La revolución ansiolítica

Lo que sí me interesa es constatar lo mucho que se parecen Uber, Tinder, Google Maps, Trivago… en fin, todas las aplicaciones que están redefiniendo la manera que la gente teníamos de ligar, circular por la ciudad o reservar una habitación de hotel, por ceñirme a esos pocos ejemplos. Al margen de su contenido o de su sector de actividad, todas ellas coinciden en aportar un mismo beneficio a los usuarios: eliminar o minimizar el factor clave de ansiedad.

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Leo hoy, veinte de diciembre de 2017, la noticia de que el Tribunal de Justicia de la Unión Europea ha fallado que Uber es una empresa de transporte y, como tal, debe someterse a los mismos rigores que el resto del ramo. La verdad es que no pensaba comenzar este ensayete con una noticia de “rabiosa” actualidad, pero no es menos cierto que la mayoría de las veces que me siento a escribir dejo que las letras se vayan disponiendo lo más fluidamente posible y trato de no interponerme demasiado en su trayectoria. Ya se sabe, las carga el diablo.

El caso es que el diablo, perdón, Uber, ha sido arrojado del Cielo, o más propiamente, del limbo, que es donde muchas de las empresas nativas digitales se mueven con soltura. Con todas las prebendas de los integrados, pero sin tener que comulgar con mandamientos, sacramentos, sharias ni torá (marque la casilla que aplique en cada ciudad),  y con los privilegios también de los apocalípticos, pero sin llegar nunca a hervir en las calderas del Infierno. La pregunta que queda es ¿quién es quien está en el limbo ? Que Uber tenga que plegarse a las leyes del transporte de pasajeros no sólo es una buena noticia para la comunidad sino una mala noticia para los taxistas, por extraño que les cueste creerlo.

Qué bien cuenta esto David Gutmann cuando dice que hay que sentar a todas las organizaciones en el diván del psiquiatra. Las empresas, los colectivos, los países, tienen complejos y traumas tan sensibles como los de cualquier persona, y desentrañarlos es algo esencial si se aspira a su comprensión y entendimiento, no digamos ya a establecer comunicación. Trauma significa etimológicamente “herida”, así que el dolor o la rabia que vemos en la superficie trasluce esa herida profunda que los titulares no siempre nos dejan ver (o se empeñan en ocultar). ¿Cuál es, creo, el trauma de los taxistas? Además de lo evidente -y cito a Mafalda- el empezose del acabose de su negocio, la transformación digital supone sobre todo un ejercicio de interacción y transparencia que socava la manera de entender la vida del taxista. Para entendernos, el modelo de negocio del taxi no es el de un servicio público más, sino el de una inversión muy particular en todos los sentidos del término, ya que no sólo es personal sino que además nadie sabe su valor real, puesto que es especulativo desde el mismo momento de la adquisición de la licencia, cuyo precio es ficticio, sujeto a la demanda pero dentro de un sistema cerrado. Lo único que varía es el volumen de aspirantes a adquirir la licencia, que es lo que hace que un precio nominal irrisorio se multiplique de manera desorbitada. Así pues, la primera herida del taxista es ser plenamente consciente de que no compra una licencia, sino una deuda y una expectativa de saldarla cuyo plazo sólo depende de él mismo, ya que el mayor porcentaje de sus compradores/usuarios no acude específicamente a su “establecimiento”, en el que, además, no puede jugar con los precios. A partir de ahí, el conflicto está servido; si el taxista quiere recortar su deuda lo más rápidamente posible sólo lo puede hacer haciendo más rentable la única variable que puede manejar, el tiempo que pasa con su cliente.

Sin duda, el taxista puede elegir estrategias diferentes para su negocio, pero la que antes y más fácilmente se establece es la de “cuanto más saque a cada carrera más rápido recupero el dinero que he entregado”. En este argumento, los usuarios cumplimos el papel de antagonistas del taxista, ya que nuestros intereses son contrapuestos; nosotros queremos que la carrera sea la más rápida, corta, económica posible. La relación que se ha establecido desde el principio es frontal, y en gran parte ése es el motivo de que las quejas de los taxistas encuentren tan poco eco en el público al que, en teoría, sirven.

