Perdón

No perdonamos a aquellos (y a aquellas) con quienes nos sentimos en deuda. La mala conciencia nos hace pequeños, y para compensar, tratamos de llevar al otro (a la otra) a nuestra bajura. Cuanto más nos perdonan ellas los gritos, las amenazas, los insultos y todo tipo de violencias de distinto grado, más nos empequeñecemos, nos emponzoñamos, nos enmezquinamos, nos blindamos contra su perdón, que se nos vuelve imperdonable.

“¿Por qué matan los hombres a las mujeres?” Si se pregunta a Google, así, entrecomillado, restringiendo los resultados (método científico de andar por casa), nos encontraremos con casi cinco mil entradas. Si quitas las comillas el resultado se dispara a casi un millón. En el informe anual que publica la gran multinacional de la información recogiendo sus tendencias más populares quizás no desbanque a un Trump o Luis Fonsi, pero salta a la vista que la inquietud ha aumentado considerablemente en los últimos años, por causas tan tristes como evidentes. En parte es buena señal, viene a traducir que una gran parte de la sociedad trata de encontrar un sentido a algo que no lo tiene. No es el principal motivo de muerte en el mundo, pero como todos los que suceden en el entorno de lo afectivo, quizás sí de los más estremecedores. ¿Matar a quien amamos, matar a quien nos amó? El temor que subyace en cada femicidio es que ese hombre que decide matar a su pareja podamos ser algún día cualquiera de nosotros. De ahí que la pregunta se formule en términos de género y genéricos, y no ¿por qué algunos hombres matan a sus parejas o las mujeres ?, que sería una pregunta que al menos dejaría un margen tranquilizador a los demás. Pero no, lo cierto es que lo único que por ahora parece que tienen en común los femicidas es que son hombres y lo único que tienen en común las víctimas es que son mujeres.

¿Por qué matan los hombres a las mujeres? es una pregunta, por tanto, incómoda, pero inevitable. Y a partir de ella, todas las respuestas, tanto las que apuntan a particularidades como a generalizaciones, se esfuerzan en ofrecer una respuesta convincente, que nos permita encontrar una solución que se demora ya demasiado. El feminismo (y el sentido común) se indigna cada vez que aparece una de esas explicaciones que suenan exculpatorias, ya sea el estrés, los celos, la frustración, la depresión, el alcohol, las drogas o la locura. Pero las mujeres estresadas, celosas, frustradas, deprimidas, adictas o enajenadas no matan a sus parejas, y el razonamiento se desploma, mal que les pese a algunos (y a algunas). El feminismo (y el sentido común) apuntan a una raíz socio-cultural, la mentalidad y la educación machista, patriarcal, que no termina de desembarazarse de la creencia de que la mujer -y su destino- pertenecen o deben obediencia al hombre -y su voluntad-. Sin embargo, esta respuesta, cada vez más asumida, y sus posteriores aplicaciones prácticas en el terreno político y social, apenas han conseguido alterar el curso terrible que cada año se cobra una cantidad similar de víctimas. Es evidente que no es sencillo, máxime cuando el establecimiento de la jerarquía patriarcal se remonta a varios miles de años atrás, pero ¿tan difícil como para no apreciar descenso alguno en el número de víctimas?

¿Por qué matan los hombres a las mujeres? es una pregunta cuyas respuestas hasta hoy parecen incompletas, o lo suficientemente fallidas como para cuestionarse la propia pregunta. Como decía Einstein, ningún problema se resuelve dentro del mismo estado de conciencia con el que se creó. Nuestro cerebro, individual o colectivo, busca certezas, cerrar círculos, y si le preguntan señalando un punto en el horizonte trata de encontrar la respuesta en esa única dirección. Es en ese horizonte común de búsqueda donde se terminan encontrando tanto los que buscan argumentos exculpatorios como los que se concentran en una respuesta generalizada. ¿Por qué limitar la investigación a un único planteamiento? La investigación del cáncer no sólo avanza estudiando a las células cancerígenas, sino también los mecanismos por las que las sanas no enferman. Entonces, ¿por qué no probar a formular la pregunta que permanece oculta, implícita en la que parece que nos estamos haciendo una y otra vez?

“¿Por qué no matan las mujeres a los hombres?” Formulada así, entre comillas, Google no arroja ningún resultado. Es como si se nos hubiera pasado por alto la posibilidad de observar el reflejo de la pregunta habitual, tal vez de un modo inconsciente, o quizás todo lo contrario, demasiado conscientemente (por ahora, no pretendo entrar en ese tipo de búsqueda). Ciñámonos a la pregunta, tan sencilla, de por qué las mujeres no matan ni siquiera en defensa propia a los hombres, ni siquiera a los que las maltratan y amenazan de muerte. Me imagino que en este punto surge una avalancha de respuestas que citarán tanto el Síndrome de Estocolmo como la manipulación, el chantaje emocional, el miedo, la falta de apoyo social… todas ellas válidas, por supuesto, y aun así, insuficientes cuando el recuento de víctimas masculinas a manos de mujeres arroja cifras despreciables, prácticamente inexistentes.

