El jarrón de incalculable valor (o Cómo matar un león con las manos)

Es un lugar común acudir a la primera copa o al primer cigarrillo (y antes a la primera visita al burdel) como un “rito de paso” hacia la edad adulta. Hasta tal punto está asumido que parece que hemos normalizado ese tipo de peaje sin preguntarnos la razón de que sea así, explorando los límites de nuestra salud. Las “locuras” de juventud forman parte de una tradición que, como tal, ni siquiera se discute, aunque recurrentemente la sociedad (así, de manera abstracta) se lamenta de que los chicos consuman sustancias tangibles o intangibles que no responden ya ni a la información de la que disponen ni al ejemplo que reciben de sus padres.

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Así suelo contarlo. Un día recayó en mí la posesión de un jarrón de un valor extraordinario. Los que me conocen saben que no suelo dejarme llevar por tentaciones coleccionistas ni ningún otro tipo de fetichismo anticuario. No es que no los aprecie, al contrario, disfruto enormemente paseando entre las galerías de los museos de artes decorativas, especialmente el de Londres, pero más allá de esas visitas puntuales me incomodaría la presencia cotidiana de objetos tan imponentes. Intuyo que el sentido de la responsabilidad me llevaría a comportarme en su presencia como el ujier de uno de esos museos, aunque fuera en la intimidad de mi dormitorio.

Cuando uso el término “jarrón” no pretendo restarle valor alguno a aquella obra magnífica, pero no soy profesional ni entendido suficiente como para presumir aquí de nombres más precisos (que no sólo tendría que haber rebuscado en internet para dar con ellos sino que seguramente obligaría a más de uno a hacer lo mismo). Baste decir que sí, que era un jarrón antiguo, un jarrón conmovedor, admirable a los ojos de cualquiera.

Dos horas después de recibirlo, y de algunas tentativas de ubicarlo en dos o tres rincones de mi casa, más por cumplir con el trámite que por el deseo de encontrarle su sitio, había decidido que lo mejor que podía hacer con él sería regalarlo a quien supiera apreciarlo y, lo más importante, adoptarlo. Descarté uno por uno o en bloque a los amigos que tenían niños pequeños, pisos pequeños, gustos pequeños, igual que a los que ya tenían de todo y en gran cantidad. Ya que yo no iba a ser el que lo disfrutara pretendía, me parece, subrogar el placer de su posesión y que su nuevo propietario (o propietaria, aún no lo tenía claro) me regalara la satisfacción momentánea de saberle feliz a su vez con mi regalo. Después de aplicar todos los filtros y alguno más, un nombre destacó claramente entre todos los de mi lista de candidatos. Sin duda había encontrado al receptor perfecto (para un recipiente único, si se me permite el estrambote).

Persona de gusto y cultura, habitante solitario de un apartamento en el que cada cosa tenía su porqué, sin ningún pecado de exceso ni defecto, sin sucumbir a modas ni despreciar tendencias, confirmé con él (pues finalmente se trababa de un varón) una cita de inmediato, felicitándome por mi decisión, por mi elección y por la satisfacción -y la sorpresa- que estaba convencido de ir a causar. Aquella tarde me presenté en su casa con mi regalo perfectamente embalado. Había hecho acopio de algunos datos que reforzaran la historia del jarrón para que la entrega tuviera algo de solemne, como la de un embajador que se presentara por primera vez ante el rey de un país lejano.

Mi amigo se dejó avasallar sin perder la calma; ya me conoce en esos momentos entusiastas. Cuando puse punto y final a mi prólogo le invité a que se acercara a la mesa donde había depositado el paquete. Rememoramos aquel fotograma clásico de El Halcón Maltés mientras yo desenvolvía nervioso capa tras capa de papel, de burbuja, de más papel, hasta que el jarrón surgió como una Venus de Hollywood. “Ahora es tuyo”, le dije, “sé que tú lo tratarás como se merece”. “¿Mío, estás seguro, completamente mío?” Sonreí. “Por supuesto, es mi regalo. Es tuyo y puedes hacer con él lo que quieras”, se me ocurrió decir, y para reforzar la solidez de mi acción tomé el jarrón por sus extremos y se lo acerqué. “Tómalo. Es tuyo”.

Lo cogió por las asas. Lo sostuvo en alto y le dio la vuelta, acarició su superficie, acercó su oído a la boca, buscó el sello del ceramista, lo giró siguiendo la escena dibujada en el cuerpo, y finalmente me dijo: “voy a romperlo inmediatamente”.

Mi sonrisa se congeló y apenas tuve tiempo de sujetarle los antebrazos cuando ya estaba a punto de arrojarlo contra el suelo. “¿Estás loco? ¿Cómo se te ocurre? ¿Sabes lo que vale este jarrón? ¡Ni se te ocurra romperlo!”

Él bajó lentamente los brazos y, para mi tranquilidad, volvió a colocar el jarrón sobre la mesa, con mucha parsimonia. “Llévatelo. Hasta que decidas regalarlo de verdad”.

“¿Qué significa eso?”, le contesté sin poder contener la rabia, es decir, la frustración, el despecho. “Claro que te lo he regalado de verdad, pero no para romperlo, es un disparate, si lo llego a saber se lo hubiera dado a otro, cualquiera, seguro que nadie hubiera intentado lo que tú, no entiendo, por qué lo has hecho, ¿es que no te gusta? me lo podías haber dicho antes de aceptarlo, ¿no?”.

“Piénsalo”, me dijo muy tranquilamente en la primera pausa que hice para tomar aire. “Si no tengo tu permiso para romperlo, entonces, ¿de quién es el jarrón?”

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Cuando empecé a trabajar para una compañía tabacalera -una de esas grandes multinacionales que han conseguido mantenerse en el ámbito legal vendiendo un producto nocivo, al igual que los fabricantes de alcohol, de armas, o los dueños de los prostíbulos, con la complacencia cuando no la complicidad institucional o social- me hicieron descubrir muchas de las claves de nuestra atracción por lo que nos perjudica. Disponían de ingentes cantidades de estudios de todo tipo sobre el comportamiento humano, muy especialmente el de los jóvenes, es decir, de quienes están en el momento de construir su identidad.

Es un lugar común acudir a la primera copa o al primer cigarrillo (y antes a la primera visita al burdel) como un “rito de paso” hacia la edad adulta. Hasta tal punto está asumido que parece que hemos normalizado ese tipo de peaje sin preguntarnos la razón de que sea así, explorando los límites de nuestra salud. Las “locuras” de juventud forman parte de una tradición que, como tal, ni siquiera se discute, aunque recurrentemente la sociedad (así, de manera abstracta) se lamenta de que los chicos consuman sustancias tangibles o intangibles que no responden ya ni a la información de la que disponen ni al ejemplo que reciben de sus padres, muchos de ellos ex fumadores, concienciados vegetarianos de estilo de vida saludable, conductores responsables, moderados bebedores y tolerantes y abiertos en el diálogo sobre cualquier tema.

Pocas veces he escuchado o leído, al mencionar esos “ritos de paso”, algo que excediera la explicación antropológica. Todavía hay muchos ejemplos de culturas, no sólo indígenas, que enfrentan a sus jóvenes a una situación traumática para “matar” al niño y culminar la metamorfosis. En las sociedades urbanas occidentales hemos superado, creemos, ese estadio primitivo. Nosotros no embadurnamos a nuestros adolescentes en mierda de vaca, ni les hacemos meter la mano en un saco de “hormigas-bala” ni les circuncidamos sin anestesia rodeados de familiares mientras les exigimos que repriman las lágrimas. Nuestros adolescentes no tienen que demostrar su madurez internándose en la selva hasta cazar un león con sus propias manos y exhibir su presa ante el resto de la tribu.

