SE ALQUILAN VAINAS.III

Nos asomamos a un momento tan sorprendente como vertiginoso, el de ser capaces de crear un poder omnisciente, omnipresente y absolutamente indiferente al sufrimiento humano; al que entregamos el criterio de lo que debe ser protegido o eliminado sin discusión, en aras de un supuesto bien común. Como los vecinos del edificio Dakota, actuamos como protectores de una semilla ya implantada, la del dios todavía inmaduro al que nutrimos constantemente de alimento informativo para que llegue a emanciparse cuanto antes.

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En cierto modo todas las distopías nacen de la imposibilidad de concebir la libertad absoluta dentro de la utopía. Y por tanto, todas ellas están basadas en el fracaso de la utopía original, la del paraíso creado para un hombre al que se le permite ser libre con la única condición de estar sometido a una autoridad mayor a la que no debe intentar aproximarse -el árbol de la ciencia del bien y del mal-. El enunciado de libertad obediente es de primeras dadas un oxímoron, porque está escrito que en cuanto el hombre desobedece el dueño del edén le indica el camino de salida de forma expeditiva. Las consecuencias son siempre nefastas; que si sudar por el pan, que si parir con dolor, que si caer al mar envuelto en llamas o que las rapaces te devoren el intestino una vez al día por lo menos. Así las gastan los dioses -o los de arriba si se prefiere- cada vez que los de abajo actuamos por cuenta demasiado propia. Pasa con los héroes proteicos y tampoco mejora cuando cambiamos de escala. En la magnitud de miles de millones de seres humanos el precio de la utopía es la vuelta al redil, el sometimiento a la autoridad, a menudo invisible, intangible, divinizada por tanto en sus formas y acciones. Nadie ve nunca al Gran Hermano, ni al Mago de Oz ni al cerebro de Matrix.

Desde otra perspectiva la distopía que parece más inminente en su cumplimiento, la de que la Máquina tome el control absoluto, creo intuir que es un fenómeno que responde más a lo humano que a lo tecnológico, como una retorcida vuelta de tuerca al concepto Deus ex machina. Nuestro cerebro es capaz de inventar diversos futuros posibles, y lo hace incesantemente, eso de deducir lo que ocurrirá a partir de lo que percibimos que ya ocurrió. Está en el origen de todas las conspiranoias, que no son más que un reflejo de nuestra arraigada tentación de convertir la consecuencia que conocemos en la causa que desconocemos.

La trampa que cualquier teoría de la conspiración nos tiende es la de pensar que puesto que podemos explicarnos el pasado a partir de relacionar los distintos factores que lo originaron, es altamente probable que hubiera una inteligencia que los provocó. Como en tantas otras cosas, puede que nos engañemos y simplemente estemos necesitando que haya un razonamiento previo como reflejo del que aplicamos “a toro pasado”, lo que se conoce como “sesgo retrospectivo”.

De este modo, tendemos a pensar o deseamos creer que hay una autoridad creadora inteligente que planifica o al menos dispone las condiciones para lo que nos está ocurriendo. Llamémosle Dios (Hume ya se ocupó en su momento de desmontar esa visión conspiranoica de la divinidad planificadora dando inicio a la deriva racionalista de la que nace todo esto que vivimos hoy) o “poder oculto en la sombra”, el caso es calmar nuestra inquietud por pensar lo contrario, que no hay plan alguno, que todo es circunstancial e imprevisible aunque explicable (si no, de qué iban a vivir los economistas). Hasta ahora esa presencia superior ha sido cuestión de fe, pero los tiempos están cambiando, gracias a otra cualidad bien humana, la de inventarnos no sólo lo que soñamos sino también aquello que tememos. Somos, ya se sabe, el animal que mejor ha desarrollado su capacidad de imaginar una amenaza donde no la hay. Ese miedo “de fantasía” que llamamos ansiedad ha encontrado terreno abonado en esta sociedad hiperultracomunicada a la que podríamos datar dentro del “Ansiolítico Inferior”.

La mayoría de las distopías tecnológicas, de Huxley a Black Mirror, se han elaborado a partir de esa suerte de proceso “divinizador” de una Máquina que termina por superar y superponerse al designio con el que la creamos. Hoy asistimos con fascinación creciente y no menos creciente inquietud a los avances de una inteligencia artificial que nos va relegando día tras día en todo eso que de tan humano nos parecía intransferible. La mayoría de los empleos en trance de deshumanización no son, contra lo que se pensó inicialmente, los de “cuello azul” sino los de “cuello blanco”. ¿En la sociedad del tráfico exacerbado de información qué aporta esa ingente masa laboral que ni crea ni transforma, que simplemente se encarga de acarrear la información de un lado a otro? Los modelos de negocio de intermediación son los que más han sufrido y sufren el embate digital.

