La revolución ansiolítica

Lo que sí me interesa es constatar lo mucho que se parecen Uber, Tinder, Google Maps, Trivago… en fin, todas las aplicaciones que están redefiniendo la manera que la gente teníamos de ligar, circular por la ciudad o reservar una habitación de hotel, por ceñirme a esos pocos ejemplos. Al margen de su contenido o de su sector de actividad, todas ellas coinciden en aportar un mismo beneficio a los usuarios: eliminar o minimizar el factor clave de ansiedad.

Anuncios

Leo hoy, veinte de diciembre de 2017, la noticia de que el Tribunal de Justicia de la Unión Europea ha fallado que Uber es una empresa de transporte y, como tal, debe someterse a los mismos rigores que el resto del ramo. La verdad es que no pensaba comenzar este ensayete con una noticia de “rabiosa” actualidad, pero no es menos cierto que la mayoría de las veces que me siento a escribir dejo que las letras se vayan disponiendo lo más fluidamente posible y trato de no interponerme demasiado en su trayectoria. Ya se sabe, las carga el diablo.

El caso es que el diablo, perdón, Uber, ha sido arrojado del Cielo, o más propiamente, del limbo, que es donde muchas de las empresas nativas digitales se mueven con soltura. Con todas las prebendas de los integrados, pero sin tener que comulgar con mandamientos, sacramentos, sharias ni torá (marque la casilla que aplique en cada ciudad),  y con los privilegios también de los apocalípticos, pero sin llegar nunca a hervir en las calderas del Infierno. La pregunta que queda es ¿quién es quien está en el limbo ? Que Uber tenga que plegarse a las leyes del transporte de pasajeros no sólo es una buena noticia para la comunidad sino una mala noticia para los taxistas, por extraño que les cueste creerlo.

Qué bien cuenta esto David Gutmann cuando dice que hay que sentar a todas las organizaciones en el diván del psiquiatra. Las empresas, los colectivos, los países, tienen complejos y traumas tan sensibles como los de cualquier persona, y desentrañarlos es algo esencial si se aspira a su comprensión y entendimiento, no digamos ya a establecer comunicación. Trauma significa etimológicamente “herida”, así que el dolor o la rabia que vemos en la superficie trasluce esa herida profunda que los titulares no siempre nos dejan ver (o se empeñan en ocultar). ¿Cuál es, creo, el trauma de los taxistas? Además de lo evidente -y cito a Mafalda- el empezose del acabose de su negocio, la transformación digital supone sobre todo un ejercicio de interacción y transparencia que socava la manera de entender la vida del taxista. Para entendernos, el modelo de negocio del taxi no es el de un servicio público más, sino el de una inversión muy particular en todos los sentidos del término, ya que no sólo es personal sino que además nadie sabe su valor real, puesto que es especulativo desde el mismo momento de la adquisición de la licencia, cuyo precio es ficticio, sujeto a la demanda pero dentro de un sistema cerrado. Lo único que varía es el volumen de aspirantes a adquirir la licencia, que es lo que hace que un precio nominal irrisorio se multiplique de manera desorbitada. Así pues, la primera herida del taxista es ser plenamente consciente de que no compra una licencia, sino una deuda y una expectativa de saldarla cuyo plazo sólo depende de él mismo, ya que el mayor porcentaje de sus compradores/usuarios no acude específicamente a su “establecimiento”, en el que, además, no puede jugar con los precios. A partir de ahí, el conflicto está servido; si el taxista quiere recortar su deuda lo más rápidamente posible sólo lo puede hacer haciendo más rentable la única variable que puede manejar, el tiempo que pasa con su cliente.

Sin duda, el taxista puede elegir estrategias diferentes para su negocio, pero la que antes y más fácilmente se establece es la de “cuanto más saque a cada carrera más rápido recupero el dinero que he entregado”. En este argumento, los usuarios cumplimos el papel de antagonistas del taxista, ya que nuestros intereses son contrapuestos; nosotros queremos que la carrera sea la más rápida, corta, económica posible. La relación que se ha establecido desde el principio es frontal, y en gran parte ése es el motivo de que las quejas de los taxistas encuentren tan poco eco en el público al que, en teoría, sirven.

La gran novedad de Uber no son los coches negros y espaciosos, la amabilidad de los chóferes o la botellita de agua, tampoco que se pueda pagar sin llevar dinero encima. Todo eso son ventajas que el sector del taxi puede incorporar con relativa facilidad y poco coste. Lo realmente revolucionario es que por primera vez en el negocio del taxi el usuario se puede liberar de lo que más ansiedad le provoca cuando se sube a uno: por dónde nos van a llevar y cuánto nos van a cobrar. Por primera vez, los pasajeros de un transporte nos podemos despreocupar absolutamente si el chófer nos da una vuelta demasiado larga o toma una ruta que no es la que nos parece lógica o la que habitualmente usaríamos. Ya no es nuestro problema. Es la Transparencia, idiota, la madre de todas las transformaciones digitales.