¿Por que no matan las mujeres a los hombres, ni siquiera las que podrían hacerlo? ¿Porque nosotros somos fuertes físicamente y ellas no? Hace tiempo que esa diferencia física no es obstáculo para cometer un asesinato. Otra posibilidad -algo simplista, en mi opinión- es que los hombres somos violentos (ya se sabe, la testosterona) y las mujeres pacíficas. Suena a cliché, pero seguramente hay algo de cierto en esa explicación. Si avanzamos un poco más allá de la dualidad buenas/malos lo que sí suele ocurrir es que la mujer permanece muchas veces al lado del maltratador, incluso después de sufrir agresiones y violencias extremas. Y ahí es donde me parece que podemos encontrar una respuesta tan simple y directa como la pregunta. Las mujeres no matan a los hombres porque, sencillamente, nos perdonan. Aceptan nuestras promesas de reforma, los “no volverá a ocurrir, te lo juro”, en definitiva, nos creen, o lo que es lo mismo, nos quieren creer.

Las mujeres nos perdonan, nos dan oportunidades una tras otra, con cada agresión que queda sin respuesta. Y los hombres no perdonamos, no perdonamos y no terminamos de perdonar, y como no somos capaces de hacerlo terminamos castigando lo que creemos que es imperdonable, ya sea en un momento puntual o acumulando motivos durante toda una relación. ¿Por qué ellas nos saben perdonar y nosotros a ellas no? ¿Da rabia, verdad? Los hombres rabiosos, que no perdonan, matan, castigan a las mujeres por motivos que sólo el hombre decide que lo son. Castigan que amen a otro, que ya no les quieran a pesar de todo, que les lleven la contraria, que sean ellas mismas, que sean felices cuando ellos no lo son, que sean libres, que lleven más dinero a casa, que aprendan a quererse… en resumen, que sean suyas y no nuestras. Ahí es donde milenios de cultura patriarcal se revelan letales, lo queramos ver o no. Tampoco estoy descubriendo nada nuevo. Donde me gustaría detenerme no es tanto en qué es lo que no perdonamos los hombres como en por qué no perdonamos.

Me viene a la cabeza aquella anécdota que algunos ponen en boca de Romanones, un día que le fueron con el cuento de que alguien andaba hablando pestes de él. “Qué raro, no recuerdo haberle hecho ningún favor”, dicen que respondió. No perdonamos a aquellos (y a aquellas) con quienes nos sentimos en deuda. La mala conciencia nos hace pequeños, y para compensar, tratamos de llevar al otro (a la otra) a nuestra bajura. Cuanto más nos perdonan ellas los gritos, las amenazas, los insultos y todo tipo de violencias de todo grado, más nos empequeñecemos, nos emponzoñamos, nos enmezquinamos, nos blindamos contra su perdón, que se nos vuelve imperdonable.

Entiendo que nos duela imaginarnos como seres inmisericordes, cuando somos tan conscientes de nuestra naturaleza compasiva, que exhibimos en muchas, muchísimas oportunidades, pero si reflexionamos sobre la asignación de roles de género con la que nos han educado durante siglos, nos será fácil identificar a la madre siempre compasiva y al padre estricto juez al que se acudía para el castigo sin remisión (como se lo cuente a tu padre, verás). Nuestra sociedad ha entregado mayoritariamente a la figura masculina la potestad de juzgar y castigar. Póngase en manos de alguien empequeñecido y en deuda, y empezaremos a tener pequeñas tormentas perfectas esperando estallar. Y esto, que se hace patente en cada caso individual de maltrato tal vez sea también el reflejo de un complejo mayor, de género. Puede que los hombres nos sintamos en deuda con las mujeres por detentar un poder que hemos basado en una razón sin razón, en nuestra fuerza bruta, sobre la que se erigieron todas las jerarquías de nuestra cultura. La misma fuerza que en un principio nos situaba como defensores de la tribu enseguida nos transformó en opresores. Está en nuestra naturaleza, parece. (Acabo de ver “Matar a un ruiseñor”, el relato del juicio odioso a un hombre negro -inocente- por sentir compasión por una mujer blanca, una humillación imperdonable, otro buen ejemplo de cómo la mala conciencia se vuelve crueldad. También los blancos más racistas se sabían usurpadores de un autoridad adquirida de un modo injusto).

Toda esta reflexión me lleva a la siguiente conclusión. ¿Y si parte de nuestra estrategia contra la violencia machista la basamos menos en ese “castigar a los que castigan” y la empezamos a centrar en “perdonar a las que perdonan”? Más allá del juego de espejos lo que me planteo es que junto a la búsqueda de un gran objetivo final, el de una sociedad más igualitaria, sin machismo, intentemos nuevas vías para evitar el daño inminente, el de los femicidios. Quizás podamos evitar algunas muertes si pudiéramos reconvertir la recompensa (sí, recompensa) emocional que siente el maltratador al castigar por la de perdonar. No es una meta lo que propongo, sólo una etapa que en ningún caso aspira a reemplazar la visión a largo plazo, precisamente porque me temo que el plazo hasta conseguir la demolición de la sociedad patriarcal es todavía demasiado largo.