Tampoco los “creadores” se quedan fuera de la onda expansiva. Al pasar por la turmix de la sociedad de consumo, las industrias de la creatividad no se distinguen de las de cualquier otro sector fabril. Los guionistas del cine, los autores del pop, los escritores de best-sellers, e incluso los artistas plásticos al servicio del mercado y la producción masiva ya empiezan a ser sustituidos por programas especializados sin que seamos capaces de distinguir unos de otros. Las distopías auguran ese momento en el que la Máquina tomará finalmente conciencia de que el ser humano haya dejado de necesitar a otros seres humanos para mantener su modo de vida. Parte del proceso de individualización y aislamiento que percibimos en esta sociedad (paradójicamente llamada en red) se refleja en que cada vez confiamos menos en nuestros congéneres y más en los algoritmos para asuntos tan sencillos como preguntar por el mejor camino para ir a tal sitio o tan personales como elegir a la persona con quien podríamos llegar a relacionarnos.

Así, de los dos grandes poderes con los que la divinidad nos arrojaba al infierno o al cielo, el de infundir miedo o el de inspirar amor, parece que la tecnología de cuyo culto nos hemos ido revistiendo actúa como herramienta más al servicio del primero que del segundo. La inteligencia artificial ha sido nuestra apuesta y viene a ser nuestra culminación de siglos reverenciando a la inteligencia en detrimento de la bondad como virtud de referencia. Hemos querido creer que la bondad nos hacía vulnerables y la inteligencia invencibles cuando en realidad lo que está sucediendo, lo que ya sucedió, es justo lo contrario. Nos asomamos a un momento tan sorprendente como vertiginoso, el de ser capaces de crear un poder omnisciente, omnipresente y absolutamente indiferente al sufrimiento humano; al que entregamos el criterio de lo que debe ser protegido o eliminado sin discusión, en aras de un supuesto bien común. Como los vecinos del edificio Dakota, actuamos como protectores de una semilla ya implantada, la del dios todavía inmaduro al que nutrimos constantemente de alimento informativo para que llegue a emanciparse cuanto antes.  

¿Quién podrá discutirle al algoritmo su verdad construida con trillones de datos? ¿Quién querría planteárselo, pensar en desconectar la Máquina cuando la alternativa es volver a la inseguridad de las decisiones irracionales? ¿Quién desearía volver a la nebulosa de creer a ciegas en un dios inmaterial cuando nos hayamos dotado al fin de un dios tan anhelado, tan tangible, tan fiel a la imagen y semejanza de nuestra razón? ¿Y cuando todo esté calculado, para qué preocuparnos, interesarnos, apasionarnos, arriesgarnos a nada que no sepamos a donde nos lleva con la máxima seguridad? La vaina en la que Matrix nos cultiva es una imagen terrible, cinematográfica y, por eso mismo, excesivamente costosa y altamente improbable. La realidad es mucho más sutil, más económica. En el imperio de la inteligencia la cápsula que nos aísla somos nosotros mismos.

(continuará…)

SE ALQUILAN VAINAS.II

¿Qué son las vainas de Matrix sino la culminación de ese deseo de seguridad? En ellas no hay riesgo ya de que ningún estrago físico nos impida disfrutar de una vida plena y sin contratiempos. La verdadera guerra que hoy se libra (o que quizás ya se libró) es la de saber si cedemos la última tajada de libertad que nos quedaba sin entregar, la de pensar -ya muy cuestionada, condicionada y manipulada- y, sobre todo, la de sentir. Los síntomas apuntan a lo contrario. En el entorno digital cedemos información mucho más íntima y sutil que la que creemos estar dando a cambio de llegar más rápido y más barato a nuestra próxima compra, destino o relación.

Si hubiera que reprocharle algo a las hermanas Wachowski en su impactante The Matrix, estrenada ahora hace veinte años, sería su benévola concesión a nuestra vanidad de creernos esa especie inconformista y rebelde que en realidad nunca hemos sido. En parte por eso y en parte por la naturaleza épico-mesiánica del relato era del todo necesario que la raza humana hubiera sido sometida por las máquinas después de un duro enfrentamiento, tan duro como para haber terminado con toda esperanza de vida sobre la superficie del planeta. De esa narración preapocalíptica, con resonancias tanto del Diluvio Universal (la omnipresente lluvia de Matrix) como de otros pasajes bíblicos, se desprende la inevitable y esperanzadora existencia de una Zion que resiste a base de ingenio y fe (cualidades ambas muy humanas) el constante acoso de la incansable inteligencia artificial.

Sin embargo, la lógica narrativa y la lógica histórica suelen correr en paralelo y se entrecruzan mucho menos de lo que se llega a imprimir en letras de molde. La Historia la escriben los ganadores, ya se sabe, y es raro que éstos renuncien a la tentación de retocar aquí y allá los hechos para que con el paso del tiempo lleguen a convertirse en mitos culturales, esos mitos sobre los que se consolida su victoria cuando ya no quedan testigos de lo que sucedió. Si nuestra memoria individual es traicionera no digamos la colectiva, de la que depende gran parte de la cohesión de nuestra sociedad. Los historiadores dedican la mayor parte de su tiempo no a la búsqueda de lo que ocurrió sino a evitar reproducir confiadamente aquello que todo el mundo recuerda pero no ocurrió jamás. Es algo que se aprecia muy especialmente cuando apenas han transcurrido unos pocos años desde que sucedieron los hechos que se relatan, es decir, cuando los testimonios presenciales aún están frescos. Un pacto tácito de silencio nos conjura a todos para que no cuestionemos aquello que no nos resulta tan meritorio como sería nuestro deseo. Ni la transición democrática española fue tan ejemplar ni el levantamiento contra el invasor napoleónico tan popular y masivo como durante tanto tiempo se aceptó. Y no, tampoco todos los que dicen que formaron parte de La Movida estuvieron en Rock-Ola aquella noche.

