El sexo de Los Ángeles

Desde el primer vídeo porno, millones de chicos y chicas menores de edad van recibiendo cada vez propuestas de contenido que les enganchan más y durante más tiempo, con la promesa de que el siguiente será aún «mejor». Al fin y al cabo, mantenerles pegados a su pantalla es el negocio de todas las redes sociales, todavía más el de aquellas que se siguen a escondidas.

El otro día llamaron al telefonillo. Estábamos mi hijo de 15 años y yo en casa, cada uno en su cuarto y con su ordenador, él teleasistiendo a clase, yo igual, pero a una reunión de la oficina. Los que convivan con al menos un adolescente bajo el mismo techo sabrán de su extraordinaria capacidad de hacer oídos sordos a todo lo que no les interesa, así que, efectivamente, puse mi cámara en pausa y el micro en silencio, y me dirigí a la puerta confiando en que a nadie se le ocurriera preguntarme algo en ese preciso momento.

Amizona, un paquete

Pulsé el botón, escuché cómo se abría la cancela del portal y esperé a que subiera el mensajero. Supuse que sería algo que me enviaban de la oficina o, si no, un pedido de mi hijo, ya que es muy raro que se me ocurra acudir a la teletienda virtual, por motivos que no viene al caso describir aquí.

Timbre. Abro. El mensajero me extiende un paquete mientras pregunta por un nombre, el de mi hijo.

Sí, es aquí, qué es, pregunto.

– No sé, ¿Puede firmar como que ha recibido el envío?

– Un momento que lo inspeccione, no sea que venga en mal estado y luego tenga que solucionarlo por mi cuenta (cara de impaciencia del mensajero, claro)

Miro el remitente del envío, una empresa que no me suena de nada, “Telefarma”, y me pregunto qué será lo que mi hijo habrá encargado a una tienda con semejante nombre. Abro el paquete, con cuidado, no sea que no me lo acepten de vuelta (cara de infinita impaciencia del mensajero).

Un sobre sin ninguna señal ni signo, ni logo, prácticamente plano y sellado con un cierre zip. Lo abro por donde indica la hendidura de la esquina y vuelco su contenido sobre la mesa. Caen tres sobres de pequeño tamaño, transparentes, uno con pastillas de colores, otro con un polvillo blanco, otro con unos pequeños cogollos verdes que identifico rápidamente como marihuana. Está claro el tipo de farmacología que contienen los tres. Miro al mensajero con cara de estupor, terror, como si fuera a mostrar en ese preciso instante la placa de policía y me dijera que he caído en la trampa antes de leerme mis derechos, ponerme las esposas y llevarme al furgón policial. Escucho mi nombre con insistencia por el auricular. Empiezo a pensar si algo de lo que hay ahí sobre la mesa podría servirme para salvarme del infarto fulminante que me va a dar de un segundo a otro. Hiperventilo.

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Para mi sorpresa, parece que el infarto se demora, así que haciendo acopio de toda la -poca- tranquilidad que me queda en el cuerpo, pregunto al mensajero.

– Oiga, ¿esto es droga?

El mensajero me mira sin cambiar el gesto.

– ¿Y yo qué sé? ¿No lo ha pedido usted?

– No, viene a nombre de mi hijo.

– Pues su hijo.

– Mi hijo tiene 15 años

– Y a mí qué me cuenta

– Vamos a ver, que me está usted entregando un paquete con un surtido de drogas para un menor, no sé si se da cuenta que está usted cometiendo un delito.

– Yo no he hecho nada malo, eh, que yo simplemente recojo un paquete que me dan y lo entrego donde me dicen. Punto. Así que si no le importa, ¿me firma aquí? Que tengo más entregas y no puedo entretenerme.

Noto que la sangre está empezando a coger temperatura. Pero antes de que hierva pienso que es mejor no estallar, no todavía. Así que mando un wassup a uno de mis colegas diciéndole que no estoy en la reunión por una emergencia familiar. Me quito el auricular.

– No, usted no se va todavía, hasta que no me entere de qué va esto. ¿Es usted un falso mensajero o qué? (algo he leído en los periódicos).

El mensajero se lleva la mano a la trasera de su pantalón. Todavía no estoy tan convencido de estar dentro de un episodio de «Narcos», así que no llego a temer por mi vida. Hago bien, porque el hombre simplemente saca una carterilla algo sobada, de la que extrae un documento que le identifica como mensajero de “Amizona”.

– No entiendo nada, ¿Amizona reparte droga a menores?

– Qué quiere que le diga. Mire, si quiere, hable con mi supervisor.

– Ok deme su teléfono.

– ¿Y me puedo marchar?

– Un momento que me respondan, le digo, mientras marco el número.

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Contestan al otro lado. “Amizona, dígame”.

– Quiero hablar con el señor…..

– Le paso… Manténgase a la espera por favor… De parte de? … Manténgase a la espera…

Miro al repartidor. Conciencia de solidaridad entre trabajadores. Tapo el auricular. (Ok, se puede marchar, pero déjeme que apunte sus datos primero).

Escribo mientras suena la música de espera.

– ¿Me firma entonces la conformidad del envío?

Le miro como si me estuviera preguntando si quiero apuntarme a un club de terraplanistas, sin odio, simplemente dudando de que dentro de su cabeza haya un órgano que sirva para algo racional.

– Mire, váyase, no le firmo nada, cómo le voy a firmar que estoy conforme con recibir drogas a domicilio para un menor, ¿está usted mal de la cabeza?

Creo que he levantado algo la voz. El hombre se ha lanzado escaleras abajo y la vecina de enfrente ha abierto la puerta como si hubiera saltado la alarma de incendio.

No pasa nada, vecina, sonrío a gritos. Y me meto en casa, cerrando la puerta. Veo a mi hijo aparecer por el pasillo, se acerca. Ve los sobrecitos encima de la mesa. Se le demuda el semblante (menos mal, alguien que sabe que la ha cagado, todavía no me he vuelto loco). Va a abrir la boca y le hago un gesto para que no diga nada. Acaban de responder al otro lado de la línea.

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– Soy el señor…. dígame.

Me vuelvo a identificar, cuento lo que acaba de suceder. Espero una explicación. Pausa.

Escucho teclear. Pausa.

– ¿Entonces, el envío no era para usted?

Le pregunto a mi hijo en un susurro a bocajarro. ¿Tú has pedido esto? Asiente con la cabeza.

– Sí, bueno, no para mí, lo ha pedido mi hijo.

Al otro lado de la línea, el hombre continúa preguntando, muy formal él.

– ¿Ha llegado el producto en malas condiciones? Nuestra política de reembolso le permite devolver cualquier producto en el plazo de 48 horas sin cargo para…

Le corto.

– ¿Oiga, usted se ha enterado de lo que le he dicho?

Se lo resumo. Droga, Menor, Entrega en mano a domicilio.

– No entiendo su molestia con nuestro servicio, perdone, eso es algo que tendrá que hablar con su hijo. Nuestra compañía es enormemente respetuosa con la privacidad de nuestros clientes. Estamos orgullosos de mantener este compromiso incluso bajo la presión de…

Estallo (otro poquito)

– ¡¡¡Qué orgullo ni hostias!!! ¿¿¿Orgullo de hacer de camellos???

– Por favor, baje el tono, esta conversación está siendo grabada, le recuerdo, y nuestra política de atención especifica claramente que cualquier falta de respeto en el trato puede ser objeto de denuncia. Le ruego que…

– ¿Dice algo su política de compañía sobre vender droga a menores?

– No nos dedicamos a eso, así que..

– ¿¿¿Cómo que no??? Si la tengo delante de mis ojos, con el sobre con su logotipo, que ya me está pareciendo insultante la sonrisita esa que han dibujado.

El hombre se recompone, conciliador.

– Le comprendo, yo también soy padre, pero déjeme que se lo explique para ver si consigo que lo entienda usted también.

Para mis adentros pienso qué cojones tendré que entender, pero accedo, por si acaso el tipo se confía y suelta algo que pueda serme útil ante un juez.

– A ver…

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– Seré breve. ¿Me ha dicho que su hijo es menor de edad?

– Sí.

– ¿Ve? Nosotros eso no lo podemos saber. Si tiene una tarjeta de crédito y usa el nombre y la clave de esa tarjeta, damos por sentado que es mayor de edad.

Miro a mi hijo con ojos de láser aniquilador.

– Un momento – le interrumpo – precisamente porque es menor de edad, si él comete una torpeza, o la pifia, se supone que debemos prever ese supuesto y ayudarle a corregirla para evitar consecuencias mayores, ¿no es así?

– Ya le digo, para eso ponemos el filtro de la tarjeta de crédito. Más no podemos hacer, ¿no cree?

– Mejor me callo sobre lo que pueden o no hacer, digo, mientras pienso en los millones de dólares que cotizan en Bolsa los de Amizona.

