Selfivisión Plus

Una cosa es que lo que mostremos sea una versión favorecedora de nosotros mismos; pero a día de hoy (salvo estafadores, que los hay) esa persona que enseñamos en nuestras fotos y vídeos es, en gran medida, la misma que somos en realidad. Para sumergirnos en el Metaverso (llamémoslo así, por simplificar) necesitamos un traje de buzo o de astronauta: nuestro avatar. Al fin y al cabo no es lo mismo navegación que inmersión, y de eso va la nueva vuelta de tuerca de la Red, el que podamos recorrerla desde el interior, lo que implica de algún modo un cambio de dimensión, de atmósfera, de gravidez… de planeta.

Despedir a todo el equipo de atención al cliente mediante un vídeo previamente grabado, o a 900 empleados en una videollamada de pocos minutos, son noticias recientemente publicadas que han generado cierto desasosiego, tampoco mucho, si somos sinceros. Se han tratado y comentado en gran medida como si fueran salidas de tono extraordinarias, anomalías, extravagancias de ejecutivos psicópatas.

Sin embargo, en algunos países ya nos hemos ido acostumbrando a que los responsables políticos comparezcan a comunicar sus medidas -y algunas nada gratas para los ciudadanos- en una pantalla de plasma, desde antes incluso de que hubiera una pandemia acechando a la vuelta de la esquina.

Tampoco es novedad ya (hasta los boomers lo hemos aprendido) el que se pueda dar por terminada una relación afectiva con un simple mensaje de whatsapp; o incluso sin él, simplemente cortando los hilos de las aplicaciones que usabais como punto de encuentro. Tan fácil, tan frío. Un correo electrónico es hoy un arma tan precisa, certera y silenciosa en el entorno laboral o empresarial como la pistola con silenciador de las películas de asesinos a sueldo, o como el uso de drones para borrar a alguien del mapa a muchos kilómetros de distancia, sin tener que desgastarse en el cara a cara.

Solemos achacar estos comportamientos a una especie de deterioro generalizado de la empatía, y en más de una ocasión como efecto colateral de la aceleración y el distanciamiento experimentados por este nuevo mundo digitalizado y globalizado. Es lógico que pensemos así porque si hay todo un mito construido en nuestra sociedad es que la distancia es el olvido y el roce hace el cariño.

A menor roce y más distancia, la ecuación solo puede arrojar un resultado. Sin embargo, eso podría explicar la pérdida de amor, pero ya que no necesitamos llegar a esos extremos afectivos ¿explica también la pérdida absoluta de empatía por nuestros congéneres? Me pregunto más bien si la distancia que provoca ese deterioro en la manera de mirar a los demás no tendrá su origen, precisamente, en el propio formato con el que miramos, eso que en un artículo anterior llamaba Selfivisión.

Tu cara es un cromo

Esa disociación de forma y contenido que se refleja en todos y cada uno de los planos de la digitalización, y que incluso ha llegado a reflejarse en la distancia cada vez mayor entre la persona que somos y la máscara con la que nos mostramos ¿cómo no va a influir en la manera en la que percibimos a los demás? Si nosotros somos los primeros que manejamos nuestro yo digital como una producción audiovisual, en la que no todo es mentira pero, desde luego, no todo es verdad ¿cómo llegar a albergar un sentimiento profundo por los demás personajes del reparto, que apenas pueden aspirar más que a ser los secundarios de esa “peli” en la que nosotros somos los protagonistas?

A la velocidad a la que se mueve la Red y a la que nos movemos dentro de ella, las caras se suceden una tras otra sin tiempo para adquirir volumen. Como cuando de niños coleccionábamos cromos (me refiero a los que fuimos niños hace medio siglo, claro) hacíamos lo mismo que ahora veo hacer en Tinder. Sile, swipe, nole, swipe. Los perfiles de las redes sociales muestran nuestra foto y nuestra brevísima descripción para que podamos decidir a toda velocidad si nos quedamos con ese cromo o lo cambiamos por otro.

En esa objetualización propia está implícita otra aún mayor, la de los demás; lo que permite preguntarse si será una tendencia que las generaciones más jovenes y digitalizadas desde la cuna manejarán sin conflicto o si, por el contrario, a medida que vayamos sumergiéndonos en un nuevo formato de web, inmersiva, tridimensional, “metaversal” la separación entre personas y avatares llegue a ser tan insalvable que nos dé igual lo que pase con esos “muñecos” que comparten con nosotros el escenario del “videojuego”.

Quizás sea ese el escollo invisible al que deba enfrentarse la exploración y la explotación del anunciado metaverso (por mucho que Zuckerberg haya corrido para vendernos sus parcelas sobre plano, haciéndonos dudar de si la especulación inmobiliaria no habrá que considerarla un sesgo antropológico de nuestra especie). Quizás todo lo que hemos conseguido proyectar como imagen personal en el plano digital no nos devuelva la misma satisfacción si al “avatarizarnos” resulta que se hace añicos la última barrera de la credibilidad.

Una cosa es que lo que mostremos sea una versión favorecedora de nosotros mismos; pero a día de hoy (salvo estafadores, que los hay) esa persona que enseñamos en nuestras fotos y vídeos es, en gran medida, la misma que somos en realidad. Para sumergirnos en el Metaverso (llamémoslo así, por simplificar) necesitamos un traje de buzo o de astronauta: nuestro avatar. Al fin y al cabo no es lo mismo navegación que inmersión, y de eso va la nueva vuelta de tuerca de la Red, el que podamos recorrerla desde el interior, lo que implica de algún modo un cambio de dimensión, de atmósfera, de gravidez… de planeta.

Todo el día es Carnaval

Dice “el tío Mark” (y corean los más chic) que el metaverso abre un nuevo e infinito horizonte de negocio, de luz y de color; y que uno de ellos, heredado del sector del vídeojuego, será el de la venta de disfraces y complementos para enriquecer la expresión y la personalidad de nuestros avatares. La apuesta es trasladar el mismo patrón de diferenciación que enriqueció el sector de la moda al plano inmaterial; más o menos como cuando Neo, Trinity y Morpheus, aparecían “avatarizados” en la Matrix, luciendo guaperío de cuero negro y gafas de sol mientras que ahí abajo -prisioneros del mundo físico- andaban cubiertos apenas con unos andrajos remendados.

Quién sabe, puede que lleguemos a eso, puede que nos arrojemos a vivir la vida loca en lo virtual mientras vamos reduciendo paulatinamente las ocasiones para el disfrute físico. Casi todas las distopías apuntan de un modo u otro en esa dirección. 

Por el momento no es así. Por ahora dedicamos buena parte de nuestro tiempo y atención a crear, editar y proyectar nuestra imagen al “público”. Ya sea por motivos de trabajo, sociales, amorosos o comerciales, nos hemos convencido de que no podemos descuidar esa imagen con la que nos proyectamos en el entorno digital. En la inmensa mayoría de los casos, lo que mostramos no es una mentira salvo por omisión; es una versión edulcorada, sí, pero que no deja de ser real.

De hecho, gran parte de su valor, de la recompensa que obtenemos reside, precisamente, en que es nuestra cara la protagonista de esos momentos seleccionados, de esas fotos y vídeos admirables por el motivo que sea (desde la belleza del entorno a la integridad del mensaje, pasando por el humor del que hacemos gala). Entonces, cuando nos adentremos en ese metaverso en el que Zuckerberg y muchos más nos va a vender caretas y disfraces ¿a quién verán los que nos miren? ¿A nosotros? ¿A un cartoon? ¿A un personaje de vídeojuego del que no sabrán qué parte de lo que se ve es real o, una vez sembrada la duda, si quedará algo de realidad en alguna parte de eso que se ve?

The higher they rise…

Lo que se ha puesto de moda en llamar metaverso nos sitúa, me parece, en una encrucijada. A un lado, el camino que se nos está mostrando -vendiendo-, como una versión enriquecida de nuestra experiencia digital, es decir, un paso más en la misma dirección en la que ya caminábamos, un progreso.

El camino alternativo, en cambio, más que un avance puede llegar a parecernos un desvío o, incluso, un retroceso. Depende mucho de hasta qué punto lleguemos a sentir que ese avatar con el que nos adentramos en el nuevo entorno es capaz de respetar y transmitir la imagen que tanto nos cuesta construir. Total, para que luego digan que es un disfraz y, al abandonar el baile del Carnaval, al despojarnos de la ropa y la careta que hemos alquilado, como en la canción de Serrat, cada quien vuelva a ser cada cual. Esa “bajona” se aguanta un día de vez en cuando, pero ¿a todas horas? ¿y en el aula y en el trabajo también? La perspectiva me resulta tan aterradora como la perenne sonrisa del Joker.

El riesgo -ya lo estamos viendo reflejado en la creciente oleada de ansiedad y problemas de autoestima que sufren los niños y jóvenes de Occidente- es que el sueño sea tan apetecible que prefiramos quedarnos a vivir dentro de él, que el metaverso termine convirtiéndose en una metaversión de los fumaderos de opio. No sería la primera vez.

(artículo originalmente publicado en LinkedIn el 22.02.2022

Selfivisión

En el actual audiovisual no solo somos los protagonistas y los dueños de nuestro propio contenido mediático. Conscientes de ello, además, lo preproducimos, lo producimos y lo postproducimos, para transmitir la imagen que deseamos que los demás perciban de nosotros. No pretendo entrar a cuestionar, como ya es tópico, la sinceridad de lo que mostramos, sino el efecto que eso provoca en nuestra cabeza, en cómo nos ha llegado a cambiar la manera de percibirnos a nosotros mismos. Más o menos involuntariamente hemos pasado de tratarnos como sujetos a hacerlo como objetos.

Una pregunta para mayores de… ¿veinte años?

¿Recuerdas cuántas veces al día veías tu propia cara antes de que llegaran los smartphones y las redes sociales, allá por el 2007?

¿Recuerdas cuántas ocasiones tenías de escuchar tu propia voz en una grabación antes de que llegaran los mensajes de voz? ¿Y la rareza que te provocaba el oírla así, por fuera de tu cabeza, como si fuera la de otra persona?

Eso que ahora nos parece tan trivial, lo de vernos y escucharnos continuamente en la pantalla del móvil o el ordenador, ya sea en foto o en vídeo, es probablemente uno de los factores más impactantes de la disrupción digital. Y no lo es solamente porque hayamos pasado a formar parte de lo que antes era un territorio exclusivo de estrellas de la pantalla, ya fueran actores o políticos -disculpen la redundancia-, famosos o profesionales de los medios.

Es relevante porque al hacerlo, al convertirnos en los protagonistas de nuestros propios canales en las redes, hemos transformado por completo el sentido y el significado de nuestra imagen. Hemos pasado de vernos ocasionalmente en fotos y vídeos que documentaban lo que habíamos sido y hecho a mostrarnos a los demás para conseguir lo que deseamos ser y hacer.

En el actual audiovisual no solo somos los protagonistas y los dueños de nuestro propio contenido mediático. Conscientes de ello, además, lo preproducimos, lo producimos y lo postproducimos, para transmitir la imagen que deseamos que los demás perciban de nosotros. No pretendo entrar a cuestionar, como ya es tópico, la sinceridad de lo que mostramos, sino el efecto que eso provoca en nuestra cabeza, en cómo nos ha llegado a cambiar la manera de percibirnos a nosotros mismos. Más o menos involuntariamente hemos pasado de tratarnos como sujetos a hacerlo como objetos.

A diferencia de la época predigital, la foto que nos tomamos no responde tanto a una improvisación del momento como a una intención premeditada con un destino predefinido: el espacio mediático social de la Red. Al igual que en aquel tiempo ya olvidado, procuramos salir “guapos” en la foto, por supuesto, pero ahora, además de componer atrezo, vestuario y peluquería dentro de lo posible (y algunos más allá de lo posible), nos esforzamos en cuidar la localización, la luz y el encuadre. Y no nos conformamos solo con eso.

Disparamos varias fotos o realizamos varias “tomas”, para poder seleccionar después aquella que consideramos que es más “publicable”, incluso para la restringida audiencia de quienes no aspiramos a ser “influyentes”. El poder de sugestión del medio, de vernos en una pantalla -aunque solo sea por imitación a lo que hemos visto durante décadas en la del televisor- nos lleva a actuar como si nos fueran a ver cientos o miles de desconocidos. ¿Quién sabe?