El desenlace de esta historia es más o menos predecible, así que no voy a perder demasiado tiempo en aventurarlo. Lo que sí me interesa es constatar lo mucho que se parecen Uber, Tinder, Google Maps, Trivago… en fin, todas las aplicaciones que están redefiniendo la manera que la gente teníamos de ligar, circular por la ciudad o reservar una habitación de hotel, por ceñirme a esos pocos ejemplos. Al margen de su contenido o de su sector de actividad, todas ellas coinciden en aportar un mismo beneficio a los usuarios: eliminar o minimizar el factor clave de ansiedad. Ese nervio incómodo que nos atenazaba cuando teníamos que pasar el trago de decirle a alguien que nos gustaba y, después de mil dudas y cruzar el rubicón, encontrarnos con una negativa que no sólo nos dejaba frustrados sino desmotivados para intentarlo de nuevo durante un tiempo. O la tensión de reservar una habitación temiendo que, como muestra bien el anuncio, alguien la estuviera reservando por un precio mucho menor, con la subsiguiente y humillante sensación de ser tomados por idiotas. Por no hablar de la gran ansiedad del conductor de ciudad, la de ignorar en qué momento quedará atrapado en un atasco sin saber durante cuánto tiempo. Casi podemos afirmar que las grandes aplicaciones triunfadoras son aquellas que interpretan mejor el factor de ansiedad del público y lo resuelven de un modo sencillo y distanciado del problema. Valga como recomendación del significado real del término “human centered” para tantas empresas y emprendedores que parecen haber oído campanas pero no tener muy claro dónde.

No importa que Uber sea limitada por los tribunales. Su modelo de negocio será a partir de ahora más o menos rentable, pero lo que no será es irreversible. Los usuarios hemos probado la sensación de no sentir ansiedad y no vamos a aceptar graciosamente que nos devuelvan ya más a la pequeña tiranía de la opacidad. La gran oportunidad de los taxistas es aprovechar este impasse administrativo que protege su exclusividad para reordenar sus planteamientos y aceptar que al defender una parte de su inversión, la más escurridiza, se arriesgan a perderla por completo (y no quiero entrar aquí en otras consecuencias de la transformación digital aplicadas al sector de la automoción que todavía van a revolucionar más el panorama).

Con todo y con eso, mi interés al poner por escrito esta reflexión estaba centrado principalmente en preguntarme hacia dónde nos conduce un contexto tecnológico que elimina la ansiedad y la frustración de los aspectos más cotidianos de nuestra vida. ¿Acaso no ha habido otros similares en el pasado? Sin duda. Cada nuevo avance tecnológico nos ha ayudado siempre a superar una incertidumbre, ya fuera la salud de nuestros animales de carga, la resistencia de nuestras cosechas a las plagas o el resultado de una operación quirúrgica, entre miles de avances más. Sin embargo, a partir de la revolución digital, la novedad es que estos nuevos avances ansiolíticos ya no son fruto de  la investigación y creación de algo nuevo, sino de la manera de gestionar la información de lo que ya existe. Por tanto, son mucho más sencillos de crear y reproducir. Por seguir con el ejemplo central, para que los coches de motor sustituyeran a los coches de caballo fueron necesarios años de esfuerzo científico, industrial, empresarial, laboral, social. Para cambiar el modelo de relación con el taxi sólo ha hecho falta una idea y un pequeño grupo dispuesto a llevarla a cabo, un mínimo esfuerzo en compensación con lo obtenido. Tal facilidad me hace suponer que la proliferación de soluciones similares va a ser, una vez más, exponencial, hasta cubrir muy rápidamente todos los ámbitos de nuestra vida. Qué maravilla, tendríamos que decir. Con la cantidad de tiempo y espacio en la cabeza que nos devora la ansiedad y que ahora podremos dedicar a otros asuntos más útiles. Puede, pero puede también que a partir de ese punto, tal vez, lleguemos a encontrarnos igual de velozmente con una generación acostumbrada poco o nada a lidiar con la frustración. Impacientes ante todo lo que no sea “en tiempo real” e incapaces de asumir la ansiedad como un motor de actuación, de creatividad ante la adversidad.

¿Para qué nos sirve la ansiedad, el estrés? Según dicen, para enfrentarnos al peligro con los sentidos alerta, algo muy útil para nuestra especie desprovista de toda defensa natural. ¿A quién servirá que se elimine ese estado de alerta? Desde luego, a nosotros no nos vendrá nada mal un descenso de los niveles de cortisol, especialmente a los que vivimos en las ciudades, pero reconozco que según iba escribiendo me venía a la mente cada vez con más fuerza el escenario que se descubría al traspasar el umbral de “un mundo feliz“.

Por cierto, feliz año nuevo.

