Lo que ocurre en Google se queda en Google

Si nos parecía que los medios tradicionales estaban en manos de unos pocos cuando eran menos de cien los canales y más de veinte los propietarios, ¿qué deberíamos pensar ahora que todos esos miles de millones de canales se alojan en plataformas de las que son dueños absolutos apenas una decena de firmas?
Seguimos mirando a las pantallas como si por el hecho de ser eso, pantallas, lo que hay detrás de ellas siguiera funcionando del mismo modo que hace veinte años, es decir, como si el dueño del contenido fuera el dueño del canal y, por tanto, el dueño del medio, cuando no es así ya, ni remotamente.

Hagámosla corta. El homo zapping es -por mucho que nos duela- también ese mismo sapiens sapiens con el que tanto nos complace autodefinirnos. Como los venenos, como los perfumes, lo que en pequeñas dosis nos hace mejores, a grandes dosis nos deja hechos unos zorros. Véase una humilde subdivisión celular, imprescindible para nuestra vida en proporciones controlables, y absolutamente letal cuando se descontrola y se vuelve tumoral. O el turismo, o el consumo, o las convicciones ideológicas o… perdón, esta serendipia no toca hoy, no ahora; venga, hagámosla corta.

Zapear es lo que decíamos que hacíamos cuando apenas había más de cinco u ocho opciones en el televisor por las que botábamos y rebotábamos en el lapso de pocos segundos, como si aquel panorama fuera a haber sufrido un cambio radical respecto del anterior cuarto de minuto. Contra lo que se pudiera pensar, no nos dedicábamos a tales volatines audiovisuales porque hubiera más o menos canales sino porque ya no había que levantarse del sofá para pasar de uno a otro. La madre de todos los zapeos no fueron las plataformas multicanal sino el mando a distancia. Si quieres desenganchar a tu familia del consumo televisivo indiscriminado, basta con esconder el control remoto durante unas horas (no basta con que las pilas se hayan gastado, como la experiencia bien nos ha demostrado). El interés por saber qué habrá en otros canales es inversamente proporcional al número de sentadillas necesario para descubrirlo.

En aquellos años de la promiscuidad y la proliferación temática, estimulada por partidos políticos que buscaban a toda costa aumentar su influencia a base de licencias televisivas, descubrimos relativamente pronto que los dueños de los medios, en España, eran unos pocos, muy pocos, apenas un manojito que se podía enumerar con los dedos de una mano: en portada figuraban los Polancos y Cebrianes, Pedrojotas, Laras, Berlusconis o Roures, y ya en páginas interiores, accionistas de otros sectores con intereses en lo mediático (quién no), que terminarían por quedarse o renunciar, entre ellos los Ciegos o los Obispos o, algo más tarde, los Telecos. Como firmas invitadas, otros señores de medios menos aparatosos pero no por ello menos influyentes como los Bergareche o los Godó o los Joly. Para qué seguir; tampoco es necesario aquí ser exhaustivo en el recuento.

Nos quedamos todos tranquilos, las masas, digo, con esa idea de los “grupos mediáticos” que venía a encajar relativamente bien con aquella romántica ilusión de un “Cuarto Poder” que, a base de ser poder se había olvidado a conciencia de su misión de denuncia o exposición de los abusos de los otros tres. Nada que no estuviera ya presente desde su génesis, tal y como había dejado claro el Ciudadano Hearst.

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Y entonces llegó Internet, que los grandes grupos mediáticos contemplaron, en principio, como un entorno al que convenía demonizar antes que comprender. La cascada de noticias que los medios “tradicionales” difundían (y aún difunden, como hemos visto en el “caso Escalona”) cada vez que se producía una fuga o un derrumbe en la dimensión digital era cosa de asombro. Confiados en su poder de persuasión e influencia, cuando quisieron darse cuenta de la profundidad del abismo por el que se precipitaban, los mass media ya no supieron ni a qué saliente aferrarse ni si merecía la pena intentarlo siquiera. Ahí parece que siguen muchos de ellos, porque incluso la larga caída arrastra una estela en la que muchos interesados aún acumulan ingresos, proclamando que el emperador no está desnudo mientras se le ve el fondillo entre los remiendos.

¿Y a nosotros, lectores, espectadores, oyentes, ávidos consumidores de medios por todos los medios, en qué nos importa su duelo o su desdicha? ¿Les debemos algo a esos tótems mediáticos que hace ya décadas dejaron de cumplir con la misión con la que se habían ganado nuestra confianza ciega? No, claro que no. El destino de una Prisa o un Mediaset nos la trae al pairo, más aún si todavía no hemos cumplido los treinta años. Sin embargo, hay algo a lo que sí deberíamos -quizás- prestar algo más de atención, especialmente los menores de treinta años y los mayores que se preocupen mínimamente por su futuro.

El zapping, hiperdescontrolado

Oímos por ahí, decimos y repetimos que el público es ahora el dueño de lo que ve; el juez implacable de lo que se muestra, sin intermediarios, e incluso el autor/creador de sus propios contenidos. A diferencia de lo que ocurría con los canales “de toda la vida”, los canales que nos cuesta entender como tales son los que construimos, editamos y promocionamos cada uno de los cuatro mil millones y medio de usuarios de redes sociales hoy en activo. 

(Para los de letras esa cifra supone la mitad de la población del planeta, pero si aplicáramos consideraciones más restrictivas como la edad o el nivel de alfabetización o acceso a redes, podríamos decir que prácticamente la totalidad de los terrícolas con potencial para comunicarse).

A día de hoy, aún hay muchas compañías especializadas en ofrecer servicios de comunicación a todas las demás que tratan a los usuarios de social media como si fuéramos los receptores de la emisión unidireccional que controlaban los mass media a su medida y conveniencia. Han hecho una traducción rápida de roles (seguramente usando el traductor de google) y donde ponía prescriptor tiran de “influencer”, y han cambiado métricas de audiencia por “impresiones”, como si fueran análogas.

El principal descuido que cometen en esta traducción que parece contentar a ambos lados del comercio de contenidos es el de creer que la segmentación de públicos hiperprecisa que les facilitan los soportes digitales ya garantiza el éxito de sus mensajes y campañas. Obvian más o menos consciente y calculadamente que si el proveedor de las herramientas de análisis es para todos el mismo (llámese, por ejemplo google analytics) lo evidente es que todos los competidores tendrán, por tanto, el mismo nivel de acceso al mismo tipo de información y, por tanto, al mismo tipo de inteligencia para su inversión en medios. Salvando la diferencia de presupuestos, es más que probable que una compañía y su rival terminen tirando de los mismos adwords para el mismo público y en el mismo momento, ya que comparten al mismo analista que es, además, el propietario del medio en el que se alojan todos esos millones de canales creados, nutridos y defendidos por nosotros, la nueva raza de los “creadores de contenidos”.

Aquí todos perseguimos “la fama”, y lo hacemos la mayoría de manera “noble” o “timorata”, otros descaradamente, “a la Escalona”, y muchos, incluso, llegando a comprar seguidores por centenas o millares en las granjas donde se “cultiva” a otros espectadores con nuestra misma apariencia pero sin cuerpo ni sustancia, igual que los famosos pollos sin cabeza de la comida rápida. Los participantes del negocio de la publicidad online prefieren mirar para otro lado antes que admitir que las métricas tan precisas de las audiencias digitales no son más que las sombras de la caverna con las que ilusionar a unos clientes que, en las contadas ocasiones que deciden asomarse a la realidad, se dan de bruces con la soledad real en la que viven sus marcas.

Mientras, el espectáculo debe continuar, y nadie parece querer ser el primero en reconocer lo que cualquier habitual de casino sabe: que todos los jugadores que acudimos a la mesa a depositar nuestras fichas -pocas o muchas- lo único que hacemos es marear la perdiz y obtener una ficción de ganancia, porque la única que solo puede ganar es siempre la banca. Y aquí es donde cabe la siguiente pregunta…

El hiperzapping, bajo control

Si nos parecía que los medios tradicionales estaban en manos de unos pocos cuando eran menos de cien los canales y más de veinte los propietarios, ¿qué deberíamos pensar ahora que todos esos miles de millones de canales se alojan en plataformas de las que son dueños absolutos apenas una decena de firmas?

Seguimos mirando a las pantallas como si por el hecho de ser eso, pantallas, lo que hay detrás de ellas siguiera funcionando del mismo modo que hace veinte años, es decir, como si el dueño del contenido fuera el dueño del canal y, por tanto, el dueño del medio, cuando no es así ya, ni remotamente. 

El negocio de Youtube, por mencionar una de esas plataformas (precisamente la que el “infamoso” Escalona ha elegido para labrar su pequeña parcela de malas hierbas) se basa en hacernos creer que lo importante es conseguir audiencia, tal y como hacían nuestras entrañables cadenas televisivas pelear por el rating y por el share. En realidad eso no es más que el mcguffin, la ilusión, el cebo para que nos dediquemos a alimentarlas y realimentarlas con nuestros contenidos, recomendaciones, comentarios y visitas. Gracias a ello, lo que consigue Youtube es que nos movamos todos por el interior de su gran casino de luz, color y sonido, a ser posible durante tanto tiempo que perdamos de vista el recuento de los días y las noches.

Es cierto que si tienes muchos seguidores, visualizaciones, impresiones… la plataforma paga. ¿Y qué? ¿Con qué dinero paga el casino a los que salen victoriosos de la mesa de ruleta? Con el que han perdido los demás, claro. El negocio del optimismo es inagotable. “Todos los días nace un tonto” es el lema de los timadores. “Todos los días nace un influencer iluso” es el de youtube, insta, tiktok, meta, spoti, twitter y cualquier nuevo “player” que tenga el capital, el respaldo o el coraje suficiente como para construir otro casino en estas nuevas vegas digitales que -al igual que en las del oasis legal de Nevada- a poco que se escarbe bajo la moqueta roja y las cascadas multicolores no hay otra cosa que la arena del desierto.

Cuatro mil millones y medio de canales. ¿De verdad cree alguien que cuando los dueños de Youtube (o Meta, o cualquier otra bigtech) dan alguna de sus charlas -o envían tutoriales para que aprovechemos y promocionemos nuestros contenidos con más eficacia- les preocupa lo más mínimo quién sacará mejor partido a sus consejos? Todo lo contrario, el sermoncillo de un(a) gerente regional -un(a) director(a) comercial, vaya- persigue así, a primera vista, dos objetivos que no tienen nada que ver con el declarado: por un lado, mantenernos dentro de la ilusión del casino, de la posibilidad de que algún día juntemos las tres cerezas y nos toque el premio gordo de convertirnos en influencers, o lo que es lo mismo, que los galgos sigamos a la carrera, vuelta tras vuelta en pos de la liebre imposible.

De paso consiguen que en nuestra febril persecución atraigamos la atención de nuevos jugadores, que son los que de verdad importan, no tanto por la audiencia que aporten sino por pasar a formar parte, ellos mismos, de la tribu de los que deambulan día y noche por sus pasillos virtuales. Al fin y al cabo un canal y un pasillo son cosas muy parecidas.

El objetivo principal es, una vez más, el de concentrar y controlar cada vez más tiempo de atención, es decir, tiempo consciente, tiempo vital, de esos millones de usuarios que somos, en realidad, los mismos millones de consumidores a quienes las marcas a las que presumen de servir los social media les cuesta más y más llegar, forzadas a pasar por sus casetas de peaje, apenas un puñado para todo el planeta.

Pero eso es otro contar… (eso sí, si alguien quiere ponerle música, recomiendo acompañar la lectura con esta copla de Bruce Springsteen que me ha rondado desde la primera frase).

(Publicado originalmente en Linkedin el 20.08.2022)

photo: pexels-imustbedead

El sexo de Los Ángeles

Desde el primer vídeo porno, millones de chicos y chicas menores de edad van recibiendo cada vez propuestas de contenido que les enganchan más y durante más tiempo, con la promesa de que el siguiente será aún «mejor». Al fin y al cabo, mantenerles pegados a su pantalla es el negocio de todas las redes sociales, todavía más el de aquellas que se siguen a escondidas.

