Mi año de la rata

2020 ha sido un año estimulante, sin duda, para la reflexión, para la improvisación también, para el intercambio de ideas, ocurrencias, pensamientos fugaces con los que intentar aprehender una realidad tan irreal como la que -cada uno a nuestra manera- estábamos viviendo. Este post recoge esos pequeños textos desperdigados por mi perfil de LinkedIn

Marzo

Deja vu. 2005. Gripe Aviaria. Con una diferencia al actual coronavirus. Entonces el aislamiento físico no había coincidido -como ahora- con una sociedad cada vez más aislada virtualmente. Una nueva vuelta de tuerca. Por aquel entonces las librerías de Hong Kong agotaron las existencias de “La Peste”, de Albert Camus.
“A partir del momento en que la peste había cerrado las puertas de la ciudad no habían vivido más que en la separación, habían sido amputados de ese calor humano que hace olvidarlo todo.”
Hoy agotamos netflix.

vídeo del programa Fahrenheit, Canal 9, año 2005. Realizador: David Hermoso


En momentos como este es cuando me imagino que todas esas grandes empresas que declaran que su visión corporativa es ayudar a mejorar la vida de las personas y las empresas están inmersas en buscar la manera de demostrarlo.


Pedro, Pablo, el otro Pablo, Inés, pero también, y muy especialmente, Ana P, Jose María, Juan, Florentino, Amancio y tantos otros líderes que regís nuestra vida económica y social: este es un mensaje para vosotros en este momento que lo debéis estar pasando muy mal, y se os nota preocupados por la que se os viene encima. Ya veis que todos estamos deseando ayudar, cada uno con lo nuestro. Así que tenéis la oportunidad de demostrar que sois algo más que delegados comerciales de votos y acciones, porque ahora es cuando necesitamos visión de conjunto y poder confiar en vuestro liderazgo.


No sé en vuestro barrio, en el mío suenan más los aplausos que las cacerolas. Puede ser por muchos motivos pero tiendo a pensar que en estos momentos nos importa más que los héroes no decaigan a que los villanos caigan. Cada cosa tiene su momento y sus prioridades. Primero Normandía, después Nuremberg.


En realidad solo hacen falta ochenta días para darle la vuelta al mundo. Y ya llevamos diez.


Y ahora, más que nunca… WHO watch the watchmen?

Abril

TELÉFONO. MI CASA.
Ahora que el móvil ha vuelto a ser fijo hemos recuperado frases de cuando hablábamos pegados a las mesillas o a las paredes: “¿cómo estás?” en vez del inquieto “¿dónde estás?” de las últimas décadas.
A cambio hemos incorporado la despedida anglosajona más allá del mero formalismo: “¡cuídate!”
La vida no es que siga igual, como decía Iglesias (Julio), sino que, como decía Goldblum (solo hay uno) en “Parque Jurásico”, “la vida siempre se abre paso”.
Antes de que nos extingamos conviene recordar que las palabras importan pero más por lo que dicen de nosotros que de los demás. Que lo que para unos son críticas para otros suenan a quejas; que lo que para unos es argumento a otros les parece adulación. Y sin embargo, lo importante de todas ellas es que sean palabras dichas. Que tal vez no les damos valor mientras las tenemos de gratis pero siempre, siempre son preferibles al silencio forzoso. No vaya a ser que un día las echemos en falta como ahora echamos en falta el sencillo ejercicio de caminar por la calle. Cuidado con los deseos rabiosos, que sin darnos cuenta alguien los podría convertir en una triste realidad. #quedateencasa

EL TAMBOR Y LA ORQUESTA
La primera semana se tocó zafarrancho. Ante el previsible desorden fruto del ataque se ordenó que todo el mundo se aprestara a seguir la disciplina. Para conseguirlo, como es norma, se recurrió a los tambores. Era necesario que todos marcháramos al unísono, como un solo hombre, al mismo paso. No solo por la disciplina sino también por la necesidad de ofrecer a todos al mismo tiempo algo de tranquilidad en medio del caos. Una orden sencilla, todos a las trincheras, y un ritmo machacón, constante, para que nadie se apresure, para que nadie se rezague. Misión cumplida. Pero pasan los días, y las fuerzas se resienten. Algunos por la desmoralización, otros porque les hierve la sangre por hacer algo más que esperar impacientes, los más por desvelar la incertidumbre de cuál será el próximo paso. El golpe del tambor ya no es suficiente para cohesionarnos. Lo hemos asimilado como un ruido de fondo. Necesitamos encontrar otra música a medida que pasa el tiempo de asedio. Menos basada en el ritmo y más en la armonía. En encontrar cada uno su papel y su modo de contribuir a algo más grande que uno mismo, pero con su propia voz. Necesitamos pasar de la marcha militar a la sinfonía. Heroica o no, pero sinfonía al fin. #elvirusloparamosentretodos #quedateencasa #covid19

