El futurismo es un gran invento

En nuestra sociedad el innovador o el creativo (no los igualo yo, sino el contexto de comunicación en el que ambos se empastan) es alguien especial, con una conciencia crítica a prueba de desmayos y un talento capaz de superar el recelo que previamente despierta. ¿No será mucho pedir a la gente que asuma ese papel con alegría? Más aún, la mayor incongruencia es que la innovación se relaciona en fin con eso que tanto nos desagrada de mirar al futuro por el retrovisor. No, desde luego la innovación se cuenta mal. El futuro se vende fatal. Precisamente porque no se vende como futuro, sino como anti-pasado.

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Si nos fijamos en lo que se anuncia, la verdad es que el futuro se vende muy bien. De hecho, el futuro es lo único que se vende. Ninguno compramos un coche por lo que es, sino por lo que seremos. Y lo mismo pasa con el smartphone, el tatuaje, el teñido, el suavizante, el político o el reloj. Compramos visiones de un futuro mejor, feliz o, por lo menos, nuestro. Comprar es como firmar un contrato con nuestra existencia futura, como una garantía al menos íntima de que mañana también estaremos en este mundo. Por eso digo que no compramos otra cosa que futuro. Y por eso es tan sospechoso constatar una y otra vez que el futuro se vende, en realidad, muy mal.

Con este planteamiento alguno que me lea pensará: ya estamos mareando la perdiz. ¿Se vende bien el futuro o se vende mal? ¿En qué quedamos? Es una paradoja tan solo aparente, pero es donde radica el quid de la cuestión que intento abordar en esta pequeña reflexión. ¿Por qué digo que se vende mal el futuro justo dos líneas después de afirmar lo contrario? Porque ése ha sido mi trabajo en los últimos veintitantos años. Y digo yo que algo que fuera fácil no me habría dado de comer tanto tiempo. Ironías aparte, el futuro que cuesta vender es ése al que llamamos innovación, transformación digital, sostenibilidad, etc. etc., es decir, el futuro de las grandes abstracciones. Seguramente hay alguien que se divierte observando cómo algunas palabras pierden significado a medida que se mencionan. Pasa con otras, libertad, democracia, igualdad… Las grandes palabras alcanzan muy rápidamente su umbral de contenido y se someten a la ley del máximo común divisor. Y no lo puedo evitar, siempre que pienso en esto me acuerdo del tulipán.

No la flor, sino la margarina. Cuando yo era un niño se hizo muy famoso un anuncio en el que se celebraban las infinitas cualidades para combinar y mejorar cualquier merienda que tenía aquel producto prodigioso. El eslogan “tulipán y cualquier cosa” servía de contundente remate, uno de esos eslóganes que sobreviven a cuatro décadas de bombardeo publicitario, ya se me nota. El caso es que me lo creí tan absolutamente que convencí a mi madre de que en mi siguiente merienda el bocadillo llevara, además de lo que ella hubiera considerado, una generosa capa de tulipán por ambos lados. Mi madre, ejerciendo de madre generosa y complaciente, me entregó el siguiente bocata con mucho tulipán y… foie-gras. Todavía no sé si lo hizo a conciencia, para desengañarme del todo de las promesas televisivas, pero aquel empaste, aquel mejunje era incomible. La realidad había respondido a la ficción de manera inmisericorde. Fue un zasca en toda la boca, literalmente.

Con la Libertad de las pancartas y la Innovación de los powerpoint me pasa un poco lo mismo, que quedan bien “con cualquier cosa”, aunque si uno analiza su presencia se da cuenta rápido de que son términos que sirven para que lo defiendan por igual tirios que troyanos. Por no adentrarme en vericuetos políticos me ceñiré aquí a los empresariales. Hace tiempo que en las charlas de negocios ya nadie se molesta ni siquiera en introducir el concepto de innovación ateniéndose a la definición original del Manual de Oslo. Para qué. Innovación tiene nombre de perfume (me atrevería a decir que de CK), suena mejor cuanto más misteriosa es su composición. De hecho, ha pasado del continente al contenido. Ya no se nos pide que hagamos cosas innovadoras, sino que seamos innovadores, y en esa transición del hacer al ser hemos terminado por ser víctimas de nuestra propia ilusión.

