SE ALQUILAN VAINAS

La revolución digital y los fenómenos asociados a ella, principalmente el de la deslocalización de la producción, han llevado a que las ciudades hayan dejado de ser espacios de fabricación para irse convirtiendo en un entorno de prestación de servicios y, por tanto, independiente de los ciclos de sueño. Vivimos en ciudades cada vez más insomnes ya que nuestro trabajo no depende tanto del horario industrial como del horario social.

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En gran medida somos plenamente, cotidianamente conscientes de que no somos otra cosa que tiempo. Y ésa es una de las incertidumbres del vivir a las que nos hemos acostumbrado, la de cómo conciliar las distintas dimensiones de nuestra temporalidad. Por si no bastara con eso, cada salto tecnológico (cada nuevo monolito) nos obliga a redefinir nuestras referencias temporales, que a su vez alteran y modifican las espaciales, las sociales, las de todo aquello que vamos percibiendo en nuestro actuar y pensar. La revolución digital ha traído consigo una aceleración del tiempo tan intensa como anteriormente lo hicieron las máquinas de la era industrial o la imprenta o, mucho antes, la rueda y el fuego. ¿Es necesario recordar la brutal transformación que desencadenaron, las nuevas dialécticas de poder que provocaron y sus consecuencias para la vida -y la muerte- de tantos millones de personas?

Con ser lo más visible, no me refiero sólo al tiempo que vivimos de un modo externo, de que lo que antes se pudiera hacer en un día ahora se pueda hacer en segundos, o que la propagación de una idea se realice hoy con una inmediatez que nunca antes se haya podido experimentar. Eso todavía irá a más. Ya tenemos ejemplos de cómo se toman decisiones antes de que pasen por todo el proceso de nuestro entendimiento. Lo digital altera también el concepto de linealidad y lo convierte en simultaneidad, en sincronía. Algo que celebramos, que muchos celebran al menos, la capacidad para superar barreras de distancia temporal, cultural, geográfica, social, y que tiene innumerables ventajas o las podría tener, nos va llevando a un conflicto irremediable con esa otra medida del tiempo más íntima, más personal, más propia de nuestra naturaleza humana.

Somos humanos, sí. Y eso que hemos llegado a convertir en un motor de constante superación nos ha traído hasta las lindes de una nueva realidad en la que nos planteamos qué nueva porción de humanidad podremos ahora dejar atrás, al igual que antes ya abandonamos otras. Como cuando superamos el límite de nuestra fortaleza, de nuestra musculatura; ni siquiera el campeón mundial de halterofilia alcanza a levantar la ínfima parte del peso que alza una grúa. No hay arquero que pueda competir con una bala, no digamos ya acertar con su flecha a un objetivo situado a tantos miles de kilómetros como es capaz de llegar la destrucción teledirigida de misiles y drones. Llegamos más alto, más rápido y más fuertes gracias a no serlo nosotros sino los inventos que hemos ido desarrollando para conseguir suplir nuestras carencias de monos desnudos.

Internet nos ha vuelto ubicuos, perennes, nos ha dejado en fin, a las puertas de poder ser otro poco menos humanos, más superhombres, de vulnerar límites físicos que todavía no habíamos cuestionado. Eso que veíamos con gozosa incredulidad hace veinte años cuando estrenaron Matrix, esa superación reflejada en la flexibilidad del cuerpo, en la inmensidad de los saltos o en la velocidad de los movimientos de Neo, Trinity o Morpheus, nos mostraba cómo gracias a la Red éramos capaces de adquirir nuevos superpoderes. El relato cinematográfico lo exponía en un plano visual y épico, pero en la realidad (incluso en esta virtualidad real por la que ahora nos movemos) nuestra capacidad física se está viendo desafiada y alterada sin tener que llegar a esas demostraciones grandilocuentes, sin ir más lejos en una de nuestras necesidades más básicas, la de cerrar los ojos y dormir.

El ser humano siempre ha necesitado dormir. Nada de lo que nos distingue social o individualmente está por encima de esa necesidad universal. Llevamos miles de años durmiendo y aunque no se saben bien las causas por las que lo hacemos, los científicos coinciden en que es un mecanismo evolutivo que no ha podido ser desechado, incluso siendo los menos dormilones de los primates. Dormimos menos horas que nuestros parientes más peludos, sí, pero dormimos más profundamente.  Ni siquiera nosotros hemos podido escapar a esa obligatoriedad. Y si no lo hacemos sufrimos todo tipo de trastornos hasta llegar a morir antes por no dormir que por no comer. Ha habido experimentos en ese sentido, aunque los que mejor lo saben, los torturadores de todo tiempo y lugar, no hayan dejado registro de sus récords.

Sin embargo, ya lo cantaba Frank Sinatra: welcome to the city that never sleeps, y se lo podría haber cantado a cualquier otra ciudad. No es sólo Nueva York la que no duerme sino todo ecosistema urbano contemporáneo. Hasta no hace demasiadas décadas la ciudad se expandió poblándose de mano de obra industrial, los obreros del éxodo rural contribuyeron a hacer de los núcleos urbanos las metrópolis que se desarrollaron durante el siglo XX. Pero los obreros, como los artesanos o los productores de todo tipo de bienes necesarios para satisfacer la demanda de esa enorme concentración de nuevos urbanitas, no dejaban de cumplir con sus horas de sueño. Dormir también era parte de una vida en cadena.

La revolución digital y los fenómenos asociados a ella, principalmente el de la deslocalización de la producción, han llevado a que las ciudades hayan dejado de ser espacios de fabricación para irse convirtiendo en un entorno de prestación de servicios y, por tanto, independiente de los ciclos de sueño. Vivimos en ciudades cada vez más insomnes ya que nuestro trabajo no depende tanto del horario industrial como del horario social. La esencia de la mayor parte de oficios que se desarrollan en la ciudad es la de gestionar algo que no fabricamos, ya no somos cadena de montaje sino de distribución. Nuestra labor urbana cotidiana se centra cada vez más en hacer llamadas y enviar emails y wassaps, trasladando información de una punta a otra. Ya no somos fabriles sino febriles. Somos todos un poco motoristas de glovo, sólo que lo que acarreamos como hormigas son bits y más bits.

Aun así nuestro trabajo nos agota y las horas de sueño nos siguen siendo necesarias, si no fuera porque la ciudad que no duerme es ahora un planeta entero. Un planeta urbanizado de servicios, de movimiento en el que, como en el imperio de Felipe II nunca se pone el Sol. Este animal que necesita dormir se ha fabricado para sí un mundo siempre alerta. Al contrario que en el tango, ya ni el músculo duerme ni la emoción descansa. ¿Cómo poder vivir en un mundo en el que siempre hay alguien despierto? Aparentemente, es algo que intentamos resolver entregándole nuestra consciencia (y quizás nuestra conciencia) a quien no necesita dormir ni dejar de hacer nunca su trabajo. Estamos trasladando, así, no sólo nuestro conocimiento sino también nuestra percepción, nuestra reflexión y nuestra reacción a la Máquina. Estamos trabajando intensamente, de hecho, en lograr descargar en máquinas y redes todo lo que almacenamos en nuestro cerebro, más allá incluso de los simples datos, hasta la propia identidad.

Dentro de poco se publicarán anuncios: “Se alquilan vainas” “Deje que su cabeza trabaje por usted, deposite su cuerpo en una vaina cómodamente equipada para su tranquilidad y confort y conecte su cabeza sin esfuerzo.” Vainas Matrix, su cabeza camina mientras su cuerpo reposa.