CONCLUSIÓN
La inclusión fue una de las primeras víctimas de la reclusión.

OXIMORONIA
Estos días la historia “oficial” nos habla de…
… estar unidos en la separación
… ser solidarios en el aislamiento
… la espontaneidad de aplaudir todos los días a las ocho
… consumir con ansia y sin ingresos
… medir el caos minuto a minuto

Esta narrativa de la paradoja me recuerda a la publicidad de fiambre de pavo, que decía era algo muy sabroso.

Suena a que vivimos en el Reino de Oximoronia, en el que toda contradicción suena lógica si es lo que deseamos oír.

SENDA
Mi libro de lectura, allá por la EGB, se llamaba Senda, y compilaba textos, poemas, fragmentos de novelas, fábulas… todo aquello que servía para que el quinto de chavalería galopara por los caminos de la literatura. Se llevaba entonces aprender de memoria algunos de los poemas más famosos de Darío, Bécquer, Machado o Quevedo. La triste princesa, las oscuras golondrinas, la monótona lluvia tras los cristales y el hombre a su nariz pegado. Los recitábamos todavía sin sentido ni musicalidad, esforzándonos más en no equivocarnos que en entenderlos. De todos ellos, hoy que es viernes y somos miles de millones los robinsones esperando un mensaje de rescate embotellado, me vienen a la cabeza las “Coplas a la muerte de su padre”, de Jorge Manrique. En estos días cobran tanto o más sentido, cuando es a nuestros padres a quienes les viene la muerte por miles, tan callando. Sin embargo, más allá de la elegía, el poema es un tutorial tan certero que ya lo quisieran para sí legiones de “coaches”. Basten sus dos primeros versos: “Recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte…”

en la voz de Carlos Hipólito las célebres estrofas iniciales: https://youtu.be/6Jmp9cPFfxE

#coronavirus#covid19#quedateencasa


Todos fabricando, buscando mascarillas y respiradores, de tela, de plástico, de reciclado, DIY o industriales adaptadas… Todos desarrollando apps de telecharla, telecurro, telellevo, telemido… pero ninguna capaz de conectar un monitor en el que veinte o dos, o doscientos ancianos en una sala o en un pabellón o en una habitación reciban los mensajes de amor de sus familias, aunque fuera una foto, un texto, un vídeo moviendo la mano, enseñando eso que le pueda provocar una sonrisa o una lágrima pero algo mucho más personal que ser un número en la estadística de cada día. ¿No tenéis esa sensación de que abandonamos al que damos ya por perdido? Justo ese rasgo que fue el que nos convirtió en civilizados. #elvirusloparamosentretodos #quedateencasa #aplausos #covid19 #blablabla

IRREPETIBLE
No ha habido otro atentado como el de las Torres Gemelas. Pero no podemos vivir ignorando lo que ocurrió, así que desde entonces nuestra vida sigue protocolos y obedece normativas en previsión de que pudiera volver a suceder en cualquier momento.
Puede que no vuelva a haber una pandemia como la del Covid-19, pero tampoco volveremos a vivir ya como si no pudiera surgir de nuevo, mañana mismo. La opción -si es que la acepta, Sr. Hunt- es “volver a la normalidad” que se va a ir creando, así, en impersonal, o dar el paso para intentar crear esa normalidad que nos gustaría tener.