“El perdón es divino”. Con esa frase, Claudio consiguió que el emperador Calígula condonara el juicio caprichoso de ejecutar a todos los senadores romanos. ¿Y si ayudamos a los hombres a sentirse más poderosos, más hombres, más satisfechos de su autoridad cuando perdonan, y si les enseñamos a sentirse orgullosos de su capacidad de perdón? No digo que esta línea de trabajo sea ninguna panacea universal, simplemente exploro un punto de vista que hasta hoy no he visto reflejado en ningún artículo, debate, mesa redonda o campaña. Hasta ahora, llamándoles criminales no hemos conseguido gran cosa más que consolidar su actitud de jueces fatales. ¿Por qué no probar no a frustrar una vez más su autoridad sino a convertirla en benévola, a ver qué ocurre? Hasta hoy exploramos los confines del castigo, de la violencia, del daño, pero no parece que hayamos dedicado demasiado tiempo a investigar los mecanismos del perdón. Me parece que tratar de evitar las muertes subrayando su maldad sólo ayuda a que el asesino sienta peor conciencia de sí mismo, y menos esperanza de recuperar los rasgos de esa humanidad con la que un día fue capaz de mostrar y reconocer amor.

Miento

Mentimos como bellacos, por deporte, por entretenimiento, por aburrimiento, por hastío, por rutina, por motivos que existen, que no, que nos inventamos… Casi habría que reconocer que en ocasiones nos mentimos por no dejar de mentirnos. ¿Por qué nos mentimos realmente?

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Cádiz. 2014. A mi alrededor todo es mentira. Veo una película de Woody Allen, Blue Jasmine, construida en torno al descubrimiento de la mentira, que es el descubrimiento de la verdad. Mi hijo pequeño me niega con boca, ojos y cuerpo que tenga miedo a la oscuridad mientras me pide que le acompañe por el pasillo hasta su cuarto. Jordi Evolé se saca un enorme conejo blanco de la manga televisiva ante los ojos de medio país que se regocija y encorajina a partes iguales con su farsa sobre la verdadera historia del golpe de estado del 23F. La noche antes, un representante del pueblo, un tal Granados, se queda solo con sus mentiras, mientras esgrime su honorable pasado de protector de mentirosos (tamayazo, gurtel, etc.) para solicitar el mismo cuidado y asilo entre sus colegas de partido.

Mentira, mentira, mentira nada más, que cantaba la encantadora señorita Marina de Obregón en el comienzo del “Un, dos tres, al escondite inglés”, de Zulueta.

Hay que ver el daño y el dolor que nos causa la mentira. Los presidentes de las democracias dejan sus cargos sólo por la mentira, no sólo los americanos Nixon o Clinton, sino los españoles González (que mintió sobre los fondos reservados y la guerra sucia), Aznar (que mintió los días del 11 M) o Zapatero (que mintió sobre el alcance y gravedad de la crisis económica). Por no hablar de la infidelidad, la mentira terrible que siega parejas a su paso. Sólo se salvaron Johnny y Vienna (miénteme, dime que me esperabas, dime que me quieres). ¡Cómo se nos clavó aquella frase de “Johnny Guitar”, señal que nos estaban tocando la fibra sensible!!!¿Pero entonces, si está claro que todo el mundo miente, por qué algo tan humano nos duele tanto?

Siguiendo un razonamiento evolutivo muy sencillo, nada se hace de manera universal si no refleja en definitiva una necesidad básica de la especie para poder sobrevivir. Y si seguimos esta línea de pensamiento, mentir vendría a ser un recurso adaptativo y no, como se nos suele presentar, una degradación de nuestro comportamiento social. Porque reconozcamos que una de las grandes rutinas educativas es enseñar a decir la verdad. Los dos únicos bofetones que me dio mi padre durante mi infancia fueron por escamotearle la verdad, bien, digámoslo como es en realidad, por mentirle a la cara. No digo que no me hubiera merecido más, pero no deja de ser curioso que el “a mí no me vuelvas a mentir nunca más” fuera la frase lapidaria que acompañó la descarga de galletas. Frase que hemos escuchado entre gritos, lágrimas, susurros mil y un millones de veces. Las misses en los debates de la tele se yerguen como agustinas aragonesas y enarbolan el estandarte del cruzado (mágico): “lo único que no le soporto a una pareja es que me mienta”.

Mentimos como bellacos, por deporte, por entretenimiento, por aburrimiento, por hastío, por rutina, por motivos que existen, que no, que nos inventamos… Casi habría que reconocer que en ocasiones nos mentimos por no dejar de mentirnos. ¿Por qué nos mentimos realmente? Aunque no hay que desestimar que lo hagamos en parte por placer, fundamentalmente mentimos por miedo. Miedo a que nos rechacen, que no nos quieran, que nos vean tal y como somos, que nos desarmen. Por eso nos ofende tanto la mentira ajena, no porque no podamos confiar en el otro, sino porque revela que el otro no confía en nosotros, no baja la guardia, no se vuelve vulnerable. No nos quiere tanto como para desnudarse por completo. Nos ofende, una vez más, el orgullo más que el hecho en sí, tan natural.

