Todos los santos

Reflexionemos hasta qué punto nos perjudica abrir una brecha demasiado grande en vez de -mientras hacemos nuestra carrera- cuidarnos de mirar de vez en cuando cómo andan de fuerzas los demás, y tratar de ayudar a que nadie quede tan descolgado como para que nuestra brillantez se vea más apagada de lo que merecería.

Pienso estos días una vez más en el Tour, en la Vuelta, así, con la inicial en mayúscula, porque no me refiero a este Día de la marmota pandémica que celebramos ya cada semana sino a las grandes carreras ciclistas por etapas que marcaron mi infancia boomer. En ellas había dos etapas raras, distintas a las demás, que los fans de Ocaña, Fuentes, Perico o Induráin (he dicho que era boomer ¿no?) veíamos con cierta desconfianza, como si estuvieran dispuestas para restarle segundos a nuestros aguerridos y solitarios trepamontañas. Eran las temibles contrarreloj por equipos, un invento sin duda afrancesado, extranjerizante y antiespañol que tenía como evidente y único objetivo el mantener el corazón de los espectadores españoles en un puño mientras veíamos como los veloces equipos flamencos o valones abanicaban la carretera como un solo organismo miriópodo.

Vuelvo hoy a recordar aquello, como en tantas ocasiones, cada vez que me han preguntado por una estrategia para la transformación colectiva (del tipo que sea). En la contrarreloj por equipos el tiempo no lo marca el primer ciclista que cruza la meta; es el quinto en llegar el que detiene el cronómetro del juez. La estrategia a seguir, por tanto, no está en función del corredor más potente sino del aporte del corredor más débil. Contra lo que podamos pensar, es mucho más productivo, eficiente, beneficioso para el conjunto, adaptar la velocidad del equipo para que el quinto no se descuelgue, porque si pierde el contacto con el grupo de cabeza sus probabilidades para recuperar la diferencia perdida disminuyen exponencialmente con la distancia.

Escucho con demasiada frecuencia que los lentos o los torpes no pueden retrasar la velocidad de la compañía, de la sociedad, de la organización que sea, poniendo el foco en el desempeño del más débil o el más agotado, sobre el que, además, se añade el lastre de la culpa. Se nos olvida que alguien al que el grupo abandona a su suerte tendrá que esforzarse el doble para recortar la distancia, pero sobre todo se nos olvida que tendrá que hacerlo con la sobrecarga de rabia, rencor y tentación de mandar a la mierda el objetivo general de ese equipo que le ha dejado atrás.

Perdemos de vista, además, todo lo que perdemos. Perdemos lo que ese corredor menos veloz nos puede dar en otros momentos de la carrera, cuando sean necesarias otro tipo de cualidades. Ya se sabe, los sprinter y los escaladores no son de la misma raza. Y perdemos algo más importante, la cohesión del grupo a futuro. No es raro que el insulto favorito de Trump sea el de “perdedor” (loser). Lo entrenó bien durante su paso por la televisión y le sirvió para darse cuenta de que había millones de ciudadanos de su país que estaban deseando ganar por primera vez en su vida y poder llamar losers a los “triunfadores” de las décadas anteriores, aunque ellos mismos no notaran ninguna mejoría en sus vidas cotidianas.

No defiendo, ni mucho menos, la subvención del vago, ni que nos acomodemos al ritmo de quienes fingen esfuerzo pero levantan el remo, dejando que sean los demás los que impulsen la canoa. Sí defiendo que reflexionemos hasta qué punto nos perjudica abrir una brecha demasiado grande en vez de -mientras hacemos nuestra carrera- cuidarnos de mirar de vez en cuando cómo andan de fuerzas los demás, y tratar de ayudar a que nadie quede tan descolgado como para que nuestra brillantez se vea más apagada de lo que merecería.