La resistencia al dolor, la superación de los desafíos y la gestión de la ansiedad, la angustia o el miedo son habilidades que sabemos necesarias para la supervivencia del joven en el mundo adulto. No está de más recordar que precisamente el humano es, de todos los mamíferos el que más tarda en valerse por sí mismo (sin entrar en el tema de los contratos basura y de otros males de la época), dieciocho años, el doble que los chimpancés. Así que bienvenidos sean los ritos de paso que nos hacen más fuertes.

Más fuertes, pero ¿por qué también más imprudentes o temerarios? Ahí es donde lo que se expone, la demostración de capacidad para acceder a las exigencias de la vida adulta, se confunde con lo que no es tan evidente, la necesidad de sentirse dueño de la propia existencia. Y, como en el caso del jarrón, cómo sabemos que algo es nuestro si no tenemos la autoridad para ponerlo en riesgo, e incluso para destruirlo?

Tal vez así cobre algo más de sentido el que consumir tabaco, drogas, alcohol, conducción imprudente, sexo sin protección y otro tipo de danzas al borde del precipicio (otro fotograma, el de las Historias del Kronen, colgando del viaducto de la calle Bailén) sea un ritual equiparable al de la caza del león, si bien con una épica muy deformada, posiblemente con la misma distorsión óptica que se aprecia entre el buen salvaje que algún día fuimos y el civilizado monstruo en el que nos hemos llegado a convertir.

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Creo recordar bien aquel sentimiento que en estos días observo en la mirada de mis hijos. Si soy dueño de mi vida, me transmiten, no lo soy en régimen de copropiedad. Me parece bien, lógico y por momentos hasta reconfortante, que te preocupes de lo que hago, que estés pendiente, que me aconsejes, pero si no estás preparado para entender que mis límites los voy a explorar yo entonces es que no has aprendido nada de la vida, ni siquiera de la tuya.

De ahí nace en parte está reflexión, este ensayete, así como de contemplar año tras año la cascada de mensajes dirigidos a los jóvenes para que no cedan a esas tentaciones (ni vuelvan a ceder). Como si hubiera algo razonable, es decir, sujeto a la razón, en toda esta ceremonia. Cuando un buen día le soltamos a un joven eso de “bueno, que ya no eres un niño”, activamos un dispositivo de autonomía que es irreversible. Le entregamos un jarrón de inestimable valor y le decimos que a partir de ahora le pertenece con todas las consecuencias. Pero acto seguido le dibujamos tantos límites a esa autonomía tan deseada que se vuelve frustrante. Pretendemos, además, que asuma esa nueva responsabilidad con total inmediatez, como si nuestros encantadores inmaduros se hubieran convertido de la noche a la mañana en registradores de la propiedad (se han dado casos). Como si nosotros mismos lo hubiéramos hecho en su momento, cuando en realidad no fue así. Como si, en definitiva, nos devorara la impaciencia por dedicarnos a otra cosa cuando ése va a ser el período que más atención (y no sólo) va a requerir de nosotros.

De este modo, cada consejo o advertencia sobre los efectos adversos de tal o cual conducta, lejos de apartar a los jóvenes de los senderos peligrosos aún se los muestra más atractivos, incluso de lo que en realidad son. Quizás no estaría de más plantearse que nuestra misión de adultos no es tanto la de advertirles de los posibles daños de sus nuevos “juegos” como la de enseñarles (o de permitirles como se hacía apenas dos generaciones atrás) a practicar su futura autonomía desde niños. Pretender que el paso de la infancia a la madurez sea tan inmediato sí es una auténtica imprudencia y una muestra de nuestra creciente inmadurez como sociedad.

Mientras tanto, pensemos que aunque arriesgar la vida en las ciudades del siglo XXI no resulta ni tan heroico ni estético como en las novelas de Verne, Salgari o Dumas, cada nueva generación de jóvenes tendrá que seguir saliendo a matar leones para probarse a sí misma no ya su capacidad sino, sobre todo, su independencia frente a quienes les entregan un regalo sin soltarlo del todo. Nosotros.

 

La revolución ansiolítica

Lo que sí me interesa es constatar lo mucho que se parecen Uber, Tinder, Google Maps, Trivago… en fin, todas las aplicaciones que están redefiniendo la manera que la gente teníamos de ligar, circular por la ciudad o reservar una habitación de hotel, por ceñirme a esos pocos ejemplos. Al margen de su contenido o de su sector de actividad, todas ellas coinciden en aportar un mismo beneficio a los usuarios: eliminar o minimizar el factor clave de ansiedad.

Leo hoy, veinte de diciembre de 2017, la noticia de que el Tribunal de Justicia de la Unión Europea ha fallado que Uber es una empresa de transporte y, como tal, debe someterse a los mismos rigores que el resto del ramo. La verdad es que no pensaba comenzar este ensayete con una noticia de “rabiosa” actualidad, pero no es menos cierto que la mayoría de las veces que me siento a escribir dejo que las letras se vayan disponiendo lo más fluidamente posible y trato de no interponerme demasiado en su trayectoria. Ya se sabe, las carga el diablo.

El caso es que el diablo, perdón, Uber, ha sido arrojado del Cielo, o más propiamente, del limbo, que es donde muchas de las empresas nativas digitales se mueven con soltura. Con todas las prebendas de los integrados, pero sin tener que comulgar con mandamientos, sacramentos, sharias ni torá (marque la casilla que aplique en cada ciudad),  y con los privilegios también de los apocalípticos, pero sin llegar nunca a hervir en las calderas del Infierno. La pregunta que queda es ¿quién es quien está en el limbo ? Que Uber tenga que plegarse a las leyes del transporte de pasajeros no sólo es una buena noticia para la comunidad sino una mala noticia para los taxistas, por extraño que les cueste creerlo.

Qué bien cuenta esto David Gutmann cuando dice que hay que sentar a todas las organizaciones en el diván del psiquiatra. Las empresas, los colectivos, los países, tienen complejos y traumas tan sensibles como los de cualquier persona, y desentrañarlos es algo esencial si se aspira a su comprensión y entendimiento, no digamos ya a establecer comunicación. Trauma significa etimológicamente “herida”, así que el dolor o la rabia que vemos en la superficie trasluce esa herida profunda que los titulares no siempre nos dejan ver (o se empeñan en ocultar). ¿Cuál es, creo, el trauma de los taxistas? Además de lo evidente -y cito a Mafalda- el empezose del acabose de su negocio, la transformación digital supone sobre todo un ejercicio de interacción y transparencia que socava la manera de entender la vida del taxista. Para entendernos, el modelo de negocio del taxi no es el de un servicio público más, sino el de una inversión muy particular en todos los sentidos del término, ya que no sólo es personal sino que además nadie sabe su valor real, puesto que es especulativo desde el mismo momento de la adquisición de la licencia, cuyo precio es ficticio, sujeto a la demanda pero dentro de un sistema cerrado. Lo único que varía es el volumen de aspirantes a adquirir la licencia, que es lo que hace que un precio nominal irrisorio se multiplique de manera desorbitada. Así pues, la primera herida del taxista es ser plenamente consciente de que no compra una licencia, sino una deuda y una expectativa de saldarla cuyo plazo sólo depende de él mismo, ya que el mayor porcentaje de sus compradores/usuarios no acude específicamente a su “establecimiento”, en el que, además, no puede jugar con los precios. A partir de ahí, el conflicto está servido; si el taxista quiere recortar su deuda lo más rápidamente posible sólo lo puede hacer haciendo más rentable la única variable que puede manejar, el tiempo que pasa con su cliente.

Sin duda, el taxista puede elegir estrategias diferentes para su negocio, pero la que antes y más fácilmente se establece es la de “cuanto más saque a cada carrera más rápido recupero el dinero que he entregado”. En este argumento, los usuarios cumplimos el papel de antagonistas del taxista, ya que nuestros intereses son contrapuestos; nosotros queremos que la carrera sea la más rápida, corta, económica posible. La relación que se ha establecido desde el principio es frontal, y en gran parte ése es el motivo de que las quejas de los taxistas encuentren tan poco eco en el público al que, en teoría, sirven.

