SE ALQUILAN VAINAS

La revolución digital y los fenómenos asociados a ella, principalmente el de la deslocalización de la producción, han llevado a que las ciudades hayan dejado de ser espacios de fabricación para irse convirtiendo en un entorno de prestación de servicios y, por tanto, independiente de los ciclos de sueño. Vivimos en ciudades cada vez más insomnes ya que nuestro trabajo no depende tanto del horario industrial como del horario social.

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En gran medida somos plenamente, cotidianamente conscientes de que no somos otra cosa que tiempo. Y ésa es una de las incertidumbres del vivir a las que nos hemos acostumbrado, la de cómo conciliar las distintas dimensiones de nuestra temporalidad. Por si no bastara con eso, cada salto tecnológico (cada nuevo monolito) nos obliga a redefinir nuestras referencias temporales, que a su vez alteran y modifican las espaciales, las sociales, las de todo aquello que vamos percibiendo en nuestro actuar y pensar. La revolución digital ha traído consigo una aceleración del tiempo tan intensa como anteriormente lo hicieron las máquinas de la era industrial o la imprenta o, mucho antes, la rueda y el fuego. ¿Es necesario recordar la brutal transformación que desencadenaron, las nuevas dialécticas de poder que provocaron y sus consecuencias para la vida -y la muerte- de tantos millones de personas?

Con ser lo más visible, no me refiero sólo al tiempo que vivimos de un modo externo, de que lo que antes se pudiera hacer en un día ahora se pueda hacer en segundos, o que la propagación de una idea se realice hoy con una inmediatez que nunca antes se haya podido experimentar. Eso todavía irá a más. Ya tenemos ejemplos de cómo se toman decisiones antes de que pasen por todo el proceso de nuestro entendimiento. Lo digital altera también el concepto de linealidad y lo convierte en simultaneidad, en sincronía. Algo que celebramos, que muchos celebran al menos, la capacidad para superar barreras de distancia temporal, cultural, geográfica, social, y que tiene innumerables ventajas o las podría tener, nos va llevando a un conflicto irremediable con esa otra medida del tiempo más íntima, más personal, más propia de nuestra naturaleza humana.

Somos humanos, sí. Y eso que hemos llegado a convertir en un motor de constante superación nos ha traído hasta las lindes de una nueva realidad en la que nos planteamos qué nueva porción de humanidad podremos ahora dejar atrás, al igual que antes ya abandonamos otras. Como cuando superamos el límite de nuestra fortaleza, de nuestra musculatura; ni siquiera el campeón mundial de halterofilia alcanza a levantar la ínfima parte del peso que alza una grúa. No hay arquero que pueda competir con una bala, no digamos ya acertar con su flecha a un objetivo situado a tantos miles de kilómetros como es capaz de llegar la destrucción teledirigida de misiles y drones. Llegamos más alto, más rápido y más fuertes gracias a no serlo nosotros sino los inventos que hemos ido desarrollando para conseguir suplir nuestras carencias de monos desnudos.

Internet nos ha vuelto ubicuos, perennes, nos ha dejado en fin, a las puertas de poder ser otro poco menos humanos, más superhombres, de vulnerar límites físicos que todavía no habíamos cuestionado. Eso que veíamos con gozosa incredulidad hace veinte años cuando estrenaron Matrix, esa superación reflejada en la flexibilidad del cuerpo, en la inmensidad de los saltos o en la velocidad de los movimientos de Neo, Trinity o Morpheus, nos mostraba cómo gracias a la Red éramos capaces de adquirir nuevos superpoderes. El relato cinematográfico lo exponía en un plano visual y épico, pero en la realidad (incluso en esta virtualidad real por la que ahora nos movemos) nuestra capacidad física se está viendo desafiada y alterada sin tener que llegar a esas demostraciones grandilocuentes, sin ir más lejos en una de nuestras necesidades más básicas, la de cerrar los ojos y dormir.