En el mundo globalizado siempre hay alguien que está despierto para hacer lo que tú no puedes hacer mientras duermes. Y la ansiedad de que te reemplacen en tu trabajo, tu negocio, tu inversión, tu oportunidad o tu presencia es la ansiedad del mundo y la llave de esa Matrix que nos mostraron a toda pantalla hace ahora veinte años. Nuestro próximo umbral, el de vivir al ritmo de un planeta que no duerme, está a punto de ser traspasado. Se abren tantas interrogantes a partir de ahí que es mejor dejarlas para más adelante, aunque no puedo resistirme a plantear la más evidente, la más romántica también. ¿Quién soñará nuestros sueños en un mundo insomne?

(continuará…)

adiós, mundo cruel (#megustasmuchísimo)

Escucho de pronto el “she’s leaving home” de los beatles y pienso que nadie escribirá nunca una canción tan bella, una historia tan llena de sentimientos y tan bien contados que se llame “she’s leaving instagram”, y en apenas tres minutos; si alguien lo consigue, por favor, que suba a los altares sin mayor requisito. A continuación, y a sabiendas de no poder ser ni tan breve ni tan bello, seré al menos sincero.

Diez años hace que entré en Facebook tras una brevísima resistencia de meses a la oleada que se venía. En parte por una misantropía de andar por casa entreverada de temor a la sobreexplotación de mi natural tendencia a repartir afectos. En parte porque no terminaba de entender el porqué de alterar mi profundo sentido del pudor, sobre todo el ajeno. Pero entré, por supuesto que entré, a las pruebas me remito. Por aquel entonces se hizo relativamente popular en Youtube un vídeo de lo más esclarecedor -y quizás por eso escondido ya en la memoria- que se llamaba “la máquina somos nosotros”. Aquel 2007 procuraba que todo el mundo viera ese vídeo. Y todavía hoy creo que merece la pena.

Facebook, y poco después, aunque intermitentemente, Instagram (ya digo, el pudor, no sé hacerme un selfi, como tampoco se me dan bien los nudos de las pajaritas ni recortarme la barba, lo mío con el espejo es algo enfermizo) y al rato Linkedin, Youtube, Pinterest y muchas otras a excepción de tres de las que renegué sin atisbo de autocompasión, a saber, Tuenti (soy mayor), Twitter (soy voraz) y Google+ (no soy tan raro). Contar mis peripecias en ellas es una redundancia, hice lo mismo que todos. Dejo las protestas de originalidad para quien se las crea. Si acaso reconozco que me entretuve mucho (en todos los sentidos) mientras difundía la actividad de una galería de arte domesticada (no mordía, ni cobraba comisión ni pedía obra a los artistas) que se llamó La Casa del Arco. Aprendí mucho, no lo voy a negar, y hubo momentos más o menos duros en los que, como el boxeador de Simon & Garfunkel, encontré refugio en ellas. Pero ya. Llegó el momento. Me despido, muchachada.

No reniego, pero ya no aprecio. Es más, comienza a dolerme. Percibo hoy las redes sociales como un monumento al miedo, y aún más como un colosal invento en el que el miedo se disfraza de amor, con todo el daño que eso acarrea. Dejo de usar, leer, mirar Facebook, dejo de mirar Instagram y de usarlo nada más que como pequeño álbum de memorias instantáneas. A partir de ahora no necesito ni contesto a mensajes, iconos, aplausos, piropos o solicitudes de amistad. Tampoco yo haré nada en ese sentido. No cierro los perfiles; hay demasiado depositado en ellos como para renunciar a rescatar algo en algún momento que lo necesite, pero ya es eso, demasiado. He escrito menos páginas de las que quisiera y más posts de los que querría haber escrito.

No dejo LinkedIn por el momento porque pese a que considero que es la mayor estafa de los tiempos digitales (y mira que hay) tengo algún que otro cliente al que presto servicio en esa red. Ya he ido en los últimos tiempos dejando de felicitar cumpleaños de los que no me acordaba, y reduciendo mi participación en debates más allá de una ironía o un emoji, que también me sobran, dicho sea de paso. Como con los billetes en circulación, que no representan ya el oro almacenado en los bancos centrales de los países, si quisiéramos canjear todos los emoticonos de besos y abrazos que se reparten digitalmente por besos y abrazos de carne y hueso no tendríamos brazos ni labios ni tiempo para hacerlo. Aquellos a los que puedo amar ya lo saben y los que me aman también lo saben. Todo lo demás lo siento ahora como miedo al vacío, al silencio o a mirar al espejo a los ojos. Y ése es un miedo que en este momento de mi vida ni me atenaza ni me llama. Las redes sociales me recuerdan las sirenas de Ulises, que cantan en nuestra mente maravillosas melodías hasta que nos acercamos lo suficiente como para descubrir el horrible grito de quienes sólo quieren depredarnos.

Digo que no reniego ni de lo que hice ni de las posibilidades que me ofrecen los medios digitales. Seguiré usando google maps (aunque cada vez menos automáticamente, espero), y spotify y trivago, claro. El mundo es digital y es mi mundo. Tampoco creo que por el hecho de dejarlo vaya a hacer miles de cosas que no hago. No respondo a un propósito de año nuevo ni creo que por dejar de mirar Facebook vaya a ir más al gimnasio ni a aprender alemán. Simplemente coincide. Terminan las navidades, terminan las vanidades. Ni he escrito ni dicho ni expuesto frase o foto alguna en estos diez años que no pudiera haberse quedado en mi tintero o en el intercambio cordial cara a cara con el amigo de turno. No es por tanto una decisión ni filosófica ni ideológica ni estratégica. Es una reacción nada más. Como digo, me duele.

Me duele ver que nos hayamos creído que somos un medio de comunicación, que por el hecho de hacernos eco nos hacemos oír. Me duele sentir la ansiedad de gente a la que quiero, la expectativa y la frustración por la respuesta a sus publicaciones, la rabia por algún comentario, la tentación de escudriñar el comportamiento ajeno, incluso de quien tenemos al lado. Me duelen efectos como la desconfianza y el recelo ante quienes sospechamos que ocultan tanto o más que cada uno de nosotros. Me entristece verme a mí mismo volviendo como un cazador furtivo a mirar una y otra vez cuantos pulgares han caído en mi casillero, a creer que los “me gustas” recibidos dan la medida de algo o a participar de un juego, porque eso son en realidad las redes sociales, un gigantesco casino en el que todos ponemos fichas y en el que se cumple inexorablemente la máxima de que la casa siempre gana, en este caso una maquinaria que devora todo lo que le damos y lo convierte en una papilla rosa que nos devuelve en forma de hamburguesa, mientras se queda con todos los nutrientes para sí. Me niego ya no sólo a participar sino (y sobre todo) a seguir siendo espectador.

No elaboro esta despedida como elegía personal, porque piense que le deba importar a nadie si lo hago o no. Hace unos días le escribí un mensaje de Facebook a mi amigo Yeyo. Nadie lo leerá porque él está muerto hace dos años aunque su cuenta siga viva y sin enterarse. Necesitaba hablar con él y me hice la ilusión de que lo leería, pero el gordo se reiría y me diría “anda, pandereta, que cuando te pones moñas…” Si escribo esta larga carta de suicidio digital es precisamente por eso, porque sospecho que habrá otros que, como yo, se duelen y a lo mejor no lo dicen, o lo dicen como una queja que suena a despecho, aunque en realidad sea otra cosa. Y quizás, sólo quizás, alguien se la tome como una conversación que podamos terminar donde siempre, en las cartas (los emails, que ya digo que no vuelvo a las cavernas), en las barras de los bares o en los bulevares.