Hay que esperar tiempo para que aceptemos “desclasificar” los archivos ocultos de nuestra memoria, para ese momento en el que la verdad se supone inocua, cuando ya no quedan testigos y los pocos supervivientes aún atesoran con más celo su recuerdo frente a una realidad que nunca termina de serlo del todo.

La historia no oficial que Morpheus le desvela a Neo en Matrix una vez que éste se toma la pastilla roja, cabe suponer, es igualmente bienintencionada y protectora del honor humano. Nos derrotaron en una cruel batalla a vida o muerte en la que resultamos vencidos, sí, pero sin dejar de luchar hasta el final. Por eso, los humanos envainados que sirven de pila a la Máquina deben ser rescatados, porque son prisioneros de guerra, aunque ya lo hayan olvidado anegados en vida por el líquido amniótico en el que vegetan.

La resistencia heroica -desesperada- de Zion es completamente verosímil. Sin duda un grupo de humanos acorralados está llamado a la hazaña ya sea en un terreno deportivo o al borde del abismo de Helm, en Roncesvalles o en las Termópilas. No resulta, sin embargo, tan coherente con nuestro devenir el que en el origen de esa neo-esclavitud haya habido un comportamiento tan heroico. A fin de cuentas si en algo nos hemos especializado desde que salimos de las cavernas es en alcanzar niveles cada vez más sofisticados de seguridad y certidumbre a cambio de ceder lo único valioso que hemos tenido desde nuestros primeros pasos, la libertad con la que los dábamos.

Seguridad a cambio de libertad ha sido desde el inicio la clave de nuestras transacciones vitales. El humano en soledad se sabe y percibe frágil y vulnerable, y a partir de ahí cada asociación para asegurar la supervivencia se convierte en un acuerdo, en un compromiso con los demás. Como decía Bertrand Russell, “la libertad es algo maravilloso, pero no cuando hay que pagar por ella el precio de la soledad”. Así que libertad es el precio que pagamos para satisfacer la necesidad de de esa protección o tranquilidad que nos da el sentirnos acompañados. El resto es Historia. En el momento que para asegurarnos el mañana comenzamos a almacenar el grano y abandonamos la vida nómada, es también cuando comenzamos a crear y aceptar códigos y leyes que restringían nuestros deseos y pensamientos más libres. Y cuanto menos libres, más capaces éramos de organizarnos en grupos cada vez más grandes. De la tribu a la polis, y desde allí hasta el planeta globalizado de urbanización hiperconectada que hoy somos todo ha sido un continuo intercambio de libertad por seguridad, a veces más evidente, a veces menos, por momentos más material, en otros más espiritual.

¿Y qué son las vainas de Matrix sino la culminación de ese deseo de seguridad? En ellas no hay riesgo ya de que ningún estrago físico nos impida disfrutar de una vida plena y sin contratiempos. La verdadera guerra que hoy se libra (o que quizás ya se libró) es la de saber si cedemos la última tajada de libertad que nos quedaba sin entregar, la de pensar -ya muy cuestionada, condicionada y manipulada- y, sobre todo, la de sentir. Los síntomas apuntan a lo contrario. En el entorno digital cedemos información mucho más íntima y sutil que la que creemos estar dando a cambio de llegar más rápido y más barato a nuestra próxima compra, destino o relación. En el cruce de datos entre nuestras decisiones más “racionales” y nuestras manifestaciones subjetivas ayudamos a construir un escenario en el que poco a poco vamos adquiriendo la seguridad de no equivocarnos ni siquiera en lo que pensamos, no vayamos a ser víctimas de nosotros mismos. Eso que llamamos “corrección política” se extiende desde las ramas hacia la raíz del pensamiento. Lo celebramos como un avance cultural, y seguramente lo sea, pero pocos parecen cuestionarse los efectos secundarios de esa uniformización a la que nos estamos conduciendo. ¿Llegaremos a temer, como sugiere “Minority Report”, nuestras ideas y fantasías más personales, libres, incontrolables? Cuando nuestro próximo trabajo, relación o seguro médico nos mida por lo que algún día publicamos o dijimos, igual que ya se hace con los tuits de los aspirantes a la carrera política, ¿qué podremos entregar a cambio de la seguridad de no caer en nuestras propias trampas mentales sino la libertad con la que las creábamos?

