Comandante Emoción

En presencia del miedo, podría argumentar, mis emociones tomarán el control de mis operaciones y asumirán que estoy incapacitado para pilotarme a mí mismo. Es más, estaré encantado de que lo hagan porque es la única garantía que tengo de que mi instinto de supervivencia me haga actuar como otras normas aprendidas me impedirían hacerlo, quizás. Por ejemplo, darle un puñetazo al pasajero de al lado en caso de que uno de los compartimentos de mascarillas se atore y sólo dispongamos de dos donde debería haber tres.

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“En caso de pérdida de presión en cabina, los compartimentos sobre sus asientos se abrirán y dejarán caer máscaras de oxígeno. Para activar el flujo, gire la máscara, aplique sobre su nariz y boca, ajuste la banda elástica y respire normalmente. Los adultos sentados cerca de un niño u otra persona que requiera ayuda deben colocarse su propia máscara en primer lugar y luego prestar asistencia…”

Hay pocos protocolos en los que estemos más universalmente de acuerdo que en el de las instrucciones de seguridad de los aviones. Se trata probablemente del único decálogo en el que no se distingue entre sexo, raza, edad, religión, nacionalidad o nivel educativo. Por no hablar del socioeconómico, claro; los pasajeros de primera clase y los turistas de low-cost nos ajustamos al mismo rasero una vez que entramos en el club de los diez mil metros de altura (y bajando).

Llegado el caso, sin embargo, estoy convencido de que las reacciones de mis compañeros de viaje a la súbita despresurización de la cabina no responderán a esa cuidadosa coreografía que miles de asistentes de vuelo deben de estar intepretando ahora mismo en todos los idiomas conocidos del planeta. Mucho menos en esa recomendación tan concreta de que en caso de ir acompañados de nuestro hijo o hija pequeños mantengamos la calma y nos coloquemos la mascarilla nosotros primero. Vaya por delante que no tengo ninguna duda del supuesto racional en el que está basado esta instrucción, pero tampoco tengo demasiadas dudas de que, si me toca, mi desobediencia será absoluta. Es más, creo que no seré el único en esta actitud tan rebelde como irracional. Simplemente, frente a las órdenes del comandante del vuelo, me temo que mi voluntad se doblegará ante otra autoridad más imperativa, la de mis propias emociones. Me dará igual haber prestado atención (y lo hago siempre, por un respeto solidario a cualquier actor que representa un papel y que hago extensible a todo el personal aéreo) en todos y cada uno de los vuelos que he realizado desde hace décadas. En cuanto caiga la mascarilla lo primero que haré será colocarla en la cara de mi hijo, y ya después me ocuparé de la mía.

En presencia del miedo, podría argumentar, mis emociones tomarán el control de mis operaciones y asumirán que estoy incapacitado para pilotarme a mí mismo. Es más, estaré encantado de que lo hagan porque es la única garantía que tengo de que mi instinto de supervivencia me haga actuar como otras normas aprendidas me impedirían hacerlo, quizás. Por ejemplo, darle un puñetazo al pasajero de al lado en caso de que uno de los compartimentos de mascarillas se atore y sólo dispongamos de dos donde debería haber tres. No sigo por ese camino para que nadie me impida subirme a un avión durante los próximos diez años basándose en lo declarado en este escrito como una prueba de mi inadecuación para la convivencia aérea.

Y todo gracias a que durante los cuarenta años que llevo volando y asistiendo al microteatro de emergencias celestiales a ninguna línea aérea se le ha ocurrido ponerse en mi lugar, sino simplemente darme órdenes como si fuera un cargamento entregado a mi suerte sin capacidad de cuestionamiento. Algo de eso habrá, supongo; desde el momento que nos sentamos en una máquina de acero que vuela, nuestra lógica sufre un colapso que le lleva a aceptar todo tipo de anomalías (un lugar donde el agua se paga más cara que el tabaco es claramente un entorno extraterrestre). Sin embargo, yo preferiría que, por una vez, alguna compañía aérea fuera más compañía que aérea y me regalara los sensatos razonamientos que sostienen cada instrucción de seguridad, sin que tenga yo que deducirlos por mi cuenta. Que nos pusieran un vídeo en el que se explicara de qué modo las ondas de nuestros teléfonos móviles son capaces de cortocircuitar el sistema de comunicaciones de la nave, por ejemplo. O quizás, como en el caso que me sirve de pretexto, cuántos segundos sin llevar la mascarilla son suficientes para que mi cerebro note la diferencia de oxígeno y empiece a marearme tanto como para no poder servir de ayuda a mi hijo. Porque al final ése va a ser mi motor y no otro. Es lo que tengo grabado a fuego en algún pliegue de mi inconsciente, atado a una emoción que me construye y que no parece que compartan mis anfitriones de vuelo.

Pienso en todo esto mientras leo el libro de Eduardo Lazcano, “Comunicación Emocional”. Imagino al autor en el asiento de al lado explicándome con la misma paciencia y claridad con la que lo hace en su libro, los mecanismos por los que cuanto mayor es la percepción de peligro, de ansiedad, de angustia, de miedo, de amontonamiento de estímulos… más respondemos a nuestras emociones y menos a las razones. No me vendría mal que Eduardo, con esa sonrisa que se gasta cuando se mete en harina mientras le brillan los ojos como a otros les brillan las armaduras (cada uno tiene sus armas), me volviera a explicar eso de que el cerebro que piensa lo hace a una velocidad de 55 bits por segundo y el que siente lo hace millones de veces más rápido. A lo mejor con un interlocutor así, que no me tratara como a una maleta sino como a un pasajero con piernas (quizás sea ése el quid, la disminución del espacio entre asientos; después de todo, sin piernas uno se parece mucho más a una maleta), que me dijera: mira, Alain, entiende que tu hijo te necesita plenamente consciente para ayudarle en una situación para la que ninguno de los dos os habéis preparado realmente, y que los diez segundos que tardas en ponerte la mascarilla deterioran la calidad del oxígeno que llega a tu cerebro y, por tanto, tu velocidad de reacción, así que ahora respóndete tú mismo, ¿qué tipo de ayuda quieres ser para tu hijo en caso de accidente?

Cierto es que las probabilidades de que uno se encuentre en una situación tan dramática como la que nos han hecho imaginar desde que los aviones se convirtieron en el escenario favorito de las películas de catástrofes son escasas. Pero como nos lo recuerdan cada vez que rodamos lentamente hacia la pista de despegue (en realidad para distraer nuestra atención de la inminente tensión que nos supone dejar de pisar tierra firme) se ha convertido en algo que presentimos mucho más cercano de lo que en realidad sucede. Es un ejemplo extremo de lo que vivimos cada día en cada momento. El ser humano se empeña en alimentar sus miedos o en permitir que se los alimenten. Miedos pequeños y grandes, como el miedo a no ser deseados, a ser reemplazables, a ser indiferentes, o a no estar a la altura de las expectativas que despertamos, ya sea como personas, como compañías, como naciones o como especie. Miedos que nos impiden en los contextos más cotidianos el poder tomar una decisión al ritmo sosegado y reflexivo de nuestro razonamiento y nos conducen una y otra vez a la vorágine de la decisión sentida, intuida, irreflexiva, subjetiva… en fin, emocional.

Nada de eso es probable que llegue a cambiar, por lo menos no hasta que máquinas y humanos lleguemos a una relación tan imbricada que la velocidad de la cabeza iguale a la del corazón. Hasta esa nueva vuelta de tuerca en la batalla que iniciaron Kasparov y Deep Blue viene bien leer el libro de Eduardo. No, como muchos a lo mejor desearían, como ese manual de trucos para aprender a comunicarse con las emociones de los demás y llevárselos al huerto, sino para entender que sin esa emoción, la ajena y la propia, no existe posibilidad alguna de comunicación, es decir, de ponernos de acuerdo en la más mínima cosa, y mucho menos en eso que yo quiera vender y otro desee comprar.