Ya sabes donde estoy. Y si no, google seguro que me pone en bandeja. Nos vemos.

 

La prueba del nueve

Hay más sonrisas en las redes que en las calles, más besos en Instagram que en las alcobas, más abrazos en WhatsApp que en los bares… La máquina no sólo sabe a quién queremos, sino a quién querríamos; no sólo qué deseamos sino qué deseamos que nos desee. ¿Qué porción de libertad se nos reclamará a cambio de la seguridad de ser queridos o de no ser rechazados, indiferentes, olvidados?

Éste es el año 2019 que comienza.

Los años que no son redondos tienden a ser cruciales, quizás el más crucial para nuestra generación y las siguientes también terminó en nueve: 1989. En aquel año concurrieron dos hitos que se suelen mencionar de manera aislada o, a lo más, como una coincidencia casual: la caída del muro de Berlín y el desarrollo de la World Wide Web. Como dirían los señores Martin de La Cantante Calva, “Qué curioso, y qué coincidencia”. Diez años después, en 1999 los hermanos Wachowski (hoy hermanas) presentaban “The Matrix”. Reunir estos tres elementos en un mismo párrafo da para que cualquier lector se lleve las manos a la cabeza pensando que voy a proponer un sudoku a lo Dan Brown. Nada más lejos de mi intención por ahora, ya habrá tiempo en próximos posts de seguir explorando ese camino. Sólo lo subrayo para contrarrestar esa especie de fetiche que alimentamos de querer atribuir a los años redondos los grandes giros del guión global cuando, en realidad, la vida es impar.

2019 es el año que quizás llegue tarde sin haber comenzado. El año en el que puede que todo esté ya escrito o puede que no, depende de en qué lado de la caverna, del espejo o del escaparate se encuentre uno mismo. Anoche, en los alrededores de la última cena del dieciocho el intercambio de retransmisiones en directo de la vida humana llegó hasta unos niveles que anticipan un nuevo salto en el ya de por sí saltarín devenir de nuestra evolución digital. Veinticuatro horas después aún no están disponibles las cifras, pero cualquier usuario de Instagram (o testigo más o menos complaciente de la actividad de los que lo son) habrá observado que las “historias” de la aplicación, es decir, los contenidos audiovisuales que han reconducido su función de “álbum de fotos” hacia la de “corresponsalías cotidianas”, se han disparado. Ya no cuenta tanto la calidad de la foto o la calidad de vida social y personal que muestra un selfie. Lo relevante es el simple hecho de mostrar. De mostrar lo que sea, cualquier cosa, de mostrar antes que de no hacerlo, de enfrentarnos al horror vacui con todo el arsenal de lo que comemos, bebemos, transitamos o acompañamos… Y hacerlo así, en presente simple, y no en pretérito indefinido, que es la diferencia entre la retransmisión en vivo y la fotografía, la gran divisoria en la manera de atender la actualidad de las dos mitades del siglo pasado. Los humanos hemos dado una nueva vuelta de tuerca en nuestra búsqueda del aprecio ajeno, sobre todo el desconocido, en nuestra lucha por “la audiencia”, y así hemos pasado del “mira lo que hice” al “mira lo que hago”.

¿Para quién retransmitimos nuestra vida? ¿Para los amigos? ¿Acaso dudan ellos de nuestra existencia, de que comamos tres veces al día, de cómo es nuestra cara o la forma en la que nos vestimos? ¿Acaso tienen una vida tan vacía que necesitan llenarla con la baliza constante de nuestra posición y movimientos? ¿Respondemos de este modo a alguna pregunta que nos hayan hecho, a alguna necesidad que nos hayan manifestado? ¿Alguien ha recibido alguna vez un correo pidiéndole por favor que muestre lo más intrascendente de su existencia?

Obviamente, no ha sido así. Hemos crecido viendo a otros hacerlo y, como se revela en toda investigación criminal, ahora tenemos la oportunidad y tenemos el arma. El hecho de que no alberguemos aún el motivo es lo de menos. Ya lo dice Hannibal Lecter, “comenzamos codiciando lo que vemos todos los días”. De pronto ansiamos aquello que antes nos estaba vedado pues no éramos célebres por motivo alguno que propiciara el que las cámaras posaran en nosotros su mirada. Ya no es necesario. Ahora somos los dueños de la cámara y nos han vendido a un precio invisible el canal para demostrarlo. Generaciones y generaciones de humanos acomplejados por nuestra insignificancia de siglos nos agolpamos hoy para mostrar lo importantes que somos para… nosotros mismos. ¡Qué monos!

Cuando tenía quince años vi una película que en aquel entonces me provocó un considerable impacto. Se llamaba “La muerte en directo” y su título es lo suficientemente explícito. Tavernier, el guionista y director, invitaba a reflexionar sobre hasta que punto habíamos convertido la vida de los demás en espectáculo de masas como para que bastantes años antes de que el término “telebasura” se popularizara pudiéramos aventurar un inminente futuro de “reality shows” que nos sirvieran la muerte de cualquiera en el salón de nuestra casa durante la cena. El tiempo no sólo le ha dado la razón, por morbosa que nos resultara entonces aquella ficción, sino que ha superado con creces su planteamiento. Queda poco para que empecemos a subir nuestra muerte a la nube, y no lo digo en tono metafórico. Tampoco para escandalizar. La sociedad occidental acelera el paso hacia un horizonte de ancianos baby boomers, tan numerosos como aislados para quienes un sucedáneo aceptable del afecto paliativo será el poder recibir pulgares enhiestos, corazones, caritas llorosas y otros iconos del universo emoji durante su agonía. Hagamos followers, damas y caballeros. El monitor frente a la cama del hospital mostrará la reacción a nuestros últimos gestos, sin opción a esconder ni siquiera los más macabros. Preparémonos para disponer de un buen acopio de citas, frases, recuerdos, canciones y otros efectos con los que cautivar a la audiencia para que no cambien de canal, vale decir, de paciente. Las granjas de likes tienen todavía mercado para desarrollar el modelo de su negocio.

Antes de llegar a esos extremos, que al fin y al cabo no son más que pequeñas derivaciones del mercado de la vanidad al que nunca hemos dejado de acudir, hay una consecuencia que me hace volver a la urgencia de esta reflexión. Anoche, a la hora convenida, ya fuera la de las campanadas, la del Auld Lang Syne o la de los fuegos sobre la bahía de Sidney, la máquina (en realidad con M mayúscula) recibía no sólo información textual sino vídeos, imágenes en movimiento y voces y sonidos de millones de personas que mostraban su felicidad o no, su amor y quién lo recibía, su plato favorito, su resistencia a las tentaciones de la carne o su entrega a cualquier placer. Millones de secuencias quedaban registradas para ser procesadas, escaneadas en busca de gestos, miradas, palabras que se asociaban a rostros, que a su vez se asociaban a sentimientos y emociones. Anoche, cuando nos fuimos a la cama, nuestra vida seguía contando sus intimidades a quien mantuviera los ojos -o los circuitos- bien abiertos.