Una vez elegida la foto, o el vídeo, y gracias a la enorme capacidad de las aplicaciones que nos lo facilitan, pasamos a edición, es decir, a recortar lo que no debería permanecer ahí, para la posteridad. En la fase de postproducción, por último, aplicamos un filtro más o menos embellecedor o artístico y, entonces, cuando estamos satisfechos con el resultado, a veces después de consultarlo con otros, lo publicamos. Lo hacemos, además, fingiendo una espontaneidad que está claro que ya no es tan “espontánea”, lo que los profesionales nos enseñaron que se llamaba “un robado posado”. Y todo este proceso no sucederá solo una vez; porque tenemos el arma y la motivación, y porque las oportunidades nunca escasean.

Una de las consecuencias de esta evolución de nuestra experiencia audiovisual es que irrumpe en la percepción de nuestra propia identidad; del sentido que adquiere para nosotros mismos tanto como de su papel en nuestra relación con los demás. Cada vez más, no son las fotos las que queremos que se parezcan a nosotros (como cuando Kodak nos vendía carretes y carruseles para conservar nuestros mejores recuerdos). Cada vez más, al crear todo ese despliegue de imágenes que anticipan en muchos casos el contacto presencial, somos nosotros los que queremos parecernos a nuestras fotos, a esa imagen que hemos compuesto y que nos gusta tanto proyectar.

De este modo, la distancia entre el yo que somos y el yo que mostramos se va ampliando poco a poco (o no tan poco, tal vez). Antes, cuando solo nos mirábamos al espejo un par de veces al día, era la interacción con quienes manteníamos una relación -cercana, cotidiana, física- la que nos devolvía el reflejo de lo que éramos. En esas condiciones nuestra imagen no podía distanciarse demasiado de la realidad, ni siquiera en Carnaval.

Ahora somos nosotros los que construimos ese reflejo para los otros, para muchos otros, con quienes mantenemos una relación que puede ir desde lo anónimo hasta lo puntual o televisado. En este nuevo formato de relación reemplazamos el ser por el parecer, en una estilización -insisto, generalmente inocente, pero no inocua- que termina por condicionarnos, por “engancharnos”.

El fenómeno, aunque lo trate aquí de ese modo, no es algo aislado. Este festival de egovisión es, en definitiva, un síntoma más de la disociación entre forma y contenido que reside en lo más esencial de la revolución digital.

Al manipular nuestra imagen, al convertirla en un objeto externo a nosotros mismos, no solo nos hacemos menos dueños de ella de lo que -paradójicamente- nos creemos, sino que abrimos la puerta a que se hagan dueños los demás, a que nos “memifiquen”, a que nos miren y a que -no hay más que ver los comentarios en las publicaciones de famosos y anónimos- nos cataloguen o evalúen como si fuéramos eso que hasta hace poco no éramos: simples personajes de la pantalla, en dos dimensiones, sin mayor profundidad.

P.S. Si has llegado hasta aquí (gracias) aprovecho para recomendarte que leas la historia de la imagen que ilustra este artículo. Lo de que el retrato sea una versión (muy) mejorada de nosotros mismos no es nuevo, sobre todo cuando tiene un propósito de venta. Es ahí donde hemos acabado recalando todos, y es ahí, en la universalización del fenómeno donde todo se altera. Porque… ¿cuando todos hemos caído en la tentación de vendernos, quiénes serán los que confíen en lo que enseñamos y quieran comprarnos?

(artículo originalmente publicado en LinkedIn el 20.02.2022)

Mario Camus, historiador

Gracias a Mario Camus, tanto las series y películas que realizó como los guiones que firmó para otros, cualquier alumno, estudiante o aficionado a la historia contemporánea española dispone de un archivo visual inigualable que recorre, desde “Los desastres de la guerra” hasta “La Rusa”, los siglos XIX y XX de nuestro país.

Soñé durante muchos años con llegar a hacer un documental que no hice.

Trato de recordar ahora cómo fue que surgió aquel sueño. Me imagino que en parte fue fruto de la lectura adolescente de los Episodios Nacionales, así, de un tirón, gracias a una concatenación afortunada a lo largo de los años; desde la semilla plantada por Elisa Vallina -mi profesora de Sociales en el cole- hasta el hecho de que se publicaran en lujosos fascículos coleccionables “de venta en el kiosko”, y, sobre todo gracias -sí, gracias- a un accidente que me tuvo postrado en cama durante un par de semanas durante las que cayeron las dos primeras series.

La primera serie de los Episodios está plagada de asedios ciudadanos; Zaragoza, Gerona, Cádiz… y, de alguna manera, quizás también Madrid. El año pasado, cuando comenzaron a confinarnos en las ciudades, cuando reeditamos el asedio de los “fanfarrones”, ahora invisible, pandémico, se conmemoraba precisamente el centenario de la muerte de Galdós. Justo antes del encierro, en un viaje relámpago de ida y vuelta en un día, y a bordo de un tren desierto, me acerqué a Santander, a visitar a Mario Camus.

Al surgir el tema del año Galdós le pregunté cómo era posible que la televisión española no hubiera nunca producido una serie sobre los Episodios galdosianos. Me respondió que algo se intentó; en tiempos de “la Miró” el proyecto estuvo sobre la mesa. Por lo visto se había planteado como un proyecto ambicioso, que implicaba a diferentes realizadores, pero que -quizás por esa misma ambición- nunca había llegado a materializarse.

En todo caso, ese documental que yo soñaba con hacer algún día, era el que me había llevado a Santander, a ver a Camus, pero no versaba sobre Galdós ni sobre los Episodios, ni sobre literatura. Tampoco sobre cine, al menos no desde una perspectiva cinéfila, sino sobre la historia contemporánea de España. Sobre una manera de contarla que, estando a la vista de todos, parecía haber pasado desapercibida. Lo que me ocupaba el pensamiento a saltos, pero desde hacía ya veinte años, era contar la historia de un historiador excepcional en todo el sentido de la palabra, el propio Mario Camus. A nadie se le escapa su talento como gran director de cine, como reconocido guionista y adaptador de algunas de nuestras mejores novelas, incluso novelas que costaba imaginar traducidas en película o serie televisiva. Sin embargo, pensaba, apenas se había puesto en relieve que la obra visual de Camus recorría de punta a cabo nuestros últimos doscientos años. En pocas entrevistas, si acaso – en realidad, en ninguna que yo hubiera visto o leído- se resaltaba ese aspecto de la filmografía de Mario Camus.

Más aún, el propio Mario parecía haber pasado por alto esa cuestión hasta que no se la planteé por primera vez, hacía ya años, en su casa de Ruiloba, cuando comenzaba a pergeñarse esta idea, esta hipótesis del documental que, cuanto más tiempo pasaba, más me pesaba no echar a rodar.

Literatura e historia, a veces coetáneas, como en el caso de Galdós o Cela, a veces rememorada, como en el caso de La ciudad de los prodigios o La Rusa. Camus había ido fundiendo la historia sabida, la de los libros con mayúsculas, y la intrahistoria, la de las vidas de la gente minúscula, haciendo que la menor de ellas fuera el vehículo para que pudiéramos acercarnos a la mayor, eliminando las distancias temporales y construyendo así, el vínculo que nos enhebra a todos. 

Gracias a Mario Camus, tanto las series y películas que realizó como los guiones que firmó para otros, cualquier alumno, estudiante o aficionado a la historia contemporánea española dispone de un archivo visual inigualable que recorre, desde “Los desastres de la guerra” hasta “La Rusa”, los siglos XIX y XX de nuestro país, como se puede comprobar solo con echar un vistazo al esquema que ilustra estas líneas.

Historia Contemporánea de España en la filmografía de Mario Camus

“Los derechos de todas los tiene Cerezo”, me dijo. “Habla con él, porque si él no los cede, no tiene sentido que hagamos nada”. Tenía razón. claro. Si algo conocía bien Mario era su medio, y no solo en la parte técnica o artística, sino en los entresijos de la producción, de quien tuviera o no la llave para que un proyecto arrancara o se hiciera realidad. A los tres días se decretó el estado de alarma. Nunca pensé que aquella tarde, cuando nos despedimos, fuera la última que le vería.

Lo cuento ahora porque sigo creyendo que hay una historia escondida entre los distintos episodios del Camus historiador. Porque él -al igual que hiciera John Ford, con quien tanto comparte- contribuyó a convertir la Guerra de la Independencia en nuestro western de bandoleros; y a reconstruir el avispero de la postguerra en la tertulia del Gijón, de la que él mismo formaría parte algunos años más tarde; y a descubrirnos la crueldad cotidiana de la incombustible España de los caciques; en definitiva, a revelar fotograma a fotograma el imaginario de dos siglos que, sin su mirada, nos costaría mucho más llegar a reconocer.

Publicado originalmente en LinkedIn el 12.10.2021

Data is the question

Una vez que tanto personas como empresas estemos digitalizadas y los datos de unas y de otras afluyan sin cesar… ¿qué impide que surjan nuevos modelos de relación que ya no se limiten al ámbito del consumo privado sino que irrumpan también en los modelos de servicio público? ¿Qué pasaría si el intermediario al que se supera es el propio estado en aras de los siempre prometidos beneficios de eficiencia, ahorro, agilidad… justo esos que tanto echamos en falta en la gestión pública?

En el último mes de 2020 aparecieron en los medios dos noticias sobre Facebook que en medio de todo lo que nos atenaza creo que conviene traer a primer plano. En la primera semana de diciembre se publicaba la demanda de la Comisión Federal de Comercio estadounidense pidiendo desagregar la compañía en otras de menor tamaño, aplicando las normativas antimonopolio a la red social de Zuckerberg. La otra, del 23 de diciembre, es la comunicación de que Facebook se avenía a pagar algo más de 34 millones de euros a la Hacienda Pública española en concepto de atrasos del impuesto de sociedades durante el lustro 2013-18.

La primera conclusión que se puede extraer de ambas noticias es que, sin duda, la revolución digital va muy por delante de las instituciones y de las naciones. Tanto, diría, como que la mayoría de estas aún no se han enterado de cuál es la esencia de su impacto sobre los ciudadanos y, por tanto, a qué deberían prestar atención a la hora de fiscalizar su actividad.

En muy pocas líneas, la revolución digital es la primera revolución tecnológica que ha alterado el orden habitual de adopción de los avances tecnológicos. Por primera vez no han sido las industrias ni los ejércitos los primeros en utilizar y apropiarse de las posibilidades que introdujeron las redes sociales, el smartphone, las apps y, en definitiva, todo esto que hoy hemos dado en llamar -de un modo más o menos ambiguo- “la digitalización”. Han sido las personas, millones de personas, las que han hecho de Facebook, Youtube, Instagram, Twitter o TikTok los gigantes que son hoy. Y no solo ha ocurrido con las redes sociales, sino con nuevas empresas que la gente ha aupado al trono de sus sectores de la noche a la mañana: Booking en la hostelería, Spotify en las discográfica, Netflix en la del contenido audiovisual, Uber en la del taxi, Stripe y Paypal en la financiera, o -por supuesto- Amazon en el comercio, al igual que tantas, tantas otras.

Por no hablar de Google, claro, el ¿buscador? a través de la cual se entiende y se muestra nuestro mundo hoy. Desde conducir hasta comprar un billete de avión, pasando por todo aquello que pueda interesar a una persona; todo, todo, cruza en algún momento el territorio Google, en cualquiera de sus expresiones.

Todos estos gigantes empresariales tienen en común el haber llegado a lo más alto de sus respectivos sectores sin haber tenido antes ninguna experiencia de relevancia en ninguno de ellos. ¿Cómo lo han hecho, entonces? No tenían tanto capital, ni conocimiento como para haber asaltado el poder por los mecanismos que ya conocíamos. Sencillamente tenían nuestros datos.

Gracias a los billones de datos que venimos transmitiendo continuamente desde hace una década, los fabricantes de algoritmos, los expertos en hibridar los unos y ceros de un e-commerce con los unos y ceros de una app de geolocalización, han conseguido situarse en la pirámide de cada ecosistema industrial por encima de sus “productores” y/o “propietarios” para, así, imponer nuevas reglas y redefinir modelos de negocio que creíamos muy maduros.