Lo que me recuerda una maravillosa canción que os dejo aquí como regalo prenavideño :), con especial dedicatoria a Eduardo, con quien es siempre un placer compartir desayunos esporádicos y esclarecedores.

Por cierto, para los interesados, el libro de Eduardo está disponible en Amazon, y en otras librerías. Por si acaso, os dejo el enlace al mismo: https://lnkd.in/ghPMnez

El sitio de todos

Empieza a haber muchos más beneficiarios de los supuestos, no ya por el conflicto España/Cataluña, sino hacia la demolición del único actor moderado en la geopolítica de los últimos 70 años, Europa.

El estupor de muchos parte de no encontrar aparente respuesta a la pregunta de quién se beneficia de un conflicto entre Cat y Esp (gobiernos, fuerzas, ciudadanías). Ampliemos un poco la escala, porque si en verdad no hubiera beneficio todo terminaría remitiendo. Me retrotraigo a finales de los 90, inspirado por el borrador de la próxima novela de Fernando Riquelme, ambientada durante las movilizaciones anti globalización, los padres y hermanos de lo que hoy conocemos como independentistas anti sistema, o también como la carne del cañón.

Tras la caída del muro de Berlín es evidente que el complejo juego global necesitaba reequilibrarse y de un modo diferente al que acababa de desplomarse. La nueva oposición al capitalismo expansivo se articula como una resistencia civil de corte “blando” (la dureza del muro era ya anacrónica), pero con aprendizajes, recursos y mecanismos heredados de la época anterior y que, convenientemente reciclados, empiezan a golpear de nuevo al mismo enemigo de siempre. El ataque progresa razonablemente hasta que el 11-S termina con ese conflicto desestabilizador de baja intensidad por sublimación.

Mejor dicho, simplemente lo pone en suspenso, porque la dialéctica de potencias es una constante que fluctúa sin llegar a desaparecer. Igual que sus métodos, de siempre pegarse las patadas en el culo de un tercero. El eslabón más débil, como en aquel programa de televisión, es Europa, la unión con menos unidad que cabe en el diccionario. Mientras que el eje franco-alemán que la sustenta no muestra grandes fisuras, sí hay países esenciales para la credibilidad/estabilidad de Europa que pueden ser acosados y derribados con menos esfuerzo. Primero, por un ataque financiero brutal que avive la insolidaridad en general y la norte-sur en particular (Grecia, Italia, Portugal y España se tambalean). Resistir la primera oleada de un asedio desgasta mucho, como bien saben los troyanos, sobre todo cuando el atacante está en la sombra.

Aún se puede estimular más el desgaste de los frágiles lazos de cohesión europeos: los refugiados. En paralelo, los movimientos anti globalización se reinventan como ciudadanos, el 15M, y llegan a adentrarse en el sistema por vía institucional. Ya falta poco. El miembro más periférico de la Unión, el Reino Unido, es fácilmente (nunca tanto, pero mucho más que otros posibles) arrastrado a su auto exclusión. Pero todavía no es suficiente. Precisamente por su trayectoria de verso suelto, la salida de UK de la comunidad es un golpe que se puede encajar. Hace falta que caiga el otro gran peso pesado de la Europa occidental, España.

Pero España no se va a ir de Europa nunca. No, claro, sin embargo con que su también frágil equilibrio territorial se resquebraje, la fragmentación puede provocar que en cuestión de un año EU pierda dos de sus pilares principales. Casualmente al mismo tiempo que en EEUU se hacen fuertes los conceptos más anti europeos de Trump.

Empieza a haber muchos más beneficiarios de los supuestos, no ya por el conflicto España/Cataluña, sino hacia la demolición del único actor moderado en la geopolítica de los últimos 70 años, Europa. Esto ya se parece más a una novela de Poirot. La asociación y el empleo de sensibilidades nacionalistas latentes se antoja un juego de niños, aunque sea el Risk. Ahora nos toca decidir qué está en juego, ¿la identidad nacional, las patrias? No lo creo. Más bien el no volver o no avanzar hacia un conflicto globalizado, un escenario de nuevo bipolar en el que las decisiones verdaderamente cruciales, como el desastre climático o la propia condición humana queden supeditadas a estrategias de reparto del mundo. Desactivar el conflicto Cat/Esp debiera ser el único objetivo. Porque la batalla que se está librando realmente no está ahí.

Ahora, hay que elegir bando, pero sin bandera.

El futurismo es un gran invento

En nuestra sociedad el innovador o el creativo (no los igualo yo, sino el contexto de comunicación en el que ambos se empastan) es alguien especial, con una conciencia crítica a prueba de desmayos y un talento capaz de superar el recelo que previamente despierta. ¿No será mucho pedir a la gente que asuma ese papel con alegría? Más aún, la mayor incongruencia es que la innovación se relaciona en fin con eso que tanto nos desagrada de mirar al futuro por el retrovisor. No, desde luego la innovación se cuenta mal. El futuro se vende fatal. Precisamente porque no se vende como futuro, sino como anti-pasado.

Si nos fijamos en lo que se anuncia, la verdad es que el futuro se vende muy bien. De hecho, el futuro es lo único que se vende. Ninguno compramos un coche por lo que es, sino por lo que seremos. Y lo mismo pasa con el smartphone, el tatuaje, el teñido, el suavizante, el político o el reloj. Compramos visiones de un futuro mejor, feliz o, por lo menos, nuestro. Comprar es como firmar un contrato con nuestra existencia futura, como una garantía al menos íntima de que mañana también estaremos en este mundo. Por eso digo que no compramos otra cosa que futuro. Y por eso es tan sospechoso constatar una y otra vez que el futuro se vende, en realidad, muy mal.

Con este planteamiento alguno que me lea pensará: ya estamos mareando la perdiz. ¿Se vende bien el futuro o se vende mal? ¿En qué quedamos? Es una paradoja tan solo aparente, pero es donde radica el quid de la cuestión que intento abordar en esta pequeña reflexión. ¿Por qué digo que se vende mal el futuro justo dos líneas después de afirmar lo contrario? Porque ése ha sido mi trabajo en los últimos veintitantos años. Y digo yo que algo que fuera fácil no me habría dado de comer tanto tiempo. Ironías aparte, el futuro que cuesta vender es ése al que llamamos innovación, transformación digital, sostenibilidad, etc. etc., es decir, el futuro de las grandes abstracciones. Seguramente hay alguien que se divierte observando cómo algunas palabras pierden significado a medida que se mencionan. Pasa con otras, libertad, democracia, igualdad… Las grandes palabras alcanzan muy rápidamente su umbral de contenido y se someten a la ley del máximo común divisor. Y no lo puedo evitar, siempre que pienso en esto me acuerdo del tulipán.

No la flor, sino la margarina. Cuando yo era un niño se hizo muy famoso un anuncio en el que se celebraban las infinitas cualidades para combinar y mejorar cualquier merienda que tenía aquel producto prodigioso. El eslogan “tulipán y cualquier cosa” servía de contundente remate, uno de esos eslóganes que sobreviven a cuatro décadas de bombardeo publicitario, ya se me nota. El caso es que me lo creí tan absolutamente que convencí a mi madre de que en mi siguiente merienda el bocadillo llevara, además de lo que ella hubiera considerado, una generosa capa de tulipán por ambos lados. Mi madre, ejerciendo de madre providencial y complaciente, me entregó el siguiente bocata con mucho tulipán y… foie-gras. Todavía no sé si lo hizo a conciencia, para desengañarme del todo de las promesas televisivas, pero aquel empaste, aquel mejunje era incomible. La realidad había respondido a la ficción de manera inmisericorde. Fue un zasca en toda la boca, literalmente.