Ahí es donde la ficción se embarra con el foie-gras, o lo que es lo mismo, donde la innovación se vuelve intragable. En ese preciso instante en el que innovar se vuelve una experiencia religiosa. ¿Por qué tuvimos que ponerle nombre a algo que la especie ya venía haciendo de un modo recurrente? Evidentemente por la misma razón por la que los humanos nominamos todo lo que nos rodea, incluso lo invisible, para controlarlo, para someterlo. Eso que queremos que todo el mundo en nuestras organizaciones practique no es otra cosa que la innovación domesticada. A poco que se piense, todo un oxímoron. No sólo queremos innovación, sino que además la queremos dirigida, regulada, cronometrada y eficiente. No quiero ni imaginar el estrés al que hubiéramos sometido al hombre de las cavernas para lograr el fuego dentro de nuestros parámetros actuales de búsqueda de la innovación.

Y donde digo innovación hagámonos cuenta de que se puede sustituir por otro de los grandes mantras de nuestra era, la transformación digital. Ambos (y otros más) no dejan de ser sinónimos de un futuro que pretendemos que sea mejor, y a ser posible gracias a nosotros y a nadie más, para alcanzar el nivel deseado de competitividad que reside en la base de toda esta carrera. Decía antes que el futuro se vendía mal, y la demostración está en lo que nos cuesta ponernos a trabajar en él. Deseamos un futuro mejor, sí, pero que sean otros los que nos lo den hecho. De ahí que poco a poco se consolidase la firme creencia de que el futuro -inventarlo, predecirlo, construirlo- era cosa de elegidos (elegidos para la gloria, que decía Tom Wolfe, cuando hablaba de los chicos de la NASA que asumieron la responsabilidad de hacer llegar a todo un país a la Luna). El drama surge cuando en nuestros días, en nuestros trabajos, lo que era responsabilidad de unos pocos se convierte en una exigencia para todos. Máxime ahora que la mitad de la población está obligada a serlo para poner en pie su medio de subsistencia.

A la presión por innovar se suma, así, una percepción mística de la innovación, como algo propio de seres especiales. Sé de lo que hablo porque en mis años de trabajo me he/han situado casi siempre de ese lado especial, el de los creativos. La de veces que habré escuchado la frase “claro, como tú eres creativo”, no siempre como alabanza, todo hay que decirlo. A medida que se imponían nuevas modas nos dábamos cuenta de que esa pretendida envidia hacia la práctica creativa tenía en realidad matices de discriminación, como si fuéramos los depositarios de un don celestial, de una cualidad innata que nos condenaba a no salir de ella en nuestra vida. Lo traigo a colación porque entiendo que gran parte de los frenos de las organizaciones que persiguen incrementar sus niveles de innovación residen en ese prejuicio de que hay que haber nacido para ello, o lo que es lo mismo, estar condenado a ello de antemano. Es la maldición que ha caído sobre los nómadas de todo signo desde que Caín echó a andar: inventores, descubridores, pioneros, creativos, fabuladores de cualquier disciplina, incluso de las más técnicas.