No lo contaremos así, pero nuestra rendición a la Máquina es muy probable que no nazca de la derrota sino de la ansiedad. Que seamos nosotros mismos los que nos conectemos, igual que cualquier otro día, a una de las entradas de la Red Social ya integrada en nuestros propios dispositivos corporales, y pidamos que sea Ella la que tome el control, que nos coloque un filtro de seguridad que no podamos desactivar, a cambio de la paz y el sosiego de saber que nuestros pensamientos serán siempre los que nos convienen, ya no a cada uno, a todos nosotros, así, en plural, porque en ese momento todos seremos una.

(continuará)

 

SE ALQUILAN VAINAS.I

La revolución digital y los fenómenos asociados a ella, principalmente el de la deslocalización de la producción, han llevado a que las ciudades hayan dejado de ser espacios de fabricación para irse convirtiendo en un entorno de prestación de servicios y, por tanto, independiente de los ciclos de sueño. Vivimos en ciudades cada vez más insomnes ya que nuestro trabajo no depende tanto del horario industrial como del horario social.

En gran medida somos plenamente, cotidianamente conscientes de que no somos otra cosa que tiempo. Y ésa es una de las incertidumbres del vivir a las que nos hemos acostumbrado, la de cómo conciliar las distintas dimensiones de nuestra temporalidad. Por si no bastara con eso, cada salto tecnológico (cada nuevo monolito) nos obliga a redefinir nuestras referencias temporales, que a su vez alteran y modifican las espaciales, las sociales, las de todo aquello que vamos percibiendo en nuestro actuar y pensar.

Internet nos ha vuelto ubicuos, perennes, nos ha dejado en fin, a las puertas de poder ser otro poco menos humanos, más superhombres, de vulnerar límites físicos que todavía no habíamos cuestionado. Eso que veíamos con gozosa incredulidad hace veinte años cuando estrenaron Matrix, esa superación reflejada en la flexibilidad del cuerpo, en la inmensidad de los saltos o en la velocidad de los movimientos de Neo, Trinity o Morpheus, nos mostraba cómo gracias a la Red éramos capaces de adquirir nuevos superpoderes. El relato cinematográfico lo exponía en un plano visual y épico, pero en la realidad (incluso en esta virtualidad real por la que ahora nos movemos) nuestra capacidad física se está viendo desafiada y alterada sin tener que llegar a esas demostraciones grandilocuentes, sin ir más lejos en una de nuestras necesidades más básicas, la de cerrar los ojos y dormir.

El ser humano siempre ha necesitado dormir. Nada de lo que nos distingue social o individualmente está por encima de esa necesidad universal. Llevamos miles de años durmiendo y aunque no se saben bien las causas por las que lo hacemos, los científicos coinciden en que es un mecanismo evolutivo que no ha podido ser desechado, incluso siendo los menos dormilones de los primates. Dormimos menos horas que nuestros parientes más peludos, sí, pero dormimos más profundamente.  Ni siquiera nosotros hemos podido escapar a esa obligatoriedad. Y si no lo hacemos sufrimos todo tipo de trastornos hasta llegar a morir antes por no dormir que por no comer. Ha habido experimentos en ese sentido, aunque los que mejor lo saben, los torturadores de todo tiempo y lugar, no hayan dejado registro de sus récords.

Sin embargo, ya lo cantaba Frank Sinatra: welcome to the city that never sleeps, y se lo podría haber cantado a cualquier otra ciudad. No es sólo Nueva York la que no duerme sino todo ecosistema urbano contemporáneo. Hasta no hace demasiadas décadas la ciudad se expandió poblándose de mano de obra industrial, los obreros del éxodo rural contribuyeron a hacer de los núcleos urbanos las metrópolis que se desarrollaron durante el siglo XX. Pero los obreros, como los artesanos o los productores de todo tipo de bienes necesarios para satisfacer la demanda de esa enorme concentración de nuevos urbanitas, no dejaban de cumplir con sus horas de sueño. Dormir también era parte de una vida en cadena.

La revolución digital y los fenómenos asociados a ella, principalmente el de la deslocalización de la producción, han llevado a que las ciudades hayan dejado de ser espacios de fabricación para irse convirtiendo en un entorno de prestación de servicios y, por tanto, independiente de los ciclos de sueño. Vivimos en ciudades cada vez más insomnes ya que nuestro trabajo no depende tanto del horario industrial como del horario social. La esencia de la mayor parte de oficios que se desarrollan en la ciudad es la de gestionar algo que no fabricamos, ya no somos cadena de montaje sino de distribución. Nuestra labor urbana cotidiana se centra cada vez más en hacer llamadas y enviar emails y wassaps, trasladando información de una punta a otra. Ya no somos fabriles sino febriles. Somos todos un poco motoristas de glovo, sólo que lo que acarreamos como hormigas son bits y más bits.

