Comunicanción (o qué pueden aprender las marcas de Jaime Altozano)

Altozano no da una charla para provocar admiración; cuenta lo que le sorprende y/o emociona desde su perspectiva de musicólogo, y nos invita a mirar (y escuchar) de otro modo un mundo que se nos presentaba como algo aburrido y hasta cierto punto opaco.

Los vídeos de Jaime Altozano son para estudiarlos, por lo menos, con el mismo detalle con el que él descompone las composiciones musicales de cualquier estilo y época.

Para empezar, porque niega la mayor en muchos de todos esos mantras del marketing que se asumen sin pensar, sin reflexionar, sin adaptar a cada momento y cada caso. Por citar algunos ejemplos:

“Nadie presta atención más de unos segundos”. Cada vídeo de Altozano es una mina en ambos sentidos, de cantidad de contenido por extraer, y de explosión que se lleva por delante el absurdo de que el tiempo de atención es algo que se pueda medir. Una gran mayoría de los comentarios de sus espectadores mencionan explícitamente que “40 minutos se devoran como 5”. Un contenido se hace pesado o ligero, y en función de eso, se percibe como largo o como corto. Poner un límite previo solo tiene sentido cuando te cobran cada segundo, como en las franjas publicitarias. En los contenidos “gratuitos” lo esencial no es la brevedad sino la ligereza.

“Se tiene que contar pa’ tontos”. Otra confusión. Una cosa es utilizar lenguaje técnico para que no te comprenda nadie y otra para que todo el mundo aprenda. Altozano es un influencer que habla de musicología sin renunciar a usar cuanto tecnicismo sea necesario. Sus millones de suscriptores pueden no saber el significado de “modo frigio”, “melisma”, “arpegio” o «por sextas y por quintas». Y sin embargo, eso no les echa para atrás, sino que, precisamente, les atrae, porque Jaime se toma el tiempo de explicar de un modo tremendamente sencillo, con referencias de lo que la gente conoce, con demostraciones en su teclado, y no deja que ningún espectador se pierda. Sus vídeos son una constante vuelta sobre la única regla inamovible de la comunicación eficaz: pensar antes en el otro que en uno mismo.

“Eso no le interesa a nadie”. Igual que a nadie le interesa la cosmología, pero ahí estuvo Carl Sagan. Igual que a nadie le interesa la oceanografía, pero hubo un Cousteau. Como diría Forrest Gump, «aburrido es el que aburre». Altozano, al igual que los mencionados anteriormente, no da lecciones desde el púlpito, no marca distancias sino que las acorta. No habla mirando desde arriba sino a la altura de los ojos. Y la gente lo apreciamos con entusiasmo, eso está claro.

“No se puede hablar igual a jóvenes que a mayores”. Al contrario. Altozano se marca vídeos de autores más que muertos y enterrados, y los “resucita”, los trae de vuelta al mundo actual con referencias de lo que nos rodea hoy, en nuestra vida cotidiana. Y de igual manera capta la atención de un público mayor, que apenas entiende una palabra en la letra de un reggaeton. No es el tema o el léxico lo que excluye a una audiencia.

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El canal de Jaime Altozano da mucho más de sí. Para empezar, sus contenidos son los que asociaríamos de manera natural con la 2, pero su espíritu no. Y en eso se emparenta con otros “divulgadores” (todos ellos -y quizás no por casualidad- barceloneses): Punset, Évole y Gener. Incluyo a Évole, porque en su forma de entrevistar -al contrario que la mayoría de los periodistas que adoptan un rol equiparable al de los protagonistas a los que entrevistan- él opta por un papel mucho más cercano, más fácil de identificar con el espectador anónimo.

El propio Altozano deja bien claras sus premisas cuando le preguntan. Entre otras, hablar de lo que le interesa o le interesa a sus seguidores; hacerlo de un modo que sea emocionante, con un arco narrativo que pulsa a veces la intriga y el suspense, a veces, la comedia, o en otros momentos la ternura. Altozano no da una charla para provocar admiración; cuenta lo que le sorprende y/o emociona desde su perspectiva de musicólogo, y nos invita a mirar (y escuchar) de otro modo. Abre las puertas de un mundo que se nos presentaba como algo aburrido y hasta cierto punto opaco, y recibe el reconocimiento -merecido, agradecido- de quienes hemos sido tratados con generosidad por quien, en principio, no tenía ninguna necesidad de dedicarnos tanta atención.

COROLARIO

Cuando las empresas se plantean sus canales de Youtube sería recomendable que se miraran antes el de Jaime. Aparte de los puntos que he recogido en este artículo, descubrirían muchas más claves para poder abordar su comunicación en redes y definir sus contenidos con cierta probabilidad de repercusión, algo que, de todos modos, tendrán que aprender tarde o temprano, porque la audiencia estará cada vez más ahí, justo donde está Jaime Altozano.

Artículo publicado originalmente en LinkedIn el 8.04.2022

(photo: captura del vídeo «Análisis de Motomami», del canal de Youtube de Jaime Altozano)

Selfivisión Plus

Una cosa es que lo que mostremos sea una versión favorecedora de nosotros mismos; pero a día de hoy (salvo estafadores, que los hay) esa persona que enseñamos en nuestras fotos y vídeos es, en gran medida, la misma que somos en realidad. Para sumergirnos en el Metaverso (llamémoslo así, por simplificar) necesitamos un traje de buzo o de astronauta: nuestro avatar. Al fin y al cabo no es lo mismo navegación que inmersión, y de eso va la nueva vuelta de tuerca de la Red, el que podamos recorrerla desde el interior, lo que implica de algún modo un cambio de dimensión, de atmósfera, de gravidez… de planeta.

Despedir a todo el equipo de atención al cliente mediante un vídeo previamente grabado, o a 900 empleados en una videollamada de pocos minutos, son noticias recientemente publicadas que han generado cierto desasosiego, tampoco mucho, si somos sinceros. Se han tratado y comentado en gran medida como si fueran salidas de tono extraordinarias, anomalías, extravagancias de ejecutivos psicópatas.

Sin embargo, en algunos países ya nos hemos ido acostumbrando a que los responsables políticos comparezcan a comunicar sus medidas -y algunas nada gratas para los ciudadanos- en una pantalla de plasma, desde antes incluso de que hubiera una pandemia acechando a la vuelta de la esquina.

Tampoco es novedad ya (hasta los boomers lo hemos aprendido) el que se pueda dar por terminada una relación afectiva con un simple mensaje de whatsapp; o incluso sin él, simplemente cortando los hilos de las aplicaciones que usabais como punto de encuentro. Tan fácil, tan frío. Un correo electrónico es hoy un arma tan precisa, certera y silenciosa en el entorno laboral o empresarial como la pistola con silenciador de las películas de asesinos a sueldo, o como el uso de drones para borrar a alguien del mapa a muchos kilómetros de distancia, sin tener que desgastarse en el cara a cara.

Solemos achacar estos comportamientos a una especie de deterioro generalizado de la empatía, y en más de una ocasión como efecto colateral de la aceleración y el distanciamiento experimentados por este nuevo mundo digitalizado y globalizado. Es lógico que pensemos así porque si hay todo un mito construido en nuestra sociedad es que la distancia es el olvido y el roce hace el cariño.

A menor roce y más distancia, la ecuación solo puede arrojar un resultado. Sin embargo, eso podría explicar la pérdida de amor, pero ya que no necesitamos llegar a esos extremos afectivos ¿explica también la pérdida absoluta de empatía por nuestros congéneres? Me pregunto más bien si la distancia que provoca ese deterioro en la manera de mirar a los demás no tendrá su origen, precisamente, en el propio formato con el que miramos, eso que en un artículo anterior llamaba Selfivisión.

Tu cara es un cromo

Esa disociación de forma y contenido que se refleja en todos y cada uno de los planos de la digitalización, y que incluso ha llegado a reflejarse en la distancia cada vez mayor entre la persona que somos y la máscara con la que nos mostramos ¿cómo no va a influir en la manera en la que percibimos a los demás? Si nosotros somos los primeros que manejamos nuestro yo digital como una producción audiovisual, en la que no todo es mentira pero, desde luego, no todo es verdad ¿cómo llegar a albergar un sentimiento profundo por los demás personajes del reparto, que apenas pueden aspirar más que a ser los secundarios de esa “peli” en la que nosotros somos los protagonistas?

A la velocidad a la que se mueve la Red y a la que nos movemos dentro de ella, las caras se suceden una tras otra sin tiempo para adquirir volumen. Como cuando de niños coleccionábamos cromos (me refiero a los que fuimos niños hace medio siglo, claro) hacíamos lo mismo que ahora veo hacer en Tinder. Sile, swipe, nole, swipe. Los perfiles de las redes sociales muestran nuestra foto y nuestra brevísima descripción para que podamos decidir a toda velocidad si nos quedamos con ese cromo o lo cambiamos por otro.

En esa objetualización propia está implícita otra aún mayor, la de los demás; lo que permite preguntarse si será una tendencia que las generaciones más jovenes y digitalizadas desde la cuna manejarán sin conflicto o si, por el contrario, a medida que vayamos sumergiéndonos en un nuevo formato de web, inmersiva, tridimensional, “metaversal” la separación entre personas y avatares llegue a ser tan insalvable que nos dé igual lo que pase con esos “muñecos” que comparten con nosotros el escenario del “videojuego”.