Con la Libertad de las pancartas y la Innovación de los powerpoint me pasa un poco lo mismo, que quedan bien “con cualquier cosa”, aunque si uno analiza su presencia se da cuenta rápido de que son términos que sirven para que lo defiendan por igual tirios que troyanos. Por no adentrarme en vericuetos políticos me ceñiré aquí a los empresariales. Hace tiempo que en las charlas de negocios ya nadie se molesta ni siquiera en introducir el concepto de innovación ateniéndose a la definición original del Manual de Oslo. Para qué. Innovación tiene nombre de perfume (me atrevería a decir que de CK), suena mejor cuanto más misteriosa es su composición. De hecho, ha pasado del continente al contenido. Ya no se nos pide que hagamos cosas innovadoras, sino que seamos innovadores, y en esa transición del hacer al ser hemos terminado por ser víctimas de nuestra propia ilusión.

Ahí es donde la ficción se embarra con el foie-gras, o lo que es lo mismo, donde la innovación se vuelve intragable. En ese preciso instante en el que innovar se vuelve una experiencia religiosa. ¿Por qué tuvimos que ponerle nombre a algo que la especie ya venía haciendo de un modo recurrente? Evidentemente por la misma razón por la que los humanos nominamos todo lo que nos rodea, incluso lo invisible, para controlarlo, para someterlo. Eso que queremos que todo el mundo en nuestras organizaciones practique no es otra cosa que la innovación domesticada. A poco que se piense, todo un oxímoron. No sólo queremos innovación, sino que además la queremos dirigida, regulada, cronometrada y eficiente. No quiero ni imaginar el estrés al que hubiéramos sometido al hombre de las cavernas para lograr el fuego dentro de nuestros parámetros actuales de búsqueda de la innovación.

Y donde digo innovación hagámonos cuenta de que se puede sustituir por otro de los grandes mantras de nuestra era, la transformación digital. Ambos (y otros más) no dejan de ser sinónimos de un futuro que pretendemos que sea mejor, y a ser posible gracias a nosotros y a nadie más, para alcanzar el nivel deseado de competitividad que reside en la base de toda esta carrera. Decía antes que el futuro se vendía mal, y la demostración está en lo que nos cuesta ponernos a trabajar en él. Deseamos un futuro mejor, sí, pero que sean otros los que nos lo den hecho. De ahí que poco a poco se consolidase la firme creencia de que el futuro -inventarlo, predecirlo, construirlo- era cosa de elegidos (elegidos para la gloria, que decía Tom Wolfe, cuando hablaba de los chicos de la NASA que asumieron la responsabilidad de hacer llegar a todo un país a la Luna). El drama surge cuando en nuestros días, en nuestros trabajos, lo que era responsabilidad de unos pocos se convierte en una exigencia para todos. Máxime ahora que la mitad de la población está obligada a serlo para poner en pie su medio de subsistencia.

A la presión por innovar se suma, así, una percepción mística de la innovación, como algo propio de seres especiales. Sé de lo que hablo porque en mis años de trabajo me he/han situado casi siempre de ese lado especial, el de los creativos. La de veces que habré escuchado la frase “claro, como tú eres creativo”, no siempre como alabanza, todo hay que decirlo. A medida que se imponían nuevas modas nos dábamos cuenta de que esa pretendida envidia hacia la práctica creativa tenía en realidad matices de discriminación, como si fuéramos los depositarios de un don celestial, de una cualidad innata que nos condenaba a no salir de ella en nuestra vida. Lo traigo a colación porque entiendo que gran parte de los frenos de las organizaciones que persiguen incrementar sus niveles de innovación residen en ese prejuicio de que hay que haber nacido para ello, o lo que es lo mismo, estar condenado a ello de antemano. Es la maldición que ha caído sobre los nómadas de todo signo desde que Caín echó a andar: inventores, descubridores, pioneros, creativos, fabuladores de cualquier disciplina, incluso de las más técnicas.

Con todo, aún faltaba un ingrediente para que la tormenta fuera perfecta, y es que la innovación se plantee las más de las veces con una intención correctora. Baste recordar el maravilloso cuento de H.C. Andersen, “el traje nuevo del emperador”, para ser conscientes de lo difícil que es levantar el dedo y señalar algo que fuerce a quienes nos rodean a vencer su inercia. Al innovador se le supone, o más bien se le exige que tenga el valor de destacar el error al que todos los demás nos hemos resignado, y después la capacidad de ofrecer la solución correcta. Si no cumple con ambos requisitos se arriesga a ser señalado, primero por aguafiestas o soberbio, y después por frustrar nuestras expectativas llegado el caso de que falle. Corregir, que es enmendarle la plana al pasado, ya requiere de una mentalidad antipática, sobre todo cuando el presente lo hemos construido y aceptado entre todos. O como (dicen que) hubiera dicho Roosevelt, este presente es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta. Y ahora vienes tú a cantar distinto. No es de extrañar que muchos temblemos ante la invitación a convertirnos en innovadores a tiempo completo, que es como pedirnos que demos un paso al frente y arrojemos la primera piedra, una imagen de nosotros mismos verdaderamente muy poco seductora. ¿No es mucho pedir a la gente -ciudadanos, empleados, consumidores, empresarios- que asumamos ese papel con alegría? Más aún, la mayor incongruencia es que la innovación se termina por relacionar finalmente con eso tan criticado (y tan feo) de mirar al futuro por el retrovisor. No, desde luego la innovación se cuenta mal. El futuro se vende fatal. Precisamente porque no se vende como futuro, sino como anti-pasado.

Llevo más de veinte años peleándome -a menudo de un modo involuntario- con ese planteamiento, y creyendo que el foco hay que colocarlo no en lo que no queremos que esté, sino en lo que tarde o temprano estará. Nos sería más provechoso, mucho más, ayudar a percibir el futuro como algo que va a ocurrir de todos modos. Con la misma certeza con la que revestimos la compra de cualquier artículo. Cuando compramos un coche nos vemos conduciendo más seguros, más rápidos o más felices. Nos vemos sin ningún género de dudas en una nueva situación, de hecho la deseamos, anhelamos acortar el tiempo entre nuestra decisión y la futura realidad en la que ya nos estamos imaginando.

Si ayudamos a virar nuestro punto de vista 180º nos encontraremos que en vez de tener que enfrentarnos a la solución de un pasado (que por definición ya es irresoluble) que nos deja de nuevo abocados al vértigo de un futuro incierto, podríamos asumir que hay un futuro cierto hacia el que podemos avanzar a mayor o menor velocidad. Anticipar el futuro inevitable me parece una definición de innovación mucho más práctica, mucho más fácil de asimilar por cualquiera, sean cuales sean sus dotes creativas. No se tratará ya de ponerse a inventar soluciones en el vacío, sino a seguir un camino trazado, tal vez algo parpadeante, sí, pero en una dirección que podemos intuir o incluso conocer de antemano.

Puede que alguno dude (o quizás se irrite) ante esta afirmación, la de que conocemos en gran medida el futuro que será. Pero basta con mirar lo que otros antes que nosotros dedujeron que ocurriría, simplemente siguiendo la sutil línea que conecta lo que fue con lo que habrá de ser. Cuando decimos que Verne o Asimov, o Clarke o Bradbury fueron capaces de predecir lo que ahora vivimos, y los veneramos por ello, estamos pasando por alto que mucho de lo que avanzaron fue más deducción que invención. Amparados bajo el manto de un género de ficción que les permitía decir y criticar cuanto querían en muchas de sus predicciones lo que mostraban era una total libertad para recorrer un camino que estaba ahí, lo quisiéramos o no reconocer. Si los vehículos habían pasado de la tracción animal a la tracción mecánica, de rodar por el suelo a surcar los cielos, la línea más recta de la evolución terminaría irremediablemente por conducirnos a los coches voladores o a los viajes interplanetarios. Que después sus predicciones se hayan hecho realidad se debe tanto a que nos inspiraron visiones de ese futuro que podría ser como a que se convirtieron, a su manera, en historiadores de un pasado que todavía no habría sucedido.