– Además, nosotros no podemos abrir cada paquete que enviamos, primero por privacidad, segundo por logística, y tercero porque imagínese el lío si cualquiera pudiera demandarnos por meter en los paquetes que entregamos, qué se yo, cualquier…

– ¿Droga? -le corto- sí, claro, me hago una idea, no sabe cómo me hago una idea.

– Veo que no me quiere entender. Le pondré un ejemplo sencillo. Dígame, ¿su hijo ve vídeos porno?

Mi estupefacción ya está en el nivel de pensar si mi hijo me habrá echado algún tipo de ácido lisérgico en el vaso del café en el desayuno y si todo esto no será un mal viaje.

– ¿Qué tendrá que ver?

– ¿Lo hace? Sería lo más habitual, dada su edad, la mayoría de los chicos a esa edad lo hacen, bueno, lo hicimos, no?

– ¿Y qué si ve vídeos porno?

– ¿Siendo menor, no debería, verdad?

– No, claro que no, de hecho no lo sé, lo supongo, como dice usted.

– ¿Y quién se los facilita? ¿Le ha dado usted permiso?

– ¡Por supuesto que no! Si los ve, será en su teléfono, o en su tablet o en el PC, como todos, digo yo, y sin mi permiso, solo faltaba, ¿Por quién me toma?

– Por un padre responsable y preocupado por la salud de su hijo, se lo aseguro.

– Sí, señor, eso justo es lo que soy

– No me cabe duda, sin embargo su hijo, menor de edad, consume un contenido ilegal, eso es indiscutible.

Miro a mi hijo con ojos fríos tratando de calcular cuánto tardará en disolverse su cuerpo en ácido, una vez que lo haya descuartizado.

– Y ese contenido ilegal, se lo digo por si no lo sabe, está fabricado casi en su totalidad en países de fuera de su territorio nacional, la gran mayoría en el Valle de San Fernando, muy cerca de Los Ángeles, en California.

– La verdad, me importa un guano. ¿Puede abreviar?

– ¿No ha pensado quién es el que provee de ese contenido ilegal a su hijo, o a tantos y tantos chavales que lo consumen?

– Los de Los Ángeles, ¿no ha dicho?

– No, esos son fabricantes, productoras… ellos se limitan a grabar y empaquetar el contenido, pero necesitan una empresa de “transporte”, por así decir.

– Claro, Internet.

Noto la sonrisa al otro lado de la línea, ya me tiene donde quería, parece.

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– No, hombre, no, Internet es el soporte, pongamos que es como la carretera por la que transitan nuestras furgonetas. Pero los “paquetes de contenidos” de Internet se los entrega un transportista de telecomunicaciones.

– ¿Como “Movifone”?

– Justo. ¿Son ellos con los que tiene contratadas sus líneas de móvil, su servicio de fibra, su wifi…?

– Sí, claro, pero no entiendo qué tiene que ver con el porno. Eso está ahí, para cualquiera, ¿no? Lo podría hacer cualquiera.

– Bueno, cualquiera que tenga una red de provisión de servicios de telecomunicaciones, sí, desde luego (y venga la sonrisita, como si por no verla…).

– Pero ellos no saben lo que yo veo o dejo de ver (lo digo sin mucha convicción, la verdad).

– Bueno, son los que transportan la señal. Lo que vaya dentro, como nosotros con los paquetes, ellos no deberían saberlo, aunque ya le digo que si algo sale de un servidor que se llama “Pornland” casi seguro que lo que transmite no son tutoriales de cocina, no sé si me explico.

– Ah, lo admite, ustedes saben lo que manda “Telefarma” y lo consienten.

– Entre usted y yo, lo importante no es si lo sabemos, es si usted puede demostrar si lo sabemos, en el supuesto caso de que fuera así. Permítame un segundo más, ya termino.

(…)

– Seguramente Movifone le habrá facilitado un modo de impedir el acceso de su hijo a contenidos para adultos. ¿Lo ha activado?

– Sí, bueno, al principio, pero es que resultaba inútil, era demasiado estricto y al final el chaval no podía ni hacer los trabajos de clase, así que lo desactivamos.

– Ya, le entiendo, con nuestras tarjetas de crédito pasa lo mismo. Los chavales se quedan con el número y el código de seguridad en alguna otra compra y ya no tienen problema en pedir como si fueran mayores. Si yo le contara… hasta mi hijo me la lía y tiene solo diez años.

– Pero entonces, qué me está diciendo que haga.

– Lo que todos, nada.

– Nada (apenas he levantado la voz, miro a mi hijo, que aguarda expectante el veredicto final)

– Su compañía de telecomunicaciones lleva a su casa o al móvil de su hijo un contenido ilegal, como a millones de menores, chicos y chicas de todo el mundo. Según el informe “Save the Children”, el 70% de los chicos de 12 años consumen porno con regularidad. Las chicas, algo menos. Y nadie dice o hace nada al respecto. Digamos que la educación sexual de los menores está en manos de lo que decidan esos productores que le decía antes, durante toda su pubertad y adolescencia.

– Pero, bueno, eso no es tan…

– ¿Grave? Puede, piénselo. El algoritmo que alimenta una red social y que le suministra cada vez contenidos más personalizados, que sabe lo que ha visto e intuye lo que deseará ver a continuación… ¿cree que solo lo usan las redes sociales de los bailecitos y los memes? No me diga que es usted así de inocente. Desde el primer vídeo porno, millones de chicos y chicas menores de edad van recibiendo cada vez propuestas de contenido que les enganchan más y durante más tiempo, con la promesa de que el siguiente será aún «mejor». Al fin y al cabo, mantenerles pegados a su pantalla es el negocio de todas las redes sociales, todavía más el de aquellas que se siguen a escondidas.

– Pero la ley los perseguirá, no?

– ¿A quiénes? Ellos ponen en su página lo mismo que nosotros en la nuestra. “Por favor, confirma que tienes 18 años”. ¿Cree usted que algún chico con las hormonas desbocadas tendrá ningún problema en hacer clic si eso le permite acceder al contenido que desea? Ayyyy, estos padres…

– Entonces… lo de la droga… ¿no van a hacer nada?

– Podríamos, pero sería muy caro, muy costoso. Tampoco hay tantos que tengan la mala suerte de que alguien que no son ellos tenga la ocurrencia de abrir el envío. Podría usted demandarnos, si quiere, pero… mire, de padre a padre, no se lo aconsejo; nuestro departamento legal es incombustible. Yo se lo advierto, pero oiga, está en su derecho. De todos modos, piénselo un instante, si permite que su compañía de telecomunicaciones le sirva en bandeja de plata contenido ilegal a su hijo, por qué tendría que ser más exigente con nosotros. Parece usted alguien serio, coherente, con una ética de valores bien asentada…

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He dejado de escuchar, he dejado incluso el móvil encima de la mesa, la voz se extingue. Vuelvo a mirar a mi hijo, sin rabia, sin dolor, sin otra emoción que la que surge de la propia confusión. Fijo la vista sobre el sobrecito de las pastillas de colores y le pregunto:

– ¿Alguna de esas me puede hacer olvidar todo lo que ha pasado en esta última hora? ¿O por lo menos que me dé igual?

Mi hijo abre la bolsita y extrae una pastilla de color azul, que me ofrece sobre la palma de su mano abierta.

Me sonríe. Le sonrío. Cojo la pastilla azul y me la llevo a la boca.

Entro de nuevo en Matrix.

Artículo publicado originalmente en LinkedIn el 15.06.2022

photo: koolshooters @pexels

El silogismo del diablo

Lo que antaño pudo haber sido interpretado como un sencillo lema de mercaderes, un poema de bienvenida, o un simple refrán para estimular la fraternidad y el buen juicio en los negocios, se ha desvelado, finalmente como una oración en tres partes, un silogismo que, al ser pronunciado, sitúa cualquier transacción mercantil de inmediato bajo las alas protectoras del Enemigo.

Ahora que la filosofía ya no será enseñada a los que habrán de ser los próximos bachilleres, cabe decir que, a menos de empeñarse mucho, hay grandes probabilidades de que nadie encuentre este artículo en google nunca más, salvo que se sumerja en esas profundidades abisales que van de la tercera página de resultados en adelante.

Silogismo. Qué bonito nombre tienes. Sin ti, ni Tomás el Santo, ni el impío de Marx habrían llegado a ningún lugar reconocible. Y sin embargo, cuenta la leyenda que bajo las ruinas del templo de Jerusalén -arrasado en el año 70 de la era cristiana- un equipo de arqueólogos ha conseguido encontrar los vestigios de aquella desbandada de chiringuitos que provocó Jesús de Nazareth cuando expulsó a latigazos a los mercaderes. En las que podríamos llamar las catacumbas del marketing salió a la luz un fragmento de la colosal piedra que coronaba el dintel de aquel retail profano.