El valor de una sociedad, de un país, de una empresa, no lo marca el alumno más brillante, sino el resultado del último de la fila. Ahora que todo el mundo se fija en los países asiáticos, de la manera que sea, tal vez su ventaja en los últimos tiempos haya sido la de ser capaces de desplegar una velocidad de crucero mucho más uniforme que la de sus competidores. Como le gusta repetir a mi amigo y socio Alberto Blanco, la fuerza del lobo está en la manada. No es por casualidad el que los motores del progreso occidental se hayan basado en ese espíritu de “comunidad” que se respiraba por igual a ambos lados del atlántico, ya fuera el we, the people o el dem volke.

(publicado originalmente en LinkedIn el 31.10.2020)

El blues del autobús

¿Cómo comportarse en medio de una crisis? A la vista está que la respuesta nunca es fácil ni mucho menos sencilla. Pero quizás si reducimos la escala a una pequeña crisis de la vida cotidiana nos resulte algo más fácil entender por qué en ocasiones la opción más deseable puede ser la menos eficaz o la más alejada de la realidad. Una pequeña reflexión sobre equilibrio, caídas, cohesión social y… lo que el lector considere.

Cuando Lord Acton acuñó su célebre sentencia (“el poder tiende a corromperse y el poder absoluto se corrompe absolutamente”), allá por 1887, no solo estaba resumiendo ejemplarmente cualquier movimiento político o económico de los siglos pasados y las décadas por venir; ni tampoco vaticinando lo que sería el lema de los porteros de discotecas y otros cancerberos con gorra de plato. Estaba simplemente trasladando al plano social la primera ley de Newton, la ley de la inercia, esa que dice que todo tiende a mantenerse estático o moviéndose en la misma dirección hasta que algo o bien lo impulsa o bien lo detiene o desvía.

De este modo, venía a decir, sin que el propio Lord pudiera todavía usar esas palabras, que somos antes hijos del Big Bang que de Adán, que somos antes física que química, más obedientes a la fuerza de la gravedad que a la neurosis. Y que así seguiremos, mal que nos pese, porque Newton, recordemos, emitía sus leyes a hombros de gigantes, y eso nunca se puede tomar a la ligera.

Es lo que tienen las revoluciones que en el mundo han sido; que han provocado un cambio de marcha tan brusco que los ocupantes del vehículo han reaccionado de manera muy dispar. Pensemos en un autobús en el que hay ocupantes sentados, otros de pie, aferrados a la barra, otros bien plantados sobre sus pies, y otros que se mantienen estables mientras el autobús circula a una velocidad “de crucero”, es decir constante y regular.

De pronto, el autobús hace uno de esos parones seguido de acelerón que muchos hemos experimentado en primera persona, cuando la caja de cambios rasca y el motor muge. Los pasajeros sentados se inclinarán bruscamente, primero hacia delante, luego hacia atrás, pero seguirán en el mismo sitio. Los que iban de pie y afirmados tanto sobre sus pies como con su brazo, notarán el tirón con fuerza en este, y también que la mitad de su cuerpo se flexiona y endereza para compensar el vaivén. Los que no estaban bien plantados se verán desplazados en una carrerita ridícula hasta alcanzar el primer asidero que tengan a mano, al que se agarrarán con fuerza, sin importarles si le atenazan la mano a otro pasajero o si son ellos los que sufren algún manotazo. Por último, algunos llegarán a trastabillar e incluso caer al suelo, con mejor o peor pronóstico según la edad y el reumatismo de cada uno.

Hasta ahí, la física, es decir, el principio de acción y reacción de los cuerpos. Dos segundos después, entra en juego la neuroquímica, es decir el principio de acción y reacción de las almas. De entre los sentados nace un murmullo de imprecaciones que se disimula con el ruido del motor; las quejas de los “agarrados” son algo más notorias, pero breves, entretenidas como están las mentes en conseguir que sus anclajes no se suelten; y finalmente los “derrumbados” emiten quejas y gritos, y algunos llantos y amenazas al conductor también.