Quizás sea ese el escollo invisible al que deba enfrentarse la exploración y la explotación del anunciado metaverso (por mucho que Zuckerberg haya corrido para vendernos sus parcelas sobre plano, haciéndonos dudar de si la especulación inmobiliaria no habrá que considerarla un sesgo antropológico de nuestra especie). Quizás todo lo que hemos conseguido proyectar como imagen personal en el plano digital no nos devuelva la misma satisfacción si al “avatarizarnos” resulta que se hace añicos la última barrera de la credibilidad.

Una cosa es que lo que mostremos sea una versión favorecedora de nosotros mismos; pero a día de hoy (salvo estafadores, que los hay) esa persona que enseñamos en nuestras fotos y vídeos es, en gran medida, la misma que somos en realidad. Para sumergirnos en el Metaverso (llamémoslo así, por simplificar) necesitamos un traje de buzo o de astronauta: nuestro avatar. Al fin y al cabo no es lo mismo navegación que inmersión, y de eso va la nueva vuelta de tuerca de la Red, el que podamos recorrerla desde el interior, lo que implica de algún modo un cambio de dimensión, de atmósfera, de gravidez… de planeta.

Todo el día es Carnaval

Dice “el tío Mark” (y corean los más chic) que el metaverso abre un nuevo e infinito horizonte de negocio, de luz y de color; y que uno de ellos, heredado del sector del vídeojuego, será el de la venta de disfraces y complementos para enriquecer la expresión y la personalidad de nuestros avatares. La apuesta es trasladar el mismo patrón de diferenciación que enriqueció el sector de la moda al plano inmaterial; más o menos como cuando Neo, Trinity y Morpheus, aparecían “avatarizados” en la Matrix, luciendo guaperío de cuero negro y gafas de sol mientras que ahí abajo -prisioneros del mundo físico- andaban cubiertos apenas con unos andrajos remendados.

Quién sabe, puede que lleguemos a eso, puede que nos arrojemos a vivir la vida loca en lo virtual mientras vamos reduciendo paulatinamente las ocasiones para el disfrute físico. Casi todas las distopías apuntan de un modo u otro en esa dirección. 

Por el momento no es así. Por ahora dedicamos buena parte de nuestro tiempo y atención a crear, editar y proyectar nuestra imagen al “público”. Ya sea por motivos de trabajo, sociales, amorosos o comerciales, nos hemos convencido de que no podemos descuidar esa imagen con la que nos proyectamos en el entorno digital. En la inmensa mayoría de los casos, lo que mostramos no es una mentira salvo por omisión; es una versión edulcorada, sí, pero que no deja de ser real.

De hecho, gran parte de su valor, de la recompensa que obtenemos reside, precisamente, en que es nuestra cara la protagonista de esos momentos seleccionados, de esas fotos y vídeos admirables por el motivo que sea (desde la belleza del entorno a la integridad del mensaje, pasando por el humor del que hacemos gala). Entonces, cuando nos adentremos en ese metaverso en el que Zuckerberg y muchos más nos va a vender caretas y disfraces ¿a quién verán los que nos miren? ¿A nosotros? ¿A un cartoon? ¿A un personaje de vídeojuego del que no sabrán qué parte de lo que se ve es real o, una vez sembrada la duda, si quedará algo de realidad en alguna parte de eso que se ve?

The higher they rise…

Lo que se ha puesto de moda en llamar metaverso nos sitúa, me parece, en una encrucijada. A un lado, el camino que se nos está mostrando -vendiendo-, como una versión enriquecida de nuestra experiencia digital, es decir, un paso más en la misma dirección en la que ya caminábamos, un progreso.

El camino alternativo, en cambio, más que un avance puede llegar a parecernos un desvío o, incluso, un retroceso. Depende mucho de hasta qué punto lleguemos a sentir que ese avatar con el que nos adentramos en el nuevo entorno es capaz de respetar y transmitir la imagen que tanto nos cuesta construir. Total, para que luego digan que es un disfraz y, al abandonar el baile del Carnaval, al despojarnos de la ropa y la careta que hemos alquilado, como en la canción de Serrat, cada quien vuelva a ser cada cual. Esa “bajona” se aguanta un día de vez en cuando, pero ¿a todas horas? ¿y en el aula y en el trabajo también? La perspectiva me resulta tan aterradora como la perenne sonrisa del Joker.

El riesgo -ya lo estamos viendo reflejado en la creciente oleada de ansiedad y problemas de autoestima que sufren los niños y jóvenes de Occidente- es que el sueño sea tan apetecible que prefiramos quedarnos a vivir dentro de él, que el metaverso termine convirtiéndose en una metaversión de los fumaderos de opio. No sería la primera vez.

(artículo originalmente publicado en LinkedIn el 22.02.2022

Selfivisión

En el actual audiovisual no solo somos los protagonistas y los dueños de nuestro propio contenido mediático. Conscientes de ello, además, lo preproducimos, lo producimos y lo postproducimos, para transmitir la imagen que deseamos que los demás perciban de nosotros. No pretendo entrar a cuestionar, como ya es tópico, la sinceridad de lo que mostramos, sino el efecto que eso provoca en nuestra cabeza, en cómo nos ha llegado a cambiar la manera de percibirnos a nosotros mismos. Más o menos involuntariamente hemos pasado de tratarnos como sujetos a hacerlo como objetos.

Una pregunta para mayores de… ¿veinte años?

¿Recuerdas cuántas veces al día veías tu propia cara antes de que llegaran los smartphones y las redes sociales, allá por el 2007?

¿Recuerdas cuántas ocasiones tenías de escuchar tu propia voz en una grabación antes de que llegaran los mensajes de voz? ¿Y la rareza que te provocaba el oírla así, por fuera de tu cabeza, como si fuera la de otra persona?

Eso que ahora nos parece tan trivial, lo de vernos y escucharnos continuamente en la pantalla del móvil o el ordenador, ya sea en foto o en vídeo, es probablemente uno de los factores más impactantes de la disrupción digital. Y no lo es solamente porque hayamos pasado a formar parte de lo que antes era un territorio exclusivo de estrellas de la pantalla, ya fueran actores o políticos -disculpen la redundancia-, famosos o profesionales de los medios.

Es relevante porque al hacerlo, al convertirnos en los protagonistas de nuestros propios canales en las redes, hemos transformado por completo el sentido y el significado de nuestra imagen. Hemos pasado de vernos ocasionalmente en fotos y vídeos que documentaban lo que habíamos sido y hecho a mostrarnos a los demás para conseguir lo que deseamos ser y hacer.

En el actual audiovisual no solo somos los protagonistas y los dueños de nuestro propio contenido mediático. Conscientes de ello, además, lo preproducimos, lo producimos y lo postproducimos, para transmitir la imagen que deseamos que los demás perciban de nosotros. No pretendo entrar a cuestionar, como ya es tópico, la sinceridad de lo que mostramos, sino el efecto que eso provoca en nuestra cabeza, en cómo nos ha llegado a cambiar la manera de percibirnos a nosotros mismos. Más o menos involuntariamente hemos pasado de tratarnos como sujetos a hacerlo como objetos.

A diferencia de la época predigital, la foto que nos tomamos no responde tanto a una improvisación del momento como a una intención premeditada con un destino predefinido: el espacio mediático social de la Red. Al igual que en aquel tiempo ya olvidado, procuramos salir “guapos” en la foto, por supuesto, pero ahora, además de componer atrezo, vestuario y peluquería dentro de lo posible (y algunos más allá de lo posible), nos esforzamos en cuidar la localización, la luz y el encuadre. Y no nos conformamos solo con eso.

Disparamos varias fotos o realizamos varias “tomas”, para poder seleccionar después aquella que consideramos que es más “publicable”, incluso para la restringida audiencia de quienes no aspiramos a ser “influyentes”. El poder de sugestión del medio, de vernos en una pantalla -aunque solo sea por imitación a lo que hemos visto durante décadas en la del televisor- nos lleva a actuar como si nos fueran a ver cientos o miles de desconocidos. ¿Quién sabe?

Una vez elegida la foto, o el vídeo, y gracias a la enorme capacidad de las aplicaciones que nos lo facilitan, pasamos a edición, es decir, a recortar lo que no debería permanecer ahí, para la posteridad. En la fase de postproducción, por último, aplicamos un filtro más o menos embellecedor o artístico y, entonces, cuando estamos satisfechos con el resultado, a veces después de consultarlo con otros, lo publicamos. Lo hacemos, además, fingiendo una espontaneidad que está claro que ya no es tan “espontánea”, lo que los profesionales nos enseñaron que se llamaba “un robado posado”. Y todo este proceso no sucederá solo una vez; porque tenemos el arma y la motivación, y porque las oportunidades nunca escasean.