Gracias a estar inscrito, como la piedra de Rosetta, en varios idiomas, algunos de ellos ya perdidos, los arqueólogos consiguieron descifrar las tres líneas fundamentales del mercado y, encontraron, así, el origen de todo el devenir de la ambición de occidente.

Las líneas convergían todas ellas en un símbolo extraño, que nada tenía que ver ni con las siglas de la autoridad romana ni con las firmas habituales del Sanedrín hebreo. Tras enviar el hallazgo al archivo del museo de historia antigua de Londres, finalmente, y gracias a la concurrencia de expertos en la lectura cabalística, se descifró aquella signatura como una de las mil formas en clave que adopta cada uno de los siete nombres del diablo.

A la luz de este descubrimiento, lo que antaño pudo haber sido interpretado como un sencillo lema de mercaderes, un poema de bienvenida, o un simple refrán para estimular la fraternidad y el buen juicio en los negocios, se desveló, finalmente como una oración en tres partes, un silogismo que, al ser pronunciado, situaba cualquier transacción mercantil de inmediato bajo las alas protectoras del Enemigo.

Como todo silogismo, cada línea por sí sola no muestra el sentido completo y no es hasta que se unen las tres que la idea alcanza su dimensión absoluta. Ahora que nadie aprenderá a descifrar la fórmula básica del silogismo, que ni los escolásticos ni los dialécticos tendrán ya oportunidad de volver a ser reconocibles por las siguientes generaciones, dejo aquí transcrito el contenido de aquella inscripción por si alguno o alguna de vosotros le encuentra algún sentido. Dice así:

Si el que tiene el dinero es el cliente.

y si el cliente siempre tiene razón.

entonces… el dinero siempre tiene razón”.

¿Será esa la semilla del diablo? ¿O tal y como declaró Keiser Söze (¿o fue Baudelaire?) “el mejor truco que inventó el diablo fue convencer al mundo de que no existía”?

Artículo publicado originalmente en LinkedIn el 16.04.2022

(Photo by Master Wen on Unsplash)

Autopr8Mo

Hablar sin cesar de igualdad de género el día 8 y… ¿dejar de hablar el 9? Aunque solo sea como para que sirva de aprendizaje mientras el tema todavía está templado, he aquí un balance muy particular de lo visto/oído en el ámbito del «femwashing» de marca en la «semana morada» de 2022. Cada cual que saque sus conclusiones.

Femwashing. A mí también me gusta llamarlo “feminismo de ficción”. Y que conste que no creo que sea criticable. Quiero decir, si hoy ya se considera como algo incuestionable que la igualdad de género es valiosa, que “vende”, pues no es mala cosa. Sin llegar al aplauso desde luego, tampoco creo que haya que perder ni un segundo en criticar a quienes lo hagan. De un modo u otro, ya sea de manera más sentida o más hipócrita, al final lo que se consigue es que el paisaje mediático que nos envuelva esté poblado por mujeres. Pensémoslo, hace cincuenta años ni siquiera estábamos ahí.

Este artículo, por tanto, no está dedicado a juzgar (quién soy yo, además) si los alardes feministas corporativos del pasado 8 de marzo son más o menos sinceros, más o menos honrados, más o menos creíbles. Me interesa más centrarme en contribuir a que las empresas, las marcas, las instituciones, construyan ese tipo de narrativas con un poquito más de sentido. Que lo finjan o lo crean, allá ellas, pero que lo finjan mal… eso sí que es un grave error de comunicación. Incluso más, es una demostración de torpeza absolutamente gratuita e innecesaria, un desperdicio de tiempo -sobre todo propio- y, en definitiva, algo que, pretendiendo sumar, termina restando.

Veamos…

  1. No se trata solo de (ex)poner mujeres; la publicidad lleva haciendo eso toda la vida.

El mero hecho de poner rostros femeninos en un anuncio no añade nada nuevo al panorama iconográfico habitual. La imagen de la mujer ha estado (y sigue estando) presente en el contexto mediático de un modo utilitario, objetual, cosificado. Que sea para vender detergentes, moda o “propósito” da igual, y resulta igual de indiferente para los demás. El 8M llena los medios de mujeres, de lo femenino, de morado y de buenas intenciones, pero solo por ponerlas a ellas ahí delante, en portada, no estás diciendo nada nuevo. Ni nada bueno tampoco. Es, simplemente, seguir usando a la mujer para vender. Por muy “igualitario” que parezca, en realidad es más de lo mismo de siempre.

¿Cómo diferenciar una comunicación que cosifica a la mujer de otra que no lo hace?

Resulta muy sencillo, en realidad, como la prueba del nueve (o la del algodón). Basta con observar de qué está hablando eso que nos enseñan. ¿Qué nos están contando en ese post, en ese vídeo, en esa comunicación de marca? ¿Lo buena que es la empresa porque pone a sus empleadas en primer plano? ¿Lo maravillosa que es esa empresa porque supera las cuotas mínimas de participación femenina entre sus accionistas, consejeros, directivos, etc? ¿Lo increíblemente maravillosa que es esa empresa porque paga el mismo salario a mujeres que a hombres, o por cualquier otra hazaña similar? Da igual. Siempre que al final, lo que se esté mostrando sea un mensaje autopromocional, un contenido corporativo, estaremos ante una comunicación que, aunque no recurra a los atributos más rancios de “belleza”, “entrega” o “dulzura”, sigue realizando un uso utilitario de la imagen femenina. Y esto conduce al siguiente punto.

2. No hables de la marca, habla de, con, para o desde las mujeres.

Ejemplos abundan, los que más, de hecho. Testimoniales femeninos hablando maravillas de su empresa. Declaraciones o anuncios de marca en los que se dice lo mucho que valen las mujeres de su equipo (como si alguien lo hubiera puesto en duda). Con algunos matices de actualización temporal, en realidad no se diferencian mucho de las comunicaciones que se veían el siglo pasado por el “día de la madre” o los juegos florales y otras similares.

Es más beneficioso, para todos, y más relevante para tu público, que cedas ese espacio de comunicación o bien a que podamos escuchar lo que ellas tienen que decir, sin interrumpirlas, o bien a hablar bien de su trabajo, de sus éxitos, de su influencia… a hacerlas protagonistas de tu comunicación. Lo contrario, que conviertas a tu empresa en protagonista de su narración, es feo. ¿Quieres una guía de cómo hacerlo bien? Te recomiendo que analices a fondo la publicidad de Nike. Es toda una enciclopedia de cómo hacer marketing de tu marca con mensajes protagonizados por mujeres y no caer en el error de utilizarlas. Nunca.

3. Presumir de una plantilla femenina solo tiene sentido en sectores donde haya supuesto una conquista.

¿Alguien se imagina a un hospital presumiendo de que la mayoría de su personal de asistencia sanitaria son mujeres? ¿No, verdad? ¿A un supermercado alardeando de que el 99% de que sus cajas las manejen mujeres? Sería ridículo. Pues eso. Archivos y documentación, producción audiovisual, manipulación de alimentos, publicidad, áreas de comunicación, o de recursos humanos, asistentes de vuelo, desfiles de moda, limpieza de oficinas… la lista es casi infinita. Aprovechar el 8M para decir que tu empresa emplea a muchas mujeres, si es dentro de un sector en el que ellas han desempeñado desde siempre la gran mayoría de los trabajos, es tan relevante para la conciencia social como presumir de no beber alcohol en un país musulmán. No dice nada que no sepamos o que no intuyamos.

4. Habla de lo mucho que quieres a tu madre y a tus hermanas. Pero otro día.

Pues claro que quieres a las mujeres que quieres y te quieren. ¿Pero qué tiene que ver eso con el 8M? ¿Alguien se imagina lo contrario? ¿A quién se le ocurriría publicar algo para “poner a parir” a las únicas que, precisamente, pueden parir? Recurrir al amor en un 8M viene a ser como hablar bien de alguien en su funeral. Otra inutilidad más, otro desperdicio de papel, bits o saliva, según se dé el caso. El 8M no se celebra la “feminidad” sino que se conmemora la lucha por un mundo sin desigualdades basadas en el género, y muy especialmente en el ámbito laboral. Para hablar de amor hay otras fechas, y ojalá lo hagas, de verdad, con todo el cariño.