La gran novedad de Uber no son los coches negros y espaciosos, la amabilidad de los chóferes o la botellita de agua, tampoco que se pueda pagar sin llevar dinero encima. Todo eso son ventajas que el sector del taxi puede incorporar con relativa facilidad y poco coste. Lo realmente revolucionario es que por primera vez en el negocio del taxi el usuario se puede liberar de lo que más ansiedad le provoca cuando se sube a uno: por dónde nos van a llevar y cuánto nos van a cobrar. Por primera vez, los pasajeros de un transporte nos podemos despreocupar absolutamente si el chófer nos da una vuelta demasiado larga o toma una ruta que no es la que nos parece lógica o la que habitualmente usaríamos. Ya no es nuestro problema. Es la Transparencia, idiota, la madre de todas las transformaciones digitales.

El desenlace de esta historia es más o menos predecible, así que no voy a perder demasiado tiempo en aventurarlo. Lo que sí me interesa es constatar lo mucho que se parecen Uber, Tinder, Google Maps, Trivago… en fin, todas las aplicaciones que están redefiniendo la manera que la gente teníamos de ligar, circular por la ciudad o reservar una habitación de hotel, por ceñirme a esos pocos ejemplos. Al margen de su contenido o de su sector de actividad, todas ellas coinciden en aportar un mismo beneficio a los usuarios: eliminar o minimizar el factor clave de ansiedad. Ese nervio incómodo que nos atenazaba cuando teníamos que pasar el trago de decirle a alguien que nos gustaba y, después de mil dudas y cruzar el rubicón, encontrarnos con una negativa que no sólo nos dejaba frustrados sino desmotivados para intentarlo de nuevo durante un tiempo. O la tensión de reservar una habitación temiendo que, como muestra bien el anuncio, alguien la estuviera reservando por un precio mucho menor, con la subsiguiente y humillante sensación de ser tomados por idiotas. Por no hablar de la gran ansiedad del conductor de ciudad, la de ignorar en qué momento quedará atrapado en un atasco sin saber durante cuánto tiempo. Casi podemos afirmar que las grandes aplicaciones triunfadoras son aquellas que interpretan mejor el factor de ansiedad del público y lo resuelven de un modo sencillo y distanciado del problema. Valga como recomendación del significado real del término “human centered” para tantas empresas y emprendedores que parecen haber oído campanas pero no tener muy claro dónde.

No importa que Uber sea limitada por los tribunales. Su modelo de negocio será a partir de ahora más o menos rentable, pero lo que no será es irreversible. Los usuarios hemos probado la sensación de no sentir ansiedad y no vamos a aceptar graciosamente que nos devuelvan ya más a la pequeña tiranía de la opacidad. La gran oportunidad de los taxistas es aprovechar este impasse administrativo que protege su exclusividad para reordenar sus planteamientos y aceptar que al defender una parte de su inversión, la más escurridiza, se arriesgan a perderla por completo (y no quiero entrar aquí en otras consecuencias de la transformación digital aplicadas al sector de la automoción que todavía van a revolucionar más el panorama).

Con todo y con eso, mi interés al poner por escrito esta reflexión estaba centrado principalmente en preguntarme hacia dónde nos conduce un contexto tecnológico que elimina la ansiedad y la frustración de los aspectos más cotidianos de nuestra vida. ¿Acaso no ha habido otros similares en el pasado? Sin duda. Cada nuevo avance tecnológico nos ha ayudado siempre a superar una incertidumbre, ya fuera la salud de nuestros animales de carga, la resistencia de nuestras cosechas a las plagas o el resultado de una operación quirúrgica, entre miles de avances más. Sin embargo, a partir de la revolución digital, la novedad es que estos nuevos avances ansiolíticos ya no son fruto de  la investigación y creación de algo nuevo, sino de la manera de gestionar la información de lo que ya existe. Por tanto, son mucho más sencillos de crear y reproducir. Por seguir con el ejemplo central, para que los coches de motor sustituyeran a los coches de caballo fueron necesarios años de esfuerzo científico, industrial, empresarial, laboral, social. Para cambiar el modelo de relación con el taxi sólo ha hecho falta una idea y un pequeño grupo dispuesto a llevarla a cabo, un mínimo esfuerzo en compensación con lo obtenido. Tal facilidad me hace suponer que la proliferación de soluciones similares va a ser, una vez más, exponencial, hasta cubrir muy rápidamente todos los ámbitos de nuestra vida. Qué maravilla, tendríamos que decir. Con la cantidad de tiempo y espacio en la cabeza que nos devora la ansiedad y que ahora podremos dedicar a otros asuntos más útiles. Puede, pero puede también que a partir de ese punto, tal vez, lleguemos a encontrarnos igual de velozmente con una generación acostumbrada poco o nada a lidiar con la frustración. Impacientes ante todo lo que no sea “en tiempo real” e incapaces de asumir la ansiedad como un motor de actuación, de creatividad ante la adversidad.