Una de las consecuencias de esta evolución de nuestra experiencia audiovisual es que irrumpe en la percepción de nuestra propia identidad; del sentido que adquiere para nosotros mismos tanto como de su papel en nuestra relación con los demás. Cada vez más, no son las fotos las que queremos que se parezcan a nosotros (como cuando Kodak nos vendía carretes y carruseles para conservar nuestros mejores recuerdos). Cada vez más, al crear todo ese despliegue de imágenes que anticipan en muchos casos el contacto presencial, somos nosotros los que queremos parecernos a nuestras fotos, a esa imagen que hemos compuesto y que nos gusta tanto proyectar.

De este modo, la distancia entre el yo que somos y el yo que mostramos se va ampliando poco a poco (o no tan poco, tal vez). Antes, cuando solo nos mirábamos al espejo un par de veces al día, era la interacción con quienes manteníamos una relación -cercana, cotidiana, física- la que nos devolvía el reflejo de lo que éramos. En esas condiciones nuestra imagen no podía distanciarse demasiado de la realidad, ni siquiera en Carnaval.

Ahora somos nosotros los que construimos ese reflejo para los otros, para muchos otros, con quienes mantenemos una relación que puede ir desde lo anónimo hasta lo puntual o televisado. En este nuevo formato de relación reemplazamos el ser por el parecer, en una estilización -insisto, generalmente inocente, pero no inocua- que termina por condicionarnos, por “engancharnos”.

El fenómeno, aunque lo trate aquí de ese modo, no es algo aislado. Este festival de egovisión es, en definitiva, un síntoma más de la disociación entre forma y contenido que reside en lo más esencial de la revolución digital.

Al manipular nuestra imagen, al convertirla en un objeto externo a nosotros mismos, no solo nos hacemos menos dueños de ella de lo que -paradójicamente- nos creemos, sino que abrimos la puerta a que se hagan dueños los demás, a que nos “memifiquen”, a que nos miren y a que -no hay más que ver los comentarios en las publicaciones de famosos y anónimos- nos cataloguen o evalúen como si fuéramos eso que hasta hace poco no éramos: simples personajes de la pantalla, en dos dimensiones, sin mayor profundidad.

P.S. Si has llegado hasta aquí (gracias) aprovecho para recomendarte que leas la historia de la imagen que ilustra este artículo. Lo de que el retrato sea una versión (muy) mejorada de nosotros mismos no es nuevo, sobre todo cuando tiene un propósito de venta. Es ahí donde hemos acabado recalando todos, y es ahí, en la universalización del fenómeno donde todo se altera. Porque… ¿cuando todos hemos caído en la tentación de vendernos, quiénes serán los que confíen en lo que enseñamos y quieran comprarnos?

(artículo originalmente publicado en LinkedIn el 20.02.2022)

Respeto

Hace unos días me llegó este mensaje, que me parece interesante compartir aquí, con todos vosotros, muy especialmente con mis colegas de oficio de la publicidad, el marketing y los medios.

“Estimado señor…

Permítame que me presente.

Soy el propietario de un grupo de medios de comunicación con difusión, principalmente, en todos los países y comunidades de habla hispana.

Desde su puesta en marcha, hace más de una década, el grupo no ha dejado de crecer y, a día de hoy, suma ya dos canales de televisión y una emisora de radio musical. Hay otra emisora que aún está en período de pruebas, por lo que no puedo desvelar demasiados detalles por ahora.

A ellas hay que añadir una revista de lifestyle y otra especializada en el ámbito del emprendimiento y los negocios. En esta última colaboran habitualmente firmas tan destacadas como las de Ana P. Botín, Richard Branson, Bill Gates o José Mª Álvarez-Pallete, y también he llegado a acuerdos de distribución de contenidos con publicaciones del prestigio de Wired, Forbes o la Harvard Business Review, entre otras. Durante un tiempo tuve también actividad en el sector de las agencias de noticias, pero en los últimos años es una unidad que he relegado, mientras refuerzo mi presencia en otros medios y voy preparando mi próxima entrada en el metaverso.

¿Que quién soy yo? Digamos que mi nombre no viene al caso.

Confórmese con saber que soy uno de los miles de millones de usuarios de redes sociales.

Muchos de sus colegas de las empresas de marketing o publicidad piensan en mí como un espectador. Eso a lo que siempre se ha llamado “el público” o, más impersonalmente todavía, “el target”.

¿Target? No me haga reír. Todos los días me llegan cientos de propuestas de vídeos, de anuncios, de contenidos patrocinados y de mensajes publicitarios. Todos los días. Apenas tengo un minuto para ver qué hago con ellos. Entenderá que como editor jefe de mis canales, soy yo el que decide la línea editorial por la que quiero que me reconozcan y qué contenidos se merecen entrar en mi parrilla.

Puede que usted crea que le he prestado más atención solo porque he guardado eso que he visto por encima para otro momento, o por haberle hecho una marca sin pensármelo mucho. La verdad es que raras veces vuelvo por el archivo. El tiempo es escaso para todos. Lo que sí le querría dejar claro es que haría usted bien en fijarse, y si ve que no escribo ningún comentario, o que no comparto con otros ese anuncio que acabo de ver, da igual que me quiera incluir en el recuento de espectadores. Le aseguro que el 99,99% de todos esos anuncios que me muestran los olvido nada más verlos. Créame cuando le digo que si yo no contribuyo a su difusión, sencillamente su campaña está muerta. Porque, ahora, el medio soy yo.

No pretendo ser arrogante, pero déjeme decirle que la próxima vez que caiga en la tentación de dirigirse a mí, le saldrá más a cuenta pensar en mí como si no fuera un espectador, sino SU COMPETIDOR.

Después de todo, cuando alguien acude a reclamar mi atención en mi propia casa, el día de la boda de mi hija, lo mínimo que pido es que me trate con el debido respeto. Capisci?”

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Después de leer ese correo me he quedado un rato reflexionando. Antes (antes de internet, antes de google, antes de ayer) las marcas preparaban su lanzamiento en secreto, porque el medio se podía comprar solo con dinero, y eso garantizaba no solo la cobertura sino también la frecuencia, la repetición del mensaje hasta hacerlo masaje, que diría McLuhan.

Hoy no; hoy la inversión solo asegura la cobertura, con más precisión, sí, pero nada más. La frecuencia depende de esos a los que muchos aún consideran que son simples espectadores.

La publicidad ya no es lo que era, pero la comunicación sí.

Si quieres tener aliados para tus campañas te será mucho más útil y rentable hacerlos cuando todavía no los necesitas, aunque creas que es dinero malgastado. Invierte algo, tampoco mucho, en conseguir esos aliados durante los tiempos de paz, porque de lo contrario, si esperas a reclutarlos cuando la batalla sea inminente, te costará mucho más.

(publicado originalmente en LinkedIn el 16.02.2022)

¡Sea usted comprensivo, hombre!

La lógica del consumismo nos ha conducido hasta un nuevo estado del malestar, en el que vender más barato para mantener el ritmo de consumo se ha ido relacionando con unos salarios cada vez menores, en una espiral que sabemos como terminará, aunque miremos para otro lado, fingiendo que ocurrirá mucho más tarde de lo que nos afectará a cada uno de nosotros.

Si hay algo que se agradece especialmente en verano es un buen tema de sobremesa, una de esas preguntas que impida entrar en la ronda de chistes, hablar del tiempo o volver como en un suplicio griego a debatir lo que llevamos debatiendo todo el año, o sea, toda la vida.

Se puede confiar en Eduardo Lazcano para esas cosas, porque el tío, es evidente, disfruta preguntando cosas incómodas, y de manera incómoda, además, “mojándose” en su premisa, como en este artículo que remata con un ¿Por qué no somos un poco más comprensivos con las marcas?.

Si viniera de un representante de alguna compañía, yo que sé, del sector bancario, tabacalero, alcohólico, tecnológico o farmacéutico (en realidad, da igual), reconozco que ni siquiera le respondería, o no iría más allá de enarcar la ceja y devolverle un “¿me lo estás preguntando en serio?”. Pero es Eduardo, y soy consciente de que su pregunta plantea una reflexión que va algo más allá que el simple lamento del que -acorralado por sus pecados- termina por recurrir a implorar compasión en sus interlocutores. Ya puso el bardo en boca de un usurero aquello de “¿si nos pincháis, no sangramos?”. El resto del monólogo de Shylock vendría a ser un posible antecedente del monólogo de Lazcano; por si alguien quiere disfrutar de su lectura completa, aquí tiene el enlace.

Volviendo al artículo de Eduardo, su premisa me parece lógica y, aunque pueda resultar polémica, la comparto en gran medida. ¿Cómo es posible que veamos la paja en el ojo de las empresas y no reconozcamos que es de la misma naturaleza que la viga que tenemos en nuestros propios ojos?

Por eso, querido Eduardo, precisamente por eso. Porque aunque la mentira (por acción o por omisión) sea uno de nuestros rasgos de humanidad (junto con la incoherencia), difícilmente encontrable en animales o máquinas, para eso nos hemos provisto de códigos civiles y penales; para que lo individual humano -desde el momento en el que puede llegar a convertirse en perjudicial para el grupo- no se convierta en norma.

También es humano el deseo de venganza, la pereza o la lujuria, y lo que podemos llegar a comprender y hasta perdonar en un individuo nos costaría mucho aceptarlo como pauta general de comportamiento, ¿no es así? Las propias empresas articulan una enorme cantidad de normas para que las debilidades y tendencias más personales no afecten al conjunto del equipo o, en caso extremo, para expulsar a quien no se somete a ellas.