5. Vale, celebremos lo conseguido, pero sin pasarnos.

La reivindicación no tiene necesariamente por qué ser quejosa, de acuerdo. Pero de ahí a mostrar una realidad de fantasía… Y ojo, que cualquiera puede caer en esa trampa. Sin ir más lejos, el ministerio de igualdad español se ha marcado una campaña en la que proclama literalmente que en nuestro país “hay 47 millones de maneras de llamar al feminismo y un día para celebrarlo”. No sé; o algo se me escapa, o interpreto esa sentencia como que toda la población española es feminista de uno u otro modo. Llámame loco pero… me da que quizás los 47 millones no solo no somos feministas sino que algunos son todo lo contrario. Una cosa es celebrar lo conseguido y otra intentar atribuirse la medalla de haber acabado con el machismo. Ya quisiéramos, pero no parece que vayamos precisamente en esa dirección; las estadísticas son claras al mostrar el retroceso de la igualdad de género en estos años de coronavirus, ertes y otras batallas. A veces el afán de protagonizar los logros sociales hace que terminemos mostrando una realidad que no existe. Que lo haga un ministerio conduce a pensar sobre qué tipo de realidad estarán legislando.

¿Cómo conseguir que tu comunicación del 8M sea creíble y -ya puestos- que contribuya a reducir la brecha de género?

Encuentra la manera de no hacerte trampas al solitario. Todos estamos tentados de querer “quedar bien”, y eso en sí no es malo, siempre que no uses a los demás para conseguirlo, sobre todo en aquello que tanto sacrificio les ha costado y les costará.

Para distinguir la impostura de la autenticidad, mi “truco” es probar a trasladar lo que me cuentan a una pancarta o una camiseta que pudiera llevar cualquier mujer a la manifestación de un 8M. Así, sin más. Porque si una mujer que no tiene nada que ver con tu marca ni con tu empresa puede sentirse cómoda exhibiendo el mensaje que estás diciendo, si puede hacerlo “suyo”, entonces es que estabas pensando en ella cuando lo escribías. Y si no, es que los únicos intereses que estabas teniendo en cuenta eran los tuyos. Justo eso que se llama “femwashing”.

(Artículo originalmente publicado en LinkedIn el 10.03.2022)

En la imagen, la gráfica publicada el 8.03.2022 con motivo de la celebración del Día Internacional de la Mujer

Selfivisión Plus

Una cosa es que lo que mostremos sea una versión favorecedora de nosotros mismos; pero a día de hoy (salvo estafadores, que los hay) esa persona que enseñamos en nuestras fotos y vídeos es, en gran medida, la misma que somos en realidad. Para sumergirnos en el Metaverso (llamémoslo así, por simplificar) necesitamos un traje de buzo o de astronauta: nuestro avatar. Al fin y al cabo no es lo mismo navegación que inmersión, y de eso va la nueva vuelta de tuerca de la Red, el que podamos recorrerla desde el interior, lo que implica de algún modo un cambio de dimensión, de atmósfera, de gravidez… de planeta.

Despedir a todo el equipo de atención al cliente mediante un vídeo previamente grabado, o a 900 empleados en una videollamada de pocos minutos, son noticias recientemente publicadas que han generado cierto desasosiego, tampoco mucho, si somos sinceros. Se han tratado y comentado en gran medida como si fueran salidas de tono extraordinarias, anomalías, extravagancias de ejecutivos psicópatas.

Sin embargo, en algunos países ya nos hemos ido acostumbrando a que los responsables políticos comparezcan a comunicar sus medidas -y algunas nada gratas para los ciudadanos- en una pantalla de plasma, desde antes incluso de que hubiera una pandemia acechando a la vuelta de la esquina.

Tampoco es novedad ya (hasta los boomers lo hemos aprendido) el que se pueda dar por terminada una relación afectiva con un simple mensaje de whatsapp; o incluso sin él, simplemente cortando los hilos de las aplicaciones que usabais como punto de encuentro. Tan fácil, tan frío. Un correo electrónico es hoy un arma tan precisa, certera y silenciosa en el entorno laboral o empresarial como la pistola con silenciador de las películas de asesinos a sueldo, o como el uso de drones para borrar a alguien del mapa a muchos kilómetros de distancia, sin tener que desgastarse en el cara a cara.

Solemos achacar estos comportamientos a una especie de deterioro generalizado de la empatía, y en más de una ocasión como efecto colateral de la aceleración y el distanciamiento experimentados por este nuevo mundo digitalizado y globalizado. Es lógico que pensemos así porque si hay todo un mito construido en nuestra sociedad es que la distancia es el olvido y el roce hace el cariño.

A menor roce y más distancia, la ecuación solo puede arrojar un resultado. Sin embargo, eso podría explicar la pérdida de amor, pero ya que no necesitamos llegar a esos extremos afectivos ¿explica también la pérdida absoluta de empatía por nuestros congéneres? Me pregunto más bien si la distancia que provoca ese deterioro en la manera de mirar a los demás no tendrá su origen, precisamente, en el propio formato con el que miramos, eso que en un artículo anterior llamaba Selfivisión.

Tu cara es un cromo

Esa disociación de forma y contenido que se refleja en todos y cada uno de los planos de la digitalización, y que incluso ha llegado a reflejarse en la distancia cada vez mayor entre la persona que somos y la máscara con la que nos mostramos ¿cómo no va a influir en la manera en la que percibimos a los demás? Si nosotros somos los primeros que manejamos nuestro yo digital como una producción audiovisual, en la que no todo es mentira pero, desde luego, no todo es verdad ¿cómo llegar a albergar un sentimiento profundo por los demás personajes del reparto, que apenas pueden aspirar más que a ser los secundarios de esa “peli” en la que nosotros somos los protagonistas?

A la velocidad a la que se mueve la Red y a la que nos movemos dentro de ella, las caras se suceden una tras otra sin tiempo para adquirir volumen. Como cuando de niños coleccionábamos cromos (me refiero a los que fuimos niños hace medio siglo, claro) hacíamos lo mismo que ahora veo hacer en Tinder. Sile, swipe, nole, swipe. Los perfiles de las redes sociales muestran nuestra foto y nuestra brevísima descripción para que podamos decidir a toda velocidad si nos quedamos con ese cromo o lo cambiamos por otro.

En esa objetualización propia está implícita otra aún mayor, la de los demás; lo que permite preguntarse si será una tendencia que las generaciones más jovenes y digitalizadas desde la cuna manejarán sin conflicto o si, por el contrario, a medida que vayamos sumergiéndonos en un nuevo formato de web, inmersiva, tridimensional, “metaversal” la separación entre personas y avatares llegue a ser tan insalvable que nos dé igual lo que pase con esos “muñecos” que comparten con nosotros el escenario del “videojuego”.

Quizás sea ese el escollo invisible al que deba enfrentarse la exploración y la explotación del anunciado metaverso (por mucho que Zuckerberg haya corrido para vendernos sus parcelas sobre plano, haciéndonos dudar de si la especulación inmobiliaria no habrá que considerarla un sesgo antropológico de nuestra especie). Quizás todo lo que hemos conseguido proyectar como imagen personal en el plano digital no nos devuelva la misma satisfacción si al “avatarizarnos” resulta que se hace añicos la última barrera de la credibilidad.

Una cosa es que lo que mostremos sea una versión favorecedora de nosotros mismos; pero a día de hoy (salvo estafadores, que los hay) esa persona que enseñamos en nuestras fotos y vídeos es, en gran medida, la misma que somos en realidad. Para sumergirnos en el Metaverso (llamémoslo así, por simplificar) necesitamos un traje de buzo o de astronauta: nuestro avatar. Al fin y al cabo no es lo mismo navegación que inmersión, y de eso va la nueva vuelta de tuerca de la Red, el que podamos recorrerla desde el interior, lo que implica de algún modo un cambio de dimensión, de atmósfera, de gravidez… de planeta.

Todo el día es Carnaval

Dice “el tío Mark” (y corean los más chic) que el metaverso abre un nuevo e infinito horizonte de negocio, de luz y de color; y que uno de ellos, heredado del sector del vídeojuego, será el de la venta de disfraces y complementos para enriquecer la expresión y la personalidad de nuestros avatares. La apuesta es trasladar el mismo patrón de diferenciación que enriqueció el sector de la moda al plano inmaterial; más o menos como cuando Neo, Trinity y Morpheus, aparecían “avatarizados” en la Matrix, luciendo guaperío de cuero negro y gafas de sol mientras que ahí abajo -prisioneros del mundo físico- andaban cubiertos apenas con unos andrajos remendados.

Quién sabe, puede que lleguemos a eso, puede que nos arrojemos a vivir la vida loca en lo virtual mientras vamos reduciendo paulatinamente las ocasiones para el disfrute físico. Casi todas las distopías apuntan de un modo u otro en esa dirección. 

Por el momento no es así. Por ahora dedicamos buena parte de nuestro tiempo y atención a crear, editar y proyectar nuestra imagen al “público”. Ya sea por motivos de trabajo, sociales, amorosos o comerciales, nos hemos convencido de que no podemos descuidar esa imagen con la que nos proyectamos en el entorno digital. En la inmensa mayoría de los casos, lo que mostramos no es una mentira salvo por omisión; es una versión edulcorada, sí, pero que no deja de ser real.

