde del abismo de Helm, en Roncesvalles o en las Termópilas. No resulta, sin embargo, tan coherente con nuestro devenir el que en el origen de esa neo-esclavitud haya habido un comportamiento tan heroico. A fin de cuentas si en algo nos hemos especializado desde que salimos de las cavernas es en alcanzar niveles cada vez más sofisticados de seguridad y certidumbre a cambio de ceder lo único valioso que hemos tenido desde nuestros primeros pasos, la libertad con la que los dábamos.

Seguridad a cambio de libertad ha sido desde el inicio la clave de nuestras transacciones vitales. El humano en soledad se sabe y percibe frágil y vulnerable, y a partir de ahí cada asociación para asegurar la supervivencia se convierte en un acuerdo, en un compromiso con los demás. Como decía Bertrand Russell, “la libertad es algo maravilloso, pero no cuando hay que pagar por ella el precio de la soledad”. Así que libertad es el precio que pagamos para satisfacer la necesidad de de esa protección o tranquilidad que nos da el sentirnos acompañados. El resto es Historia. En el momento que para asegurarnos el mañana comenzamos a almacenar el grano y abandonamos la vida nómada, es también cuando comenzamos a crear y aceptar códigos y leyes que restringían nuestros deseos y pensamientos más libres. Y cuanto menos libres, más capaces éramos de organizarnos en grupos cada vez más grandes. De la tribu a la polis, y desde allí hasta el planeta globalizado de urbanización hiperconectada que hoy somos todo ha sido un continuo intercambio de libertad por seguridad, a veces más evidente, a veces menos, por momentos más material, en otros más espiritual.

¿Y qué son las vainas de Matrix sino la culminación de ese deseo de seguridad? En ellas no hay riesgo ya de que ningún estrago físico nos impida disfrutar de una vida plena y sin contratiempos. La verdadera guerra que hoy se libra (o que quizás ya se libró) es la de saber si cedemos la última tajada de libertad que nos quedaba sin entregar, la de pensar -ya muy cuestionada, condicionada y manipulada- y, sobre todo, la de sentir. Los síntomas apuntan a lo contrario. En el entorno digital cedemos información mucho más íntima y sutil que la que creemos estar dando a cambio de llegar más rápido y más barato a nuestra próxima compra, destino o relación. En el cruce de datos entre nuestras decisiones más “racionales” y nuestras manifestaciones subjetivas ayudamos a construir un escenario en el que poco a poco vamos adquiriendo la seguridad de no equivocarnos ni siquiera en lo que pensamos, no vayamos a ser víctimas de nosotros mismos. Eso que llamamos “corrección política” se extiende desde las ramas hacia la raíz del pensamiento. Lo celebramos como un avance cultural, y seguramente lo sea, pero pocos parecen cuestionarse los efectos secundarios de esa uniformización a la que nos estamos conduciendo. ¿Llegaremos a temer, como sugiere “Minority Report”, nuestras ideas y fantasías más personales, libres, incontrolables? Cuando nuestro próximo trabajo, relación o seguro médico nos mida por lo que algún día publicamos o dijimos, igual que ya se hace con los tuits de los aspirantes a la carrera política, ¿qué podremos entregar a cambio de la seguridad de no caer en nuestras propias trampas mentales sino la libertad con la que las creábamos?

No lo contaremos así, pero nuestra rendición a la Máquina es muy probable que no nazca de la derrota sino de la ansiedad. Que seamos nosotros mismos los que nos conectemos, igual que cualquier otro día, a una de las entradas de la Red Social ya integrada en nuestros propios dispositivos corporales, y pidamos que sea Ella la que tome el control, que nos coloque un filtro de seguridad que no podamos desactivar, a cambio de la paz y el sosiego de saber que nuestros pensamientos serán siempre los que nos convienen, ya no a cada uno, a todos nosotros, así, en plural, porque en ese momento todos seremos una.

(continuará)

 

SE ALQUILAN VAINAS.I

La revolución digital y los fenómenos asociados a ella, principalmente el de la deslocalización de la producción, han llevado a que las ciudades hayan dejado de ser espacios de fabricación para irse convirtiendo en un entorno de prestación de servicios y, por tanto, independiente de los ciclos de sueño. Vivimos en ciudades cada vez más insomnes ya que nuestro trabajo no depende tanto del horario industrial como del horario social.

En gran medida somos plenamente, cotidianamente conscientes de que no somos otra cosa que tiempo. Y ésa es una de las incertidumbres del vivir a las que nos hemos acostumbrado, la de cómo conciliar las distintas dimensiones de nuestra temporalidad. Por si no bastara con eso, cada salto tecnológico (cada nuevo monolito) nos obliga a redefinir nuestras referencias temporales, que a su vez alteran y modifican las espaciales, las sociales, las de todo aquello que vamos percibiendo en nuestro actuar y pensar.