Sería raro que un trabajador le expusiera a su empleador que él, como cualquier hijo de vecino, siente una enorme desidia por encargarse de tal o cual tarea o por llegar temprano a su puesto; y que no por abandonar trabajos a medias o llegar siempre tarde sea merecedor del despido. La respuesta, evidente, sería, ya, pero sea usted humanamente perezoso en su tiempo libre, no en el que cobra el sueldo. Y ahí está la clave.

Lo que tú llamas marcas, que en rigor no dejan de ser empresas, es decir, organizaciones con ánimo de lucro, perciben un pago y un beneficio de sus clientes. Y estos, por muy comprensivos que seamos, tenemos derecho a exigir lo que consideremos que es parte del contrato. Como en el caso del empleado, las normas de la empresa van cambiando con el tiempo y el contexto, así que los consumidores también vamos cambiando nuestra jerarquía de valores y exigencias según evoluciona nuestra sensibilidad.

Ahora valoramos más la transparencia de aquel que nos vende lo que compramos. No queremos, por ejemplo, ser cómplices del desahucio de familias por habérseles vendido productos financieros de dudosa rentabilidad; ni llevar zapatillas que sospechemos que han sido fabricadas por mano de obra infantil en condiciones de semiesclavitud. ¿Somos por eso mejores? No diría tanto. ¿Somos hipócritas? Seguro que sí, mientras exigimos mucho a algunos -los de las zapatillas- a otros -los de los smartphones- les regalamos la vista gorda sin preguntar demasiado. Somos incoherentes, es decir, humanos, también en eso.

Creo que tu premisa, Eduardo, lleva más allá, o debería llevarnos más allá. La “lógica” del consumo nos ha traído hasta un punto en el que somos incapaces de desmontar o contrarrestar la escalada de la destrucción medioambiental. Para los negacionistas del cambio climático lo pondré de otro modo. La lógica del consumismo nos ha conducido hasta un nuevo estado del malestar, en el que vender más barato para mantener el ritmo de consumo se ha ido relacionando con unos salarios cada vez menores, en una espiral que sabemos como terminará, aunque miremos para otro lado, fingiendo que ocurrirá mucho más tarde de lo que nos afectará a cada uno de nosotros.

Pedir transparencia no debiera ser una exigencia unilateral, ni una imposición a regañadientes, sino un replanteamiento de cuál es el camino que debieran seguir esas empresas para alcanzar el objetivo que -en la inmensa mayoría de los casos- declaran en sus misiones corporativas: “mejorar la vida de las personas”. La transparencia no debiera ser, por tanto, una discusión de marketing, sino de negocio. No se trata de si somos tan transparentes como decimos o no. Se trata de saber si somos tan transparentes como necesitamos.

El éxito y la pervivencia del meme “emosido engañados” es el mejor ejemplo de que la gran mayoría siente que las empresas (y las «marcas» públicas también), una vez más, van muy por detrás del comportamiento general en el entorno digital. Somos objeto del escrutinio constante por parte de las marcas para conocernos hasta en el dobladillo de los calzones y vendernos “personalizadamente” todo lo que puedan. Deberían ser más comprensivas cuando les pedimos simplemente que respondan con la misma moneda. Y si no pueden hacerlo, entonces, que traten al menos de igualar su práctica y su promesa, en vez de renunciar a la promesa, como propones. Seguramente tu visión tendrá más seguidores, Eduardo. Les das con ella un balón de oxígeno a los Shylocks. Ya hace años que Google eliminó de su declaración corporativa aquello de “Do no evil”.

Seremos más comprensivos, a la fuerza incluso, pero no por ello estaremos avanzando en la dirección que contribuya a mejorar la relación entre empresas y consumidores; de cuya buena salud -creo- depende el futuro tanto de los unos como de los otros.

Y gracias por esta sobremesa, siempre un placer, Eduardo.

Publicado originalmente en LinkedIn el 20.07.2021

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Leer para ver

Hablamos de lo importante de la empatía. Hablamos del riesgo de aislarnos. Y hablamos de que el abandono de la lectura libresca por la narrativa audiovisual, interactiva o virtual es apenas un cambio de formato. Vaya contradicción. El sacrificio es mucho mayor. Al dejar de leer dejamos simplemente de optar al debate interior y nos volvemos, en definitiva, más monocordes, más unilaterales, más vulnerables y manipulables.

Como mi pasión por los libros es conocida de sobra incluso por quien apenas me conoce, más de una vez me han pedido o bien recomendación o bien que me calle. Puedo entender ambas posiciones. Y puedo hacerlo, en gran parte porque soy lector. O dicho de otro modo, los espectadores de la 2 tienen más probabilidades de entender cómo es que hay gente que ve Telecinco que a la inversa.

Hay algo de los libros que me parece insustituible frente a cualquier otro medio de transmisión narrativa -y lo subrayo sin dejar por ello de apasionarme el cine y las series y el teatro y lo que sea que me propongan-. Cuando uno lee, todo tiene nuestra propia voz. No sé si os habrá pasado como a mí, que cuando vi los dibujos animados de Mafalda me llevé el shock de mi vida al escucharla a ella, a Felipe, Susanita, Guille… ¡¡¡hablando en argentino!!! Tardé minutos en darme cuenta de que ese era su acento de origen y que el impostor había sido yo, al creerme que mi voz de lector era la suya.

Cuando leemos, nuestra voz interior es la que «pronuncia» las frases de cada personaje, de cada autor, tanto aquellas con las que estamos de acuerdo y aplaudimos como las que nos provocan rechazo. De pronto nos «escuchamos» diciendo lo que jamás diríamos, y eso, lejos de ser un problema, es una fuente de enriquecimiento para nuestra razón y nuestro pensamiento futuro. Leer lo que otro escribió es la manera más sencilla de practicar la comprensión del otro, porque durante esos minutos de lectura, el otro somos nosotros mismos.

Como espectadores nos situamos fuera de los personajes y del discurso del autor. Por mucho que nos impliquemos, que nos «metamos en la peli», las voces no son la nuestra, ni las pausas, ni las intenciones. El libro – y sé que no digo nada nuevo- es la única narración en la que siempre somos protagonistas pero, y eso es lo que me parece fascinante, irreemplazable, también antagonistas. El libro nos ofrece un diálogo entre muchos posibles nosotros que terminan por hacernos más, mucho más abiertos a los sentimientos, emociones o razonamientos ajenos. Solo así es posible que un adolescente con acné pueda conocer qué es lo que siente una mujer mucho mayor que él cuando está hastiada de su matrimonio, un viejo pescador que no renuncia a dar la última batalla de su vida, o un investigador sin recursos en un país que desprecia la ciencia.

Hablamos de lo importante de la empatía. Hablamos del riesgo de aislarnos. Y hablamos de que el abandono de la lectura libresca por la narrativa audiovisual, interactiva o virtual es apenas un cambio de formato. Vaya contradicción. El sacrificio es mucho mayor. Al dejar de leer dejamos simplemente de optar al debate interior y nos volvemos, en definitiva, más monocordes, más unilaterales, más vulnerables y manipulables. Menos libros es menos libres, ya se ha escrito.

(en la foto el delicioso libro de aventuras de Irene Vallejo, «El infinito en un junco», que es más que un ensayo -no se asusten- un libro de aventuras, de esas aventuras que han vivido los libros, que es como decir nosotros mismos).

Publicado originalmente en LinkedIn el 23 de abril de 2021

La sociedad disociada

Una de las principales consecuencias de la revolución digital es que por primera vez en nuestra historia la forma y el contenido han comenzado a discurrir por separado. Las implicaciones de esta disociación aún no han hecho más que empezar, pero ya se dejan notar sus efectos, como para anticipar otros futuros.

Hace no mucho tiempo, en una galaxia muy cercana…

Todavía a principios de este siglo XXI, la Galaxia Gutenberg gozaba de muy buena salud. Aún éramos capaces de dominar los medios de comunicación, o al menos hacernos la ilusión de que sabíamos lo que eran y para qué servían. Leíamos la prensa, escuchábamos la radio, veíamos la televisión, hablábamos por el teléfono. Lo que se dice, una perogrullada: cada cosa servía para lo suyo, y a ninguno de nosotros se nos ocurría confundir churras con merinas ni mucho menos ponernos a escuchar el periódico o leer la tele.

Pues bien, recién estrenado siglo (y milenio), esa tradición de cien años que nos parecía tan obvia y natural empezó a desmoronarse a una velocidad de vértigo, y sin que nos paráramos demasiado a analizar lo que ocurría, más allá de las consecuencias económicas evidentes del descenso de ventas de los medios impresos o la fragmentación exponencial de las audiencias audiovisuales. Allá por 2005 el lenguaje de programación de la Web, el archimencionado html pegó un salto evolutivo que haría posible que poco más tarde entráramos en lo que se llamó la Web 2.0. Como se decía en este vídeo de 2007 visto por más de 11 millones de personas (me siguen pareciendo pocas), la forma y el fondo dejaron de ir de la mano.

