El elefante en el aula

Todos los lamentos de los últimos años en torno a la educación de nuestros hijos se resumen en que no sabíamos para qué mundo les estábamos educando. Simplemente porque no sabíamos hacia qué mundo nos queremos dirigir. Sin horizonte no hay estrategia ni mucho menos opciones de camino.

El gran colapso del que no se habla es el del sistema educativo. El covid19 nos ha abierto los ojos a la caída de nuestro sistema de garantías sociales por un lado evidente, el de la sanidad recortada, que ha dejado sin protección fundamentalmente a esa tercera edad que todos pretendíamos alcanzar con tranquilidad, con seguridad. Pero ha caído también por otro lado menos visible, el de la primera edad. Así, la población activa -o lo que queda de ella- miramos a un lado y otro de nuestro pasado y futuro sin comprender qué diablos nos ha ocurrido. En solo dos meses hemos descubierto no solo que el rey iba desnudo sino además completamente parcheado de prótesis para disimular sus muchas cojeras.

Si la única respuesta que somos capaces de articular es la de planificar distintos protocolos y escenarios de asistencia y distanciamiento de los alumnos para seguir “yendo” a clase, mal andamos. La primera pandemia global conduce indefectiblemente a un replanteamiento global de la sociedad, y solo se puede decir que ya era hora. Todos los lamentos de los últimos años en torno a la educación de nuestros hijos se resumen en que no sabíamos para qué mundo les estábamos educando. Simplemente porque no sabíamos hacia qué mundo nos queremos dirigir. Sin horizonte no hay estrategia ni mucho menos opciones de camino.

La sociedad de consumo fue perfilando la escuela por un lado como un confinamiento seguro de niños y jóvenes, aislados de las tareas y responsabilidades de los mayores, a diferencia de lo que ocurría en un pasado no muy lejano. Por otro, se fue desarrollando hasta sus últimas consecuencias el considerar la educación como una preparación para la carrera laboral, una taylorización de la formación en la que cada fase del aprendizaje solo tiene sentido si es útil para la siguiente etapa, abundando en un cortoplacismo que retrata a las sociedades capitalistas occidentales del último siglo.

¿Para qué sirve educar (es decir, conducir) si no se sabe el destino de la nave? Mientras acudimos apresurados a cortar las vías de agua se nos olvida que un barco a la deriva vale tanto como uno hundido. Metidos en la faena de reformar por causa de fuerza mayor el modelo educativo, ¿por qué no dedicar un poco de tiempo a pensar para qué mundo educamos? De paso es muy probable que consigamos no solo reeducarnos también nosotros sino llegar a crear esa nueva narrativa (ese nuevo mito, que diría Yuvari) que tanto se echa en falta.

(publicado originalmente en LinkedIn el 29.04.2020)