De hecho, gran parte de su valor, de la recompensa que obtenemos reside, precisamente, en que es nuestra cara la protagonista de esos momentos seleccionados, de esas fotos y vídeos admirables por el motivo que sea (desde la belleza del entorno a la integridad del mensaje, pasando por el humor del que hacemos gala). Entonces, cuando nos adentremos en ese metaverso en el que Zuckerberg y muchos más nos va a vender caretas y disfraces ¿a quién verán los que nos miren? ¿A nosotros? ¿A un cartoon? ¿A un personaje de vídeojuego del que no sabrán qué parte de lo que se ve es real o, una vez sembrada la duda, si quedará algo de realidad en alguna parte de eso que se ve?

The higher they rise…

Lo que se ha puesto de moda en llamar metaverso nos sitúa, me parece, en una encrucijada. A un lado, el camino que se nos está mostrando -vendiendo-, como una versión enriquecida de nuestra experiencia digital, es decir, un paso más en la misma dirección en la que ya caminábamos, un progreso.

El camino alternativo, en cambio, más que un avance puede llegar a parecernos un desvío o, incluso, un retroceso. Depende mucho de hasta qué punto lleguemos a sentir que ese avatar con el que nos adentramos en el nuevo entorno es capaz de respetar y transmitir la imagen que tanto nos cuesta construir. Total, para que luego digan que es un disfraz y, al abandonar el baile del Carnaval, al despojarnos de la ropa y la careta que hemos alquilado, como en la canción de Serrat, cada quien vuelva a ser cada cual. Esa “bajona” se aguanta un día de vez en cuando, pero ¿a todas horas? ¿y en el aula y en el trabajo también? La perspectiva me resulta tan aterradora como la perenne sonrisa del Joker.

El riesgo -ya lo estamos viendo reflejado en la creciente oleada de ansiedad y problemas de autoestima que sufren los niños y jóvenes de Occidente- es que el sueño sea tan apetecible que prefiramos quedarnos a vivir dentro de él, que el metaverso termine convirtiéndose en una metaversión de los fumaderos de opio. No sería la primera vez.

(artículo originalmente publicado en LinkedIn el 22.02.2022

Selfivisión

En el actual audiovisual no solo somos los protagonistas y los dueños de nuestro propio contenido mediático. Conscientes de ello, además, lo preproducimos, lo producimos y lo postproducimos, para transmitir la imagen que deseamos que los demás perciban de nosotros. No pretendo entrar a cuestionar, como ya es tópico, la sinceridad de lo que mostramos, sino el efecto que eso provoca en nuestra cabeza, en cómo nos ha llegado a cambiar la manera de percibirnos a nosotros mismos. Más o menos involuntariamente hemos pasado de tratarnos como sujetos a hacerlo como objetos.

Una pregunta para mayores de… ¿veinte años?

¿Recuerdas cuántas veces al día veías tu propia cara antes de que llegaran los smartphones y las redes sociales, allá por el 2007?

¿Recuerdas cuántas ocasiones tenías de escuchar tu propia voz en una grabación antes de que llegaran los mensajes de voz? ¿Y la rareza que te provocaba el oírla así, por fuera de tu cabeza, como si fuera la de otra persona?

Eso que ahora nos parece tan trivial, lo de vernos y escucharnos continuamente en la pantalla del móvil o el ordenador, ya sea en foto o en vídeo, es probablemente uno de los factores más impactantes de la disrupción digital. Y no lo es solamente porque hayamos pasado a formar parte de lo que antes era un territorio exclusivo de estrellas de la pantalla, ya fueran actores o políticos -disculpen la redundancia-, famosos o profesionales de los medios.

Es relevante porque al hacerlo, al convertirnos en los protagonistas de nuestros propios canales en las redes, hemos transformado por completo el sentido y el significado de nuestra imagen. Hemos pasado de vernos ocasionalmente en fotos y vídeos que documentaban lo que habíamos sido y hecho a mostrarnos a los demás para conseguir lo que deseamos ser y hacer.

En el actual audiovisual no solo somos los protagonistas y los dueños de nuestro propio contenido mediático. Conscientes de ello, además, lo preproducimos, lo producimos y lo postproducimos, para transmitir la imagen que deseamos que los demás perciban de nosotros. No pretendo entrar a cuestionar, como ya es tópico, la sinceridad de lo que mostramos, sino el efecto que eso provoca en nuestra cabeza, en cómo nos ha llegado a cambiar la manera de percibirnos a nosotros mismos. Más o menos involuntariamente hemos pasado de tratarnos como sujetos a hacerlo como objetos.

A diferencia de la época predigital, la foto que nos tomamos no responde tanto a una improvisación del momento como a una intención premeditada con un destino predefinido: el espacio mediático social de la Red. Al igual que en aquel tiempo ya olvidado, procuramos salir “guapos” en la foto, por supuesto, pero ahora, además de componer atrezo, vestuario y peluquería dentro de lo posible (y algunos más allá de lo posible), nos esforzamos en cuidar la localización, la luz y el encuadre. Y no nos conformamos solo con eso.

Disparamos varias fotos o realizamos varias “tomas”, para poder seleccionar después aquella que consideramos que es más “publicable”, incluso para la restringida audiencia de quienes no aspiramos a ser “influyentes”. El poder de sugestión del medio, de vernos en una pantalla -aunque solo sea por imitación a lo que hemos visto durante décadas en la del televisor- nos lleva a actuar como si nos fueran a ver cientos o miles de desconocidos. ¿Quién sabe?

Una vez elegida la foto, o el vídeo, y gracias a la enorme capacidad de las aplicaciones que nos lo facilitan, pasamos a edición, es decir, a recortar lo que no debería permanecer ahí, para la posteridad. En la fase de postproducción, por último, aplicamos un filtro más o menos embellecedor o artístico y, entonces, cuando estamos satisfechos con el resultado, a veces después de consultarlo con otros, lo publicamos. Lo hacemos, además, fingiendo una espontaneidad que está claro que ya no es tan “espontánea”, lo que los profesionales nos enseñaron que se llamaba “un robado posado”. Y todo este proceso no sucederá solo una vez; porque tenemos el arma y la motivación, y porque las oportunidades nunca escasean.

Una de las consecuencias de esta evolución de nuestra experiencia audiovisual es que irrumpe en la percepción de nuestra propia identidad; del sentido que adquiere para nosotros mismos tanto como de su papel en nuestra relación con los demás. Cada vez más, no son las fotos las que queremos que se parezcan a nosotros (como cuando Kodak nos vendía carretes y carruseles para conservar nuestros mejores recuerdos). Cada vez más, al crear todo ese despliegue de imágenes que anticipan en muchos casos el contacto presencial, somos nosotros los que queremos parecernos a nuestras fotos, a esa imagen que hemos compuesto y que nos gusta tanto proyectar.

De este modo, la distancia entre el yo que somos y el yo que mostramos se va ampliando poco a poco (o no tan poco, tal vez). Antes, cuando solo nos mirábamos al espejo un par de veces al día, era la interacción con quienes manteníamos una relación -cercana, cotidiana, física- la que nos devolvía el reflejo de lo que éramos. En esas condiciones nuestra imagen no podía distanciarse demasiado de la realidad, ni siquiera en Carnaval.

Ahora somos nosotros los que construimos ese reflejo para los otros, para muchos otros, con quienes mantenemos una relación que puede ir desde lo anónimo hasta lo puntual o televisado. En este nuevo formato de relación reemplazamos el ser por el parecer, en una estilización -insisto, generalmente inocente, pero no inocua- que termina por condicionarnos, por “engancharnos”.

El fenómeno, aunque lo trate aquí de ese modo, no es algo aislado. Este festival de egovisión es, en definitiva, un síntoma más de la disociación entre forma y contenido que reside en lo más esencial de la revolución digital.

Al manipular nuestra imagen, al convertirla en un objeto externo a nosotros mismos, no solo nos hacemos menos dueños de ella de lo que -paradójicamente- nos creemos, sino que abrimos la puerta a que se hagan dueños los demás, a que nos “memifiquen”, a que nos miren y a que -no hay más que ver los comentarios en las publicaciones de famosos y anónimos- nos cataloguen o evalúen como si fuéramos eso que hasta hace poco no éramos: simples personajes de la pantalla, en dos dimensiones, sin mayor profundidad.

P.S. Si has llegado hasta aquí (gracias) aprovecho para recomendarte que leas la historia de la imagen que ilustra este artículo. Lo de que el retrato sea una versión (muy) mejorada de nosotros mismos no es nuevo, sobre todo cuando tiene un propósito de venta. Es ahí donde hemos acabado recalando todos, y es ahí, en la universalización del fenómeno donde todo se altera. Porque… ¿cuando todos hemos caído en la tentación de vendernos, quiénes serán los que confíen en lo que enseñamos y quieran comprarnos?