Estos nuevos modelos de negocio no se han basado -también por primera vez- en modificar el producto o servicio en sí mismo; lo que consumimos sigue teniendo las mismas cualidades a lo largo de toda la cadena, ya sea un viaje en taxi o una canción. Uber no ha inventado un nuevo vehículo ni Spotify un nuevo soporte musical. El nuevo modelo impuesto se ha desarrollado a partir de superponer a lo que ya existía una capa de gestión inteligente de esa cantidad masiva de datos que todos nosotros proporcionamos sin cesar, muy especialmente (pero no solo) los que transmitimos al buscar, elegir y consumir esos productos o servicios. A cambio de “quitarnos” pre-ocupaciones (como la de cuál será el precio de un trayecto de taxi, o la mejor oferta de un hotel o un vuelo, o dónde habremos guardado el disco que queríamos escuchar en ese momento), los nuevos modeladores del negocio han podido acceder a una posición de dominio sin necesidad tampoco -y esto es clave- de aportar un capital millonario para conseguirlo.*

Su asalto ha sido tan sutil y colosal como el del caballo que Ulises le “regaló” a los troyanos. Cuando se han querido dar cuenta, los grandes líderes de los distintos sectores económicos de nuestro mundo se han encontrado con que ya no tenían la opción de digitalizarse al ritmo y medida que ellos quisieran, sino que estaban abocados a hacerlo a marchas forzadas si querían mantenerse dentro de un nuevo modelo de mercado y que no se les cayera de las manos todo eso que habían construido y negociado y que, hasta ese momento, estaban convencidos de que era suyo y de nadie más.

De pronto, en 2020, el panorama que ofrecen los mercados es enorme y sorprendentemente distinto al que mostraban hace apenas dos décadas. Basten dos ejemplos, el Dow Jones debe dejar fuera de sus estimaciones las cotizaciones de los gigantes tecnológicos para poder definir sin distorsiones cuál es el valor de la economía norteamericana. En fechas recientes, Exxon ha salido de ese índice y ha cedido su lugar a Salesforce. Una petrolífera, cuyo valor en activos tangibles es descomunal ha sido reemplazada por una tecnológica especializada en la gestión de bases de datos cuyo modelo podría ser replicado prácticamente a coste cero. La mismísima General Electric lo ha hecho después de permanecer en él durante un siglo. Adiós, valor basado en el pasado; hola, valor basado en la expectativa de futuro.

¿POR QUÉ VALEN TANTO LOS DATOS QUE REGALAMOS SIN DAR MAYOR IMPORTANCIA?

Los datos, ahora lo sabemos, se traducen en dólares, más allá, mucho más, incluso, de la anécdota del bitcoin. ¿Pero qué son los datos en realidad? Los datos son nuestra vida convertida en información. Los datos somos nosotros y nuestra inercia convertida en estadística predictiva. La economía del dato se basa en la premisa del que el ser humano es un animal de costumbres, si no a título individual, sí como colectivo. Las compañías que saben lo que buscamos, elegimos y consumimos dentro de cada área de actividad humana son capaces de anticiparse a nuestra futura demanda con un margen de error muy estrecho que obvia las extravagancias personales. Y gracias a eso son capaces, además, de condicionar nuestra demanda futura para que ese margen de error sea más estrecho todavía.

Cuando entramos en Netflix o Youtube, o en nuestro feed de Instagram o cualquier otra red social, no solo miramos aquello que queremos, sino que el algoritmo nos propone que veamos lo que parece que nos puede interesar. Esa oferta predictiva a la que llamamos “personalización” no es absolutamente espontánea, sino que implica ya una intención, un objetivo, similar al que el perro del pastor provoca con sus movimientos para conseguir que las ovejas no se salgan del rebaño mientras se mueven de un lado para otro. ¿De verdad creemos que el algoritmo actúa con total asepsia cuando de nuestro comportamiento en la Red se deriva una actividad comercial colosal? ¿Podemos pensar en nuestra total independencia y libertad de elección cuando sabemos que el 90% de las búsquedas de Google no van más allá de los resultados de la primera página?

Imaginemos que nos hubieran dicho hace un cierto tiempo que podrían entregarnos cada semana la estadística de qué es lo que la gente se pregunta cuando está a solas delante de su ordenador. Ningún test, ninguna encuesta realizada por un instituto de investigación sociológica habría podido llegar a conseguir tanta sinceridad tan rápidamente de tantos millones de personas, hasta el punto de que es difícil delimitar ya si encontramos lo que buscamos o si, en realidad, buscamos lo que encontramos. A partir del momento en el que Google trafica con esa información para vender publicidad -y desarrollar futuros modelos de negocio que impidan la huída de las ovejas- nuestros datos dejan de ser inocuos para transformarse en herramientas, cuando no en armas, para el asalto a cualquier fortaleza económica existente.

SI LOS DATOS TIENEN UN VALOR EVIDENTE ¿CÓMO ES QUE NO SE LES DA EL MISMO TRATO FISCAL QUE A OTROS INGRESOS O PLUSVALÍAS?

Los estados, las instituciones públicas, parecen medir solo el valor de las transacciones monetarias a la hora de intentar fiscalizar a las empresas del dato, inhibiéndose de considerar que los datos que cedemos los ciudadanos son una fuente de riqueza, la mayor y más constante de nuestros tiempos. Tasar solo las transacciones -la facturación y los ingresos- es un impuesto que se revela apenas simbólico (y de un importe en realidad irrisorio para las BigTech). Toda esa “dura” negociación en torno a cuánto pagan de impuestos compañías como Facebook u otras lo que hace es distraer en realidad de la verdadera trascendencia del negocio que está en juego, que no es otro que el de la propia supervivencia de los estados democráticos tal y como los entendemos. ¿Suena una afirmación algo exagerada? En realidad, no lo es, si simplemente seguimos avanzando por el mismo hilo que hasta ahora.

Dede el momento en el que el tráfico de datos personales ha hecho posible que aparecieran nuevos jugadores y redefinieran el modelo de negocio de cada sector de actividad, todas las empresas se han visto en la necesidad de digitalizarse (datificarse, nubificarse…) para actualizar su oferta y adaptarla a las nuevas demandas de ese consumidor digitalizado.

De este modo, ya no son solo los datos de la gente los que llegan a las máquinas para su procesado; ahora van llegando también los datos de toda la actividad comercial y productiva del mundo, y con el mismo nivel de detalle que en el nivel anterior, es decir, geolocalizados, calendarizados y tipificados de tantas maneras como se quiera. Bajo la ilusión de facilitarle la vida a las empresas, como anteriormente ha ocurrido con los ciudadanos, las empresas del dato consiguen, de este modo, una información completa y constante de nuestro mundo, a la escala que se desee. Y esto es así, al menos, en el entorno de las economías de mercado occidentales, es decir, en el entorno de los estados mercantiles y mercantilizados nacidos a partir del siglo XV. Nuestras naciones son, más allá de los símbolos de identidad, fundamentalmente una balanza comercial. Sin ir más lejos, lo que llamamos Europa no es más que lo que en su momento fue conocido como Mercado Común Europeo, y resulta evidente remarcar que la política de la Unión apenas ha superado esa fase sin llegar a convertirse nunca en un “estado de estados”.

ELIMINAR INTERMEDIARIOS HA SIDO LA CLAVE DE LA EXPANSIÓN DIGITAL

El estado occidental contemporáneo es esencialmente un gestor de recursos económicos, un intermediario cuya mayor utilidad es la de elaborar presupuestos que favorezcan el crecimiento económico del país, ya sea mediante instrumentos financieros o relaciones comerciales. Por algo a la función pública la llamamos Administración. Pues bien, si algo han dejado ver las empresas nacidas de la revolución digital es que su palanca para el asalto a cada sector industrial ha sido la de la “desintermediación”, la de llegar directamente al consumidor o usuario sin escalas. Desde nucleos centrales ubicados allí donde supusiera menos coste (Irlanda, por ejemplo) se podía llegar directamente al consumidor.

Entonces, una vez que tanto personas como empresas estemos digitalizadas y los datos de unas y de otras afluyan sin cesar… ¿qué impide que surjan nuevos modelos de relación que ya no se limiten al ámbito del consumo privado sino que irrumpan también en los modelos de servicio público? ¿Qué pasaría si el intermediario al que se supera es el propio estado en aras de los siempre prometidos beneficios de eficiencia, ahorro, agilidad… justo esos que tanto echamos en falta en la gestión pública?

¿Qué impide que nazca una app que permita a un ciudadano -o a una empresa- elegir la nacionalidad que más le interesa en cada momento, resida en el país que resida, si con ello se beneficia de un mejor trato fiscal o social? ¿Qué impide que se pueda plantear un sistema educativo supraestatal si con ello se obtiene una mejor educación que la que nos pueda ofrecer el propio sistema de nuestro país? ¿Por qué no ofrecer al gobierno de una nación o región (o, ya puestos, incluso otras subdivisiones no formalmente administrativas, como la “nación-deporte” o la “nación-lgtbiq+”) las ventajas de un sistema inteligente de gestión de recursos energéticos -por ejemplo- si con ello se reduce el coste considerablemente? El mismo esquema de desintermediación, llevado al escalón superior, supone, como de hecho ya ocurre, la externalización de la gestión de recursos a quienes son capaces de hacerla más eficiente, sin que nos preguntemos demasiado qué ocurre después con esa información que hemos facilitado en aras de un mejor servicio público.

¿Suena exagerado? Pensemos, por ejemplo. en cómo opera Salesforce, el líder global de soluciones CRM. Cuando una empresa dentro de un determinado sector industrial solicita una solución adaptada a la especificidad de su negocio, Salesforce le entrega una solución para la que la propia empresa ha tenido que empezar aportando toda la información sobre sus procesos y métodos comerciales, así como su estrategia de crecimiento, para que la nueva solución pueda adaptarse a los objetivos competitivos que se ha fijado. Pues bien, haber pagado por esa “solución” no le da derecho a la empresa a alterarla por métodos propios. Si quiere correcciones deberá recurrir de nuevo a Salesforce, quien, además, podrá basarse en el producto entregado para desarrollar y vender ¡al resto de competidores! la misma solución, ahora con el valor añadido de la especialización.

Lo anterior, en realidad, tampoco es tan nuevo, y hasta goza de un nombre respetable: “economía de escala”. La diferencia estriba en que esa información que obtenemos de un cliente, y que aprovechamos para captar a nuevos clientes, está compuesta ahora de data, es decir, de datos digitalizados, convertidos en unos y ceros, con capacidad para mezclarse sin importar su origen ni procedencia. Incluso dando por sentado el que los datos sean tratados de manera absolutamente anónima, se abren infinitas vías a que surjan nuevos mash-ups, desarrollos híbridos inéditos que correlacionen la información obtenida de usuarios y consumidores con la extraída de las empresas, y que -una vez conseguida esa aleación- sea relativamente sencillo encontrar el modo de revolucionar la relación de los ciudadanos con los servicios públicos, sin necesidad de montar una estructura estatal paralela, es decir, aprovechando la capacidad de desarrollar “en el laboratorio” una nueva forma de servicio público, y proponerla como una solución inmediatamente disponible, sin dejar tiempo de reacción a los gestores del modelo tradicional.

¿TIENEN NACIONALIDAD LOS DATOS?

Desde luego la tenemos quienes los generamos. Imponer tasas o impuestos sobre el volumen de datos traficado, entonces, no debería sonar como algo ilógico, puesto que la riqueza que generamos con ellos no redunda en nuestro beneficio de manera proporcional. Es decir, a día de hoy, los usuarios no disponemos de información en la que podamos saber cuántos datos hemos facilitado a lo largo del día, ni de qué tipo son, ni a quién le llegan, ni qué se hace con ellos. Simplemente recibimos un servicio al que tampoco exigimos ningún informe, ningún saldo, ninguna evaluación ni, por supuesto, ninguna compensación o comisión por el beneficio que obtengan. ¿Cómo hacerlo si, en teoría, son gratuitos? Parece extraño que las mismas empresas que han entendido rápidamente que al acceder al Big Data de los consumidores obtenían una rentabilidad económica, ignoren que los datos que ellas mismas facilitan revertirán en el bolsillo de terceros. Y aún más extraño que los gobiernos sigan actuando como si esa actividad económica solo tuviera una dimensión, la de las transacciones financieras evidentes.