¿Para qué nos sirve la ansiedad, el estrés? Según dicen, para enfrentarnos al peligro con los sentidos alerta, algo muy útil para nuestra especie desprovista de toda defensa natural. ¿A quién servirá que se elimine ese estado de alerta? Desde luego, a nosotros no nos vendrá nada mal un descenso de los niveles de cortisol, especialmente a los que vivimos en las ciudades, pero reconozco que según iba escribiendo me venía a la mente cada vez con más fuerza el escenario que se descubría al traspasar el umbral de “un mundo feliz“.

Por cierto, feliz año nuevo.

 

Comandante Emoción

En presencia del miedo, podría argumentar, mis emociones tomarán el control de mis operaciones y asumirán que estoy incapacitado para pilotarme a mí mismo. Es más, estaré encantado de que lo hagan porque es la única garantía que tengo de que mi instinto de supervivencia me haga actuar como otras normas aprendidas me impedirían hacerlo, quizás. Por ejemplo, darle un puñetazo al pasajero de al lado en caso de que uno de los compartimentos de mascarillas se atore y sólo dispongamos de dos donde debería haber tres.

“En caso de pérdida de presión en cabina, los compartimentos sobre sus asientos se abrirán y dejarán caer máscaras de oxígeno. Para activar el flujo, gire la máscara, aplique sobre su nariz y boca, ajuste la banda elástica y respire normalmente. Los adultos sentados cerca de un niño u otra persona que requiera ayuda deben colocarse su propia máscara en primer lugar y luego prestar asistencia…”

Hay pocos protocolos en los que estemos más universalmente de acuerdo que en el de las instrucciones de seguridad de los aviones. Se trata probablemente del único decálogo en el que no se distingue entre sexo, raza, edad, religión, nacionalidad o nivel educativo. Por no hablar del socioeconómico, claro; los pasajeros de primera clase y los turistas de low-cost nos ajustamos al mismo rasero una vez que entramos en el club de los diez mil metros de altura (y bajando).

Llegado el caso, sin embargo, estoy convencido de que las reacciones de mis compañeros de viaje a la súbita despresurización de la cabina no responderán a esa cuidadosa coreografía que miles de asistentes de vuelo deben de estar intepretando ahora mismo en todos los idiomas conocidos del planeta. Mucho menos en esa recomendación tan concreta de que en caso de ir acompañados de nuestro hijo o hija pequeños mantengamos la calma y nos coloquemos la mascarilla nosotros primero. Vaya por delante que no tengo ninguna duda del supuesto racional en el que está basado esta instrucción, pero tampoco tengo demasiadas dudas de que, si me toca, mi desobediencia será absoluta. Es más, creo que no seré el único en esta actitud tan rebelde como irracional. Simplemente, frente a las órdenes del comandante del vuelo, me temo que mi voluntad se doblegará ante otra autoridad más imperativa, la de mis propias emociones. Me dará igual haber prestado atención (y lo hago siempre, por un respeto solidario a cualquier actor que representa un papel y que hago extensible a todo el personal aéreo) en todos y cada uno de los vuelos que he realizado desde hace décadas. En cuanto caiga la mascarilla lo primero que haré será colocarla en la cara de mi hijo, y ya después me ocuparé de la mía.

En presencia del miedo, podría argumentar, mis emociones tomarán el control de mis operaciones y asumirán que estoy incapacitado para pilotarme a mí mismo. Es más, estaré encantado de que lo hagan porque es la única garantía que tengo de que mi instinto de supervivencia me haga actuar como otras normas aprendidas me impedirían hacerlo, quizás. Por ejemplo, darle un puñetazo al pasajero de al lado en caso de que uno de los compartimentos de mascarillas se atore y sólo dispongamos de dos donde debería haber tres. No sigo por ese camino para que nadie me impida subirme a un avión durante los próximos diez años basándose en lo declarado en este escrito como una prueba de mi inadecuación para la convivencia aérea.

