Elegidas para la gloria

Hay algo en esta constante llamada a la paridad de género que me resuena anacrónico. Imaginemos que pidiéramos que todos los pasajeros del Titanic tuvieran pasaje de primera. Sin duda es una ambición honrosa, legítima. ¿Pero de qué servirá que todos -mujeres y hombres- estemos confortablemente instalados en nuestro camarote de lujo mientras el barco se hunde? ¿Por qué no dedicar todo este tiempo y esfuerzo a inventar, a crear el mundo que queremos en vez de a combatir el mundo que no queremos? ¿No sería ese precisamente el modo de actuar arquetípicamente masculino?

Inspiring Girls es una fantástica iniciativa que tuve la suerte de conocer al poco tiempo de su andadura. Parte de una premisa muy sencilla, la de que lo que no se ve no existe (por eso dicen que nunca nos hubiéramos imaginado a Obama en la Casa Blanca si Morgan Freeman no nos lo hubiera hecho creíble antes en el cine). De este modo han conseguido que en muy pocos cursos muchas niñas hayan recibido en sus aulas la visita de mujeres que han desarrollado su carrera académica y profesional en lo que se conoce como STEM por sus siglas en inglés (Science, Technology, Engineering and Mathematics). Las cifras oficiales que muestran la enorme distancia entre hombres y mujeres a la hora de acceder a ese tipo de estudios no hacen otra cosa que darles la razón, y la respuesta y repercusión de su propuesta ha sido magnífica. Es buena señal, puesto que nos permite reconocer que esas vocaciones inexistentes son en gran medida reflejo de un modelo de sociedad y educación que las ha truncado cuando nuestras hijas aún se encuentran cursando la secundaria.

Con ese mismo objetivo me gustaría aportar una pequeña reflexión a la causa “inspiradora”. Desde siempre, mucho antes de que hubiera sensibilidad alguna respecto a la brecha de género, hemos escuchado, nos han enseñado, que uno “tiene que valer” para algo. Si no “vales” para Ciencias, para Letras, nos decíamos. Si no vales para “Letras puras”, pues para “Mixtas”, y así sucesivamente, hasta el punto de que, consecuentemente, uno mismo acababa por renunciar, rechazar y hasta repeler cualquier contenido que no fuera aquel que le aceptara como “válido”. Ya sabemos lo difícil que resulta persistir en el amor no correspondido, y lo escasa que anda la autoestima en la pubertad. A partir de ahí, la generación de estereotipos es inevitable, los de Letras nos convertimos en profesionales de lo intangible, de lo poco práctico, inútiles para el mundo real, creativos o soñadores o ilusos, cuando no ratones de biblioteca y eruditos de lo que al hombre de la calle ni le va ni le viene. Y los de Ciencias, cuadriculados, calculadores, racionales, fríos, aburridos y -si hablamos de ingenierías- algo sobrados.

Pero esa pregunta, ese “para qué valemos” tan aparentemente inocuo guarda más veneno del que parece. Al formularla descargamos la responsabilidad de ser útil en la persona y no en la disciplina. Es como si se estableciera desde un principio que la ignorancia de una materia le restara a uno mismo la posibilidad de evaluar aquello que estudia. Somos nosotros los evaluados, los medidos, los cuestionados.

El mismo concepto de Inspiring Girls parece venir a subrayar esa inercia al poner el foco en afirmar y reafirmar a las niñas que sí, que por supuesto, que ellas “valen” para ciencias y tecnológicas, que no se desanimen por la aparente invisibilidad femenina en esas áreas. Entre líneas de un mensaje de respaldo (más que necesario, sin duda) se cuela el mismo estado de conciencia con el que se generó el problema, el de un modelo educativo que cuestiona al niño (la niña, en este caso) de manera unívoca, sin aceptar a cambio cuestionamientos sobre sí mismo.