El ser humano siempre ha necesitado dormir. Nada de lo que nos distingue social o individualmente está por encima de esa necesidad universal. Llevamos miles de años durmiendo y aunque no se saben bien las causas por las que lo hacemos, los científicos coinciden en que es un mecanismo evolutivo que no ha podido ser desechado, incluso siendo los menos dormilones de los primates. Dormimos menos horas que nuestros parientes más peludos, sí, pero dormimos más profundamente.  Ni siquiera nosotros hemos podido escapar a esa obligatoriedad. Y si no lo hacemos sufrimos todo tipo de trastornos hasta llegar a morir antes por no dormir que por no comer. Ha habido experimentos en ese sentido, aunque los que mejor lo saben, los torturadores de todo tiempo y lugar, no hayan dejado registro de sus récords.

Sin embargo, ya lo cantaba Frank Sinatra: welcome to the city that never sleeps, y se lo podría haber cantado a cualquier otra ciudad. No es sólo Nueva York la que no duerme sino todo ecosistema urbano contemporáneo. Hasta no hace demasiadas décadas la ciudad se expandió poblándose de mano de obra industrial, los obreros del éxodo rural contribuyeron a hacer de los núcleos urbanos las metrópolis que se desarrollaron durante el siglo XX. Pero los obreros, como los artesanos o los productores de todo tipo de bienes necesarios para satisfacer la demanda de esa enorme concentración de nuevos urbanitas, no dejaban de cumplir con sus horas de sueño. Dormir también era parte de una vida en cadena.

La revolución digital y los fenómenos asociados a ella, principalmente el de la deslocalización de la producción, han llevado a que las ciudades hayan dejado de ser espacios de fabricación para irse convirtiendo en un entorno de prestación de servicios y, por tanto, independiente de los ciclos de sueño. Vivimos en ciudades cada vez más insomnes ya que nuestro trabajo no depende tanto del horario industrial como del horario social. La esencia de la mayor parte de oficios que se desarrollan en la ciudad es la de gestionar algo que no fabricamos, ya no somos cadena de montaje sino de distribución. Nuestra labor urbana cotidiana se centra cada vez más en hacer llamadas y enviar emails y wassaps, trasladando información de una punta a otra. Ya no somos fabriles sino febriles. Somos todos un poco motoristas de glovo, sólo que lo que acarreamos como hormigas son bits y más bits.

Aun así nuestro trabajo nos agota y las horas de sueño nos siguen siendo necesarias, si no fuera porque la ciudad que no duerme es ahora un planeta entero. Un planeta urbanizado de servicios, de movimiento en el que, como en el imperio de Felipe II nunca se pone el Sol. Este animal que necesita dormir se ha fabricado para sí un mundo siempre alerta. Al contrario que en el tango, ya ni el músculo duerme ni la emoción descansa. ¿Cómo poder vivir en un mundo en el que siempre hay alguien despierto? Aparentemente, es algo que intentamos resolver entregándole nuestra consciencia (y quizás nuestra conciencia) a quien no necesita dormir ni dejar de hacer nunca su trabajo. Estamos trasladando, así, no sólo nuestro conocimiento sino también nuestra percepción, nuestra reflexión y nuestra reacción a la Máquina. Estamos trabajando intensamente, de hecho, en lograr descargar en máquinas y redes todo lo que almacenamos en nuestro cerebro, más allá incluso de los simples datos, hasta la propia identidad.

Dentro de poco se publicarán anuncios: “Se alquilan vainas” “Deje que su cabeza trabaje por usted, deposite su cuerpo en una vaina cómodamente equipada para su tranquilidad y confort y conecte su cabeza sin esfuerzo.” Vainas Matrix, su cabeza camina mientras su cuerpo reposa.

