SE ALQUILAN VAINAS.II

¿Qué son las vainas de Matrix sino la culminación de ese deseo de seguridad? En ellas no hay riesgo ya de que ningún estrago físico nos impida disfrutar de una vida plena y sin contratiempos. La verdadera guerra que hoy se libra (o que quizás ya se libró) es la de saber si cedemos la última tajada de libertad que nos quedaba sin entregar, la de pensar -ya muy cuestionada, condicionada y manipulada- y, sobre todo, la de sentir. Los síntomas apuntan a lo contrario. En el entorno digital cedemos información mucho más íntima y sutil que la que creemos estar dando a cambio de llegar más rápido y más barato a nuestra próxima compra, destino o relación.

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Si hubiera que reprocharle algo a las hermanas Wachowski en su impactante The Matrix, estrenada ahora hace veinte años, sería su benévola concesión a nuestra vanidad de creernos esa especie inconformista y rebelde que en realidad nunca hemos sido. En parte por eso y en parte por la naturaleza épico-mesiánica del relato era del todo necesario que la raza humana hubiera sido sometida por las máquinas después de un duro enfrentamiento, tan duro como para haber terminado con toda esperanza de vida sobre la superficie del planeta. De esa narración preapocalíptica, con resonancias tanto del Diluvio Universal (la omnipresente lluvia de Matrix) como de otros pasajes bíblicos, se desprende la inevitable y esperanzadora existencia de una Zion que resiste a base de ingenio y fe (cualidades ambas muy humanas) el constante acoso de la incansable inteligencia artificial.

Sin embargo, la lógica narrativa y la lógica histórica suelen correr en paralelo y se entrecruzan mucho menos de lo que se llega a imprimir en letras de molde. La Historia la escriben los ganadores, ya se sabe, y es raro que éstos renuncien a la tentación de retocar aquí y allá los hechos para que con el paso del tiempo lleguen a convertirse en mitos culturales, esos mitos sobre los que se consolida su victoria cuando ya no quedan testigos de lo que sucedió. Si nuestra memoria individual es traicionera no digamos la colectiva, de la que depende gran parte de la cohesión de nuestra sociedad. Los historiadores dedican la mayor parte de su tiempo no a la búsqueda de lo que ocurrió sino a evitar reproducir confiadamente aquello que todo el mundo recuerda pero no ocurrió jamás. Es algo que se aprecia muy especialmente cuando apenas han transcurrido unos pocos años desde que sucedieron los hechos que se relatan, es decir, cuando los testimonios presenciales aún están frescos. Un pacto tácito de silencio nos conjura a todos para que no cuestionemos aquello que no nos resulta tan meritorio como sería nuestro deseo. Ni la transición democrática española fue tan ejemplar ni el levantamiento contra el invasor napoleónico tan popular y masivo como durante tanto tiempo se aceptó. Y no, tampoco todos los que dicen que formaron parte de La Movida estuvieron en Rock-Ola aquella noche.

Hay que esperar tiempo para que aceptemos “desclasificar” los archivos ocultos de nuestra memoria, para ese momento en el que la verdad se supone inocua, cuando ya no quedan testigos y los pocos supervivientes aún atesoran con más celo su recuerdo frente a una realidad que nunca termina de serlo del todo.

La historia no oficial que Morpheus le desvela a Neo en Matrix una vez que éste se toma la pastilla roja, cabe suponer, es igualmente bienintencionada y protectora del honor humano. Nos derrotaron en una cruel batalla a vida o muerte en la que resultamos vencidos, sí, pero sin dejar de luchar hasta el final. Por eso, los humanos envainados que sirven de pila a la Máquina deben ser rescatados, porque son prisioneros de guerra, aunque ya lo hayan olvidado anegados en vida por el líquido amniótico en el que vegetan.

La resistencia heroica -desesperada- de Zion es completamente verosímil. Sin duda un grupo de humanos acorralados está llamado a la hazaña ya sea en un terreno deportivo o al borde del abismo de Helm, en Roncesvalles o en las Termópilas. No resulta, sin embargo, tan coherente con nuestro devenir el que en el origen de esa neo-esclavitud haya habido un comportamiento tan heroico. A fin de cuentas si en algo nos hemos especializado desde que salimos de las cavernas es en alcanzar niveles cada vez más sofisticados de seguridad y certidumbre a cambio de ceder lo único valioso que hemos tenido desde nuestros primeros pasos, la libertad con la que los dábamos.