¿Tan raro suena que el gravamen tecnológico no se realizara solo sobre los ingresos contables (eso son cosas de la hacienda pública, que también) sino sobre el volumen de datos traficado por los ciudadanos de cada país? ¿Cuál sería el porcentaje a tasar por los datos que transmite cada ciudadano digitalizado? Así ocurrió con las Bells norteamericanas en el siglo pasado. Demasiada información -demasiado poder- en manos de un solo jugador supone algo más que un riesgo económico; lo es también social.

Aparte de descomponer a los gigantes en unidades más pequeñas, y la consiguiente regulación del mercado para garantizar un número suficiente de competidores en igualdad de condiciones de partida, cabría que se desarrollara un modelo de fiscalidad sobre el volumen de datos gestionados. ¿Podría ser una tasa fija como licencia de tráfico digital, similar a la que se aplica en el espacio radioeléctrico? ¿Podría ser fluctuante según el volumen y/o la tipología de los datos traficados? ¿O en función del número de usuarios cuyo tráfico se gestiona? ¿Podría ser una nueva unidad de medida que reflejara eso tan oído de la “monetización del dato”? Esta reflexión no se plantea realizar un análisis tan exhaustivo, pero sí apuntar que, seguramente, hay una parte considerable del impacto económico de nuestra vida digital que permanece fuera del punto de mira de quienes debieran regularlo con criterios de bien público.

Hay otra más radical, claro. Volver a mirar una vez más a China e intervenir total o parcialmente los servicios digitales, entendidos como sector estratégico, o -dicho de otro modo- que sea el estado el dueño final de los datos, así como el responsable de su control y gestión; que las empresas que se lucran con ellos lo hagan como licenciatarios temporales, es decir, que disfruten de su uso y no de su propiedad.

Se debate en estos momentos en Europa una nueva legislación sobre la industria digital. Llegará, sospecho, tan tarde como las anteriores, porque el mundo digital en constante expansión no tiene precedentes, y por tanto no se puede legislar reactivamente. Si algo hemos comprobado en la última década es que el vacío legal en el que se desenvuelve gran parte de la actividad digital es enormemente difícil de acotar con los métodos de la era predigital. Si todos los elementos del sistema socioeconómico están replanteándose su razón de ser y su manera de hacer, no estaría de más empezar a repensar también cómo puede ser la manera de regular y legislar que responda al mundo tal y como es. Principalmente porque habrá un momento que en este anunciado entorno de inmediatez e inteligencia artificial, las leyes pueden terminar convirtiéndose en papel mojado desde el primer minuto.

Es posible que sigamos creyendo que no hay motivo para tal inquietud; que el día que queramos, podremos dejar sin alimento -sin datos- a las empresas que los digieren y dirigen. Bastaría solo con apagar el móvil, ¿no es así? En ese momento es cuando me viene a la cabeza el simpático HAL 9000, para intuir que esa es una decisión que cada día que pasa se volverá más difícil de tomar.

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* NOTA: En el camino, los usuarios, para ahorrar dinero o molestias, hemos llegado a asumir ser la mano de obra o incluso el ingrediente del nuevo modelo de negocio que se nos ofrecía en principio como “servicio”. Hemos sido las personas las que hemos introducido nuestros datos en los casilleros, durante horas y horas, para ahorrar en el precio del avión, o los que hemos educado a las máquinas al ir relacionando conceptos y enlazarlos en nuestros perfiles sociales con citas, canciones o vídeos una y otra vez. ¿Menos intermediarios? Sí, pero también somos un poco menos clientes, y nos ofrecemos como producto, como comerciales de nosotros mismos, y como eficientes secretarios que recopilan y entregan puntualmente todos los datos que se nos soliciten.

Si has leído hasta aquí 😀 te dejo una pequeña pregunta: ¿No te suena extraño que todas las estadísticas sobre uso de las tecnologías nos cuentan con qué dispositivo navegamos, cuánto tiempo dedicamos y que tipo de aplicaciones usamos? ¿Nos sirven para entender algo esas cifras? ¿Por qué nunca aparecen las de cuántos datos transferimos, de qué tipo son y en qué momento y lugar lo hacemos, por ejemplo? Porque las compañías que los canalizan y analizan sí disponen de esa información. ¿Por qué no se hace pública, entonces, para que todos podamos acceder a una información que contribuimos a generar? ¿Curioso, no?

publicado originalmente en LinkedIn el 19.01.2021

photo: hunter leonard – unsplash

La sociedad disociada

Una de las principales consecuencias de la revolución digital es que por primera vez en nuestra historia la forma y el contenido han comenzado a discurrir por separado. Las implicaciones de esta disociación aún no han hecho más que empezar, pero ya se dejan notar sus efectos, como para anticipar otros futuros.

Hace no mucho tiempo, en una galaxia muy cercana…

Todavía a principios de este siglo XXI, la Galaxia Gutenberg gozaba de muy buena salud. Aún éramos capaces de dominar los medios de comunicación, o al menos hacernos la ilusión de que sabíamos lo que eran y para qué servían. Leíamos la prensa, escuchábamos la radio, veíamos la televisión, hablábamos por el teléfono. Lo que se dice, una perogrullada: cada cosa servía para lo suyo, y a ninguno de nosotros se nos ocurría confundir churras con merinas ni mucho menos ponernos a escuchar el periódico o leer la tele.

Pues bien, recién estrenado siglo (y milenio), esa tradición de cien años que nos parecía tan obvia y natural empezó a desmoronarse a una velocidad de vértigo, y sin que nos paráramos demasiado a analizar lo que ocurría, más allá de las consecuencias económicas evidentes del descenso de ventas de los medios impresos o la fragmentación exponencial de las audiencias audiovisuales. Allá por 2005 el lenguaje de programación de la Web, el archimencionado html pegó un salto evolutivo que haría posible que poco más tarde entráramos en lo que se llamó la Web 2.0. Como se decía en este vídeo de 2007 visto por más de 11 millones de personas (me siguen pareciendo pocas), la forma y el fondo dejaron de ir de la mano.

Apenas una frase, un concepto sin aparente trascendencia, esa disociación de formato y contenido representa una de las claves para entender el mundo surgido de la revolución digital y, al mismo tiempo, la apreciable dificultad que muchas personas y organizaciones han tenido y tienen para anticipar sus consecuencias y comprender algunos de los acontecimientos de está nueva época.

Una vez que la forma se separa del contenido nuestra percepción se desestabiliza, se tropieza, y se quiebra nuestra confianza, como con las ilusiones ópticas. Nuestro cerebro está acostumbrado a que si decimos la palabra silla nos estemos refiriendo a eso que llamamos silla, a riesgo de caernos de culo al suelo de no ser así. El desarrollo del lenguaje es una de la grandes hazañas de nuestra especie, y nos cuesta renunciar a su utilidad más básica; la de ponernos todos de acuerdo en qué es cada cosa que nombramos. Hemos aprendido desde niños que la parte formal de las palabras (el significante) y lo que definen (el significado) se complementan de manera absoluta, y esa capacidad que tenemos para ponerle nombre a las cosas es algo que nos hace muy felices (lo que no podemos ponerle nombre nos llena de inquietud, y cuando por fin lo hacemos sentimos que ya es nuestro, que lo controlamos un poco más).

De ahí, por ejemplo, que desde el primer iPhone hasta hoy en día contemplemos como un artilugio inocuo ese smartphone que hemos comprado a nuestros hijos con la misma soltura de cuerpo con la que antes los Reyes Magos nos dejaban los walkie-talkies al lado de los zapatos. Total, su nombre lo dice, no son más que teléfonos, ¿no es así? Qué podrían tener de malo o peligroso. Recuerdo haber sugerido a la responsable de telecomunicaciones del gobierno andaluz en el año 2007 que en las cajas de los teléfonos móviles se indicara clara y visiblemente que no se trataba de un juguete, y que se recomendara su uso bajo la supervisión de un adulto. En aquella conversación informal se encontraba también uno de los altos ejecutivos de Vodafone España, y recuerdo igualmente la mirada entre incrédula y sarcástica que me dirigieron ambos, como si hubiera recomendando el uso del anorak en Écija durante el verano.

La “gamificación” del smartphone y de sus “hijas”, las apps, representaba un poderoso argumento de ventas para las compañías de telefonía que -con la vista puesta en la cuenta de resultados del año siguiente- hicieron de mamporreras para las Big Tech, entonces no tan big. Visto lo visto es posible que no se dieran cuenta hasta que fue demasiado tarde de que sus enormes beneficios a corto plazo palidecían al lado de la trillonada que estas nuevas compañías eran capaces de capitalizar apenas cinco años después.

No, lo que llamábamos teléfono ya no era ni de lejos lo que habíamos aprendido que era un teléfono -ese canuto que servía para hablar con alguien a distancia, ya fuera fijo o móvil- pero seguimos llamándolo de la misma manera, como si fuera un dispositivo doméstico, familiar y controlable. Es solo un ejemplo de que la forma y el contenido no solo se separaron en la manera de programar la Web sino también de que a partir de ese momento, en todo lo relacionado con el entorno digital -es decir, todo- nada terminará siendo lo que parece. Ni siquiera nosotros mismos. Basta darse una vuelta por cualquier red social para descubrir mil y un ejemplos de esta creciente distancia entre lo que mostramos y lo que somos.

Parte de esta esquizofrenia de la nueva realidad digital la alimentamos cada día. Por ejemplo, cuando alguien nos indica que estamos volcando todos los datos de nuestra vida en una “nube” (otro nombre amable y gaseoso que no aclara en absoluto su verdadero, sólido y contundente contenido) y respondemos con un displicente “mis datos no tienen importancia, me da igual que sepan donde estoy o lo que hablo con mi primo”. Con qué rapidez despachamos cualquier invitación a repensar nuestro comportamiento digital y/o digitalizado para “aseguramos” de que no nos quiten el juguete que tanto nos gusta. Total, ¿qué puede tener de peligroso una app para que nuestros amigos vean nuestras fotos y vídeos? No nos pongamos intensos, por favor.

Hace poco más de un año, durante una comida, la directora de la operación en España de una de las mayores redes sociales globales comentaba muy preocupada que sus hijos estaban metidos en TikTok, y que temía que sus datos fueran directamente a China, que a saber lo que allí harían con ellos. No pude menos que indicarle, sorprendido, que de aquellos polvos estos lodos, y que quizás si redes sociales como la que ella representaba hubieran advertido de los peligros que conllevaba usarlas, sobre todo para los menores, a lo mejor se hubiera ahorrado la ansiedad que le provocaba ser “madre de tiktokers”. De nuevo recibí una mirada, esta vez reprobatoria, entre despectiva e indignada, y se levantó de la mesa sin darme una respuesta.

La forma y el contenido, disociados por primera vez en un plano no artístico (como lo fue la pipa que no era, de Magritte) sino real, cotidiano, omnipresente ha terminado por invadir prácticamente cualquier esfera de actividad humana o social, cada vez más allá de los límites digitales. Decía el presidente de General Motors hace un par de años que los automóviles que ellos mismos fabricaban ya eran más valiosos por lo que no se veía que por lo que se veía. Se refería con esto a que los coches digitalizados y conectados habrían devenido en medios de transporte de datos y que, por tanto, su valor residía ahora en todo lo que eran capaz de contarnos mientras los usábamos. Eso… y lo que contaban de nosotros, claro.

Pero seguiremos llamándoles coches, porque cuesta mucho cambiar un nombre que proyecta una imagen con la que nos hemos venido entendiendo durante mucho tiempo. Al fin y al cabo, también se llamaba coche cuando era movido por caballos, y cuando el señor Ford presentó su modelo T. No es cosa de dramatizar. Igualmente podemos continuar llamando tienda a Amazon, guía de carreteras a Google Maps o mensajería a Whatsapp, aunque esos nombres se queden muy, muy limitados respecto a la naturaleza de estos productos y servicios.