En el mundo globalizado siempre hay alguien que está despierto para hacer lo que tú no puedes hacer mientras duermes. Y la ansiedad de que te reemplacen en tu trabajo, tu negocio, tu inversión, tu oportunidad o tu presencia es la ansiedad del mundo y la llave de esa Matrix que nos mostraron a toda pantalla hace ahora veinte años. Nuestro próximo umbral, el de vivir al ritmo de un planeta que no duerme, está a punto de ser traspasado. Se abren tantas interrogantes a partir de ahí que es mejor dejarlas para más adelante, aunque no puedo resistirme a plantear la más evidente, la más romántica también. ¿Quién soñará nuestros sueños en un mundo insomne?

(continuará…)

adiós, mundo cruel (#megustasmuchísimo)

Escucho de pronto el “she’s leaving home” de los beatles y pienso que nadie escribirá nunca una canción tan bella, una historia tan llena de sentimientos y tan bien contados que se llame “she’s leaving instagram”, y en apenas tres minutos; si alguien lo consigue, por favor, que suba a los altares sin mayor requisito. A continuación, y a sabiendas de no poder ser ni tan breve ni tan bello, seré al menos sincero.

Diez años hace que entré en Facebook tras una brevísima resistencia de meses a la oleada que se venía. En parte por una misantropía de andar por casa entreverada de temor a la sobreexplotación de mi natural tendencia a repartir afectos. En parte porque no terminaba de entender el porqué de alterar mi profundo sentido del pudor, sobre todo el ajeno. Pero entré, por supuesto que entré, a las pruebas me remito. Por aquel entonces se hizo relativamente popular en Youtube un vídeo de lo más esclarecedor -y quizás por eso escondido ya en la memoria- que se llamaba “la máquina somos nosotros”. Aquel 2007 procuraba que todo el mundo viera ese vídeo. Y todavía hoy creo que merece la pena.

Facebook, y poco después, aunque intermitentemente, Instagram (ya digo, el pudor, no sé hacerme un selfi, como tampoco se me dan bien los nudos de las pajaritas ni recortarme la barba, lo mío con el espejo es algo enfermizo) y al rato Linkedin, Youtube, Pinterest y muchas otras a excepción de tres de las que renegué sin atisbo de autocompasión, a saber, Tuenti (soy mayor), Twitter (soy voraz) y Google+ (no soy tan raro). Contar mis peripecias en ellas es una redundancia, hice lo mismo que todos. Dejo las protestas de originalidad para quien se las crea. Si acaso reconozco que me entretuve mucho (en todos los sentidos) mientras difundía la actividad de una galería de arte domesticada (no mordía, ni cobraba comisión ni pedía obra a los artistas) que se llamó La Casa del Arco. Aprendí mucho, no lo voy a negar, y hubo momentos más o menos duros en los que, como el boxeador de Simon & Garfunkel, encontré refugio en ellas. Pero ya. Llegó el momento. Me despido, muchachada.

No reniego, pero ya no aprecio. Es más, comienza a dolerme. Percibo hoy las redes sociales como un monumento al miedo, y aún más como un colosal invento en el que el miedo se disfraza de amor, con todo el daño que eso acarrea. Dejo de usar, leer, mirar Facebook, dejo de mirar Instagram y de usarlo nada más que como pequeño álbum de memorias instantáneas. A partir de ahora no necesito ni contesto a mensajes, iconos, aplausos, piropos o solicitudes de amistad. Tampoco yo haré nada en ese sentido. No cierro los perfiles; hay demasiado depositado en ellos como para renunciar a rescatar algo en algún momento que lo necesite, pero ya es eso, demasiado. He escrito menos páginas de las que quisiera y más posts de los que querría haber escrito.