Más aún, los que no participaron de esa descomunal avalancha también transmitieron su parte de la tarta informativa, y no sólo como figurantes pasivos en las películas de la vida de otros, sino también con su sonoro silencio. Del mismo modo que los poco entusiastas en quemar libros se convertían en sospechosos de la sociedad bibliófoba de Fahrenheit 451, quienes hoy no muestran su perfil social en las redes son sospechosos de ocultar lo que nadie parece esconder. ¿Llegará el momento de contratar un servicio de seguimiento audiovisual para poder mostrar, al menos, una ficción de nuestra vida en directo para que no desconfíen de nosotros? En realidad, no, de eso se encargarán las cámaras de todos lo demás. En otro año terminado en nueve, hace apenas una década, la irrupción del smartphone con tecnología 3GS desencadenó el que el mercado mundial de cámaras digitales haya caído en este tiempo de los más de 120 millones anuales a sólo una sexta parte. Como en la película de Tavernier, ahora la cámara somos cada uno de nosotros. No sólo nos grabamos sino que mostramos, señalamos, a quienes no lo hacen.

En paralelo, al confundir en la misma persona al fotógrafo y al modelo lo que ha sucedido es que el criterio de lo que se debe fotografiar se ha relajado considerablemente, porque ¿quién duda de lo importante que es para cada uno de nosotros lo que hacemos a cada paso? ¿Habrá aire más importante que el que respiramos? Nuestro gato es EL gato igual que nuestro croissant es EL croissant. Pero transmitir lo trivial no nos vuelve memorables, no nos eleva a la categoría de estrella del audiovisual que nos gustaría disfrutar. De hecho, antes que a la originalidad tendemos a la réplica: pies sobre el asfalto, dedos en la arena esperando la ola, tostadas con aceite, besos y abrazos, brindis, portadas de libros, pectorales en el espejo del baño, ancianos y gatos y perros y maletas… Grabar lo irrelevante no le sirve de provecho a nadie más que a quien nos ve como una masa indiscriminada, aquellos para los que la estadística de gatos y de abrazos representa el estado y evolución de la conciencia colectiva.

Aquí es donde quizás 2019 ya no tenga mucho que decir sino que todo esté dicho, o todavía haya opción a plantearse el sentido de la marcha que hemos cogido. Hace años ya que cedimos la inteligencia colectiva a la máquina. Lo que sucede en época más reciente es el simple perfeccionamiento de esa cesión pasada, y seguirá sucediendo desde el momento en el que no hay marcha atrás en la complejidad tecnológica salvo cataclismo. Ninguna tribu que haya descubierto el fuego ha vuelto a comer crudo, por decirlo de un modo primitivo. Ceder la inteligencia colectiva está teniendo consecuencias que nos afectan día a día, sobre todo en lo laboral, pero no exclusivamente, sino en todo aquello en que interviene el complejo sistema de interacciones sociales con sus publicitadas ventajas y no tan publicitados inconvenientes. Desde que salimos de la cueva la Humanidad no ha hecho otra cosa que comprar dosis de seguridad con trozos arrancados a su propia libertad.

Ahora bien, mientras que ese intercambio se está produciendo dolorosa pero más o menos transparentemente y a la vista de todos, ¿somos igualmente conscientes de estar entregando un conocimiento absoluto de nuestras emociones y sentimientos más íntimos a las mismas máquinas que gestionan nuestra funcionalidad o disfuncionalidad social? Hay más sonrisas en las redes que en las calles, más besos en Instagram que en las alcobas, más abrazos en WhatsApp que en los bares… La máquina no sólo sabe a quién queremos, sino a quién querríamos; no sólo qué deseamos sino qué deseamos que nos desee. ¿Qué porción de libertad se nos reclamará a cambio de la seguridad de ser queridos o de no ser rechazados, indiferentes, olvidados?

¿Qué medida tomará la misma máquina que decide sobre la estadística de los actos cuando disponga de la estadística de los afectos, de todo aquello que ni siquiera nosotros somos capaces de identificar con claridad mientras lo sentimos?

Anoche andábamos todos contentos. Otro día, cuando nuestro equipo pierda, nuestra pareja nos dé la espalda o nuestro sueño se derrumbe mostraremos nuestro enfado, tristeza o desánimo. A la escala a la que nos mide y observa la máquina nos queda preguntarnos si realmente queremos seguir entregándole tanto de esa información, de ese conocimiento que hasta hace no mucho sólo eran capaces de distinguir de un simple vistazo nuestras madres.

Madre. El nombre del ordenador central de la película Alien, R. Scott, mil novecientos setenta y… nueve. Qué curioso. Y qué coincidencia.

 

El jarrón de incalculable valor (o Cómo matar un león con las manos)

Es un lugar común acudir a la primera copa o al primer cigarrillo (y antes a la primera visita al burdel) como un “rito de paso” hacia la edad adulta. Hasta tal punto está asumido que parece que hemos normalizado ese tipo de peaje sin preguntarnos la razón de que sea así, explorando los límites de nuestra salud. Las “locuras” de juventud forman parte de una tradición que, como tal, ni siquiera se discute, aunque recurrentemente la sociedad (así, de manera abstracta) se lamenta de que los chicos consuman sustancias tangibles o intangibles que no responden ya ni a la información de la que disponen ni al ejemplo que reciben de sus padres.

Así suelo contarlo. Un día recayó en mí la posesión de un jarrón de un valor extraordinario. Los que me conocen saben que no suelo dejarme llevar por tentaciones coleccionistas ni ningún otro tipo de fetichismo anticuario. No es que no los aprecie, al contrario, disfruto enormemente paseando entre las galerías de los museos de artes decorativas, especialmente el de Londres, pero más allá de esas visitas puntuales me incomodaría la presencia cotidiana de objetos tan imponentes. Intuyo que el sentido de la responsabilidad me llevaría a comportarme en su presencia como el ujier de uno de esos museos, aunque fuera en la intimidad de mi dormitorio.

Cuando uso el término “jarrón” no pretendo restarle valor alguno a aquella obra magnífica, pero no soy profesional ni entendido suficiente como para presumir aquí de nombres más precisos (que no sólo tendría que haber rebuscado en internet para dar con ellos sino que seguramente obligaría a más de uno a hacer lo mismo). Baste decir que sí, que era un jarrón antiguo, un jarrón conmovedor, admirable a los ojos de cualquiera.

Dos horas después de recibirlo, y de algunas tentativas de ubicarlo en dos o tres rincones de mi casa, más por cumplir con el trámite que por el deseo de encontrarle su sitio, había decidido que lo mejor que podía hacer con él sería regalarlo a quien supiera apreciarlo y, lo más importante, adoptarlo. Descarté uno por uno o en bloque a los amigos que tenían niños pequeños, pisos pequeños, gustos pequeños, igual que a los que ya tenían de todo y en gran cantidad. Ya que yo no iba a ser el que lo disfrutara pretendía, me parece, subrogar el placer de su posesión y que su nuevo propietario (o propietaria, aún no lo tenía claro) me regalara la satisfacción momentánea de saberle feliz a su vez con mi regalo. Después de aplicar todos los filtros y alguno más, un nombre destacó claramente entre todos los de mi lista de candidatos. Sin duda había encontrado al receptor perfecto (para un recipiente único, si se me permite el estrambote).

Persona de gusto y cultura, habitante solitario de un apartamento en el que cada cosa tenía su porqué, sin ningún pecado de exceso ni defecto, sin sucumbir a modas ni despreciar tendencias, confirmé con él (pues finalmente se trababa de un varón) una cita de inmediato, felicitándome por mi decisión, por mi elección y por la satisfacción -y la sorpresa- que estaba convencido de ir a causar. Aquella tarde me presenté en su casa con mi regalo perfectamente embalado. Había hecho acopio de algunos datos que reforzaran la historia del jarrón para que la entrega tuviera algo de solemne, como la de un embajador que se presentara por primera vez ante el rey de un país lejano.