Mentimos para protegernos, no ya como miembros de una sociedad compleja en interacciones, sino como miembros de una especie que se reconoce débil. La mentira viene a reemplazar las garras, escamas, aguijones, pelaje, colmillos, caparazones, velocidad, fuerza, visión… de las que carece nuestra especie de monos desnudos. El ser humano se impone a la naturaleza mediante la mentira. Miente al león para hacerle creer que es más fiero, al elefante para hacerle creer que es más fuerte, como miente a todo el planeta para hacerle creer que es capaz de dominarlo. Nuestro cerebro se ha ido desarrollando de manera prodigiosa para crear ilusiones, para imaginar y proyectar esas visiones no sólo ante nosotros mismos, sino ante el universo. Nuestro cerebro se ha construido para la ilusión, para el engaño, la mentira. Si no, no habríamos podido sobrevivir ante un medioambiente hostil e indiferente a nuestra falta de armas naturales. La mentira ha sido nuestra adaptación y nuestra selección.

Algo que hemos traducido a nuestro comportamiento social. En “Juego de tronos”, mal que nos pese, se relata un cambio de paradigma, de época, de la nobleza esencial del medioevo -que encarnan los Stark- a la estrategia y el engaño renacentista (borgiástico) que encarnan los Lannister. No son peores, son más prácticos, más económicos, más modernos, mejores mentirosos. La mentira es nuestro monolito de 2001. Como fue también nuestro pecado original. Cuando la serpiente le hace llegar la manzana a Adán ¿cuál es el primer pecado real que comete el primer hombre? ¿Ver a Eva como mujer? Eso es lo que nos han querido hacer creer. La primera falta del Hombre contra su Creador es que cuando éste le pregunta si ha comido del fruto prohibido, aquél se lo niega. Le miente, al igual que muchos libros después, Pedro lo volverá a hacer, y por triplicado, como un buen funcionario. El pecado original es la mentira, y hasta en eso la Iglesia ha sido tan “humana” de mentirnos. Junto con el sexo, la mentira se aparece como ese otro impulso irrefrenable y natural que nos han presentado todos los poderes como un pecado capital. De este modo, nuestros instintos más elementales (el de reproducción y el de supervivencia) se han convertido en instrumentos de control basados en el sentimiento de culpa, éste sí alimentado culturalmente para beneficiar a unos pocos, los mismos que, desde el poder, son los primeros en hacer caso omiso de los límites que ellos ponen ya sea al hecho sexual o al mentiroso.

Pues si mentir está en nuestra naturaleza, que dirían el escorpión y Jessica Rabbit, a qué rebelarnos contra ella. Por qué sufrir tanto dándole una importancia tan central en nuestro código de valores. Aprendamos de los niños, dejemos a un lado el juicio moral sobre la mentira y tratemos de verla de un modo práctico (no es fácil reeducarnos en algo tan esencial, pero merece la pena intentarlo, si con ello evitamos sufrimiento). Hay mentiras que nos ayudan y otras que no, hay mentiras que nos perjudican (los fraudes de hacienda, las evasiones de las grandes fortunas, las promesas electorales incumplidas, la ocultación sistemática de la verdad por parte de aquellos cuya actuación afecta a millones de vidas) y otras que nos impulsan. Sigamos a los niños, que cuando les pillan en una mentira se ríen, lo reconocen y continúan como si tal cosa. No estoy sugiriendo que ignoremos la mentira, porque entonces perderíamos todas las referencias (algo tiene que permanecer fijo y estable, un norte, unas balizas, para que lo demás pueda desplazarse sin perderse), pero sí que la veamos como algo que pertenece a nuestra naturaleza humana, que nos ha ayudado a sobrevivir ante lo salvaje, y no sólo como un retorcimiento caprichoso y social de una verdad que, reconozcámoslo de una vez, nos es ajena.

Cádiz, 2017. Y entonces llegó la posverdad. Como cantaba Antonio Vega “aprendimos a mentir y no sentir temor”. Tal vez sea una nueva tensión del péndulo dialéctico, pero parecería que Trump -visto aquí como síntoma, no como presidente- nos ha tomado bien el pulso y está poniendo a la vista lo que antes se hacía en la trastienda. Ése es quizás su atractivo (una parafilia, pero filia al fin), el del mago que muestra al público los trucos de los otros magos (donde digo magos, valga tahúres) ante codazos de asombro y espanto. Trump es el ciego que le enseña al Lazarillo que la trampa siempre encuentra un espejo en el que mirarse.

El Cuándo es el nuevo Qué

Nunca como ahora el sentido de la oportunidad ha sido más oportuno ni ha tenido más oportunidades de éxito. Salvo que lo que sepas hacer sea absolutamente único (y aún así, habría que ver si esa originalidad tuya resulta oportunamente atractiva) si no eres capaz de encontrar el momento idóneo de la vida de tus usuarios/consumidores en el que aparecer estás condenado al olvido.

(foto: http://www.albertocerriteno.com)

Empezaré por el final. Tanto si se trata de una marca empresarial como de una marca personal la pregunta que importa ya no es qué puedes hacer por tus clientes sino cuándo puedes hacerlo.

Es una pregunta que obliga a pensar de manera distinta a como solemos pensar a la hora de ofrecer nuestros productos o servicios a los demás, productos y servicios que, gracias a las redes y medios sociales, son hoy todo lo que se extiende ante nuestros ojos, incluidos nosotros mismos. Pero es una pregunta, además, que refleja con más precisión que otras el cambio de contexto surgido de la revolución digital.