Como en el famoso vídeo de Bruce Lee, los datos -de las compras, los movimientos, los mensajes o nuestros vídeos- fluyen, confluyen y se adaptan a la forma de aquello que los contiene (era una de las cosas que ilustraba Matrix hace veinte años). Podemos seguir ilusionándonos con que conocemos las cosas que nombramos, bajo esas denominaciones que nos son tan familiares, ya sean “oficina”, “academia” o “taquilla”, e incluso otras más aparentemente inaccesibles o imbatibles, como “banco”, «ciudad», “frontera”, “seguridad” o “legislación”. En el momento en el que los datos las inundan en todo su volumen continúan teniendo la misma apariencia, desde luego. ¿Pero seguirán siendo eso que creemos que son? ¿Para qué nos sirven las palabras, una vez que desconocemos su significado? Lo que ha traído la revolución digital es haber extendido la ambigüedad de las palabras con las que tratábamos de definir lo abstracto (amor, libertad, bondad, felicidad…) también a todo lo concreto, dejándolas como un simple decorado de cartón piedra.. Puede que algún día descubramos que no tenemos ni idea de qué es eso de lo que estamos tan seguros de estar hablando. Qué fácil será, entonces, que creamos que la misión de los bomberos es la de encender hogueras, y quemar todo aquello que nos pueda recordar que un día las palabras significaban lo que decían.

publicado originalmente en LinkedIn el 18.01.2021

La pregunta

2006

Una noche de estas de verano madrileño, o de cambio climático, quizás no recuerde bien. Sí recuerdo que debía de ser en algún momento vacacional. Vivía entonces por el centro de la ciudad, cerca de la fuente de Neptuno. Había salido de casa para ir a cenar con algún amigo, con esa sensación placentera de caminar por la capital medio abandonada por sus nativos que ahora nos ha devuelto el covid, ya sin límites estacionales.

Mis pasos se encaminaban en dirección hacia la Carrera de San Jerónimo, en esa encrucijada tan simbólica que forman el arte del Thyssen, la política del Congreso y el joie de vivre del Palace. Precisamente llegando al chaflán donde se abre la entrada al hotel, hacia la parada de los taxis, me pareció distinguir el porte siempre elegante de Fernando Vega Olmos. O tal vez fue su voz inconfundible, con esa cadencia argentina, de timbre agudo, que él solía dejar a menudo en forma de respuesta suspendida en el aire.

«¡Fernando!», alcé la voz desde la acera contraria. Y él alzó a su vez la cabeza, como buscando el origen de la llamada. «¡Fernando!» repetí, ya cruzando la calle y acercándome a donde se habían detenido él y las dos personas -un hombre, una mujer- que le acompañaban.

Incluso de cerca era evidente que yo tenía mucho más claro quién era él que a la inversa. No esperaba otra cosa, de hecho. La huella de Fernando Vega Olmos en mi vida (y sospecho que en la de muchos otros) había sido tan enorme como instantánea. Apenas nos habíamos visto tres veces, durante un brevísimo espacio de tiempo; un día en Santiago de Chile, otro en Buenos Aires, otro en Cannes. Tres momentos fugaces, envueltos en el ruido de un grupo en el que él era el centro de atención y los demás, afortunados espectadores.

Así que empecé tratando de recomponer las coordenadas esenciales como para que supiera -más o menos- con quién estaba hablando. En breve, cuando Fernando era el director creativo ejecutivo de Casares Grey, en Argentina, yo tenía una tarjeta de visita con un cargo prácticamente idéntico en Grey Chile. ¿Nos podíamos considerar homólogos? Sí, pero no. ¿Se entiende la distancia entre un director de cine, pongamos Billy Wilder, y otro director de cine, pongamos Álvaro Sáenz de Heredia (con todo mi cariño)? Pues eso. De esa distante cercanía surgieron nuestros encuentros, que no voy a extenderme en detallar innecesariamente.

Tampoco lo hice aquella noche. Una vez ubicados en el espacio-tiempo, simplemente le transmití el mensaje que había guardado durante años para él: «¿Sabes Fernando? Llevo tiempo queriendo agradecerte algo que hiciste, sin tú saberlo siquiera. Me enseñaste a hacerme la pregunta fundamental, y gracias a ello, cambiaste mi manera de entender la comunicación, de entender en qué consistía mi trabajo y, por tanto, mi modo de vida, que es tanto como decir, mi vida. Así que gracias, muchas gracias, de verdad. No os entretengo más. Que paséis buena  noche».

Le di la mano a los tres, que apenas habían despegado los labios, me giré y retomé mi camino original. Aunque ya sabía lo que iba a ocurrir. Mentalmente iba contando… uno, dos, y… «¡Espera, espera, volvé!». Sonreí para mis adentros y, con toda naturalidad, de nuevo recorrí la distancia que me separaba de ellos y me situé a su lado. «No te podés ir así». No hablaba Fernando, creo que fue la mujer la que me lo preguntó. «¿Cuál era esa pregunta?»

Ahora sí sonreí abiertamente. En parte era extraño, aunque previsible, eso de devolverle a su propio autor así. subrayada, destacada, envuelta en papel de regalo, la frase que él mismo soltó un día entre mil frases más, sin darle importancia y que, sin embargo, había sido el origen de una revolución, una revolución de un solo hombre.

«Ah, sí. claro, la pregunta». Reconozco que me gusté. Pero tengo bula. Gustarse ante un argentino es como hacerle un homenaje. Si hubiera tenido una matera en la mano la hubiera cebado con la misma parsimonia que empleaba don Isidro Parodi antes de responder. Pero no; hubiera sido demasiado teatro para tan poca obra.

La pregunta era… «¿Y esto… para qué lo quiere la gente?».

Y ahí sí, di las gracias de nuevo. No esperé reacción. No la hubo. Me alejé. Hasta hoy, catorce años después, no he vuelto a ver a Fernando. Sí a saber de él, cómo no. Sí a hablar de él, con la misma gratitud de siempre. La del aprendiz que un día, en el taller del maestro, viéndole trabajar, entiende el significado que se oculta tras cada uno de sus trazos precisos, de sus composiciones admirables, e incluso de las que, sin llegar a serlo, siempre albergan un trozo de su esencia.

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2020

Veinticinco años hace que la escuché por primera vez, y ni siquiera de primera mano, sino como reproducción en una cinta magnetofónica de una reflexión en voz alta que el propio Fernando nos había hecho llegar desde Buenos Aires a nuestras oficinas chilenas, allá por el año 95 del siglo veinte.

Y veinticinco años después, en esa pregunta sigo descubriendo todas las respuestas que (me) hacen falta. Con nuevos matices, nuevos giros, nuevas luces, como un manantial inagotable y siempre sorprendente. No deja de maravillarme, eso sí, el que algo tan evidente siga permaneciendo invisible para tantos que creen trabajar en eso de comunicar. Cada vez que recibo un encargo (un «briefing» se dice en la jerga publicitaria) no hay ocasión en que no eche en falta el que alguien, en algún momento, se haya propuesto responder a esa pregunta. Es como si mirar a los ojos de esa gente a la que se le quiere vender algo, lo que sea, les diera miedo.

Tal vez el miedo de que, al mirarles, ellos mismos se sientan igualmente mirados, desnudos. Citando a Anaïs Nin: «las cosas no son como las vemos, vemos las cosas como somos». O quizás, simplemente, es que a nadie le importa ya tanto lo que la gente quiere. Ya lo dijo el emperador: «que me odien siempre que me teman».

Gracias, Fernando, una vez más.

 

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Lo imposible

El coronavirus introduce un tipo de shock nunca antes visto (si no, no sería shock), el de la pandemia en la era digital, es decir en el momento en el que las medidas de control ya no es necesario que sean físicamente evidentes. Al margen de que se encuentre antes o después la vacuna y se salven más o menos millones de vidas, el clamor inmediato de la mayoría superviviente será una reedición del “nunca más”. Y la respuesta bien podría ser la de introducir nuevos protocolos de seguimiento y vigilancia médica que, aunque vulneren una capa más de nuestra intimidad, nos protejan de que se dé el caso de un nuevo paciente cero no detectado de cualquier futuro virus y capaz de iniciar otra pandemia en cualquier momento.

Cada crisis de seguridad, y la del coronavirus lo es, ha acarreado generalmente la misma serie de efectos. Son los mismos que, por mucho que se repita una y otra vez, sirven de soporte a la célebre “doctrina del shock”. La angustia y el terror provocado por el “choque”, ya sea la caída de las Gemelas, la de Lehman Bros o la gripe aviar conducen a un asombro paralizador en la población, noqueada por un suceso “imposible de creer”. Inmediatamente ese miedo nos revela la fragilidad de nuestras bases y creencias más sólidas, provocando un efecto dominó que “contagia” a todas nuestras referencias y asideros. Si algo que es imposible ha sucedido, entonces todo es posible.

Ahí es donde cualquier información es cuestionada y toda mentira valorada; se diluye la barrera que protegía nuestras certezas, y el cerebro, tanto el individual como el colectivo comienza a perseguir desesperadamente nuevas certezas para no perder pie y volverse loco. En esa ansiosa búsqueda el análisis tranquilo y meditado ya no tiene lugar. Los argumentos inmediatos y simples serán por tanto los más fácilmente aceptados, puesto que son los más deseados. Queremos una respuesta tan rápida como el rayo que nos acaba de partir por la mitad.

Es en este momento cuando somos capaces de aceptar las proposiciones más radicales, las mismas que hubiéramos rechazado con indignación cinco minutos antes del impacto. De la caída de las Gemelas surgió un nuevo protocolo de vigilancia de las transmisiones entre ciudadanos que nos hubiera recordado a las escuchas de la Stasi y que hoy ya vivimos como algo natural. De la crisis financiera del 2008 surgió un nuevo marco de relaciones laborales que terminó casi por completo con las garantías alcanzadas por décadas de lucha obrera y estado del bienestar, entre otras mil consecuencias, algunas de mucho más calado aunque menor visibilidad aparente.

En cada caso, las crisis conducen a una petición clamorosa de mayor seguridad, mayor vigilancia, mayor control para que no nos vuelva a ocurrir lo mismo. En cada crisis cedemos una parcela de libertad a cambio de una mayor dosis de seguridad; una obligación más, un derecho menos. Nada nuevo bajo el sol.

El coronavirus introduce un tipo de shock nunca antes visto (si no, no sería shock), el de la pandemia en la era digital, es decir en el momento en el que las medidas de control ya no es necesario que sean físicamente evidentes. Al margen de que se encuentre antes o después la vacuna y se salven más o menos millones de vidas, el clamor inmediato de la mayoría superviviente será una reedición del “nunca más”. Y la respuesta bien podría ser la de introducir nuevos protocolos de seguimiento y vigilancia médica que, aunque vulneren una capa más de nuestra intimidad, nos protejan de que se dé el caso de un nuevo paciente cero no detectado de cualquier futuro virus y capaz de iniciar otra pandemia en cualquier momento.

¿Quién se opondría hoy a que a partir de ahora todos tengamos que llevar un chip subcutáneo que informe de nuestro estado de salud en tiempo real si con eso tenemos la seguridad de que otro posible coronavirus no llegue nunca a propagarse como lo ha hecho el actual? ¿O a que, como en la película Gattaca, se haga un análisis de sangre o saliva todas las mañanas al entrar en el trabajo, o en cualquier espacio público, empezando por los colegios de nuestros hijos? ¿Quién se negaría si además le ofrecen la ventaja de descubrir a partir de ese momento el primer indicio de una posible enfermedad, con el consiguiente ahorro de dinero en medicamentos y de malos tragos?

¿Quién pensaría en los efectos secundarios de ese control tan saludable? Efectos que podemos suponer y también otros que comienzan a incurrir por el camino de la distopía. ¿Acaso no se da acceso y publicidad de la morosidad financiera de cada uno y se elaboran las famosas “listas negras” para que los demás queden avisados? ¿Por qué no, en aras de la misma prevención, se pueden plantear esos perímetros de protección respecto a nuestras “deudas” de salud? Suena imposible, ¿verdad? Todo lo distópico lo es hasta que buscamos respuestas desesperadas a lo que no esperábamos que nos ocurriera.