Internet nos ha vuelto ubicuos, perennes, nos ha dejado en fin, a las puertas de poder ser otro poco menos humanos, más superhombres, de vulnerar límites físicos que todavía no habíamos cuestionado. Eso que veíamos con gozosa incredulidad hace veinte años cuando estrenaron Matrix, esa superación reflejada en la flexibilidad del cuerpo, en la inmensidad de los saltos o en la velocidad de los movimientos de Neo, Trinity o Morpheus, nos mostraba cómo gracias a la Red éramos capaces de adquirir nuevos superpoderes. El relato cinematográfico lo exponía en un plano visual y épico, pero en la realidad (incluso en esta virtualidad real por la que ahora nos movemos) nuestra capacidad física se está viendo desafiada y alterada sin tener que llegar a esas demostraciones grandilocuentes, sin ir más lejos en una de nuestras necesidades más básicas, la de cerrar los ojos y dormir.

El ser humano siempre ha necesitado dormir. Nada de lo que nos distingue social o individualmente está por encima de esa necesidad universal. Llevamos miles de años durmiendo y aunque no se saben bien las causas por las que lo hacemos, los científicos coinciden en que es un mecanismo evolutivo que no ha podido ser desechado, incluso siendo los menos dormilones de los primates. Dormimos menos horas que nuestros parientes más peludos, sí, pero dormimos más profundamente.  Ni siquiera nosotros hemos podido escapar a esa obligatoriedad. Y si no lo hacemos sufrimos todo tipo de trastornos hasta llegar a morir antes por no dormir que por no comer. Ha habido experimentos en ese sentido, aunque los que mejor lo saben, los torturadores de todo tiempo y lugar, no hayan dejado registro de sus récords.

Sin embargo, ya lo cantaba Frank Sinatra: welcome to the city that never sleeps, y se lo podría haber cantado a cualquier otra ciudad. No es sólo Nueva York la que no duerme sino todo ecosistema urbano contemporáneo. Hasta no hace demasiadas décadas la ciudad se expandió poblándose de mano de obra industrial, los obreros del éxodo rural contribuyeron a hacer de los núcleos urbanos las metrópolis que se desarrollaron durante el siglo XX. Pero los obreros, como los artesanos o los productores de todo tipo de bienes necesarios para satisfacer la demanda de esa enorme concentración de nuevos urbanitas, no dejaban de cumplir con sus horas de sueño. Dormir también era parte de una vida en cadena.

La revolución digital y los fenómenos asociados a ella, principalmente el de la deslocalización de la producción, han llevado a que las ciudades hayan dejado de ser espacios de fabricación para irse convirtiendo en un entorno de prestación de servicios y, por tanto, independiente de los ciclos de sueño. Vivimos en ciudades cada vez más insomnes ya que nuestro trabajo no depende tanto del horario industrial como del horario social. La esencia de la mayor parte de oficios que se desarrollan en la ciudad es la de gestionar algo que no fabricamos, ya no somos cadena de montaje sino de distribución. Nuestra labor urbana cotidiana se centra cada vez más en hacer llamadas y enviar emails y wassaps, trasladando información de una punta a otra. Ya no somos fabriles sino febriles. Somos todos un poco motoristas de glovo, sólo que lo que acarreamos como hormigas son bits y más bits.

Aun así nuestro trabajo nos agota y las horas de sueño nos siguen siendo necesarias, si no fuera porque la ciudad que no duerme es ahora un planeta entero. Un planeta urbanizado de servicios, de movimiento en el que, como en el imperio de Felipe II nunca se pone el Sol. Este animal que necesita dormir se ha fabricado para sí un mundo siempre alerta. Al contrario que en el tango, ya ni el músculo duerme ni la emoción descansa. ¿Cómo poder vivir en un mundo en el que siempre hay alguien despierto? Aparentemente, es algo que intentamos resolver entregándole nuestra consciencia (y quizás nuestra conciencia) a quien no necesita dormir ni dejar de hacer nunca su trabajo. Estamos trasladando, así, no sólo nuestro conocimiento sino también nuestra percepción, nuestra reflexión y nuestra reacción a la Máquina. Estamos trabajando intensamente, de hecho, en lograr descargar en máquinas y redes todo lo que almacenamos en nuestro cerebro, más allá incluso de los simples datos, hasta la propia identidad.

Dentro de poco se publicarán anuncios: “Se alquilan vainas” “Deje que su cabeza trabaje por usted, deposite su cuerpo en una vaina cómodamente equipada para su tranquilidad y confort y conecte su cabeza sin esfuerzo.” Vainas Matrix, su cabeza camina mientras su cuerpo reposa.

En el mundo globalizado siempre hay alguien que está despierto para hacer lo que tú no puedes hacer mientras duermes. Y la ansiedad de que te reemplacen en tu trabajo, tu negocio, tu inversión, tu oportunidad o tu presencia es la ansiedad del mundo y la llave de esa Matrix que nos mostraron a toda pantalla hace ahora veinte años. Nuestro próximo umbral, el de vivir al ritmo de un planeta que no duerme, está a punto de ser traspasado. Se abren tantas interrogantes a partir de ahí que es mejor dejarlas para más adelante, aunque no puedo resistirme a plantear la más evidente, la más romántica también. ¿Quién soñará nuestros sueños en un mundo insomne?

(continuará…)