Aun así nuestro trabajo nos agota y las horas de sueño nos siguen siendo necesarias, si no fuera porque la ciudad que no duerme es ahora un planeta entero. Un planeta urbanizado de servicios, de movimiento en el que, como en el imperio de Felipe II nunca se pone el Sol. Este animal que necesita dormir se ha fabricado para sí un mundo siempre alerta. Al contrario que en el tango, ya ni el músculo duerme ni la emoción descansa. ¿Cómo poder vivir en un mundo en el que siempre hay alguien despierto? Aparentemente, es algo que intentamos resolver entregándole nuestra consciencia (y quizás nuestra conciencia) a quien no necesita dormir ni dejar de hacer nunca su trabajo. Estamos trasladando, así, no sólo nuestro conocimiento sino también nuestra percepción, nuestra reflexión y nuestra reacción a la Máquina. Estamos trabajando intensamente, de hecho, en lograr descargar en máquinas y redes todo lo que almacenamos en nuestro cerebro, más allá incluso de los simples datos, hasta la propia identidad.

Dentro de poco se publicarán anuncios: “Se alquilan vainas” “Deje que su cabeza trabaje por usted, deposite su cuerpo en una vaina cómodamente equipada para su tranquilidad y confort y conecte su cabeza sin esfuerzo.” Vainas Matrix, su cabeza camina mientras su cuerpo reposa.

En el mundo globalizado siempre hay alguien que está despierto para hacer lo que tú no puedes hacer mientras duermes. Y la ansiedad de que te reemplacen en tu trabajo, tu negocio, tu inversión, tu oportunidad o tu presencia es la ansiedad del mundo y la llave de esa Matrix que nos mostraron a toda pantalla hace ahora veinte años. Nuestro próximo umbral, el de vivir al ritmo de un planeta que no duerme, está a punto de ser traspasado. Se abren tantas interrogantes a partir de ahí que es mejor dejarlas para más adelante, aunque no puedo resistirme a plantear la más evidente, la más romántica también. ¿Quién soñará nuestros sueños en un mundo insomne?

(continuará…)

adiós, mundo cruel (#megustasmuchísimo)

Escucho de pronto el “she’s leaving home” de los beatles y pienso que nadie escribirá nunca una canción tan bella, una historia tan llena de sentimientos y tan bien contados que se llame “she’s leaving instagram”, y en apenas tres minutos; si alguien lo consigue, por favor, que suba a los altares sin mayor requisito. A continuación, y a sabiendas de no poder ser ni tan breve ni tan bello, seré al menos sincero.

Diez años hace que entré en Facebook tras una brevísima resistencia de meses a la oleada que se venía. En parte por una misantropía de andar por casa entreverada de temor a la sobreexplotación de mi natural tendencia a repartir afectos. En parte porque no terminaba de entender el porqué de alterar mi profundo sentido del pudor, sobre todo el ajeno. Pero entré, por supuesto que entré, a las pruebas me remito. Por aquel entonces se hizo relativamente popular en Youtube un vídeo de lo más esclarecedor -y quizás por eso escondido ya en la memoria- que se llamaba “la máquina somos nosotros”. Aquel 2007 procuraba que todo el mundo viera ese vídeo. Y todavía hoy creo que merece la pena.

Facebook, y poco después, aunque intermitentemente, Instagram (ya digo, el pudor, no sé hacerme un selfi, como tampoco se me dan bien los nudos de las pajaritas ni recortarme la barba, lo mío con el espejo es algo enfermizo) y al rato Linkedin, Youtube, Pinterest y muchas otras a excepción de tres de las que renegué sin atisbo de autocompasión, a saber, Tuenti (soy mayor), Twitter (soy voraz) y Google+ (no soy tan raro). Contar mis peripecias en ellas es una redundancia, hice lo mismo que todos. Dejo las protestas de originalidad para quien se las crea. Si acaso reconozco que me entretuve mucho (en todos los sentidos) mientras difundía la actividad de una galería de arte domesticada (no mordía, ni cobraba comisión ni pedía obra a los artistas) que se llamó La Casa del Arco. Aprendí mucho, no lo voy a negar, y hubo momentos más o menos duros en los que, como el boxeador de Simon & Garfunkel, encontré refugio en ellas. Pero ya. Llegó el momento. Me despido, muchachada.

No reniego, pero ya no aprecio. Es más, comienza a dolerme. Percibo hoy las redes sociales como un monumento al miedo, y aún más como un colosal invento en el que el miedo se disfraza de amor, con todo el daño que eso acarrea. Dejo de usar, leer, mirar Facebook, dejo de mirar Instagram y de usarlo nada más que como pequeño álbum de memorias instantáneas. A partir de ahora no necesito ni contesto a mensajes, iconos, aplausos, piropos o solicitudes de amistad. Tampoco yo haré nada en ese sentido. No cierro los perfiles; hay demasiado depositado en ellos como para renunciar a rescatar algo en algún momento que lo necesite, pero ya es eso, demasiado. He escrito menos páginas de las que quisiera y más posts de los que querría haber escrito.