El otro día llamaron al telefonillo. Estábamos mi hijo de 15 años y yo en casa, cada uno en su cuarto y con su ordenador, él teleasistiendo a clase, yo igual, pero a una reunión de la oficina. Los que convivan con al menos un adolescente bajo el mismo techo sabrán de su extraordinaria capacidad para hacer oídos sordos a todo lo que no les interesa, así que, efectivamente, puse mi cámara en pausa y el micro en silencio, y me dirigí a la puerta confiando en que a nadie se le ocurriera preguntarme algo en ese preciso momento.

Amizona, un paquete

Pulsé el botón, escuché cómo se abría la cancela del portal y esperé a que subiera el mensajero. Supuse que sería algo que me enviaban de la oficina o, si no, un pedido de mi hijo, ya que es muy raro que se me ocurra acudir a la teletienda virtual, por motivos que no viene al caso describir aquí.

Timbre. Abro. El mensajero me extiende un paquete mientras pregunta por un nombre, el de mi hijo.

Sí, es aquí, qué es, pregunto.

– No sé, ¿Puede firmar como que ha recibido el envío?

– Un momento que lo inspeccione, no sea que venga en mal estado y luego tenga que solucionarlo por mi cuenta (cara de impaciencia del mensajero, claro)

Miro el remitente del envío, una empresa que no me suena de nada, “Telefarma”, y me pregunto qué será lo que mi hijo habrá encargado a una tienda con semejante nombre. Abro el paquete, con cuidado, no sea que no me lo acepten de vuelta (cara de infinita impaciencia del mensajero).

Un sobre sin ninguna señal ni signo, ni logo, prácticamente plano y sellado con un cierre zip. Lo abro por donde indica la hendidura de la esquina y vuelco su contenido sobre la mesa. Caen tres sobres de pequeño tamaño, transparentes, uno con pastillas de colores, otro con un polvillo blanco, otro con unos pequeños cogollos verdes que identifico rápidamente como marihuana. Está claro el tipo de farmacología que contienen los tres. Miro al mensajero con cara de estupor, terror, como si fuera a mostrar en ese preciso instante la placa de policía y me dijera que he caído en la trampa antes de leerme mis derechos, ponerme las esposas y llevarme al furgón policial. Escucho mi nombre con insistencia por el auricular. Empiezo a pensar si algo de lo que hay ahí sobre la mesa podría servirme para salvarme del infarto fulminante que me va a dar de un segundo a otro. Hiperventilo.

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Para mi sorpresa, parece que el infarto se demora, así que haciendo acopio de toda la -poca- tranquilidad que me queda en el cuerpo, pregunto al mensajero.

– Oiga, ¿esto es droga?

El mensajero me mira sin cambiar el gesto.

– ¿Y yo qué sé? ¿No lo ha pedido usted?

– No, viene a nombre de mi hijo.

– Pues su hijo.

– Mi hijo tiene 15 años

– Y a mí qué me cuenta

– Vamos a ver, que me está usted entregando un paquete con un surtido de drogas para un menor, no sé si se da cuenta que está usted cometiendo un delito.

– Yo no he hecho nada malo, eh, que yo simplemente recojo un paquete que me dan y lo entrego donde me dicen. Punto. Así que si no le importa, ¿me firma aquí? Que tengo más entregas y no puedo entretenerme.

Noto que la sangre está empezando a coger temperatura. Pero antes de que hierva pienso que es mejor no estallar, no todavía. Así que mando un wassup a uno de mis colegas diciéndole que no estoy en la reunión por una emergencia familiar. Me quito el auricular.

– No, usted no se va todavía, hasta que no me entere de qué va esto. ¿Es usted un falso mensajero o qué? (algo he leído en los periódicos).

El mensajero se lleva la mano a la trasera de su pantalón. Todavía no estoy tan convencido de estar dentro de un episodio de «Narcos», así que no llego a temer por mi vida. Hago bien, porque el hombre simplemente saca una carterilla algo sobada, de la que extrae un documento que le identifica como mensajero de “Amizona”.

– No entiendo nada, ¿Amizona reparte droga a menores?

– Qué quiere que le diga. Mire, si quiere, hable con mi supervisor.

– Ok deme su teléfono.

– ¿Y me puedo marchar?

– Un momento que me respondan, le digo, mientras marco el número.

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Contestan al otro lado. Amizona, dígame.

– Quiero hablar con el señor…..

– Le paso… Manténgase a la espera por favor… De parte de? … Manténgase a la espera…

Miro al repartidor. Conciencia de solidaridad entre trabajadores. Tapo el auricular. (Ok, se puede marchar, pero déjeme que apunte sus datos primero).

Escribo mientras suena la música de espera.

– ¿Me firma entonces la conformidad del envío?

Le miro como si me estuviera preguntando si quiero apuntarme a un club de terraplanistas, sin odio, simplemente dudando de que dentro de su cabeza haya un órgano que sirva para algo racional.

– Mire, váyase, no le firmo nada, cómo le voy a firmar que estoy conforme con recibir drogas a domicilio para un menor, ¿está usted mal de la cabeza?

Creo que he levantado algo la voz. El hombre se ha lanzado escaleras abajo y la vecina de enfrente ha abierto la puerta como si hubiera saltado la alarma de incendio.

¡No pasa nada, vecina! sonrío a gritos. Y me meto en casa, cerrando la puerta. Veo a mi hijo aparecer por el pasillo, se acerca. Ve los sobrecitos encima de la mesa. Se le demuda el semblante (menos mal, alguien que sabe que la ha cagado, todavía no me he vuelto loco). Va a abrir la boca y le hago un gesto para que no diga nada. Acaban de responder al otro lado de la línea.

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– Soy el señor…. dígame.

Me vuelvo a identificar, cuento lo que acaba de suceder. Espero una explicación. Pausa.

Escucho teclear. Pausa.

– ¿Entonces, el envío no era para usted?

Le pregunto a mi hijo en un susurro a bocajarro. ¿Tú has pedido esto? Asiente con la cabeza.

– Sí, bueno, no para mí, lo ha pedido mi hijo.

Al otro lado de la línea, el hombre continúa preguntando, muy formal él.

– ¿Ha llegado el producto en malas condiciones? Nuestra política de reembolso le permite devolver cualquier producto en el plazo de 48 horas sin cargo para…

Le corto.

– ¿Oiga, usted se ha enterado de lo que le he dicho?

Se lo resumo. Droga, Menor, Entrega en mano a domicilio.

– No entiendo su molestia con nuestro servicio, perdone, eso es algo que tendrá que hablar con su hijo. Nuestra compañía es enormemente respetuosa con la privacidad de nuestros clientes. Estamos orgullosos de mantener este compromiso incluso bajo la presión de…

Estallo (otro poquito)

– ¡¡¡Qué orgullo ni hostias!!! ¿¿¿Orgullo de hacer de camellos???

– Por favor, baje el tono, esta conversación está siendo grabada, le recuerdo, y nuestra política de atención especifica claramente que cualquier falta de respeto en el trato puede ser objeto de denuncia. Le ruego que…

– ¿Dice algo su política de compañía sobre vender droga a menores?

– No nos dedicamos a eso, así que..

– ¿¿¿Cómo que no??? Si la tengo delante de mis ojos, con el sobre con su logotipo, que ya me está pareciendo insultante la sonrisita esa que han dibujado.

El hombre se recompone, conciliador.

– Le comprendo, yo también soy padre, pero déjeme que se lo explique para ver si consigo que lo entienda usted también.

Para mis adentros pienso qué cojones tendré que entender, pero accedo, por si acaso el tipo se confía y suelta algo que pueda serme útil ante un juez.

– A ver…

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– Seré breve. ¿Me ha dicho que su hijo es menor de edad?

– Sí.

– ¿Ve? Nosotros eso no lo podemos saber. Si tiene una tarjeta de crédito y usa el nombre y la clave de esa tarjeta, damos por sentado que es mayor de edad.

Miro a mi hijo con ojos de láser aniquilador.

– Un momento – le interrumpo – precisamente porque es menor de edad, si él comete una torpeza, o la pifia, se supone que debemos prever ese supuesto y ayudarle a corregirla para evitar consecuencias mayores, ¿no es así?

– Ya le digo, para eso ponemos el filtro de la tarjeta de crédito. Más no podemos hacer, ¿no cree?

– Mejor me callo sobre lo que pueden o no hacer, digo, mientras pienso en los millones de dólares que cotizan en Bolsa los de Amizona.

– Además, nosotros no podemos abrir cada paquete que enviamos, primero por privacidad, segundo por logística, y tercero porque imagínese el lío si cualquiera pudiera demandarnos por meter en los paquetes que entregamos, qué se yo, cualquier…

– ¿Droga? -le corto- sí, claro, me hago una idea, no sabe cómo me hago una idea.

– Veo que no me quiere entender. Le pondré un ejemplo sencillo. Dígame, ¿su hijo ve vídeos porno?

Mi estupefacción ya está en el nivel de pensar si mi hijo me habrá echado algún tipo de ácido lisérgico en el vaso del café en el desayuno y si todo esto no será un mal viaje.

– ¿Qué tendrá que ver?

– ¿Lo hace? Sería lo más habitual, dada su edad, la mayoría de los chicos a esa edad lo hacen, bueno, lo hicimos, no?

– ¿Y qué si ve vídeos porno?

– ¿Siendo menor, no debería, verdad?

– No, claro que no, de hecho no lo sé, lo supongo, como dice usted.

– ¿Y quién se los facilita? ¿Le ha dado usted permiso?

– ¡Por supuesto que no! Si los ve, será en su teléfono, o en su tablet o en el PC, como todos, digo yo, y sin mi permiso, solo faltaba, ¿Por quién me toma?

– Por un padre responsable y preocupado por la salud de su hijo, se lo aseguro.

– Sí, señor, eso justo es lo que soy

– No me cabe duda, sin embargo su hijo, menor de edad, consume un contenido ilegal, eso es indiscutible.

Miro a mi hijo con ojos fríos tratando de calcular cuánto tardará en disolverse su cuerpo en ácido, una vez que lo haya descuartizado.

– Y ese contenido ilegal, se lo digo por si no lo sabe, está fabricado casi en su totalidad en países de fuera de su territorio nacional, la gran mayoría en el Valle de San Fernando, muy cerca de Los Ángeles, en California.

– La verdad, me importa un guano. ¿Puede abreviar?

– ¿No ha pensado quién es el que provee de ese contenido ilegal a su hijo, o a tantos y tantos chavales que lo consumen?

– Los de Los Ángeles, ¿no ha dicho?

– No, esos son fabricantes, productoras… ellos se limitan a grabar y empaquetar el contenido, pero necesitan una empresa de “transporte”, por así decir.

– Claro, Internet.

Noto la sonrisa al otro lado de la línea, ya me tiene donde quería, parece.

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– No, hombre, no, Internet es el soporte, pongamos que es como la carretera por la que transitan nuestras furgonetas. Pero los “paquetes de contenidos” de Internet se los entrega un transportista de telecomunicaciones.

– ¿Como “Movifone”?

– Justo. ¿Son ellos con los que tiene contratadas sus líneas de móvil, su servicio de fibra, su wifi…?

– Sí, claro, pero no entiendo qué tiene que ver con el porno. Eso está ahí, para cualquiera, ¿no? Lo podría hacer cualquiera.

– Bueno, cualquiera que tenga una red de provisión de servicios de telecomunicaciones, sí, desde luego (y venga la sonrisita, como si por no verla…).

– Pero ellos no saben lo que yo veo o dejo de ver (lo digo sin mucha convicción, la verdad).

– Bueno, son los que transportan la señal. Lo que vaya dentro, como nosotros con los paquetes, ellos no deberían saberlo, aunque ya le digo que si algo sale de un servidor que se llama “Pornland” casi seguro que lo que transmite no son tutoriales de cocina, no sé si me explico.

– Ah, lo admite, ustedes saben lo que manda “Telefarma” y lo consienten.

– Entre usted y yo, lo importante no es si lo sabemos, es si usted puede demostrar si lo sabemos, en el supuesto caso de que fuera así. Permítame un segundo más, ya termino.