Por estirar un poco más el argumento morboso de ahondar en lo imposible. Algunos países como Italia o España han decretado el confinamiento preventivo de la población en sus domicilios, una medida que hemos recibido con mucha menos angustia (incluso con alivio) que en casos similares del siglo pasado gracias a la existencia de herramientas digitales que permiten el teletrabajo. Avancemos un poco en el tiempo, la crisis del sistema sanitario se ha superado, y toca volver a nuestro puesto en el lugar de trabajo. ¿Pero quién nos garantiza que cualquiera de nosotros no tenga una enfermedad indetectada y que no estemos en riesgo de que todo vuelva a empezar? ¿Quién asegura que no late una cepa vírica dormida en el organismo de cualquier trabajador que pueda activarse en el momento menos pensado? Sería sano que todos demostráramos nuestra buena salud cada día, ¿verdad? Por todos nuestros compañeros y por nosotros los primeros. En caso de duda, además, mejor mantener la distancia de seguridad. ¿Por qué no aprovechar para eliminar puestos de trabajo que se han demostrado innecesarios durante la crisis? ¿Por qué no reducir el exceso de plantilla aprovechando que es “por la salud de todos”? ¿Y si muchos de los que hemos salido un día de la oficina ya no pudiéramos volver a entrar y fuéramos señalados por ello no como víctimas sino como potenciales culpables?

La conspiranoia habitual es la que dice que el objetivo de la guerra biológica -considerando el coronavirus como parte de esa guerra- es el de diezmar a la población. Es una hipótesis que abunda en la doctrina del Club de Roma y de otros lobbies que apuntan a la superpoblación del planeta como el gran factor responsable de nuestros problemas. ¿Pero acaso no ha sido la cantidad la que nos ha conducido a la multiplicación exponencial de nuestras capacidades, también las científicas y tecnológicas? Es difícil separar lo que es problema y lo que no lo es a la hora de analizar una situación. Intervienen aspectos tan difusos como situar temporalmente el inicio y el fin del período a analizar o los rangos de lo que podríamos considerar “excesivo”. Pecando de redundante, excesivo es lo que nos supera, lo que excede a nuestro control. La población, en ese sentido, no sería ni mucha ni poca sino controlable o incontrolable. Aquí es donde el objetivo de una guerra biológica difiere del de las guerras de los siglos pasados, no tanto el de causar bajas como el de imponer medidas de control de la población cada vez más estrictas. Basta acudir a la Máquina de “Matrix” para aventurar el límite último de ese escenario de millones de individuos sometidos al máximo nivel de confinamiento posible.

Dejando ya el terreno de la distopía, la crisis del coronavirus es sanitaria, de seguridad y, sobre todo, de confianza, como lo han sido todas las crisis previas, la del terrorismo islamista, la de Lehman, las medioambientales, la de los refugiados sirios, etc, etc. Crisis por capítulos de un modelo de civilización en declive y transición hacia otro muy diferente.

La del coronavirus es la primera pandemia, además, que hemos transmitido por las redes sociales en este nuevo multiverso mediático en el que todos somos emisores y receptores simultáneos. El big data que estamos generando, una vez analizadas sus dimensiones y correlaciones va a permitirnos, por ejemplo detectar los indicios previos a enfermedades como nunca antes, pero también va a permitir perfeccionar el conocimiento previo de la velocidad y forma de propagación de una noticia alarmante, así como de su impacto en todos los ámbitos (financiero, social, político…), y sobre esos modelos realizar nuevos “ensayos” de choque y modelos de predicción más certeros.

El factor social media supone un paso más, también, en la escala de eficiencia a la hora de infundir alarma, ansiedad, miedo… en una población. Apenas hace medio siglo la inversión necesaria para someter a la población de un país era enorme. Baste recordar la de millones de dólares y miles de vidas humanas que se cobró el ejercicio de poder y control de la población de Argentina, Bolivia, Chile y otros países latinoamericanos mediante golpes militares y dictaduras. El coste de financiar corrupción, policías paralelas, asesinatos selectivos o indiscriminados, ocultación de pruebas, propaganda, desinformación, impunidad… era considerablemente más elevado que el que hoy se necesita para mantener a la población de todo un planeta asustada en sus casas y pidiendo árnica en forma de leyes cada vez más restrictivas con la libertad individual. Gracias a la globalización acelerada de los medios de comunicación, el efecto dominó del miedo y la desconfianza es hoy más accesible y barato que nunca.

Cada vez cuesta menos colapsar un sistema enormemente interrelacionado como es el actual escenario global. A eso se refería Asimov en su “trilogía de la Fundación”; cuanto más intradependiente es el sistema, más rápido es su colapso. La del coronavirus no es una crisis sanitaria, es otra cara más de una crisis de sistema. Quizás toque aquí aprender precisamente de los expertos en ciberseguridad, que son los que se enfrentan con asiduidad a virus tan imprevisibles y globales como el actual. ¿Cuáles son los “cortafuegos”, los almacenes de respaldo, los cambios de hábito que necesitaríamos habilitar para que no lleguemos a un apagón de nuestro sistema de derechos tan brutal que después, tal y como ocurrió con la caída del Imperio Romano, nos cueste muchos años, demasiados, en volver a reiniciar? Por el momento, creo que voy a aprovechar este momento de impasse para volver a ver “Las uvas de la ira”, de John Ford, aunque solo sea para no olvidar lo inolvidable.

 

 

Elegidas para la gloria

Hay algo en esta constante llamada a la paridad de género que me resuena anacrónico. Imaginemos que pidiéramos que todos los pasajeros del Titanic tuvieran pasaje de primera. Sin duda es una ambición honrosa, legítima. ¿Pero de qué servirá que todos -mujeres y hombres- estemos confortablemente instalados en nuestro camarote de lujo mientras el barco se hunde? ¿Por qué no dedicar todo este tiempo y esfuerzo a inventar, a crear el mundo que queremos en vez de a combatir el mundo que no queremos? ¿No sería ese precisamente el modo de actuar arquetípicamente masculino?

Inspiring Girls es una fantástica iniciativa que tuve la suerte de conocer al poco tiempo de su andadura. Parte de una premisa muy sencilla, la de que lo que no se ve no existe (por eso dicen que nunca nos hubiéramos imaginado a Obama en la Casa Blanca si Morgan Freeman no nos lo hubiera hecho creíble antes en el cine). De este modo han conseguido que en muy pocos cursos muchas niñas hayan recibido en sus aulas la visita de mujeres que han desarrollado su carrera académica y profesional en lo que se conoce como STEM por sus siglas en inglés (Science, Technology, Engineering and Mathematics). Las cifras oficiales que muestran la enorme distancia entre hombres y mujeres a la hora de acceder a ese tipo de estudios no hacen otra cosa que darles la razón, y la respuesta y repercusión de su propuesta ha sido magnífica. Es buena señal, puesto que nos permite reconocer que esas vocaciones inexistentes son en gran medida reflejo de un modelo de sociedad y educación que las ha truncado cuando nuestras hijas aún se encuentran cursando la secundaria.

Con ese mismo objetivo me gustaría aportar una pequeña reflexión a la causa «inspiradora». Desde siempre, mucho antes de que hubiera sensibilidad alguna respecto a la brecha de género, hemos escuchado, nos han enseñado, que uno «tiene que valer» para algo. Si no «vales» para Ciencias, para Letras, nos decíamos. Si no vales para «Letras puras», pues para «Mixtas», y así sucesivamente, hasta el punto de que, consecuentemente, uno mismo acababa por renunciar, rechazar y hasta repeler cualquier contenido que no fuera aquel que le aceptara como «válido». Ya sabemos lo difícil que resulta persistir en el amor no correspondido, y lo escasa que anda la autoestima en la pubertad. A partir de ahí, la generación de estereotipos es inevitable, los de Letras nos convertimos en profesionales de lo intangible, de lo poco práctico, inútiles para el mundo real, creativos o soñadores o ilusos, cuando no ratones de biblioteca y eruditos de lo que al hombre de la calle ni le va ni le viene. Y los de Ciencias, cuadriculados, calculadores, racionales, fríos, aburridos y -si hablamos de ingenierías- algo sobrados.

Pero esa pregunta, ese «para qué valemos» tan aparentemente inocuo guarda más veneno del que parece. Al formularla descargamos la responsabilidad de ser útil en la persona y no en la disciplina. Es como si se estableciera desde un principio que la ignorancia de una materia le restara a uno mismo la posibilidad de evaluar aquello que estudia. Somos nosotros los evaluados, los medidos, los cuestionados.

El mismo concepto de Inspiring Girls parece venir a subrayar esa inercia al poner el foco en afirmar y reafirmar a las niñas que sí, que por supuesto, que ellas «valen» para ciencias y tecnológicas, que no se desanimen por la aparente invisibilidad femenina en esas áreas. Entre líneas de un mensaje de respaldo (más que necesario, sin duda) se cuela el mismo estado de conciencia con el que se generó el problema, el de un modelo educativo que cuestiona al niño (la niña, en este caso) de manera unívoca, sin aceptar a cambio cuestionamientos sobre sí mismo.

Dicho de otro modo ¿por qué nunca se escucha la pregunta de para qué les vale a las mujeres la tecnología, la ciencia o las matemáticas? Damos por sentado que son valiosas en sí mismas, pero lo son dentro del contexto de un mundo en el que predomina lo masculino. Las ciencias que estudiamos y la tecnología que desarrollamos no han nacido en una atmósfera aséptica sino en un entorno concebido según una mentalidad cargadita de testosterona. Los hombres no nos preguntamos para qué nos sirven las STEM, claro que no, ya lo hicimos hace mucho, mucho tiempo. Las fuimos creando a nuestra imagen y semejanza, sin contar con las mujeres (no tengo nada que objetar al respecto; ese empeño de algunos en enmendarle la plana a la Historia es una de esas obsesiones ridículas que solo sirven a intereses muy particulares).

El caso es que cuando les pedimos a las niñas que abracen la vocación STEM en realidad las estamos invitando a cuestionarse si «valen» para estudiar unas materias descritas y desarrolladas para un mundo que ni ha pensado en ellas ni ha sido pensado por ellas. Suena un poco exagerado, claro que los avances científicos sirven para todos, nos sirven a todos, hombres o mujeres, me diréis. La penicilina no distingue el género de la persona a la que cura. Por supuesto que no, pero no hablo de quién se beneficia, sino de dónde nace. Por poner algunos ejemplos, no eran las prioridades femeninas las que impulsaron la revolución náutica del milcuatrocientos o la industrial del milsetecientos, ni muchas otras que han cambiado el mundo y, aún más, lo han orientado a seguir pensando y avanzando en la misma determinada y determinante dirección.

Asumo que es una afirmación algo rotunda, esta de que el pensamiento científico y tecnológico llega con el cromosoma XY de serie. Pero si lo pensamos abstrayéndonos por un momento de los tópicos del debate de género en el que nos dejamos envolver recurrentemente (y me consta que no es fácil) basta recordar que los grandes avances científicos se desarrollan en un mundo en conflicto permanente -ya sea luchando contra otros como nosotros, o contra los límites del propio mundo-. No creo que esta sea una hipótesis nada arriesgada, ya que tiene hasta una escena icónica, la del primer arma enarbolada por un primate que termina transformándose en una estación espacial. El gran Arquímedes recibió un estímulo más que suficiente para su polifacética actividad como científico durante el asedio de Siracusa. Replicando esa capacidad de elipsis de Kubrick, desde la Siracusa antigua nos catapultaríamos a un invento, Internet, nacido en el Departamento de Defensa de EE.UU y al que le debemos buena parte de esta llamada a las filas del STEM que hacemos hoy a nuestras infantas. E incluso dando un paso más allá, hasta llegar a lo que Yuval Noah Harari ha llamado en Davos 2020 «la carrera de la Inteligencia Artificial»(después de la nuclear y la espacial), en la que los contendientes «pelean», una vez más, por acelerar el dominio de un nuevo tipo de armamento que les permita afianzar su hegemonía sobre el resto del mundo.