Dicho de otro modo ¿por qué nunca se escucha la pregunta de para qué les vale a las mujeres la tecnología, la ciencia o las matemáticas? Damos por sentado que son valiosas en sí mismas, pero lo son dentro del contexto de un mundo en el que predomina lo masculino. Las ciencias que estudiamos y la tecnología que desarrollamos no han nacido en una atmósfera aséptica sino en un entorno concebido según una mentalidad cargadita de testosterona. Los hombres no nos preguntamos para qué nos sirven las STEM, claro que no, ya lo hicimos hace mucho, mucho tiempo. Las fuimos creando a nuestra imagen y semejanza, sin contar con las mujeres (no tengo nada que objetar al respecto; ese empeño de algunos en enmendarle la plana a la Historia es una de esas obsesiones ridículas que solo sirven a intereses muy particulares).

El caso es que cuando les pedimos a las niñas que abracen la vocación STEM en realidad las estamos invitando a cuestionarse si “valen” para estudiar unas materias descritas y desarrolladas para un mundo que ni ha pensado en ellas ni ha sido pensado por ellas. Suena un poco exagerado, claro que los avances científicos sirven para todos, nos sirven a todos, hombres o mujeres, me diréis. La penicilina no distingue el género de la persona a la que cura. Por supuesto que no, pero no hablo de quién se beneficia, sino de dónde nace. Por poner algunos ejemplos, no eran las prioridades femeninas las que impulsaron la revolución náutica del milcuatrocientos o la industrial del milsetecientos, ni muchas otras que han cambiado el mundo y, aún más, lo han orientado a seguir pensando y avanzando en la misma determinada y determinante dirección.

Asumo que es una afirmación algo rotunda, esta de que el pensamiento científico y tecnológico llega con el cromosoma XY de serie. Pero si lo pensamos abstrayéndonos por un momento de los tópicos del debate de género en el que nos dejamos envolver recurrentemente (y me consta que no es fácil) basta recordar que los grandes avances científicos se desarrollan en un mundo en conflicto permanente -ya sea luchando contra otros como nosotros, o contra los límites del propio mundo-. No creo que esta sea una hipótesis nada arriesgada, ya que tiene hasta una escena icónica, la del primer arma enarbolada por un primate que termina transformándose en una estación espacial. El gran Arquímedes recibió un estímulo más que suficiente para su polifacética actividad como científico durante el asedio de Siracusa. Replicando esa capacidad de elipsis de Kubrick, desde la Siracusa antigua nos catapultaríamos a un invento, Internet, nacido en el Departamento de Defensa de EE.UU y al que le debemos buena parte de esta llamada a las filas del STEM que hacemos hoy a nuestras infantas. E incluso dando un paso más allá, hasta llegar a lo que Yuval Noah Harari ha llamado en Davos 2020 “la carrera de la Inteligencia Artificial”(después de la nuclear y la espacial), en la que los contendientes “pelean”, una vez más, por acelerar el dominio de un nuevo tipo de armamento que les permita afianzar su hegemonía sobre el resto del mundo.

Ahora que fabricamos máquinas inteligentes ¿qué tipo de pensamiento inteligente les estamos enseñando, ese que se deriva de un paradigma “masculino”, es decir, competitivo, conquistador, agresivo? ¿No cabe pensar el que pudiera surgir un pensamiento científico que nos ayude a crear tecnología desde otro lugar de nuestra mente? ¿Un pensamiento científico femenino desde el origen, concebido no desde el combate y la defensa territorial sino desde la creación de vida? Y no estoy refiriéndome a hombres y mujeres, espero que se me entienda, sino a masculinidad y feminidad. Al igual que hay mujeres desarrollando e incluso liderando maravillosamente una ciencia creada desde lo masculino, en esa otra ciencia de raíz femenina caben por igual hombres y mujeres.