Con todo, aún faltaba un ingrediente para que la tormenta fuera perfecta, y es que la innovación se plantee las más de las veces con una intención correctora. Baste recordar el maravilloso cuento de H.C. Andersen, “el traje nuevo del emperador”, para ser conscientes de lo difícil que es levantar el dedo y señalar algo que fuerce a quienes nos rodean a vencer su inercia. Al innovador se le supone, o más bien se le exige que tenga el valor de destacar el error al que todos los demás nos hemos resignado, y después la capacidad de ofrecer la solución correcta. Si no cumple con ambos requisitos se arriesga a ser señalado, primero por aguafiestas o soberbio, y después por frustrar nuestras expectativas llegado el caso de que falle. Corregir, que es enmendarle la plana al pasado, ya requiere de una mentalidad antipática, sobre todo cuando el presente lo hemos construido y aceptado entre todos. O como (dicen que) hubiera dicho Roosevelt, este presente es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta. Y ahora vienes tú a cantar distinto. No es de extrañar que muchos temblemos ante la invitación a convertirnos en innovadores a tiempo completo, que es como pedirnos que demos un paso al frente y arrojemos la primera piedra, una imagen de nosotros mismos verdaderamente muy poco seductora. ¿No es mucho pedir a la gente -ciudadanos, empleados, consumidores, empresarios- que asumamos ese papel con alegría? Más aún, la mayor incongruencia es que la innovación se termina por relacionar finalmente con eso tan criticado (y tan feo) de mirar al futuro por el retrovisor. No, desde luego la innovación se cuenta mal. El futuro se vende fatal. Precisamente porque no se vende como futuro, sino como anti-pasado.

Llevo más de veinte años peleándome -a menudo de un modo involuntario- con ese planteamiento, y creyendo que el foco hay que colocarlo no en lo que no queremos que esté, sino en lo que tarde o temprano estará. Nos sería más provechoso, mucho más, ayudar a percibir el futuro como algo que va a ocurrir de todos modos. Con la misma certeza con la que revestimos la compra de cualquier artículo. Cuando compramos un coche nos vemos conduciendo más seguros, más rápidos o más felices. Nos vemos sin ningún género de dudas en una nueva situación, de hecho la deseamos, anhelamos acortar el tiempo entre nuestra decisión y la futura realidad en la que ya nos estamos imaginando.

Si ayudamos a virar nuestro punto de vista 180º nos encontraremos que en vez de tener que enfrentarnos a la solución de un pasado (que por definición ya es irresoluble) que nos deja de nuevo abocados al vértigo de un futuro incierto, podríamos asumir que hay un futuro cierto hacia el que podemos avanzar a mayor o menor velocidad. Anticipar el futuro inevitable me parece una definición de innovación mucho más práctica, mucho más fácil de asimilar por cualquiera, sean cuales sean sus dotes creativas. No se tratará ya de ponerse a inventar soluciones en el vacío, sino a seguir un camino trazado, tal vez algo parpadeante, sí, pero en una dirección que podemos intuir o incluso conocer de antemano.

Puede que alguno dude (o quizás se irrite) ante esta afirmación, la de que conocemos en gran medida el futuro que será. Pero basta con mirar lo que otros antes que nosotros dedujeron que ocurriría, simplemente siguiendo la sutil línea que conecta lo que fue con lo que habrá de ser. Cuando decimos que Verne o Asimov, o Clarke o Bradbury fueron capaces de predecir lo que ahora vivimos, y los veneramos por ello, estamos pasando por alto que mucho de lo que avanzaron fue más deducción que invención. Amparados bajo el manto de un género de ficción que les permitía decir y criticar cuanto querían en muchas de sus predicciones lo que mostraban era una total libertad para recorrer un camino que estaba ahí, lo quisiéramos o no reconocer. Si los vehículos habían pasado de la tracción animal a la tracción mecánica, de rodar por el suelo a surcar los cielos, la línea más recta de la evolución terminaría irremediablemente por conducirnos a los coches voladores o a los viajes interplanetarios. Que después sus predicciones se hayan hecho realidad se debe tanto a que nos inspiraron visiones de ese futuro que podría ser como a que se convirtieron, a su manera, en historiadores de un pasado que todavía no habría sucedido.