La gran novedad de Uber no son los coches negros y espaciosos, la amabilidad de los chóferes o la botellita de agua, tampoco que se pueda pagar sin llevar dinero encima. Todo eso son ventajas que el sector del taxi puede incorporar con relativa facilidad y poco coste. Lo realmente revolucionario es que por primera vez en el negocio del taxi el usuario se puede liberar de lo que más ansiedad le provoca cuando se sube a uno: por dónde nos van a llevar y cuánto nos van a cobrar. Por primera vez, los pasajeros de un transporte nos podemos despreocupar absolutamente si el chófer nos da una vuelta demasiado larga o toma una ruta que no es la que nos parece lógica o la que habitualmente usaríamos. Ya no es nuestro problema. Es la Transparencia, idiota, la madre de todas las transformaciones digitales.

El desenlace de esta historia es más o menos predecible, así que no voy a perder demasiado tiempo en aventurarlo. Lo que sí me interesa es constatar lo mucho que se parecen Uber, Tinder, Google Maps, Trivago… en fin, todas las aplicaciones que están redefiniendo la manera que la gente teníamos de ligar, circular por la ciudad o reservar una habitación de hotel, por ceñirme a esos pocos ejemplos. Al margen de su contenido o de su sector de actividad, todas ellas coinciden en aportar un mismo beneficio a los usuarios: eliminar o minimizar el factor clave de ansiedad. Ese nervio incómodo que nos atenazaba cuando teníamos que pasar el trago de decirle a alguien que nos gustaba y, después de mil dudas y cruzar el rubicón, encontrarnos con una negativa que no sólo nos dejaba frustrados sino desmotivados para intentarlo de nuevo durante un tiempo. O la tensión de reservar una habitación temiendo que, como muestra bien el anuncio, alguien la estuviera reservando por un precio mucho menor, con la subsiguiente y humillante sensación de ser tomados por idiotas. Por no hablar de la gran ansiedad del conductor de ciudad, la de ignorar en qué momento quedará atrapado en un atasco sin saber durante cuánto tiempo. Casi podemos afirmar que las grandes aplicaciones triunfadoras son aquellas que interpretan mejor el factor de ansiedad del público y lo resuelven de un modo sencillo y distanciado del problema. Valga como recomendación del significado real del término “human centered” para tantas empresas y emprendedores que parecen haber oído campanas pero no tener muy claro dónde.

No importa que Uber sea limitada por los tribunales. Su modelo de negocio será a partir de ahora más o menos rentable, pero lo que no será es irreversible. Los usuarios hemos probado la sensación de no sentir ansiedad y no vamos a aceptar graciosamente que nos devuelvan ya más a la pequeña tiranía de la opacidad. La gran oportunidad de los taxistas es aprovechar este impasse administrativo que protege su exclusividad para reordenar sus planteamientos y aceptar que al defender una parte de su inversión, la más escurridiza, se arriesgan a perderla por completo (y no quiero entrar aquí en otras consecuencias de la transformación digital aplicadas al sector de la automoción que todavía van a revolucionar más el panorama).

Con todo y con eso, mi interés al poner por escrito esta reflexión estaba centrado principalmente en preguntarme hacia dónde nos conduce un contexto tecnológico que elimina la ansiedad y la frustración de los aspectos más cotidianos de nuestra vida. ¿Acaso no ha habido otros similares en el pasado? Sin duda. Cada nuevo avance tecnológico nos ha ayudado siempre a superar una incertidumbre, ya fuera la salud de nuestros animales de carga, la resistencia de nuestras cosechas a las plagas o el resultado de una operación quirúrgica, entre miles de avances más. Sin embargo, a partir de la revolución digital, la novedad es que estos nuevos avances ansiolíticos ya no son fruto de  la investigación y creación de algo nuevo, sino de la manera de gestionar la información de lo que ya existe. Por tanto, son mucho más sencillos de crear y reproducir. Por seguir con el ejemplo central, para que los coches de motor sustituyeran a los coches de caballo fueron necesarios años de esfuerzo científico, industrial, empresarial, laboral, social. Para cambiar el modelo de relación con el taxi sólo ha hecho falta una idea y un pequeño grupo dispuesto a llevarla a cabo, un mínimo esfuerzo en compensación con lo obtenido. Tal facilidad me hace suponer que la proliferación de soluciones similares va a ser, una vez más, exponencial, hasta cubrir muy rápidamente todos los ámbitos de nuestra vida. Qué maravilla, tendríamos que decir. Con la cantidad de tiempo y espacio en la cabeza que nos devora la ansiedad y que ahora podremos dedicar a otros asuntos más útiles. Puede, pero puede también que a partir de ese punto, tal vez, lleguemos a encontrarnos igual de velozmente con una generación acostumbrada poco o nada a lidiar con la frustración. Impacientes ante todo lo que no sea “en tiempo real” e incapaces de asumir la ansiedad como un motor de actuación, de creatividad ante la adversidad.

¿Para qué nos sirve la ansiedad, el estrés? Según dicen, para enfrentarnos al peligro con los sentidos alerta, algo muy útil para nuestra especie desprovista de toda defensa natural. ¿A quién servirá que se elimine ese estado de alerta? Desde luego, a nosotros no nos vendrá nada mal un descenso de los niveles de cortisol, especialmente a los que vivimos en las ciudades, pero reconozco que según iba escribiendo me venía a la mente cada vez con más fuerza el escenario que se descubría al traspasar el umbral de “un mundo feliz“.

Por cierto, feliz año nuevo.

 

El futurismo es un gran invento

En nuestra sociedad el innovador o el creativo (no los igualo yo, sino el contexto de comunicación en el que ambos se empastan) es alguien especial, con una conciencia crítica a prueba de desmayos y un talento capaz de superar el recelo que previamente despierta. ¿No será mucho pedir a la gente que asuma ese papel con alegría? Más aún, la mayor incongruencia es que la innovación se relaciona en fin con eso que tanto nos desagrada de mirar al futuro por el retrovisor. No, desde luego la innovación se cuenta mal. El futuro se vende fatal. Precisamente porque no se vende como futuro, sino como anti-pasado.

Si nos fijamos en lo que se anuncia, la verdad es que el futuro se vende muy bien. De hecho, el futuro es lo único que se vende. Ninguno compramos un coche por lo que es, sino por lo que seremos. Y lo mismo pasa con el smartphone, el tatuaje, el teñido, el suavizante, el político o el reloj. Compramos visiones de un futuro mejor, feliz o, por lo menos, nuestro. Comprar es como firmar un contrato con nuestra existencia futura, como una garantía al menos íntima de que mañana también estaremos en este mundo. Por eso digo que no compramos otra cosa que futuro. Y por eso es tan sospechoso constatar una y otra vez que el futuro se vende, en realidad, muy mal.

Con este planteamiento alguno que me lea pensará: ya estamos mareando la perdiz. ¿Se vende bien el futuro o se vende mal? ¿En qué quedamos? Es una paradoja tan solo aparente, pero es donde radica el quid de la cuestión que intento abordar en esta pequeña reflexión. ¿Por qué digo que se vende mal el futuro justo dos líneas después de afirmar lo contrario? Porque ése ha sido mi trabajo en los últimos veintitantos años. Y digo yo que algo que fuera fácil no me habría dado de comer tanto tiempo. Ironías aparte, el futuro que cuesta vender es ése al que llamamos innovación, transformación digital, sostenibilidad, etc. etc., es decir, el futuro de las grandes abstracciones. Seguramente hay alguien que se divierte observando cómo algunas palabras pierden significado a medida que se mencionan. Pasa con otras, libertad, democracia, igualdad… Las grandes palabras alcanzan muy rápidamente su umbral de contenido y se someten a la ley del máximo común divisor. Y no lo puedo evitar, siempre que pienso en esto me acuerdo del tulipán.