(…)

– Seguramente Movifone le habrá facilitado un modo de impedir el acceso de su hijo a contenidos para adultos. ¿Lo ha activado?

– Sí, bueno, al principio, pero es que resultaba inútil, era demasiado estricto y al final el chaval no podía ni hacer los trabajos de clase, así que lo desactivamos.

– Ya, le entiendo, con nuestras tarjetas de crédito pasa lo mismo. Los chavales se quedan con el número y el código de seguridad en alguna otra compra y ya no tienen problema en pedir como si fueran mayores. Si yo le contara… hasta mi hijo me la lía y tiene solo diez años.

– Pero entonces, qué me está diciendo que haga.

– Lo que todos, nada.

– Nada (apenas he levantado la voz, miro a mi hijo, que aguarda expectante el veredicto final)

– Su compañía de telecomunicaciones lleva a su casa o al móvil de su hijo un contenido ilegal, como a millones de menores, chicos y chicas de todo el mundo. Según el informe “Save the Children”, el 70% de los chicos de 12 años consumen porno con regularidad. Las chicas, algo menos. Y nadie dice o hace nada al respecto. Digamos que la educación sexual de los menores está en manos de lo que decidan esos productores que le decía antes, durante toda su pubertad y adolescencia.

– Pero, bueno, eso no es tan…

– ¿Grave? Puede, piénselo. El algoritmo que alimenta una red social y que le suministra cada vez contenidos más personalizados, que sabe lo que ha visto e intuye lo que deseará ver a continuación… ¿cree que solo lo usan las redes sociales de los bailecitos y los memes? No me diga que es usted así de inocente. Desde el primer vídeo porno, millones de chicos y chicas menores de edad van recibiendo cada vez propuestas de contenido que les enganchan más y durante más tiempo, con la promesa de que el siguiente será aún «mejor». Al fin y al cabo, mantenerles pegados a su pantalla es el negocio de todas las redes sociales, todavía más el de aquellas que se siguen a escondidas.

– Pero la ley los perseguirá, no?

– ¿A quiénes? Ellos ponen en su página lo mismo que nosotros en la nuestra. “Por favor, confirma que tienes 18 años”. ¿Cree usted que algún chico con las hormonas desbocadas tendrá ningún problema en hacer clic si eso le permite acceder al contenido que desea? Ayyyy, estos padres…

– Entonces… lo de la droga… ¿no van a hacer nada?

– Podríamos, pero sería muy caro, muy costoso. Tampoco hay tantos que tengan la mala suerte de que alguien que no son ellos tenga la ocurrencia de abrir el envío. Podría usted demandarnos, si quiere, pero… mire, de padre a padre, no se lo aconsejo; nuestro departamento legal es incombustible. Yo se lo advierto, pero oiga, está en su derecho. De todos modos, piénselo un instante, si permite que su compañía de telecomunicaciones le sirva en bandeja de plata contenido ilegal a su hijo, por qué tendría que ser más exigente con nosotros. Parece usted alguien serio, coherente, con una ética de valores bien asentada…

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He dejado de escuchar, he dejado incluso el móvil encima de la mesa, la voz se extingue. Vuelvo a mirar a mi hijo, sin rabia, sin dolor, sin otra emoción que la que surge de la propia confusión. Fijo la vista sobre el sobrecito de las pastillas de colores y le pregunto:

– ¿Alguna de esas me puede hacer olvidar todo lo que ha pasado en esta última hora? ¿O por lo menos que me dé igual?

Mi hijo abre la bolsita y extrae una pastilla de color azul, que me ofrece sobre la palma de su mano abierta.

Me sonríe. Le sonrío. Cojo la pastilla azul y me la llevo a la boca.

Entro de nuevo en Matrix.

Artículo publicado originalmente en LinkedIn el 15.06.2022

photo: koolshooters @pexels

Selfivisión Plus

Una cosa es que lo que mostremos sea una versión favorecedora de nosotros mismos; pero a día de hoy (salvo estafadores, que los hay) esa persona que enseñamos en nuestras fotos y vídeos es, en gran medida, la misma que somos en realidad. Para sumergirnos en el Metaverso (llamémoslo así, por simplificar) necesitamos un traje de buzo o de astronauta: nuestro avatar. Al fin y al cabo no es lo mismo navegación que inmersión, y de eso va la nueva vuelta de tuerca de la Red, el que podamos recorrerla desde el interior, lo que implica de algún modo un cambio de dimensión, de atmósfera, de gravidez… de planeta.

Despedir a todo el equipo de atención al cliente mediante un vídeo previamente grabado, o a 900 empleados en una videollamada de pocos minutos, son noticias recientemente publicadas que han generado cierto desasosiego, tampoco mucho, si somos sinceros. Se han tratado y comentado en gran medida como si fueran salidas de tono extraordinarias, anomalías, extravagancias de ejecutivos psicópatas.

Sin embargo, en algunos países ya nos hemos ido acostumbrando a que los responsables políticos comparezcan a comunicar sus medidas -y algunas nada gratas para los ciudadanos- en una pantalla de plasma, desde antes incluso de que hubiera una pandemia acechando a la vuelta de la esquina.

Tampoco es novedad ya (hasta los boomers lo hemos aprendido) el que se pueda dar por terminada una relación afectiva con un simple mensaje de whatsapp; o incluso sin él, simplemente cortando los hilos de las aplicaciones que usabais como punto de encuentro. Tan fácil, tan frío. Un correo electrónico es hoy un arma tan precisa, certera y silenciosa en el entorno laboral o empresarial como la pistola con silenciador de las películas de asesinos a sueldo, o como el uso de drones para borrar a alguien del mapa a muchos kilómetros de distancia, sin tener que desgastarse en el cara a cara.

Solemos achacar estos comportamientos a una especie de deterioro generalizado de la empatía, y en más de una ocasión como efecto colateral de la aceleración y el distanciamiento experimentados por este nuevo mundo digitalizado y globalizado. Es lógico que pensemos así porque si hay todo un mito construido en nuestra sociedad es que la distancia es el olvido y el roce hace el cariño.

A menor roce y más distancia, la ecuación solo puede arrojar un resultado. Sin embargo, eso podría explicar la pérdida de amor, pero ya que no necesitamos llegar a esos extremos afectivos ¿explica también la pérdida absoluta de empatía por nuestros congéneres? Me pregunto más bien si la distancia que provoca ese deterioro en la manera de mirar a los demás no tendrá su origen, precisamente, en el propio formato con el que miramos, eso que en un artículo anterior llamaba Selfivisión.

Tu cara es un cromo

Esa disociación de forma y contenido que se refleja en todos y cada uno de los planos de la digitalización, y que incluso ha llegado a reflejarse en la distancia cada vez mayor entre la persona que somos y la máscara con la que nos mostramos ¿cómo no va a influir en la manera en la que percibimos a los demás? Si nosotros somos los primeros que manejamos nuestro yo digital como una producción audiovisual, en la que no todo es mentira pero, desde luego, no todo es verdad ¿cómo llegar a albergar un sentimiento profundo por los demás personajes del reparto, que apenas pueden aspirar más que a ser los secundarios de esa “peli” en la que nosotros somos los protagonistas?

A la velocidad a la que se mueve la Red y a la que nos movemos dentro de ella, las caras se suceden una tras otra sin tiempo para adquirir volumen. Como cuando de niños coleccionábamos cromos (me refiero a los que fuimos niños hace medio siglo, claro) hacíamos lo mismo que ahora veo hacer en Tinder. Sile, swipe, nole, swipe. Los perfiles de las redes sociales muestran nuestra foto y nuestra brevísima descripción para que podamos decidir a toda velocidad si nos quedamos con ese cromo o lo cambiamos por otro.

En esa objetualización propia está implícita otra aún mayor, la de los demás; lo que permite preguntarse si será una tendencia que las generaciones más jovenes y digitalizadas desde la cuna manejarán sin conflicto o si, por el contrario, a medida que vayamos sumergiéndonos en un nuevo formato de web, inmersiva, tridimensional, “metaversal” la separación entre personas y avatares llegue a ser tan insalvable que nos dé igual lo que pase con esos “muñecos” que comparten con nosotros el escenario del “videojuego”.

Quizás sea ese el escollo invisible al que deba enfrentarse la exploración y la explotación del anunciado metaverso (por mucho que Zuckerberg haya corrido para vendernos sus parcelas sobre plano, haciéndonos dudar de si la especulación inmobiliaria no habrá que considerarla un sesgo antropológico de nuestra especie). Quizás todo lo que hemos conseguido proyectar como imagen personal en el plano digital no nos devuelva la misma satisfacción si al “avatarizarnos” resulta que se hace añicos la última barrera de la credibilidad.

Una cosa es que lo que mostremos sea una versión favorecedora de nosotros mismos; pero a día de hoy (salvo estafadores, que los hay) esa persona que enseñamos en nuestras fotos y vídeos es, en gran medida, la misma que somos en realidad. Para sumergirnos en el Metaverso (llamémoslo así, por simplificar) necesitamos un traje de buzo o de astronauta: nuestro avatar. Al fin y al cabo no es lo mismo navegación que inmersión, y de eso va la nueva vuelta de tuerca de la Red, el que podamos recorrerla desde el interior, lo que implica de algún modo un cambio de dimensión, de atmósfera, de gravidez… de planeta.

Todo el día es Carnaval

Dice “el tío Mark” (y corean los más chic) que el metaverso abre un nuevo e infinito horizonte de negocio, de luz y de color; y que uno de ellos, heredado del sector del vídeojuego, será el de la venta de disfraces y complementos para enriquecer la expresión y la personalidad de nuestros avatares. La apuesta es trasladar el mismo patrón de diferenciación que enriqueció el sector de la moda al plano inmaterial; más o menos como cuando Neo, Trinity y Morpheus, aparecían “avatarizados” en la Matrix, luciendo guaperío de cuero negro y gafas de sol mientras que ahí abajo -prisioneros del mundo físico- andaban cubiertos apenas con unos andrajos remendados.

Quién sabe, puede que lleguemos a eso, puede que nos arrojemos a vivir la vida loca en lo virtual mientras vamos reduciendo paulatinamente las ocasiones para el disfrute físico. Casi todas las distopías apuntan de un modo u otro en esa dirección. 

Por el momento no es así. Por ahora dedicamos buena parte de nuestro tiempo y atención a crear, editar y proyectar nuestra imagen al “público”. Ya sea por motivos de trabajo, sociales, amorosos o comerciales, nos hemos convencido de que no podemos descuidar esa imagen con la que nos proyectamos en el entorno digital. En la inmensa mayoría de los casos, lo que mostramos no es una mentira salvo por omisión; es una versión edulcorada, sí, pero que no deja de ser real.

De hecho, gran parte de su valor, de la recompensa que obtenemos reside, precisamente, en que es nuestra cara la protagonista de esos momentos seleccionados, de esas fotos y vídeos admirables por el motivo que sea (desde la belleza del entorno a la integridad del mensaje, pasando por el humor del que hacemos gala). Entonces, cuando nos adentremos en ese metaverso en el que Zuckerberg y muchos más nos va a vender caretas y disfraces ¿a quién verán los que nos miren? ¿A nosotros? ¿A un cartoon? ¿A un personaje de vídeojuego del que no sabrán qué parte de lo que se ve es real o, una vez sembrada la duda, si quedará algo de realidad en alguna parte de eso que se ve?

The higher they rise…

Lo que se ha puesto de moda en llamar metaverso nos sitúa, me parece, en una encrucijada. A un lado, el camino que se nos está mostrando -vendiendo-, como una versión enriquecida de nuestra experiencia digital, es decir, un paso más en la misma dirección en la que ya caminábamos, un progreso.

El camino alternativo, en cambio, más que un avance puede llegar a parecernos un desvío o, incluso, un retroceso. Depende mucho de hasta qué punto lleguemos a sentir que ese avatar con el que nos adentramos en el nuevo entorno es capaz de respetar y transmitir la imagen que tanto nos cuesta construir. Total, para que luego digan que es un disfraz y, al abandonar el baile del Carnaval, al despojarnos de la ropa y la careta que hemos alquilado, como en la canción de Serrat, cada quien vuelva a ser cada cual. Esa “bajona” se aguanta un día de vez en cuando, pero ¿a todas horas? ¿y en el aula y en el trabajo también? La perspectiva me resulta tan aterradora como la perenne sonrisa del Joker.