En cualquier caso, el universo predictivo también ha sufrido el impacto de lo digital (el propio Asimov ya lo anticipó en Fundación). A partir del Big Data el futuro comienza a ser un itinerario tan previsible como el que nos dibuja Google Maps para ir de casa al trabajo. Puede que no tan aburrido, pero desde luego mucho menos sorprendente de lo que solía ser. Mi generación quizás sea la última en quedarse boquiabierta de asombro ante la fantasía futurista. Y no hablo sólo del Mazinger Z de mis once años, sino incluso del reconocimiento de pupila y las pantallas interactivas de Minority Report, mucho más reciente. La generación de mi hijo pequeño apenas parpadea ante la avalancha de inventos que surgen cada nueva temporada. Lo de ser nativos digitales afecta a algo más que la simple pericia intuitiva en el manejo de dispositivos; también influye en su umbral de expectativa ante las posibilidades tecnológicas. Puede que ése sea uno de los precios que haya que pagar a cambio de que el futuro deje de ser sinónimo de incertidumbre, el de que la magia ya no resida más en los inventos materiales y retorne a lo que siempre fue, el territorio de un misterio intangible.

No creo que la respuesta esté en que, como se escucha a más de una voz interesada, nos obliguemos a “abrazar el futuro” con fe de carboneros. Entre las dos fuerzas antagónicas, una que se resiste al cambio y otra que señala lo que está mal y hay que corregir, nacería una tercera vía (tan denostadas siempre, las terceras vías) que vendría a sostener que la realidad no está mal sino que es un paso más hacia un futuro que podemos dibujar con creciente exactitud. La pregunta ya no sería si queremos o no cambiar las cosas; la cuestión es ¿queremos ser los últimos en llegar al futuro que será, o queremos estar ahí y disfrutarlo antes que otros? Es muy probable que ahí radique la manera de vender el futuro (de un modo muy parecido a como se nos ha vendido el iPhone), en presentarlo no como algo que corrige lo malo del pasado sino como algo que anticipa lo inevitable, y quizás en esa suma de futuro y certidumbre podamos evitar el habitual sinónimo del mañana que es la intranquilidad, y sus angustias asociadas, la aversión al riesgo y el miedo al fracaso.

Des.pa.cita

Era de esperar, la nuestra es una especie que tiende a lo tumoral, y cuando ocupamos un espacio lo hacemos de manera invasiva, abrasiva, quemando tierra como si no hubiera un mañana. Así que cuando un imprudente -aunque bien intencionado- ser humano decidió publicar en su perfil social una cita célebre con la que se sentía especialmente identificado, no reparó en que acababa de disparar una bengala en medio de un circo glacial. Instantes después, el alud era ya imparable.

Uno de los factores más llamativos de la revolución digital ha sido la capacidad para transformarnos a todos en sujetos mediáticos, ya no sólo mediatizados. Eso que creíamos que sólo les ocurría a una raza rara, como son los californianos, lo de estar siempre dispuestos a aparecer en el centro del objetivo de una cámara, hemos descubierto para nuestra sorpresa que se ha convertido en la adicción del milenio. La pregunta que nos multiplicamos desde que suena el despertador es “¿cuántos me gusta?”. No es un castellano de gran corrección gramatical, pero sí conciso y directo sobre lo que más nos interesa. El desasosiego con el que publicamos nuestras fotos, frases, opiniones, muestra una vez más la ambivalencia con la que vivimos el entorno digital. Por un lado somos conscientes de la trivialidad y volatilidad de nuestras publicaciones, pero por otro, hemos aprendido que todo lo que se vuelca en Internet puede reflotar en algún momento (si hacemos caso a Murphy, en el menos conveniente), así que le damos muchas vueltas a aquello que va a pasar a formar parte de eso que, para más recelo, se ha bautizado como huella digital.

Como avezados pulgarcitos nos empeñamos en dejar huellas consistentes y no meras migas de pan. Ya que nos van a poder seguir la pista mejor que demos buena imagen. De ahí a tratar de imitar a los profesionales de los medios y competir por las audiencias hay sólo un paso. Sólo que nosotros no contamos con los recursos que cuentan ellos. No tenemos guionistas ni maquilladores ni directores de foto, así que echamos mano de aquello que nos pueda dar seguridad pese a nuestro amateurismo. De este modo, las más de las veces lo único que nos hace estar seguros de que lo que publicamos es válido es la réplica de lo que ya vimos antes. La Red es un reflejo de una sociedad educada no para la creatividad sino para la imitación. Imitamos encuadres y contenidos de fotos, repetimos chistes y comentarios, propagamos (viralizamos, se dice) ideas que fueron únicas en su día pero que clonamos una y otra vez, creyéndonos coautores donde sólo hacemos de eco (¿ecoautores?). Entre todos esos recursos que nos facilita Internet para expresar nuestras muy idénticas identidades, uno de los más queridos es el de las citas célebres, toda una garantía de poder opinar sin temor a recibir pullas. Porque, quién va a criticar a un Einstein, un Chaplin o un Churchill. Incluso los más atrevidos e inconformistas pueden recurrir a un Bukowski o a un Lennon o, claro, a Chomsky. Pero hay más, miles más, qué tal una Virginia Woolf o, por qué no, citas de Twain, Woody Allen, no nos olvidemos de Oscar Wilde, de Anais Nin, Ralph Waldo Emerson, un autor que es impresionantemente célebre por sus citas y no por sus obras, y así…

Lo de citar es una herencia académica que tuvo sus buenos motivos allá por los siglos predigitales. Solía derivarse de la lectura de alguna obra de referencia para la hipótesis o el estudio que se presentaba como nuevo. La búsqueda de padrinos entre lo más florido del mausoleo era un requisito casi imprescindible para que los jueces de los futuros académicos confiaran en su buen criterio. Qué menos se podía pedir que el haber cumplido con las lecturas de rigor. Con el correr del tiempo las citas terminan por pervertirse y convertirse en una especie de refranero de elite, por oposición al popular, pero con similar intención. Así, terminamos por igualar el “a caballo regalado no le mires el diente” con el “si lloras por no ver el sol las lágrimas te impedirán ver las estrellas”. Mientras que los refranes escondían lecciones prácticas de la gramática parda, las citas, en cambio, han ascendido al parnaso de la inspiración motivadora, vital.

Sospecho que fue al llegar la blogosfera cuando los caminos de citadores y citados se terminaron cruzando. Un blog que se tomara en serio a sí mismo no podía encabezar sus publicaciones sin una cita ilustre. Ya eliminada la premisa de tener que leer las obras del autor citado, y pudiendo conformarnos con el enunciado de la frase sin más, era sólo cuestión de tiempo que aparecieran los catálogos online de citas por autor y temática. Fuera uno a tratar del paso del tiempo, de los beneficios de viajar, de la creación artística, de la guerra, o del amor también, basta ya con teclear las etiquetas correspondientes y la Red nos devuelve un listado universal del que sólo nos quedará elegir el más apropiado a ese perfil que vamos trazando ante el mundo. Al igual que con los refranes, cada cita puede ser respondida con una cita en el sentido contrario, y así ad nauseam.

Toda vez que en el pasado no teníamos los mismos problemas que afligen al humano contemporáneo algunas sentencias tendían a no cumplir las expectativas y peripecias del bloguero o microbloguero actual. Por suerte (¿¿??) el auge de los libros de autoayuda (paradójicamente, los encontraremos en la estantería de “no ficción”) sirvió para que ascendieran rápidamente por el escalafón de citables numerosos gurús cuyas obras parecían estar compuestas cita a cita, golpe a golpe. Más madera, es la guerra, que dirían los Hermanos Marx (otros imprescindibles de las “casas de citas”), llegamos al culmen de la impostura en el momento en el que nos presentamos como co-autores de la cita publicada. No es que lo hagamos nosotros (algunos sí, pero no quiero señalar tan abajo), sino que tímidamente permitimos que otros nos consideren así. De este modo, durante el breve lapso de atención que despierta nuestra intervención, en ese momento, los aplausos a la frase escogida de Luther King o de Mae West no los reciben ellos sino nosotros. Lo más curioso es que todos hemos visto responder con una especie de pudor a esas alabanzas a nuestra cita, como haciendo ver que en cierta medida sí que nos creemos acreedores de algún mérito por nuestra elección. Todo lo cual me parece enternecedor, sinceramente. Detrás de este ejercicio de aparente desvergüenza se esconde el simple y puro miedo, el temor a no estar a la altura de la imagen que queremos tener y ofrecer de nosotros mismos. Eso que las costumbres digitales nos han provocado a las criaturas analógicas, que crecimos con la idea de que la imagen pública había que cuidarla. Sobre esa mentalidad se ha construido todo un síndrome de la clase internauta, del que las citas son sólo uno de los síntomas más evidentes.