No la flor, sino la margarina. Cuando yo era un niño se hizo muy famoso un anuncio en el que se celebraban las infinitas cualidades para combinar y mejorar cualquier merienda que tenía aquel producto prodigioso. El eslogan “tulipán y cualquier cosa” servía de contundente remate, uno de esos eslóganes que sobreviven a cuatro décadas de bombardeo publicitario, ya se me nota. El caso es que me lo creí tan absolutamente que convencí a mi madre de que en mi siguiente merienda el bocadillo llevara, además de lo que ella hubiera considerado, una generosa capa de tulipán por ambos lados. Mi madre, ejerciendo de madre generosa y complaciente, me entregó el siguiente bocata con mucho tulipán y… foie-gras. Todavía no sé si lo hizo a conciencia, para desengañarme del todo de las promesas televisivas, pero aquel empaste, aquel mejunje era incomible. La realidad había respondido a la ficción de manera inmisericorde. Fue un zasca en toda la boca, literalmente.

Con la Libertad de las pancartas y la Innovación de los powerpoint me pasa un poco lo mismo, que quedan bien “con cualquier cosa”, aunque si uno analiza su presencia se da cuenta rápido de que son términos que sirven para que lo defiendan por igual tirios que troyanos. Por no adentrarme en vericuetos políticos me ceñiré aquí a los empresariales. Hace tiempo que en las charlas de negocios ya nadie se molesta ni siquiera en introducir el concepto de innovación ateniéndose a la definición original del Manual de Oslo. Para qué. Innovación tiene nombre de perfume (me atrevería a decir que de CK), suena mejor cuanto más misteriosa es su composición. De hecho, ha pasado del continente al contenido. Ya no se nos pide que hagamos cosas innovadoras, sino que seamos innovadores, y en esa transición del hacer al ser hemos terminado por ser víctimas de nuestra propia ilusión.

Ahí es donde la ficción se embarra con el foie-gras, o lo que es lo mismo, donde la innovación se vuelve intragable. En ese preciso instante en el que innovar se vuelve una experiencia religiosa. ¿Por qué tuvimos que ponerle nombre a algo que la especie ya venía haciendo de un modo recurrente? Evidentemente por la misma razón por la que los humanos nominamos todo lo que nos rodea, incluso lo invisible, para controlarlo, para someterlo. Eso que queremos que todo el mundo en nuestras organizaciones practique no es otra cosa que la innovación domesticada. A poco que se piense, todo un oxímoron. No sólo queremos innovación, sino que además la queremos dirigida, regulada, cronometrada y eficiente. No quiero ni imaginar el estrés al que hubiéramos sometido al hombre de las cavernas para lograr el fuego dentro de nuestros parámetros actuales de búsqueda de la innovación.

Y donde digo innovación hagámonos cuenta de que se puede sustituir por otro de los grandes mantras de nuestra era, la transformación digital. Ambos (y otros más) no dejan de ser sinónimos de un futuro que pretendemos que sea mejor, y a ser posible gracias a nosotros y a nadie más, para alcanzar el nivel deseado de competitividad que reside en la base de toda esta carrera. Decía antes que el futuro se vendía mal, y la demostración está en lo que nos cuesta ponernos a trabajar en él. Deseamos un futuro mejor, sí, pero que sean otros los que nos lo den hecho. De ahí que poco a poco se consolidase la firme creencia de que el futuro -inventarlo, predecirlo, construirlo- era cosa de elegidos (elegidos para la gloria, que decía Tom Wolfe, cuando hablaba de los chicos de la NASA que asumieron la responsabilidad de hacer llegar a todo un país a la Luna). El drama surge cuando en nuestros días, en nuestros trabajos, lo que era responsabilidad de unos pocos se convierte en una exigencia para todos. Máxime ahora que la mitad de la población está obligada a serlo para poner en pie su medio de subsistencia.

A la presión por innovar se suma, así, una percepción mística de la innovación, como algo propio de seres especiales. Sé de lo que hablo porque en mis años de trabajo me he/han situado casi siempre de ese lado especial, el de los creativos. La de veces que habré escuchado la frase “claro, como tú eres creativo”, no siempre como alabanza, todo hay que decirlo. A medida que se imponían nuevas modas nos dábamos cuenta de que esa pretendida envidia hacia la práctica creativa tenía en realidad matices de discriminación, como si fuéramos los depositarios de un don celestial, de una cualidad innata que nos condenaba a no salir de ella en nuestra vida. Lo traigo a colación porque entiendo que gran parte de los frenos de las organizaciones que persiguen incrementar sus niveles de innovación residen en ese prejuicio de que hay que haber nacido para ello, o lo que es lo mismo, estar condenado a ello de antemano. Es la maldición que ha caído sobre los nómadas de todo signo desde que Caín echó a andar: inventores, descubridores, pioneros, creativos, fabuladores de cualquier disciplina, incluso de las más técnicas.

Con todo, aún faltaba un ingrediente para que la tormenta fuera perfecta, y es que la innovación se plantee las más de las veces con una intención correctora. Baste recordar el maravilloso cuento de H.C. Andersen, “el traje nuevo del emperador”, para ser conscientes de lo difícil que es levantar el dedo y señalar algo que fuerce a quienes nos rodean a vencer su inercia. Al innovador se le supone, o más bien se le exige que tenga el valor de destacar el error al que todos los demás nos hemos resignado, y después la capacidad de ofrecer la solución correcta. Si no cumple con ambos requisitos se arriesga a ser señalado, primero por aguafiestas o soberbio, y después por frustrar nuestras expectativas llegado el caso de que falle. Corregir, que es enmendarle la plana al pasado, ya requiere de una mentalidad antipática, sobre todo cuando el presente lo hemos construido y aceptado entre todos. O como (dicen que) hubiera dicho Roosevelt, este presente es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta. Y ahora vienes tú a cantar distinto. No es de extrañar que muchos temblemos ante la invitación a convertirnos en innovadores a tiempo completo, que es como pedirnos que demos un paso al frente y arrojemos la primera piedra, una imagen de nosotros mismos verdaderamente muy poco seductora. ¿No es mucho pedir a la gente -ciudadanos, empleados, consumidores, empresarios- que asumamos ese papel con alegría? Más aún, la mayor incongruencia es que la innovación se termina por relacionar finalmente con eso tan criticado (y tan feo) de mirar al futuro por el retrovisor. No, desde luego la innovación se cuenta mal. El futuro se vende fatal. Precisamente porque no se vende como futuro, sino como anti-pasado.

Llevo más de veinte años peleándome -a menudo de un modo involuntario- con ese planteamiento, y creyendo que el foco hay que colocarlo no en lo que no queremos que esté, sino en lo que tarde o temprano estará. Nos sería más provechoso, mucho más, ayudar a percibir el futuro como algo que va a ocurrir de todos modos. Con la misma certeza con la que revestimos la compra de cualquier artículo. Cuando compramos un coche nos vemos conduciendo más seguros, más rápidos o más felices. Nos vemos sin ningún género de dudas en una nueva situación, de hecho la deseamos, anhelamos acortar el tiempo entre nuestra decisión y la futura realidad en la que ya nos estamos imaginando.

Si ayudamos a virar nuestro punto de vista 180º nos encontraremos que en vez de tener que enfrentarnos a la solución de un pasado (que por definición ya es irresoluble) que nos deja de nuevo abocados al vértigo de un futuro incierto, podríamos asumir que hay un futuro cierto hacia el que podemos avanzar a mayor o menor velocidad. Anticipar el futuro inevitable me parece una definición de innovación mucho más práctica, mucho más fácil de asimilar por cualquiera, sean cuales sean sus dotes creativas. No se tratará ya de ponerse a inventar soluciones en el vacío, sino a seguir un camino trazado, tal vez algo parpadeante, sí, pero en una dirección que podemos intuir o incluso conocer de antemano.

