Miento

Mentimos como bellacos, por deporte, por entretenimiento, por aburrimiento, por hastío, por rutina, por motivos que existen, que no, que nos inventamos… Casi habría que reconocer que en ocasiones nos mentimos por no dejar de mentirnos. ¿Por qué nos mentimos realmente?

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Cádiz. 2014. A mi alrededor todo es mentira. Veo una película de Woody Allen, Blue Jasmine, construida en torno al descubrimiento de la mentira, que es el descubrimiento de la verdad. Mi hijo pequeño me niega con boca, ojos y cuerpo que tenga miedo a la oscuridad mientras me pide que le acompañe por el pasillo hasta su cuarto. Jordi Evolé se saca un enorme conejo blanco de la manga televisiva ante los ojos de medio país que se regocija y encorajina a partes iguales con su farsa sobre la verdadera historia del golpe de estado del 23F. La noche antes, un representante del pueblo, un tal Granados, se queda solo con sus mentiras, mientras esgrime su honorable pasado de protector de mentirosos (tamayazo, gurtel, etc.) para solicitar el mismo cuidado y asilo entre sus colegas de partido.

Mentira, mentira, mentira nada más, que cantaba la encantadora señorita Marina de Obregón en el comienzo del “Un, dos tres, al escondite inglés”, de Zulueta.

Hay que ver el daño y el dolor que nos causa la mentira. Los presidentes de las democracias dejan sus cargos sólo por la mentira, no sólo los americanos Nixon o Clinton, sino los españoles González (que mintió sobre los fondos reservados y la guerra sucia), Aznar (que mintió los días del 11 M) o Zapatero (que mintió sobre el alcance y gravedad de la crisis económica). Por no hablar de la infidelidad, la mentira terrible que siega parejas a su paso. Sólo se salvaron Johnny y Vienna (miénteme, dime que me esperabas, dime que me quieres). ¡Cómo se nos clavó aquella frase de “Johnny Guitar”, señal que nos estaban tocando la fibra sensible!!!¿Pero entonces, si está claro que todo el mundo miente, por qué algo tan humano nos duele tanto?

Siguiendo un razonamiento evolutivo muy sencillo, nada se hace de manera universal si no refleja en definitiva una necesidad básica de la especie para poder sobrevivir. Y si seguimos esta línea de pensamiento, mentir vendría a ser un recurso adaptativo y no, como se nos suele presentar, una degradación de nuestro comportamiento social. Porque reconozcamos que una de las grandes rutinas educativas es enseñar a decir la verdad. Los dos únicos bofetones que me dio mi padre durante mi infancia fueron por escamotearle la verdad, bien, digámoslo como es en realidad, por mentirle a la cara. No digo que no me hubiera merecido más, pero no deja de ser curioso que el “a mí no me vuelvas a mentir nunca más” fuera la frase lapidaria que acompañó la descarga de galletas. Frase que hemos escuchado entre gritos, lágrimas, susurros mil y un millones de veces. Las misses en los debates de la tele se yerguen como agustinas aragonesas y enarbolan el estandarte del cruzado (mágico): “lo único que no le soporto a una pareja es que me mienta”.

Mentimos como bellacos, por deporte, por entretenimiento, por aburrimiento, por hastío, por rutina, por motivos que existen, que no, que nos inventamos… Casi habría que reconocer que en ocasiones nos mentimos por no dejar de mentirnos. ¿Por qué nos mentimos realmente? Aunque no hay que desestimar que lo hagamos en parte por placer, fundamentalmente mentimos por miedo. Miedo a que nos rechacen, que no nos quieran, que nos vean tal y como somos, que nos desarmen. Por eso nos ofende tanto la mentira ajena, no porque no podamos confiar en el otro, sino porque revela que el otro no confía en nosotros, no baja la guardia, no se vuelve vulnerable. No nos quiere tanto como para desnudarse por completo. Nos ofende, una vez más, el orgullo más que el hecho en sí, tan natural.