No dejo LinkedIn por el momento porque pese a que considero que es la mayor estafa de los tiempos digitales (y mira que hay) tengo algún que otro cliente al que presto servicio en esa red. Ya he ido en los últimos tiempos dejando de felicitar cumpleaños de los que no me acordaba, y reduciendo mi participación en debates más allá de una ironía o un emoji, que también me sobran, dicho sea de paso. Como con los billetes en circulación, que no representan ya el oro almacenado en los bancos centrales de los países, si quisiéramos canjear todos los emoticonos de besos y abrazos que se reparten digitalmente por besos y abrazos de carne y hueso no tendríamos brazos ni labios ni tiempo para hacerlo. Aquellos a los que puedo amar ya lo saben y los que me aman también lo saben. Todo lo demás lo siento ahora como miedo al vacío, al silencio o a mirar al espejo a los ojos. Y ése es un miedo que en este momento de mi vida ni me atenaza ni me llama. Las redes sociales me recuerdan las sirenas de Ulises, que cantan en nuestra mente maravillosas melodías hasta que nos acercamos lo suficiente como para descubrir el horrible grito de quienes sólo quieren depredarnos.

Digo que no reniego ni de lo que hice ni de las posibilidades que me ofrecen los medios digitales. Seguiré usando google maps (aunque cada vez menos automáticamente, espero), y spotify y trivago, claro. El mundo es digital y es mi mundo. Tampoco creo que por el hecho de dejarlo vaya a hacer miles de cosas que no hago. No respondo a un propósito de año nuevo ni creo que por dejar de mirar Facebook vaya a ir más al gimnasio ni a aprender alemán. Simplemente coincide. Terminan las navidades, terminan las vanidades. Ni he escrito ni dicho ni expuesto frase o foto alguna en estos diez años que no pudiera haberse quedado en mi tintero o en el intercambio cordial cara a cara con el amigo de turno. No es por tanto una decisión ni filosófica ni ideológica ni estratégica. Es una reacción nada más. Como digo, me duele.

Me duele ver que nos hayamos creído que somos un medio de comunicación, que por el hecho de hacernos eco nos hacemos oír. Me duele sentir la ansiedad de gente a la que quiero, la expectativa y la frustración por la respuesta a sus publicaciones, la rabia por algún comentario, la tentación de escudriñar el comportamiento ajeno, incluso de quien tenemos al lado. Me duelen efectos como la desconfianza y el recelo ante quienes sospechamos que ocultan tanto o más que cada uno de nosotros. Me entristece verme a mí mismo volviendo como un cazador furtivo a mirar una y otra vez cuantos pulgares han caído en mi casillero, a creer que los “me gustas” recibidos dan la medida de algo o a participar de un juego, porque eso son en realidad las redes sociales, un gigantesco casino en el que todos ponemos fichas y en el que se cumple inexorablemente la máxima de que la casa siempre gana, en este caso una maquinaria que devora todo lo que le damos y lo convierte en una papilla rosa que nos devuelve en forma de hamburguesa, mientras se queda con todos los nutrientes para sí. Me niego ya no sólo a participar sino (y sobre todo) a seguir siendo espectador.

No elaboro esta despedida como elegía personal, porque piense que le deba importar a nadie si lo hago o no. Hace unos días le escribí un mensaje de Facebook a mi amigo Yeyo. Nadie lo leerá porque él está muerto hace dos años aunque su cuenta siga viva y sin enterarse. Necesitaba hablar con él y me hice la ilusión de que lo leería, pero el gordo se reiría y me diría “anda, pandereta, que cuando te pones moñas…” Si escribo esta larga carta de suicidio digital es precisamente por eso, porque sospecho que habrá otros que, como yo, se duelen y a lo mejor no lo dicen, o lo dicen como una queja que suena a despecho, aunque en realidad sea otra cosa. Y quizás, sólo quizás, alguien se la tome como una conversación que podamos terminar donde siempre, en las cartas (los emails, que ya digo que no vuelvo a las cavernas), en las barras de los bares o en los bulevares.

Ya sabes donde estoy. Y si no, google seguro que me pone en bandeja. Nos vemos.