El riesgo -ya lo estamos viendo reflejado en la creciente oleada de ansiedad y problemas de autoestima que sufren los niños y jóvenes de Occidente- es que el sueño sea tan apetecible que prefiramos quedarnos a vivir dentro de él, que el metaverso termine convirtiéndose en una metaversión de los fumaderos de opio. No sería la primera vez.

(artículo originalmente publicado en LinkedIn el 22.02.2022

Selfivisión

En el actual audiovisual no solo somos los protagonistas y los dueños de nuestro propio contenido mediático. Conscientes de ello, además, lo preproducimos, lo producimos y lo postproducimos, para transmitir la imagen que deseamos que los demás perciban de nosotros. No pretendo entrar a cuestionar, como ya es tópico, la sinceridad de lo que mostramos, sino el efecto que eso provoca en nuestra cabeza, en cómo nos ha llegado a cambiar la manera de percibirnos a nosotros mismos. Más o menos involuntariamente hemos pasado de tratarnos como sujetos a hacerlo como objetos.

Una pregunta para mayores de… ¿veinte años?

¿Recuerdas cuántas veces al día veías tu propia cara antes de que llegaran los smartphones y las redes sociales, allá por el 2007?

¿Recuerdas cuántas ocasiones tenías de escuchar tu propia voz en una grabación antes de que llegaran los mensajes de voz? ¿Y la rareza que te provocaba el oírla así, por fuera de tu cabeza, como si fuera la de otra persona?

Eso que ahora nos parece tan trivial, lo de vernos y escucharnos continuamente en la pantalla del móvil o el ordenador, ya sea en foto o en vídeo, es probablemente uno de los factores más impactantes de la disrupción digital. Y no lo es solamente porque hayamos pasado a formar parte de lo que antes era un territorio exclusivo de estrellas de la pantalla, ya fueran actores o políticos -disculpen la redundancia-, famosos o profesionales de los medios.

Es relevante porque al hacerlo, al convertirnos en los protagonistas de nuestros propios canales en las redes, hemos transformado por completo el sentido y el significado de nuestra imagen. Hemos pasado de vernos ocasionalmente en fotos y vídeos que documentaban lo que habíamos sido y hecho a mostrarnos a los demás para conseguir lo que deseamos ser y hacer.

En el actual audiovisual no solo somos los protagonistas y los dueños de nuestro propio contenido mediático. Conscientes de ello, además, lo preproducimos, lo producimos y lo postproducimos, para transmitir la imagen que deseamos que los demás perciban de nosotros. No pretendo entrar a cuestionar, como ya es tópico, la sinceridad de lo que mostramos, sino el efecto que eso provoca en nuestra cabeza, en cómo nos ha llegado a cambiar la manera de percibirnos a nosotros mismos. Más o menos involuntariamente hemos pasado de tratarnos como sujetos a hacerlo como objetos.

A diferencia de la época predigital, la foto que nos tomamos no responde tanto a una improvisación del momento como a una intención premeditada con un destino predefinido: el espacio mediático social de la Red. Al igual que en aquel tiempo ya olvidado, procuramos salir “guapos” en la foto, por supuesto, pero ahora, además de componer atrezo, vestuario y peluquería dentro de lo posible (y algunos más allá de lo posible), nos esforzamos en cuidar la localización, la luz y el encuadre. Y no nos conformamos solo con eso.

Disparamos varias fotos o realizamos varias “tomas”, para poder seleccionar después aquella que consideramos que es más “publicable”, incluso para la restringida audiencia de quienes no aspiramos a ser “influyentes”. El poder de sugestión del medio, de vernos en una pantalla -aunque solo sea por imitación a lo que hemos visto durante décadas en la del televisor- nos lleva a actuar como si nos fueran a ver cientos o miles de desconocidos. ¿Quién sabe?

Una vez elegida la foto, o el vídeo, y gracias a la enorme capacidad de las aplicaciones que nos lo facilitan, pasamos a edición, es decir, a recortar lo que no debería permanecer ahí, para la posteridad. En la fase de postproducción, por último, aplicamos un filtro más o menos embellecedor o artístico y, entonces, cuando estamos satisfechos con el resultado, a veces después de consultarlo con otros, lo publicamos. Lo hacemos, además, fingiendo una espontaneidad que está claro que ya no es tan “espontánea”, lo que los profesionales nos enseñaron que se llamaba “un robado posado”. Y todo este proceso no sucederá solo una vez; porque tenemos el arma y la motivación, y porque las oportunidades nunca escasean.

Una de las consecuencias de esta evolución de nuestra experiencia audiovisual es que irrumpe en la percepción de nuestra propia identidad; del sentido que adquiere para nosotros mismos tanto como de su papel en nuestra relación con los demás. Cada vez más, no son las fotos las que queremos que se parezcan a nosotros (como cuando Kodak nos vendía carretes y carruseles para conservar nuestros mejores recuerdos). Cada vez más, al crear todo ese despliegue de imágenes que anticipan en muchos casos el contacto presencial, somos nosotros los que queremos parecernos a nuestras fotos, a esa imagen que hemos compuesto y que nos gusta tanto proyectar.

De este modo, la distancia entre el yo que somos y el yo que mostramos se va ampliando poco a poco (o no tan poco, tal vez). Antes, cuando solo nos mirábamos al espejo un par de veces al día, era la interacción con quienes manteníamos una relación -cercana, cotidiana, física- la que nos devolvía el reflejo de lo que éramos. En esas condiciones nuestra imagen no podía distanciarse demasiado de la realidad, ni siquiera en Carnaval.

Ahora somos nosotros los que construimos ese reflejo para los otros, para muchos otros, con quienes mantenemos una relación que puede ir desde lo anónimo hasta lo puntual o televisado. En este nuevo formato de relación reemplazamos el ser por el parecer, en una estilización -insisto, generalmente inocente, pero no inocua- que termina por condicionarnos, por “engancharnos”.

El fenómeno, aunque lo trate aquí de ese modo, no es algo aislado. Este festival de egovisión es, en definitiva, un síntoma más de la disociación entre forma y contenido que reside en lo más esencial de la revolución digital.

Al manipular nuestra imagen, al convertirla en un objeto externo a nosotros mismos, no solo nos hacemos menos dueños de ella de lo que -paradójicamente- nos creemos, sino que abrimos la puerta a que se hagan dueños los demás, a que nos “memifiquen”, a que nos miren y a que -no hay más que ver los comentarios en las publicaciones de famosos y anónimos- nos cataloguen o evalúen como si fuéramos eso que hasta hace poco no éramos: simples personajes de la pantalla, en dos dimensiones, sin mayor profundidad.

P.S. Si has llegado hasta aquí (gracias) aprovecho para recomendarte que leas la historia de la imagen que ilustra este artículo. Lo de que el retrato sea una versión (muy) mejorada de nosotros mismos no es nuevo, sobre todo cuando tiene un propósito de venta. Es ahí donde hemos acabado recalando todos, y es ahí, en la universalización del fenómeno donde todo se altera. Porque… ¿cuando todos hemos caído en la tentación de vendernos, quiénes serán los que confíen en lo que enseñamos y quieran comprarnos?

(artículo originalmente publicado en LinkedIn el 20.02.2022)

Elegidas para la gloria

Hay algo en esta constante llamada a la paridad de género que me resuena anacrónico. Imaginemos que pidiéramos que todos los pasajeros del Titanic tuvieran pasaje de primera. Sin duda es una ambición honrosa, legítima. ¿Pero de qué servirá que todos -mujeres y hombres- estemos confortablemente instalados en nuestro camarote de lujo mientras el barco se hunde? ¿Por qué no dedicar todo este tiempo y esfuerzo a inventar, a crear el mundo que queremos en vez de a combatir el mundo que no queremos? ¿No sería ese precisamente el modo de actuar arquetípicamente masculino?

Inspiring Girls es una fantástica iniciativa que tuve la suerte de conocer al poco tiempo de su andadura. Parte de una premisa muy sencilla, la de que lo que no se ve no existe (por eso dicen que nunca nos hubiéramos imaginado a Obama en la Casa Blanca si Morgan Freeman no nos lo hubiera hecho creíble antes en el cine). De este modo han conseguido que en muy pocos cursos muchas niñas hayan recibido en sus aulas la visita de mujeres que han desarrollado su carrera académica y profesional en lo que se conoce como STEM por sus siglas en inglés (Science, Technology, Engineering and Mathematics). Las cifras oficiales que muestran la enorme distancia entre hombres y mujeres a la hora de acceder a ese tipo de estudios no hacen otra cosa que darles la razón, y la respuesta y repercusión de su propuesta ha sido magnífica. Es buena señal, puesto que nos permite reconocer que esas vocaciones inexistentes son en gran medida reflejo de un modelo de sociedad y educación que las ha truncado cuando nuestras hijas aún se encuentran cursando la secundaria.

Con ese mismo objetivo me gustaría aportar una pequeña reflexión a la causa «inspiradora». Desde siempre, mucho antes de que hubiera sensibilidad alguna respecto a la brecha de género, hemos escuchado, nos han enseñado, que uno «tiene que valer» para algo. Si no «vales» para Ciencias, para Letras, nos decíamos. Si no vales para «Letras puras», pues para «Mixtas», y así sucesivamente, hasta el punto de que, consecuentemente, uno mismo acababa por renunciar, rechazar y hasta repeler cualquier contenido que no fuera aquel que le aceptara como «válido». Ya sabemos lo difícil que resulta persistir en el amor no correspondido, y lo escasa que anda la autoestima en la pubertad. A partir de ahí, la generación de estereotipos es inevitable, los de Letras nos convertimos en profesionales de lo intangible, de lo poco práctico, inútiles para el mundo real, creativos o soñadores o ilusos, cuando no ratones de biblioteca y eruditos de lo que al hombre de la calle ni le va ni le viene. Y los de Ciencias, cuadriculados, calculadores, racionales, fríos, aburridos y -si hablamos de ingenierías- algo sobrados.

Pero esa pregunta, ese «para qué valemos» tan aparentemente inocuo guarda más veneno del que parece. Al formularla descargamos la responsabilidad de ser útil en la persona y no en la disciplina. Es como si se estableciera desde un principio que la ignorancia de una materia le restara a uno mismo la posibilidad de evaluar aquello que estudia. Somos nosotros los evaluados, los medidos, los cuestionados.

El mismo concepto de Inspiring Girls parece venir a subrayar esa inercia al poner el foco en afirmar y reafirmar a las niñas que sí, que por supuesto, que ellas «valen» para ciencias y tecnológicas, que no se desanimen por la aparente invisibilidad femenina en esas áreas. Entre líneas de un mensaje de respaldo (más que necesario, sin duda) se cuela el mismo estado de conciencia con el que se generó el problema, el de un modelo educativo que cuestiona al niño (la niña, en este caso) de manera unívoca, sin aceptar a cambio cuestionamientos sobre sí mismo.

Dicho de otro modo ¿por qué nunca se escucha la pregunta de para qué les vale a las mujeres la tecnología, la ciencia o las matemáticas? Damos por sentado que son valiosas en sí mismas, pero lo son dentro del contexto de un mundo en el que predomina lo masculino. Las ciencias que estudiamos y la tecnología que desarrollamos no han nacido en una atmósfera aséptica sino en un entorno concebido según una mentalidad cargadita de testosterona. Los hombres no nos preguntamos para qué nos sirven las STEM, claro que no, ya lo hicimos hace mucho, mucho tiempo. Las fuimos creando a nuestra imagen y semejanza, sin contar con las mujeres (no tengo nada que objetar al respecto; ese empeño de algunos en enmendarle la plana a la Historia es una de esas obsesiones ridículas que solo sirven a intereses muy particulares).