Con todo y con eso, lo anterior no deja de ser una reflexión previa a lo que sí que me parece algo más preocupante, menos amable, que es cuando la cita se traslada a la comunicación de marca, corporativa o empresarial, a la presión publicitaria a menor o mayor escala. Hace poco he vivido la experiencia en mis carnes y seguramente toda esta larga premisa no es más que mi reacción a esa vivencia.

Me llaman para “ilustrar” las oficinas de una multinacional de renombre. El trabajo de los decoradores (mobiliario, enmoquetado, pintura…) ha finalizado y ahora toca “personalizar” las instalaciones para que la gente que trabaja en ellas sienta que han sido pensadas para ellos. Entre las indicaciones recibidas hay una que me llama poderosamente la atención, y es la petición de que esparzamos aquí y allá, por paredes y esquinas, citas motivadoras para los empleados. Lo de motivador es ambiguo, lo sé, pero también sé que cualquier que me lea me entenderá. Las frases favoritas de los gerentes, y aparentemente de los departamentos de recursos humanos (dicho sea de paso, uno de los términos más perversos que se hayan inventado, “recurso humano”) son, por un lado, aquellas en las que grandes líderes del mundo dan la clave para alcanzar tal liderazgo, y por otro, las bienhumoradas que resaltan los sentimientos más positivos del arco iris. Me pregunto quién es capaz de creer que el trabajador que asiste día tras día a su puesto recurre a esa ayuda grandiosa cuando el ánimo flaquea. Quién se repite la famosa frase de tal o cual empresario exitoso cuando el día se tuerce, los proyectos se atascan y las ganas de mandar el mundo a la mierda se adueñan del ambiente. Aquí me surge el acordarme de la macabra misión de la música clásica en los campos de concentración y exterminio.

Creo que el efecto es cuando menos contraproducente, y me permito aquí una cita cervantina: toda comparación es odiosa. Así que, a qué insistir en restregar por la cara de nuestros compañeros galeotes las virtudes de quienes consiguieron superar todas las dificultades. ¿Qué tipo de empatía es ésa? ¿Alguien ha tenido la “suerte” de convivir con un hermano/a o unos padres exitosos? ¿Acaso le sentaba bien que le recordaran que a su edad otros miembros de su familia ya habían resuelto problemas mucho más complicados o habían superado desafíos más exigentes? ¿Fue motivador? Dudo mucho que en cualquier manual de psicología escolar se anime a los profesores a seguir haciendo como aquellos malos maestros de antaño que agravaban la frustración de algún alumno exponiendo sus faltas al lado de las virtudes del mejor de la clase. Sin embargo, las empresas más “simpáticas” apenas dudan en poner de ejemplo a quienes es muy difícil que lleguemos a emular, en gran medida porque en muchas de ellas (dime de lo que presumes) se sigue machacando la cabeza del clavo que se arriesga a sobresalir.

La otra rama de citas, la de los consejos buenistas, confío (y es un deseo mezquino, lo sé) en que tenga los días contados. Al igual que ya nadie imprime los diez mandamientos mosaicos por las paredes, los consejos de coelhos y señores wonderful terminarán por hastiarnos a fuerza de repetirse por láminas de ikea, tazas de café, camisetas, portadas de cuaderno y, por supuesto, nuestras propias publicaciones digitales. Si algo hay que agradecer a estos tiempos en los que la velocidad de consumo es hipersónica es que las grandes frases de ayer apenas sirven para envolver una espina del pescado del día siguiente, frase que como el lector avispado intuye, no es más que la adaptación de una celebre cita.

Para los curiosos, aclararé que resolví el encargo tratando de que las frases solicitadas fueran, al menos, poco humillantes, que no marcaran senderos gloriosos a seguir, sino, como mucho, que dejaran alguna sombra de duda o de invitación a la reflexión en quienes les echaran la vista encima. Por lo menos, pensé, si de algo me acusan no será de agraviar a quienes sólo cumplen con su trabajo lo mejor posible, sino de suponerles a la altura de la conversación. Estoy convencido de que no hay nada más motivador para cualquier cabeza que una pregunta por resolver, una incógnita por despejar (cito a Antonio Vega, claro), nada más estimulante que creernos capaces de dar nuestra mejor versión sin medirnos contra ningún semidiós o contra las virtudes infusas. Eso nunca nos ha llevado a los simples mortales más que a derretir la cera de nuestras alas antes de desplomarnos en el mar.

Perdón

No perdonamos a aquellos (y a aquellas) con quienes nos sentimos en deuda. La mala conciencia nos hace pequeños, y para compensar, tratamos de llevar al otro (a la otra) a nuestra bajura. Cuanto más nos perdonan ellas los gritos, las amenazas, los insultos y todo tipo de violencias de distinto grado, más nos empequeñecemos, nos emponzoñamos, nos enmezquinamos, nos blindamos contra su perdón, que se nos vuelve imperdonable.

“¿Por qué matan los hombres a las mujeres?” Si se pregunta a Google, así, entrecomillado, restringiendo los resultados (método científico de andar por casa), nos encontraremos con casi cinco mil entradas. Si quitas las comillas el resultado se dispara a casi un millón. En el informe anual que publica la gran multinacional de la información recogiendo sus tendencias más populares quizás no desbanque a un Trump o Luis Fonsi, pero salta a la vista que la inquietud ha aumentado considerablemente en los últimos años, por causas tan tristes como evidentes. En parte es buena señal, viene a traducir que una gran parte de la sociedad trata de encontrar un sentido a algo que no lo tiene. No es el principal motivo de muerte en el mundo, pero como todos los que suceden en el entorno de lo afectivo, quizás sí de los más estremecedores. ¿Matar a quien amamos, matar a quien nos amó? El temor que subyace en cada femicidio es que ese hombre que decide matar a su pareja podamos ser algún día cualquiera de nosotros. De ahí que la pregunta se formule en términos de género y genéricos, y no ¿por qué algunos hombres matan a sus parejas o las mujeres ?, que sería una pregunta que al menos dejaría un margen tranquilizador a los demás. Pero no, lo cierto es que lo único que por ahora parece que tienen en común los femicidas es que son hombres y lo único que tienen en común las víctimas es que son mujeres.

¿Por qué matan los hombres a las mujeres? es una pregunta, por tanto, incómoda, pero inevitable. Y a partir de ella, todas las respuestas, tanto las que apuntan a particularidades como a generalizaciones, se esfuerzan en ofrecer una respuesta convincente, que nos permita encontrar una solución que se demora ya demasiado. El feminismo (y el sentido común) se indigna cada vez que aparece una de esas explicaciones que suenan exculpatorias, ya sea el estrés, los celos, la frustración, la depresión, el alcohol, las drogas o la locura. Pero las mujeres estresadas, celosas, frustradas, deprimidas, adictas o enajenadas no matan a sus parejas, y el razonamiento se desploma, mal que les pese a algunos (y a algunas). El feminismo (y el sentido común) apuntan a una raíz socio-cultural, la mentalidad y la educación machista, patriarcal, que no termina de desembarazarse de la creencia de que la mujer -y su destino- pertenecen o deben obediencia al hombre -y su voluntad-. Sin embargo, esta respuesta, cada vez más asumida, y sus posteriores aplicaciones prácticas en el terreno político y social, apenas han conseguido alterar el curso terrible que cada año se cobra una cantidad similar de víctimas. Es evidente que no es sencillo, máxime cuando el establecimiento de la jerarquía patriarcal se remonta a varios miles de años atrás, pero ¿tan difícil como para no apreciar descenso alguno en el número de víctimas?