O lo que es lo mismo, la revolución en el carril bus, que no solo se limita a un vehículo. En otros que circularan muy pegados al anterior es muy probable que se haya replicado el efecto, aunque seguramente atenuado cuanto mayor fuera la distancia con el primer autobús.

En pleno frenazo y acelerón del autobús digitalizador, los ocupantes -individuos, empresas, sectores sociales, países…- revelan la solidez o la inestabilidad de sus fundamentos. Las quejas más sonoras llegan, seguramente, de quienes estaban peor plantados. Tampoco a estos se les puede achacar toda la responsabilidad; posiblemente muchos se habrán subido cuando todos los asientos estaban ya ocupados y tal vez prefirieron no juntarse demasiado con quienes estaban ya agarrados a la barra. Sin embargo, en general, los que viajaban sin asirse a ningún punto de apoyo, algunos incluso distraídamente, mirando el móvil o de espaldas al sentido de la marcha, habrán pecado de una confianza excesiva -que en la caída se revelará como imprudencia- en el conductor, en el tráfico y en sus propias fuerzas o habilidades para mantener el equilibrio.

A qué las quejas, pensarán los que ya estaban aposentados en su silla, o los que han sacrificado una de sus manos en previsión de momentos y movimientos más bruscos. Si hubieran sido algo más previsores no se habrían caído. Si hubieran visto que el autobús ya estaba ocupado y no quedaban sitios seguros, por qué no han esperado al siguiente. Es fácil decirlo a posteriori, pero la verdad es que esas reflexiones llegan -si es que llegan- cuando ya estamos subidos al autobús y en marcha.

¿Se pueden evitar las caídas, las quejas, las comparaciones, las amenazas y las burlas? Es posible. Una forma de hacerlo es llenando el autobús de gente hasta los topes, hasta que no quepa un alfiler. De este modo, la física nos vuelve a ayudar. Cuando, como sardinas enlatadas, reaccionamos al frenazo y al brusco arranque como un solo cuerpo, cuando todos los demás impiden que nos caigamos y nosotros, a nuestra vez, servimos de soporte atenuante al movimiento de los demás. Es entonces cuando el impacto se distribuye entre todos los elementos por igual, cuando nos miramos los unos a los otros y sonreímos pensando “caray, vaya viajecito”, pero con la tranquilidad de que no nos veremos -ni nosotros ni nuestros acompañantes ocasionales- rodando por el suelo del autobús a las primeras de cambio.

Es una solución válida para esos parones y acelerones que podríamos llamar corrientes, los que cabe esperar en un trayecto con el suficiente recorrido. Pero si en vez de un frenazo incómodo lo que sucede es una parada en seco provocada por un choque o un accidente, entonces esa masa casi compacta se vuelve en nuestra contra, causando el aplastamiento por los extremos. Lo que parecía una buena estrategia de protección se convierte en un remedio peor que el mal que se quería evitar.

Cabría otra respuesta (más de una, seguramente); la de pensar que el carril por el que avanzamos en realidad solo es uno de los caminos posibles por los que avanzar, pero no el único; la de saltarse la divisoria y trazar un camino diferente, sin hacer caso del dibujo señalizado en el asfalto. Hace falta un conductor sagaz, eso sí, que sea capaz de manejarse en un entorno abierto, con una mirada más amplia que la que le servía en su recorrido encarrilado. Seguramente es una decisión que el conductor por sí solo no se atreva a tomar, pero quizás lo haga si cuenta con la colaboración de los pasajeros que, al fin y al cabo, son -somos- los primeros interesados en seguir nuestro viaje sin arriesgar nuestro pellejo.

En todo caso, lo que no muestra tener demasiado sentido es pensar que pueda llegar a haber tantos autobuses como para que todo el mundo encuentre un sitio en el que sentarse. A la vista está que hay demasiada gente esperando en la calle.