En cualquier caso, el universo predictivo también ha sufrido el impacto de lo digital (el propio Asimov ya lo anticipó en Fundación). A partir del Big Data el futuro comienza a ser un itinerario tan previsible como el que nos dibuja Google Maps para ir de casa al trabajo. Puede que no tan aburrido, pero desde luego mucho menos sorprendente de lo que solía ser. Mi generación quizás sea la última en quedarse boquiabierta de asombro ante la fantasía futurista. Y no hablo sólo del Mazinger Z de mis once años, sino incluso del reconocimiento de pupila y las pantallas interactivas de Minority Report, mucho más reciente. La generación de mi hijo pequeño apenas parpadea ante la avalancha de inventos que surgen cada nueva temporada. Lo de ser nativos digitales afecta a algo más que la simple pericia intuitiva en el manejo de dispositivos; también influye en su umbral de expectativa ante las posibilidades tecnológicas. Puede que ése sea uno de los precios que haya que pagar a cambio de que el futuro deje de ser sinónimo de incertidumbre, el de que la magia ya no resida más en los inventos materiales y retorne a lo que siempre fue, el territorio de un misterio intangible.

No creo que la respuesta esté en que, como se escucha a más de una voz interesada, nos obliguemos a “abrazar el futuro” con fe de carboneros. Entre las dos fuerzas antagónicas, una que se resiste al cambio y otra que señala lo que está mal y hay que corregir, nacería una tercera vía (tan denostadas siempre, las terceras vías) que vendría a sostener que la realidad no está mal sino que es un paso más hacia un futuro que podemos dibujar con creciente exactitud. La pregunta ya no sería si queremos o no cambiar las cosas; la cuestión es ¿queremos ser los últimos en llegar al futuro que será, o queremos estar ahí y disfrutarlo antes que otros? Es muy probable que ahí radique la manera de vender el futuro (de un modo muy parecido a como se nos ha vendido el iPhone), en presentarlo no como algo que corrige lo malo del pasado sino como algo que anticipa lo inevitable, y quizás en esa suma de futuro y certidumbre podamos evitar el habitual sinónimo del mañana que es la intranquilidad, y sus angustias asociadas, la aversión al riesgo y el miedo al fracaso.

El sexo de los robots

¿De qué nos servirá seguir dando vueltas en torno a la diferencia de género cuando la brecha radical que se anticipa será entre lo humano y lo deshumanizado?

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Estamos entregados estos días a una reedición necesaria de los movimientos feministas que habíamos medio dejado de lado durante las dos últimas décadas. Como ha ido sucediendo a lo largo del siglo XX, cada vez que la economía se ha visto sacudida, ya fuera por una guerra o por una burbuja, las mujeres han accedido a un espacio que se les resistía. En los últimos tiempos se expresa con relativa frecuencia la posibilidad de que ese acceso no siempre haya sido favorable para las propias mujeres. La euforia del mito superwoman, encarnado en la Barbie que alimentó los sueños de las niñas de la futura “generación Cosmopolitan”, ha derivado en una resaca en la que se empiezan a oír voces que reniegan de ese status aparentemente tan satisfactorio. La perversión del lema “podemos hacer de todo” se ha traducido en un “hacedlo todo a la vez” tan injusto y desproporcionado como el anterior “no hagáis nada”.

La verdad es que el mundo laboral no ha sido nunca una fiesta, aunque de puertas afuera cualquier discoteca se presenta apetecible si hay una cola en la puerta para entrar a ella. Los beneficios de los cambios han sido muchos, y seguramente no estaríamos hablando de nuevas opciones vitales y sociales si previamente la mujer no hubiera conseguido acceder a espacios que le estaban vetados (y los que quedan). Sin embargo, la pregunta que me ronda la cabeza, y que quiero compartir, no tiene que ver tanto con el qué como con el cuándo.