Apenas una frase, un concepto sin aparente trascendencia, esa disociación de formato y contenido representa una de las claves para entender el mundo surgido de la revolución digital y, al mismo tiempo, la apreciable dificultad que muchas personas y organizaciones han tenido y tienen para anticipar sus consecuencias y comprender algunos de los acontecimientos de está nueva época.

Una vez que la forma se separa del contenido nuestra percepción se desestabiliza, se tropieza, y se quiebra nuestra confianza, como con las ilusiones ópticas. Nuestro cerebro está acostumbrado a que si decimos la palabra silla nos estemos refiriendo a eso que llamamos silla, a riesgo de caernos de culo al suelo de no ser así. El desarrollo del lenguaje es una de la grandes hazañas de nuestra especie, y nos cuesta renunciar a su utilidad más básica; la de ponernos todos de acuerdo en qué es cada cosa que nombramos. Hemos aprendido desde niños que la parte formal de las palabras (el significante) y lo que definen (el significado) se complementan de manera absoluta, y esa capacidad que tenemos para ponerle nombre a las cosas es algo que nos hace muy felices (lo que no podemos ponerle nombre nos llena de inquietud, y cuando por fin lo hacemos sentimos que ya es nuestro, que lo controlamos un poco más).

De ahí, por ejemplo, que desde el primer iPhone hasta hoy en día contemplemos como un artilugio inocuo ese smartphone que hemos comprado a nuestros hijos con la misma soltura de cuerpo con la que antes los Reyes Magos nos dejaban los walkie-talkies al lado de los zapatos. Total, su nombre lo dice, no son más que teléfonos, ¿no es así? Qué podrían tener de malo o peligroso. Recuerdo haber sugerido a la responsable de telecomunicaciones del gobierno andaluz en el año 2007 que en las cajas de los teléfonos móviles se indicara clara y visiblemente que no se trataba de un juguete, y que se recomendara su uso bajo la supervisión de un adulto. En aquella conversación informal se encontraba también uno de los altos ejecutivos de Vodafone España, y recuerdo igualmente la mirada entre incrédula y sarcástica que me dirigieron ambos, como si hubiera recomendando el uso del anorak en Écija durante el verano.

La “gamificación” del smartphone y de sus “hijas”, las apps, representaba un poderoso argumento de ventas para las compañías de telefonía que -con la vista puesta en la cuenta de resultados del año siguiente- hicieron de mamporreras para las Big Tech, entonces no tan big. Visto lo visto es posible que no se dieran cuenta hasta que fue demasiado tarde de que sus enormes beneficios a corto plazo palidecían al lado de la trillonada que estas nuevas compañías eran capaces de capitalizar apenas cinco años después.

No, lo que llamábamos teléfono ya no era ni de lejos lo que habíamos aprendido que era un teléfono -ese canuto que servía para hablar con alguien a distancia, ya fuera fijo o móvil- pero seguimos llamándolo de la misma manera, como si fuera un dispositivo doméstico, familiar y controlable. Es solo un ejemplo de que la forma y el contenido no solo se separaron en la manera de programar la Web sino también de que a partir de ese momento, en todo lo relacionado con el entorno digital -es decir, todo- nada terminará siendo lo que parece. Ni siquiera nosotros mismos. Basta darse una vuelta por cualquier red social para descubrir mil y un ejemplos de esta creciente distancia entre lo que mostramos y lo que somos.

Parte de esta esquizofrenia de la nueva realidad digital la alimentamos cada día. Por ejemplo, cuando alguien nos indica que estamos volcando todos los datos de nuestra vida en una “nube” (otro nombre amable y gaseoso que no aclara en absoluto su verdadero, sólido y contundente contenido) y respondemos con un displicente “mis datos no tienen importancia, me da igual que sepan donde estoy o lo que hablo con mi primo”. Con qué rapidez despachamos cualquier invitación a repensar nuestro comportamiento digital y/o digitalizado para “aseguramos” de que no nos quiten el juguete que tanto nos gusta. Total, ¿qué puede tener de peligroso una app para que nuestros amigos vean nuestras fotos y vídeos? No nos pongamos intensos, por favor.

Hace poco más de un año, durante una comida, la directora de la operación en España de una de las mayores redes sociales globales comentaba muy preocupada que sus hijos estaban metidos en TikTok, y que temía que sus datos fueran directamente a China, que a saber lo que allí harían con ellos. No pude menos que indicarle, sorprendido, que de aquellos polvos estos lodos, y que quizás si redes sociales como la que ella representaba hubieran advertido de los peligros que conllevaba usarlas, sobre todo para los menores, a lo mejor se hubiera ahorrado la ansiedad que le provocaba ser “madre de tiktokers”. De nuevo recibí una mirada, esta vez reprobatoria, entre despectiva e indignada, y se levantó de la mesa sin darme una respuesta.

La forma y el contenido, disociados por primera vez en un plano no artístico (como lo fue la pipa que no era, de Magritte) sino real, cotidiano, omnipresente ha terminado por invadir prácticamente cualquier esfera de actividad humana o social, cada vez más allá de los límites digitales. Decía el presidente de General Motors hace un par de años que los automóviles que ellos mismos fabricaban ya eran más valiosos por lo que no se veía que por lo que se veía. Se refería con esto a que los coches digitalizados y conectados habrían devenido en medios de transporte de datos y que, por tanto, su valor residía ahora en todo lo que eran capaz de contarnos mientras los usábamos. Eso… y lo que contaban de nosotros, claro.

Pero seguiremos llamándoles coches, porque cuesta mucho cambiar un nombre que proyecta una imagen con la que nos hemos venido entendiendo durante mucho tiempo. Al fin y al cabo, también se llamaba coche cuando era movido por caballos, y cuando el señor Ford presentó su modelo T. No es cosa de dramatizar. Igualmente podemos continuar llamando tienda a Amazon, guía de carreteras a Google Maps o mensajería a Whatsapp, aunque esos nombres se queden muy, muy limitados respecto a la naturaleza de estos productos y servicios.

Como en el famoso vídeo de Bruce Lee, los datos -de las compras, los movimientos, los mensajes o nuestros vídeos- fluyen, confluyen y se adaptan a la forma de aquello que los contiene (era una de las cosas que ilustraba Matrix hace veinte años). Podemos seguir ilusionándonos con que conocemos las cosas que nombramos, bajo esas denominaciones que nos son tan familiares, ya sean “oficina”, “academia” o “taquilla”, e incluso otras más aparentemente inaccesibles o imbatibles, como “banco”, «ciudad», “frontera”, “seguridad” o “legislación”. En el momento en el que los datos las inundan en todo su volumen continúan teniendo la misma apariencia, desde luego. ¿Pero seguirán siendo eso que creemos que son? ¿Para qué nos sirven las palabras, una vez que desconocemos su significado? Lo que ha traído la revolución digital es haber extendido la ambigüedad de las palabras con las que tratábamos de definir lo abstracto (amor, libertad, bondad, felicidad…) también a todo lo concreto, dejándolas como un simple decorado de cartón piedra.. Puede que algún día descubramos que no tenemos ni idea de qué es eso de lo que estamos tan seguros de estar hablando. Qué fácil será, entonces, que creamos que la misión de los bomberos es la de encender hogueras, y quemar todo aquello que nos pueda recordar que un día las palabras significaban lo que decían.

publicado originalmente en LinkedIn el 18.01.2021

La pregunta

2006

Una noche de estas de verano madrileño, o de cambio climático, quizás no recuerde bien. Sí recuerdo que debía de ser en algún momento vacacional. Vivía entonces por el centro de la ciudad, cerca de la fuente de Neptuno. Había salido de casa para ir a cenar con algún amigo, con esa sensación placentera de caminar por la capital medio abandonada por sus nativos que ahora nos ha devuelto el covid, ya sin límites estacionales.

Mis pasos se encaminaban en dirección hacia la Carrera de San Jerónimo, en esa encrucijada tan simbólica que forman el arte del Thyssen, la política del Congreso y el joie de vivre del Palace. Precisamente llegando al chaflán donde se abre la entrada al hotel, hacia la parada de los taxis, me pareció distinguir el porte siempre elegante de Fernando Vega Olmos. O tal vez fue su voz inconfundible, con esa cadencia argentina, de timbre agudo, que él solía dejar a menudo en forma de respuesta suspendida en el aire.

«¡Fernando!», alcé la voz desde la acera contraria. Y él alzó a su vez la cabeza, como buscando el origen de la llamada. «¡Fernando!» repetí, ya cruzando la calle y acercándome a donde se habían detenido él y las dos personas -un hombre, una mujer- que le acompañaban.

Incluso de cerca era evidente que yo tenía mucho más claro quién era él que a la inversa. No esperaba otra cosa, de hecho. La huella de Fernando Vega Olmos en mi vida (y sospecho que en la de muchos otros) había sido tan enorme como instantánea. Apenas nos habíamos visto tres veces, durante un brevísimo espacio de tiempo; un día en Santiago de Chile, otro en Buenos Aires, otro en Cannes. Tres momentos fugaces, envueltos en el ruido de un grupo en el que él era el centro de atención y los demás, afortunados espectadores.