El caso es que cuando les pedimos a las niñas que abracen la vocación STEM en realidad las estamos invitando a cuestionarse si «valen» para estudiar unas materias descritas y desarrolladas para un mundo que ni ha pensado en ellas ni ha sido pensado por ellas. Suena un poco exagerado, claro que los avances científicos sirven para todos, nos sirven a todos, hombres o mujeres, me diréis. La penicilina no distingue el género de la persona a la que cura. Por supuesto que no, pero no hablo de quién se beneficia, sino de dónde nace. Por poner algunos ejemplos, no eran las prioridades femeninas las que impulsaron la revolución náutica del milcuatrocientos o la industrial del milsetecientos, ni muchas otras que han cambiado el mundo y, aún más, lo han orientado a seguir pensando y avanzando en la misma determinada y determinante dirección.

Asumo que es una afirmación algo rotunda, esta de que el pensamiento científico y tecnológico llega con el cromosoma XY de serie. Pero si lo pensamos abstrayéndonos por un momento de los tópicos del debate de género en el que nos dejamos envolver recurrentemente (y me consta que no es fácil) basta recordar que los grandes avances científicos se desarrollan en un mundo en conflicto permanente -ya sea luchando contra otros como nosotros, o contra los límites del propio mundo-. No creo que esta sea una hipótesis nada arriesgada, ya que tiene hasta una escena icónica, la del primer arma enarbolada por un primate que termina transformándose en una estación espacial. El gran Arquímedes recibió un estímulo más que suficiente para su polifacética actividad como científico durante el asedio de Siracusa. Replicando esa capacidad de elipsis de Kubrick, desde la Siracusa antigua nos catapultaríamos a un invento, Internet, nacido en el Departamento de Defensa de EE.UU y al que le debemos buena parte de esta llamada a las filas del STEM que hacemos hoy a nuestras infantas. E incluso dando un paso más allá, hasta llegar a lo que Yuval Noah Harari ha llamado en Davos 2020 «la carrera de la Inteligencia Artificial»(después de la nuclear y la espacial), en la que los contendientes «pelean», una vez más, por acelerar el dominio de un nuevo tipo de armamento que les permita afianzar su hegemonía sobre el resto del mundo.

Ahora que fabricamos máquinas inteligentes ¿qué tipo de pensamiento inteligente les estamos enseñando, ese que se deriva de un paradigma «masculino», es decir, competitivo, conquistador, agresivo? ¿No cabe pensar el que pudiera surgir un pensamiento científico que nos ayude a crear tecnología desde otro lugar de nuestra mente? ¿Un pensamiento científico femenino desde el origen, concebido no desde el combate y la defensa territorial sino desde la creación de vida? Y no estoy refiriéndome a hombres y mujeres, espero que se me entienda, sino a masculinidad y feminidad. Al igual que hay mujeres desarrollando e incluso liderando maravillosamente una ciencia creada desde lo masculino, en esa otra ciencia de raíz femenina caben por igual hombres y mujeres.

¿Por qué no les preguntamos a las niñas para que les «vale» a ellas la ciencia? ¿Para qué creen ellas que debiera «valernos» a todos? (la pregunta no es ¿para qué quieres ser científica?, el matiz es importante en esta ocasión). Quizás así muchas de ellas sientan que no se las evalúa para entrar en un mundo ajeno, sino para construir uno propio. En todo caso, la pregunta debiera servirnos a todos nosotros. Estamos viviendo un momento que nos obliga a cuestionarnos. ¿Para qué nos vale la tecnología, la ciencia? ¿Para ahondar en lo que hemos sido y hecho hasta ahora como sociedad, como pobladores de este planeta?

Tenemos la oportunidad de inspirar a millones de mujeres que han renunciado a la tecnología, y no solo para sumarse a lo que ya hemos probado sino sobre todo a mostrarnos lo que tanto nos está costando descubrir.

 

P.S. No puedo menos que citar como otra fuente de inspiración el emocionante libro de la polifacética Elena García Quevedo, «El viaje de las mujeres», apasionante crónica de un descubrimiento que va más allá de lo personal y nos permite escuchar la voz de las «ancianas de la tribu» en medio de este ruido mediático en el que muchas veces se convierte el necesario diálogo -que no lucha- de los sexos.

FAKE IT EASY V (y final)

Es tentador tratar de citar todos los factores que concurren para explicar nuestra realidad actual (o más concretamente, nuestra irrealidad) pero resultaría una tarea tan arriesgada como inabarcable. En esta serie me he querido ceñir exclusivamente a aquellos que afectaron de un modo determinante a la instalación de la falsedad como nuevo estándar de comunicación global, sin el cual no se explicaría la fácil y rápida expansión de las fake news.

Escena VI. Abril de 2019. Oficina del editor de un periódico de referencia.

No, ya no. Desde hace tiempo no hay personal para comprobar si los datos que aparecen en los artículos que nos envían para publicar son ciertos. Aquello de “corroborar los datos” se dejó de hacer en el diario, y solo se mantiene como práctica para lo que se publica en el suplemento semanal.

(Quién sabe si las propias empresas periodísticas no habrán considerado que el auge de las noticias falsas terminará por devolverles a los clientes perdidos. Jugar con fuego tiene el riesgo de que en vez de apostar por aquellas cabeceras de prestigio que garanticen la verdad de una información, terminemos por dudar de todas ellas, de ser indiferentes y, por tanto, completamente vulnerables a lo que nos quieran contar, simplemente basándonos en nuestro sentimiento como aval para otorgar nuestra confianza).

Escena VII. Mayo de 2019. Bruselas. Cuartel general de campaña de un partido político.

¿Qué hacemos? Pues fácil, lo mismo que los de enfrente. Ellos publican fakes continuamente y nosotros también.

Escena final. El otro lado del espejo. 2008-2018

En 2008 ocurren dos hechos aparentemente inconexos: la aparición del iPhone 3G y la desaparición de Lehman Brothers. A ellos habría que añadir un tercero que nos permite empezar a celebrar el nacimiento del fake como categoría, como mundo. En ese mismo año Facebook duplica su cifra de usuarios y supera los 100 millones. No es casual que un año antes hubiera incorporado su versión para móviles y habilitado la publicación de vídeos, y lo que es más significativo, que las grandes empresas hubieran comenzado a realizar fuertes inversiones en la red social creada por Zuckerberg.

Esos tres hechos tomados en conjunto trascienden su papel de antecedentes para convertirse en detonantes de nuestra apasionada entrega a la nueva realidad-ficción. Tal vez en ausencia de uno de ellos se hubiera neutralizado el auge de esta “fiebre” colectiva que hoy ya no nos despierta ninguna extrañeza, pero lo cierto es que cada uno de ellos aportó un elemento clave para que se diera la reacción en cadena que causaría la mayor explosión mediática de la historia.

En esencia lo que la caída de Lehman Brothers provoca en 2008 es que aquel 15 de septiembre, a la 1:45 am (hora local) ya no hubo forma de escabullirnos de la verdad: todo era falso. Con este “todo” me refiero a que se convirtió en mentira aquello que no podía, que no debía haberlo sido jamás. De un modo u otro habíamos asumido la mentira del político, del delantero que cae en el área pequeña, del vendedor de mercadillo o del amante sorprendido in fraganti. Pero cómo imaginar que la Banca, tanto la grande e intocable como la sucursal del barrio, la Iglesia, los medios, nuestro puesto de trabajo, el valor de nuestra vivienda, y hasta el Rey, nos tuvieran engañados. Cómo íbamos a imaginar un show tan colosal en el que todos fuéramos Truman. Cómo no dejar de pensar que nosotros mismos habíamos sido colaboradores necesarios de la mayor de las estafas. Fue, más que un shock financiero, el cortocircuito de nuestra forma de vida en todos sus aspectos y niveles.

La sociedad que se iría recomponiendo con enormes sacrificios de aquel enorme varapalo, de aquel momento de revelación del fraude global ya no volvería nunca a ser la misma. Salvando las distancias, algo muy similar a lo que ocurrió con la población alemana tras la derrota del nazismo y el descubrimiento de los horrores que habían preferido no ver.

Pero a diferencia de la firmeza alemana demostrada desde entonces ante cualquier mínimo indicio de revitalización del nazismo, nuestro descubrimiento del fraude no condujo a un compromiso similar, a excepción de aquel brote extraordinario y fugaz que se llamó 15M. En gran parte, quizás, porque el engaño, el propio como el ajeno, se convertiría en una herramienta de supervivencia para los tiempos duros que sobrevendrían. No quedó otro remedio que mentirnos y autoconvencernos de que la crisis sería algo pasajero, que tendría fin y todo sería como antes, el trabajo y el sueldo y el precio de nuestra casa y nuestra capacidad de consumo y nuestras vacaciones y… no fue así. Por seguir en el mundo de los términos griegos, lo que llamábamos crisis se revelaría catarsis, pese a que todavía hoy muchos (empresas, gobiernos, personas) pretendan ignorarlo.

Facebook se convierte, y junto a ella el resto de redes sociales, en el gran refugio para ese autoengaño. A partir de 2008 la escalada de sus cifras de usuarios es supersónica y su hegemonía será prácticamente absoluta hasta fechas muy recientes. Facebook se erige, así, como el canal de canales, de los que cada individuo es al mismo tiempo creador, productor, editor, distribuidor y comercializador de los contenidos que “emite”, sean propios o no. Es por tanto el medio donde se termina de consolidar el imperio de lo subjetivo frente a lo objetivo.

Evidentemente, en los comentarios propios cada cual es libre de hacer de su capa un sayo y decir lo que quiera de sí mismo, sin mayor exigencia de veracidad que la que uno mismo se fije. Sin embargo, en los contenidos compartidos el usuario hace de amplificador de una noticia de la que no ha realizado ninguna comprobación sobre su autenticidad. En parte porque no la necesita, al fin y al cabo su muro es un medio aparentemente personal, para amigos y familiares; y en parte también porque cada vez nos importa menos el contenido que compartimos y más el comentario con el que lo acompañamos.

De este modo, los millones de espectadores hasta entonces limitados a lanzar nuestras quejas y alabanzas a quien tuviéramos al lado, comenzamos a replicar ante propios y, sobre todo, extraños, lo mismo que habíamos visto hacer a miles de tertulianos y opinadores del mass media. En plena crisis, esa satisfacción inmediata de poder exhibir nuestro aplauso o disgusto (llegando incluso al insulto) se convierte en un ansiolítico del que podemos disponer sin medida y sin receta. Más aún, siguiendo el ejemplo de nuestros referentes televisivos, empezamos a vigilar y preocuparnos por nuestro “rating”, nuestro “share”, nuestra popularidad en términos de audiencia. De pronto escuchamos a un amigo del que no suponíamos tanta pasión por la opinión de los demás lamentarse de los pocos “me gusta” que ha obtenido su último comentario o vanagloriarse de lo contrario. Como consecuencia, paulatinamente comenzamos también a cuidar que lo que publicamos guste y a descartar lo que nos parece que no tendrá suficiente repercusión, mientras descuidamos el principio de honradez, de veracidad. Cualquiera que haya estado vivo durante los últimos quince años puede echar mano de los mil y un ejemplos de “maquillaje” de tantos recuerdos, sentimientos, experiencias… que no eran lo que decían ser cuando se publicaron.

A ello contribuye también lo que empieza a denominarse “el fenómeno Youtuber” una gran ilusión reeditada esta vez con la promesa de convertir los vídeos personales en grandes éxitos, primero de audiencia y a continuación de ingresos. Como en los tiempos de Jack London la nueva fiebre del oro nos lanza a la carrera por encontrar nuestra propia mina virtual. Sin embargo, lo que es éxito para uno no garantiza que lo sea para los demás. El primero es un pionero, los siguientes, unos imitadores. El 99% de los youtubers se limitan a hacer lo que han visto hacer antes tanto en el propio Youtube como en los programas de televisión. Con un presupuesto raquítico y unos medios compuestos por una webcam y una habitación en la mayoría de los casos, el nuevo audiovisual individual se puebla de… tertulianos. Gente que comenta videojuegos, películas o canciones, gente que opina de política, deporte o restauración, gente que habla, sentada o en la calle, que no para de hablar. La televisión low-cost vive su big bang. Ella misma ha alimentado durante años a esa bestia que comienza a devorar su modelo de negocio y cuestionar su supervivencia.

