Perdón

No perdonamos a aquellos (y a aquellas) con quienes nos sentimos en deuda. La mala conciencia nos hace pequeños, y para compensar, tratamos de llevar al otro (a la otra) a nuestra bajura. Cuanto más nos perdonan ellas los gritos, las amenazas, los insultos y todo tipo de violencias de distinto grado, más nos empequeñecemos, nos emponzoñamos, nos enmezquinamos, nos blindamos contra su perdón, que se nos vuelve imperdonable.

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“¿Por qué matan los hombres a las mujeres?” Si se pregunta a Google, así, entrecomillado, restringiendo los resultados (método científico de andar por casa), nos encontraremos con casi cinco mil entradas. Si quitas las comillas el resultado se dispara a casi un millón. En el informe anual que publica la gran multinacional de la información recogiendo sus tendencias más populares quizás no desbanque a un Trump o Luis Fonsi, pero salta a la vista que la inquietud ha aumentado considerablemente en los últimos años, por causas tan tristes como evidentes. En parte es buena señal, viene a traducir que una gran parte de la sociedad trata de encontrar un sentido a algo que no lo tiene. No es el principal motivo de muerte en el mundo, pero como todos los que suceden en el entorno de lo afectivo, quizás sí de los más estremecedores. ¿Matar a quien amamos, matar a quien nos amó? El temor que subyace en cada femicidio es que ese hombre que decide matar a su pareja podamos ser algún día cualquiera de nosotros. De ahí que la pregunta se formule en términos de género y genéricos, y no ¿por qué algunos hombres matan a sus parejas o las mujeres ?, que sería una pregunta que al menos dejaría un margen tranquilizador a los demás. Pero no, lo cierto es que lo único que por ahora parece que tienen en común los femicidas es que son hombres y lo único que tienen en común las víctimas es que son mujeres.

¿Por qué matan los hombres a las mujeres? es una pregunta, por tanto, incómoda, pero inevitable. Y a partir de ella, todas las respuestas, tanto las que apuntan a particularidades como a generalizaciones, se esfuerzan en ofrecer una respuesta convincente, que nos permita encontrar una solución que se demora ya demasiado. El feminismo (y el sentido común) se indigna cada vez que aparece una de esas explicaciones que suenan exculpatorias, ya sea el estrés, los celos, la frustración, la depresión, el alcohol, las drogas o la locura. Pero las mujeres estresadas, celosas, frustradas, deprimidas, adictas o enajenadas no matan a sus parejas, y el razonamiento se desploma, mal que les pese a algunos (y a algunas). El feminismo (y el sentido común) apuntan a una raíz socio-cultural, la mentalidad y la educación machista, patriarcal, que no termina de desembarazarse de la creencia de que la mujer -y su destino- pertenecen o deben obediencia al hombre -y su voluntad-. Sin embargo, esta respuesta, cada vez más asumida, y sus posteriores aplicaciones prácticas en el terreno político y social, apenas han conseguido alterar el curso terrible que cada año se cobra una cantidad similar de víctimas. Es evidente que no es sencillo, máxime cuando el establecimiento de la jerarquía patriarcal se remonta a varios miles de años atrás, pero ¿tan difícil como para no apreciar descenso alguno en el número de víctimas?

¿Por qué matan los hombres a las mujeres? es una pregunta cuyas respuestas hasta hoy parecen incompletas, o lo suficientemente fallidas como para cuestionarse la propia pregunta. Como decía Einstein, ningún problema se resuelve dentro del mismo estado de conciencia con el que se creó. Nuestro cerebro, individual o colectivo, busca certezas, cerrar círculos, y si le preguntan señalando un punto en el horizonte trata de encontrar la respuesta en esa única dirección. Es en ese horizonte común de búsqueda donde se terminan encontrando tanto los que buscan argumentos exculpatorios como los que se concentran en una respuesta generalizada. ¿Por qué limitar la investigación a un único planteamiento? La investigación del cáncer no sólo avanza estudiando a las células cancerígenas, sino también los mecanismos por las que las sanas no enferman. Entonces, ¿por qué no probar a formular la pregunta que permanece oculta, implícita en la que parece que nos estamos haciendo una y otra vez?

“¿Por qué no matan las mujeres a los hombres?” Formulada así, entre comillas, Google no arroja ningún resultado. Es como si se nos hubiera pasado por alto la posibilidad de observar el reflejo de la pregunta habitual, tal vez de un modo inconsciente, o quizás todo lo contrario, demasiado conscientemente (por ahora, no pretendo entrar en ese tipo de búsqueda). Ciñámonos a la pregunta, tan sencilla, de por qué las mujeres no matan ni siquiera en defensa propia a los hombres, ni siquiera a los que las maltratan y amenazan de muerte. Me imagino que en este punto surge una avalancha de respuestas que citarán tanto el Síndrome de Estocolmo como la manipulación, el chantaje emocional, el miedo, la falta de apoyo social… todas ellas válidas, por supuesto, y aun así, insuficientes cuando el recuento de víctimas masculinas a manos de mujeres arroja cifras despreciables, prácticamente inexistentes.