 

La prueba del nueve

Hay más sonrisas en las redes que en las calles, más besos en Instagram que en las alcobas, más abrazos en WhatsApp que en los bares… La máquina no sólo sabe a quién queremos, sino a quién querríamos; no sólo qué deseamos sino qué deseamos que nos desee. ¿Qué porción de libertad se nos reclamará a cambio de la seguridad de ser queridos o de no ser rechazados, indiferentes, olvidados?

Éste es el año 2019 que comienza.

Los años que no son redondos tienden a ser cruciales, quizás el más crucial para nuestra generación y las siguientes también terminó en nueve: 1989. En aquel año concurrieron dos hitos que se suelen mencionar de manera aislada o, a lo más, como una coincidencia casual: la caída del muro de Berlín y el desarrollo de la World Wide Web. Como dirían los señores Martin de La Cantante Calva, “Qué curioso, y qué coincidencia”. Diez años después, en 1999 los hermanos Wachowski (hoy hermanas) presentaban “The Matrix”. Reunir estos tres elementos en un mismo párrafo da para que cualquier lector se lleve las manos a la cabeza pensando que voy a proponer un sudoku a lo Dan Brown. Nada más lejos de mi intención por ahora, ya habrá tiempo en próximos posts de seguir explorando ese camino. Sólo lo subrayo para contrarrestar esa especie de fetiche que alimentamos de querer atribuir a los años redondos los grandes giros del guión global cuando, en realidad, la vida es impar.

2019 es el año que quizás llegue tarde sin haber comenzado. El año en el que puede que todo esté ya escrito o puede que no, depende de en qué lado de la caverna, del espejo o del escaparate se encuentre uno mismo. Anoche, en los alrededores de la última cena del dieciocho el intercambio de retransmisiones en directo de la vida humana llegó hasta unos niveles que anticipan un nuevo salto en el ya de por sí saltarín devenir de nuestra evolución digital. Veinticuatro horas después aún no están disponibles las cifras, pero cualquier usuario de Instagram (o testigo más o menos complaciente de la actividad de los que lo son) habrá observado que las “historias” de la aplicación, es decir, los contenidos audiovisuales que han reconducido su función de “álbum de fotos” hacia la de “corresponsalías cotidianas”, se han disparado. Ya no cuenta tanto la calidad de la foto o la calidad de vida social y personal que muestra un selfie. Lo relevante es el simple hecho de mostrar. De mostrar lo que sea, cualquier cosa, de mostrar antes que de no hacerlo, de enfrentarnos al horror vacui con todo el arsenal de lo que comemos, bebemos, transitamos o acompañamos… Y hacerlo así, en presente simple, y no en pretérito indefinido, que es la diferencia entre la retransmisión en vivo y la fotografía, la gran divisoria en la manera de atender la actualidad de las dos mitades del siglo pasado. Los humanos hemos dado una nueva vuelta de tuerca en nuestra búsqueda del aprecio ajeno, sobre todo el desconocido, en nuestra lucha por “la audiencia”, y así hemos pasado del “mira lo que hice” al “mira lo que hago”.

¿Para quién retransmitimos nuestra vida? ¿Para los amigos? ¿Acaso dudan ellos de nuestra existencia, de que comamos tres veces al día, de cómo es nuestra cara o la forma en la que nos vestimos? ¿Acaso tienen una vida tan vacía que necesitan llenarla con la baliza constante de nuestra posición y movimientos? ¿Respondemos de este modo a alguna pregunta que nos hayan hecho, a alguna necesidad que nos hayan manifestado? ¿Alguien ha recibido alguna vez un correo pidiéndole por favor que muestre lo más intrascendente de su existencia?