 

Comandante Emoción

En presencia del miedo, podría argumentar, mis emociones tomarán el control de mis operaciones y asumirán que estoy incapacitado para pilotarme a mí mismo. Es más, estaré encantado de que lo hagan porque es la única garantía que tengo de que mi instinto de supervivencia me haga actuar como otras normas aprendidas me impedirían hacerlo, quizás. Por ejemplo, darle un puñetazo al pasajero de al lado en caso de que uno de los compartimentos de mascarillas se atore y sólo dispongamos de dos donde debería haber tres.

“En caso de pérdida de presión en cabina, los compartimentos sobre sus asientos se abrirán y dejarán caer máscaras de oxígeno. Para activar el flujo, gire la máscara, aplique sobre su nariz y boca, ajuste la banda elástica y respire normalmente. Los adultos sentados cerca de un niño u otra persona que requiera ayuda deben colocarse su propia máscara en primer lugar y luego prestar asistencia…”

Hay pocos protocolos en los que estemos más universalmente de acuerdo que en el de las instrucciones de seguridad de los aviones. Se trata probablemente del único decálogo en el que no se distingue entre sexo, raza, edad, religión, nacionalidad o nivel educativo. Por no hablar del socioeconómico, claro; los pasajeros de primera clase y los turistas de low-cost nos ajustamos al mismo rasero una vez que entramos en el club de los diez mil metros de altura (y bajando).

Llegado el caso, sin embargo, estoy convencido de que las reacciones de mis compañeros de viaje a la súbita despresurización de la cabina no responderán a esa cuidadosa coreografía que miles de asistentes de vuelo deben de estar intepretando ahora mismo en todos los idiomas conocidos del planeta. Mucho menos en esa recomendación tan concreta de que en caso de ir acompañados de nuestro hijo o hija pequeños mantengamos la calma y nos coloquemos la mascarilla nosotros primero. Vaya por delante que no tengo ninguna duda del supuesto racional en el que está basado esta instrucción, pero tampoco tengo demasiadas dudas de que, si me toca, mi desobediencia será absoluta. Es más, creo que no seré el único en esta actitud tan rebelde como irracional. Simplemente, frente a las órdenes del comandante del vuelo, me temo que mi voluntad se doblegará ante otra autoridad más imperativa, la de mis propias emociones. Me dará igual haber prestado atención (y lo hago siempre, por un respeto solidario a cualquier actor que representa un papel y que hago extensible a todo el personal aéreo) en todos y cada uno de los vuelos que he realizado desde hace décadas. En cuanto caiga la mascarilla lo primero que haré será colocarla en la cara de mi hijo, y ya después me ocuparé de la mía.

En presencia del miedo, podría argumentar, mis emociones tomarán el control de mis operaciones y asumirán que estoy incapacitado para pilotarme a mí mismo. Es más, estaré encantado de que lo hagan porque es la única garantía que tengo de que mi instinto de supervivencia me haga actuar como otras normas aprendidas me impedirían hacerlo, quizás. Por ejemplo, darle un puñetazo al pasajero de al lado en caso de que uno de los compartimentos de mascarillas se atore y sólo dispongamos de dos donde debería haber tres. No sigo por ese camino para que nadie me impida subirme a un avión durante los próximos diez años basándose en lo declarado en este escrito como una prueba de mi inadecuación para la convivencia aérea.

Y todo gracias a que durante los cuarenta años que llevo volando y asistiendo al microteatro de emergencias celestiales a ninguna línea aérea se le ha ocurrido ponerse en mi lugar, sino simplemente darme órdenes como si fuera un cargamento entregado a mi suerte sin capacidad de cuestionamiento. Algo de eso habrá, supongo; desde el momento que nos sentamos en una máquina de acero que vuela, nuestra lógica sufre un colapso que le lleva a aceptar todo tipo de anomalías (un lugar donde el agua se paga más cara que el tabaco es claramente un entorno extraterrestre). Sin embargo, yo preferiría que, por una vez, alguna compañía aérea fuera más compañía que aérea y me regalara los sensatos razonamientos que sostienen cada instrucción de seguridad, sin que tenga yo que deducirlos por mi cuenta. Que nos pusieran un vídeo en el que se explicara de qué modo las ondas de nuestros teléfonos móviles son capaces de cortocircuitar el sistema de comunicaciones de la nave, por ejemplo. O quizás, como en el caso que me sirve de pretexto, cuántos segundos sin llevar la mascarilla son suficientes para que mi cerebro note la diferencia de oxígeno y empiece a marearme tanto como para no poder servir de ayuda a mi hijo. Porque al final ése va a ser mi motor y no otro. Es lo que tengo grabado a fuego en algún pliegue de mi inconsciente, atado a una emoción que me construye y que no parece que compartan mis anfitriones de vuelo.