¿Por que no matan las mujeres a los hombres, ni siquiera las que podrían hacerlo? ¿Porque nosotros somos fuertes físicamente y ellas no? Hace tiempo que esa diferencia física no es obstáculo para cometer un asesinato. Otra posibilidad -algo simplista, en mi opinión- es que los hombres somos violentos (ya se sabe, la testosterona) y las mujeres pacíficas. Suena a cliché, pero seguramente hay algo de cierto en esa explicación. Si avanzamos un poco más allá de la dualidad buenas/malos lo que sí suele ocurrir es que la mujer permanece muchas veces al lado del maltratador, incluso después de sufrir agresiones y violencias extremas. Y ahí es donde me parece que podemos encontrar una respuesta tan simple y directa como la pregunta. Las mujeres no matan a los hombres porque, sencillamente, nos perdonan. Aceptan nuestras promesas de reforma, los “no volverá a ocurrir, te lo juro”, en definitiva, nos creen, o lo que es lo mismo, nos quieren creer.

Las mujeres nos perdonan, nos dan oportunidades una tras otra, con cada agresión que queda sin respuesta. Y los hombres no perdonamos, no perdonamos y no terminamos de perdonar, y como no somos capaces de hacerlo terminamos castigando lo que creemos que es imperdonable, ya sea en un momento puntual o acumulando motivos durante toda una relación. ¿Por qué ellas nos saben perdonar y nosotros a ellas no? ¿Da rabia, verdad? Los hombres rabiosos, que no perdonan, matan, castigan a las mujeres por motivos que sólo el hombre decide que lo son. Castigan que amen a otro, que ya no les quieran a pesar de todo, que les lleven la contraria, que sean ellas mismas, que sean felices cuando ellos no lo son, que sean libres, que lleven más dinero a casa, que aprendan a quererse… en resumen, que sean suyas y no nuestras. Ahí es donde milenios de cultura patriarcal se revelan letales, lo queramos ver o no. Tampoco estoy descubriendo nada nuevo. Donde me gustaría detenerme no es tanto en qué es lo que no perdonamos los hombres como en por qué no perdonamos.

Me viene a la cabeza aquella anécdota que algunos ponen en boca de Romanones, un día que le fueron con el cuento de que alguien andaba hablando pestes de él. “Qué raro, no recuerdo haberle hecho ningún favor”, dicen que respondió. No perdonamos a aquellos (y a aquellas) con quienes nos sentimos en deuda. La mala conciencia nos hace pequeños, y para compensar, tratamos de llevar al otro (a la otra) a nuestra bajura. Cuanto más nos perdonan ellas los gritos, las amenazas, los insultos y todo tipo de violencias de todo grado, más nos empequeñecemos, nos emponzoñamos, nos enmezquinamos, nos blindamos contra su perdón, que se nos vuelve imperdonable.

Entiendo que nos duela imaginarnos como seres inmisericordes, cuando somos tan conscientes de nuestra naturaleza compasiva, que exhibimos en muchas, muchísimas oportunidades, pero si reflexionamos sobre la asignación de roles de género con la que nos han educado durante siglos, nos será fácil identificar a la madre siempre compasiva y al padre estricto juez al que se acudía para el castigo sin remisión (como se lo cuente a tu padre, verás). Nuestra sociedad ha entregado mayoritariamente a la figura masculina la potestad de juzgar y castigar. Póngase en manos de alguien empequeñecido y en deuda, y empezaremos a tener pequeñas tormentas perfectas esperando estallar. Y esto, que se hace patente en cada caso individual de maltrato tal vez sea también el reflejo de un complejo mayor, de género. Puede que los hombres nos sintamos en deuda con las mujeres por detentar un poder que hemos basado en una razón sin razón, en nuestra fuerza bruta, sobre la que se erigieron todas las jerarquías de nuestra cultura. La misma fuerza que en un principio nos situaba como defensores de la tribu enseguida nos transformó en opresores. Está en nuestra naturaleza, parece. (Acabo de ver “Matar a un ruiseñor”, el relato del juicio odioso a un hombre negro -inocente- por sentir compasión por una mujer blanca, una humillación imperdonable, otro buen ejemplo de cómo la mala conciencia se vuelve crueldad. También los blancos más racistas se sabían usurpadores de un autoridad adquirida de un modo injusto).

Toda esta reflexión me lleva a la siguiente conclusión. ¿Y si parte de nuestra estrategia contra la violencia machista la basamos menos en ese “castigar a los que castigan” y la empezamos a centrar en “perdonar a las que perdonan”? Más allá del juego de espejos lo que me planteo es que junto a la búsqueda de un gran objetivo final, el de una sociedad más igualitaria, sin machismo, intentemos nuevas vías para evitar el daño inminente, el de los femicidios. Quizás podamos evitar algunas muertes si pudiéramos reconvertir la recompensa (sí, recompensa) emocional que siente el maltratador al castigar por la de perdonar. No es una meta lo que propongo, sólo una etapa que en ningún caso aspira a reemplazar la visión a largo plazo, precisamente porque me temo que el plazo hasta conseguir la demolición de la sociedad patriarcal es todavía demasiado largo.