¿Por qué no les preguntamos a las niñas para que les “vale” a ellas la ciencia? ¿Para qué creen ellas que debiera “valernos” a todos? (la pregunta no es ¿para qué quieres ser científica?, el matiz es importante en esta ocasión). Quizás así muchas de ellas sientan que no se las evalúa para entrar en un mundo ajeno, sino para construir uno propio. En todo caso, la pregunta debiera servirnos a todos nosotros. Estamos viviendo un momento que nos obliga a cuestionarnos. ¿Para qué nos vale la tecnología, la ciencia? ¿Para ahondar en lo que hemos sido y hecho hasta ahora como sociedad, como pobladores de este planeta?

Tenemos la oportunidad de inspirar a millones de mujeres que han renunciado a la tecnología, y no solo para sumarse a lo que ya hemos probado sino sobre todo a mostrarnos lo que tanto nos está costando descubrir.

 

P.S. No puedo menos que citar como otra fuente de inspiración el emocionante libro de la polifacética Elena García Quevedo, “El viaje de las mujeres”, apasionante crónica de un descubrimiento que va más allá de lo personal y nos permite escuchar la voz de las “ancianas de la tribu” en medio de este ruido mediático en el que muchas veces se convierte el necesario diálogo -que no lucha- de los sexos.

¿Por delante o por detrás? (de eurídices y orfeos)

¿Y si por una vez nos atreviéramos a pensar, a contarnos que en realidad no era Eurídice la que iba tras los pasos de Orfeo sino a la inversa? ¿Y si Orfeo se giró para buscar a su amada detrás de él cuando en realidad lo que no se atrevía a plantearse es que ella pudiera ir por delante?

Lo de raptar mujeres en el mundo antiguo parece que era algo común. Perséfone, Europa, Eurídice o Helena por citar las más notorias, fueron capturadas y encerradas lejos de sus familiares atendiendo al capricho de dioses, reyes o pastores, lo mismo daba, ya digo, secuestrar mujeres tenía algo de deporte olímpico en el estricto sentido del término.

Desde hace unos días le vengo dando alguna que otra vuelta al mito órfico, que es la manera erudita -pedante- de citar la leyenda de Orfeo -el músico prodigioso, el hijo de Apolo y de la musa Calíope- y de su esposa Eurídice, la pobre, primero raptada por un pastor y después víctima fatal de la mordedura de una víbora. Para los que no tengan ahora el ánimo de googlearlo, el desesperado Orfeo, poseedor del don de interpretar una música capaz de amansar fieras y monstruos, desde las sirenas al can Cerbero, consigue enternecer también con el tañido de su lira el corazón de Hades, el dios del Averno, que accede a que la desgraciada muchacha pueda retornar al reino de los vivos. Mal que le pese a Hollywood, con un final feliz no tendríamos mito ni tragedia griega, así que al esposo sólo se le impone una condición, la de no mirar a la cara de Eurídice en tanto la pareja no haya culminado su largo ascenso hacia la luz (¿de dónde creíais que había nacido la frase más famosa de Poltergeist si no, criaturas?).

Lamentando el spoiler, efectivamente, sí, Orfeo, casi a punto de poner el pie a este lado de la realidad, duda. Por un momento cree haber dejado de escuchar los pasos de Eurídice a su espalda y vuelve la mirada temiendo que ella no le siga. Y sólo por ese momento de flaqueza en el ánimo de su esposo, Eurídice es devuelta, ya para siempre, al reino de los muertos. Moraleja, cuando el miedo se sobrepone al amor, aunque sólo sea por un instante, la desgracia está servida. Bonita historia. Así nos la han contado una y otra vez, reforzando en nuestro imaginario la figura del héroe masculino, capaz de arrostrar el mayor desafío posible, que es el de descender a los infiernos, para salvar a una desdichada y frágil mujer. Pero, me da por pensar, quizás la historia se pudiera contar de otro modo (la misma historia, el mismo final) y de ahí extraer una lectura menos tópica, menos complaciente con los roles habituales de chico salvador y damisela en apuros.