Pienso en todo esto mientras leo el libro de Eduardo Lazcano, “Comunicación Emocional”. Imagino al autor en el asiento de al lado explicándome con la misma paciencia y claridad con la que lo hace en su libro, los mecanismos por los que cuanto mayor es la percepción de peligro, de ansiedad, de angustia, de miedo, de amontonamiento de estímulos… más respondemos a nuestras emociones y menos a las razones. No me vendría mal que Eduardo, con esa sonrisa que se gasta cuando se mete en harina mientras le brillan los ojos como a otros les brillan las armaduras (cada uno tiene sus armas), me volviera a explicar eso de que el cerebro que piensa lo hace a una velocidad de 55 bits por segundo y el que siente lo hace millones de veces más rápido. A lo mejor con un interlocutor así, que no me tratara como a una maleta sino como a un pasajero con piernas (quizás sea ése el quid, la disminución del espacio entre asientos; después de todo, sin piernas uno se parece mucho más a una maleta), que me dijera: mira, Alain, entiende que tu hijo te necesita plenamente consciente para ayudarle en una situación para la que ninguno de los dos os habéis preparado realmente, y que los diez segundos que tardas en ponerte la mascarilla deterioran la calidad del oxígeno que llega a tu cerebro y, por tanto, tu velocidad de reacción, así que ahora respóndete tú mismo, ¿qué tipo de ayuda quieres ser para tu hijo en caso de accidente?

Cierto es que las probabilidades de que uno se encuentre en una situación tan dramática como la que nos han hecho imaginar desde que los aviones se convirtieron en el escenario favorito de las películas de catástrofes son escasas. Pero como nos lo recuerdan cada vez que rodamos lentamente hacia la pista de despegue (en realidad para distraer nuestra atención de la inminente tensión que nos supone dejar de pisar tierra firme) se ha convertido en algo que presentimos mucho más cercano de lo que en realidad sucede. Es un ejemplo extremo de lo que vivimos cada día en cada momento. El ser humano se empeña en alimentar sus miedos o en permitir que se los alimenten. Miedos pequeños y grandes, como el miedo a no ser deseados, a ser reemplazables, a ser indiferentes, o a no estar a la altura de las expectativas que despertamos, ya sea como personas, como compañías, como naciones o como especie. Miedos que nos impiden en los contextos más cotidianos el poder tomar una decisión al ritmo sosegado y reflexivo de nuestro razonamiento y nos conducen una y otra vez a la vorágine de la decisión sentida, intuida, irreflexiva, subjetiva… en fin, emocional.

Nada de eso es probable que llegue a cambiar, por lo menos no hasta que máquinas y humanos lleguemos a una relación tan imbricada que la velocidad de la cabeza iguale a la del corazón. Hasta esa nueva vuelta de tuerca en la batalla que iniciaron Kasparov y Deep Blue viene bien leer el libro de Eduardo. No, como muchos a lo mejor desearían, como ese manual de trucos para aprender a comunicarse con las emociones de los demás y llevárselos al huerto, sino para entender que sin esa emoción, la ajena y la propia, no existe posibilidad alguna de comunicación, es decir, de ponernos de acuerdo en la más mínima cosa, y mucho menos en eso que yo quiera vender y otro desee comprar.

Lo que me recuerda una maravillosa canción que os dejo aquí como regalo prenavideño :), con especial dedicatoria a Eduardo, con quien es siempre un placer compartir desayunos esporádicos y esclarecedores.

Por cierto, para los interesados, el libro de Eduardo está disponible en Amazon, y en otras librerías. Por si acaso, os dejo el enlace al mismo: https://lnkd.in/ghPMnez

El futurismo es un gran invento

En nuestra sociedad el innovador o el creativo (no los igualo yo, sino el contexto de comunicación en el que ambos se empastan) es alguien especial, con una conciencia crítica a prueba de desmayos y un talento capaz de superar el recelo que previamente despierta. ¿No será mucho pedir a la gente que asuma ese papel con alegría? Más aún, la mayor incongruencia es que la innovación se relaciona en fin con eso que tanto nos desagrada de mirar al futuro por el retrovisor. No, desde luego la innovación se cuenta mal. El futuro se vende fatal. Precisamente porque no se vende como futuro, sino como anti-pasado.

Si nos fijamos en lo que se anuncia, la verdad es que el futuro se vende muy bien. De hecho, el futuro es lo único que se vende. Ninguno compramos un coche por lo que es, sino por lo que seremos. Y lo mismo pasa con el smartphone, el tatuaje, el teñido, el suavizante, el político o el reloj. Compramos visiones de un futuro mejor, feliz o, por lo menos, nuestro. Comprar es como firmar un contrato con nuestra existencia futura, como una garantía al menos íntima de que mañana también estaremos en este mundo. Por eso digo que no compramos otra cosa que futuro. Y por eso es tan sospechoso constatar una y otra vez que el futuro se vende, en realidad, muy mal.