¿Por qué matan los hombres a las mujeres? es una pregunta cuyas respuestas hasta hoy parecen incompletas, o lo suficientemente fallidas como para cuestionarse la propia pregunta. Como decía Einstein, ningún problema se resuelve dentro del mismo estado de conciencia con el que se creó. Nuestro cerebro, individual o colectivo, busca certezas, cerrar círculos, y si le preguntan señalando un punto en el horizonte trata de encontrar la respuesta en esa única dirección. Es en ese horizonte común de búsqueda donde se terminan encontrando tanto los que buscan argumentos exculpatorios como los que se concentran en una respuesta generalizada. ¿Por qué limitar la investigación a un único planteamiento? La investigación del cáncer no sólo avanza estudiando a las células cancerígenas, sino también los mecanismos por las que las sanas no enferman. Entonces, ¿por qué no probar a formular la pregunta que permanece oculta, implícita en la que parece que nos estamos haciendo una y otra vez?

“¿Por qué no matan las mujeres a los hombres?” Formulada así, entre comillas, Google no arroja ningún resultado. Es como si se nos hubiera pasado por alto la posibilidad de observar el reflejo de la pregunta habitual, tal vez de un modo inconsciente, o quizás todo lo contrario, demasiado conscientemente (por ahora, no pretendo entrar en ese tipo de búsqueda). Ciñámonos a la pregunta, tan sencilla, de por qué las mujeres no matan ni siquiera en defensa propia a los hombres, ni siquiera a los que las maltratan y amenazan de muerte. Me imagino que en este punto surge una avalancha de respuestas que citarán tanto el Síndrome de Estocolmo como la manipulación, el chantaje emocional, el miedo, la falta de apoyo social… todas ellas válidas, por supuesto, y aun así, insuficientes cuando el recuento de víctimas masculinas a manos de mujeres arroja cifras despreciables, prácticamente inexistentes.

¿Por que no matan las mujeres a los hombres, ni siquiera las que podrían hacerlo? ¿Porque nosotros somos fuertes físicamente y ellas no? Hace tiempo que esa diferencia física no es obstáculo para cometer un asesinato. Otra posibilidad -algo simplista, en mi opinión- es que los hombres somos violentos (ya se sabe, la testosterona) y las mujeres pacíficas. Suena a cliché, pero seguramente hay algo de cierto en esa explicación. Si avanzamos un poco más allá de la dualidad buenas/malos lo que sí suele ocurrir es que la mujer permanece muchas veces al lado del maltratador, incluso después de sufrir agresiones y violencias extremas. Y ahí es donde me parece que podemos encontrar una respuesta tan simple y directa como la pregunta. Las mujeres no matan a los hombres porque, sencillamente, nos perdonan. Aceptan nuestras promesas de reforma, los “no volverá a ocurrir, te lo juro”, en definitiva, nos creen, o lo que es lo mismo, nos quieren creer.

Las mujeres nos perdonan, nos dan oportunidades una tras otra, con cada agresión que queda sin respuesta. Y los hombres no perdonamos, no perdonamos y no terminamos de perdonar, y como no somos capaces de hacerlo terminamos castigando lo que creemos que es imperdonable, ya sea en un momento puntual o acumulando motivos durante toda una relación. ¿Por qué ellas nos saben perdonar y nosotros a ellas no? ¿Da rabia, verdad? Los hombres rabiosos, que no perdonan, matan, castigan a las mujeres por motivos que sólo el hombre decide que lo son. Castigan que amen a otro, que ya no les quieran a pesar de todo, que les lleven la contraria, que sean ellas mismas, que sean felices cuando ellos no lo son, que sean libres, que lleven más dinero a casa, que aprendan a quererse… en resumen, que sean suyas y no nuestras. Ahí es donde milenios de cultura patriarcal se revelan letales, lo queramos ver o no. Tampoco estoy descubriendo nada nuevo. Donde me gustaría detenerme no es tanto en qué es lo que no perdonamos los hombres como en por qué no perdonamos.

Me viene a la cabeza aquella anécdota que algunos ponen en boca de Romanones, un día que le fueron con el cuento de que alguien andaba hablando pestes de él. “Qué raro, no recuerdo haberle hecho ningún favor”, dicen que respondió. No perdonamos a aquellos (y a aquellas) con quienes nos sentimos en deuda. La mala conciencia nos hace pequeños, y para compensar, tratamos de llevar al otro (a la otra) a nuestra bajura. Cuanto más nos perdonan ellas los gritos, las amenazas, los insultos y todo tipo de violencias de todo grado, más nos empequeñecemos, nos emponzoñamos, nos enmezquinamos, nos blindamos contra su perdón, que se nos vuelve imperdonable.

Entiendo que nos duela imaginarnos como seres inmisericordes, cuando somos tan conscientes de nuestra naturaleza compasiva, que exhibimos en muchas, muchísimas oportunidades, pero si reflexionamos sobre la asignación de roles de género con la que nos han educado durante siglos, nos será fácil identificar a la madre siempre compasiva y al padre estricto juez al que se acudía para el castigo sin remisión (como se lo cuente a tu padre, verás). Nuestra sociedad ha entregado mayoritariamente a la figura masculina la potestad de juzgar y castigar. Póngase en manos de alguien empequeñecido y en deuda, y empezaremos a tener pequeñas tormentas perfectas esperando estallar. Y esto, que se hace patente en cada caso individual de maltrato tal vez sea también el reflejo de un complejo mayor, de género. Puede que los hombres nos sintamos en deuda con las mujeres por detentar un poder que hemos basado en una razón sin razón, en nuestra fuerza bruta, sobre la que se erigieron todas las jerarquías de nuestra cultura. La misma fuerza que en un principio nos situaba como defensores de la tribu enseguida nos transformó en opresores. Está en nuestra naturaleza, parece. (Acabo de ver “Matar a un ruiseñor”, el relato del juicio odioso a un hombre negro -inocente- por sentir compasión por una mujer blanca, una humillación imperdonable, otro buen ejemplo de cómo la mala conciencia se vuelve crueldad. También los blancos más racistas se sabían usurpadores de un autoridad adquirida de un modo injusto).

Toda esta reflexión me lleva a la siguiente conclusión. ¿Y si parte de nuestra estrategia contra la violencia machista la basamos menos en ese “castigar a los que castigan” y la empezamos a centrar en “perdonar a las que perdonan”? Más allá del juego de espejos lo que me planteo es que junto a la búsqueda de un gran objetivo final, el de una sociedad más igualitaria, sin machismo, intentemos nuevas vías para evitar el daño inminente, el de los femicidios. Quizás podamos evitar algunas muertes si pudiéramos reconvertir la recompensa (sí, recompensa) emocional que siente el maltratador al castigar por la de perdonar. No es una meta lo que propongo, sólo una etapa que en ningún caso aspira a reemplazar la visión a largo plazo, precisamente porque me temo que el plazo hasta conseguir la demolición de la sociedad patriarcal es todavía demasiado largo.