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Ayer leí una entrevista en la que un ingeniero venía a congratularse de algún modo de que la pandemia del #covid19 hubiera sucedido en este momento tecnológico. “Internet nació para cosas así”, decía, aludiendo a la capacidad de la Red para absorber casi de inmediato un aumento de volumen, de tráfico, descomunales. Pero -será que es viernes de la cuarta semana de encierro- se queda uno pensando por un segundo… “¿y si internet nació para una cosa asi?”. El sesgo distópico es pensar en esa simbiosis. Hace un año escribía que pagaríamos, si no alegres, convencidos, el alquiler de las celdas en las que nos encerraríamos. Sinceramente, no creí que fuera a ser tan prontito. #quedateencasa #hedichoencasa

Mayo

LA VIDA EN GPS
Incluso para los más callejeros de nosotros llegó el momento en el que nos acostumbramos a no conducir por la ciudad que conocíamos como la palma de nuestra mano sin poner antes en marcha Google Maps, Waze o una app similar. Desde ese momento, y por mucho que te sepas los mil y un vericuetos que has ido aprendiendo con los años, ya siempre te queda la duda de si salirte del camino subrayado, de probar otro itinerario. Como en las antiguas cartas marinas del terraplanismo, salirte de la línea activa la alarma del “más allá hay monstruos”, hasta el punto de llegar a olvidar que, más allá, lo que había en realidad era otro continente. Geoposicionarse nos da tanta seguridad que para qué arriesgar en busca de un beneficio de apenas unos minutos. Y así, aceptamos como en Oz la voz que nos dirige, “la próxima salida a la izquierda”, “más allá, gire a la derecha”, “manténgase en el carril”, “continúe dos km, diez, ciento ochenta km más”.

Ahora que entramos ya en la ochentena (¿se puede decir?), preparados para la geolocalización ciudadana preventiva (¿se puede imaginar?), no resulta nada extraño que nos dejemos guiar sin aprender el camino, sin anticipar el trayecto, atentos solo a la siguiente instrucción. Espere. Salga. Incorpórese. Vuelva al carril. Recalculando…

DESCONFI(N)AR
Desde hace tiempo venimos desplegando una sociedad de la desconfianza. El 11S nos hizo desconfiar de lo árabe. Lehman, de los banqueros y también de los países pobres. Los refugiados, de cualquier desesperado. El #covid19 nos ha llevado a desconfiar los unos de los otros, de los que pasean al perro y de los que no aplauden, de los que hacen un ERTE y de los que piden la paga; de los teletrabajadores o los teleprofesores, de técnicos y políticos. En nuestras redes sociales solo entran los que se nos parecen, celebran o reafirman. La crítica suena a queja, y la queja a ofensa. Estábamos ya aislándonos antes de que nos encerraran.

Como el perro de Pavlov, al oír campanas salivamos con la esperanza de volver a las calles. Decepciona que nos preguntemos “¿cómo será?” y no “¿cómo lo haremos?”. ¿Es que seguiremos al dictado después de meses domesticados?

¿De verdad nos podemos considerar desconfinados siendo cada vez más desconfiados? Los desafíos de este futuro bien por aceptar o bien por construir requieren una cohesión ahora mismo muy debilitada. Haríamos bien en pensar cómo nos protegemos de contagios, sí, claro, pero sin ceder a la fácil solución de evitarnos los unos a los otros. Así no hay sociedad que se pueda considerar como tal.

Menos coraza y más corazón.

Junio

HABLAR CON LOS OJOS
Las cámaras de vigilancia por reconocimiento facial se desesperan frente a un rostro enmascarillado (¿volveremos a Esquilache?). Ahora que le habíamos puesto tan fácil a la Máquina lo de saber qué sentíamos (en apenas tres decenas de emojis) cada vez que nos comunicábamos, reaparece la posibilidad de aprender a hablarnos con la mirada. Los jugadores de mus pueden hacer webinars sobre cómo decir una cosa con la boca y otra con los ojos. Suspendidas las efusiones nos besaremos y abrazaremos con pestañeos y brillo en las pupilas. Puede que incluso nos hagamos expertos en entender los verdaderos discursos de políticos y otros oradores anulando el volumen del receptor y así, en silencio, comprender su historia de play-back. En tiempos catastróficos los lenguajes de signos, tan sencillos, tan humanos, tan indiferentes al 5G, siempre vuelven.