Cabe suponer, sólo por un momento, que Orfeo es víctima de los prejuicios de género. Suena osado hablar en esos términos de un mito griego, como si pudiéramos acomodarlo a un relato contemporáneo, así, sin más, pero qué perdemos. Es más, suena lógico pensar que a Orfeo, en su papel de valeroso rescatador, no se le pase por la cabeza el que Eurídice haga otra cosa que seguirle, que sea él el que abra el camino hacia la superficie; él, el conductor y ella, la conducida.

Sin embargo, la duda de Orfeo cobra otro sentido cuando situamos a Eurídice no a sus espaldas sino por delante de él. Él deja de oír las pisadas y mira hacia atrás porque en ningún caso nadie, ni el autor del mito ni los sucesivos lectores, podrían aceptar la posibilidad de que Eurídice no siguiera a su marido hacia la luz. Pero ella bien podría desplazarse inadvertidamente en su condición todavía espectral. Ella también conoce el camino de vuelta porque ya lo había recorrido en el sentido inverso. ¿Por qué no pensar que la flaqueza de Orfeo no es en realidad su falta de fe en que Eurídice le siga sino su total incapacidad para creer que ella le preceda?

Es un sesgo cultural el imaginar que en nuestra sociedad lo que hay que conseguir es que las mujeres alcancen el status de los hombres. Hemos acordado que el principio que debe regir es el de igualdad, y automáticamente hemos asumido que la situación masculina es superior -no sólo distinta- a la femenina. Tanto hombres como mujeres, feministas o todo lo contrario, coincidimos en localizar a la mujer en un escalón de inferioridad, y esa diferencia entre ambas posiciones se convierte en un camino de una única dirección, hacia “arriba”, es decir, hacia el estatus de lo masculino, tanto en lo material como lo inmaterial.

Pero si nos liberáramos de ese sesgo durante un momento, podríamos pensar sin condiciones en qué sería lo más conveniente para todos, para nuestra sociedad y para el futuro. De hecho, podríamos pensar en otro futuro distinto a este que nos estamos trazando sin que nos atrevamos a cambiar la mano del dibujante. Imaginemos que el horizonte de igualdad sea femenino, con todas las complicaciones que conlleva (incluso el descenso global de los índices de testosterona). Imaginemos que rechazamos el que las mujeres sean las que tengan que luchar por alcanzarnos y que nos planteamos hacerlo a la inversa. ¿Dejaríamos de reclamar lo mismo? ¿Por qué pensar que cobrar el mismo sueldo tenga que ser a la alta y no a la baja? ¿Qué consecuencias tendría en la distribución de roles, en las espirales de consumo, en el cambio de la jerarquía de valores…? ¿Cuál creemos que sería la consecuencia no de una ultramasculinización contemplada como una conquista de las mujeres, sino de una refeminización, vista como una oportunidad, tal vez la única, de que los hombres alcancemos esos cambios reales y profundos que es tan evidente que necesitamos? ¿De qué otra manera se nos ocurre que vamos a poder cambiar nuestro estado de conciencia -que diría Einstein-? ¿A qué otro referente atendemos que no sea el mismo ya probado una y otra vez dentro del mismo sesgo cultural?

Si por un instante fuéramos capaces, los hombres y las mujeres, de pensar que sí, que es posible que en esa escalada hacia un nuevo día la mujer sea la que esté ya por delante, quizás entonces tanto ellas como nosotros tendríamos la posibilidad de concebir un nuevo modelo de sociedad, tan nuevo como para haber sido construido entre todos.

 

El sexo de los robots

¿De qué nos servirá seguir dando vueltas en torno a la diferencia de género cuando la brecha radical que se anticipa será entre lo humano y lo deshumanizado?