De hecho es la pregunta sobre la que se basa la economía digital y, todavía más crucial, la manera en la que las siguientes generaciones a partir de la actual consumirán información y conocimiento. El conocimiento de la era A.G. (antes de google) era un tesoro a acumular para cuando hiciera falta. ¿Recordáis? El saber no ocupaba lugar, y eso que los libros se imprimían todos en papel y no en pedeefe. La revolución digital, como otras anteriores, lo que ha hecho básicamente es comprimir el espacio y, consecuentemente, acelerar el tiempo. El conocimiento se puede almacenar en cualquier sitio menos en nuestras cabezas y, en ese conocimiento que somos capaces de alojar en la nube, en la niebla o en el limbo convive todo, desde la lista de los reyes godos o la tabla periódica hasta el callejero de Calcuta. No lo memorizaremos y olvidaremos como veníamos haciendo desde tiempos de los romanos, ya no. Simplemente no pensaremos en ello hasta que llegue su minuto.

Todos entendemos que es un alivio el no tener que memorizar este tipo de información (tan inútil ¿verdad?), pero con los nuevos usos llegan nuevas maneras de pensar y el consumo de información se traslada a otros ámbitos de nuestra vida menos fríos, más personales. Ya nadie se esfuerza en recordar un número de teléfono, pero tampoco la plaza de parking en la que dejó el coche o la receta de una comida, o el cumpleaños de los amigos, incluso de los más cercanos. No tenemos tiempo para eso. Ya lo buscaremos cuando lo necesitemos o, en el mejor de los casos, habrá una aplicación que nos mandará un aviso en el momento adecuado.

Por eso, cuando una empresa o un profesional me pide que le ayude a definir su estrategia de comunicación ya no considero que sea tan importante el contar qué es lo que hace como cuándo lo hace; es decir, en qué momento de la vida de la gente (usuarios, consumidores, público…) va a ser útil o relevante. La pregunta, como digo, cambia la manera de pensar y de pensarse. Ya no es significativo que digas que haces comida para llevar, o coaching de directivos o control de calidad de alimentos o diseño de exposiciones o guiones de cine o motivación contra las adicciones, o lo que se te pueda ocurrir que hacéis tú, tu organización y otros cien millones de personas más en este mundo globalizado (es decir, comprimido y acelerado). Simplemente dime que estarás ahí, en el momento que me haga falta y puede que de este modo te incorpore a mi lista de “porsiacasos” que me importen.

Nunca como antes el sentido de la oportunidad ha sido más oportuno ni ha tenido más oportunidades de éxito. Salvo que lo que sepas hacer sea absolutamente único (y aún así, habría que ver si esa originalidad tuya resulta oportunamente atractiva) si no eres capaz de encontrar el momento idóneo de la vida de tus usuarios/consumidores en el que aparecer estás condenado al olvido. Y hablo tanto de tiempo horario como de tiempo emocional. El primero es fácil de entender, y de hecho lo intuimos incluso en aspectos tan menores como cuál es el mejor día para subir una foto a facebook, por ejemplo, pero es una tarea en la que los robots nos relevarán muy pronto si es que no lo han hecho ya. El momento de las emociones es un aspecto mucho más interesante y fructífero. Casa Tarradellas ha resuelto brillantemente su última campaña con ese “está cuando hace falta”. Lo podía haber dicho cualquiera de los productos de “convenience”, pero lo han dicho ellos, concentrando en la pizza precocinada el deseo íntimo de todo el universo de la generación digital. Aplausos. Es el mensaje propio de una app o de un influencer, pero aplicado al mundo físico, a las cosas de comer.

Igual que pasa con las personas, hay una divisoria entre mensajes nativos y mensajes migrantes digitales. A estos últimos se les nota que todavía hablan mucho del qué y poco del cuándo, que sueltan su rollo esté quien esté delante y en el contexto en el que se encuentre. Que les da igual ocho que ochenta, vaya. ¿Qué soy yo? ¿Qué es lo que hago? ¿A qué me dedico? ¿Qué hago mejor que los demás? Desde que compiten marcas empresariales y personales el ¿Qué, qué, qué, qué? se ha multiplicado exponencialmente. Y la pregunta es cada vez más inútil e irrelevante. Al otro lado del espejo los mensajes nativos digitales ya desde la misma concepción del producto están pensados para aparecer como el gato de Cheshire, sólo cuando toca.

A partir de la revolución digital abrimos en nuestra vida ventanas de oportunidad cada vez más pequeñas para quien sepa aprovecharlas y colarse por ellas. Ser un experto en lo que haces no sirve de mucho si la ventana está cerrada. Se trata de una oportunidad para pensar  no sólo diferente sino más generosamente; pensar en el momento vital de los demás antes que en lo que uno mismo desea. En cierto modo todo lo que tuvo éxito en el pasado tenía ese sentido del ritmo, del tempo, de la oportunidad. Simplemente ahora todo se ha acelerado de tal modo que tenemos que esforzarnos un poco más para sincronizarnos con el mundo que nos rodea.

Mientras, vivimos lo que corresponde a un período de transición entre ambos lados. A una sociedad como la nuestra, todavía formada en la necesidad de acumulación de datos, le das la inmediatez y nos ocurre como a los chimpancés que descubren el fuego, que lo mismo incendiamos un bosque que descubrimos el jamón ahumado. Son riesgos de los tiempos de cambio. Es el nuevo mercado de la impaciencia. El mismo que nos evita cometer errores cuando buscamos un destino en una ciudad desconocida y que queremos trasladar a todo, incluso a nuestra búsqueda de pareja amorosa.