Puede que alguno dude (o quizás se irrite) ante esta afirmación, la de que conocemos en gran medida el futuro que será. Pero basta con mirar lo que otros antes que nosotros dedujeron que ocurriría, simplemente siguiendo la sutil línea que conecta lo que fue con lo que habrá de ser. Cuando decimos que Verne o Asimov, o Clarke o Bradbury fueron capaces de predecir lo que ahora vivimos, y los veneramos por ello, estamos pasando por alto que mucho de lo que avanzaron fue más deducción que invención. Amparados bajo el manto de un género de ficción que les permitía decir y criticar cuanto querían en muchas de sus predicciones lo que mostraban era una total libertad para recorrer un camino que estaba ahí, lo quisiéramos o no reconocer. Si los vehículos habían pasado de la tracción animal a la tracción mecánica, de rodar por el suelo a surcar los cielos, la línea más recta de la evolución terminaría irremediablemente por conducirnos a los coches voladores o a los viajes interplanetarios. Que después sus predicciones se hayan hecho realidad se debe tanto a que nos inspiraron visiones de ese futuro que podría ser como a que se convirtieron, a su manera, en historiadores de un pasado que todavía no habría sucedido.

En cualquier caso, el universo predictivo también ha sufrido el impacto de lo digital (el propio Asimov ya lo anticipó en Fundación). A partir del Big Data el futuro comienza a ser un itinerario tan previsible como el que nos dibuja Google Maps para ir de casa al trabajo. Puede que no tan aburrido, pero desde luego mucho menos sorprendente de lo que solía ser. Mi generación quizás sea la última en quedarse boquiabierta de asombro ante la fantasía futurista. Y no hablo sólo del Mazinger Z de mis once años, sino incluso del reconocimiento de pupila y las pantallas interactivas de Minority Report, mucho más reciente. La generación de mi hijo pequeño apenas parpadea ante la avalancha de inventos que surgen cada nueva temporada. Lo de ser nativos digitales afecta a algo más que la simple pericia intuitiva en el manejo de dispositivos; también influye en su umbral de expectativa ante las posibilidades tecnológicas. Puede que ése sea uno de los precios que haya que pagar a cambio de que el futuro deje de ser sinónimo de incertidumbre, el de que la magia ya no resida más en los inventos materiales y retorne a lo que siempre fue, el territorio de un misterio intangible.

No creo que la respuesta esté en que, como se escucha a más de una voz interesada, nos obliguemos a “abrazar el futuro” con fe de carboneros. Entre las dos fuerzas antagónicas, una que se resiste al cambio y otra que señala lo que está mal y hay que corregir, nacería una tercera vía (tan denostadas siempre, las terceras vías) que vendría a sostener que la realidad no está mal sino que es un paso más hacia un futuro que podemos dibujar con creciente exactitud. La pregunta ya no sería si queremos o no cambiar las cosas; la cuestión es ¿queremos ser los últimos en llegar al futuro que será, o queremos estar ahí y disfrutarlo antes que otros? Es muy probable que ahí radique la manera de vender el futuro (de un modo muy parecido a como se nos ha vendido el iPhone), en presentarlo no como algo que corrige lo malo del pasado sino como algo que anticipa lo inevitable, y quizás en esa suma de futuro y certidumbre podamos evitar el habitual sinónimo del mañana que es la intranquilidad, y sus angustias asociadas, la aversión al riesgo y el miedo al fracaso.

Des.pa.cita

Era de esperar, la nuestra es una especie que tiende a lo tumoral, y cuando ocupamos un espacio lo hacemos de manera invasiva, abrasiva, quemando tierra como si no hubiera un mañana. Así que cuando un imprudente -aunque bien intencionado- ser humano decidió publicar en su perfil social una cita célebre con la que se sentía especialmente identificado, no reparó en que acababa de disparar una bengala en medio de un circo glacial. Instantes después, el alud era ya imparable.

Uno de los factores más llamativos de la revolución digital ha sido la capacidad para transformarnos a todos en sujetos mediáticos, ya no sólo mediatizados. Eso que creíamos que sólo les ocurría a una raza rara, como son los californianos, lo de estar siempre dispuestos a aparecer en el centro del objetivo de una cámara, hemos descubierto para nuestra sorpresa que se ha convertido en la adicción del milenio. La pregunta que nos multiplicamos desde que suena el despertador es “¿cuántos me gusta?”. No es un castellano de gran corrección gramatical, pero sí conciso y directo sobre lo que más nos interesa. El desasosiego con el que publicamos nuestras fotos, frases, opiniones, muestra una vez más la ambivalencia con la que vivimos el entorno digital. Por un lado somos conscientes de la trivialidad y volatilidad de nuestras publicaciones, pero por otro, hemos aprendido que todo lo que se vuelca en Internet puede reflotar en algún momento (si hacemos caso a Murphy, en el menos conveniente), así que le damos muchas vueltas a aquello que va a pasar a formar parte de eso que, para más recelo, se ha bautizado como huella digital.

Como avezados pulgarcitos nos empeñamos en dejar huellas consistentes y no meras migas de pan. Ya que nos van a poder seguir la pista mejor que demos buena imagen. De ahí a tratar de imitar a los profesionales de los medios y competir por las audiencias hay sólo un paso. Sólo que nosotros no contamos con los recursos que cuentan ellos. No tenemos guionistas ni maquilladores ni directores de foto, así que echamos mano de aquello que nos pueda dar seguridad pese a nuestro amateurismo. De este modo, las más de las veces lo único que nos hace estar seguros de que lo que publicamos es válido es la réplica de lo que ya vimos antes. La Red es un reflejo de una sociedad educada no para la creatividad sino para la imitación. Imitamos encuadres y contenidos de fotos, repetimos chistes y comentarios, propagamos (viralizamos, se dice) ideas que fueron únicas en su día pero que clonamos una y otra vez, creyéndonos coautores donde sólo hacemos de eco (¿ecoautores?). Entre todos esos recursos que nos facilita Internet para expresar nuestras muy idénticas identidades, uno de los más queridos es el de las citas célebres, toda una garantía de poder opinar sin temor a recibir pullas. Porque, quién va a criticar a un Einstein, un Chaplin o un Churchill. Incluso los más atrevidos e inconformistas pueden recurrir a un Bukowski o a un Lennon o, claro, a Chomsky. Pero hay más, miles más, qué tal una Virginia Woolf o, por qué no, citas de Twain, Woody Allen, no nos olvidemos de Oscar Wilde, de Anais Nin, Ralph Waldo Emerson, un autor que es impresionantemente célebre por sus citas y no por sus obras, y así…

Lo de citar es una herencia académica que tuvo sus buenos motivos allá por los siglos predigitales. Solía derivarse de la lectura de alguna obra de referencia para la hipótesis o el estudio que se presentaba como nuevo. La búsqueda de padrinos entre lo más florido del mausoleo era un requisito casi imprescindible para que los jueces de los futuros académicos confiaran en su buen criterio. Qué menos se podía pedir que el haber cumplido con las lecturas de rigor. Con el correr del tiempo las citas terminan por pervertirse y convertirse en una especie de refranero de elite, por oposición al popular, pero con similar intención. Así, terminamos por igualar el “a caballo regalado no le mires el diente” con el “si lloras por no ver el sol las lágrimas te impedirán ver las estrellas”. Mientras que los refranes escondían lecciones prácticas de la gramática parda, las citas, en cambio, han ascendido al parnaso de la inspiración motivadora, vital.