“El perdón es divino”. Con esa frase, Claudio consiguió que el emperador Calígula condonara el juicio caprichoso de ejecutar a todos los senadores romanos. ¿Y si ayudamos a los hombres a sentirse más poderosos, más hombres, más satisfechos de su autoridad cuando perdonan, y si les enseñamos a sentirse orgullosos de su capacidad de perdón? No digo que esta línea de trabajo sea ninguna panacea universal, simplemente exploro un punto de vista que hasta hoy no he visto reflejado en ningún artículo, debate, mesa redonda o campaña. Hasta ahora, llamándoles criminales no hemos conseguido gran cosa más que consolidar su actitud de jueces fatales. ¿Por qué no probar no a frustrar una vez más su autoridad sino a convertirla en benévola, a ver qué ocurre? Hasta hoy exploramos los confines del castigo, de la violencia, del daño, pero no parece que hayamos dedicado demasiado tiempo a investigar los mecanismos del perdón. Me parece que tratar de evitar las muertes subrayando su maldad sólo ayuda a que el asesino sienta peor conciencia de sí mismo, y menos esperanza de recuperar los rasgos de esa humanidad con la que un día fue capaz de mostrar y reconocer amor.

Entre medias

Mi punto de (nueva) partida es muy sencillo: estoy absolutamente convencido de que una especie que desoye sistemáticamente a la mitad aproximada de sus individuos será muy difícil que supere con solvencia los desafíos que vaya a encontrar en su camino.

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Llevo ya varios años tratando de quitarme de encima el peso de un contexto cultural machista, al que me ha costado muchos años identificar y reconocer como realmente dañino, no sólo para los mujeres, que son quienes más lo sufren, por supuesto, sino también para los hombres. Me siento como si me hubieran criado dentro de una secta, convencido de que me comportaba a la perfección según las reglas, y hubiera tardado más de cuarenta años en salir de ella. Es todavía reciente y creo que, de todos modos, siempre tendré resabios de esa crianza machista de la que no hemos podido escapar casi nadie de nuestra generación o de las anteriores.

¿Por qué preocuparme ahora por dejar de ser algo con lo que he podido vivir mal que bien durante la mayor parte de mi existencia? ¿Por qué alterar mis convicciones, mis actitudes y mi forma de actuar justo ahora que se supone que he entrado en la madurez, es decir, que ya no soy víctima de los juicios precipitados, de las modas o de los miedos? Mi punto de (nueva) partida es muy sencillo: estoy absolutamente convencido de que una especie que desoye sistemáticamente a la mitad aproximada de sus individuos será muy difícil que supere con solvencia los desafíos que vaya a encontrar en su camino.

Más aún, si los hombres no somos capaces de escuchar a las mujeres, de atender los temores, dolores, maltratos o injusticias que les infligimos, cómo vamos a ser capaces de prestar atención a otras “minorías” como puedan ser los ecologistas que nos piden responder al cambio climático, o a quienes pasan hambre o huyen del terror. Por no hablar de quienes viven bajo el umbral de pobreza, quienes son víctima del acoso en todas sus variantes o de los marginados por su identidad sexual entre tantas y tantas comunidades cuyo peso demográfico está muy alejado del de los más de 3600 millones de mujeres que habitan el planeta.

3600 millones a los que literalmente no hacemos mucho caso. Aunque difícilmente somos capaces de reconocerlo en público, y mucho menos de reconocer que somos parte del problema, porque ni siquiera contemplamos la posibilidad de ser parte de la solución. La reacción más habitual con la que me encuentro cuando propongo en una conversación que los hombres nos atrevamos a reconocer que el machismo nos perjudica también a nosotros, es de cierta incredulidad, de rechazo sin fisuras. Eso serán otros, me dicen, para acto seguido entrar en distintos niveles de distracción, el más habitual entre los “no machistas”, el de reclamar un mundo igualado por los méritos de cada cual.

El razonamiento es de nuevo bien sencillo, ¿de qué nos defendemos tanto? ¿por qué nos sentimos atacados cada vez que una mujer reclama aquello a lo que las democracias occidentales hemos dicho que tiene derecho? ¿por qué nos colocamos en la posición de víctimas de algo que no es contra nosotros? ¿acaso los derechos tienen un volumen fijo que suponga que cuando una persona aumenta los suyos otra tenga que disminuirlos? ¿dónde se ha visto algo así?

Sólo en un tipo de lucha, la lucha por el poder. Basta esa reacción, esa negación cabezota y contumaz, para entender que en el fondo el hombre es muy consciente de que disfruta de un poder ilegítimo, al que presuponemos una fecha de caducidad, como creemos que les ha ocurrido a todos los poderes ilegítimos que hemos visto caer a lo largo de la Historia (otros persisten como estructura polimorfa). Y nos resistimos a entregarlo con todas las armas a nuestro alcance. Es evidente que ningún poder se entrega sin resistencia, y mucho menos el que detentamos sin habérnoslo ganado.