Mi amigo se dejó avasallar sin perder la calma; ya me conoce en esos momentos entusiastas. Cuando puse punto y final a mi prólogo le invité a que se acercara a la mesa donde había depositado el paquete. Rememoramos aquel fotograma clásico de El Halcón Maltés mientras yo desenvolvía nervioso capa tras capa de papel, de burbuja, de más papel, hasta que el jarrón surgió como una Venus de Hollywood. “Ahora es tuyo”, le dije, “sé que tú lo tratarás como se merece”. “¿Mío, estás seguro, completamente mío?” Sonreí. “Por supuesto, es mi regalo. Es tuyo y puedes hacer con él lo que quieras”, se me ocurrió decir, y para reforzar la solidez de mi acción tomé el jarrón por sus extremos y se lo acerqué. “Tómalo. Es tuyo”.

Lo cogió por las asas. Lo sostuvo en alto y le dio la vuelta, acarició su superficie, acercó su oído a la boca, buscó el sello del ceramista, lo giró siguiendo la escena dibujada en el cuerpo, y finalmente me dijo: “voy a romperlo inmediatamente”.

Mi sonrisa se congeló y apenas tuve tiempo de sujetarle los antebrazos cuando ya estaba a punto de arrojarlo contra el suelo. “¿Estás loco? ¿Cómo se te ocurre? ¿Sabes lo que vale este jarrón? ¡Ni se te ocurra romperlo!”

Él bajó lentamente los brazos y, para mi tranquilidad, volvió a colocar el jarrón sobre la mesa, con mucha parsimonia. “Llévatelo. Hasta que decidas regalarlo de verdad”.

“¿Qué significa eso?”, le contesté sin poder contener la rabia, es decir, la frustración, el despecho. “Claro que te lo he regalado de verdad, pero no para romperlo, es un disparate, si lo llego a saber se lo hubiera dado a otro, cualquiera, seguro que nadie hubiera intentado lo que tú, no entiendo, por qué lo has hecho, ¿es que no te gusta? me lo podías haber dicho antes de aceptarlo, ¿no?”.

“Piénsalo”, me dijo muy tranquilamente en la primera pausa que hice para tomar aire. “Si no tengo tu permiso para romperlo, entonces, ¿de quién es el jarrón?”

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Cuando empecé a trabajar para una compañía tabacalera -una de esas grandes multinacionales que han conseguido mantenerse en el ámbito legal vendiendo un producto nocivo, al igual que los fabricantes de alcohol, de armas, o los dueños de los prostíbulos, con la complacencia cuando no la complicidad institucional o social- me hicieron descubrir muchas de las claves de nuestra atracción por lo que nos perjudica. Disponían de ingentes cantidades de estudios de todo tipo sobre el comportamiento humano, muy especialmente el de los jóvenes, es decir, de quienes están en el momento de construir su identidad.

Es un lugar común acudir a la primera copa o al primer cigarrillo (y antes a la primera visita al burdel) como un “rito de paso” hacia la edad adulta. Hasta tal punto está asumido que parece que hemos normalizado ese tipo de peaje sin preguntarnos la razón de que sea así, explorando los límites de nuestra salud. Las “locuras” de juventud forman parte de una tradición que, como tal, ni siquiera se discute, aunque recurrentemente la sociedad (así, de manera abstracta) se lamenta de que los chicos consuman sustancias tangibles o intangibles que no responden ya ni a la información de la que disponen ni al ejemplo que reciben de sus padres, muchos de ellos ex fumadores, concienciados vegetarianos de estilo de vida saludable, conductores responsables, moderados bebedores y tolerantes y abiertos en el diálogo sobre cualquier tema.

Pocas veces he escuchado o leído, al mencionar esos “ritos de paso”, algo que excediera la explicación antropológica. Todavía hay muchos ejemplos de culturas, no sólo indígenas, que enfrentan a sus jóvenes a una situación traumática para “matar” al niño y culminar la metamorfosis. En las sociedades urbanas occidentales hemos superado, creemos, ese estadio primitivo. Nosotros no embadurnamos a nuestros adolescentes en mierda de vaca, ni les hacemos meter la mano en un saco de “hormigas-bala” ni les circuncidamos sin anestesia rodeados de familiares mientras les exigimos que repriman las lágrimas. Nuestros adolescentes no tienen que demostrar su madurez internándose en la selva hasta cazar un león con sus propias manos y exhibir su presa ante el resto de la tribu.

La resistencia al dolor, la superación de los desafíos y la gestión de la ansiedad, la angustia o el miedo son habilidades que sabemos necesarias para la supervivencia del joven en el mundo adulto. No está de más recordar que precisamente el humano es, de todos los mamíferos el que más tarda en valerse por sí mismo (sin entrar en el tema de los contratos basura y de otros males de la época), dieciocho años, el doble que los chimpancés. Así que bienvenidos sean los ritos de paso que nos hacen más fuertes.

Más fuertes, pero ¿por qué también más imprudentes o temerarios? Ahí es donde lo que se expone, la demostración de capacidad para acceder a las exigencias de la vida adulta, se confunde con lo que no es tan evidente, la necesidad de sentirse dueño de la propia existencia. Y, como en el caso del jarrón, cómo sabemos que algo es nuestro si no tenemos la autoridad para ponerlo en riesgo, e incluso para destruirlo?

Tal vez así cobre algo más de sentido el que consumir tabaco, drogas, alcohol, conducción imprudente, sexo sin protección y otro tipo de danzas al borde del precipicio (otro fotograma, el de las Historias del Kronen, colgando del viaducto de la calle Bailén) sea un ritual equiparable al de la caza del león, si bien con una épica muy deformada, posiblemente con la misma distorsión óptica que se aprecia entre el buen salvaje que algún día fuimos y el civilizado monstruo en el que nos hemos llegado a convertir.

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Creo recordar bien aquel sentimiento que en estos días observo en la mirada de mis hijos. Si soy dueño de mi vida, me transmiten, no lo soy en régimen de copropiedad. Me parece bien, lógico y por momentos hasta reconfortante, que te preocupes de lo que hago, que estés pendiente, que me aconsejes, pero si no estás preparado para entender que mis límites los voy a explorar yo entonces es que no has aprendido nada de la vida, ni siquiera de la tuya.

De ahí nace en parte está reflexión, este ensayete, así como de contemplar año tras año la cascada de mensajes dirigidos a los jóvenes para que no cedan a esas tentaciones (ni vuelvan a ceder). Como si hubiera algo razonable, es decir, sujeto a la razón, en toda esta ceremonia. Cuando un buen día le soltamos a un joven eso de “bueno, que ya no eres un niño”, activamos un dispositivo de autonomía que es irreversible. Le entregamos un jarrón de inestimable valor y le decimos que a partir de ahora le pertenece con todas las consecuencias. Pero acto seguido le dibujamos tantos límites a esa autonomía tan deseada que se vuelve frustrante. Pretendemos, además, que asuma esa nueva responsabilidad con total inmediatez, como si nuestros encantadores inmaduros se hubieran convertido de la noche a la mañana en registradores de la propiedad (se han dado casos). Como si nosotros mismos lo hubiéramos hecho en su momento, cuando en realidad no fue así. Como si, en definitiva, nos devorara la impaciencia por dedicarnos a otra cosa cuando ése va a ser el período que más atención (y no sólo) va a requerir de nosotros.