Como me explicaba una de mis profesoras más motivadoras, la geógrafa Aurora García Ballesteros, todo el esfuerzo que desplegamos en trasladarnos como sociedad u organización de un estadio A a otro B más avanzado, lo emplean los mismos que estaban en el punto B para alcanzar un nuevo nivel C. De este modo, como el pobre Aquiles detrás de la tortuga, nunca alcanzaremos a quienes van por delante de nosotros. ¿Por qué no emplear todo ese esfuerzo en olvidarnos de la fase B y pasar de A a C? nos planteaba Aurora. De este modo, en un tiempo razonable podríamos movernos ya a la par con nuestros modelos. Era un planteamiento que puede sonar ingenuo, (como casi cualquier pregunta que proponga una transformación profunda, dicho sea de paso). Por eso mismo lo quiero aplicar a un momento, el actual, en el que el nuevo impulso feminista es contemporáneo al avance de una cuarta revolución industrial basada en la inteligencia artificial y la robótica, es decir, en una economía deshumanizada, ya sea por eliminación (los individuos dejamos de participar en los procesos) o por disolución (los individuos somos reabsorbidos por una inteligencia colectiva, en red).

Quizás deberíamos aprovechar este momento para llegar cuanto antes a equilibrar una situación que en un plazo no muy largo se prevé que habrá cambiado por completo.  Me recuerda la tesitura en la que se encuentran los reinos de Westeros/Poniente en Juego de Tronos: entregados a una lucha sin cuartel que los debilita mientras el verdadero enemigo aguarda extramuros a que el invierno lo cubra todo. La historia (incluso la de ficción) no se repite, pero rima, que decía Mark Twain. Mi sospecha es que el feminismo se ha ido convirtiendo en esa gran causa con la que los occidentales nos sentimos orgullosos de movilizarnos, que ya está incluso ética y estéticamente redondeada, y que nos distrae a quienes vivimos fuera del poder real de unos cambios que, una vez más, se nos quieren dar hechos.

Me temo que llevamos tantos años deseando la igualdad de los sexos que, sin todavía haberla conseguido, puede llegar a convertirse en un placebo para que no nos preguntemos por el sexo de los robots.

Asimov, el inmenso Isaac Asimov inició sus relatos de la serie “I, Robot” con el primero y más crucial para la aceptación pública: Robbie, el robot cuidaniños. Si podíamos confiar nuestros hijos a las máquinas, parecía plantear el alter ego femenino de Asimov, la Doctora Calvin, qué no podríamos confiarles. Pese a la iconografía y el contexto de la época de aquel relato (los años cincuenta de Marilyn y Doris Day), aquel robot ¿niñera? no presentaba ningún rasgo o detalle que se pudiera identificar como femenino. El género, nos decía Asimov, era una cuestión de humanos, casi un asunto menor. Los robots nos igualarán. La cuestión en la que nos deberíamos centrar ahora es si lo van a hacer por arriba o por abajo, porque ése es el futuro en el que no demasiado tarde mujeres y hombres nos vamos a terminar encontrando.

(publicado originalmente en inglés en https://www.crewators.com/news/robot-gender)

Hacer o no ser, ésa es la cuestión.

foto: Markus Spiske Raumrot.com

En estos días se oye, y es sólo el principio, que las máquinas reemplazarán a los humanos en la mayoría de trabajos que realizamos. Se dice con rapidez, y se evalúa desde un punto de vista racionalmente muy bien justificado: las máquinas serán capaces de hacer lo mismo, pero más rápido, más eficazmente, más eficientemente. Así pues, muchos millones de personas dejarán de ser rentables para las empresas y, consecuentemente, perderán su puesto de trabajo.

Hace 250 años ocurrió algo parecido, por primera vez. No por nada se llama revolución industrial a esta nueva vuelta de tuerca de los medios de producción, la cuarta ya. Pero hay algún concepto que echo en falta en los análisis que leo, quizás sea irrelevante, quizás no tanto.