Ahora que fabricamos máquinas inteligentes ¿qué tipo de pensamiento inteligente les estamos enseñando, ese que se deriva de un paradigma «masculino», es decir, competitivo, conquistador, agresivo? ¿No cabe pensar el que pudiera surgir un pensamiento científico que nos ayude a crear tecnología desde otro lugar de nuestra mente? ¿Un pensamiento científico femenino desde el origen, concebido no desde el combate y la defensa territorial sino desde la creación de vida? Y no estoy refiriéndome a hombres y mujeres, espero que se me entienda, sino a masculinidad y feminidad. Al igual que hay mujeres desarrollando e incluso liderando maravillosamente una ciencia creada desde lo masculino, en esa otra ciencia de raíz femenina caben por igual hombres y mujeres.

¿Por qué no les preguntamos a las niñas para que les «vale» a ellas la ciencia? ¿Para qué creen ellas que debiera «valernos» a todos? (la pregunta no es ¿para qué quieres ser científica?, el matiz es importante en esta ocasión). Quizás así muchas de ellas sientan que no se las evalúa para entrar en un mundo ajeno, sino para construir uno propio. En todo caso, la pregunta debiera servirnos a todos nosotros. Estamos viviendo un momento que nos obliga a cuestionarnos. ¿Para qué nos vale la tecnología, la ciencia? ¿Para ahondar en lo que hemos sido y hecho hasta ahora como sociedad, como pobladores de este planeta?

Tenemos la oportunidad de inspirar a millones de mujeres que han renunciado a la tecnología, y no solo para sumarse a lo que ya hemos probado sino sobre todo a mostrarnos lo que tanto nos está costando descubrir.

 

P.S. No puedo menos que citar como otra fuente de inspiración el emocionante libro de la polifacética Elena García Quevedo, «El viaje de las mujeres», apasionante crónica de un descubrimiento que va más allá de lo personal y nos permite escuchar la voz de las «ancianas de la tribu» en medio de este ruido mediático en el que muchas veces se convierte el necesario diálogo -que no lucha- de los sexos.

Todos los ornitorrincos sois iguales

Si los hombres y mujeres somos tan diferentemente iguales entre nosotros (y nosotras), y lo venimos siendo desde que guardamos memoria, ¿no será por algún motivo que parece que se nos escapa -pero mucho- a la hora de reeditar cada nuevo episodio de la batalla de los sexos? Es sabido que todo lo que acarrea nuestro cuerpo, lo tangible y lo intangible, ha sido profunda y cuidadosamente entretejido para cumplir con nuestra misión superviviente. Lo que nos lleva a preguntarnos de modo insoslayable… ¿a quién diablos beneficia que las mujeres sean lloronas y los hombres ariscos? Pues a nosotros mismos, a quién si no.

Por mucho que el ornitorrinco sea una especie tan sorprendente, tan excepcional, no hay que pasar por alto que una vez circunscritos a su especie todos los ejemplares son muy similares entre sí. Todos ellos son capaces de hazañas tan extraordinarias -para un mamífero- como oler bajo el agua, o detectar a sus presas por los campos eléctricos que generan al moverse, por no hablar de su pico de pato o de sus espolones venenosos (esto último solo los machos, hay que admitir). En ellos, los ornitorrincos digo, la evolución de las especies parece haberse ensañado con especial mimo. Sin embargo, pocas veces habremos escuchado a algún naturalista, ni siquiera a uno de esos naturalistas ingleses -ya se sabe a qué me refiero- acusar a ningún miembro de tan singular especie por ser tan semejante a cualquiera de sus semejantes. Fuera del campo de los especialistas, tampoco existe mención ni registro conocido de nadie que haya pronunciado jamás la frase «todos los ornitorrincos sois iguales».

De hecho, si nos paramos a pensarlo, tampoco el resto de animales, sean más o menos originales o extravagantes que nuestro querido ornitorrinco, se han hecho acreedores de una sentencia como esa. Que se sepa, ni siquiera las dueñas de periquitos, arquetípicas ancianas atentas y vigilantes ante cualquier comportamiento poco edificante, se han atrevido a exclamar con tono crítico «desde luego, es que todos los periquitos sois iguales». Claro que no -me parece escuchar-, cómo vamos las personas sensatas a negarnos a acatar las leyes de Mendel o Darwin con la máxima devoción. No tendría sentido alguno hacerlo -pensaremos- y así sería si no fuera porque toda esa coherencia evolutiva salta por los aires en el momento en el que nos topamos con la única especie animal a la que no dudamos en señalar el que todos sus ejemplares se comporten del mismo modo.

Si hay alguien en la sala que no haya escuchado jamás alguna queja del tenor de «¡Todos los hombres sois iguales!» o «¿Has visto? ¡Es que todas son iguales!» le animo a dejar de leer este texto porque no va a entender nada de lo que sigue (de hecho, la elevada probabilidad de que se trate de un sujeto proveniente de otra galaxia, ya lo sé, hace de este aviso algo innecesario). Por si acaso queda algún despistado (o despistada) debo subrayar que esas exclamaciones no se refieren a la sonora proclama revolucionaria sobre la merecida igualdad de los hombres (y de las mujeres), no. Por favor, no nos imaginemos a ningún prócer de ninguna patria enardeciendo a las masas y gritando libertad. El tono en el que hay que leer -y entender- las expresiones al inicio de este párrafo, es el de un cotidiano, cansino y casi siempre destemplado reproche. Lloramos y estallamos de ira, lamentamos y despreciamos el comportamiento de quienes no solo pertenecen a ese otro género de nuestra misma especie sino que además se empeñan en restregarnos por la cara esa diferencia con cada pequeño gesto de sus vidas.

¿Qué queremos decir cuando nos increpamos el que los hombres (o las mujeres) seamos todos -y todas- iguales? Sin pretender un análisis excesivo, parece claro que por «igualdad femenina» nos referimos a todos aquellos rasgos reflejo de una emocionalidad exacerbada, lo que los incorrectísimos hombres de ciencia del siglo XIX llamaron hysteria, pasar de la risa al llanto sin solución de continuidad, sufrir hasta el desplome por causas que los hombres consideramos nimias, inexistentes o, directamente, tontas. Por «igualdad masculina», es evidente (como acabo de demostrar en la frase anterior) que aludimos (ellas aluden) a ese doloroso desapego, esa frialdad con la que los machos nos negamos una lágrima, a ese no fijarnos en un detalle de la decoración doméstica o en el nuevo peinado, a conformarnos con la respuesta más sencilla, a ser unos animales sin ánima, sin sensibilidad. Si hay algún rasgo que nos diferencia es -precisamente- nuestra indiferencia.

Sí, los hombres y mujeres somos igualmente diferentes… (Perdón, no pretendía afirmarlo, solo iniciar una hipótesis, así que empiezo de nuevo). Si los hombres y mujeres somos tan diferentemente iguales entre nosotros (y nosotras), y lo venimos siendo desde que guardamos memoria, ¿no será por algún motivo que parece que se nos escapa -pero mucho- a la hora de reeditar cada nuevo episodio de la batalla de los sexos? Volvamos a Darwin por un momento, que nos enseñó aquello de la selección natural, o lo que es lo mismo, lo de adaptarnos para reproducirnos con éxito.  Cuando una condición o un comportamiento se repite hasta el infinito, las leyes de la evolución dicen que debería de ser por alguna razón suficiente y necesaria; es sabido que todo lo que acarrea nuestro cuerpo, lo tangible y lo intangible, ha sido profunda y cuidadosamente entretejido para cumplir con nuestra misión superviviente. Lo que nos lleva a preguntarnos de modo insoslayable… ¿a quién diablos beneficia que las mujeres sean lloronas y los hombres ariscos? Pues a nosotros mismos, a quién si no.

El ser humano es muy poquita cosa, no nos engañemos. Le quitas el techo, la ropa, el coche y el móvil (y las copas del sábado, la paella o la barbacoa, las pistolas, las cervezas y algún que otro añadido más a título personal) y se queda en nada, la mirada perdida, la sonrisa inerte de las estatuas griegas, en fin, nada entre dos platos. Portamos en nuestro cráneo un cerebro que es de admirar, por supuesto, pero en lo que a la comparación con otros animales (ornitorrincos incluidos) se refiere, tal cual somos, así, en pelota viva tenemos menos probabilidades de salir indemnes de una selva que una croqueta de una boda. Dieciocho años se estima que necesita el homo sapiens sapiens para emanciparse de su núcleo familiar (escucho risas entre los padres que alojan treintañeros en sus domicilios), el doble de tiempo que nuestro primo primate más cercano, el chimpancé. No digamos si nos referimos a nuestro mejor amigo, el perro. Basta el paso de una camada para que la hembra enseñe sus colmillos a alguno de sus hijos pródigos que se le ocurra volver a sus pechos con la idea de reclamar el sustento del que disfrutan sus hermanos neonatos. El instinto maternal dura lo que tiene que durar, ni más ni menos. El de la hembra humana igual, pero más tiempo. Esos dieciocho años de cuidados intensivos han exigido durante cientos de miles de años un nivel de amor de madre por parte de las féminas de nuestra especie absolutamente fuera de toda medida. Atención de día y de noche, quitarse el pan de la boca, sacar fuerzas de flaqueza y otras capacidades sobrehumanas y, más que nada, amor, amor, amor en proporciones que rebasarían las obras completas de Corín Tellado. Alguien tiene que querernos tanto, pero tanto, tanto, como para que nos sintamos protegidos durante dos décadas sin asomo de duda. Y ese alguien es mamá.

¿Y el amor de padre? Pues igual, pero distinto, completamente distinto. Pensemos en ese Juan Cromagnon que se dispone a salir un lunes por la mañana para emprender su jornada de caza. Imaginémosle con el mismo nivel de afectividad que a su compañera de caverna, allí en la oquedad de un risco, enarbolando la lanza y pensando si podrá conseguir alguna presa antes de que se fije en ella algún gran felino u otro depredador de la sabana. De pronto oye a uno de sus cachorros berrear, o le sale a despedir otro, y se abraza a sus piernas mientras eleva la mirada y la sonrisa a su progenitor. Con un «corazón» según el patrón femenino, tengamos por seguro que ese hombre no sale de la cueva en lo que queda de día, de noche y hasta de semana. ¿Y entonces, quién trae la carne sesenta mil años o más antes de la invención del carrefur? Para demostrar su amor, el pobre Juan Cromagnon tendrá que ocultar sus emociones hasta olvidarse él mismo de poseerlas.

Por supuesto que los hombres no lloran (salvo el muy denostado Boabdil), está claro que las mujeres son de lágrima fácil (salvo la madre de Boabdil), pero no le echemos la culpa de eso a la educación hetero-patriarcal ni a disney ni a douglas sirk, ni siquiera a nuestros respectivos papá y mamá. Porque ese pequeño humanoide de apenas unos kilos de peso, desprovisto de colmillos, garras, pelo, pico, plumas, caparazón, veneno, o lo que sea que le pudiera servir de kit de supervivencia, necesita que ambos, madre y padre, compartan su crianza y se repartan las funciones al interior y exterior del hogar, o si queremos verlo de otro modo, al interior y exterior de sí mismos. Y no solo lo hemos necesitado en la Edad de Piedra sino al menos hasta que se hicieron sentir los efectos de las sucesivas revoluciones industriales, sobre todo la electrónica, es decir, a partir de que la fuerza bruta dejó de ser una cualidad preferente a la hora de brindar alimento a la prole, y la mujer se fue incorporando paulatinamente al entorno laboral. Hace muy poco tiempo desde que se aceptó la baja paternal por maternidad como para que hayamos conseguido vencer milenios de bipolaridad sentimental.