De este modo, cada consejo o advertencia sobre los efectos adversos de tal o cual conducta, lejos de apartar a los jóvenes de los senderos peligrosos aún se los muestra más atractivos, incluso de lo que en realidad son. Quizás no estaría de más plantearse que nuestra misión de adultos no es tanto la de advertirles de los posibles daños de sus nuevos “juegos” como la de enseñarles (o de permitirles como se hacía apenas dos generaciones atrás) a practicar su futura autonomía desde niños. Pretender que el paso de la infancia a la madurez sea tan inmediato sí es una auténtica imprudencia y una muestra de nuestra creciente inmadurez como sociedad.

Mientras tanto, pensemos que aunque arriesgar la vida en las ciudades del siglo XXI no resulta ni tan heroico ni estético como en las novelas de Verne, Salgari o Dumas, cada nueva generación de jóvenes tendrá que seguir saliendo a matar leones para probarse a sí misma no ya su capacidad sino, sobre todo, su independencia frente a quienes les entregan un regalo sin soltarlo del todo. Nosotros.

 

La revolución ansiolítica

Lo que sí me interesa es constatar lo mucho que se parecen Uber, Tinder, Google Maps, Trivago… en fin, todas las aplicaciones que están redefiniendo la manera que la gente teníamos de ligar, circular por la ciudad o reservar una habitación de hotel, por ceñirme a esos pocos ejemplos. Al margen de su contenido o de su sector de actividad, todas ellas coinciden en aportar un mismo beneficio a los usuarios: eliminar o minimizar el factor clave de ansiedad.

Leo hoy, veinte de diciembre de 2017, la noticia de que el Tribunal de Justicia de la Unión Europea ha fallado que Uber es una empresa de transporte y, como tal, debe someterse a los mismos rigores que el resto del ramo. La verdad es que no pensaba comenzar este ensayete con una noticia de “rabiosa” actualidad, pero no es menos cierto que la mayoría de las veces que me siento a escribir dejo que las letras se vayan disponiendo lo más fluidamente posible y trato de no interponerme demasiado en su trayectoria. Ya se sabe, las carga el diablo.

El caso es que el diablo, perdón, Uber, ha sido arrojado del Cielo, o más propiamente, del limbo, que es donde muchas de las empresas nativas digitales se mueven con soltura. Con todas las prebendas de los integrados, pero sin tener que comulgar con mandamientos, sacramentos, sharias ni torá (marque la casilla que aplique en cada ciudad),  y con los privilegios también de los apocalípticos, pero sin llegar nunca a hervir en las calderas del Infierno. La pregunta que queda es ¿quién es quien está en el limbo ? Que Uber tenga que plegarse a las leyes del transporte de pasajeros no sólo es una buena noticia para la comunidad sino una mala noticia para los taxistas, por extraño que les cueste creerlo.

Qué bien cuenta esto David Gutmann cuando dice que hay que sentar a todas las organizaciones en el diván del psiquiatra. Las empresas, los colectivos, los países, tienen complejos y traumas tan sensibles como los de cualquier persona, y desentrañarlos es algo esencial si se aspira a su comprensión y entendimiento, no digamos ya a establecer comunicación. Trauma significa etimológicamente “herida”, así que el dolor o la rabia que vemos en la superficie trasluce esa herida profunda que los titulares no siempre nos dejan ver (o se empeñan en ocultar). ¿Cuál es, creo, el trauma de los taxistas? Además de lo evidente -y cito a Mafalda- el empezose del acabose de su negocio, la transformación digital supone sobre todo un ejercicio de interacción y transparencia que socava la manera de entender la vida del taxista. Para entendernos, el modelo de negocio del taxi no es el de un servicio público más, sino el de una inversión muy particular en todos los sentidos del término, ya que no sólo es personal sino que además nadie sabe su valor real, puesto que es especulativo desde el mismo momento de la adquisición de la licencia, cuyo precio es ficticio, sujeto a la demanda pero dentro de un sistema cerrado. Lo único que varía es el volumen de aspirantes a adquirir la licencia, que es lo que hace que un precio nominal irrisorio se multiplique de manera desorbitada. Así pues, la primera herida del taxista es ser plenamente consciente de que no compra una licencia, sino una deuda y una expectativa de saldarla cuyo plazo sólo depende de él mismo, ya que el mayor porcentaje de sus compradores/usuarios no acude específicamente a su “establecimiento”, en el que, además, no puede jugar con los precios. A partir de ahí, el conflicto está servido; si el taxista quiere recortar su deuda lo más rápidamente posible sólo lo puede hacer haciendo más rentable la única variable que puede manejar, el tiempo que pasa con su cliente.

Sin duda, el taxista puede elegir estrategias diferentes para su negocio, pero la que antes y más fácilmente se establece es la de “cuanto más saque a cada carrera más rápido recupero el dinero que he entregado”. En este argumento, los usuarios cumplimos el papel de antagonistas del taxista, ya que nuestros intereses son contrapuestos; nosotros queremos que la carrera sea la más rápida, corta, económica posible. La relación que se ha establecido desde el principio es frontal, y en gran parte ése es el motivo de que las quejas de los taxistas encuentren tan poco eco en el público al que, en teoría, sirven.

La gran novedad de Uber no son los coches negros y espaciosos, la amabilidad de los chóferes o la botellita de agua, tampoco que se pueda pagar sin llevar dinero encima. Todo eso son ventajas que el sector del taxi puede incorporar con relativa facilidad y poco coste. Lo realmente revolucionario es que por primera vez en el negocio del taxi el usuario se puede liberar de lo que más ansiedad le provoca cuando se sube a uno: por dónde nos van a llevar y cuánto nos van a cobrar. Por primera vez, los pasajeros de un transporte nos podemos despreocupar absolutamente si el chófer nos da una vuelta demasiado larga o toma una ruta que no es la que nos parece lógica o la que habitualmente usaríamos. Ya no es nuestro problema. Es la Transparencia, idiota, la madre de todas las transformaciones digitales.

El desenlace de esta historia es más o menos predecible, así que no voy a perder demasiado tiempo en aventurarlo. Lo que sí me interesa es constatar lo mucho que se parecen Uber, Tinder, Google Maps, Trivago… en fin, todas las aplicaciones que están redefiniendo la manera que la gente teníamos de ligar, circular por la ciudad o reservar una habitación de hotel, por ceñirme a esos pocos ejemplos. Al margen de su contenido o de su sector de actividad, todas ellas coinciden en aportar un mismo beneficio a los usuarios: eliminar o minimizar el factor clave de ansiedad. Ese nervio incómodo que nos atenazaba cuando teníamos que pasar el trago de decirle a alguien que nos gustaba y, después de mil dudas y cruzar el rubicón, encontrarnos con una negativa que no sólo nos dejaba frustrados sino desmotivados para intentarlo de nuevo durante un tiempo. O la tensión de reservar una habitación temiendo que, como muestra bien el anuncio, alguien la estuviera reservando por un precio mucho menor, con la subsiguiente y humillante sensación de ser tomados por idiotas. Por no hablar de la gran ansiedad del conductor de ciudad, la de ignorar en qué momento quedará atrapado en un atasco sin saber durante cuánto tiempo. Casi podemos afirmar que las grandes aplicaciones triunfadoras son aquellas que interpretan mejor el factor de ansiedad del público y lo resuelven de un modo sencillo y distanciado del problema. Valga como recomendación del significado real del término “human centered” para tantas empresas y emprendedores que parecen haber oído campanas pero no tener muy claro dónde.