Así que empecé tratando de recomponer las coordenadas esenciales como para que supiera -más o menos- con quién estaba hablando. En breve, cuando Fernando era el director creativo ejecutivo de Casares Grey, en Argentina, yo tenía una tarjeta de visita con un cargo prácticamente idéntico en Grey Chile. ¿Nos podíamos considerar homólogos? Sí, pero no. ¿Se entiende la distancia entre un director de cine, pongamos Billy Wilder, y otro director de cine, pongamos Álvaro Sáenz de Heredia (con todo mi cariño)? Pues eso. De esa distante cercanía surgieron nuestros encuentros, que no voy a extenderme en detallar innecesariamente.

Tampoco lo hice aquella noche. Una vez ubicados en el espacio-tiempo, simplemente le transmití el mensaje que había guardado durante años para él: «¿Sabes Fernando? Llevo tiempo queriendo agradecerte algo que hiciste, sin tú saberlo siquiera. Me enseñaste a hacerme la pregunta fundamental, y gracias a ello, cambiaste mi manera de entender la comunicación, de entender en qué consistía mi trabajo y, por tanto, mi modo de vida, que es tanto como decir, mi vida. Así que gracias, muchas gracias, de verdad. No os entretengo más. Que paséis buena  noche».

Le di la mano a los tres, que apenas habían despegado los labios, me giré y retomé mi camino original. Aunque ya sabía lo que iba a ocurrir. Mentalmente iba contando… uno, dos, y… «¡Espera, espera, volvé!». Sonreí para mis adentros y, con toda naturalidad, de nuevo recorrí la distancia que me separaba de ellos y me situé a su lado. «No te podés ir así». No hablaba Fernando, creo que fue la mujer la que me lo preguntó. «¿Cuál era esa pregunta?»

Ahora sí sonreí abiertamente. En parte era extraño, aunque previsible, eso de devolverle a su propio autor así. subrayada, destacada, envuelta en papel de regalo, la frase que él mismo soltó un día entre mil frases más, sin darle importancia y que, sin embargo, había sido el origen de una revolución, una revolución de un solo hombre.

«Ah, sí. claro, la pregunta». Reconozco que me gusté. Pero tengo bula. Gustarse ante un argentino es como hacerle un homenaje. Si hubiera tenido una matera en la mano la hubiera cebado con la misma parsimonia que empleaba don Isidro Parodi antes de responder. Pero no; hubiera sido demasiado teatro para tan poca obra.

La pregunta era… «¿Y esto… para qué lo quiere la gente?».

Y ahí sí, di las gracias de nuevo. No esperé reacción. No la hubo. Me alejé. Hasta hoy, catorce años después, no he vuelto a ver a Fernando. Sí a saber de él, cómo no. Sí a hablar de él, con la misma gratitud de siempre. La del aprendiz que un día, en el taller del maestro, viéndole trabajar, entiende el significado que se oculta tras cada uno de sus trazos precisos, de sus composiciones admirables, e incluso de las que, sin llegar a serlo, siempre albergan un trozo de su esencia.

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2020

Veinticinco años hace que la escuché por primera vez, y ni siquiera de primera mano, sino como reproducción en una cinta magnetofónica de una reflexión en voz alta que el propio Fernando nos había hecho llegar desde Buenos Aires a nuestras oficinas chilenas, allá por el año 95 del siglo veinte.

Y veinticinco años después, en esa pregunta sigo descubriendo todas las respuestas que (me) hacen falta. Con nuevos matices, nuevos giros, nuevas luces, como un manantial inagotable y siempre sorprendente. No deja de maravillarme, eso sí, el que algo tan evidente siga permaneciendo invisible para tantos que creen trabajar en eso de comunicar. Cada vez que recibo un encargo (un «briefing» se dice en la jerga publicitaria) no hay ocasión en que no eche en falta el que alguien, en algún momento, se haya propuesto responder a esa pregunta. Es como si mirar a los ojos de esa gente a la que se le quiere vender algo, lo que sea, les diera miedo.

Tal vez el miedo de que, al mirarles, ellos mismos se sientan igualmente mirados, desnudos. Citando a Anaïs Nin: «las cosas no son como las vemos, vemos las cosas como somos». O quizás, simplemente, es que a nadie le importa ya tanto lo que la gente quiere. Ya lo dijo el emperador: «que me odien siempre que me teman».

Gracias, Fernando, una vez más.

 

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Lo imposible

El coronavirus introduce un tipo de shock nunca antes visto (si no, no sería shock), el de la pandemia en la era digital, es decir en el momento en el que las medidas de control ya no es necesario que sean físicamente evidentes. Al margen de que se encuentre antes o después la vacuna y se salven más o menos millones de vidas, el clamor inmediato de la mayoría superviviente será una reedición del “nunca más”. Y la respuesta bien podría ser la de introducir nuevos protocolos de seguimiento y vigilancia médica que, aunque vulneren una capa más de nuestra intimidad, nos protejan de que se dé el caso de un nuevo paciente cero no detectado de cualquier futuro virus y capaz de iniciar otra pandemia en cualquier momento.

Cada crisis de seguridad, y la del coronavirus lo es, ha acarreado generalmente la misma serie de efectos. Son los mismos que, por mucho que se repita una y otra vez, sirven de soporte a la célebre “doctrina del shock”. La angustia y el terror provocado por el “choque”, ya sea la caída de las Gemelas, la de Lehman Bros o la gripe aviar conducen a un asombro paralizador en la población, noqueada por un suceso “imposible de creer”. Inmediatamente ese miedo nos revela la fragilidad de nuestras bases y creencias más sólidas, provocando un efecto dominó que “contagia” a todas nuestras referencias y asideros. Si algo que es imposible ha sucedido, entonces todo es posible.

Ahí es donde cualquier información es cuestionada y toda mentira valorada; se diluye la barrera que protegía nuestras certezas, y el cerebro, tanto el individual como el colectivo comienza a perseguir desesperadamente nuevas certezas para no perder pie y volverse loco. En esa ansiosa búsqueda el análisis tranquilo y meditado ya no tiene lugar. Los argumentos inmediatos y simples serán por tanto los más fácilmente aceptados, puesto que son los más deseados. Queremos una respuesta tan rápida como el rayo que nos acaba de partir por la mitad.

Es en este momento cuando somos capaces de aceptar las proposiciones más radicales, las mismas que hubiéramos rechazado con indignación cinco minutos antes del impacto. De la caída de las Gemelas surgió un nuevo protocolo de vigilancia de las transmisiones entre ciudadanos que nos hubiera recordado a las escuchas de la Stasi y que hoy ya vivimos como algo natural. De la crisis financiera del 2008 surgió un nuevo marco de relaciones laborales que terminó casi por completo con las garantías alcanzadas por décadas de lucha obrera y estado del bienestar, entre otras mil consecuencias, algunas de mucho más calado aunque menor visibilidad aparente.

En cada caso, las crisis conducen a una petición clamorosa de mayor seguridad, mayor vigilancia, mayor control para que no nos vuelva a ocurrir lo mismo. En cada crisis cedemos una parcela de libertad a cambio de una mayor dosis de seguridad; una obligación más, un derecho menos. Nada nuevo bajo el sol.

El coronavirus introduce un tipo de shock nunca antes visto (si no, no sería shock), el de la pandemia en la era digital, es decir en el momento en el que las medidas de control ya no es necesario que sean físicamente evidentes. Al margen de que se encuentre antes o después la vacuna y se salven más o menos millones de vidas, el clamor inmediato de la mayoría superviviente será una reedición del “nunca más”. Y la respuesta bien podría ser la de introducir nuevos protocolos de seguimiento y vigilancia médica que, aunque vulneren una capa más de nuestra intimidad, nos protejan de que se dé el caso de un nuevo paciente cero no detectado de cualquier futuro virus y capaz de iniciar otra pandemia en cualquier momento.

¿Quién se opondría hoy a que a partir de ahora todos tengamos que llevar un chip subcutáneo que informe de nuestro estado de salud en tiempo real si con eso tenemos la seguridad de que otro posible coronavirus no llegue nunca a propagarse como lo ha hecho el actual? ¿O a que, como en la película Gattaca, se haga un análisis de sangre o saliva todas las mañanas al entrar en el trabajo, o en cualquier espacio público, empezando por los colegios de nuestros hijos? ¿Quién se negaría si además le ofrecen la ventaja de descubrir a partir de ese momento el primer indicio de una posible enfermedad, con el consiguiente ahorro de dinero en medicamentos y de malos tragos?

¿Quién pensaría en los efectos secundarios de ese control tan saludable? Efectos que podemos suponer y también otros que comienzan a incurrir por el camino de la distopía. ¿Acaso no se da acceso y publicidad de la morosidad financiera de cada uno y se elaboran las famosas “listas negras” para que los demás queden avisados? ¿Por qué no, en aras de la misma prevención, se pueden plantear esos perímetros de protección respecto a nuestras “deudas” de salud? Suena imposible, ¿verdad? Todo lo distópico lo es hasta que buscamos respuestas desesperadas a lo que no esperábamos que nos ocurriera.