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LA SOCIEDAD GASEOSA
Las “nuevos” protocolos de distanciamiento se apoyarán en la tecnología que tanto parecía que costaba incorporar a todos los aspectos de nuestra vida. Y así la digitalización universal tomará impulso con el distanciamiento. Ante la amenaza sanitaria la respuesta es “chipificarlo” todo; en Internet de las Cosas las personas nos cosificamos, de manera anónima, cuantificable.

Pretendemos conseguir así el mantener las distancias sin perder la cohesión necesaria para seguir siendo ese animal social, el zoon politikon. Más separados pero todos conectados. En eso nos vamos pareciendo cada vez más a la estructura de los gases. Las moléculas se expanden y tienden a ocupar mucho más espacio que cuando estaban concentradas en el estado sólido o líquido. La tecnología es la temperatura que va a permitirnos acelerar y multiplicar nuestros movimientos, expandirnos hasta límites que antes nos frenaban.

Solo hay una salvedad. Para ocupar el mismo espacio, un gas necesita muchas menos moléculas dando vueltas de aquí para allá. Su densidad es muy, pero que muy baja. Me pregunto si, salvando las distancias, por supuesto, en esa nueva sociedad gaseosa -¿volátil?- tenemos cabida todos.
#covid19#distanciamiento

Julio

FASE SIN-CERO
Seguramente es una minoría, pero quizás no tan pequeña la que preferiría seguir como hasta ahora. Claro que no en el sentido de sentir escalofríos ante la idea de ir a un hospital; ni tampoco en el de no tener la libertad de moverse sin permiso. A eso es difícil cogerle gusto. Sí a muchas otras cosas, quizás, pero no lo decimos. Salvo que nos pregunten. ¡Cómo mostrar aprecio por lo que ha matado a tanta gente! En la narrativa oficial, nada del #covid19 puede ser agradecido y todos estamos deseando volver a la vida de antes. Así lo declaramos en voz alta: ¡qué ganas de abrazos, cervezas, piel, calle!

Pero en este tiempo, muchos, creo, hemos descubierto que no echamos de menos a tanta gente, planes, movimiento, ruido o consumo como el que acostumbrábamos. Digo añorar, sentir que nos falta. Lo correcto es decir que esto ha sido una pesadilla, pero las pesadillas están hechas del mismo material que los sueños.

Sinceramente, entiendo a los que echarán de menos algunas o muchas de las costumbres que nos ha traído el encierro; algunas nimias, otras de mayor calado, todas ellas entremezcladas en una especie de magma que no siempre aflora, pero en el que nadan los deseos, temores e ilusiones con los que tomamos nuestras decisiones vitales. Y sí, también las comerciales.


A veces, en Oximoronia hay palabras que significan una cosa y la contraria. Pero hay una en especial que nos advierte que mantengamos la distancia y al mismo tiempo nos lleva a estar más cerca que nunca de los demás: CUIDADO

#covid19#distanciamiento

Septiembre

Sesgados como estamos hacia una manera de observar y comentar las actuaciones políticas como si fueran el resultado de decisiones (equivocadas o no, eso es otro cantar) de voluntades de partido, de evaluaciones técnicas o de ocurrencias de gabinete, cabe preguntarse si no estaremos soslayando la posibilidad de que cada medida esté siendo comunicada en la forma y momento en la que un algoritmo recomiende que es la más adecuada para conseguir una respuesta social predefinida. Dicho de otro modo ¿Y si el quid no está en si nos confinan o nos restringen o nos menean sino en cuándo y cómo nos lo dicen y para qué?

photo: Anthony Parkes (CC)

SE ALQUILAN VAINAS.I

La revolución digital y los fenómenos asociados a ella, principalmente el de la deslocalización de la producción, han llevado a que las ciudades hayan dejado de ser espacios de fabricación para irse convirtiendo en un entorno de prestación de servicios y, por tanto, independiente de los ciclos de sueño. Vivimos en ciudades cada vez más insomnes ya que nuestro trabajo no depende tanto del horario industrial como del horario social.

En gran medida somos plenamente, cotidianamente conscientes de que no somos otra cosa que tiempo. Y ésa es una de las incertidumbres del vivir a las que nos hemos acostumbrado, la de cómo conciliar las distintas dimensiones de nuestra temporalidad. Por si no bastara con eso, cada salto tecnológico (cada nuevo monolito) nos obliga a redefinir nuestras referencias temporales, que a su vez alteran y modifican las espaciales, las sociales, las de todo aquello que vamos percibiendo en nuestro actuar y pensar.