Mentimos para protegernos, no ya como miembros de una sociedad compleja en interacciones, sino como miembros de una especie que se reconoce débil. La mentira viene a reemplazar las garras, escamas, aguijones, pelaje, colmillos, caparazones, velocidad, fuerza, visión… de las que carece nuestra especie de monos desnudos. El ser humano se impone a la naturaleza mediante la mentira. Miente al león para hacerle creer que es más fiero, al elefante para hacerle creer que es más fuerte, como miente a todo el planeta para hacerle creer que es capaz de dominarlo. Nuestro cerebro se ha ido desarrollando de manera prodigiosa para crear ilusiones, para imaginar y proyectar esas visiones no sólo ante nosotros mismos, sino ante el universo. Nuestro cerebro se ha construido para la ilusión, para el engaño, la mentira. Si no, no habríamos podido sobrevivir ante un medioambiente hostil e indiferente a nuestra falta de armas naturales. La mentira ha sido nuestra adaptación y nuestra selección.

Algo que hemos traducido a nuestro comportamiento social. En “Juego de tronos”, mal que nos pese, se relata un cambio de paradigma, de época, de la nobleza esencial del medioevo -que encarnan los Stark- a la estrategia y el engaño renacentista (borgiástico) que encarnan los Lannister. No son peores, son más prácticos, más económicos, más modernos, mejores mentirosos. La mentira es nuestro monolito de 2001. Como fue también nuestro pecado original. Cuando la serpiente le hace llegar la manzana a Adán ¿cuál es el primer pecado real que comete el primer hombre? ¿Ver a Eva como mujer? Eso es lo que nos han querido hacer creer. La primera falta del Hombre contra su Creador es que cuando éste le pregunta si ha comido del fruto prohibido, aquél se lo niega. Le miente, al igual que muchos libros después, Pedro lo volverá a hacer, y por triplicado, como un buen funcionario. El pecado original es la mentira, y hasta en eso la Iglesia ha sido tan “humana” de mentirnos. Junto con el sexo, la mentira se aparece como ese otro impulso irrefrenable y natural que nos han presentado todos los poderes como un pecado capital. De este modo, nuestros instintos más elementales (el de reproducción y el de supervivencia) se han convertido en instrumentos de control basados en el sentimiento de culpa, éste sí alimentado culturalmente para beneficiar a unos pocos, los mismos que, desde el poder, son los primeros en hacer caso omiso de los límites que ellos ponen ya sea al hecho sexual o al mentiroso.

Pues si mentir está en nuestra naturaleza, que dirían el escorpión y Jessica Rabbit, a qué rebelarnos contra ella. Por qué sufrir tanto dándole una importancia tan central en nuestro código de valores. Aprendamos de los niños, dejemos a un lado el juicio moral sobre la mentira y tratemos de verla de un modo práctico (no es fácil reeducarnos en algo tan esencial, pero merece la pena intentarlo, si con ello evitamos sufrimiento). Hay mentiras que nos ayudan y otras que no, hay mentiras que nos perjudican (los fraudes de hacienda, las evasiones de las grandes fortunas, las promesas electorales incumplidas, la ocultación sistemática de la verdad por parte de aquellos cuya actuación afecta a millones de vidas) y otras que nos impulsan. Sigamos a los niños, que cuando les pillan en una mentira se ríen, lo reconocen y continúan como si tal cosa. No estoy sugiriendo que ignoremos la mentira, porque entonces perderíamos todas las referencias (algo tiene que permanecer fijo y estable, un norte, unas balizas, para que lo demás pueda desplazarse sin perderse), pero sí que la veamos como algo que pertenece a nuestra naturaleza humana, que nos ha ayudado a sobrevivir ante lo salvaje, y no sólo como un retorcimiento caprichoso y social de una verdad que, reconozcámoslo de una vez, nos es ajena.

Cádiz, 2017. Y entonces llegó la posverdad. Como cantaba Antonio Vega “aprendimos a mentir y no sentir temor”. Tal vez sea una nueva tensión del péndulo dialéctico, pero parecería que Trump -visto aquí como síntoma, no como presidente- nos ha tomado bien el pulso y está poniendo a la vista lo que antes se hacía en la trastienda. Ése es quizás su atractivo (una parafilia, pero filia al fin), el del mago que muestra al público los trucos de los otros magos (donde digo magos, valga tahúres) ante codazos de asombro y espanto. Trump es el ciego que le enseña al Lazarillo que la trampa siempre encuentra un espejo en el que mirarse.