(artículo originalmente publicado en LinkedIn el 20.02.2022)

La zanahoria interminable

El secreto de la Zanahoria Gigante es el del horizonte inalcanzable propio de nuestro planeta redondito, en el que el Sol nunca se llega a poner en todas partes al mismo tiempo. Nunca seremos absolutamente libres ni absolutamente iguales, así que cada nueva conquista alcanzada nos descubrirá, para nuestro mayor agotamiento, que todavía nos deja a la misma distancia de la meta ideal, como en un suplicio griego o en la Copenhague de Vetusta Morla, sin llegar a saber jamás donde empezar o terminar.

¡Qué año el de 1790!

Andábamos los burgueses de Francia (y no solo) revolucionados de ansia viva por el poder recién asaltado, y al que habíamos accedido por precipitación, tras alcanzar la masa crítica de peso poblacional, poder mercantil y argumentario ilustrado. Habíamos contado, incluso, con exitosos experimentos pioneros al respecto; los bárbaros de las Islas Británicas habían probado ya que se podía descabezar a un rey sin exponerse a atraer la cólera de Dios (bien es verdad que los reyes anglicanos llevaban doscientos años ganándose a pulso la indiferencia divina por la suerte que pudieran llegar a correr). Solo nos faltaba algo esencial para que diéramos el paso y cundiera el efecto de la Bastilla Roja que el Morpheus de la época nos había invitado a tomar.

Ese algo era nada menos que una estrategia para que la defenestración del estado noble no provocara tal vacío de autoridad que el nuevo orden surgido se convirtiera demasiado rápidamente en el viejo caos, y todo lo bueno conseguido se confundiera con lo malo por suceder, como de hecho ocurriría muy pronto, durante el agitado paréntesis del Terror. Que una cosa es quitar a un rey para poner a una asamblea y otra muy distinta que cualquier sans culotte se considere con derecho para reclamar el trono vacante. Para eso no hicimos la revolución, que con las cosas de poder no se juega.

El dilema tampoco era nuevo en la historia. La razón de ser de una autoridad, incluso de una autoridad absoluta o déspota, se tiene que sustentar sobre un relato compartido de manera masiva, ya esté basado en el miedo, en la fe o la ambición (por mucho que se parezcan entre sí). Ni el mismo Moisés hubiera conseguido que los judíos abandonaran el Egipto de sus pesares sin haber ofrecido a sus paisanos una Tierra Prometida hacia la que dirigir sus pasos. Entonces… ¿cuál podía ser el horizonte ideal que ofrecer a la sociedad revolucionada para que -una vez saciada su sed de revancha- pudieran organizarse mínimamente para ser precisamente eso, una sociedad?

Hasta hacía apenas unos pocos años, cualquier ciudadano francés tenía más que claro cuáles eran los límites de sus actos: la voluntad del rey, que no por nada estaba respaldada por la gracia divina. Si desobedecías al rey, morías. ¿Que desobedecías a los familiares o a los pares del rey? Pues morías también. ¿Y si te resistías a lo que te pedían los administradores del rey o de cualquier señor de la nobleza o el clero?. Vaya, qué coincidencia y qué sinvivir. Nada más sencillo de entender o aplicar que un código civil así de binario, tan parecido al veredicto del pulgar de un César en la tribuna de un circo romano.

Pero cuando ya no hay rey ni césar, ni aristocracia ni razón divina que sustente la autoridad de nadie, sino que esta pasa a emanar del pueblo ¿cuál será ese criterio con el que fijar nuevos límites que pueda complacer a todo el maldito pueblo?. Ah, mes chers frères, ahí es cuando los burgueses nos topamos con la idea feliz.

¿Y si en vez de legislar a base de límites y obligaciones, articuláramos derechos? Derechos Humanos, así, por contraposición a los designios divinos. O dicho de otro modo, en vez del Código del Palo daríamos la vuelta a la omelette y legislaríamos con la mirada puesta en la Gran Zanahoria; una ilusión tan distante e inalcanzable que siempre, siempre nos quedaría a la vista y siempre lejos, como el puente aquel, como la flecha del pobre Aquiles, que por mucho que se esforzara, jamás llegaría a alcanzar la diana que le dispuso el pillo de Zenón.

Solo hacía falta un eslogan que le quedara a todo el mundo tan clarito como lo del pulgar del césar. Y ahí hay que reconocer que maese Desmoulins anduvo sembrado. Libertad, Igualdad, Fraternidad. Ahí queda eso. No te digo que lo superes, tan solo que lo empates. Parecen tres palabras bonitas en un eslogan pintón (que se lo digan a Ayuso, si no). Desde entonces toda legislación procura incorporar esos conceptos a sus fundamentos. Desde entonces, todo lo que se haga tiene que parecer que cumple con la misión de hacernos más libres y más iguales. Lo de fraternales lo dejamos ya, si eso, porque tampoco hay que ponerse moñas, y porque, justo es reconocerlo, si nos tratáramos como los hermanos de algunas familias sería más que probable que acabáramos como el rosario de la aurora.

El secreto de la Zanahoria Gigante es el del horizonte inalcanzable propio de nuestro planeta redondito, en el que el Sol nunca se llega a poner en todas partes al mismo tiempo. Nunca seremos absolutamente libres ni absolutamente iguales, así que cada nueva conquista alcanzada nos descubrirá, para nuestro mayor agotamiento, que todavía nos deja a la misma distancia de la meta ideal, como en un suplicio griego o en la Copenhague de Vetusta Morla, sin llegar a saber jamás donde empezar o terminar.

Sugiero tener esto en cuenta cada vez que asistamos al recurrente debate de los derechos inalcanzados. Y recomiendo, ante todo, mucha calma, porque ese es un recurso del que jamás andaremos escasos, por muchos pasos que demos hacia atrás o hacia delante. ¿Que se consiguió la cuota de actores negros en las producciones de Hollywood? ¿Y qué pasa con los asiáticos? ¿Que ya se impuso la cuota de mujeres en los consejos de administración? ¿No habrá que pedir entonces la cuota LGTBI? ¿Aceptamos ya el reconocimiento administrativo de las parejas de hecho? ¿A qué esperamos para reclamar el de los tríos o cuartetos poliamorosos?

Mientras tanto, cada nueva ley dejará vacíos legales que al tiempo se convertirán en nuevas reivindicaciones (con todo el derecho del mundo, por supuesto), que servirán para continuar jugando al juego de la manta, que si la estiras por arriba para taparte la cabeza dejas los pies al descubierto. Y que, ya lo cantaba Lluís Llach, si tú la estiras por un lado y yo por el otro, seguro que termina por caer. Vaya, mira tú por dónde. A ver si era justo para ese supuesto para lo que nos tenía que servir la Fraternité.

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P.S. Ajenos a la zanahoria que tanto nos entretiene, mientras tanto, los nuevos revolucionarios que han ido ganando peso, valor y argumentos para lanzar su asalto al poder, solo esperan a adquirir ellos mismos, tal vez, un nuevo ideal con el que reemplazar al de los Derechos Humanos. Un new deal asumido por la mayoría no ya europea e ilustrada, sino global y conectada. Si la dialéctica no nos falla esta vez, puede que ahí encontremos una de las semillas de los síntomas tan visibles de retroceso democrático que van calando en el nuevo orden que ahora se despliega.

Artículo publicado originalmente en Linkedin el 14.09.2021

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¡Sea usted comprensivo, hombre!

La lógica del consumismo nos ha conducido hasta un nuevo estado del malestar, en el que vender más barato para mantener el ritmo de consumo se ha ido relacionando con unos salarios cada vez menores, en una espiral que sabemos como terminará, aunque miremos para otro lado, fingiendo que ocurrirá mucho más tarde de lo que nos afectará a cada uno de nosotros.

Si hay algo que se agradece especialmente en verano es un buen tema de sobremesa, una de esas preguntas que impida entrar en la ronda de chistes, hablar del tiempo o volver como en un suplicio griego a debatir lo que llevamos debatiendo todo el año, o sea, toda la vida.

Se puede confiar en Eduardo Lazcano para esas cosas, porque el tío, es evidente, disfruta preguntando cosas incómodas, y de manera incómoda, además, “mojándose” en su premisa, como en este artículo que remata con un ¿Por qué no somos un poco más comprensivos con las marcas?.

Si viniera de un representante de alguna compañía, yo que sé, del sector bancario, tabacalero, alcohólico, tecnológico o farmacéutico (en realidad, da igual), reconozco que ni siquiera le respondería, o no iría más allá de enarcar la ceja y devolverle un “¿me lo estás preguntando en serio?”. Pero es Eduardo, y soy consciente de que su pregunta plantea una reflexión que va algo más allá que el simple lamento del que -acorralado por sus pecados- termina por recurrir a implorar compasión en sus interlocutores. Ya puso el bardo en boca de un usurero aquello de “¿si nos pincháis, no sangramos?”. El resto del monólogo de Shylock vendría a ser un posible antecedente del monólogo de Lazcano; por si alguien quiere disfrutar de su lectura completa, aquí tiene el enlace.