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Estamos entregados estos días a una reedición necesaria de los movimientos feministas que habíamos medio dejado de lado durante las dos últimas décadas. Como ha ido sucediendo a lo largo del siglo XX, cada vez que la economía se ha visto sacudida, ya fuera por una guerra o por una burbuja, las mujeres han accedido a un espacio que se les resistía. En los últimos tiempos se expresa con relativa frecuencia la posibilidad de que ese acceso no siempre haya sido favorable para las propias mujeres. La euforia del mito superwoman, encarnado en la Barbie que alimentó los sueños de las niñas de la futura “generación Cosmopolitan”, ha derivado en una resaca en la que se empiezan a oír voces que reniegan de ese status aparentemente tan satisfactorio. La perversión del lema “podemos hacer de todo” se ha traducido en un “hacedlo todo a la vez” tan injusto y desproporcionado como el anterior “no hagáis nada”.

La verdad es que el mundo laboral no ha sido nunca una fiesta, aunque de puertas afuera cualquier discoteca se presenta apetecible si hay una cola en la puerta para entrar a ella. Los beneficios de los cambios han sido muchos, y seguramente no estaríamos hablando de nuevas opciones vitales y sociales si previamente la mujer no hubiera conseguido acceder a espacios que le estaban vetados (y los que quedan). Sin embargo, la pregunta que me ronda la cabeza, y que quiero compartir, no tiene que ver tanto con el qué como con el cuándo.

Como me explicaba una de mis profesoras más motivadoras, la geógrafa Aurora García Ballesteros, todo el esfuerzo que desplegamos en trasladarnos como sociedad u organización de un estadio A a otro B más avanzado, lo emplean los mismos que estaban en el punto B para alcanzar un nuevo nivel C. De este modo, como el pobre Aquiles detrás de la tortuga, nunca alcanzaremos a quienes van por delante de nosotros. ¿Por qué no emplear todo ese esfuerzo en olvidarnos de la fase B y pasar de A a C? nos planteaba Aurora. De este modo, en un tiempo razonable podríamos movernos ya a la par con nuestros modelos. Era un planteamiento que puede sonar ingenuo, (como casi cualquier pregunta que proponga una transformación profunda, dicho sea de paso). Por eso mismo lo quiero aplicar a un momento, el actual, en el que el nuevo impulso feminista es contemporáneo al avance de una cuarta revolución industrial basada en la inteligencia artificial y la robótica, es decir, en una economía deshumanizada, ya sea por eliminación (los individuos dejamos de participar en los procesos) o por disolución (los individuos somos reabsorbidos por una inteligencia colectiva, en red).

Quizás deberíamos aprovechar este momento para llegar cuanto antes a equilibrar una situación que en un plazo no muy largo se prevé que habrá cambiado por completo.  Me recuerda la tesitura en la que se encuentran los reinos de Westeros/Poniente en Juego de Tronos: entregados a una lucha sin cuartel que los debilita mientras el verdadero enemigo aguarda extramuros a que el invierno lo cubra todo. La historia (incluso la de ficción) no se repite, pero rima, que decía Mark Twain. Mi sospecha es que el feminismo se ha ido convirtiendo en esa gran causa con la que los occidentales nos sentimos orgullosos de movilizarnos, que ya está incluso ética y estéticamente redondeada, y que nos distrae a quienes vivimos fuera del poder real de unos cambios que, una vez más, se nos quieren dar hechos.

Me temo que llevamos tantos años deseando la igualdad de los sexos que, sin todavía haberla conseguido, puede llegar a convertirse en un placebo para que no nos preguntemos por el sexo de los robots.

Asimov, el inmenso Isaac Asimov inició sus relatos de la serie “I, Robot” con el primero y más crucial para la aceptación pública: Robbie, el robot cuidaniños. Si podíamos confiar nuestros hijos a las máquinas, parecía plantear el alter ego femenino de Asimov, la Doctora Calvin, qué no podríamos confiarles. Pese a la iconografía y el contexto de la época de aquel relato (los años cincuenta de Marilyn y Doris Day), aquel robot ¿niñera? no presentaba ningún rasgo o detalle que se pudiera identificar como femenino. El género, nos decía Asimov, era una cuestión de humanos, casi un asunto menor. Los robots nos igualarán. La cuestión en la que nos deberíamos centrar ahora es si lo van a hacer por arriba o por abajo, porque ése es el futuro en el que no demasiado tarde mujeres y hombres nos vamos a terminar encontrando.