Y todo gracias a que durante los cuarenta años que llevo volando y asistiendo al microteatro de emergencias celestiales a ninguna línea aérea se le ha ocurrido ponerse en mi lugar, sino simplemente darme órdenes como si fuera un cargamento entregado a mi suerte sin capacidad de cuestionamiento. Algo de eso habrá, supongo; desde el momento que nos sentamos en una máquina de acero que vuela, nuestra lógica sufre un colapso que le lleva a aceptar todo tipo de anomalías (un lugar donde el agua se paga más cara que el tabaco es claramente un entorno extraterrestre). Sin embargo, yo preferiría que, por una vez, alguna compañía aérea fuera más compañía que aérea y me regalara los sensatos razonamientos que sostienen cada instrucción de seguridad, sin que tenga yo que deducirlos por mi cuenta. Que nos pusieran un vídeo en el que se explicara de qué modo las ondas de nuestros teléfonos móviles son capaces de cortocircuitar el sistema de comunicaciones de la nave, por ejemplo. O quizás, como en el caso que me sirve de pretexto, cuántos segundos sin llevar la mascarilla son suficientes para que mi cerebro note la diferencia de oxígeno y empiece a marearme tanto como para no poder servir de ayuda a mi hijo. Porque al final ése va a ser mi motor y no otro. Es lo que tengo grabado a fuego en algún pliegue de mi inconsciente, atado a una emoción que me construye y que no parece que compartan mis anfitriones de vuelo.

Pienso en todo esto mientras leo el libro de Eduardo Lazcano, “Comunicación Emocional”. Imagino al autor en el asiento de al lado explicándome con la misma paciencia y claridad con la que lo hace en su libro, los mecanismos por los que cuanto mayor es la percepción de peligro, de ansiedad, de angustia, de miedo, de amontonamiento de estímulos… más respondemos a nuestras emociones y menos a las razones. No me vendría mal que Eduardo, con esa sonrisa que se gasta cuando se mete en harina mientras le brillan los ojos como a otros les brillan las armaduras (cada uno tiene sus armas), me volviera a explicar eso de que el cerebro que piensa lo hace a una velocidad de 55 bits por segundo y el que siente lo hace millones de veces más rápido. A lo mejor con un interlocutor así, que no me tratara como a una maleta sino como a un pasajero con piernas (quizás sea ése el quid, la disminución del espacio entre asientos; después de todo, sin piernas uno se parece mucho más a una maleta), que me dijera: mira, Alain, entiende que tu hijo te necesita plenamente consciente para ayudarle en una situación para la que ninguno de los dos os habéis preparado realmente, y que los diez segundos que tardas en ponerte la mascarilla deterioran la calidad del oxígeno que llega a tu cerebro y, por tanto, tu velocidad de reacción, así que ahora respóndete tú mismo, ¿qué tipo de ayuda quieres ser para tu hijo en caso de accidente?

Cierto es que las probabilidades de que uno se encuentre en una situación tan dramática como la que nos han hecho imaginar desde que los aviones se convirtieron en el escenario favorito de las películas de catástrofes son escasas. Pero como nos lo recuerdan cada vez que rodamos lentamente hacia la pista de despegue (en realidad para distraer nuestra atención de la inminente tensión que nos supone dejar de pisar tierra firme) se ha convertido en algo que presentimos mucho más cercano de lo que en realidad sucede. Es un ejemplo extremo de lo que vivimos cada día en cada momento. El ser humano se empeña en alimentar sus miedos o en permitir que se los alimenten. Miedos pequeños y grandes, como el miedo a no ser deseados, a ser reemplazables, a ser indiferentes, o a no estar a la altura de las expectativas que despertamos, ya sea como personas, como compañías, como naciones o como especie. Miedos que nos impiden en los contextos más cotidianos el poder tomar una decisión al ritmo sosegado y reflexivo de nuestro razonamiento y nos conducen una y otra vez a la vorágine de la decisión sentida, intuida, irreflexiva, subjetiva… en fin, emocional.

Nada de eso es probable que llegue a cambiar, por lo menos no hasta que máquinas y humanos lleguemos a una relación tan imbricada que la velocidad de la cabeza iguale a la del corazón. Hasta esa nueva vuelta de tuerca en la batalla que iniciaron Kasparov y Deep Blue viene bien leer el libro de Eduardo. No, como muchos a lo mejor desearían, como ese manual de trucos para aprender a comunicarse con las emociones de los demás y llevárselos al huerto, sino para entender que sin esa emoción, la ajena y la propia, no existe posibilidad alguna de comunicación, es decir, de ponernos de acuerdo en la más mínima cosa, y mucho menos en eso que yo quiera vender y otro desee comprar.

Lo que me recuerda una maravillosa canción que os dejo aquí como regalo prenavideño :), con especial dedicatoria a Eduardo, con quien es siempre un placer compartir desayunos esporádicos y esclarecedores.

Por cierto, para los interesados, el libro de Eduardo está disponible en Amazon, y en otras librerías. Por si acaso, os dejo el enlace al mismo: https://lnkd.in/ghPMnez