Teníamos la motivación, teníamos la oportunidad. Para culminar un crimen ya solo era necesario disponer del arma. Y nos la pusieron en la mano, reluciente y cargada con dinamita, es decir 3G y WiFi.

El reemplazo del teléfono para “hablar” por el teléfono “inteligente” (¡qué estupendos adjetivos crea el marketing!) no solo consiguió que este se convirtiera de inmediato en un objeto de deseo (la opción sin lugar a opción era seguir con el teléfono “tonto”) sino que sin siquiera cambiar de nombre cambiara por completo su significado. Eso y nuestro modo de mirarlo. Literalmente. El teléfono pasó de ser “mirado” apenas durante los instantes de marcar un número o aceptar una llamada (y alguna partida de “snake”, claro) a que nos doliera mantener la vista apartada de él. Es decir, de su pantalla. Por fin la pantalla había caído en nuestras manos. Pero por sí sola la pantalla no era suficiente para desencadenar la revolución que se inicia aquel año.

Los nuevos modelos de teléfono inteligente incorporan una característica que a priori parecía apenas un gadget más, pero que será el que transforme de una vez y para siempre el ecosistema mediático: la cámara de foto y vídeo. Sin los smartphone la publicación de los contenidos personales de los usuarios habría estado mucho más limitada, pero la cámara abre la puerta a un nuevo capítulo en la historia de las comunicaciones humanas, un nuevo paradigma, quinientos años después del de Gutenberg. Es el momento en el que todos podemos ser por fin autores sin más criterio que el propio, sin necesidad de crear más contenido que simplemente exhibir fragmentos de nuestra vida.

Los primeros en notar ese cambio fueron precisamente las agencias internacionales de noticias. El último día del año 2006 un vídeo abría las cabeceras de todos los informativos de televisión, el de la ejecución de Saddam Hussein. Es un vídeo de calidad pésima pero tiene la virtud de ser el único. En eso no se diferencia de cualquier otra exclusiva emitida con anterioridad. La gran novedad es que ese vídeo no ha pasado por ninguna agencia de prensa antes de llegar a las redacciones sino que ha sido subido directamente a YouTube. Había sido grabado con un teléfono móvil.

2008. Años de depresión, de escasez de oportunidades laborales, de vuelta a la vida casera. Años en los que podemos desahogarnos y sentirnos escuchados, respondidos, correspondidos, desafiados, reafirmados solos, frente al teclado, construyendo a golpe de post, de selfie, de tuit nuestro personaje público, muy parecido a nosotros salvo que no tiene por qué mostrar nada que no deseemos que se vea. Años de entretenimiento y evasión al alcance de la mano, de aplicaciones “gratuitas” con las que poder jugar sin interrupción, matar los tiempos muertos.

2018. Codiciamos aquello que vemos cada día, que decía el Dr. Lecter. Después de generaciones siendo los espectadores de otros, en la última década hemos disfrutado del goce enorme de ser nosotros los leídos y observados por los demás. En nuestro cotidiano consumo mediático hemos reemplazado el estar informados por sentirnos cohesionados. A partir de ahí, las fake news solo tienen que entrar donde saben que serán bien recibidas.

Cada contenido que llega a nuestro móvil, a nuestra pantalla, no lo sometemos ya, por tanto, al escrutinio de su autenticidad sino de su utilidad para atraer la atención de los demás. Los hoax, las fake news, las fotos que retocamos, las historias que “vivimos”, los “followers” que compramos, los “éxitos” que publicamos hacen de combustible y ni su origen ni su verdad nos preocupan tanto como declaramos en voz alta. Más de un 80% de la gente dice que las fake news representan una grave amenaza para la democracia. La encuesta no revela (no sabemos si llega a preguntar) cuál es el porcentaje de los que se preocupan por averiguar si el contenido que comparten y comentan es o no fake. Como tampoco debe de ser fácil de medir, ni de preguntar y mucho menos de contestar en qué medida nuestros perfiles sociales están llenos de verdades que solo lo son a medias.

COROLARIO

Gran parte del «atractivo» de las fake news es parecido al de la junk food con la que tantas cosas comparte: nos provoca una satisfacción primaria por eso que nuestro cerebro aprendió a desear sin ofrecer resistencia con el paso del tiempo, es decir, azúcar, grasa y sal, (bien aliñada con glutamato monosódico para que nos enganchemos todavía más), y a un precio irrisorio. Del mismo modo, las fake nos dan contenido que mezcla ingredientes por los que nuestro cerebro saliva. Son fáciles de entender, exageran (es decir, nos llaman la atención), pero siempre a partir de un insight (un prejuicio, un preconcepto) o un dato que tenemos firmemente afianzado en nuestro pensamiento (los inmigrantes están desesperados, los taxistas son rancios y corporativistas, los empresarios son codiciosos y malvados, y así…) y nos permiten ponernos a favor o en contra sin necesidad de más análisis, solo con el titular.

Y son «gratis», más aún, nos invitan a hacerles caso vía un mensaje que llega de una fuente que pertenece a nuestra red social, es decir, que ha pasado nuestro primer filtro de confianza.

¿Y si el objetivo principal de las fake no fuera el hacernos creer en su autenticidad -que también- o bajarnos las defensas para contribuir a su viralización, es decir, a la desinformación? ¿Y si las fake news fueran en realidad un termómetro, un sensor más para medir nuestros niveles de alerta, de rapidez e intensidad en la reacción, de sensibilidad, de la evolución de nuestros intereses y preocupaciones o de nuestro umbral de saturación ante ciertos temas? El verdadero Big Data que cada día ayudamos a construir en las máquinas que gestionan nuestra comunicación es mucho menos el de la información de nuestras acciones “objetivas” que el de nuestras emociones, de nuestros impulsos, de lo que hacemos “sin pensar”. Ahí está el verdadero “data mining”. Cada vez que reaccionamos a una fake en el sentido que sea (incluso no reaccionando), la única verdad que se transmite es la de desnudar nuestro yo más íntimo ante un desconocido.

EPÍLOGO

En Matrix los humanos muestran la imagen que desean percibir de sí mismos, y no la que en realidad tienen. En Minority Report se retrata un hampa dedicada a proveer de identidades offline que permitan escapar del control total de cámaras y sensores. Una sociedad que ha descubierto las satisfacciones del fake difícilmente aceptará volver a la cruda y sincera realidad. Por un lado, es de esperar que en algún momento aflore una nueva economía de la desconfianza. Por ejemplo, Uma Thurman sometiendo a una prueba de ADN un pelo de Ethan Hawke en Gattaca para estar segura de que él es quien dice ser. En contraposición, es previsible que surja una industria que ofrezca la posibilidad de escapar de nuestra propia ilusión; de vendernos una dosis para regresar por tanto tiempo como nuestro crédito se pueda permitir a una realidad real, desconectada; de borrar o al menos neutralizar nuestra presencia virtual, de mantener una doble vida en la que poder volver a ser eso que cada vez nos cuesta más reconocer en la pantalla en la que nos contemplamos: a nosotros mismos.

 

FAKE IT EASY III

Para llegar a la sencillez perversa de la «fake new», es decir de la información que desinforma, hubo que ir desmontando paulatinamente una serie de verdades anteriores firmemente afianzadas en el imaginario colectivo. Una de las más cruciales, la de que la televisión cuidaba lo que salía por la pantalla, tanto en forma como en contenido. A lo largo de los años noventa del siglo pasado, esa percepción se fue disolviendo a golpe de formatos televisivos que hicieron de la necesidad (presupuestaria) su virtud. Aunque hablar aquí de virtud quizás sea algo desproporcionado.

(aunque se puede leer por separado, este post se entiende mejor tras leer los capítulos anteriores de esta mini-serie: Fake it easy I y Fake it easy II)

(ENTREACTO)

En 1990 la televisión española entró en la pubertad, con las hormonas revolucionadas gracias a llegada de “las privadas”, que se sumaban así a la oferta audiovisual de las cadenas públicas nacionales y autonómicas: nacía el zapping y al mando a distancia que se entregaba junto con el televisor le descubrimos no sólo su utilidad sino también todo su significado: quien tenía el mando tenía el mando. El estirón fue tan notable que al igual que un adolescente en plena metamorfosis, las virtudes de la incipiente madurez de la industria televisiva arrastraban en idéntica medida un buen puñado de efectos secundarios no siempre gratos a la vista o al oído.

De algún modo, la televisión pública nacional, TVE, ya había comenzado a prepararse para el impacto del nuevo escenario. Un par de años antes del cambio de década, había comenzado su emisión matinal en días laborables. El encargado de desarrollar aquel formato inédito en España fue Jesús Hermida, que fue nuestro primer experto en asuntos americanos (los del norte, claro) y que por tanto era el profesional idóneo para tratar de adaptar a nuestra realidad los míticos “Today” (NBC) o “Good Morning America” (ABC).

Se llamó “Por la mañana” y mostró desde el primer momento no sólo la inteligencia de Hermida para conducir un matinal y convertirlo en un icono de la cultura Pop. También mostró cuál iba a ser la tónica que definiría el broadcast televisivo en los años que vendrían: la era del low cost.

Muy resumidamente se trata de lo siguiente: por la mañana no hay anunciantes porque no hay audiencia. Sin publicidad, los recursos de producción de un programa se vuelven muy escasos casi inexistentes. Así que lo que en el prime time nocturno puede costar un minuto, por la mañana tiene que dar para costear una hora de televisión. A partir de ahí, ¿cómo se llenan horas de contenido televisivo? Eliminando producción (es decir, un mismo set sirve para todo el día), eliminando guión, evitando productos de ficción cuyo precio por pase no compensa la escasa audiencia que lo verá, etc, etc.

“Por la mañana” estrenó en nuestras pantallas algo que los españoles apenas sabíamos que existía, el culebrón. Los snobs se reían, la crítica se mofaba, pero la gente lo adoraba. Daba igual que cuando el protagonista diera un portazo temblara toda la pared del decorado de cartón, que se vieran colgando de la oreja los pinganillos por los que se dictaba a los actores lo que tenían que decir, o que la misma escena se mostrara una y otra vez en distintos capítulos y que lo que se podía haber contado en veinte durara doscientos. El culebrón había llegado para triunfar, y no sólo al mediodía, sino a horas mucho más visibles, como se vería. La «culebrización» de los contenidos guarda relación directa con la escasez presupuestaria, no solo en términos de producción sino sobre todo de guión. En España los episodios de las comedias tenían que durar una hora por capítulo -mientras en Norteamérica duraban media hora- para ser rentables. El relato se «estira» más allá de la ficción. Ahí nos encontraremos también con la manera en la que se alargan «conflictos» en los programas de cotilleos, por ejemplo. Como nueva regla, lo artificioso supera el contenido y se extiende a la propia forma con la que se presenta.

Sin embargo, el mayor golpe de timón se hizo sentir en el punto de vista de los nuevos contenidos a emitir. Hasta entonces, lo que la “tele” decía iba a misa. “Lo he visto en la tele” era un argumento tan o más potente que el actual “lo he visto en la wikipedia”. El rigor objetivo en el tratamiento de la noticia era una condición sine qua non para cualquier cadena que se preciara de seria, más aún una pública. Y entonces, sin preámbulo ni aviso, las horas muertas de la mañana abrieron la puerta principal a la “opinión”. Era un subgénero importado de la radio, de las tertulias, que la tele nunca había tenido demasiado en cuenta por su poca sustancia audiovisual (“gente sentada hablando” no sonaba por aquel entonces como la definición de lo que podría ser un “taquillazo”). El caso es que en la nueva tele de bajo coste irán adquiriendo protagonismo los “especialistas”, los “comentaristas”, los tertulianos sin más aval que su simpatía y versatilidad…

“Lo han dicho en la tele” se va volviendo de repente líquido y casi gaseoso, evanescente. De todo se puede opinar y el que más grita es el que más razón tiene. Si no en aquel primer programa de Hermida, sí en todos los que seguirán cuando lleguen las demás cadenas de la parrilla. Como cantaba Antonio Vega, aprendimos a mentir y no sentir temor. Las opiniones son libres siempre que no se presenten como otra cosa, con la salvedad de que en el contexto televisivo adquieren un peso de veracidad que es el propio medio el que la otorga.