Con este planteamiento alguno que me lea pensará: ya estamos mareando la perdiz. ¿Se vende bien el futuro o se vende mal? ¿En qué quedamos? Es una paradoja tan solo aparente, pero es donde radica el quid de la cuestión que intento abordar en esta pequeña reflexión. ¿Por qué digo que se vende mal el futuro justo dos líneas después de afirmar lo contrario? Porque ése ha sido mi trabajo en los últimos veintitantos años. Y digo yo que algo que fuera fácil no me habría dado de comer tanto tiempo. Ironías aparte, el futuro que cuesta vender es ése al que llamamos innovación, transformación digital, sostenibilidad, etc. etc., es decir, el futuro de las grandes abstracciones. Seguramente hay alguien que se divierte observando cómo algunas palabras pierden significado a medida que se mencionan. Pasa con otras, libertad, democracia, igualdad… Las grandes palabras alcanzan muy rápidamente su umbral de contenido y se someten a la ley del máximo común divisor. Y no lo puedo evitar, siempre que pienso en esto me acuerdo del tulipán.

No la flor, sino la margarina. Cuando yo era un niño se hizo muy famoso un anuncio en el que se celebraban las infinitas cualidades para combinar y mejorar cualquier merienda que tenía aquel producto prodigioso. El eslogan “tulipán y cualquier cosa” servía de contundente remate, uno de esos eslóganes que sobreviven a cuatro décadas de bombardeo publicitario, ya se me nota. El caso es que me lo creí tan absolutamente que convencí a mi madre de que en mi siguiente merienda el bocadillo llevara, además de lo que ella hubiera considerado, una generosa capa de tulipán por ambos lados. Mi madre, ejerciendo de madre generosa y complaciente, me entregó el siguiente bocata con mucho tulipán y… foie-gras. Todavía no sé si lo hizo a conciencia, para desengañarme del todo de las promesas televisivas, pero aquel empaste, aquel mejunje era incomible. La realidad había respondido a la ficción de manera inmisericorde. Fue un zasca en toda la boca, literalmente.

Con la Libertad de las pancartas y la Innovación de los powerpoint me pasa un poco lo mismo, que quedan bien “con cualquier cosa”, aunque si uno analiza su presencia se da cuenta rápido de que son términos que sirven para que lo defiendan por igual tirios que troyanos. Por no adentrarme en vericuetos políticos me ceñiré aquí a los empresariales. Hace tiempo que en las charlas de negocios ya nadie se molesta ni siquiera en introducir el concepto de innovación ateniéndose a la definición original del Manual de Oslo. Para qué. Innovación tiene nombre de perfume (me atrevería a decir que de CK), suena mejor cuanto más misteriosa es su composición. De hecho, ha pasado del continente al contenido. Ya no se nos pide que hagamos cosas innovadoras, sino que seamos innovadores, y en esa transición del hacer al ser hemos terminado por ser víctimas de nuestra propia ilusión.

Ahí es donde la ficción se embarra con el foie-gras, o lo que es lo mismo, donde la innovación se vuelve intragable. En ese preciso instante en el que innovar se vuelve una experiencia religiosa. ¿Por qué tuvimos que ponerle nombre a algo que la especie ya venía haciendo de un modo recurrente? Evidentemente por la misma razón por la que los humanos nominamos todo lo que nos rodea, incluso lo invisible, para controlarlo, para someterlo. Eso que queremos que todo el mundo en nuestras organizaciones practique no es otra cosa que la innovación domesticada. A poco que se piense, todo un oxímoron. No sólo queremos innovación, sino que además la queremos dirigida, regulada, cronometrada y eficiente. No quiero ni imaginar el estrés al que hubiéramos sometido al hombre de las cavernas para lograr el fuego dentro de nuestros parámetros actuales de búsqueda de la innovación.

Y donde digo innovación hagámonos cuenta de que se puede sustituir por otro de los grandes mantras de nuestra era, la transformación digital. Ambos (y otros más) no dejan de ser sinónimos de un futuro que pretendemos que sea mejor, y a ser posible gracias a nosotros y a nadie más, para alcanzar el nivel deseado de competitividad que reside en la base de toda esta carrera. Decía antes que el futuro se vendía mal, y la demostración está en lo que nos cuesta ponernos a trabajar en él. Deseamos un futuro mejor, sí, pero que sean otros los que nos lo den hecho. De ahí que poco a poco se consolidase la firme creencia de que el futuro -inventarlo, predecirlo, construirlo- era cosa de elegidos (elegidos para la gloria, que decía Tom Wolfe, cuando hablaba de los chicos de la NASA que asumieron la responsabilidad de hacer llegar a todo un país a la Luna). El drama surge cuando en nuestros días, en nuestros trabajos, lo que era responsabilidad de unos pocos se convierte en una exigencia para todos. Máxime ahora que la mitad de la población está obligada a serlo para poner en pie su medio de subsistencia.