Internet nos ha vuelto ubicuos, perennes, nos ha dejado en fin, a las puertas de poder ser otro poco menos humanos, más superhombres, de vulnerar límites físicos que todavía no habíamos cuestionado. Eso que veíamos con gozosa incredulidad hace veinte años cuando estrenaron Matrix, esa superación reflejada en la flexibilidad del cuerpo, en la inmensidad de los saltos o en la velocidad de los movimientos de Neo, Trinity o Morpheus, nos mostraba cómo gracias a la Red éramos capaces de adquirir nuevos superpoderes. El relato cinematográfico lo exponía en un plano visual y épico, pero en la realidad (incluso en esta virtualidad real por la que ahora nos movemos) nuestra capacidad física se está viendo desafiada y alterada sin tener que llegar a esas demostraciones grandilocuentes, sin ir más lejos en una de nuestras necesidades más básicas, la de cerrar los ojos y dormir.

El ser humano siempre ha necesitado dormir. Nada de lo que nos distingue social o individualmente está por encima de esa necesidad universal. Llevamos miles de años durmiendo y aunque no se saben bien las causas por las que lo hacemos, los científicos coinciden en que es un mecanismo evolutivo que no ha podido ser desechado, incluso siendo los menos dormilones de los primates. Dormimos menos horas que nuestros parientes más peludos, sí, pero dormimos más profundamente.  Ni siquiera nosotros hemos podido escapar a esa obligatoriedad. Y si no lo hacemos sufrimos todo tipo de trastornos hasta llegar a morir antes por no dormir que por no comer. Ha habido experimentos en ese sentido, aunque los que mejor lo saben, los torturadores de todo tiempo y lugar, no hayan dejado registro de sus récords.

Sin embargo, ya lo cantaba Frank Sinatra: welcome to the city that never sleeps, y se lo podría haber cantado a cualquier otra ciudad. No es sólo Nueva York la que no duerme sino todo ecosistema urbano contemporáneo. Hasta no hace demasiadas décadas la ciudad se expandió poblándose de mano de obra industrial, los obreros del éxodo rural contribuyeron a hacer de los núcleos urbanos las metrópolis que se desarrollaron durante el siglo XX. Pero los obreros, como los artesanos o los productores de todo tipo de bienes necesarios para satisfacer la demanda de esa enorme concentración de nuevos urbanitas, no dejaban de cumplir con sus horas de sueño. Dormir también era parte de una vida en cadena.

La revolución digital y los fenómenos asociados a ella, principalmente el de la deslocalización de la producción, han llevado a que las ciudades hayan dejado de ser espacios de fabricación para irse convirtiendo en un entorno de prestación de servicios y, por tanto, independiente de los ciclos de sueño. Vivimos en ciudades cada vez más insomnes ya que nuestro trabajo no depende tanto del horario industrial como del horario social. La esencia de la mayor parte de oficios que se desarrollan en la ciudad es la de gestionar algo que no fabricamos, ya no somos cadena de montaje sino de distribución. Nuestra labor urbana cotidiana se centra cada vez más en hacer llamadas y enviar emails y wassaps, trasladando información de una punta a otra. Ya no somos fabriles sino febriles. Somos todos un poco motoristas de glovo, sólo que lo que acarreamos como hormigas son bits y más bits.

Aun así nuestro trabajo nos agota y las horas de sueño nos siguen siendo necesarias, si no fuera porque la ciudad que no duerme es ahora un planeta entero. Un planeta urbanizado de servicios, de movimiento en el que, como en el imperio de Felipe II nunca se pone el Sol. Este animal que necesita dormir se ha fabricado para sí un mundo siempre alerta. Al contrario que en el tango, ya ni el músculo duerme ni la emoción descansa. ¿Cómo poder vivir en un mundo en el que siempre hay alguien despierto? Aparentemente, es algo que intentamos resolver entregándole nuestra consciencia (y quizás nuestra conciencia) a quien no necesita dormir ni dejar de hacer nunca su trabajo. Estamos trasladando, así, no sólo nuestro conocimiento sino también nuestra percepción, nuestra reflexión y nuestra reacción a la Máquina. Estamos trabajando intensamente, de hecho, en lograr descargar en máquinas y redes todo lo que almacenamos en nuestro cerebro, más allá incluso de los simples datos, hasta la propia identidad.