(publicado originalmente en inglés en https://aarhusmakers.com/blog/robot-gender)

Entre medias

Mi punto de (nueva) partida es muy sencillo: estoy absolutamente convencido de que una especie que desoye sistemáticamente a la mitad aproximada de sus individuos será muy difícil que supere con solvencia los desafíos que vaya a encontrar en su camino.

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Llevo ya varios años tratando de quitarme de encima el peso de un contexto cultural machista, al que me ha costado muchos años identificar y reconocer como realmente dañino, no sólo para los mujeres, que son quienes más lo sufren, por supuesto, sino también para los hombres. Me siento como si me hubieran criado dentro de una secta, convencido de que me comportaba a la perfección según las reglas, y hubiera tardado más de cuarenta años en salir de ella. Es todavía reciente y creo que, de todos modos, siempre tendré resabios de esa crianza machista de la que no hemos podido escapar casi nadie de nuestra generación o de las anteriores.

¿Por qué preocuparme ahora por dejar de ser algo con lo que he podido vivir mal que bien durante la mayor parte de mi existencia? ¿Por qué alterar mis convicciones, mis actitudes y mi forma de actuar justo ahora que se supone que he entrado en la madurez, es decir, que ya no soy víctima de los juicios precipitados, de las modas o de los miedos? Mi punto de (nueva) partida es muy sencillo: estoy absolutamente convencido de que una especie que desoye sistemáticamente a la mitad aproximada de sus individuos será muy difícil que supere con solvencia los desafíos que vaya a encontrar en su camino.

Más aún, si los hombres no somos capaces de escuchar a las mujeres, de atender los temores, dolores, maltratos o injusticias que les infligimos, cómo vamos a ser capaces de prestar atención a otras “minorías” como puedan ser los ecologistas que nos piden responder al cambio climático, o a quienes pasan hambre o huyen del terror. Por no hablar de quienes viven bajo el umbral de pobreza, quienes son víctima del acoso en todas sus variantes o de los marginados por su identidad sexual entre tantas y tantas comunidades cuyo peso demográfico está muy alejado del de los más de 3600 millones de mujeres que habitan el planeta.

3600 millones a los que literalmente no hacemos mucho caso. Aunque difícilmente somos capaces de reconocerlo en público, y mucho menos de reconocer que somos parte del problema, porque ni siquiera contemplamos la posibilidad de ser parte de la solución. La reacción más habitual con la que me encuentro cuando propongo en una conversación que los hombres nos atrevamos a reconocer que el machismo nos perjudica también a nosotros, es de cierta incredulidad, de rechazo sin fisuras. Eso serán otros, me dicen, para acto seguido entrar en distintos niveles de distracción, el más habitual entre los “no machistas”, el de reclamar un mundo igualado por los méritos de cada cual.

El razonamiento es de nuevo bien sencillo, ¿de qué nos defendemos tanto? ¿por qué nos sentimos atacados cada vez que una mujer reclama aquello a lo que las democracias occidentales hemos dicho que tiene derecho? ¿por qué nos colocamos en la posición de víctimas de algo que no es contra nosotros? ¿acaso los derechos tienen un volumen fijo que suponga que cuando una persona aumenta los suyos otra tenga que disminuirlos? ¿dónde se ha visto algo así?

Sólo en un tipo de lucha, la lucha por el poder. Basta esa reacción, esa negación cabezota y contumaz, para entender que en el fondo el hombre es muy consciente de que disfruta de un poder ilegítimo, al que presuponemos una fecha de caducidad, como creemos que les ha ocurrido a todos los poderes ilegítimos que hemos visto caer a lo largo de la Historia (otros persisten como estructura polimorfa). Y nos resistimos a entregarlo con todas las armas a nuestro alcance. Es evidente que ningún poder se entrega sin resistencia, y mucho menos el que detentamos sin habérnoslo ganado.