No importa que Uber sea limitada por los tribunales. Su modelo de negocio será a partir de ahora más o menos rentable, pero lo que no será es irreversible. Los usuarios hemos probado la sensación de no sentir ansiedad y no vamos a aceptar graciosamente que nos devuelvan ya más a la pequeña tiranía de la opacidad. La gran oportunidad de los taxistas es aprovechar este impasse administrativo que protege su exclusividad para reordenar sus planteamientos y aceptar que al defender una parte de su inversión, la más escurridiza, se arriesgan a perderla por completo (y no quiero entrar aquí en otras consecuencias de la transformación digital aplicadas al sector de la automoción que todavía van a revolucionar más el panorama).

Con todo y con eso, mi interés al poner por escrito esta reflexión estaba centrado principalmente en preguntarme hacia dónde nos conduce un contexto tecnológico que elimina la ansiedad y la frustración de los aspectos más cotidianos de nuestra vida. ¿Acaso no ha habido otros similares en el pasado? Sin duda. Cada nuevo avance tecnológico nos ha ayudado siempre a superar una incertidumbre, ya fuera la salud de nuestros animales de carga, la resistencia de nuestras cosechas a las plagas o el resultado de una operación quirúrgica, entre miles de avances más. Sin embargo, a partir de la revolución digital, la novedad es que estos nuevos avances ansiolíticos ya no son fruto de  la investigación y creación de algo nuevo, sino de la manera de gestionar la información de lo que ya existe. Por tanto, son mucho más sencillos de crear y reproducir. Por seguir con el ejemplo central, para que los coches de motor sustituyeran a los coches de caballo fueron necesarios años de esfuerzo científico, industrial, empresarial, laboral, social. Para cambiar el modelo de relación con el taxi sólo ha hecho falta una idea y un pequeño grupo dispuesto a llevarla a cabo, un mínimo esfuerzo en compensación con lo obtenido. Tal facilidad me hace suponer que la proliferación de soluciones similares va a ser, una vez más, exponencial, hasta cubrir muy rápidamente todos los ámbitos de nuestra vida. Qué maravilla, tendríamos que decir. Con la cantidad de tiempo y espacio en la cabeza que nos devora la ansiedad y que ahora podremos dedicar a otros asuntos más útiles. Puede, pero puede también que a partir de ese punto, tal vez, lleguemos a encontrarnos igual de velozmente con una generación acostumbrada poco o nada a lidiar con la frustración. Impacientes ante todo lo que no sea “en tiempo real” e incapaces de asumir la ansiedad como un motor de actuación, de creatividad ante la adversidad.

¿Para qué nos sirve la ansiedad, el estrés? Según dicen, para enfrentarnos al peligro con los sentidos alerta, algo muy útil para nuestra especie desprovista de toda defensa natural. ¿A quién servirá que se elimine ese estado de alerta? Desde luego, a nosotros no nos vendrá nada mal un descenso de los niveles de cortisol, especialmente a los que vivimos en las ciudades, pero reconozco que según iba escribiendo me venía a la mente cada vez con más fuerza el escenario que se descubría al traspasar el umbral de “un mundo feliz“.

Por cierto, feliz año nuevo.

 

Comandante Emoción

En presencia del miedo, podría argumentar, mis emociones tomarán el control de mis operaciones y asumirán que estoy incapacitado para pilotarme a mí mismo. Es más, estaré encantado de que lo hagan porque es la única garantía que tengo de que mi instinto de supervivencia me haga actuar como otras normas aprendidas me impedirían hacerlo, quizás. Por ejemplo, darle un puñetazo al pasajero de al lado en caso de que uno de los compartimentos de mascarillas se atore y sólo dispongamos de dos donde debería haber tres.

“En caso de pérdida de presión en cabina, los compartimentos sobre sus asientos se abrirán y dejarán caer máscaras de oxígeno. Para activar el flujo, gire la máscara, aplique sobre su nariz y boca, ajuste la banda elástica y respire normalmente. Los adultos sentados cerca de un niño u otra persona que requiera ayuda deben colocarse su propia máscara en primer lugar y luego prestar asistencia…”

Hay pocos protocolos en los que estemos más universalmente de acuerdo que en el de las instrucciones de seguridad de los aviones. Se trata probablemente del único decálogo en el que no se distingue entre sexo, raza, edad, religión, nacionalidad o nivel educativo. Por no hablar del socioeconómico, claro; los pasajeros de primera clase y los turistas de low-cost nos ajustamos al mismo rasero una vez que entramos en el club de los diez mil metros de altura (y bajando).

Llegado el caso, sin embargo, estoy convencido de que las reacciones de mis compañeros de viaje a la súbita despresurización de la cabina no responderán a esa cuidadosa coreografía que miles de asistentes de vuelo deben de estar intepretando ahora mismo en todos los idiomas conocidos del planeta. Mucho menos en esa recomendación tan concreta de que en caso de ir acompañados de nuestro hijo o hija pequeños mantengamos la calma y nos coloquemos la mascarilla nosotros primero. Vaya por delante que no tengo ninguna duda del supuesto racional en el que está basado esta instrucción, pero tampoco tengo demasiadas dudas de que, si me toca, mi desobediencia será absoluta. Es más, creo que no seré el único en esta actitud tan rebelde como irracional. Simplemente, frente a las órdenes del comandante del vuelo, me temo que mi voluntad se doblegará ante otra autoridad más imperativa, la de mis propias emociones. Me dará igual haber prestado atención (y lo hago siempre, por un respeto solidario a cualquier actor que representa un papel y que hago extensible a todo el personal aéreo) en todos y cada uno de los vuelos que he realizado desde hace décadas. En cuanto caiga la mascarilla lo primero que haré será colocarla en la cara de mi hijo, y ya después me ocuparé de la mía.

En presencia del miedo, podría argumentar, mis emociones tomarán el control de mis operaciones y asumirán que estoy incapacitado para pilotarme a mí mismo. Es más, estaré encantado de que lo hagan porque es la única garantía que tengo de que mi instinto de supervivencia me haga actuar como otras normas aprendidas me impedirían hacerlo, quizás. Por ejemplo, darle un puñetazo al pasajero de al lado en caso de que uno de los compartimentos de mascarillas se atore y sólo dispongamos de dos donde debería haber tres. No sigo por ese camino para que nadie me impida subirme a un avión durante los próximos diez años basándose en lo declarado en este escrito como una prueba de mi inadecuación para la convivencia aérea.

Y todo gracias a que durante los cuarenta años que llevo volando y asistiendo al microteatro de emergencias celestiales a ninguna línea aérea se le ha ocurrido ponerse en mi lugar, sino simplemente darme órdenes como si fuera un cargamento entregado a mi suerte sin capacidad de cuestionamiento. Algo de eso habrá, supongo; desde el momento que nos sentamos en una máquina de acero que vuela, nuestra lógica sufre un colapso que le lleva a aceptar todo tipo de anomalías (un lugar donde el agua se paga más cara que el tabaco es claramente un entorno extraterrestre). Sin embargo, yo preferiría que, por una vez, alguna compañía aérea fuera más compañía que aérea y me regalara los sensatos razonamientos que sostienen cada instrucción de seguridad, sin que tenga yo que deducirlos por mi cuenta. Que nos pusieran un vídeo en el que se explicara de qué modo las ondas de nuestros teléfonos móviles son capaces de cortocircuitar el sistema de comunicaciones de la nave, por ejemplo. O quizás, como en el caso que me sirve de pretexto, cuántos segundos sin llevar la mascarilla son suficientes para que mi cerebro note la diferencia de oxígeno y empiece a marearme tanto como para no poder servir de ayuda a mi hijo. Porque al final ése va a ser mi motor y no otro. Es lo que tengo grabado a fuego en algún pliegue de mi inconsciente, atado a una emoción que me construye y que no parece que compartan mis anfitriones de vuelo.