Dentro de poco se publicarán anuncios: “Se alquilan vainas” “Deje que su cabeza trabaje por usted, deposite su cuerpo en una vaina cómodamente equipada para su tranquilidad y confort y conecte su cabeza sin esfuerzo.” Vainas Matrix, su cabeza camina mientras su cuerpo reposa.

En el mundo globalizado siempre hay alguien que está despierto para hacer lo que tú no puedes hacer mientras duermes. Y la ansiedad de que te reemplacen en tu trabajo, tu negocio, tu inversión, tu oportunidad o tu presencia es la ansiedad del mundo y la llave de esa Matrix que nos mostraron a toda pantalla hace ahora veinte años. Nuestro próximo umbral, el de vivir al ritmo de un planeta que no duerme, está a punto de ser traspasado. Se abren tantas interrogantes a partir de ahí que es mejor dejarlas para más adelante, aunque no puedo resistirme a plantear la más evidente, la más romántica también. ¿Quién soñará nuestros sueños en un mundo insomne?

(continuará…)

adiós, mundo cruel (#megustasmuchísimo)

Escucho de pronto el “she’s leaving home” de los beatles y pienso que nadie escribirá nunca una canción tan bella, una historia tan llena de sentimientos y tan bien contados que se llame “she’s leaving instagram”, y en apenas tres minutos; si alguien lo consigue, por favor, que suba a los altares sin mayor requisito. A continuación, y a sabiendas de no poder ser ni tan breve ni tan bello, seré al menos sincero.

Diez años hace que entré en Facebook tras una brevísima resistencia de meses a la oleada que se venía. En parte por una misantropía de andar por casa entreverada de temor a la sobreexplotación de mi natural tendencia a repartir afectos. En parte porque no terminaba de entender el porqué de alterar mi profundo sentido del pudor, sobre todo el ajeno. Pero entré, por supuesto que entré, a las pruebas me remito. Por aquel entonces se hizo relativamente popular en Youtube un vídeo de lo más esclarecedor -y quizás por eso escondido ya en la memoria- que se llamaba “la máquina somos nosotros”. Aquel 2007 procuraba que todo el mundo viera ese vídeo. Y todavía hoy creo que merece la pena.

Facebook, y poco después, aunque intermitentemente, Instagram (ya digo, el pudor, no sé hacerme un selfi, como tampoco se me dan bien los nudos de las pajaritas ni recortarme la barba, lo mío con el espejo es algo enfermizo) y al rato Linkedin, Youtube, Pinterest y muchas otras a excepción de tres de las que renegué sin atisbo de autocompasión, a saber, Tuenti (soy mayor), Twitter (soy voraz) y Google+ (no soy tan raro). Contar mis peripecias en ellas es una redundancia, hice lo mismo que todos. Dejo las protestas de originalidad para quien se las crea. Si acaso reconozco que me entretuve mucho (en todos los sentidos) mientras difundía la actividad de una galería de arte domesticada (no mordía, ni cobraba comisión ni pedía obra a los artistas) que se llamó La Casa del Arco. Aprendí mucho, no lo voy a negar, y hubo momentos más o menos duros en los que, como el boxeador de Simon & Garfunkel, encontré refugio en ellas. Pero ya. Llegó el momento. Me despido, muchachada.

No reniego, pero ya no aprecio. Es más, comienza a dolerme. Percibo hoy las redes sociales como un monumento al miedo, y aún más como un colosal invento en el que el miedo se disfraza de amor, con todo el daño que eso acarrea. Dejo de usar, leer, mirar Facebook, dejo de mirar Instagram y de usarlo nada más que como pequeño álbum de memorias instantáneas. A partir de ahora no necesito ni contesto a mensajes, iconos, aplausos, piropos o solicitudes de amistad. Tampoco yo haré nada en ese sentido. No cierro los perfiles; hay demasiado depositado en ellos como para renunciar a rescatar algo en algún momento que lo necesite, pero ya es eso, demasiado. He escrito menos páginas de las que quisiera y más posts de los que querría haber escrito.