“El perdón es divino”. Con esa frase, Claudio consiguió que el emperador Calígula condonara el juicio caprichoso de ejecutar a todos los senadores romanos. ¿Y si ayudamos a los hombres a sentirse más poderosos, más hombres, más satisfechos de su autoridad cuando perdonan, y si les enseñamos a sentirse orgullosos de su capacidad de perdón? No digo que esta línea de trabajo sea ninguna panacea universal, simplemente exploro un punto de vista que hasta hoy no he visto reflejado en ningún artículo, debate, mesa redonda o campaña. Hasta ahora, llamándoles criminales no hemos conseguido gran cosa más que consolidar su actitud de jueces fatales. ¿Por qué no probar no a frustrar una vez más su autoridad sino a convertirla en benévola, a ver qué ocurre? Hasta hoy exploramos los confines del castigo, de la violencia, del daño, pero no parece que hayamos dedicado demasiado tiempo a investigar los mecanismos del perdón. Me parece que tratar de evitar las muertes subrayando su maldad sólo ayuda a que el asesino sienta peor conciencia de sí mismo, y menos esperanza de recuperar los rasgos de esa humanidad con la que un día fue capaz de mostrar y reconocer amor.

Miento

Mentimos como bellacos, por deporte, por entretenimiento, por aburrimiento, por hastío, por rutina, por motivos que existen, que no, que nos inventamos… Casi habría que reconocer que en ocasiones nos mentimos por no dejar de mentirnos. ¿Por qué nos mentimos realmente?

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Cádiz. 2014. A mi alrededor todo es mentira. Veo una película de Woody Allen, Blue Jasmine, construida en torno al descubrimiento de la mentira, que es el descubrimiento de la verdad. Mi hijo pequeño me niega con boca, ojos y cuerpo que tenga miedo a la oscuridad mientras me pide que le acompañe por el pasillo hasta su cuarto. Jordi Evolé se saca un enorme conejo blanco de la manga televisiva ante los ojos de medio país que se regocija y encorajina a partes iguales con su farsa sobre la verdadera historia del golpe de estado del 23F. La noche antes, un representante del pueblo, un tal Granados, se queda solo con sus mentiras, mientras esgrime su honorable pasado de protector de mentirosos (tamayazo, gurtel, etc.) para solicitar el mismo cuidado y asilo entre sus colegas de partido.

Mentira, mentira, mentira nada más, que cantaba la encantadora señorita Marina de Obregón en el comienzo del “Un, dos tres, al escondite inglés”, de Zulueta.

Hay que ver el daño y el dolor que nos causa la mentira. Los presidentes de las democracias dejan sus cargos sólo por la mentira, no sólo los americanos Nixon o Clinton, sino los españoles González (que mintió sobre los fondos reservados y la guerra sucia), Aznar (que mintió los días del 11 M) o Zapatero (que mintió sobre el alcance y gravedad de la crisis económica). Por no hablar de la infidelidad, la mentira terrible que siega parejas a su paso. Sólo se salvaron Johnny y Vienna (miénteme, dime que me esperabas, dime que me quieres). ¡Cómo se nos clavó aquella frase de “Johnny Guitar”, señal que nos estaban tocando la fibra sensible!!!¿Pero entonces, si está claro que todo el mundo miente, por qué algo tan humano nos duele tanto?

Siguiendo un razonamiento evolutivo muy sencillo, nada se hace de manera universal si no refleja en definitiva una necesidad básica de la especie para poder sobrevivir. Y si seguimos esta línea de pensamiento, mentir vendría a ser un recurso adaptativo y no, como se nos suele presentar, una degradación de nuestro comportamiento social. Porque reconozcamos que una de las grandes rutinas educativas es enseñar a decir la verdad. Los dos únicos bofetones que me dio mi padre durante mi infancia fueron por escamotearle la verdad, bien, digámoslo como es en realidad, por mentirle a la cara. No digo que no me hubiera merecido más, pero no deja de ser curioso que el “a mí no me vuelvas a mentir nunca más” fuera la frase lapidaria que acompañó la descarga de galletas. Frase que hemos escuchado entre gritos, lágrimas, susurros mil y un millones de veces. Las misses en los debates de la tele se yerguen como agustinas aragonesas y enarbolan el estandarte del cruzado (mágico): “lo único que no le soporto a una pareja es que me mienta”.

Mentimos como bellacos, por deporte, por entretenimiento, por aburrimiento, por hastío, por rutina, por motivos que existen, que no, que nos inventamos… Casi habría que reconocer que en ocasiones nos mentimos por no dejar de mentirnos. ¿Por qué nos mentimos realmente? Aunque no hay que desestimar que lo hagamos en parte por placer, fundamentalmente mentimos por miedo. Miedo a que nos rechacen, que no nos quieran, que nos vean tal y como somos, que nos desarmen. Por eso nos ofende tanto la mentira ajena, no porque no podamos confiar en el otro, sino porque revela que el otro no confía en nosotros, no baja la guardia, no se vuelve vulnerable. No nos quiere tanto como para desnudarse por completo. Nos ofende, una vez más, el orgullo más que el hecho en sí, tan natural.

Mentimos para protegernos, no ya como miembros de una sociedad compleja en interacciones, sino como miembros de una especie que se reconoce débil. La mentira viene a reemplazar las garras, escamas, aguijones, pelaje, colmillos, caparazones, velocidad, fuerza, visión… de las que carece nuestra especie de monos desnudos. El ser humano se impone a la naturaleza mediante la mentira. Miente al león para hacerle creer que es más fiero, al elefante para hacerle creer que es más fuerte, como miente a todo el planeta para hacerle creer que es capaz de dominarlo. Nuestro cerebro se ha ido desarrollando de manera prodigiosa para crear ilusiones, para imaginar y proyectar esas visiones no sólo ante nosotros mismos, sino ante el universo. Nuestro cerebro se ha construido para la ilusión, para el engaño, la mentira. Si no, no habríamos podido sobrevivir ante un medioambiente hostil e indiferente a nuestra falta de armas naturales. La mentira ha sido nuestra adaptación y nuestra selección.

Algo que hemos traducido a nuestro comportamiento social. En “Juego de tronos”, mal que nos pese, se relata un cambio de paradigma, de época, de la nobleza esencial del medioevo -que encarnan los Stark- a la estrategia y el engaño renacentista (borgiástico) que encarnan los Lannister. No son peores, son más prácticos, más económicos, más modernos, mejores mentirosos. La mentira es nuestro monolito de 2001. Como fue también nuestro pecado original. Cuando la serpiente le hace llegar la manzana a Adán ¿cuál es el primer pecado real que comete el primer hombre? ¿Ver a Eva como mujer? Eso es lo que nos han querido hacer creer. La primera falta del Hombre contra su Creador es que cuando éste le pregunta si ha comido del fruto prohibido, aquél se lo niega. Le miente, al igual que muchos libros después, Pedro lo volverá a hacer, y por triplicado, como un buen funcionario. El pecado original es la mentira, y hasta en eso la Iglesia ha sido tan “humana” de mentirnos. Junto con el sexo, la mentira se aparece como ese otro impulso irrefrenable y natural que nos han presentado todos los poderes como un pecado capital. De este modo, nuestros instintos más elementales (el de reproducción y el de supervivencia) se han convertido en instrumentos de control basados en el sentimiento de culpa, éste sí alimentado culturalmente para beneficiar a unos pocos, los mismos que, desde el poder, son los primeros en hacer caso omiso de los límites que ellos ponen ya sea al hecho sexual o al mentiroso.

Pues si mentir está en nuestra naturaleza, que dirían el escorpión y Jessica Rabbit, a qué rebelarnos contra ella. Por qué sufrir tanto dándole una importancia tan central en nuestro código de valores. Aprendamos de los niños, dejemos a un lado el juicio moral sobre la mentira y tratemos de verla de un modo práctico (no es fácil reeducarnos en algo tan esencial, pero merece la pena intentarlo, si con ello evitamos sufrimiento). Hay mentiras que nos ayudan y otras que no, hay mentiras que nos perjudican (los fraudes de hacienda, las evasiones de las grandes fortunas, las promesas electorales incumplidas, la ocultación sistemática de la verdad por parte de aquellos cuya actuación afecta a millones de vidas) y otras que nos impulsan. Sigamos a los niños, que cuando les pillan en una mentira se ríen, lo reconocen y continúan como si tal cosa. No estoy sugiriendo que ignoremos la mentira, porque entonces perderíamos todas las referencias (algo tiene que permanecer fijo y estable, un norte, unas balizas, para que lo demás pueda desplazarse sin perderse), pero sí que la veamos como algo que pertenece a nuestra naturaleza humana, que nos ha ayudado a sobrevivir ante lo salvaje, y no sólo como un retorcimiento caprichoso y social de una verdad que, reconozcámoslo de una vez, nos es ajena.