En el fondo somos tiempo, y ésa es nuestra gran paradoja, que lo efímero sea precisamente nuestro rasgo más estable y esencial. Pues bien, el tiempo corre ahora a favor de las Instabrands.

(english version: https://aarhusmakers.com/blog/2017/4/27/the-when-is-the-new-what)

El sexo de los robots

¿De qué nos servirá seguir dando vueltas en torno a la diferencia de género cuando la brecha radical que se anticipa será entre lo humano y lo deshumanizado?

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Estamos entregados estos días a una reedición necesaria de los movimientos feministas que habíamos medio dejado de lado durante las dos últimas décadas. Como ha ido sucediendo a lo largo del siglo XX, cada vez que la economía se ha visto sacudida, ya fuera por una guerra o por una burbuja, las mujeres han accedido a un espacio que se les resistía. En los últimos tiempos se expresa con relativa frecuencia la posibilidad de que ese acceso no siempre haya sido favorable para las propias mujeres. La euforia del mito superwoman, encarnado en la Barbie que alimentó los sueños de las niñas de la futura “generación Cosmopolitan”, ha derivado en una resaca en la que se empiezan a oír voces que reniegan de ese status aparentemente tan satisfactorio. La perversión del lema “podemos hacer de todo” se ha traducido en un “hacedlo todo a la vez” tan injusto y desproporcionado como el anterior “no hagáis nada”.

La verdad es que el mundo laboral no ha sido nunca una fiesta, aunque de puertas afuera cualquier discoteca se presenta apetecible si hay una cola en la puerta para entrar a ella. Los beneficios de los cambios han sido muchos, y seguramente no estaríamos hablando de nuevas opciones vitales y sociales si previamente la mujer no hubiera conseguido acceder a espacios que le estaban vetados (y los que quedan). Sin embargo, la pregunta que me ronda la cabeza, y que quiero compartir, no tiene que ver tanto con el qué como con el cuándo.

Como me explicaba una de mis profesoras más motivadoras, la geógrafa Aurora García Ballesteros, todo el esfuerzo que desplegamos en trasladarnos como sociedad u organización de un estadio A a otro B más avanzado, lo emplean los mismos que estaban en el punto B para alcanzar un nuevo nivel C. De este modo, como el pobre Aquiles detrás de la tortuga, nunca alcanzaremos a quienes van por delante de nosotros. ¿Por qué no emplear todo ese esfuerzo en olvidarnos de la fase B y pasar de A a C? nos planteaba Aurora. De este modo, en un tiempo razonable podríamos movernos ya a la par con nuestros modelos. Era un planteamiento que puede sonar ingenuo, (como casi cualquier pregunta que proponga una transformación profunda, dicho sea de paso). Por eso mismo lo quiero aplicar a un momento, el actual, en el que el nuevo impulso feminista es contemporáneo al avance de una cuarta revolución industrial basada en la inteligencia artificial y la robótica, es decir, en una economía deshumanizada, ya sea por eliminación (los individuos dejamos de participar en los procesos) o por disolución (los individuos somos reabsorbidos por una inteligencia colectiva, en red).

Quizás deberíamos aprovechar este momento para llegar cuanto antes a equilibrar una situación que en un plazo no muy largo se prevé que habrá cambiado por completo.  Me recuerda la tesitura en la que se encuentran los reinos de Westeros/Poniente en Juego de Tronos: entregados a una lucha sin cuartel que los debilita mientras el verdadero enemigo aguarda extramuros a que el invierno lo cubra todo. La historia (incluso la de ficción) no se repite, pero rima, que decía Mark Twain. Mi sospecha es que el feminismo se ha ido convirtiendo en esa gran causa con la que los occidentales nos sentimos orgullosos de movilizarnos, que ya está incluso ética y estéticamente redondeada, y que nos distrae a quienes vivimos fuera del poder real de unos cambios que, una vez más, se nos quieren dar hechos.

Me temo que llevamos tantos años deseando la igualdad de los sexos que, sin todavía haberla conseguido, puede llegar a convertirse en un placebo para que no nos preguntemos por el sexo de los robots.

Asimov, el inmenso Isaac Asimov inició sus relatos de la serie “I, Robot” con el primero y más crucial para la aceptación pública: Robbie, el robot cuidaniños. Si podíamos confiar nuestros hijos a las máquinas, parecía plantear el alter ego femenino de Asimov, la Doctora Calvin, qué no podríamos confiarles. Pese a la iconografía y el contexto de la época de aquel relato (los años cincuenta de Marilyn y Doris Day), aquel robot ¿niñera? no presentaba ningún rasgo o detalle que se pudiera identificar como femenino. El género, nos decía Asimov, era una cuestión de humanos, casi un asunto menor. Los robots nos igualarán. La cuestión en la que nos deberíamos centrar ahora es si lo van a hacer por arriba o por abajo, porque ése es el futuro en el que no demasiado tarde mujeres y hombres nos vamos a terminar encontrando.

