Leer para ver

Hablamos de lo importante de la empatía. Hablamos del riesgo de aislarnos. Y hablamos de que el abandono de la lectura libresca por la narrativa audiovisual, interactiva o virtual es apenas un cambio de formato. Vaya contradicción. El sacrificio es mucho mayor. Al dejar de leer dejamos simplemente de optar al debate interior y nos volvemos, en definitiva, más monocordes, más unilaterales, más vulnerables y manipulables.

Como mi pasión por los libros es conocida de sobra incluso por quien apenas me conoce, más de una vez me han pedido o bien recomendación o bien que me calle. Puedo entender ambas posiciones. Y puedo hacerlo, en gran parte porque soy lector. O dicho de otro modo, los espectadores de la 2 tienen más probabilidades de entender cómo es que hay gente que ve Telecinco que a la inversa.

Hay algo de los libros que me parece insustituible frente a cualquier otro medio de transmisión narrativa -y lo subrayo sin dejar por ello de apasionarme el cine y las series y el teatro y lo que sea que me propongan-. Cuando uno lee, todo tiene nuestra propia voz. No sé si os habrá pasado como a mí, que cuando vi los dibujos animados de Mafalda me llevé el shock de mi vida al escucharla a ella, a Felipe, Susanita, Guille… ¡¡¡hablando en argentino!!! Tardé minutos en darme cuenta de que ese era su acento de origen y que el impostor había sido yo, al creerme que mi voz de lector era la suya.

Cuando leemos, nuestra voz interior es la que “pronuncia” las frases de cada personaje, de cada autor, tanto aquellas con las que estamos de acuerdo y aplaudimos como las que nos provocan rechazo. De pronto nos “escuchamos” diciendo lo que jamás diríamos, y eso, lejos de ser un problema, es una fuente de enriquecimiento para nuestra razón y nuestro pensamiento futuro. Leer lo que otro escribió es la manera más sencilla de practicar la comprensión del otro, porque durante esos minutos de lectura, el otro somos nosotros mismos.

Como espectadores nos situamos fuera de los personajes y del discurso del autor. Por mucho que nos impliquemos, que nos “metamos en la peli”, las voces no son la nuestra, ni las pausas, ni las intenciones. El libro – y sé que no digo nada nuevo- es la única narración en la que siempre somos protagonistas pero, y eso es lo que me parece fascinante, irreemplazable, también antagonistas. El libro nos ofrece un diálogo entre muchos posibles nosotros que terminan por hacernos más, mucho más abiertos a los sentimientos, emociones o razonamientos ajenos. Solo así es posible que un adolescente con acné pueda conocer qué es lo que siente una mujer mucho mayor que él cuando está hastiada de su matrimonio, un viejo pescador que no renuncia a dar la última batalla de su vida, o un investigador sin recursos en un país que desprecia la ciencia.

Hablamos de lo importante de la empatía. Hablamos del riesgo de aislarnos. Y hablamos de que el abandono de la lectura libresca por la narrativa audiovisual, interactiva o virtual es apenas un cambio de formato. Vaya contradicción. El sacrificio es mucho mayor. Al dejar de leer dejamos simplemente de optar al debate interior y nos volvemos, en definitiva, más monocordes, más unilaterales, más vulnerables y manipulables. Menos libros es menos libres, ya se ha escrito.

(en la foto el delicioso libro de aventuras de Irene Vallejo, “El infinito en un junco”, que es más que un ensayo -no se asusten- un libro de aventuras, de esas aventuras que han vivido los libros, que es como decir nosotros mismos).

Publicado originalmente en LinkedIn el 23 de abril de 2021

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