Cádiz, 2017. Y entonces llegó la posverdad. Como cantaba Antonio Vega “aprendimos a mentir y no sentir temor”. Tal vez sea una nueva tensión del péndulo dialéctico, pero parecería que Trump -visto aquí como síntoma, no como presidente- nos ha tomado bien el pulso y está poniendo a la vista lo que antes se hacía en la trastienda. Ése es quizás su atractivo (una parafilia, pero filia al fin), el del mago que muestra al público los trucos de los otros magos (donde digo magos, valga tahúres) ante codazos de asombro y espanto. Trump es el ciego que le enseña al Lazarillo que la trampa siempre encuentra un espejo en el que mirarse.

El Cuándo es el nuevo Qué

Nunca como ahora el sentido de la oportunidad ha sido más oportuno ni ha tenido más oportunidades de éxito. Salvo que lo que sepas hacer sea absolutamente único (y aún así, habría que ver si esa originalidad tuya resulta oportunamente atractiva) si no eres capaz de encontrar el momento idóneo de la vida de tus usuarios/consumidores en el que aparecer estás condenado al olvido.

(foto: http://www.albertocerriteno.com)

Empezaré por el final. Tanto si se trata de una marca empresarial como de una marca personal la pregunta que importa ya no es qué puedes hacer por tus clientes sino cuándo puedes hacerlo.

Es una pregunta que obliga a pensar de manera distinta a como solemos pensar a la hora de ofrecer nuestros productos o servicios a los demás, productos y servicios que, gracias a las redes y medios sociales, son hoy todo lo que se extiende ante nuestros ojos, incluidos nosotros mismos. Pero es una pregunta, además, que refleja con más precisión que otras el cambio de contexto surgido de la revolución digital.

De hecho es la pregunta sobre la que se basa la economía digital y, todavía más crucial, la manera en la que las siguientes generaciones a partir de la actual consumirán información y conocimiento. El conocimiento de la era A.G. (antes de google) era un tesoro a acumular para cuando hiciera falta. ¿Recordáis? El saber no ocupaba lugar, y eso que los libros se imprimían todos en papel y no en pedeefe. La revolución digital, como otras anteriores, lo que ha hecho básicamente es comprimir el espacio y, consecuentemente, acelerar el tiempo. El conocimiento se puede almacenar en cualquier sitio menos en nuestras cabezas y, en ese conocimiento que somos capaces de alojar en la nube, en la niebla o en el limbo convive todo, desde la lista de los reyes godos o la tabla periódica hasta el callejero de Calcuta. No lo memorizaremos y olvidaremos como veníamos haciendo desde tiempos de los romanos, ya no. Simplemente no pensaremos en ello hasta que llegue su minuto.

Todos entendemos que es un alivio el no tener que memorizar este tipo de información (tan inútil ¿verdad?), pero con los nuevos usos llegan nuevas maneras de pensar y el consumo de información se traslada a otros ámbitos de nuestra vida menos fríos, más personales. Ya nadie se esfuerza en recordar un número de teléfono, pero tampoco la plaza de parking en la que dejó el coche o la receta de una comida, o el cumpleaños de los amigos, incluso de los más cercanos. No tenemos tiempo para eso. Ya lo buscaremos cuando lo necesitemos o, en el mejor de los casos, habrá una aplicación que nos mandará un aviso en el momento adecuado.

Por eso, cuando una empresa o un profesional me pide que le ayude a definir su estrategia de comunicación ya no considero que sea tan importante el contar qué es lo que hace como cuándo lo hace; es decir, en qué momento de la vida de la gente (usuarios, consumidores, público…) va a ser útil o relevante. La pregunta, como digo, cambia la manera de pensar y de pensarse. Ya no es significativo que digas que haces comida para llevar, o coaching de directivos o control de calidad de alimentos o diseño de exposiciones o guiones de cine o motivación contra las adicciones, o lo que se te pueda ocurrir que hacéis tú, tu organización y otros cien millones de personas más en este mundo globalizado (es decir, comprimido y acelerado). Simplemente dime que estarás ahí, en el momento que me haga falta y puede que de este modo te incorpore a mi lista de “porsiacasos” que me importen.

Nunca como antes el sentido de la oportunidad ha sido más oportuno ni ha tenido más oportunidades de éxito. Salvo que lo que sepas hacer sea absolutamente único (y aún así, habría que ver si esa originalidad tuya resulta oportunamente atractiva) si no eres capaz de encontrar el momento idóneo de la vida de tus usuarios/consumidores en el que aparecer estás condenado al olvido. Y hablo tanto de tiempo horario como de tiempo emocional. El primero es fácil de entender, y de hecho lo intuimos incluso en aspectos tan menores como cuál es el mejor día para subir una foto a facebook, por ejemplo, pero es una tarea en la que los robots nos relevarán muy pronto si es que no lo han hecho ya. El momento de las emociones es un aspecto mucho más interesante y fructífero. Casa Tarradellas ha resuelto brillantemente su última campaña con ese “está cuando hace falta”. Lo podía haber dicho cualquiera de los productos de “convenience”, pero lo han dicho ellos, concentrando en la pizza precocinada el deseo íntimo de todo el universo de la generación digital. Aplausos. Es el mensaje propio de una app o de un influencer, pero aplicado al mundo físico, a las cosas de comer.

Igual que pasa con las personas, hay una divisoria entre mensajes nativos y mensajes migrantes digitales. A estos últimos se les nota que todavía hablan mucho del qué y poco del cuándo, que sueltan su rollo esté quien esté delante y en el contexto en el que se encuentre. Que les da igual ocho que ochenta, vaya. ¿Qué soy yo? ¿Qué es lo que hago? ¿A qué me dedico? ¿Qué hago mejor que los demás? Desde que compiten marcas empresariales y personales el ¿Qué, qué, qué, qué? se ha multiplicado exponencialmente. Y la pregunta es cada vez más inútil e irrelevante. Al otro lado del espejo los mensajes nativos digitales ya desde la misma concepción del producto están pensados para aparecer como el gato de Cheshire, sólo cuando toca.

A partir de la revolución digital abrimos en nuestra vida ventanas de oportunidad cada vez más pequeñas para quien sepa aprovecharlas y colarse por ellas. Ser un experto en lo que haces no sirve de mucho si la ventana está cerrada. Se trata de una oportunidad para pensar  no sólo diferente sino más generosamente; pensar en el momento vital de los demás antes que en lo que uno mismo desea. En cierto modo todo lo que tuvo éxito en el pasado tenía ese sentido del ritmo, del tempo, de la oportunidad. Simplemente ahora todo se ha acelerado de tal modo que tenemos que esforzarnos un poco más para sincronizarnos con el mundo que nos rodea.

Mientras, vivimos lo que corresponde a un período de transición entre ambos lados. A una sociedad como la nuestra, todavía formada en la necesidad de acumulación de datos, le das la inmediatez y nos ocurre como a los chimpancés que descubren el fuego, que lo mismo incendiamos un bosque que descubrimos el jamón ahumado. Son riesgos de los tiempos de cambio. Es el nuevo mercado de la impaciencia. El mismo que nos evita cometer errores cuando buscamos un destino en una ciudad desconocida y que queremos trasladar a todo, incluso a nuestra búsqueda de pareja amorosa.

En el fondo somos tiempo, y ésa es nuestra gran paradoja, que lo efímero sea precisamente nuestro rasgo más estable y esencial. Pues bien, el tiempo corre ahora a favor de las Instabrands.

(english version: https://aarhusmakers.com/blog/2017/4/27/the-when-is-the-new-what)