En apenas dos movimientos sin gran trascendencia aparente, Culebrón y Tertulia, se apuntan ya las claves de la televisión de los noventa y, con el tiempo, del futuro continuo mediático digital: lo que era estelar, lujoso, de cuidada producción y estética inicia su pendiente hacia lo vulgar. En paralelo lo que era común, invisible, ordinario, comienza su ascenso hacia lo estelar. Estas dos tendencias avanzarán de un modo imparable anunciando la llegada del momento verdaderamente interactivo, de ese cruce de vías a partir del cual ya no se podrá distinguir entre estrellas y anónimos, dando origen a una nueva categoría de pobladores de las antenas, las celebrities. Ese momento llegará alrededor del cambio de milenio y tendrá un título igualmente deudor de Ray Bradbury: Crónicas Marcianas. De la década del low-cost audiovisual llegaremos a una nueva cota de la interactividad que nos conduciría al otro lado del espejo. No diga realidad, diga «reality». Pero eso será en la siguiente escena, ya en el próximo capítulo.

(continuará)

NOTA: Sin aspirar a un detalle exhaustivo, la “foto” que acompaña este post muestra los hitos más reconocibles y relevantes de ese recorrido cruzado a lo largo de la década (y se prolonga con menos detalle en algunos hitos más recientes).

 

 

FAKE IT EASY II

«Comenzamos codiciando aquello que vemos cada día», le decía el Dr. Lecter a la agente Starling. (para entender mejor este post en su contexto, recomiendo empezar por el primer capítulo de esta miniserie, Fake It Easy I)

Escena I. Algún momento entre 1800 y 1850. El salón de la casa de una familia burguesa.

No son reyes ni nobles ni representan a ninguna institución. No son artistas, no son conocidos ni célebres más que para su grupo de íntimos y familiares. Sin embargo su rostro va a quedar inmortalizado en una pintura al óleo, que están encargando a un retratista a la altura de su presupuesto. El cuadro no será expuesto en ningún edificio oficial ni museo sino que está destinado a ocupar un lugar en la pared de la estancia doméstica. Sólo para sus ojos y los de los invitados ocasionales. No son los primeros, otros antes que ellos les han hecho desear ver su imagen reflejada con el mismo tratamiento que hasta entonces sólo se reservaba para los miembros más notables de la sociedad.

Aún faltan algunos años para que un invento llamado fotografía acelere el tiempo entre el encargo del retrato y el producto final, aunque eso no impedirá que continúe habiendo público suficiente como para que un pintor pueda ganar algo de dinero gracias a la vanidad de quien quiera verse (y pueda pagárselo) como protagonista único de una obra de arte.

La guillotina revolucionaria ha certificado el fin (teórico) de la jerarquía que enaltecía a reyes, nobles, altos clérigos y mandos militares, y establece el principio de igualdad como sostén del estado contemporáneo y democrático. Pero no nos basta con decirlo, no basta con saberlo en el fondo; la igualdad se demuestra también igualándonos en la forma. La nueva clase burguesa dominante codicia los signos de ese poder que durante siglos se ha exhibido inalcanzable ante sus ojos. Comienza la conquista de la representación pública de nuestra imagen.

De este modo, silencioso, sin que haya una reseña especialmente notoria en los libros de historia, en el pequeño salón de la casa de un pequeño burgués se ha comenzado a desarrollar un fenómeno clave en la construcción de un nuevo modelo de percepción de la propia identidad individual y social que alcanzará su punto álgido dos siglos después. Entre medias, Andy Warhol cumplirá con su papel de profeta del inminente descubrimiento del hombre de a pie, del ciudadano común, de mirarse/admirarse, y desear que los demás participen de esa ceremonia del ensimismamiento.

Escena II. 1981. Sección de Imagen y Sonido de unos grandes almacenes.

Durante los febriles preparativos de «sus» Mundiales de fútbol, una España que todavía contempla gran parte de su realidad en blanco y negro, se apresta a equiparse con el ya irrenunciable televisor en color y su inseparable aliado de la década, el grabador-reproductor de vídeo. Parece mentira que el color llegue más de diez años tarde a la mayoría de los hogares de nuestro país, pero sin duda es un atraso que ya no se repetirá nunca más. Estamos a punto de entrar en el Mercado Común, o simplemente en el Mercado, y los siguientes artilugios los iremos adquiriendo al mismo ritmo y velocidad que el resto de consumidores occidentales, compartiendo con ellos, por ejemplo, el gran dilema del tecnoconsumidor de ese momento: ¿betamax o vhs? Una de esas batallas comerciales comparables a la que años después protagonizarían mac y pc o iOS y Android, por citar alguna. El resultado de aquel combate es ya irrelevante, toda vez que la cinta magnética es una reliquia vintage sobre la manta de cualquier mercadillo callejero. Sin embargo, lo que está ocurriendo en ese centro comercial es una revelación de imprevisibles consecuencias, casi una revolución.

Junto al reproductor de vídeo las compañías electrónicas han desarrollado también una cámara capaz de grabar la realidad en esa misma cinta magnética. El avance es considerable, si tenemos en cuenta que hasta entonces grabar una película casera exigía un proceso moroso y complejo de revelado, por no hablar de la escasa duración de las películas de Super 8 con las que se cargaban los “tomavistas” (otro nombre-reliquia que define la inocencia del “cineasta” doméstico). Por primera vez se puede grabar una hora, incluso más, y esa misma cinta en la que grabamos va directamente de la cámara al reproductor (y al televisor) de casa sin ningún proceso intermedio.

Dejémoslo ahí de momento. Ya habrá ocasión de recuperar este momento revelador (sin revelado) más adelante. Quedémonos en esa escena de la tienda de televisores, la pared plagada de monitores encendidos a los que alguien ha decidido conectar una cámara de vídeo que apunta directamente a los visitantes de la tienda. Cada vez que uno de ellos se pone delante del objetivo su cara se multiplica por las pantallas e, inevitablemente, se desencadena una serie de reacciones que parten del descubrimiento de la propia imagen en movimiento, la réplica o imitación de poses “televisivas” y una exclamación dirigida a sus acompañantes: “miraaa, que salgo en la tele”.

El salto de verse en una imagen estática a verse en movimiento no es sólo técnico. De pronto, la gente, así, en general, se planta en el umbral de un mundo que, una vez más, estaba reservado a las élites, a quienes tuvieran alguna virtud o pecado que se hiciera merecedor de enviar a un operador de cámara para alimentar el espectáculo audiovisual. Más aún, en ese momento, el hasta ahora espectador de las imágenes filmadas o grabadas por otros, se convierte en director, en creador de un material audiovisual con el que, y es la primera vez que ocurre, puede interrumpir la programación televisiva para emitir, aunque sea sólo dentro de su propio entorno doméstico, el contenido que él mismo ha creado. Es decir, puede intervenir en la programación televisiva sin más esfuerzo que apretar una tecla.

En ese momento, Alfonso Arús tiene 20 años

Escena III. 18.09.1990. Martes, después de la cena. El salón de una vivienda, cualquier vivienda.

En los años ochenta, el certero Juan Cueto, recientemente fallecido, había titulado como “El ojo del cíclope” la columna sobre asuntos y contenidos televisivos  que escribía semanalmente para “El País”. El hecho de definir al televisor como ese ojo colosal, al que nada se escapaba (quizás de haberse publicado en este siglo la hubiera titulado “el ojo de sauron”), introducía un aspecto novedoso (visionario, si jugamos con las palabras), el de convertir al objeto observado en observador, anticipando de algún modo este presente interactivo en el que somos vistos en la misma medida en la que vemos.

Ese 18 de septiembre de 1990 en el que situamos la escena, la transformación del televisor en televidente se hizo (por seguir jugando) evidente. Los españoles atendimos con especial pasión al inicio de un programa cuyo contenido consistía en vídeos grabados por los propios espectadores, vídeos caseros como se denominaron o, según el título del programa, “Vídeos de primera”. La crítica televisiva no tardó en poner en la picota el formato, especialmente por lo que tenía de exhibición impúdica de los propios espectadores, dispuestos a dejar caer a sus hijos por un barranco con tal de tener un documento merecedor del millón de pesetas de entonces que el programa entregaba al vídeo más votado por la audiencia. El público, en cambio respaldó sin ambages las primeras temporadas de emisión con unas cifras de seguimiento igualmente millonarias.

Al margen de los datos, que en este caso sí son relevantes, lo más llamativo de esa escena es la escenografía del programa. Apenas un sofá y un televisor ocupan el centro del set por el que Alfonso Arús, el presentador, se mueve como si fuera su casa, es decir, lo que se ve es una imagen especular de la habitación desde la que los propios telespectadores se concentran ante el televisor, un reflejo que invita al engaño, un trampantojo que permite la ilusión de pensar que los dos lados de la pantalla son el mismo. Aquel día la televisión giró sobre sí misma e hizo la primera demostración de interactividad de un medio de comunicación masivo. Lo vulgar iniciaba su viaje de transformación hacia lo estelar. Ese deseo sembrado por la burguesía del XIX había culminado su primera cumbre, su primer ochomil; el vídeo grabado en casa ya no sólo era mirado/admirado por los miembros del entorno privado, sino que se exhibía ante millones de otras familias y en prime time.

El pueblo llano había centrado la mirada de las cámaras con anterioridad, pero sólo por cuestiones extraordinarias, como un suceso u otro evento de actualidad informativa, como contenido documental, objeto de un estudio antropológico o social, o como originales intérpretes de algún número artístico o extravagante. Ahora no era así, lo que se mostraba eran tropiezos, golpes, caídas o algún que otro “frikismo” (antes de que el nombre se popularizara) de lo más corriente y cotidiano. Y la gran diferencia, que era el propio público el que se grababa a sí mismo, todavía de un modo inocente, infantil, casi como en los principios del nickelodeon: carreras, resabalones y trompazos.

A lo largo de la década de los noventa esa estelarización de lo vulgar fue dando pasos cada vez más ambiciosos y generando un efecto simétrico y de signo contrario, el de la vulgarización de lo estelar. Ambas corrientes tenderían hacia su confluencia final, hacia ese momento en el que estrellas y vulgares terminarían por ser indistinguibles. Sólo había que esperar que se dieran las condiciones necesarias, y no tardarían mucho en llegar.

(continuará…)

 

 

 

FAKE IT EASY I

Las noticias falsas, las falsas noticias. ¿No es asombroso lo rápido que nos han invadido? Recuerda en parte esas campañas militares en las que un ejército ocupaba un territorio como un relámpago, sin encontrar “apenas resistencia”. ¿Cómo es posible que hayamos dejado que algo tan contrario a lo que declaramos por principio nos haya conquistado tan rápidamente? ¿Han vencido nuestra resistencia o es que ésta nunca se produjo?

Reconozcamos que hablamos de las fake news como de un fenómeno ajeno a nosotros. No somos los creadores, así que debemos de ser las víctimas, claro, sin duda, de algún malvado cerebro en la sombra (ese Putin) que orquesta desde su guarida secreta las oleadas de desinformación con las que pretende alcanzar sus oscuros intereses de dominio global. Es decir, Spectra. Eso o, sencillamente, nos resignamos a pensar que es un precio a pagar por la multiplicidad de rendijas que abre el mundo digital en una sociedad que apenas ha comenzado a intentar adaptarse a sus nuevas leyes sin ley.

Ambos pretextos autoexculpatorios (el “no soy yo sino el Maligno”, y el “es que el mundo digital es incontrolable”) se antojan de una simplicidad que llama la atención, especialmente en dos tipos de reacción, la pública y la privada, la de las instituciones y la de la industria de la información. Los teóricos guardianes de la veracidad informativa han hecho gala de unos reflejos tan escasos como los de un boxeador a punto de besar la lona. Incluso asumiendo que la irrupción de las fake news les haya pillado con la guardia baja en una primera oleada, ¿no resulta extraño que siendo unos los gestores de los servicios de inteligencia y los otros los dueños y conocedores de todo tipo de mecanismo de información y difusión hayan mostrado tan poca diligencia para ayudar a su clientela a solucionar un problema que preocupa a más del 80% de los ciudadanos?