Por estirar un poco más el argumento morboso de ahondar en lo imposible. Algunos países como Italia o España han decretado el confinamiento preventivo de la población en sus domicilios, una medida que hemos recibido con mucha menos angustia (incluso con alivio) que en casos similares del siglo pasado gracias a la existencia de herramientas digitales que permiten el teletrabajo. Avancemos un poco en el tiempo, la crisis del sistema sanitario se ha superado, y toca volver a nuestro puesto en el lugar de trabajo. ¿Pero quién nos garantiza que cualquiera de nosotros no tenga una enfermedad indetectada y que no estemos en riesgo de que todo vuelva a empezar? ¿Quién asegura que no late una cepa vírica dormida en el organismo de cualquier trabajador que pueda activarse en el momento menos pensado? Sería sano que todos demostráramos nuestra buena salud cada día, ¿verdad? Por todos nuestros compañeros y por nosotros los primeros. En caso de duda, además, mejor mantener la distancia de seguridad. ¿Por qué no aprovechar para eliminar puestos de trabajo que se han demostrado innecesarios durante la crisis? ¿Por qué no reducir el exceso de plantilla aprovechando que es “por la salud de todos”? ¿Y si muchos de los que hemos salido un día de la oficina ya no pudiéramos volver a entrar y fuéramos señalados por ello no como víctimas sino como potenciales culpables?

La conspiranoia habitual es la que dice que el objetivo de la guerra biológica -considerando el coronavirus como parte de esa guerra- es el de diezmar a la población. Es una hipótesis que abunda en la doctrina del Club de Roma y de otros lobbies que apuntan a la superpoblación del planeta como el gran factor responsable de nuestros problemas. ¿Pero acaso no ha sido la cantidad la que nos ha conducido a la multiplicación exponencial de nuestras capacidades, también las científicas y tecnológicas? Es difícil separar lo que es problema y lo que no lo es a la hora de analizar una situación. Intervienen aspectos tan difusos como situar temporalmente el inicio y el fin del período a analizar o los rangos de lo que podríamos considerar “excesivo”. Pecando de redundante, excesivo es lo que nos supera, lo que excede a nuestro control. La población, en ese sentido, no sería ni mucha ni poca sino controlable o incontrolable. Aquí es donde el objetivo de una guerra biológica difiere del de las guerras de los siglos pasados, no tanto el de causar bajas como el de imponer medidas de control de la población cada vez más estrictas. Basta acudir a la Máquina de “Matrix” para aventurar el límite último de ese escenario de millones de individuos sometidos al máximo nivel de confinamiento posible.

Dejando ya el terreno de la distopía, la crisis del coronavirus es sanitaria, de seguridad y, sobre todo, de confianza, como lo han sido todas las crisis previas, la del terrorismo islamista, la de Lehman, las medioambientales, la de los refugiados sirios, etc, etc. Crisis por capítulos de un modelo de civilización en declive y transición hacia otro muy diferente.

La del coronavirus es la primera pandemia, además, que hemos transmitido por las redes sociales en este nuevo multiverso mediático en el que todos somos emisores y receptores simultáneos. El big data que estamos generando, una vez analizadas sus dimensiones y correlaciones va a permitirnos, por ejemplo detectar los indicios previos a enfermedades como nunca antes, pero también va a permitir perfeccionar el conocimiento previo de la velocidad y forma de propagación de una noticia alarmante, así como de su impacto en todos los ámbitos (financiero, social, político…), y sobre esos modelos realizar nuevos “ensayos” de choque y modelos de predicción más certeros.

El factor social media supone un paso más, también, en la escala de eficiencia a la hora de infundir alarma, ansiedad, miedo… en una población. Apenas hace medio siglo la inversión necesaria para someter a la población de un país era enorme. Baste recordar la de millones de dólares y miles de vidas humanas que se cobró el ejercicio de poder y control de la población de Argentina, Bolivia, Chile y otros países latinoamericanos mediante golpes militares y dictaduras. El coste de financiar corrupción, policías paralelas, asesinatos selectivos o indiscriminados, ocultación de pruebas, propaganda, desinformación, impunidad… era considerablemente más elevado que el que hoy se necesita para mantener a la población de todo un planeta asustada en sus casas y pidiendo árnica en forma de leyes cada vez más restrictivas con la libertad individual. Gracias a la globalización acelerada de los medios de comunicación, el efecto dominó del miedo y la desconfianza es hoy más accesible y barato que nunca.

Cada vez cuesta menos colapsar un sistema enormemente interrelacionado como es el actual escenario global. A eso se refería Asimov en su “trilogía de la Fundación”; cuanto más intradependiente es el sistema, más rápido es su colapso. La del coronavirus no es una crisis sanitaria, es otra cara más de una crisis de sistema. Quizás toque aquí aprender precisamente de los expertos en ciberseguridad, que son los que se enfrentan con asiduidad a virus tan imprevisibles y globales como el actual. ¿Cuáles son los “cortafuegos”, los almacenes de respaldo, los cambios de hábito que necesitaríamos habilitar para que no lleguemos a un apagón de nuestro sistema de derechos tan brutal que después, tal y como ocurrió con la caída del Imperio Romano, nos cueste muchos años, demasiados, en volver a reiniciar? Por el momento, creo que voy a aprovechar este momento de impasse para volver a ver “Las uvas de la ira”, de John Ford, aunque solo sea para no olvidar lo inolvidable.

 

 

Todos los ornitorrincos sois iguales

Si los hombres y mujeres somos tan diferentemente iguales entre nosotros (y nosotras), y lo venimos siendo desde que guardamos memoria, ¿no será por algún motivo que parece que se nos escapa -pero mucho- a la hora de reeditar cada nuevo episodio de la batalla de los sexos? Es sabido que todo lo que acarrea nuestro cuerpo, lo tangible y lo intangible, ha sido profunda y cuidadosamente entretejido para cumplir con nuestra misión superviviente. Lo que nos lleva a preguntarnos de modo insoslayable… ¿a quién diablos beneficia que las mujeres sean lloronas y los hombres ariscos? Pues a nosotros mismos, a quién si no.

Por mucho que el ornitorrinco sea una especie tan sorprendente, tan excepcional, no hay que pasar por alto que una vez circunscritos a su especie todos los ejemplares son muy similares entre sí. Todos ellos son capaces de hazañas tan extraordinarias -para un mamífero- como oler bajo el agua, o detectar a sus presas por los campos eléctricos que generan al moverse, por no hablar de su pico de pato o de sus espolones venenosos (esto último solo los machos, hay que admitir). En ellos, los ornitorrincos digo, la evolución de las especies parece haberse ensañado con especial mimo. Sin embargo, pocas veces habremos escuchado a algún naturalista, ni siquiera a uno de esos naturalistas ingleses -ya se sabe a qué me refiero- acusar a ningún miembro de tan singular especie por ser tan semejante a cualquiera de sus semejantes. Fuera del campo de los especialistas, tampoco existe mención ni registro conocido de nadie que haya pronunciado jamás la frase «todos los ornitorrincos sois iguales».

De hecho, si nos paramos a pensarlo, tampoco el resto de animales, sean más o menos originales o extravagantes que nuestro querido ornitorrinco, se han hecho acreedores de una sentencia como esa. Que se sepa, ni siquiera las dueñas de periquitos, arquetípicas ancianas atentas y vigilantes ante cualquier comportamiento poco edificante, se han atrevido a exclamar con tono crítico «desde luego, es que todos los periquitos sois iguales». Claro que no -me parece escuchar-, cómo vamos las personas sensatas a negarnos a acatar las leyes de Mendel o Darwin con la máxima devoción. No tendría sentido alguno hacerlo -pensaremos- y así sería si no fuera porque toda esa coherencia evolutiva salta por los aires en el momento en el que nos topamos con la única especie animal a la que no dudamos en señalar el que todos sus ejemplares se comporten del mismo modo.

Si hay alguien en la sala que no haya escuchado jamás alguna queja del tenor de «¡Todos los hombres sois iguales!» o «¿Has visto? ¡Es que todas son iguales!» le animo a dejar de leer este texto porque no va a entender nada de lo que sigue (de hecho, la elevada probabilidad de que se trate de un sujeto proveniente de otra galaxia, ya lo sé, hace de este aviso algo innecesario). Por si acaso queda algún despistado (o despistada) debo subrayar que esas exclamaciones no se refieren a la sonora proclama revolucionaria sobre la merecida igualdad de los hombres (y de las mujeres), no. Por favor, no nos imaginemos a ningún prócer de ninguna patria enardeciendo a las masas y gritando libertad. El tono en el que hay que leer -y entender- las expresiones al inicio de este párrafo, es el de un cotidiano, cansino y casi siempre destemplado reproche. Lloramos y estallamos de ira, lamentamos y despreciamos el comportamiento de quienes no solo pertenecen a ese otro género de nuestra misma especie sino que además se empeñan en restregarnos por la cara esa diferencia con cada pequeño gesto de sus vidas.

¿Qué queremos decir cuando nos increpamos el que los hombres (o las mujeres) seamos todos -y todas- iguales? Sin pretender un análisis excesivo, parece claro que por «igualdad femenina» nos referimos a todos aquellos rasgos reflejo de una emocionalidad exacerbada, lo que los incorrectísimos hombres de ciencia del siglo XIX llamaron hysteria, pasar de la risa al llanto sin solución de continuidad, sufrir hasta el desplome por causas que los hombres consideramos nimias, inexistentes o, directamente, tontas. Por «igualdad masculina», es evidente (como acabo de demostrar en la frase anterior) que aludimos (ellas aluden) a ese doloroso desapego, esa frialdad con la que los machos nos negamos una lágrima, a ese no fijarnos en un detalle de la decoración doméstica o en el nuevo peinado, a conformarnos con la respuesta más sencilla, a ser unos animales sin ánima, sin sensibilidad. Si hay algún rasgo que nos diferencia es -precisamente- nuestra indiferencia.