A la presión por innovar se suma, así, una percepción mística de la innovación, como algo propio de seres especiales. Sé de lo que hablo porque en mis años de trabajo me he/han situado casi siempre de ese lado especial, el de los creativos. La de veces que habré escuchado la frase “claro, como tú eres creativo”, no siempre como alabanza, todo hay que decirlo. A medida que se imponían nuevas modas nos dábamos cuenta de que esa pretendida envidia hacia la práctica creativa tenía en realidad matices de discriminación, como si fuéramos los depositarios de un don celestial, de una cualidad innata que nos condenaba a no salir de ella en nuestra vida. Lo traigo a colación porque entiendo que gran parte de los frenos de las organizaciones que persiguen incrementar sus niveles de innovación residen en ese prejuicio de que hay que haber nacido para ello, o lo que es lo mismo, estar condenado a ello de antemano. Es la maldición que ha caído sobre los nómadas de todo signo desde que Caín echó a andar: inventores, descubridores, pioneros, creativos, fabuladores de cualquier disciplina, incluso de las más técnicas.

Con todo, aún faltaba un ingrediente para que la tormenta fuera perfecta, y es que la innovación se plantee las más de las veces con una intención correctora. Baste recordar el maravilloso cuento de H.C. Andersen, “el traje nuevo del emperador”, para ser conscientes de lo difícil que es levantar el dedo y señalar algo que fuerce a quienes nos rodean a vencer su inercia. Al innovador se le supone, o más bien se le exige que tenga el valor de destacar el error al que todos los demás nos hemos resignado, y después la capacidad de ofrecer la solución correcta. Si no cumple con ambos requisitos se arriesga a ser señalado, primero por aguafiestas o soberbio, y después por frustrar nuestras expectativas llegado el caso de que falle. Corregir, que es enmendarle la plana al pasado, ya requiere de una mentalidad antipática, sobre todo cuando el presente lo hemos construido y aceptado entre todos. O como (dicen que) hubiera dicho Roosevelt, este presente es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta. Y ahora vienes tú a cantar distinto. No es de extrañar que muchos temblemos ante la invitación a convertirnos en innovadores a tiempo completo, que es como pedirnos que demos un paso al frente y arrojemos la primera piedra, una imagen de nosotros mismos verdaderamente muy poco seductora. ¿No es mucho pedir a la gente -ciudadanos, empleados, consumidores, empresarios- que asumamos ese papel con alegría? Más aún, la mayor incongruencia es que la innovación se termina por relacionar finalmente con eso tan criticado (y tan feo) de mirar al futuro por el retrovisor. No, desde luego la innovación se cuenta mal. El futuro se vende fatal. Precisamente porque no se vende como futuro, sino como anti-pasado.

Llevo más de veinte años peleándome -a menudo de un modo involuntario- con ese planteamiento, y creyendo que el foco hay que colocarlo no en lo que no queremos que esté, sino en lo que tarde o temprano estará. Nos sería más provechoso, mucho más, ayudar a percibir el futuro como algo que va a ocurrir de todos modos. Con la misma certeza con la que revestimos la compra de cualquier artículo. Cuando compramos un coche nos vemos conduciendo más seguros, más rápidos o más felices. Nos vemos sin ningún género de dudas en una nueva situación, de hecho la deseamos, anhelamos acortar el tiempo entre nuestra decisión y la futura realidad en la que ya nos estamos imaginando.

Si ayudamos a virar nuestro punto de vista 180º nos encontraremos que en vez de tener que enfrentarnos a la solución de un pasado (que por definición ya es irresoluble) que nos deja de nuevo abocados al vértigo de un futuro incierto, podríamos asumir que hay un futuro cierto hacia el que podemos avanzar a mayor o menor velocidad. Anticipar el futuro inevitable me parece una definición de innovación mucho más práctica, mucho más fácil de asimilar por cualquiera, sean cuales sean sus dotes creativas. No se tratará ya de ponerse a inventar soluciones en el vacío, sino a seguir un camino trazado, tal vez algo parpadeante, sí, pero en una dirección que podemos intuir o incluso conocer de antemano.

Puede que alguno dude (o quizás se irrite) ante esta afirmación, la de que conocemos en gran medida el futuro que será. Pero basta con mirar lo que otros antes que nosotros dedujeron que ocurriría, simplemente siguiendo la sutil línea que conecta lo que fue con lo que habrá de ser. Cuando decimos que Verne o Asimov, o Clarke o Bradbury fueron capaces de predecir lo que ahora vivimos, y los veneramos por ello, estamos pasando por alto que mucho de lo que avanzaron fue más deducción que invención. Amparados bajo el manto de un género de ficción que les permitía decir y criticar cuanto querían en muchas de sus predicciones lo que mostraban era una total libertad para recorrer un camino que estaba ahí, lo quisiéramos o no reconocer. Si los vehículos habían pasado de la tracción animal a la tracción mecánica, de rodar por el suelo a surcar los cielos, la línea más recta de la evolución terminaría irremediablemente por conducirnos a los coches voladores o a los viajes interplanetarios. Que después sus predicciones se hayan hecho realidad se debe tanto a que nos inspiraron visiones de ese futuro que podría ser como a que se convirtieron, a su manera, en historiadores de un pasado que todavía no habría sucedido.