No dejo LinkedIn por el momento porque pese a que considero que es la mayor estafa de los tiempos digitales (y mira que hay) tengo algún que otro cliente al que presto servicio en esa red. Ya he ido en los últimos tiempos dejando de felicitar cumpleaños de los que no me acordaba, y reduciendo mi participación en debates más allá de una ironía o un emoji, que también me sobran, dicho sea de paso. Como con los billetes en circulación, que no representan ya el oro almacenado en los bancos centrales de los países, si quisiéramos canjear todos los emoticonos de besos y abrazos que se reparten digitalmente por besos y abrazos de carne y hueso no tendríamos brazos ni labios ni tiempo para hacerlo. Aquellos a los que puedo amar ya lo saben y los que me aman también lo saben. Todo lo demás lo siento ahora como miedo al vacío, al silencio o a mirar al espejo a los ojos. Y ése es un miedo que en este momento de mi vida ni me atenaza ni me llama. Las redes sociales me recuerdan las sirenas de Ulises, que cantan en nuestra mente maravillosas melodías hasta que nos acercamos lo suficiente como para descubrir el horrible grito de quienes sólo quieren depredarnos.

Digo que no reniego ni de lo que hice ni de las posibilidades que me ofrecen los medios digitales. Seguiré usando google maps (aunque cada vez menos automáticamente, espero), y spotify y trivago, claro. El mundo es digital y es mi mundo. Tampoco creo que por el hecho de dejarlo vaya a hacer miles de cosas que no hago. No respondo a un propósito de año nuevo ni creo que por dejar de mirar Facebook vaya a ir más al gimnasio ni a aprender alemán. Simplemente coincide. Terminan las navidades, terminan las vanidades. Ni he escrito ni dicho ni expuesto frase o foto alguna en estos diez años que no pudiera haberse quedado en mi tintero o en el intercambio cordial cara a cara con el amigo de turno. No es por tanto una decisión ni filosófica ni ideológica ni estratégica. Es una reacción nada más. Como digo, me duele.

Me duele ver que nos hayamos creído que somos un medio de comunicación, que por el hecho de hacernos eco nos hacemos oír. Me duele sentir la ansiedad de gente a la que quiero, la expectativa y la frustración por la respuesta a sus publicaciones, la rabia por algún comentario, la tentación de escudriñar el comportamiento ajeno, incluso de quien tenemos al lado. Me duelen efectos como la desconfianza y el recelo ante quienes sospechamos que ocultan tanto o más que cada uno de nosotros. Me entristece verme a mí mismo volviendo como un cazador furtivo a mirar una y otra vez cuantos pulgares han caído en mi casillero, a creer que los “me gustas” recibidos dan la medida de algo o a participar de un juego, porque eso son en realidad las redes sociales, un gigantesco casino en el que todos ponemos fichas y en el que se cumple inexorablemente la máxima de que la casa siempre gana, en este caso una maquinaria que devora todo lo que le damos y lo convierte en una papilla rosa que nos devuelve en forma de hamburguesa, mientras se queda con todos los nutrientes para sí. Me niego ya no sólo a participar sino (y sobre todo) a seguir siendo espectador.

No elaboro esta despedida como elegía personal, porque piense que le deba importar a nadie si lo hago o no. Hace unos días le escribí un mensaje de Facebook a mi amigo Yeyo. Nadie lo leerá porque él está muerto hace dos años aunque su cuenta siga viva y sin enterarse. Necesitaba hablar con él y me hice la ilusión de que lo leería, pero el gordo se reiría y me diría “anda, pandereta, que cuando te pones moñas…” Si escribo esta larga carta de suicidio digital es precisamente por eso, porque sospecho que habrá otros que, como yo, se duelen y a lo mejor no lo dicen, o lo dicen como una queja que suena a despecho, aunque en realidad sea otra cosa. Y quizás, sólo quizás, alguien se la tome como una conversación que podamos terminar donde siempre, en las cartas (los emails, que ya digo que no vuelvo a las cavernas), en las barras de los bares o en los bulevares.

Ya sabes donde estoy. Y si no, google seguro que me pone en bandeja. Nos vemos.

 

La prueba del nueve

Hay más sonrisas en las redes que en las calles, más besos en Instagram que en las alcobas, más abrazos en WhatsApp que en los bares… La máquina no sólo sabe a quién queremos, sino a quién querríamos; no sólo qué deseamos sino qué deseamos que nos desee. ¿Qué porción de libertad se nos reclamará a cambio de la seguridad de ser queridos o de no ser rechazados, indiferentes, olvidados?

Éste es el año 2019 que comienza.

Los años que no son redondos tienden a ser cruciales, quizás el más crucial para nuestra generación y las siguientes también terminó en nueve: 1989. En aquel año concurrieron dos hitos que se suelen mencionar de manera aislada o, a lo más, como una coincidencia casual: la caída del muro de Berlín y el desarrollo de la World Wide Web. Como dirían los señores Martin de La Cantante Calva, “Qué curioso, y qué coincidencia”. Diez años después, en 1999 los hermanos Wachowski (hoy hermanas) presentaban “The Matrix”. Reunir estos tres elementos en un mismo párrafo da para que cualquier lector se lleve las manos a la cabeza pensando que voy a proponer un sudoku a lo Dan Brown. Nada más lejos de mi intención por ahora, ya habrá tiempo en próximos posts de seguir explorando ese camino. Sólo lo subrayo para contrarrestar esa especie de fetiche que alimentamos de querer atribuir a los años redondos los grandes giros del guión global cuando, en realidad, la vida es impar.