Cuando nacieron las máquinas, la producción se disparó. Los caballos mecánicos no se cansaban, la fuerza se multiplicaba. Recuerdo haber leído historias de cómo los hombres peleaban contra las máquinas hasta caer derrotados, igual que en su momento Deep Blue hizo morder el polvo a Kasparov.

Sin embargo, hay una pregunta que cualquier fabricante se hace. ¿Producir para qué compradores? Si los trabajadores dejan de trabajar, y por tanto de ganar dinero ¿quién comprará lo que hagan las máquinas, por barato que resulte el nuevo producto? En los años y siglos siguientes a la revolución industrial la ecuación se resolvió transformando a toda la sociedad en clase trabajadora, incluidos mujeres y niños. Al aumentar la base salarial creció en proporción la masa consumidora, aunque los salarios fueran a menos el mercado iba a más. Y así hasta hoy.

Pero las máquinas no consumen lo que producen. No todo al menos. Ni tampoco son capaces de gastar. Cada vez que oigo hablar de los puestos de trabajo que desaparecen no dejo de pensar de dónde saldrán los nuevos compradores. ¿Será la renta mínima la respuesta? ¿Será el mundo feliz? ¿Terminator, Matrix?

Nuestra sociedad está empezando a enfrentarse a un dilema que apunta directamente a la línea de flotación de nuestra manera de entender el mundo desde hace miles de años, desde que empezamos a organizarnos en grupos y a distribuirnos tareas.

Hasta hoy todos los que hemos nacido hemos tenido claro qué es lo que teníamos que hacer al llegar a este planeta. Trabajar, ocupar nuestra función, desempeñar nuestro papel basado en la acción. Nuestra jerarquía social derivaba de esa especialización laboral y del éxito con el que la desempeñábamos. Durante siglos nadie se ha preguntado ¿Qué hago aquí? Lo aprendíamos sobre la marcha, y de inmediato. Estudiar, aprender un oficio, encontrar un puesto de trabajo, hacerlo mejor, llegar a nuestro máximo nivel de competencia (o de incompetencia), jubilarnos. Morir. Toda la vida ordenada en torno al qué hacemos.

Como en una pirámide a la Maslow, una vez resuelta la pregunta básica del para qué he venido a este lugar, nos quedaba mucho margen para la filosofía, es decir, para las preguntas que hemos estado usando para definirnos: ¿quién soy? ¿qué soy? ¿qué pienso? ¿cómo veo el mundo? ¿cuál es mi ideología? Lo primero es lo primero. Somos lo que hacemos y nos diferenciamos por la manera en la que nos relacionamos con eso que hacemos.

Pero ahora el neomaquinismo nos obliga a replantearnos esa pregunta esencial que llevábamos sin hacernos durante toda nuestra historia. ¿Qué diablos he venido a hacer yo aquí? Francamente, queridos, lo del “quién soy” ya no tiene importancia. ¿Qué pinto en este planeta, ahora que mi trabajo lo hace una máquina? ¿Cómo mido el valor de mi vida? Y ésta es una pregunta, perdonadme que lo subraye tan directamente, muy, pero que muy masculina. Porque, y aquí viene la segunda derivada, la mujer siempre ha sabido qué es lo que hacía: se llama vida.

Por eso, cuando se dice que el empleo femenino es el que más va a sufrir el impacto del “machine learning”, sospecho que será porque los últimos que querrán soltar su empleo serán los hombres. Nos agarraremos a nuestros trabajos como los que se encaramaban a los botes del Titanic. Porque sin empleo como criterio de diferenciación, ¿qué argumentos le quedará al hombre para sostener la jerarquía de género sobre la que se basa la sociedad occidental? Para este dilema las máquinas no tienen todavía la respuesta, pero puede que su irrupción nos obligue a hacernos la pregunta que llevamos tiempo retrasando. ¿Cómo hacemos nuestro mundo más humano?

(publicado originalmente en inglés en https://www.crewators.com/news/2017/2/18/to-do-or-not-to-be-that-is-the-question)