Apenas unas semanas antes de las elecciones europeas, el Gobierno español anunciaba la creación de una unidad de vigilancia de fake news, sin que haya habido más noticia de ella desde entonces, salvo el comentario añadido de que no se conseguiría una legislación europea al respecto hasta 2025. No news, bad news. Mientras, en las sedes de las empresas de comunicación, sobre todo las esencialmente orientadas a la información, como las grandes cabeceras periodísticas, tampoco se observa mucho más que la habitual cobertura que vienen dedicando desde hace mucho tiempo a los asuntos digitales, asomando ese sesgo tremendista del que sangra por una herida que aún no es capaz de cauterizar. A riesgo de equivocarme no he visto que ningún periódico online, ningún servicio informativo de renombre haya dispuesto algo tan sencillo como, por ejemplo, una sección permanentemente actualizada de bulos (una traducción al español que me gusta especialmente, y que sirve tanto para “fake news” como para “hoax”).

En el MIT hace ya casi un año que desarrollaron un algoritmo para detectarlos con un 65% de eficacia. Puede que alguien esté ya en ello, pero ¿a qué esperan las grandes compañías de telecomunicaciones para ofrecer a sus millones de clientes una app preventiva de la intoxicación informativa? Quizás habría que recordarles que la mujer del César no solo debe ser honrada.

Unos y otros señalan la gravedad del asunto pero sus acciones desdicen las palabras. Y en cierta medida lo mismo ocurre con nosotros, los consumidores, los ciudadanos. Si nos preguntan por las fake news enseguida respondemos que la democracia está en peligro, pero como ocurre con sus parientes cercanos, los hoax, rara vez nos paramos apenas a comprobar si el mensaje que acabamos de reenviar nada más recibirlo era o no verdad.

Hay quien ha apuntado a los intereses económicos de los dueños de internet, los facebook, whatsapp, linkedin… y otros beneficiarios subsidiarios del tráfico de datos que circula por ellas. Y no deja de haber quien se acuerde de citar aquello de no dejar que la verdad te arruine una buena historia, que se ha convertido en el estigma de los magnates periodísticos sin escrúpulos, valga la redundancia. Pero aún y con todo el que haya intereses en difundir falsedades no explica la facilidad (¿felicidad?) con las que nos las hemos creído y difundido. Esa colaboración necesaria, la de todos nosotros, me parece más interesante de explorar, a fin de entender los mecanismos de eso que se llama posverdad y que parece tan ligado al nuevo relato del mundo.

Las razones para esta divergencia entre la preocupación que declaramos y la reacción que no adoptamos son, como siempre, de muy distinta naturaleza, pero ya que estamos en el terreno de la comunicación y la percepción me ceñiré a él. Es fácil suponer que, una vez más, el fenómeno de fake news no es novedoso sino la última vuelta de tuerca de algo que hemos ido construyendo a lo largo del tiempo, que es parte intrínseca de nuestra construcción social, humana, y que, simplemente, ha encontrado en el ecosistema digital las condiciones perfectas para su propagación tumoral. Quizás si viajamos en el tiempo y nos detenemos en algunos momentos puntuales de nuestra historia, sea más fácil distinguir esas semillas iniciales, esos brotes que han terminado por cubrirnos de mala hierba informativa.

Escena 0. El Silencio de los Corderos (1991) Minuto 1:19:11. Una celda en medio de un gran salón.

Hannibal Lecter:

Vuelve a los básicos, Clarice. Lee a Marco Aurelio. De cada asunto en particular pregunta qué es en sí mismo. ¿Cuál es su naturaleza? ¿Qué es lo que hace él, este hombre al que buscas?

Clarice Starling:

Mata mujeres …

Hannibal Lecter:

¡No! Eso es secundario. ¿Qué es lo primero que hace, lo esencial? ¿Qué necesidad satisface al matar?

Clarice Starling:

Ira, resentimiento social, frustración sexual …

Hannibal Lecter:

No. Lo que hace es codiciar. Esa es su naturaleza. ¿Y cómo empezamos a codiciar, Clarice? ¿Buscamos cosas que codiciar? Procura esforzarte en la respuesta.

Clarice Starling:

No. Solo …

Hannibal Lecter:

No. Exacto. Comenzamos codiciando lo que vemos cada día. ¿No sientes las miradas cuando recorren tu cuerpo, Clarice? ¿Y acaso no diriges tu mirada hacia las cosas que deseas?

¿Y qué es lo que vemos cada día que podamos codiciar en las fake news? Eso es precisamente lo que muestran las siguientes escenas que irán apareciendo en las próximas publicaciones de este blog.

(continuará)

 

SE ALQUILAN VAINAS.III

Nos asomamos a un momento tan sorprendente como vertiginoso, el de ser capaces de crear un poder omnisciente, omnipresente y absolutamente indiferente al sufrimiento humano; al que entregamos el criterio de lo que debe ser protegido o eliminado sin discusión, en aras de un supuesto bien común. Como los vecinos del edificio Dakota, actuamos como protectores de una semilla ya implantada, la del dios todavía inmaduro al que nutrimos constantemente de alimento informativo para que llegue a emanciparse cuanto antes.

En cierto modo todas las distopías nacen de la imposibilidad de concebir la libertad absoluta dentro de la utopía. Y por tanto, todas ellas están basadas en el fracaso de la utopía original, la del paraíso creado para un hombre al que se le permite ser libre con la única condición de estar sometido a una autoridad mayor a la que no debe intentar aproximarse -el árbol de la ciencia del bien y del mal-. El enunciado de libertad obediente es de primeras dadas un oxímoron, porque está escrito que en cuanto el hombre desobedece el dueño del edén le indica el camino de salida de forma expeditiva. Las consecuencias son siempre nefastas; que si sudar por el pan, que si parir con dolor, que si caer al mar envuelto en llamas o que las rapaces te devoren el intestino una vez al día por lo menos. Así las gastan los dioses -o los de arriba si se prefiere- cada vez que los de abajo actuamos por cuenta demasiado propia. Pasa con los héroes proteicos y tampoco mejora cuando cambiamos de escala. En la magnitud de miles de millones de seres humanos el precio de la utopía es la vuelta al redil, el sometimiento a la autoridad, a menudo invisible, intangible, divinizada por tanto en sus formas y acciones. Nadie ve nunca al Gran Hermano, ni al Mago de Oz ni al cerebro de Matrix.

Desde otra perspectiva la distopía que parece más inminente en su cumplimiento, la de que la Máquina tome el control absoluto, creo intuir que es un fenómeno que responde más a lo humano que a lo tecnológico, como una retorcida vuelta de tuerca al concepto Deus ex machina. Nuestro cerebro es capaz de inventar diversos futuros posibles, y lo hace incesantemente, eso de deducir lo que ocurrirá a partir de lo que percibimos que ya ocurrió. Está en el origen de todas las conspiranoias, que no son más que un reflejo de nuestra arraigada tentación de convertir la consecuencia que conocemos en la causa que desconocemos.

La trampa que cualquier teoría de la conspiración nos tiende es la de pensar que puesto que podemos explicarnos el pasado a partir de relacionar los distintos factores que lo originaron, es altamente probable que hubiera una inteligencia que los provocó. Como en tantas otras cosas, puede que nos engañemos y simplemente estemos necesitando que haya un razonamiento previo como reflejo del que aplicamos “a toro pasado”, lo que se conoce como “sesgo retrospectivo”.

De este modo, tendemos a pensar o deseamos creer que hay una autoridad creadora inteligente que planifica o al menos dispone las condiciones para lo que nos está ocurriendo. Llamémosle Dios (Hume ya se ocupó en su momento de desmontar esa visión conspiranoica de la divinidad planificadora dando inicio a la deriva racionalista de la que nace todo esto que vivimos hoy) o “poder oculto en la sombra”, el caso es calmar nuestra inquietud por pensar lo contrario, que no hay plan alguno, que todo es circunstancial e imprevisible aunque explicable (si no, de qué iban a vivir los economistas). Hasta ahora esa presencia superior ha sido cuestión de fe, pero los tiempos están cambiando, gracias a otra cualidad bien humana, la de inventarnos no sólo lo que soñamos sino también aquello que tememos. Somos, ya se sabe, el animal que mejor ha desarrollado su capacidad de imaginar una amenaza donde no la hay. Ese miedo “de fantasía” que llamamos ansiedad ha encontrado terreno abonado en esta sociedad hiperultracomunicada a la que podríamos datar dentro del “Ansiolítico Inferior”.

La mayoría de las distopías tecnológicas, de Huxley a Black Mirror, se han elaborado a partir de esa suerte de proceso “divinizador” de una Máquina que termina por superar y superponerse al designio con el que la creamos. Hoy asistimos con fascinación creciente y no menos creciente inquietud a los avances de una inteligencia artificial que nos va relegando día tras día en todo eso que de tan humano nos parecía intransferible. La mayoría de los empleos en trance de deshumanización no son, contra lo que se pensó inicialmente, los de “cuello azul” sino los de “cuello blanco”. ¿En la sociedad del tráfico exacerbado de información qué aporta esa ingente masa laboral que ni crea ni transforma, que simplemente se encarga de acarrear la información de un lado a otro? Los modelos de negocio de intermediación son los que más han sufrido y sufren el embate digital.

Tampoco los “creadores” se quedan fuera de la onda expansiva. Al pasar por la turmix de la sociedad de consumo, las industrias de la creatividad no se distinguen de las de cualquier otro sector fabril. Los guionistas del cine, los autores del pop, los escritores de best-sellers, e incluso los artistas plásticos al servicio del mercado y la producción masiva ya empiezan a ser sustituidos por programas especializados sin que seamos capaces de distinguir unos de otros. Las distopías auguran ese momento en el que la Máquina tomará finalmente conciencia de que el ser humano haya dejado de necesitar a otros seres humanos para mantener su modo de vida. Parte del proceso de individualización y aislamiento que percibimos en esta sociedad (paradójicamente llamada en red) se refleja en que cada vez confiamos menos en nuestros congéneres y más en los algoritmos para asuntos tan sencillos como preguntar por el mejor camino para ir a tal sitio o tan personales como elegir a la persona con quien podríamos llegar a relacionarnos.

Así, de los dos grandes poderes con los que la divinidad nos arrojaba al infierno o al cielo, el de infundir miedo o el de inspirar amor, parece que la tecnología de cuyo culto nos hemos ido revistiendo actúa como herramienta más al servicio del primero que del segundo. La inteligencia artificial ha sido nuestra apuesta y viene a ser nuestra culminación de siglos reverenciando a la inteligencia en detrimento de la bondad como virtud de referencia. Hemos querido creer que la bondad nos hacía vulnerables y la inteligencia invencibles cuando en realidad lo que está sucediendo, lo que ya sucedió, es justo lo contrario. Nos asomamos a un momento tan sorprendente como vertiginoso, el de ser capaces de crear un poder omnisciente, omnipresente y absolutamente indiferente al sufrimiento humano; al que entregamos el criterio de lo que debe ser protegido o eliminado sin discusión, en aras de un supuesto bien común. Como los vecinos del edificio Dakota, actuamos como protectores de una semilla ya implantada, la del dios todavía inmaduro al que nutrimos constantemente de alimento informativo para que llegue a emanciparse cuanto antes.  

¿Quién podrá discutirle al algoritmo su verdad construida con trillones de datos? ¿Quién querría planteárselo, pensar en desconectar la Máquina cuando la alternativa es volver a la inseguridad de las decisiones irracionales? ¿Quién desearía volver a la nebulosa de creer a ciegas en un dios inmaterial cuando nos hayamos dotado al fin de un dios tan anhelado, tan tangible, tan fiel a la imagen y semejanza de nuestra razón? ¿Y cuando todo esté calculado, para qué preocuparnos, interesarnos, apasionarnos, arriesgarnos a nada que no sepamos a donde nos lleva con la máxima seguridad? La vaina en la que Matrix nos cultiva es una imagen terrible, cinematográfica y, por eso mismo, excesivamente costosa y altamente improbable. La realidad es mucho más sutil, más económica. En el imperio de la inteligencia la cápsula que nos aísla somos nosotros mismos.

(continuará…)