2019 es el año que quizás llegue tarde sin haber comenzado. El año en el que puede que todo esté ya escrito o puede que no, depende de en qué lado de la caverna, del espejo o del escaparate se encuentre uno mismo. Anoche, en los alrededores de la última cena del dieciocho el intercambio de retransmisiones en directo de la vida humana llegó hasta unos niveles que anticipan un nuevo salto en el ya de por sí saltarín devenir de nuestra evolución digital. Veinticuatro horas después aún no están disponibles las cifras, pero cualquier usuario de Instagram (o testigo más o menos complaciente de la actividad de los que lo son) habrá observado que las “historias” de la aplicación, es decir, los contenidos audiovisuales que han reconducido su función de “álbum de fotos” hacia la de “corresponsalías cotidianas”, se han disparado. Ya no cuenta tanto la calidad de la foto o la calidad de vida social y personal que muestra un selfie. Lo relevante es el simple hecho de mostrar. De mostrar lo que sea, cualquier cosa, de mostrar antes que de no hacerlo, de enfrentarnos al horror vacui con todo el arsenal de lo que comemos, bebemos, transitamos o acompañamos… Y hacerlo así, en presente simple, y no en pretérito indefinido, que es la diferencia entre la retransmisión en vivo y la fotografía, la gran divisoria en la manera de atender la actualidad de las dos mitades del siglo pasado. Los humanos hemos dado una nueva vuelta de tuerca en nuestra búsqueda del aprecio ajeno, sobre todo el desconocido, en nuestra lucha por “la audiencia”, y así hemos pasado del “mira lo que hice” al “mira lo que hago”.

¿Para quién retransmitimos nuestra vida? ¿Para los amigos? ¿Acaso dudan ellos de nuestra existencia, de que comamos tres veces al día, de cómo es nuestra cara o la forma en la que nos vestimos? ¿Acaso tienen una vida tan vacía que necesitan llenarla con la baliza constante de nuestra posición y movimientos? ¿Respondemos de este modo a alguna pregunta que nos hayan hecho, a alguna necesidad que nos hayan manifestado? ¿Alguien ha recibido alguna vez un correo pidiéndole por favor que muestre lo más intrascendente de su existencia?

Obviamente, no ha sido así. Hemos crecido viendo a otros hacerlo y, como se revela en toda investigación criminal, ahora tenemos la oportunidad y tenemos el arma. El hecho de que no alberguemos aún el motivo es lo de menos. Ya lo dice Hannibal Lecter, “comenzamos codiciando lo que vemos todos los días”. De pronto ansiamos aquello que antes nos estaba vedado pues no éramos célebres por motivo alguno que propiciara el que las cámaras posaran en nosotros su mirada. Ya no es necesario. Ahora somos los dueños de la cámara y nos han vendido a un precio invisible el canal para demostrarlo. Generaciones y generaciones de humanos acomplejados por nuestra insignificancia de siglos nos agolpamos hoy para mostrar lo importantes que somos para… nosotros mismos. ¡Qué monos!

Cuando tenía quince años vi una película que en aquel entonces me provocó un considerable impacto. Se llamaba “La muerte en directo” y su título es lo suficientemente explícito. Tavernier, el guionista y director, invitaba a reflexionar sobre hasta que punto habíamos convertido la vida de los demás en espectáculo de masas como para que bastantes años antes de que el término “telebasura” se popularizara pudiéramos aventurar un inminente futuro de “reality shows” que nos sirvieran la muerte de cualquiera en el salón de nuestra casa durante la cena. El tiempo no sólo le ha dado la razón, por morbosa que nos resultara entonces aquella ficción, sino que ha superado con creces su planteamiento. Queda poco para que empecemos a subir nuestra muerte a la nube, y no lo digo en tono metafórico. Tampoco para escandalizar. La sociedad occidental acelera el paso hacia un horizonte de ancianos baby boomers, tan numerosos como aislados para quienes un sucedáneo aceptable del afecto paliativo será el poder recibir pulgares enhiestos, corazones, caritas llorosas y otros iconos del universo emoji durante su agonía. Hagamos followers, damas y caballeros. El monitor frente a la cama del hospital mostrará la reacción a nuestros últimos gestos, sin opción a esconder ni siquiera los más macabros. Preparémonos para disponer de un buen acopio de citas, frases, recuerdos, canciones y otros efectos con los que cautivar a la audiencia para que no cambien de canal, vale decir, de paciente. Las granjas de likes tienen todavía mercado para desarrollar el modelo de su negocio.

Antes de llegar a esos extremos, que al fin y al cabo no son más que pequeñas derivaciones del mercado de la vanidad al que nunca hemos dejado de acudir, hay una consecuencia que me hace volver a la urgencia de esta reflexión. Anoche, a la hora convenida, ya fuera la de las campanadas, la del Auld Lang Syne o la de los fuegos sobre la bahía de Sidney, la máquina (en realidad con M mayúscula) recibía no sólo información textual sino vídeos, imágenes en movimiento y voces y sonidos de millones de personas que mostraban su felicidad o no, su amor y quién lo recibía, su plato favorito, su resistencia a las tentaciones de la carne o su entrega a cualquier placer. Millones de secuencias quedaban registradas para ser procesadas, escaneadas en busca de gestos, miradas, palabras que se asociaban a rostros, que a su vez se asociaban a sentimientos y emociones. Anoche, cuando nos fuimos a la cama, nuestra vida seguía contando sus intimidades a quien mantuviera los ojos -o los circuitos- bien abiertos.