Sospecho que fue al llegar la blogosfera cuando los caminos de citadores y citados se terminaron cruzando. Un blog que se tomara en serio a sí mismo no podía encabezar sus publicaciones sin una cita ilustre. Ya eliminada la premisa de tener que leer las obras del autor citado, y pudiendo conformarnos con el enunciado de la frase sin más, era sólo cuestión de tiempo que aparecieran los catálogos online de citas por autor y temática. Fuera uno a tratar del paso del tiempo, de los beneficios de viajar, de la creación artística, de la guerra, o del amor también, basta ya con teclear las etiquetas correspondientes y la Red nos devuelve un listado universal del que sólo nos quedará elegir el más apropiado a ese perfil que vamos trazando ante el mundo. Al igual que con los refranes, cada cita puede ser respondida con una cita en el sentido contrario, y así ad nauseam.

Toda vez que en el pasado no teníamos los mismos problemas que afligen al humano contemporáneo algunas sentencias tendían a no cumplir las expectativas y peripecias del bloguero o microbloguero actual. Por suerte (¿¿??) el auge de los libros de autoayuda (paradójicamente, los encontraremos en la estantería de “no ficción”) sirvió para que ascendieran rápidamente por el escalafón de citables numerosos gurús cuyas obras parecían estar compuestas cita a cita, golpe a golpe. Más madera, es la guerra, que dirían los Hermanos Marx (otros imprescindibles de las “casas de citas”), llegamos al culmen de la impostura en el momento en el que nos presentamos como co-autores de la cita publicada. No es que lo hagamos nosotros (algunos sí, pero no quiero señalar tan abajo), sino que tímidamente permitimos que otros nos consideren así. De este modo, durante el breve lapso de atención que despierta nuestra intervención, en ese momento, los aplausos a la frase escogida de Luther King o de Mae West no los reciben ellos sino nosotros. Lo más curioso es que todos hemos visto responder con una especie de pudor a esas alabanzas a nuestra cita, como haciendo ver que en cierta medida sí que nos creemos acreedores de algún mérito por nuestra elección. Todo lo cual me parece enternecedor, sinceramente. Detrás de este ejercicio de aparente desvergüenza se esconde el simple y puro miedo, el temor a no estar a la altura de la imagen que queremos tener y ofrecer de nosotros mismos. Eso que las costumbres digitales nos han provocado a las criaturas analógicas, que crecimos con la idea de que la imagen pública había que cuidarla. Sobre esa mentalidad se ha construido todo un síndrome de la clase internauta, del que las citas son sólo uno de los síntomas más evidentes.

Con todo y con eso, lo anterior no deja de ser una reflexión previa a lo que sí que me parece algo más preocupante, menos amable, que es cuando la cita se traslada a la comunicación de marca, corporativa o empresarial, a la presión publicitaria a menor o mayor escala. Hace poco he vivido la experiencia en mis carnes y seguramente toda esta larga premisa no es más que mi reacción a esa vivencia.

Me llaman para “ilustrar” las oficinas de una multinacional de renombre. El trabajo de los decoradores (mobiliario, enmoquetado, pintura…) ha finalizado y ahora toca “personalizar” las instalaciones para que la gente que trabaja en ellas sienta que han sido pensadas para ellos. Entre las indicaciones recibidas hay una que me llama poderosamente la atención, y es la petición de que esparzamos aquí y allá, por paredes y esquinas, citas motivadoras para los empleados. Lo de motivador es ambiguo, lo sé, pero también sé que cualquier que me lea me entenderá. Las frases favoritas de los gerentes, y aparentemente de los departamentos de recursos humanos (dicho sea de paso, uno de los términos más perversos que se hayan inventado, “recurso humano”) son, por un lado, aquellas en las que grandes líderes del mundo dan la clave para alcanzar tal liderazgo, y por otro, las bienhumoradas que resaltan los sentimientos más positivos del arco iris. Me pregunto quién es capaz de creer que el trabajador que asiste día tras día a su puesto recurre a esa ayuda grandiosa cuando el ánimo flaquea. Quién se repite la famosa frase de tal o cual empresario exitoso cuando el día se tuerce, los proyectos se atascan y las ganas de mandar el mundo a la mierda se adueñan del ambiente. Aquí me surge el acordarme de la macabra misión de la música clásica en los campos de concentración y exterminio.

Creo que el efecto es cuando menos contraproducente, y me permito aquí una cita cervantina: toda comparación es odiosa. Así que, a qué insistir en restregar por la cara de nuestros compañeros galeotes las virtudes de quienes consiguieron superar todas las dificultades. ¿Qué tipo de empatía es ésa? ¿Alguien ha tenido la “suerte” de convivir con un hermano/a o unos padres exitosos? ¿Acaso le sentaba bien que le recordaran que a su edad otros miembros de su familia ya habían resuelto problemas mucho más complicados o habían superado desafíos más exigentes? ¿Fue motivador? Dudo mucho que en cualquier manual de psicología escolar se anime a los profesores a seguir haciendo como aquellos malos maestros de antaño que agravaban la frustración de algún alumno exponiendo sus faltas al lado de las virtudes del mejor de la clase. Sin embargo, las empresas más “simpáticas” apenas dudan en poner de ejemplo a quienes es muy difícil que lleguemos a emular, en gran medida porque en muchas de ellas (dime de lo que presumes) se sigue machacando la cabeza del clavo que se arriesga a sobresalir.

La otra rama de citas, la de los consejos buenistas, confío (y es un deseo mezquino, lo sé) en que tenga los días contados. Al igual que ya nadie imprime los diez mandamientos mosaicos por las paredes, los consejos de coelhos y señores wonderful terminarán por hastiarnos a fuerza de repetirse por láminas de ikea, tazas de café, camisetas, portadas de cuaderno y, por supuesto, nuestras propias publicaciones digitales. Si algo hay que agradecer a estos tiempos en los que la velocidad de consumo es hipersónica es que las grandes frases de ayer apenas sirven para envolver una espina del pescado del día siguiente, frase que como el lector avispado intuye, no es más que la adaptación de una celebre cita.

Para los curiosos, aclararé que resolví el encargo tratando de que las frases solicitadas fueran, al menos, poco humillantes, que no marcaran senderos gloriosos a seguir, sino, como mucho, que dejaran alguna sombra de duda o de invitación a la reflexión en quienes les echaran la vista encima. Por lo menos, pensé, si de algo me acusan no será de agraviar a quienes sólo cumplen con su trabajo lo mejor posible, sino de suponerles a la altura de la conversación. Estoy convencido de que no hay nada más motivador para cualquier cabeza que una pregunta por resolver, una incógnita por despejar (cito a Antonio Vega, claro), nada más estimulante que creernos capaces de dar nuestra mejor versión sin medirnos contra ningún semidiós o contra las virtudes infusas. Eso nunca nos ha llevado a los simples mortales más que a derretir la cera de nuestras alas antes de desplomarnos en el mar.

Miento

Mentimos como bellacos, por deporte, por entretenimiento, por aburrimiento, por hastío, por rutina, por motivos que existen, que no, que nos inventamos… Casi habría que reconocer que en ocasiones nos mentimos por no dejar de mentirnos. ¿Por qué nos mentimos realmente?

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Cádiz. 2014. A mi alrededor todo es mentira. Veo una película de Woody Allen, Blue Jasmine, construida en torno al descubrimiento de la mentira, que es el descubrimiento de la verdad. Mi hijo pequeño me niega con boca, ojos y cuerpo que tenga miedo a la oscuridad mientras me pide que le acompañe por el pasillo hasta su cuarto. Jordi Evolé se saca un enorme conejo blanco de la manga televisiva ante los ojos de medio país que se regocija y encorajina a partes iguales con su farsa sobre la verdadera historia del golpe de estado del 23F. La noche antes, un representante del pueblo, un tal Granados, se queda solo con sus mentiras, mientras esgrime su honorable pasado de protector de mentirosos (tamayazo, gurtel, etc.) para solicitar el mismo cuidado y asilo entre sus colegas de partido.