Obviamente, no ha sido así. Hemos crecido viendo a otros hacerlo y, como se revela en toda investigación criminal, ahora tenemos la oportunidad y tenemos el arma. El hecho de que no alberguemos aún el motivo es lo de menos. Ya lo dice Hannibal Lecter, “comenzamos codiciando lo que vemos todos los días”. De pronto ansiamos aquello que antes nos estaba vedado pues no éramos célebres por motivo alguno que propiciara el que las cámaras posaran en nosotros su mirada. Ya no es necesario. Ahora somos los dueños de la cámara y nos han vendido a un precio invisible el canal para demostrarlo. Generaciones y generaciones de humanos acomplejados por nuestra insignificancia de siglos nos agolpamos hoy para mostrar lo importantes que somos para… nosotros mismos. ¡Qué monos!

Cuando tenía quince años vi una película que en aquel entonces me provocó un considerable impacto. Se llamaba “La muerte en directo” y su título es lo suficientemente explícito. Tavernier, el guionista y director, invitaba a reflexionar sobre hasta que punto habíamos convertido la vida de los demás en espectáculo de masas como para que bastantes años antes de que el término “telebasura” se popularizara pudiéramos aventurar un inminente futuro de “reality shows” que nos sirvieran la muerte de cualquiera en el salón de nuestra casa durante la cena. El tiempo no sólo le ha dado la razón, por morbosa que nos resultara entonces aquella ficción, sino que ha superado con creces su planteamiento. Queda poco para que empecemos a subir nuestra muerte a la nube, y no lo digo en tono metafórico. Tampoco para escandalizar. La sociedad occidental acelera el paso hacia un horizonte de ancianos baby boomers, tan numerosos como aislados para quienes un sucedáneo aceptable del afecto paliativo será el poder recibir pulgares enhiestos, corazones, caritas llorosas y otros iconos del universo emoji durante su agonía. Hagamos followers, damas y caballeros. El monitor frente a la cama del hospital mostrará la reacción a nuestros últimos gestos, sin opción a esconder ni siquiera los más macabros. Preparémonos para disponer de un buen acopio de citas, frases, recuerdos, canciones y otros efectos con los que cautivar a la audiencia para que no cambien de canal, vale decir, de paciente. Las granjas de likes tienen todavía mercado para desarrollar el modelo de su negocio.

Antes de llegar a esos extremos, que al fin y al cabo no son más que pequeñas derivaciones del mercado de la vanidad al que nunca hemos dejado de acudir, hay una consecuencia que me hace volver a la urgencia de esta reflexión. Anoche, a la hora convenida, ya fuera la de las campanadas, la del Auld Lang Syne o la de los fuegos sobre la bahía de Sidney, la máquina (en realidad con M mayúscula) recibía no sólo información textual sino vídeos, imágenes en movimiento y voces y sonidos de millones de personas que mostraban su felicidad o no, su amor y quién lo recibía, su plato favorito, su resistencia a las tentaciones de la carne o su entrega a cualquier placer. Millones de secuencias quedaban registradas para ser procesadas, escaneadas en busca de gestos, miradas, palabras que se asociaban a rostros, que a su vez se asociaban a sentimientos y emociones. Anoche, cuando nos fuimos a la cama, nuestra vida seguía contando sus intimidades a quien mantuviera los ojos -o los circuitos- bien abiertos.

Más aún, los que no participaron de esa descomunal avalancha también transmitieron su parte de la tarta informativa, y no sólo como figurantes pasivos en las películas de la vida de otros, sino también con su sonoro silencio. Del mismo modo que los poco entusiastas en quemar libros se convertían en sospechosos de la sociedad bibliófoba de Fahrenheit 451, quienes hoy no muestran su perfil social en las redes son sospechosos de ocultar lo que nadie parece esconder. ¿Llegará el momento de contratar un servicio de seguimiento audiovisual para poder mostrar, al menos, una ficción de nuestra vida en directo para que no desconfíen de nosotros? En realidad, no, de eso se encargarán las cámaras de todos lo demás. En otro año terminado en nueve, hace apenas una década, la irrupción del smartphone con tecnología 3GS desencadenó el que el mercado mundial de cámaras digitales haya caído en este tiempo de los más de 120 millones anuales a sólo una sexta parte. Como en la película de Tavernier, ahora la cámara somos cada uno de nosotros. No sólo nos grabamos sino que mostramos, señalamos, a quienes no lo hacen.