Volviendo al artículo de Eduardo, su premisa me parece lógica y, aunque pueda resultar polémica, la comparto en gran medida. ¿Cómo es posible que veamos la paja en el ojo de las empresas y no reconozcamos que es de la misma naturaleza que la viga que tenemos en nuestros propios ojos?

Por eso, querido Eduardo, precisamente por eso. Porque aunque la mentira (por acción o por omisión) sea uno de nuestros rasgos de humanidad (junto con la incoherencia), difícilmente encontrable en animales o máquinas, para eso nos hemos provisto de códigos civiles y penales; para que lo individual humano -desde el momento en el que puede llegar a convertirse en perjudicial para el grupo- no se convierta en norma.

También es humano el deseo de venganza, la pereza o la lujuria, y lo que podemos llegar a comprender y hasta perdonar en un individuo nos costaría mucho aceptarlo como pauta general de comportamiento, ¿no es así? Las propias empresas articulan una enorme cantidad de normas para que las debilidades y tendencias más personales no afecten al conjunto del equipo o, en caso extremo, para expulsar a quien no se somete a ellas.

Sería raro que un trabajador le expusiera a su empleador que él, como cualquier hijo de vecino, siente una enorme desidia por encargarse de tal o cual tarea o por llegar temprano a su puesto; y que no por abandonar trabajos a medias o llegar siempre tarde sea merecedor del despido. La respuesta, evidente, sería, ya, pero sea usted humanamente perezoso en su tiempo libre, no en el que cobra el sueldo. Y ahí está la clave.

Lo que tú llamas marcas, que en rigor no dejan de ser empresas, es decir, organizaciones con ánimo de lucro, perciben un pago y un beneficio de sus clientes. Y estos, por muy comprensivos que seamos, tenemos derecho a exigir lo que consideremos que es parte del contrato. Como en el caso del empleado, las normas de la empresa van cambiando con el tiempo y el contexto, así que los consumidores también vamos cambiando nuestra jerarquía de valores y exigencias según evoluciona nuestra sensibilidad.

Ahora valoramos más la transparencia de aquel que nos vende lo que compramos. No queremos, por ejemplo, ser cómplices del desahucio de familias por habérseles vendido productos financieros de dudosa rentabilidad; ni llevar zapatillas que sospechemos que han sido fabricadas por mano de obra infantil en condiciones de semiesclavitud. ¿Somos por eso mejores? No diría tanto. ¿Somos hipócritas? Seguro que sí, mientras exigimos mucho a algunos -los de las zapatillas- a otros -los de los smartphones- les regalamos la vista gorda sin preguntar demasiado. Somos incoherentes, es decir, humanos, también en eso.

Creo que tu premisa, Eduardo, lleva más allá, o debería llevarnos más allá. La “lógica” del consumo nos ha traído hasta un punto en el que somos incapaces de desmontar o contrarrestar la escalada de la destrucción medioambiental. Para los negacionistas del cambio climático lo pondré de otro modo. La lógica del consumismo nos ha conducido hasta un nuevo estado del malestar, en el que vender más barato para mantener el ritmo de consumo se ha ido relacionando con unos salarios cada vez menores, en una espiral que sabemos como terminará, aunque miremos para otro lado, fingiendo que ocurrirá mucho más tarde de lo que nos afectará a cada uno de nosotros.

Pedir transparencia no debiera ser una exigencia unilateral, ni una imposición a regañadientes, sino un replanteamiento de cuál es el camino que debieran seguir esas empresas para alcanzar el objetivo que -en la inmensa mayoría de los casos- declaran en sus misiones corporativas: “mejorar la vida de las personas”. La transparencia no debiera ser, por tanto, una discusión de marketing, sino de negocio. No se trata de si somos tan transparentes como decimos o no. Se trata de saber si somos tan transparentes como necesitamos.

El éxito y la pervivencia del meme “emosido engañados” es el mejor ejemplo de que la gran mayoría siente que las empresas (y las «marcas» públicas también), una vez más, van muy por detrás del comportamiento general en el entorno digital. Somos objeto del escrutinio constante por parte de las marcas para conocernos hasta en el dobladillo de los calzones y vendernos “personalizadamente” todo lo que puedan. Deberían ser más comprensivas cuando les pedimos simplemente que respondan con la misma moneda. Y si no pueden hacerlo, entonces, que traten al menos de igualar su práctica y su promesa, en vez de renunciar a la promesa, como propones. Seguramente tu visión tendrá más seguidores, Eduardo. Les das con ella un balón de oxígeno a los Shylocks. Ya hace años que Google eliminó de su declaración corporativa aquello de “Do no evil”.

Seremos más comprensivos, a la fuerza incluso, pero no por ello estaremos avanzando en la dirección que contribuya a mejorar la relación entre empresas y consumidores; de cuya buena salud -creo- depende el futuro tanto de los unos como de los otros.

Y gracias por esta sobremesa, siempre un placer, Eduardo.

Publicado originalmente en LinkedIn el 20.07.2021

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Leer para ver

Hablamos de lo importante de la empatía. Hablamos del riesgo de aislarnos. Y hablamos de que el abandono de la lectura libresca por la narrativa audiovisual, interactiva o virtual es apenas un cambio de formato. Vaya contradicción. El sacrificio es mucho mayor. Al dejar de leer dejamos simplemente de optar al debate interior y nos volvemos, en definitiva, más monocordes, más unilaterales, más vulnerables y manipulables.

Como mi pasión por los libros es conocida de sobra incluso por quien apenas me conoce, más de una vez me han pedido o bien recomendación o bien que me calle. Puedo entender ambas posiciones. Y puedo hacerlo, en gran parte porque soy lector. O dicho de otro modo, los espectadores de la 2 tienen más probabilidades de entender cómo es que hay gente que ve Telecinco que a la inversa.

Hay algo de los libros que me parece insustituible frente a cualquier otro medio de transmisión narrativa -y lo subrayo sin dejar por ello de apasionarme el cine y las series y el teatro y lo que sea que me propongan-. Cuando uno lee, todo tiene nuestra propia voz. No sé si os habrá pasado como a mí, que cuando vi los dibujos animados de Mafalda me llevé el shock de mi vida al escucharla a ella, a Felipe, Susanita, Guille… ¡¡¡hablando en argentino!!! Tardé minutos en darme cuenta de que ese era su acento de origen y que el impostor había sido yo, al creerme que mi voz de lector era la suya.

Cuando leemos, nuestra voz interior es la que «pronuncia» las frases de cada personaje, de cada autor, tanto aquellas con las que estamos de acuerdo y aplaudimos como las que nos provocan rechazo. De pronto nos «escuchamos» diciendo lo que jamás diríamos, y eso, lejos de ser un problema, es una fuente de enriquecimiento para nuestra razón y nuestro pensamiento futuro. Leer lo que otro escribió es la manera más sencilla de practicar la comprensión del otro, porque durante esos minutos de lectura, el otro somos nosotros mismos.

Como espectadores nos situamos fuera de los personajes y del discurso del autor. Por mucho que nos impliquemos, que nos «metamos en la peli», las voces no son la nuestra, ni las pausas, ni las intenciones. El libro – y sé que no digo nada nuevo- es la única narración en la que siempre somos protagonistas pero, y eso es lo que me parece fascinante, irreemplazable, también antagonistas. El libro nos ofrece un diálogo entre muchos posibles nosotros que terminan por hacernos más, mucho más abiertos a los sentimientos, emociones o razonamientos ajenos. Solo así es posible que un adolescente con acné pueda conocer qué es lo que siente una mujer mucho mayor que él cuando está hastiada de su matrimonio, un viejo pescador que no renuncia a dar la última batalla de su vida, o un investigador sin recursos en un país que desprecia la ciencia.

Hablamos de lo importante de la empatía. Hablamos del riesgo de aislarnos. Y hablamos de que el abandono de la lectura libresca por la narrativa audiovisual, interactiva o virtual es apenas un cambio de formato. Vaya contradicción. El sacrificio es mucho mayor. Al dejar de leer dejamos simplemente de optar al debate interior y nos volvemos, en definitiva, más monocordes, más unilaterales, más vulnerables y manipulables. Menos libros es menos libres, ya se ha escrito.

(en la foto el delicioso libro de aventuras de Irene Vallejo, «El infinito en un junco», que es más que un ensayo -no se asusten- un libro de aventuras, de esas aventuras que han vivido los libros, que es como decir nosotros mismos).

Publicado originalmente en LinkedIn el 23 de abril de 2021

Anivirsario

¿Se puede definir como “sanitaria” a una crisis en la que la inmensa mayoría de la población está sana y la mortalidad del virus es de dos millones de personas en todo el planeta? La cuestión que parece que no nos planteamos es que a partir de una crisis de gestión de recursos, llamémosla si queréis “administrativa”, se han alterado o suspendido derechos fundamentales recogidos en las constituciones democráticas que tanto costó que se aceptaran y «escrituraran». 