Mentira, mentira, mentira nada más, que cantaba la encantadora señorita Marina de Obregón en el comienzo del “Un, dos tres, al escondite inglés”, de Zulueta.

Hay que ver el daño y el dolor que nos causa la mentira. Los presidentes de las democracias dejan sus cargos sólo por la mentira, no sólo los americanos Nixon o Clinton, sino los españoles González (que mintió sobre los fondos reservados y la guerra sucia), Aznar (que mintió los días del 11 M) o Zapatero (que mintió sobre el alcance y gravedad de la crisis económica). Por no hablar de la infidelidad, la mentira terrible que siega parejas a su paso. Sólo se salvaron Johnny y Vienna (miénteme, dime que me esperabas, dime que me quieres). ¡Cómo se nos clavó aquella frase de “Johnny Guitar”, señal que nos estaban tocando la fibra sensible!!!¿Pero entonces, si está claro que todo el mundo miente, por qué algo tan humano nos duele tanto?

Siguiendo un razonamiento evolutivo muy sencillo, nada se hace de manera universal si no refleja en definitiva una necesidad básica de la especie para poder sobrevivir. Y si seguimos esta línea de pensamiento, mentir vendría a ser un recurso adaptativo y no, como se nos suele presentar, una degradación de nuestro comportamiento social. Porque reconozcamos que una de las grandes rutinas educativas es enseñar a decir la verdad. Los dos únicos bofetones que me dio mi padre durante mi infancia fueron por escamotearle la verdad, bien, digámoslo como es en realidad, por mentirle a la cara. No digo que no me hubiera merecido más, pero no deja de ser curioso que el “a mí no me vuelvas a mentir nunca más” fuera la frase lapidaria que acompañó la descarga de galletas. Frase que hemos escuchado entre gritos, lágrimas, susurros mil y un millones de veces. Las misses en los debates de la tele se yerguen como agustinas aragonesas y enarbolan el estandarte del cruzado (mágico): “lo único que no le soporto a una pareja es que me mienta”.

Mentimos como bellacos, por deporte, por entretenimiento, por aburrimiento, por hastío, por rutina, por motivos que existen, que no, que nos inventamos… Casi habría que reconocer que en ocasiones nos mentimos por no dejar de mentirnos. ¿Por qué nos mentimos realmente? Aunque no hay que desestimar que lo hagamos en parte por placer, fundamentalmente mentimos por miedo. Miedo a que nos rechacen, que no nos quieran, que nos vean tal y como somos, que nos desarmen. Por eso nos ofende tanto la mentira ajena, no porque no podamos confiar en el otro, sino porque revela que el otro no confía en nosotros, no baja la guardia, no se vuelve vulnerable. No nos quiere tanto como para desnudarse por completo. Nos ofende, una vez más, el orgullo más que el hecho en sí, tan natural.

Mentimos para protegernos, no ya como miembros de una sociedad compleja en interacciones, sino como miembros de una especie que se reconoce débil. La mentira viene a reemplazar las garras, escamas, aguijones, pelaje, colmillos, caparazones, velocidad, fuerza, visión… de las que carece nuestra especie de monos desnudos. El ser humano se impone a la naturaleza mediante la mentira. Miente al león para hacerle creer que es más fiero, al elefante para hacerle creer que es más fuerte, como miente a todo el planeta para hacerle creer que es capaz de dominarlo. Nuestro cerebro se ha ido desarrollando de manera prodigiosa para crear ilusiones, para imaginar y proyectar esas visiones no sólo ante nosotros mismos, sino ante el universo. Nuestro cerebro se ha construido para la ilusión, para el engaño, la mentira. Si no, no habríamos podido sobrevivir ante un medioambiente hostil e indiferente a nuestra falta de armas naturales. La mentira ha sido nuestra adaptación y nuestra selección.

Algo que hemos traducido a nuestro comportamiento social. En “Juego de tronos”, mal que nos pese, se relata un cambio de paradigma, de época, de la nobleza esencial del medioevo -que encarnan los Stark- a la estrategia y el engaño renacentista (borgiástico) que encarnan los Lannister. No son peores, son más prácticos, más económicos, más modernos, mejores mentirosos. La mentira es nuestro monolito de 2001. Como fue también nuestro pecado original. Cuando la serpiente le hace llegar la manzana a Adán ¿cuál es el primer pecado real que comete el primer hombre? ¿Ver a Eva como mujer? Eso es lo que nos han querido hacer creer. La primera falta del Hombre contra su Creador es que cuando éste le pregunta si ha comido del fruto prohibido, aquél se lo niega. Le miente, al igual que muchos libros después, Pedro lo volverá a hacer, y por triplicado, como un buen funcionario. El pecado original es la mentira, y hasta en eso la Iglesia ha sido tan “humana” de mentirnos. Junto con el sexo, la mentira se aparece como ese otro impulso irrefrenable y natural que nos han presentado todos los poderes como un pecado capital. De este modo, nuestros instintos más elementales (el de reproducción y el de supervivencia) se han convertido en instrumentos de control basados en el sentimiento de culpa, éste sí alimentado culturalmente para beneficiar a unos pocos, los mismos que, desde el poder, son los primeros en hacer caso omiso de los límites que ellos ponen ya sea al hecho sexual o al mentiroso.

Pues si mentir está en nuestra naturaleza, que dirían el escorpión y Jessica Rabbit, a qué rebelarnos contra ella. Por qué sufrir tanto dándole una importancia tan central en nuestro código de valores. Aprendamos de los niños, dejemos a un lado el juicio moral sobre la mentira y tratemos de verla de un modo práctico (no es fácil reeducarnos en algo tan esencial, pero merece la pena intentarlo, si con ello evitamos sufrimiento). Hay mentiras que nos ayudan y otras que no, hay mentiras que nos perjudican (los fraudes de hacienda, las evasiones de las grandes fortunas, las promesas electorales incumplidas, la ocultación sistemática de la verdad por parte de aquellos cuya actuación afecta a millones de vidas) y otras que nos impulsan. Sigamos a los niños, que cuando les pillan en una mentira se ríen, lo reconocen y continúan como si tal cosa. No estoy sugiriendo que ignoremos la mentira, porque entonces perderíamos todas las referencias (algo tiene que permanecer fijo y estable, un norte, unas balizas, para que lo demás pueda desplazarse sin perderse), pero sí que la veamos como algo que pertenece a nuestra naturaleza humana, que nos ha ayudado a sobrevivir ante lo salvaje, y no sólo como un retorcimiento caprichoso y social de una verdad que, reconozcámoslo de una vez, nos es ajena.

Cádiz, 2017. Y entonces llegó la posverdad. Como cantaba Antonio Vega “aprendimos a mentir y no sentir temor”. Tal vez sea una nueva tensión del péndulo dialéctico, pero parecería que Trump -visto aquí como síntoma, no como presidente- nos ha tomado bien el pulso y está poniendo a la vista lo que antes se hacía en la trastienda. Ése es quizás su atractivo (una parafilia, pero filia al fin), el del mago que muestra al público los trucos de los otros magos (donde digo magos, valga tahúres) ante codazos de asombro y espanto. Trump es el ciego que le enseña al Lazarillo que la trampa siempre encuentra un espejo en el que mirarse.

El sexo de los robots

¿De qué nos servirá seguir dando vueltas en torno a la diferencia de género cuando la brecha radical que se anticipa será entre lo humano y lo deshumanizado?