Pienso en todo esto mientras leo el libro de Eduardo Lazcano, “Comunicación Emocional”. Imagino al autor en el asiento de al lado explicándome con la misma paciencia y claridad con la que lo hace en su libro, los mecanismos por los que cuanto mayor es la percepción de peligro, de ansiedad, de angustia, de miedo, de amontonamiento de estímulos… más respondemos a nuestras emociones y menos a las razones. No me vendría mal que Eduardo, con esa sonrisa que se gasta cuando se mete en harina mientras le brillan los ojos como a otros les brillan las armaduras (cada uno tiene sus armas), me volviera a explicar eso de que el cerebro que piensa lo hace a una velocidad de 55 bits por segundo y el que siente lo hace millones de veces más rápido. A lo mejor con un interlocutor así, que no me tratara como a una maleta sino como a un pasajero con piernas (quizás sea ése el quid, la disminución del espacio entre asientos; después de todo, sin piernas uno se parece mucho más a una maleta), que me dijera: mira, Alain, entiende que tu hijo te necesita plenamente consciente para ayudarle en una situación para la que ninguno de los dos os habéis preparado realmente, y que los diez segundos que tardas en ponerte la mascarilla deterioran la calidad del oxígeno que llega a tu cerebro y, por tanto, tu velocidad de reacción, así que ahora respóndete tú mismo, ¿qué tipo de ayuda quieres ser para tu hijo en caso de accidente?

Cierto es que las probabilidades de que uno se encuentre en una situación tan dramática como la que nos han hecho imaginar desde que los aviones se convirtieron en el escenario favorito de las películas de catástrofes son escasas. Pero como nos lo recuerdan cada vez que rodamos lentamente hacia la pista de despegue (en realidad para distraer nuestra atención de la inminente tensión que nos supone dejar de pisar tierra firme) se ha convertido en algo que presentimos mucho más cercano de lo que en realidad sucede. Es un ejemplo extremo de lo que vivimos cada día en cada momento. El ser humano se empeña en alimentar sus miedos o en permitir que se los alimenten. Miedos pequeños y grandes, como el miedo a no ser deseados, a ser reemplazables, a ser indiferentes, o a no estar a la altura de las expectativas que despertamos, ya sea como personas, como compañías, como naciones o como especie. Miedos que nos impiden en los contextos más cotidianos el poder tomar una decisión al ritmo sosegado y reflexivo de nuestro razonamiento y nos conducen una y otra vez a la vorágine de la decisión sentida, intuida, irreflexiva, subjetiva… en fin, emocional.

Nada de eso es probable que llegue a cambiar, por lo menos no hasta que máquinas y humanos lleguemos a una relación tan imbricada que la velocidad de la cabeza iguale a la del corazón. Hasta esa nueva vuelta de tuerca en la batalla que iniciaron Kasparov y Deep Blue viene bien leer el libro de Eduardo. No, como muchos a lo mejor desearían, como ese manual de trucos para aprender a comunicarse con las emociones de los demás y llevárselos al huerto, sino para entender que sin esa emoción, la ajena y la propia, no existe posibilidad alguna de comunicación, es decir, de ponernos de acuerdo en la más mínima cosa, y mucho menos en eso que yo quiera vender y otro desee comprar.

Lo que me recuerda una maravillosa canción que os dejo aquí como regalo prenavideño :), con especial dedicatoria a Eduardo, con quien es siempre un placer compartir desayunos esporádicos y esclarecedores.

Por cierto, para los interesados, el libro de Eduardo está disponible en Amazon, y en otras librerías. Por si acaso, os dejo el enlace al mismo: https://lnkd.in/ghPMnez

El sitio de todos

Empieza a haber muchos más beneficiarios de los supuestos, no ya por el conflicto España/Cataluña, sino hacia la demolición del único actor moderado en la geopolítica de los últimos 70 años, Europa.

El estupor de muchos parte de no encontrar aparente respuesta a la pregunta de quién se beneficia de un conflicto entre Cat y Esp (gobiernos, fuerzas, ciudadanías). Ampliemos un poco la escala, porque si en verdad no hubiera beneficio todo terminaría remitiendo. Me retrotraigo a finales de los 90, inspirado por el borrador de la próxima novela de Fernando Riquelme, ambientada durante las movilizaciones anti globalización, los padres y hermanos de lo que hoy conocemos como independentistas anti sistema, o también como la carne del cañón.

Tras la caída del muro de Berlín es evidente que el complejo juego global necesitaba reequilibrarse y de un modo diferente al que acababa de desplomarse. La nueva oposición al capitalismo expansivo se articula como una resistencia civil de corte “blando” (la dureza del muro era ya anacrónica), pero con aprendizajes, recursos y mecanismos heredados de la época anterior y que, convenientemente reciclados, empiezan a golpear de nuevo al mismo enemigo de siempre. El ataque progresa razonablemente hasta que el 11-S termina con ese conflicto desestabilizador de baja intensidad por sublimación.

Mejor dicho, simplemente lo pone en suspenso, porque la dialéctica de potencias es una constante que fluctúa sin llegar a desaparecer. Igual que sus métodos, de siempre pegarse las patadas en el culo de un tercero. El eslabón más débil, como en aquel programa de televisión, es Europa, la unión con menos unidad que cabe en el diccionario. Mientras que el eje franco-alemán que la sustenta no muestra grandes fisuras, sí hay países esenciales para la credibilidad/estabilidad de Europa que pueden ser acosados y derribados con menos esfuerzo. Primero, por un ataque financiero brutal que avive la insolidaridad en general y la norte-sur en particular (Grecia, Italia, Portugal y España se tambalean). Resistir la primera oleada de un asedio desgasta mucho, como bien saben los troyanos, sobre todo cuando el atacante está en la sombra.

Aún se puede estimular más el desgaste de los frágiles lazos de cohesión europeos: los refugiados. En paralelo, los movimientos anti globalización se reinventan como ciudadanos, el 15M, y llegan a adentrarse en el sistema por vía institucional. Ya falta poco. El miembro más periférico de la Unión, el Reino Unido, es fácilmente (nunca tanto, pero mucho más que otros posibles) arrastrado a su auto exclusión. Pero todavía no es suficiente. Precisamente por su trayectoria de verso suelto, la salida de UK de la comunidad es un golpe que se puede encajar. Hace falta que caiga el otro gran peso pesado de la Europa occidental, España.

Pero España no se va a ir de Europa nunca. No, claro, sin embargo con que su también frágil equilibrio territorial se resquebraje, la fragmentación puede provocar que en cuestión de un año EU pierda dos de sus pilares principales. Casualmente al mismo tiempo que en EEUU se hacen fuertes los conceptos más anti europeos de Trump.

Empieza a haber muchos más beneficiarios de los supuestos, no ya por el conflicto España/Cataluña, sino hacia la demolición del único actor moderado en la geopolítica de los últimos 70 años, Europa. Esto ya se parece más a una novela de Poirot. La asociación y el empleo de sensibilidades nacionalistas latentes se antoja un juego de niños, aunque sea el Risk. Ahora nos toca decidir qué está en juego, ¿la identidad nacional, las patrias? No lo creo. Más bien el no volver o no avanzar hacia un conflicto globalizado, un escenario de nuevo bipolar en el que las decisiones verdaderamente cruciales, como el desastre climático o la propia condición humana queden supeditadas a estrategias de reparto del mundo. Desactivar el conflicto Cat/Esp debiera ser el único objetivo. Porque la batalla que se está librando realmente no está ahí.

Ahora, hay que elegir bando, pero sin bandera.