Seguridad a cambio de libertad ha sido desde el inicio la clave de nuestras transacciones vitales. El humano en soledad se sabe y percibe frágil y vulnerable, y a partir de ahí cada asociación para asegurar la supervivencia se convierte en un acuerdo, en un compromiso con los demás. Como decía Bertrand Russell, “la libertad es algo maravilloso, pero no cuando hay que pagar por ella el precio de la soledad”. Así que libertad es el precio que pagamos para satisfacer la necesidad de de esa protección o tranquilidad que nos da el sentirnos acompañados. El resto es Historia. En el momento que para asegurarnos el mañana comenzamos a almacenar el grano y abandonamos la vida nómada, es también cuando comenzamos a crear y aceptar códigos y leyes que restringían nuestros deseos y pensamientos más libres. Y cuanto menos libres, más capaces éramos de organizarnos en grupos cada vez más grandes. De la tribu a la polis, y desde allí hasta el planeta globalizado de urbanización hiperconectada que hoy somos todo ha sido un continuo intercambio de libertad por seguridad, a veces más evidente, a veces menos, por momentos más material, en otros más espiritual.

¿Y qué son las vainas de Matrix sino la culminación de ese deseo de seguridad? En ellas no hay riesgo ya de que ningún estrago físico nos impida disfrutar de una vida plena y sin contratiempos. La verdadera guerra que hoy se libra (o que quizás ya se libró) es la de saber si cedemos la última tajada de libertad que nos quedaba sin entregar, la de pensar -ya muy cuestionada, condicionada y manipulada- y, sobre todo, la de sentir. Los síntomas apuntan a lo contrario. En el entorno digital cedemos información mucho más íntima y sutil que la que creemos estar dando a cambio de llegar más rápido y más barato a nuestra próxima compra, destino o relación. En el cruce de datos entre nuestras decisiones más “racionales” y nuestras manifestaciones subjetivas ayudamos a construir un escenario en el que poco a poco vamos adquiriendo la seguridad de no equivocarnos ni siquiera en lo que pensamos, no vayamos a ser víctimas de nosotros mismos. Eso que llamamos “corrección política” se extiende desde las ramas hacia la raíz del pensamiento. Lo celebramos como un avance cultural, y seguramente lo sea, pero pocos parecen cuestionarse los efectos secundarios de esa uniformización a la que nos estamos conduciendo. ¿Llegaremos a temer, como sugiere “Minority Report”, nuestras ideas y fantasías más personales, libres, incontrolables? Cuando nuestro próximo trabajo, relación o seguro médico nos mida por lo que algún día publicamos o dijimos, igual que ya se hace con los tuits de los aspirantes a la carrera política, ¿qué podremos entregar a cambio de la seguridad de no caer en nuestras propias trampas mentales sino la libertad con la que las creábamos?

No lo contaremos así, pero nuestra rendición a la Máquina es muy probable que no nazca de la derrota sino de la ansiedad. Que seamos nosotros mismos los que nos conectemos, igual que cualquier otro día, a una de las entradas de la Red Social ya integrada en nuestros propios dispositivos corporales, y pidamos que sea Ella la que tome el control, que nos coloque un filtro de seguridad que no podamos desactivar, a cambio de la paz y el sosiego de saber que nuestros pensamientos serán siempre los que nos convienen, ya no a cada uno, a todos nosotros, así, en plural, porque en ese momento todos seremos una.

(continuará)

 

2 comentarios en “SE ALQUILAN VAINAS.II”

  1. Algunos queremos pensar, que como muchas otras veces a lo largo historia, y de eso sabes más que yo, habrá algún grupo de humanos que reinventará lo que vayamos a vivir los mundanos…esperemos que esos iluminados nos reserven algo de libertad

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    1. no sé si podemos confiar en que los iluminados (¿illuminati?) se conformen con reinventar sin redirigir. Hasta ahora cada vez que alguien ha venido a salvarnos ha terminado por quedarse sentado en el poder. A mayor iluminación casi diría que mayor autoridad. Lo de pedir a otros que nos den la seguridad de nuestra libertad es un optimismo que me cuesta reconocer en nuestra especie. Lo que me lleva a pensar, de paso en una cosa. La pirámide siempre había tenido un diálogo de contrarios, la masa anónima frente al poderoso con dinastía. El poder es un ejercicio, una práctica, pero en los últimos siglos, y muy especialmente de cincuenta años hacia ahora, se ha especializado en volverse tan anónimo e intangible como la gran masa de los de a pie. Nuestra fuerza, que es ser tantos que podemos caer como moscas y aun así seguir siendo muchísimos más que los poderosos a los que nos enfrentamos, se encuentra más que nunca ante la evidencia de que no sabemos dónde tenemos que pelear ni a quién plantarle cara. El poder (el de verdad, no el de los gobiernos, partidos o incluso consejos de administración) se ha sofisticado en treinta años de un modo espectacular, en gran parte gracias a la revolución digital, mientras que la sociedad común no sólo no ha aprovechado la misma revolución para sofisticar sus escudos y armas sino que parece entregarse a la distracción ludópata de redes sociales de todo tipo de contenidos y sentidos. En otro post hablaba de la Red como un casino gigantesco, y creo que la comparación es más ajustada de lo que me gustaría. En cada red social nos sentimos rodeados de gente pero en el fondo aislados, cada uno jugando sus propias cartas que enseña sólo cuando son buenas, o repitiendo una y otra vez el mismo tipo de acción esperando que en una vuelta la suerte nos sonría.

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