En paralelo, al confundir en la misma persona al fotógrafo y al modelo lo que ha sucedido es que el criterio de lo que se debe fotografiar se ha relajado considerablemente, porque ¿quién duda de lo importante que es para cada uno de nosotros lo que hacemos a cada paso? ¿Habrá aire más importante que el que respiramos? Nuestro gato es EL gato igual que nuestro croissant es EL croissant. Pero transmitir lo trivial no nos vuelve memorables, no nos eleva a la categoría de estrella del audiovisual que nos gustaría disfrutar. De hecho, antes que a la originalidad tendemos a la réplica: pies sobre el asfalto, dedos en la arena esperando la ola, tostadas con aceite, besos y abrazos, brindis, portadas de libros, pectorales en el espejo del baño, ancianos y gatos y perros y maletas… Grabar lo irrelevante no le sirve de provecho a nadie más que a quien nos ve como una masa indiscriminada, aquellos para los que la estadística de gatos y de abrazos representa el estado y evolución de la conciencia colectiva.

Aquí es donde quizás 2019 ya no tenga mucho que decir sino que todo esté dicho, o todavía haya opción a plantearse el sentido de la marcha que hemos cogido. Hace años ya que cedimos la inteligencia colectiva a la máquina. Lo que sucede en época más reciente es el simple perfeccionamiento de esa cesión pasada, y seguirá sucediendo desde el momento en el que no hay marcha atrás en la complejidad tecnológica salvo cataclismo. Ninguna tribu que haya descubierto el fuego ha vuelto a comer crudo, por decirlo de un modo primitivo. Ceder la inteligencia colectiva está teniendo consecuencias que nos afectan día a día, sobre todo en lo laboral, pero no exclusivamente, sino en todo aquello en que interviene el complejo sistema de interacciones sociales con sus publicitadas ventajas y no tan publicitados inconvenientes. Desde que salimos de la cueva la Humanidad no ha hecho otra cosa que comprar dosis de seguridad con trozos arrancados a su propia libertad.

Ahora bien, mientras que ese intercambio se está produciendo dolorosa pero más o menos transparentemente y a la vista de todos, ¿somos igualmente conscientes de estar entregando un conocimiento absoluto de nuestras emociones y sentimientos más íntimos a las mismas máquinas que gestionan nuestra funcionalidad o disfuncionalidad social? Hay más sonrisas en las redes que en las calles, más besos en Instagram que en las alcobas, más abrazos en WhatsApp que en los bares… La máquina no sólo sabe a quién queremos, sino a quién querríamos; no sólo qué deseamos sino qué deseamos que nos desee. ¿Qué porción de libertad se nos reclamará a cambio de la seguridad de ser queridos o de no ser rechazados, indiferentes, olvidados?

¿Qué medida tomará la misma máquina que decide sobre la estadística de los actos cuando disponga de la estadística de los afectos, de todo aquello que ni siquiera nosotros somos capaces de identificar con claridad mientras lo sentimos?

Anoche andábamos todos contentos. Otro día, cuando nuestro equipo pierda, nuestra pareja nos dé la espalda o nuestro sueño se derrumbe mostraremos nuestro enfado, tristeza o desánimo. A la escala a la que nos mide y observa la máquina nos queda preguntarnos si realmente queremos seguir entregándole tanto de esa información, de ese conocimiento que hasta hace no mucho sólo eran capaces de distinguir de un simple vistazo nuestras madres.

Madre. El nombre del ordenador central de la película Alien, R. Scott, mil novecientos setenta y… nueve. Qué curioso. Y qué coincidencia.