Más aún, los que no participaron de esa descomunal avalancha también transmitieron su parte de la tarta informativa, y no sólo como figurantes pasivos en las películas de la vida de otros, sino también con su sonoro silencio. Del mismo modo que los poco entusiastas en quemar libros se convertían en sospechosos de la sociedad bibliófoba de Fahrenheit 451, quienes hoy no muestran su perfil social en las redes son sospechosos de ocultar lo que nadie parece esconder. ¿Llegará el momento de contratar un servicio de seguimiento audiovisual para poder mostrar, al menos, una ficción de nuestra vida en directo para que no desconfíen de nosotros? En realidad, no, de eso se encargarán las cámaras de todos lo demás. En otro año terminado en nueve, hace apenas una década, la irrupción del smartphone con tecnología 3GS desencadenó el que el mercado mundial de cámaras digitales haya caído en este tiempo de los más de 120 millones anuales a sólo una sexta parte. Como en la película de Tavernier, ahora la cámara somos cada uno de nosotros. No sólo nos grabamos sino que mostramos, señalamos, a quienes no lo hacen.

En paralelo, al confundir en la misma persona al fotógrafo y al modelo lo que ha sucedido es que el criterio de lo que se debe fotografiar se ha relajado considerablemente, porque ¿quién duda de lo importante que es para cada uno de nosotros lo que hacemos a cada paso? ¿Habrá aire más importante que el que respiramos? Nuestro gato es EL gato igual que nuestro croissant es EL croissant. Pero transmitir lo trivial no nos vuelve memorables, no nos eleva a la categoría de estrella del audiovisual que nos gustaría disfrutar. De hecho, antes que a la originalidad tendemos a la réplica: pies sobre el asfalto, dedos en la arena esperando la ola, tostadas con aceite, besos y abrazos, brindis, portadas de libros, pectorales en el espejo del baño, ancianos y gatos y perros y maletas… Grabar lo irrelevante no le sirve de provecho a nadie más que a quien nos ve como una masa indiscriminada, aquellos para los que la estadística de gatos y de abrazos representa el estado y evolución de la conciencia colectiva.

Aquí es donde quizás 2019 ya no tenga mucho que decir sino que todo esté dicho, o todavía haya opción a plantearse el sentido de la marcha que hemos cogido. Hace años ya que cedimos la inteligencia colectiva a la máquina. Lo que sucede en época más reciente es el simple perfeccionamiento de esa cesión pasada, y seguirá sucediendo desde el momento en el que no hay marcha atrás en la complejidad tecnológica salvo cataclismo. Ninguna tribu que haya descubierto el fuego ha vuelto a comer crudo, por decirlo de un modo primitivo. Ceder la inteligencia colectiva está teniendo consecuencias que nos afectan día a día, sobre todo en lo laboral, pero no exclusivamente, sino en todo aquello en que interviene el complejo sistema de interacciones sociales con sus publicitadas ventajas y no tan publicitados inconvenientes. Desde que salimos de la cueva la Humanidad no ha hecho otra cosa que comprar dosis de seguridad con trozos arrancados a su propia libertad.

Ahora bien, mientras que ese intercambio se está produciendo dolorosa pero más o menos transparentemente y a la vista de todos, ¿somos igualmente conscientes de estar entregando un conocimiento absoluto de nuestras emociones y sentimientos más íntimos a las mismas máquinas que gestionan nuestra funcionalidad o disfuncionalidad social? Hay más sonrisas en las redes que en las calles, más besos en Instagram que en las alcobas, más abrazos en WhatsApp que en los bares… La máquina no sólo sabe a quién queremos, sino a quién querríamos; no sólo qué deseamos sino qué deseamos que nos desee. ¿Qué porción de libertad se nos reclamará a cambio de la seguridad de ser queridos o de no ser rechazados, indiferentes, olvidados?

¿Qué medida tomará la misma máquina que decide sobre la estadística de los actos cuando disponga de la estadística de los afectos, de todo aquello que ni siquiera nosotros somos capaces de identificar con claridad mientras lo sentimos?

Anoche andábamos todos contentos. Otro día, cuando nuestro equipo pierda, nuestra pareja nos dé la espalda o nuestro sueño se derrumbe mostraremos nuestro enfado, tristeza o desánimo. A la escala a la que nos mide y observa la máquina nos queda preguntarnos si realmente queremos seguir entregándole tanto de esa información, de ese conocimiento que hasta hace no mucho sólo eran capaces de distinguir de un simple vistazo nuestras madres.

Madre. El nombre del ordenador central de la película Alien, R. Scott, mil novecientos setenta y… nueve. Qué curioso. Y qué coincidencia.