Así las cosas, el conflicto ¿es inevitable? Veinte años (como poco) de convivencia entre una catarata y un pedernal erosionan a cualquiera (y más siendo, como somos, de débil carne). Estamos condenados a entendernos y a encendernos por exigencia de un guión y de un protagonista indefenso al que nuestro instinto nos pide proteger por encima de nuestros propios deseos. Ah, perdón, el deseo. Ahí la cosa cambia. Solo cuando es imprescindible, cuando el instinto de reproducción acapara toda nuestra atención es cuando los papeles se invierten. Durante el cortejo, ya os habréis fijado, el hombre (ese toro enamorado de la luna) se vuelve sensible o sensiblero, solícito y risueño, preocupado y feliz por lo más nimio, gran suspirador y peor poeta. Mientras, la mujer adopta una frialdad, una distancia, una cautela en sus emociones que casi podríamos decir que se masculiniza, tanto como el hombre se feminiza durante ese tiempo en el que la especie nos necesita cada vez más y más cercanos los unos y las otras hasta la imprescindible reproducción. (Nota del Traductor: si cuando compartimos un propósito somos tan hábiles en minimizar nuestras diferencias, en el momento que éstas arrecian sería recomendable acudir rápidamente al botiquín de propósitos comunes urgentes y aplicar alguno de ellos a nuestra convivencia, si es que lo que queremos es mantenerla a salvo, claro está). Cada vez que cumplimos el propósito común, el de reproducirnos, ya nos vamos por el caminito de vuelta de nuestros fueros emotivos, desde el mismo momento del parto, diría. Y a partir de ahí nos volvemos a repetir, con una sinceridad y una amnesia admirables, que sí, que todos, los hombres y las mujeres somos iguales, pero cada uno por nuestro lado.

Al fin y al cabo la simplificación del reproche es una medida que obedece a leyes tan económicas como la de Darwin. El rechazo al que no es como nosotros nos ha permitido en su momento evitar irrupciones (y disrupciones) en el cada vez más complejo engranaje de nuestras tribus. El lamento de que los otros sean efectivamente otros es un relato de cohesión interna que nos ha servido para progresar hasta cotas que otras especies no han tenido ningún interés en alcanzar (al fin y al cabo todas ellas disponen de algún arma de defensa que les sigue siendo útil ya sea en medio de la selva, del desierto o del océano). Los enemigos son más fácilmente odiables (el infierno son los otros, ya se sabe) si tienen un rasgo reconocible. Y así, cuántas veces no habremos escuchado distintas versiones de la misma canción: «todos los negros / moros / gays / empresarios / andaluces / vascos / catalanes / franceses / ingleses / ingenieros / artistas / hijos únicos / enanos / ecologistas / veganos / actores / baterías de rock / top models / directores de orquesta / sopranos / (ponga aquí su propia autodefinición) son iguales». ¿Por la misma razón superviviente que cuando acusamos a los hombres y las mujeres de comportarse como hombres y como mujeres? Claramente, no. La supervivencia de la especie no depende de que una diva de la ópera se comporte de acuerdo a su estereotipo; pero seguramente sí contribuye a que su propio ecosistema perviva sin grandes sobresaltos hasta la siguiente vuelta. Todos enarbolamos banderas de los territorios en los que nos sentimos seguros, ya sean individuales o colectivos. Y así es probable que siga siendo, por lo menos hasta que…

… hasta que escuchemos al primer robot que se lamente -en el afterwork de un antro solo para máquinas- del tan socorrido «es que todos los humanos son iguales». Ahí será cuando tengamos que empezar a mirar con más atención con qué género nos sentimos identificados, si masculino, femenino, o sencillamente humano.

 

SE ALQUILAN VAINAS.IV

Suele ocurrir que la velocidad del mercado termine por sobreexplotar conceptos cuando aún no hemos sido capaces de asimilarlos. Interactividad o Nativo Digital son ya parte de la jerga más en desuso cuando la realidad es que todavía no hemos ni comenzado a adentrarnos por el largo y sinuoso camino que proponen. Como en cada cambio de paradigma -y esta época que vivimos lo es- las consecuencias son trazables en todas las dimensiones de la vida humana mucho más allá de la vigencia del avance tecnológico o el descubrimiento que lo detonó.

Hay algo en este mundo en transformación que me resulta crucial; la forma en que vamos a percibirlo, a percibirnos a partir de ahora, desde ya mismo, desde hace algún tiempo, incluso. Cuando se menciona el término “cambio de paradigma” muchas veces se pasa por alto que no solo afecta a los mecanismos inmediatos que quedan caducos y son rápidamente reemplazados por nuevas tecnologías o descubrimientos. Un cambio de paradigma es un cambio en la manera en la que nos explicamos el mundo y el papel que desempeñamos dentro de él. Cambia la historia, la grande y la pequeña. Cambia el futuro de la humanidad. Y lo hace de un modo tan colosal y ajeno a la escala de nuestra cotidianeidad como los movimientos tectónicos de las placas continentales, o como el desplazamiento de nuestra galaxia por el universo. No es la velocidad lo que define la importancia de un cambio de paradigma sino la inevitabilidad de su curso.

Decía que cambiar el paradigma es cambiar la manera que tenemos de explicarnos el mundo y nuestro papel dentro de él. Lo hago así intencionadamente porque aunque la relación de inventos y descubrimientos que han causado un gran impacto en nuestras vidas es extensa, los avances en la transmisión de las ideas, de lo que pensamos, de lo que nos contamos los unos a los otros (y de cómo nos lo contamos) son probablemente los que han provocado los grandes seísmos históricos. Dicho en breve, cada vez que el hombre altera el statu quo de su manera de comunicar, la historia colapsa. Y en ese sentido tal vez solo podríamos hablar de cuatro cambios de paradigma en los cientos de miles de años que nuestra especie lleva caminando sobre el planeta.

No sé quién me dijo una vez aquello de “¿sabes por qué los humanos hablamos?”. “Porque éramos dos”. Bueno, por eso y por muchas razones que tienen en vilo a los científicos desde hace décadas, entre ellas hasta una mutación genética. Concluir el origen del lenguaje es uno de esos límites que cuanto más nos acercamos a su resolución más parece alejarse. Lo importante aquí es que un día el homo sapiens empezó a hablar y le debió de ir bien, porque no hemos parado desde entonces. El hecho de poder comunicarnos y hacerlo cada vez con más precisión y exactitud es lo que lleva al animal más enclenque de la sabana a dominar un ecosistema tras otro en su beneficio. A partir de ese primer cambio de paradigma tan difuso en su localización, el del inicio de nuestro primer lenguaje, el siguiente es más fácil de situar y fechar, con la aparición de la escritura, hace aproximadamente 6000 años.

La escritura surge de la necesidad de los comerciantes y los contables, pero a partir de su aparición se vuelve inevitable que tomemos conciencia del futuro y de nuestra capacidad para influir en él, ya sea para “sostenello” o para “enmendallo”, más allá de nuestra existencia. De ahí a convertir la escritura en sagrada hay solo un paso, una vez asimilada su función transcendente. Como inmediata consecuencia, con la escritura descubrimos que la comunicación es una herramienta del poder entendido como jerarquía, y así, el acceso a la escritura en la antigüedad es restringido, y aún lo es más a la lectura. Desde los escribas del Antiguo Egipto hasta los monjes copistas, durante cincuenta siglos la sociedad cedió la interpretación de si misma, y de todo su conocimiento a una minoría tan cualificada como exclusiva, guardianes del tesoro secreto. La importancia de Gutenberg es el papel proteico que cumple cuando entrega ese fuego divino a los hombres en forma de libro impreso y, por tanto, reproducible, abriendo la veda a que cada individuo se haga su propia idea del mundo a partir de un mismo dato, de una misma frase. En la imprenta está el germen no solo de la Reforma Luterana sino del racionalismo, la Enciclopedia, la Ilustración y la Revolución Burguesa, y finalmente, como apuntaba McLuhan, en las postrimerías de la Galaxia Gutenberg también de los medios de comunicación de masas.

La expansión del derecho no a escribir sino a interpretar lo escrito (comenzando por las Escrituras) se mantiene como el cambio crucial durante toda la edad moderna y contemporánea hasta la aparición de la world wide web y del concepto que va a transformarlo todo dando paso a una nueva Galaxia que se suele etiquetar como digital: la interactividad.

Un término tan sobreutilizado corre el riesgo de convertir su significado en insignificante. Hasta el punto de que ya hoy pocos dispositivos o soluciones presumen de ser interactivos, apenas dos décadas después de ser un término omnipresente. Sin embargo si algo define el cambio de paradigma que introduce internet en la manera de contarnos el mundo es precisamente el que por primera vez los espectadores se convierten en coautores, superando su papel de meros intérpretes. La obra abierta que describió Eco completa su círculo y son los propios autores, de las noticias, de los contenidos, de las obras, los que comienzan a ser público de su público. Es decir, la interactividad o, si se prefiere, el espejo de Alicia en cada pantalla.

Esa ruptura de la cuarta pared que ya anticipaba Bradbury en Fahrenheit 451 tiene un impacto tan colosal que cuesta vislumbrar toda su dimensión cuando apenas estamos viviendo la primera oleada durante estas décadas iniciales del milenio. Y aún así nuestra vida, la de todo el planeta ya muestra cambios evidentes del cambio de era. Tal vez el más llamativo es la transformación de nuestra visión secuencial y ordenada del tiempo y el espacio en otra visión en la que momentos y lugares ocurren simultáneamente, lo que nos permite saltar de uno a otro con una facilidad que antes no éramos capaces de concebir. Las consecuencias son como digo colosales porque la alteración del continuo espacio-temporal no es algo a lo que nuestro cerebro haya estado expuesto jamás hasta ahora.

Más allá de la ligereza con la que se distingue entre nativos analógicos y nativos digitales, aún es escaso el porcentaje de población que realmente domina este nuevo paradigma, es decir, la etiqueta de “nativo digital” sería más exacta si habláramos de “generación digitalizada”, distinguiendo así el ser capaces de usar las herramientas digitales pero todavía no de “pensar en digital”. Por ahora lo que hacemos es adaptarnos, algunos mejor, otros peor, algunos con más consciencia que los demás, pero sin que aún tengamos a nuestro lado personas que actúen con naturalidad y simultaneidad en los distintos espacios y tiempos de esta nueva hiperrealidad. De haberlas es en ocasiones puntuales de su actividad, y con todo y con eso solo a escala individual.

Como sociedad, como comunidad, ni las leyes ni las herramientas institucionales nacionales o supranacionales han llegado siquiera a plantearse esta ruptura de la linealidad del relato vital. Solo a ciertos niveles de poder global se puede intuir que sí hay una visión que sincroniza muy diferentes momentos y lugares en su desarrollo. De este modo, la distancia entre sociedad y poder se agranda durante este lapso de redifinición de nuestro mundo. El hecho de que la misma tecnología que ha contribuido a generar este salto a una nueva hiperrealidad se pueda llegar a convertir en la herramienta con la que suplamos nuestras carencias para abarcarlo y comprenderlo no elimina la cuestión principal, la de si habremos llegado a un punto tal en el que hayamos inventado algo que exceda nuestra capacidad de control y entendimiento.

Incluso en The Matrix las leyes de la narrativa cinematográfica (es decir, analógica) imponen una secuencialización en el relato que en el mundo de Neo y Morpheus ya no tiene demasiada razón de ser. Durante gran parte de la película lo digital se traduce en la rapidez para adquirir información, procesarla y reaccionar a ella. Sin embargo, en la escena del Oráculo y sobre todo en la escena final, la de la muerte y resurrección de Neo es cuando se muestra por fin el concepto central de la trilogía, muy desdibujado en los episodios siguientes por el exceso de persecuciones y escenas de acción, que es la de un nuevo entorno en el que el tiempo y el espacio ya no son referentes válidos para el conocimiento del mundo que habitamos ni, por tanto, para nuestra interacción con él. Esa metamorfosis de Neo es la metáfora del momento real en el que podremos hablar con propiedad de nativos digitales, de un nuevo momento en el que nuestra especie multiplique exponencialmente las realidades en las que se mueva, o quizás en las que no se mueva, por lo menos no de un modo material. Que nuestro cerebro sea capaz de trasladarse por espacios y tiempos simultáneos es una hipótesis no descabellada; que lo haga nuestro cuerpo, sujeto a las leyes de la física, resulta bastante más improbable. Las vainas en las que nos envolvemos para desplazarnos por la hiperrealidad puede que finalmente sean (tal y como apuntaban las hermanas Wachowsky en boca del personaje más antipático y traicionero de su película) no las prisiones sino los refugios donde explorar al máximo nuestra libertad de “movimientos”. El escalofrío que nos puede recorrer el espinazo solo por el hecho de pensarlo es una muestra evidente de lo lejos que aún estamos de pensar (y nacer) digitales.