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Estamos entregados estos días a una reedición necesaria de los movimientos feministas que habíamos medio dejado de lado durante las dos últimas décadas. Como ha ido sucediendo a lo largo del siglo XX, cada vez que la economía se ha visto sacudida, ya fuera por una guerra o por una burbuja, las mujeres han accedido a un espacio que se les resistía. En los últimos tiempos se expresa con relativa frecuencia la posibilidad de que ese acceso no siempre haya sido favorable para las propias mujeres. La euforia del mito superwoman, encarnado en la Barbie que alimentó los sueños de las niñas de la futura “generación Cosmopolitan”, ha derivado en una resaca en la que se empiezan a oír voces que reniegan de ese status aparentemente tan satisfactorio. La perversión del lema “podemos hacer de todo” se ha traducido en un “hacedlo todo a la vez” tan injusto y desproporcionado como el anterior “no hagáis nada”.

La verdad es que el mundo laboral no ha sido nunca una fiesta, aunque de puertas afuera cualquier discoteca se presenta apetecible si hay una cola en la puerta para entrar a ella. Los beneficios de los cambios han sido muchos, y seguramente no estaríamos hablando de nuevas opciones vitales y sociales si previamente la mujer no hubiera conseguido acceder a espacios que le estaban vetados (y los que quedan). Sin embargo, la pregunta que me ronda la cabeza, y que quiero compartir, no tiene que ver tanto con el qué como con el cuándo.

Como me explicaba una de mis profesoras más motivadoras, la geógrafa Aurora García Ballesteros, todo el esfuerzo que desplegamos en trasladarnos como sociedad u organización de un estadio A a otro B más avanzado, lo emplean los mismos que estaban en el punto B para alcanzar un nuevo nivel C. De este modo, como el pobre Aquiles detrás de la tortuga, nunca alcanzaremos a quienes van por delante de nosotros. ¿Por qué no emplear todo ese esfuerzo en olvidarnos de la fase B y pasar de A a C? nos planteaba Aurora. De este modo, en un tiempo razonable podríamos movernos ya a la par con nuestros modelos. Era un planteamiento que puede sonar ingenuo, (como casi cualquier pregunta que proponga una transformación profunda, dicho sea de paso). Por eso mismo lo quiero aplicar a un momento, el actual, en el que el nuevo impulso feminista es contemporáneo al avance de una cuarta revolución industrial basada en la inteligencia artificial y la robótica, es decir, en una economía deshumanizada, ya sea por eliminación (los individuos dejamos de participar en los procesos) o por disolución (los individuos somos reabsorbidos por una inteligencia colectiva, en red).

Quizás deberíamos aprovechar este momento para llegar cuanto antes a equilibrar una situación que en un plazo no muy largo se prevé que habrá cambiado por completo.  Me recuerda la tesitura en la que se encuentran los reinos de Westeros/Poniente en Juego de Tronos: entregados a una lucha sin cuartel que los debilita mientras el verdadero enemigo aguarda extramuros a que el invierno lo cubra todo. La historia (incluso la de ficción) no se repite, pero rima, que decía Mark Twain. Mi sospecha es que el feminismo se ha ido convirtiendo en esa gran causa con la que los occidentales nos sentimos orgullosos de movilizarnos, que ya está incluso ética y estéticamente redondeada, y que nos distrae a quienes vivimos fuera del poder real de unos cambios que, una vez más, se nos quieren dar hechos.

Me temo que llevamos tantos años deseando la igualdad de los sexos que, sin todavía haberla conseguido, puede llegar a convertirse en un placebo para que no nos preguntemos por el sexo de los robots.

Asimov, el inmenso Isaac Asimov inició sus relatos de la serie “I, Robot” con el primero y más crucial para la aceptación pública: Robbie, el robot cuidaniños. Si podíamos confiar nuestros hijos a las máquinas, parecía plantear el alter ego femenino de Asimov, la Doctora Calvin, qué no podríamos confiarles. Pese a la iconografía y el contexto de la época de aquel relato (los años cincuenta de Marilyn y Doris Day), aquel robot ¿niñera? no presentaba ningún rasgo o detalle que se pudiera identificar como femenino. El género, nos decía Asimov, era una cuestión de humanos, casi un asunto menor. Los robots nos igualarán. La cuestión en la que nos deberíamos centrar ahora es si lo van a hacer por arriba o por abajo, porque ése es el futuro en el que no demasiado tarde mujeres y hombres nos vamos a terminar encontrando.

(publicado originalmente en inglés en https://www.crewators.com/news/robot-gender)

Entre medias

Mi punto de (nueva) partida es muy sencillo: estoy absolutamente convencido de que una especie que desoye sistemáticamente a la mitad aproximada de sus individuos será muy difícil que supere con solvencia los desafíos que vaya a encontrar en su camino.

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Llevo ya varios años tratando de quitarme de encima el peso de un contexto cultural machista, al que me ha costado muchos años identificar y reconocer como realmente dañino, no sólo para los mujeres, que son quienes más lo sufren, por supuesto, sino también para los hombres. Me siento como si me hubieran criado dentro de una secta, convencido de que me comportaba a la perfección según las reglas, y hubiera tardado más de cuarenta años en salir de ella. Es todavía reciente y creo que, de todos modos, siempre tendré resabios de esa crianza machista de la que no hemos podido escapar casi nadie de nuestra generación o de las anteriores.

¿Por qué preocuparme ahora por dejar de ser algo con lo que he podido vivir mal que bien durante la mayor parte de mi existencia? ¿Por qué alterar mis convicciones, mis actitudes y mi forma de actuar justo ahora que se supone que he entrado en la madurez, es decir, que ya no soy víctima de los juicios precipitados, de las modas o de los miedos? Mi punto de (nueva) partida es muy sencillo: estoy absolutamente convencido de que una especie que desoye sistemáticamente a la mitad aproximada de sus individuos será muy difícil que supere con solvencia los desafíos que vaya a encontrar en su camino.

Más aún, si los hombres no somos capaces de escuchar a las mujeres, de atender los temores, dolores, maltratos o injusticias que les infligimos, cómo vamos a ser capaces de prestar atención a otras “minorías” como puedan ser los ecologistas que nos piden responder al cambio climático, o a quienes pasan hambre o huyen del terror. Por no hablar de quienes viven bajo el umbral de pobreza, quienes son víctima del acoso en todas sus variantes o de los marginados por su identidad sexual entre tantas y tantas comunidades cuyo peso demográfico está muy alejado del de los más de 3600 millones de mujeres que habitan el planeta.

3600 millones a los que literalmente no hacemos mucho caso. Aunque difícilmente somos capaces de reconocerlo en público, y mucho menos de reconocer que somos parte del problema, porque ni siquiera contemplamos la posibilidad de ser parte de la solución. La reacción más habitual con la que me encuentro cuando propongo en una conversación que los hombres nos atrevamos a reconocer que el machismo nos perjudica también a nosotros, es de cierta incredulidad, de rechazo sin fisuras. Eso serán otros, me dicen, para acto seguido entrar en distintos niveles de distracción, el más habitual entre los “no machistas”, el de reclamar un mundo igualado por los méritos de cada cual.

El razonamiento es de nuevo bien sencillo, ¿de qué nos defendemos tanto? ¿por qué nos sentimos atacados cada vez que una mujer reclama aquello a lo que las democracias occidentales hemos dicho que tiene derecho? ¿por qué nos colocamos en la posición de víctimas de algo que no es contra nosotros? ¿acaso los derechos tienen un volumen fijo que suponga que cuando una persona aumenta los suyos otra tenga que disminuirlos? ¿dónde se ha visto algo así?

Sólo en un tipo de lucha, la lucha por el poder. Basta esa reacción, esa negación cabezota y contumaz, para entender que en el fondo el hombre es muy consciente de que disfruta de un poder ilegítimo, al que presuponemos una fecha de caducidad, como creemos que les ha ocurrido a todos los poderes ilegítimos que hemos visto caer a lo largo de la Historia (otros persisten como estructura polimorfa). Y nos resistimos a entregarlo con todas las armas a nuestro alcance. Es evidente que ningún poder se entrega sin resistencia, y mucho menos el que detentamos sin habérnoslo ganado.