El 11-M compite para quitarle el primer puesto en las supersticiones al viernes 13. Se cumple un año desde que -como diría el Chapulín Colorado- “pandió el cúnico” de la mayor crisis sanitaria que vieron los siglos. Tanto, que quizás se nos haya pasado por alto que la crisis, en realidad, no sea tanto una crisis de salud como de gestión de los recursos sanitarios.

No, el coronavirus de la covid-19 no es tan letal como otros que hemos padecido en tiempos y lugares más distantes, desde la peste bubónica al VIH del Sida, o el del Ébola, por ejemplo. Y no es que pretenda restarle importancia, ni mucho menos, pero la inmensa mayoría de quienes estamos “preventivamente confinados” no es por estar enfermos, ni siquiera por no saber si lo estamos, como el famoso gato cuántico. Entonces… ¿se puede definir como “sanitaria” a una crisis en la que la inmensa mayoría de la población está sana y la mortalidad del virus es de dos millones de personas en todo el planeta?

Las medidas que restringen desde hace un año nuestra vida tal y como la conocíamos responden a la incapacidad de los sistemas de salud para hacer frente a un volumen determinado de personas que “podrían llegar a contagiarse y enfermarse, aunque ahora estén sanos”. En realidad la crisis es de gestión y previsión de los recursos sanitarios. En este sentido, la obsesiva atención que prestamos a profesionales de la salud, investigadores y pacientes impacientes, entre otros, nos distrae de que observemos con más detenimiento la responsabilidad de los gestores presentes y pasados de nuestros recursos sanitarios, que siguen ahí, como si la cosa no fuera con ellos.

La cuestión que parece que no nos planteamos es que a partir de una crisis de gestión de recursos, llamémosla si queréis “administrativa”, se han alterado o suspendido derechos fundamentales recogidos en las constituciones democráticas que tanto costó que se aceptaran y «escrituraran». 

Nuestros gestores -pasados y presentes, insisto- han propuesto y ejecutado como solución a la falta de recursos, que no supieron o no quisieron prever, el que los ciudadanos nos quedemos de la noche a la mañana sin libertad de circulación, asociación, expresión y no sé cuántas más que seguro que se me escapan.

Y salvo las protestas de unos pocos a los que rápidamente se ha etiquetado de manera agrupada como negacionistas o “gilipollas” (porque ellos mismos se han enfocado en la parte menos argumentable, que es decir que el virus no existe), no ha habido en realidad queja ni conato de insumisión.

Invita a pensar con cuidado cuánto valora nuestra sociedad occidental y demócrata esas libertades, esos derechos de los que nadie más ha disfrutado en toda la historia de la humanidad. Y, sobre todo, qué podemos prever que puede ocurrir después de esta demostración global de tan escasa voluntad o firmeza a la hora de defender esos derechos y libertades que considerábamos hasta hace un año irrenunciables.

Publicado originalmente en LinkedIn el 11 de marzo de 2021

El callejón del dato (la sociedad disociada, cap.2)

Uno de los chilenismos que se me quedaron grabados (para siempre) reza «la culpa no es del chancho sino del que le da el afrecho». Dicho de otro modo… ¿responde de verdad Google a lo que le preguntamos? ¿O acabamos aceptando pulpo como animal de compañía -en todos los sentidos de la palabra «pulpo» y «compañía»-?

¿No te ha ocurrido nunca que estabas buscando algo muy concreto en Google y por mucho que lo definías con la mayor de las precisiones que se te ocurría, no conseguías dar con ello de ninguna de las maneras?

En realidad lo que tú crees que son palabras para nuestro “buscador por defecto” son solo “apariencias de palabra”, formas sin el contenido con el que nosotros las llenamos. El algoritmo no entiende todavía el significado “real” de tu pregunta (aunque continúa aprendiendo, y en parte gracias a ese objetivo la neurociencia hoy avanza que es una barbaridad). Lo que hace simplemente es relacionar estadísticamente cuántas veces aparece esa carcasa, eso que creemos que es una palabra completa, y la frecuencia en la que se acompaña del resto de miles o millones de otras “máscaras”.

El motor de búsqueda selecciona de entre todas las veces que la encuentra por la Red aquellas que tienen más probabilidades de acierto. ¿En qué se basa? Bueno, ahí está la fórmula secreta de la cocacola de la era digital. Nadie lo sabe a ciencia cierta salvo sus “embotelladores”. El resto de los mortales confiamos ¿ciegamente? en que el algoritmo se adapta y muta continuamente para respondernos mejor, con más precisión cada vez, apoyándose en las respuestas que validamos con nuestros clics. Trillones de interacciones cada día que hacen de la Red ese organismo vivo tan colosal.

Continuamente incorporamos nuevas palabras y metapalabras a esa nube aparentemente sin fondo… Muchas de ellas con el único objetivo de que el algoritmo las elija por delante de otras, y ascender así unos peldaños en el ranking de las respuestas que ofrece, hasta conseguir entrar en el “top ten” de la primera página, aquella de la que nunca pasa el 90% de los usuarios. O lo que es lo mismo, se vuelcan incesantemente palabras con la sola intención de NO darnos la respuesta que buscamos o necesitamos, sino la que a otros les interesa que encontremos. Así, esos que llamamos “expertos en optimización SEO” dedican ingentes cantidades de tiempo, talento y esfuerzo (y, sí, también mucho dinero) en intoxicar al buscador, en despistarle, en liarle para que se confunda y entienda como respuesta algo que en realidad no lo es, en cuanto pervierte la naturaleza de lo que se le pregunta.

En nuestro afán de respuesta bajamos las barreras, porque nuestro cerebro es así de impaciente. En cuanto le hacen una pregunta se vuelve loco por encontrar una solución, y ese deseo es tan fuerte que nos lleva a confiar en que esa máquina que lo computa absolutamente todo no puede ser engañada. Pero… ¿cómo no engañar con un buen disfraz a quien no sabe qué tendría que haber debajo de él?

Asistimos a una partida de ajedrez interminable. Mientras Google afina su algoritmo para respondernos mejor, los que buscan burlar al buscador hacen lo propio. De este modo, una parte de la partida cada vez mayor la juegan ya solo las máquinas entre ellas. Como con los clones de la cocacola la ingeniería inversa para encontrar la fórmula del algoritmo implica cada vez más a máquinas que descodifiquen lo que otra codificó primero. Así, lo que era un algoritmo pensado para entender al ser humano y brindarle acceso rápido a un universo de conocimiento en expansión se va transformando -por obra y gracia del afán de negocio- en un mero distribuidor de respuestas comerciales.

Según el momento o el foro protestamos contra el poder omnisciente de Google. Mientras lo hacemos no dejamos de aprovechar, eso sí, para contribuir a su intoxicación en beneficio de nuestros intereses particulares. Contratamos a los “optimizadores” para que nos muestren qué palabras usar si queremos ser vistos antes que otros, y acabamos por no decir lo que pensamos en realidad, sino lo que nos han dicho que servirá para que nos presten atención.

Ahora que el debate sobre la fiscalidad (es decir el control o la limitación) de las Big Tech está sobre la mesa, sería interesante tal vez que nos planteemos hasta qué punto hemos pervertido nosotros mismos una herramienta capaz de aportar a nuestra sociedad tantos beneficios. ¿Habría manera de reorientar esa deriva que nos ha conducido hacia una distribución del conocimiento sesgada por el interés? Me viene a la cabeza la diferencia entre televisiones públicas y privadas (evidentemente, me refiero a las de aquellos países donde la distinción es clara). ¿Cabe la posibilidad de que se pudiera acceder a un “Public Google” (a una Red, en definitiva) en la que no tuviera cabida ni la publicidad ni el “content marketing” ni la intoxicación comercial, y que se financiara total o parcialmente con los beneficios de ese otro “Private Google” que continuara sirviéndonos para encontrar los productos y servicios del mundo? ¿Podría replicarse algo así en las redes sociales en las que constantemente nos bombardean con publicidad simplemente porque nos han hecho creer que eran un servicio gratuito?

¿Suena descabellado? ¿Por qué? ¿Si hubiéramos tenido la oportunidad de definir desde cero cómo debiera ser la Red, acaso habríamos elegido que se convirtiera en un megabazar? El hecho de que ahora lo sea no significa que tenga necesariamente que seguir siéndolo. En todo caso, no le eches la culpa de las respuestas que recibes al algoritmo. La máquina solo nos devuelve el reflejo de lo que le enseñamos cada día. Si esa imagen que nos muestra está deformada, no es el espejo, en este caso, el autor del esperpento. 

Artículo publicado originalmente en Linkedin el 03.02.21

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