En cualquier caso, el universo predictivo también ha sufrido el impacto de lo digital (el propio Asimov ya lo anticipó en Fundación). A partir del Big Data el futuro comienza a ser un itinerario tan previsible como el que nos dibuja Google Maps para ir de casa al trabajo. Puede que no tan aburrido, pero desde luego mucho menos sorprendente de lo que solía ser. Mi generación quizás sea la última en quedarse boquiabierta de asombro ante la fantasía futurista. Y no hablo sólo del Mazinger Z de mis once años, sino incluso del reconocimiento de pupila y las pantallas interactivas de Minority Report, mucho más reciente. La generación de mi hijo pequeño apenas parpadea ante la avalancha de inventos que surgen cada nueva temporada. Lo de ser nativos digitales afecta a algo más que la simple pericia intuitiva en el manejo de dispositivos; también influye en su umbral de expectativa ante las posibilidades tecnológicas. Puede que ése sea uno de los precios que haya que pagar a cambio de que el futuro deje de ser sinónimo de incertidumbre, el de que la magia ya no resida más en los inventos materiales y retorne a lo que siempre fue, el territorio de un misterio intangible.

No creo que la respuesta esté en que, como se escucha a más de una voz interesada, nos obliguemos a “abrazar el futuro” con fe de carboneros. Entre las dos fuerzas antagónicas, una que se resiste al cambio y otra que señala lo que está mal y hay que corregir, nacería una tercera vía (tan denostadas siempre, las terceras vías) que vendría a sostener que la realidad no está mal sino que es un paso más hacia un futuro que podemos dibujar con creciente exactitud. La pregunta ya no sería si queremos o no cambiar las cosas; la cuestión es ¿queremos ser los últimos en llegar al futuro que será, o queremos estar ahí y disfrutarlo antes que otros? Es muy probable que ahí radique la manera de vender el futuro (de un modo muy parecido a como se nos ha vendido el iPhone), en presentarlo no como algo que corrige lo malo del pasado sino como algo que anticipa lo inevitable, y quizás en esa suma de futuro y certidumbre podamos evitar el habitual sinónimo del mañana que es la intranquilidad, y sus angustias asociadas, la aversión al riesgo y el miedo al fracaso.

El Cuándo es el nuevo Qué

Nunca como ahora el sentido de la oportunidad ha sido más oportuno ni ha tenido más oportunidades de éxito. Salvo que lo que sepas hacer sea absolutamente único (y aún así, habría que ver si esa originalidad tuya resulta oportunamente atractiva) si no eres capaz de encontrar el momento idóneo de la vida de tus usuarios/consumidores en el que aparecer estás condenado al olvido.

(foto: http://www.albertocerriteno.com)

Empezaré por el final. Tanto si se trata de una marca empresarial como de una marca personal la pregunta que importa ya no es qué puedes hacer por tus clientes sino cuándo puedes hacerlo.

Es una pregunta que obliga a pensar de manera distinta a como solemos pensar a la hora de ofrecer nuestros productos o servicios a los demás, productos y servicios que, gracias a las redes y medios sociales, son hoy todo lo que se extiende ante nuestros ojos, incluidos nosotros mismos. Pero es una pregunta, además, que refleja con más precisión que otras el cambio de contexto surgido de la revolución digital.

De hecho es la pregunta sobre la que se basa la economía digital y, todavía más crucial, la manera en la que las siguientes generaciones a partir de la actual consumirán información y conocimiento. El conocimiento de la era A.G. (antes de google) era un tesoro a acumular para cuando hiciera falta. ¿Recordáis? El saber no ocupaba lugar, y eso que los libros se imprimían todos en papel y no en pedeefe. La revolución digital, como otras anteriores, lo que ha hecho básicamente es comprimir el espacio y, consecuentemente, acelerar el tiempo. El conocimiento se puede almacenar en cualquier sitio menos en nuestras cabezas y, en ese conocimiento que somos capaces de alojar en la nube, en la niebla o en el limbo convive todo, desde la lista de los reyes godos o la tabla periódica hasta el callejero de Calcuta. No lo memorizaremos y olvidaremos como veníamos haciendo desde tiempos de los romanos, ya no. Simplemente no pensaremos en ello hasta que llegue su minuto.