Sí, los hombres y mujeres somos igualmente diferentes… (Perdón, no pretendía afirmarlo, solo iniciar una hipótesis, así que empiezo de nuevo). Si los hombres y mujeres somos tan diferentemente iguales entre nosotros (y nosotras), y lo venimos siendo desde que guardamos memoria, ¿no será por algún motivo que parece que se nos escapa -pero mucho- a la hora de reeditar cada nuevo episodio de la batalla de los sexos? Volvamos a Darwin por un momento, que nos enseñó aquello de la selección natural, o lo que es lo mismo, lo de adaptarnos para reproducirnos con éxito.  Cuando una condición o un comportamiento se repite hasta el infinito, las leyes de la evolución dicen que debería de ser por alguna razón suficiente y necesaria; es sabido que todo lo que acarrea nuestro cuerpo, lo tangible y lo intangible, ha sido profunda y cuidadosamente entretejido para cumplir con nuestra misión superviviente. Lo que nos lleva a preguntarnos de modo insoslayable… ¿a quién diablos beneficia que las mujeres sean lloronas y los hombres ariscos? Pues a nosotros mismos, a quién si no.

El ser humano es muy poquita cosa, no nos engañemos. Le quitas el techo, la ropa, el coche y el móvil (y las copas del sábado, la paella o la barbacoa, las pistolas, las cervezas y algún que otro añadido más a título personal) y se queda en nada, la mirada perdida, la sonrisa inerte de las estatuas griegas, en fin, nada entre dos platos. Portamos en nuestro cráneo un cerebro que es de admirar, por supuesto, pero en lo que a la comparación con otros animales (ornitorrincos incluidos) se refiere, tal cual somos, así, en pelota viva tenemos menos probabilidades de salir indemnes de una selva que una croqueta de una boda. Dieciocho años se estima que necesita el homo sapiens sapiens para emanciparse de su núcleo familiar (escucho risas entre los padres que alojan treintañeros en sus domicilios), el doble de tiempo que nuestro primo primate más cercano, el chimpancé. No digamos si nos referimos a nuestro mejor amigo, el perro. Basta el paso de una camada para que la hembra enseñe sus colmillos a alguno de sus hijos pródigos que se le ocurra volver a sus pechos con la idea de reclamar el sustento del que disfrutan sus hermanos neonatos. El instinto maternal dura lo que tiene que durar, ni más ni menos. El de la hembra humana igual, pero más tiempo. Esos dieciocho años de cuidados intensivos han exigido durante cientos de miles de años un nivel de amor de madre por parte de las féminas de nuestra especie absolutamente fuera de toda medida. Atención de día y de noche, quitarse el pan de la boca, sacar fuerzas de flaqueza y otras capacidades sobrehumanas y, más que nada, amor, amor, amor en proporciones que rebasarían las obras completas de Corín Tellado. Alguien tiene que querernos tanto, pero tanto, tanto, como para que nos sintamos protegidos durante dos décadas sin asomo de duda. Y ese alguien es mamá.

¿Y el amor de padre? Pues igual, pero distinto, completamente distinto. Pensemos en ese Juan Cromagnon que se dispone a salir un lunes por la mañana para emprender su jornada de caza. Imaginémosle con el mismo nivel de afectividad que a su compañera de caverna, allí en la oquedad de un risco, enarbolando la lanza y pensando si podrá conseguir alguna presa antes de que se fije en ella algún gran felino u otro depredador de la sabana. De pronto oye a uno de sus cachorros berrear, o le sale a despedir otro, y se abraza a sus piernas mientras eleva la mirada y la sonrisa a su progenitor. Con un «corazón» según el patrón femenino, tengamos por seguro que ese hombre no sale de la cueva en lo que queda de día, de noche y hasta de semana. ¿Y entonces, quién trae la carne sesenta mil años o más antes de la invención del carrefur? Para demostrar su amor, el pobre Juan Cromagnon tendrá que ocultar sus emociones hasta olvidarse él mismo de poseerlas.

Por supuesto que los hombres no lloran (salvo el muy denostado Boabdil), está claro que las mujeres son de lágrima fácil (salvo la madre de Boabdil), pero no le echemos la culpa de eso a la educación hetero-patriarcal ni a disney ni a douglas sirk, ni siquiera a nuestros respectivos papá y mamá. Porque ese pequeño humanoide de apenas unos kilos de peso, desprovisto de colmillos, garras, pelo, pico, plumas, caparazón, veneno, o lo que sea que le pudiera servir de kit de supervivencia, necesita que ambos, madre y padre, compartan su crianza y se repartan las funciones al interior y exterior del hogar, o si queremos verlo de otro modo, al interior y exterior de sí mismos. Y no solo lo hemos necesitado en la Edad de Piedra sino al menos hasta que se hicieron sentir los efectos de las sucesivas revoluciones industriales, sobre todo la electrónica, es decir, a partir de que la fuerza bruta dejó de ser una cualidad preferente a la hora de brindar alimento a la prole, y la mujer se fue incorporando paulatinamente al entorno laboral. Hace muy poco tiempo desde que se aceptó la baja paternal por maternidad como para que hayamos conseguido vencer milenios de bipolaridad sentimental.

Así las cosas, el conflicto ¿es inevitable? Veinte años (como poco) de convivencia entre una catarata y un pedernal erosionan a cualquiera (y más siendo, como somos, de débil carne). Estamos condenados a entendernos y a encendernos por exigencia de un guión y de un protagonista indefenso al que nuestro instinto nos pide proteger por encima de nuestros propios deseos. Ah, perdón, el deseo. Ahí la cosa cambia. Solo cuando es imprescindible, cuando el instinto de reproducción acapara toda nuestra atención es cuando los papeles se invierten. Durante el cortejo, ya os habréis fijado, el hombre (ese toro enamorado de la luna) se vuelve sensible o sensiblero, solícito y risueño, preocupado y feliz por lo más nimio, gran suspirador y peor poeta. Mientras, la mujer adopta una frialdad, una distancia, una cautela en sus emociones que casi podríamos decir que se masculiniza, tanto como el hombre se feminiza durante ese tiempo en el que la especie nos necesita cada vez más y más cercanos los unos y las otras hasta la imprescindible reproducción. (Nota del Traductor: si cuando compartimos un propósito somos tan hábiles en minimizar nuestras diferencias, en el momento que éstas arrecian sería recomendable acudir rápidamente al botiquín de propósitos comunes urgentes y aplicar alguno de ellos a nuestra convivencia, si es que lo que queremos es mantenerla a salvo, claro está). Cada vez que cumplimos el propósito común, el de reproducirnos, ya nos vamos por el caminito de vuelta de nuestros fueros emotivos, desde el mismo momento del parto, diría. Y a partir de ahí nos volvemos a repetir, con una sinceridad y una amnesia admirables, que sí, que todos, los hombres y las mujeres somos iguales, pero cada uno por nuestro lado.

Al fin y al cabo la simplificación del reproche es una medida que obedece a leyes tan económicas como la de Darwin. El rechazo al que no es como nosotros nos ha permitido en su momento evitar irrupciones (y disrupciones) en el cada vez más complejo engranaje de nuestras tribus. El lamento de que los otros sean efectivamente otros es un relato de cohesión interna que nos ha servido para progresar hasta cotas que otras especies no han tenido ningún interés en alcanzar (al fin y al cabo todas ellas disponen de algún arma de defensa que les sigue siendo útil ya sea en medio de la selva, del desierto o del océano). Los enemigos son más fácilmente odiables (el infierno son los otros, ya se sabe) si tienen un rasgo reconocible. Y así, cuántas veces no habremos escuchado distintas versiones de la misma canción: «todos los negros / moros / gays / empresarios / andaluces / vascos / catalanes / franceses / ingleses / ingenieros / artistas / hijos únicos / enanos / ecologistas / veganos / actores / baterías de rock / top models / directores de orquesta / sopranos / (ponga aquí su propia autodefinición) son iguales». ¿Por la misma razón superviviente que cuando acusamos a los hombres y las mujeres de comportarse como hombres y como mujeres? Claramente, no. La supervivencia de la especie no depende de que una diva de la ópera se comporte de acuerdo a su estereotipo; pero seguramente sí contribuye a que su propio ecosistema perviva sin grandes sobresaltos hasta la siguiente vuelta. Todos enarbolamos banderas de los territorios en los que nos sentimos seguros, ya sean individuales o colectivos. Y así es probable que siga siendo, por lo menos hasta que…

… hasta que escuchemos al primer robot que se lamente -en el afterwork de un antro solo para máquinas- del tan socorrido «es que todos los humanos son iguales». Ahí será cuando tengamos que empezar a mirar con más atención con qué género nos sentimos identificados, si masculino, femenino, o sencillamente humano.