No dejo LinkedIn por el momento porque pese a que considero que es la mayor estafa de los tiempos digitales (y mira que hay) tengo algún que otro cliente al que presto servicio en esa red. Ya he ido en los últimos tiempos dejando de felicitar cumpleaños de los que no me acordaba, y reduciendo mi participación en debates más allá de una ironía o un emoji, que también me sobran, dicho sea de paso. Como con los billetes en circulación, que no representan ya el oro almacenado en los bancos centrales de los países, si quisiéramos canjear todos los emoticonos de besos y abrazos que se reparten digitalmente por besos y abrazos de carne y hueso no tendríamos brazos ni labios ni tiempo para hacerlo. Aquellos a los que puedo amar ya lo saben y los que me aman también lo saben. Todo lo demás lo siento ahora como miedo al vacío, al silencio o a mirar al espejo a los ojos. Y ése es un miedo que en este momento de mi vida ni me atenaza ni me llama. Las redes sociales me recuerdan las sirenas de Ulises, que cantan en nuestra mente maravillosas melodías hasta que nos acercamos lo suficiente como para descubrir el horrible grito de quienes sólo quieren depredarnos.

Digo que no reniego ni de lo que hice ni de las posibilidades que me ofrecen los medios digitales. Seguiré usando google maps (aunque cada vez menos automáticamente, espero), y spotify y trivago, claro. El mundo es digital y es mi mundo. Tampoco creo que por el hecho de dejarlo vaya a hacer miles de cosas que no hago. No respondo a un propósito de año nuevo ni creo que por dejar de mirar Facebook vaya a ir más al gimnasio ni a aprender alemán. Simplemente coincide. Terminan las navidades, terminan las vanidades. Ni he escrito ni dicho ni expuesto frase o foto alguna en estos diez años que no pudiera haberse quedado en mi tintero o en el intercambio cordial cara a cara con el amigo de turno. No es por tanto una decisión ni filosófica ni ideológica ni estratégica. Es una reacción nada más. Como digo, me duele.

Me duele ver que nos hayamos creído que somos un medio de comunicación, que por el hecho de hacernos eco nos hacemos oír. Me duele sentir la ansiedad de gente a la que quiero, la expectativa y la frustración por la respuesta a sus publicaciones, la rabia por algún comentario, la tentación de escudriñar el comportamiento ajeno, incluso de quien tenemos al lado. Me duelen efectos como la desconfianza y el recelo ante quienes sospechamos que ocultan tanto o más que cada uno de nosotros. Me entristece verme a mí mismo volviendo como un cazador furtivo a mirar una y otra vez cuantos pulgares han caído en mi casillero, a creer que los “me gustas” recibidos dan la medida de algo o a participar de un juego, porque eso son en realidad las redes sociales, un gigantesco casino en el que todos ponemos fichas y en el que se cumple inexorablemente la máxima de que la casa siempre gana, en este caso una maquinaria que devora todo lo que le damos y lo convierte en una papilla rosa que nos devuelve en forma de hamburguesa, mientras se queda con todos los nutrientes para sí. Me niego ya no sólo a participar sino (y sobre todo) a seguir siendo espectador.

No elaboro esta despedida como elegía personal, porque piense que le deba importar a nadie si lo hago o no. Hace unos días le escribí un mensaje de Facebook a mi amigo Yeyo. Nadie lo leerá porque él está muerto hace dos años aunque su cuenta siga viva y sin enterarse. Necesitaba hablar con él y me hice la ilusión de que lo leería, pero el gordo se reiría y me diría “anda, pandereta, que cuando te pones moñas…” Si escribo esta larga carta de suicidio digital es precisamente por eso, porque sospecho que habrá otros que, como yo, se duelen y a lo mejor no lo dicen, o lo dicen como una queja que suena a despecho, aunque en realidad sea otra cosa. Y quizás, sólo quizás, alguien se la tome como una conversación que podamos terminar donde siempre, en las cartas (los emails, que ya digo que no vuelvo a las cavernas), en las barras de los bares o en los bulevares.

Ya sabes donde estoy. Y si no, google seguro que me pone en bandeja. Nos vemos.