(publicado originalmente en inglés en https://aarhusmakers.com/blog/robot-gender)

Atrapados por su pasado

Nostalgia vendría a ser por su etimología un dolor (algios) por el regreso (nostos). Es un término inédito hasta 1688, cuando un médico suizo, Johannes Hofer, lo usa para describir una enfermedad de la que un paciente se recuperó inexplicablemente al regresar a su hogar. El buen doctor apenas podía vislumbrar que más de tres siglos después el mundo sufriría una epidemia de Nostalgia sin precedentes.

¿Por qué sin precedentes? Incluso en época arcaica, cuando nuestro tiempo pasado había sido tan corto que apenas se podía llamar así, hubo ya poetas, líderes o filósofos que alababan a las generaciones anteriores a la suya. Desde entonces y hasta hoy, nuestros abuelos siempre han sido recordados como  mejores y más sabios. Pero creo que estaremos todos de acuerdo en que este culto al pasado quizás nos haya desbordado. ¿Soy yo o miremos a donde miremos siempre hay algo que parece rendir tributo a algún icono de la segunda mitad del siglo XX? Me cuesta imaginar a mis padres yendo en cualquier momento de su vida a comprar muebles vintage. ¡¡¡Si ellos mismos ya son vintage!!! No, estoy bastante seguro de que somos nosotros, mi generación de “babyboomers” (con extensión a la equis siguiente) los que estamos enredados en un eterno retorno a nuestro ciclo vital.

¿Por qué ahora? ¿Por qué nosotros? ¿Por qué esta pregunta debiera importarle a nadie? Tal vez porque intuyo que comprender las razones para este “zeitgeist” nostálgico puede que nos ayude a dar pasos hacia el futuro sin tanto recelo, con ganas de innovar, de disfrutar cambiando el mundo y, con un poco de habilidad, para mejor.

Parte de la respuesta quizás sea que somos la primera generación de niños felices de la historia de Occidente. ¿Suena exagerado? ¿Acaso los niños de cualquier generación no son felices siempre? Pues sí, y pues no. La nuestra, la de los sesenta, es la primera generación de chicos sin batalla, quiero decir dentro de las fronteras de nuestros países, y espero que no se malinterprete esto como cinismo, que no lo es. Es más, somos los primeros que hemos visto envejecer y morir plácidamente a la mayoría de nuestros familiares. La primera generación, en fin, que no puede recordar el sonido de las armas en las calles donde jugó. Para nosotros cualquier pasado fue mejor de verdad. No es extraño que nos regodeemos en él.

De todos modos, como parece que está comprobado que nuestros recuerdos están compuestos más de imaginación que de datos objetivos, al final importa poco si fuimos niños felices o no tanto como lo felices que nos recordemos. Y aquí es donde otro factor desempeña un rol esencial, porque somos también la primera generación televisada, y la primera grabada en vídeo además. No necesitamos echar mano de cuadros o fotografías para rememorar nuestra vida; la tenemos en película y, gracias a la proliferación de los canales de tv de bajo presupuesto, la tenemos diariamente a la vista. Atendiendo a la oferta audiovisual podríamos estar viviendo en cualquier momento indeterminado entre 1960 y 1999. Cuando Einstein dijo que la única razón para el Tiempo era el que nada sucediera simultáneamente, estaba infravalorando la fuerza de la televisión por cable.

Felices recuerdos depositados en nuestros salones 24 horas al día, siete días a la semana. Si le añadimos una profunda crisis del modelo económico, ya tenemos la tormenta perfecta. Millones de cincuentones sollozando por aquellos maravillosos años y peleando para que no mueran nunca. Tal vez porque todas las peleas que merecían la pena ya se libraron y, por lo menos aparentemente, se ganaron: igualdad, democracia, educación universal… Claro que ninguna de estas victorias está realmente conseguida, pero al menos son derechos oficialmente reconocidos en cualquier país civilizado. Por otro lado, nuestra generación lo último que quiere es prender una mecha, por importante que sea la causa. En esa tesitura está claro que preferimos hacer millones de clics antes que un solo bang.

De hecho estamos tan a gusto sin provocar cambios que incluso estamos entrando en el futuro de espaldas, aferrados al pasado. Todo este contexto nostálgico está sirviendo de base para que un montón de viejos clichés regresen con energías renovadas, ya sea el Brexit, los slogans comunistas reacondicionados de la Europa meridional o los ultraconservadores y nazionalistas de Francia, Austria, Holanda… Y por supuesto el América First a lomos de toda una declaración nostálgica por ser grandes otra vez.

Es el triunfo momentáneo del Miedo al Futuro. El “por favor, no me empujes” que implora una generación (malcriada) que ha vivido feliz durante décadas, una generación que no entiende por qué la han enviado al banquillo mucho antes del final del partido.

La pregunta ahora es si podemos permitirnos el lujo de perder toda la experiencia de esa última generación analógica. ¿Podemos prescindir de tanta gente durante los próximos treinta años? ¿Relegarles a un lugar en el que lo único que harán será resistirse a los cambios?