Todos entendemos que es un alivio el no tener que memorizar este tipo de información (tan inútil ¿verdad?), pero con los nuevos usos llegan nuevas maneras de pensar y el consumo de información se traslada a otros ámbitos de nuestra vida menos fríos, más personales. Ya nadie se esfuerza en recordar un número de teléfono, pero tampoco la plaza de parking en la que dejó el coche o la receta de una comida, o el cumpleaños de los amigos, incluso de los más cercanos. No tenemos tiempo para eso. Ya lo buscaremos cuando lo necesitemos o, en el mejor de los casos, habrá una aplicación que nos mandará un aviso en el momento adecuado.

Por eso, cuando una empresa o un profesional me pide que le ayude a definir su estrategia de comunicación ya no considero que sea tan importante el contar qué es lo que hace como cuándo lo hace; es decir, en qué momento de la vida de la gente (usuarios, consumidores, público…) va a ser útil o relevante. La pregunta, como digo, cambia la manera de pensar y de pensarse. Ya no es significativo que digas que haces comida para llevar, o coaching de directivos o control de calidad de alimentos o diseño de exposiciones o guiones de cine o motivación contra las adicciones, o lo que se te pueda ocurrir que hacéis tú, tu organización y otros cien millones de personas más en este mundo globalizado (es decir, comprimido y acelerado). Simplemente dime que estarás ahí, en el momento que me haga falta y puede que de este modo te incorpore a mi lista de “porsiacasos” que me importen.

Nunca como antes el sentido de la oportunidad ha sido más oportuno ni ha tenido más oportunidades de éxito. Salvo que lo que sepas hacer sea absolutamente único (y aún así, habría que ver si esa originalidad tuya resulta oportunamente atractiva) si no eres capaz de encontrar el momento idóneo de la vida de tus usuarios/consumidores en el que aparecer estás condenado al olvido. Y hablo tanto de tiempo horario como de tiempo emocional. El primero es fácil de entender, y de hecho lo intuimos incluso en aspectos tan menores como cuál es el mejor día para subir una foto a facebook, por ejemplo, pero es una tarea en la que los robots nos relevarán muy pronto si es que no lo han hecho ya. El momento de las emociones es un aspecto mucho más interesante y fructífero. Casa Tarradellas ha resuelto brillantemente su última campaña con ese “está cuando hace falta”. Lo podía haber dicho cualquiera de los productos de “convenience”, pero lo han dicho ellos, concentrando en la pizza precocinada el deseo íntimo de todo el universo de la generación digital. Aplausos. Es el mensaje propio de una app o de un influencer, pero aplicado al mundo físico, a las cosas de comer.

Igual que pasa con las personas, hay una divisoria entre mensajes nativos y mensajes migrantes digitales. A estos últimos se les nota que todavía hablan mucho del qué y poco del cuándo, que sueltan su rollo esté quien esté delante y en el contexto en el que se encuentre. Que les da igual ocho que ochenta, vaya. ¿Qué soy yo? ¿Qué es lo que hago? ¿A qué me dedico? ¿Qué hago mejor que los demás? Desde que compiten marcas empresariales y personales el ¿Qué, qué, qué, qué? se ha multiplicado exponencialmente. Y la pregunta es cada vez más inútil e irrelevante. Al otro lado del espejo los mensajes nativos digitales ya desde la misma concepción del producto están pensados para aparecer como el gato de Cheshire, sólo cuando toca.

A partir de la revolución digital abrimos en nuestra vida ventanas de oportunidad cada vez más pequeñas para quien sepa aprovecharlas y colarse por ellas. Ser un experto en lo que haces no sirve de mucho si la ventana está cerrada. Se trata de una oportunidad para pensar  no sólo diferente sino más generosamente; pensar en el momento vital de los demás antes que en lo que uno mismo desea. En cierto modo todo lo que tuvo éxito en el pasado tenía ese sentido del ritmo, del tempo, de la oportunidad. Simplemente ahora todo se ha acelerado de tal modo que tenemos que esforzarnos un poco más para sincronizarnos con el mundo que nos rodea.

Mientras, vivimos lo que corresponde a un período de transición entre ambos lados. A una sociedad como la nuestra, todavía formada en la necesidad de acumulación de datos, le das la inmediatez y nos ocurre como a los chimpancés que descubren el fuego, que lo mismo incendiamos un bosque que descubrimos el jamón ahumado. Son riesgos de los tiempos de cambio. Es el nuevo mercado de la impaciencia. El mismo que nos evita cometer errores cuando buscamos un destino en una ciudad desconocida y que queremos trasladar a todo, incluso a nuestra búsqueda de pareja amorosa.

En el fondo somos tiempo, y ésa es nuestra gran paradoja, que lo efímero sea precisamente nuestro rasgo más estable y esencial. Pues bien, el tiempo corre ahora a favor de las Instabrands.

(english version: https://www.crewators.com/news/2017/4/27/the-when-is-the-new-what)