Prefiero pensar que hay mucho más que ganar si dedicamos el tiempo y los recursos suficientes a recuperar a todos los damnificados y les incorporamos como parte de los nuevos proyectos. Es el momento de apagar los televisores cuando emiten cualquier programa de revival, dejar de ir a los cines a ver el enésimo remake de una franquicia, de evitar los regalos vintage, las caligrafías “old style” en los escaparates y las pizarras de los restaurantes, de engolosinarnos día sí, día también con una infancia idealizada. Principalmente porque no podemos sostener el peso muerto de una porción tan grande de nuestra sociedad enferma de nostalgia. Así no hay quien haga un futuro decente.

(publicado originalmente en inglés en https://aarhusmakers.com/blog/2017/3/9/a-pain-in-the-past)

Hacer o no ser, ésa es la cuestión.

foto: Markus Spiske Raumrot.com

En estos días se oye, y es sólo el principio, que las máquinas reemplazarán a los humanos en la mayoría de trabajos que realizamos. Se dice con rapidez, y se evalúa desde un punto de vista racionalmente muy bien justificado: las máquinas serán capaces de hacer lo mismo, pero más rápido, más eficazmente, más eficientemente. Así pues, muchos millones de personas dejarán de ser rentables para las empresas y, consecuentemente, perderán su puesto de trabajo.

Hace 250 años ocurrió algo parecido, por primera vez. No por nada se llama revolución industrial a esta nueva vuelta de tuerca de los medios de producción, la cuarta ya. Pero hay algún concepto que echo en falta en los análisis que leo, quizás sea irrelevante, quizás no tanto.

Cuando nacieron las máquinas, la producción se disparó. Los caballos mecánicos no se cansaban, la fuerza se multiplicaba. Recuerdo haber leído historias de cómo los hombres peleaban contra las máquinas hasta caer derrotados, igual que en su momento Deep Blue hizo morder el polvo a Kasparov.

Sin embargo, hay una pregunta que cualquier fabricante se hace. ¿Producir para qué compradores? Si los trabajadores dejan de trabajar, y por tanto de ganar dinero ¿quién comprará lo que hagan las máquinas, por barato que resulte el nuevo producto? En los años y siglos siguientes a la revolución industrial la ecuación se resolvió transformando a toda la sociedad en clase trabajadora, incluidos mujeres y niños. Al aumentar la base salarial creció en proporción la masa consumidora, aunque los salarios fueran a menos el mercado iba a más. Y así hasta hoy.

Pero las máquinas no consumen lo que producen. No todo al menos. Ni tampoco son capaces de gastar. Cada vez que oigo hablar de los puestos de trabajo que desaparecen no dejo de pensar de dónde saldrán los nuevos compradores. ¿Será la renta mínima la respuesta? ¿Será el mundo feliz? ¿Terminator, Matrix?

Nuestra sociedad está empezando a enfrentarse a un dilema que apunta directamente a la línea de flotación de nuestra manera de entender el mundo desde hace miles de años, desde que empezamos a organizarnos en grupos y a distribuirnos tareas.

Hasta hoy todos los que hemos nacido hemos tenido claro qué es lo que teníamos que hacer al llegar a este planeta. Trabajar, ocupar nuestra función, desempeñar nuestro papel basado en la acción. Nuestra jerarquía social derivaba de esa especialización laboral y del éxito con el que la desempeñábamos. Durante siglos nadie se ha preguntado ¿Qué hago aquí? Lo aprendíamos sobre la marcha, y de inmediato. Estudiar, aprender un oficio, encontrar un puesto de trabajo, hacerlo mejor, llegar a nuestro máximo nivel de competencia (o de incompetencia), jubilarnos. Morir. Toda la vida ordenada en torno al qué hacemos.

Como en una pirámide a la Maslow, una vez resuelta la pregunta básica del para qué he venido a este lugar, nos quedaba mucho margen para la filosofía, es decir, para las preguntas que hemos estado usando para definirnos: ¿quién soy? ¿qué soy? ¿qué pienso? ¿cómo veo el mundo? ¿cuál es mi ideología? Lo primero es lo primero. Somos lo que hacemos y nos diferenciamos por la manera en la que nos relacionamos con eso que hacemos.

Pero ahora el neomaquinismo nos obliga a replantearnos esa pregunta esencial que llevábamos sin hacernos durante toda nuestra historia. ¿Qué diablos he venido a hacer yo aquí? Francamente, queridos, lo del “quién soy” ya no tiene importancia. ¿Qué pinto en este planeta, ahora que mi trabajo lo hace una máquina? ¿Cómo mido el valor de mi vida? Y ésta es una pregunta, perdonadme que lo subraye tan directamente, muy, pero que muy masculina. Porque, y aquí viene la segunda derivada, la mujer siempre ha sabido qué es lo que hacía: se llama vida.

Por eso, cuando se dice que el empleo femenino es el que más va a sufrir el impacto del “machine learning”, sospecho que será porque los últimos que querrán soltar su empleo serán los hombres. Nos agarraremos a nuestros trabajos como los que se encaramaban a los botes del Titanic. Porque sin empleo como criterio de diferenciación, ¿qué argumentos le quedará al hombre para sostener la jerarquía de género sobre la que se basa la sociedad occidental? Para este dilema las máquinas no tienen todavía la respuesta, pero puede que su irrupción nos obligue a hacernos la pregunta que llevamos tiempo retrasando. ¿Cómo hacemos nuestro mundo más humano?