(artículo publicado originalmente en LinkedIn el 01.10.2020)

(foto: ina carolino on unsplash)

El elefante en el aula

Todos los lamentos de los últimos años en torno a la educación de nuestros hijos se resumen en que no sabíamos para qué mundo les estábamos educando. Simplemente porque no sabíamos hacia qué mundo nos queremos dirigir. Sin horizonte no hay estrategia ni mucho menos opciones de camino.

El gran colapso del que no se habla es el del sistema educativo. El covid19 nos ha abierto los ojos a la caída de nuestro sistema de garantías sociales por un lado evidente, el de la sanidad recortada, que ha dejado sin protección fundamentalmente a esa tercera edad que todos pretendíamos alcanzar con tranquilidad, con seguridad. Pero ha caído también por otro lado menos visible, el de la primera edad. Así, la población activa -o lo que queda de ella- miramos a un lado y otro de nuestro pasado y futuro sin comprender qué diablos nos ha ocurrido. En solo dos meses hemos descubierto no solo que el rey iba desnudo sino además completamente parcheado de prótesis para disimular sus muchas cojeras.

Si la única respuesta que somos capaces de articular es la de planificar distintos protocolos y escenarios de asistencia y distanciamiento de los alumnos para seguir “yendo” a clase, mal andamos. La primera pandemia global conduce indefectiblemente a un replanteamiento global de la sociedad, y solo se puede decir que ya era hora. Todos los lamentos de los últimos años en torno a la educación de nuestros hijos se resumen en que no sabíamos para qué mundo les estábamos educando. Simplemente porque no sabíamos hacia qué mundo nos queremos dirigir. Sin horizonte no hay estrategia ni mucho menos opciones de camino.

La sociedad de consumo fue perfilando la escuela por un lado como un confinamiento seguro de niños y jóvenes, aislados de las tareas y responsabilidades de los mayores, a diferencia de lo que ocurría en un pasado no muy lejano. Por otro, se fue desarrollando hasta sus últimas consecuencias el considerar la educación como una preparación para la carrera laboral, una taylorización de la formación en la que cada fase del aprendizaje solo tiene sentido si es útil para la siguiente etapa, abundando en un cortoplacismo que retrata a las sociedades capitalistas occidentales del último siglo.

¿Para qué sirve educar (es decir, conducir) si no se sabe el destino de la nave? Mientras acudimos apresurados a cortar las vías de agua se nos olvida que un barco a la deriva vale tanto como uno hundido. Metidos en la faena de reformar por causa de fuerza mayor el modelo educativo, ¿por qué no dedicar un poco de tiempo a pensar para qué mundo educamos? De paso es muy probable que consigamos no solo reeducarnos también nosotros sino llegar a crear esa nueva narrativa (ese nuevo mito, que diría Yuvari) que tanto se echa en falta.

(publicado originalmente en LinkedIn el 29.04.2020)

La pregunta

2006

Una noche de estas de verano madrileño, o de cambio climático, quizás no recuerde bien. Sí recuerdo que debía de ser en algún momento vacacional. Vivía entonces por el centro de la ciudad, cerca de la fuente de Neptuno. Había salido de casa para ir a cenar con algún amigo, con esa sensación placentera de caminar por la capital medio abandonada por sus nativos que ahora nos ha devuelto el covid, ya sin límites estacionales.

Mis pasos se encaminaban en dirección hacia la Carrera de San Jerónimo, en esa encrucijada tan simbólica que forman el arte del Thyssen, la política del Congreso y el joie de vivre del Palace. Precisamente llegando al chaflán donde se abre la entrada al hotel, hacia la parada de los taxis, me pareció distinguir el porte siempre elegante de Fernando Vega Olmos. O tal vez fue su voz inconfundible, con esa cadencia argentina, de timbre agudo, que él solía dejar a menudo en forma de respuesta suspendida en el aire.

“¡Fernando!”, alcé la voz desde la acera contraria. Y él alzó a su vez la cabeza, como buscando el origen de la llamada. “¡Fernando!” repetí, ya cruzando la calle y acercándome a donde se habían detenido él y las dos personas -un hombre, una mujer- que le acompañaban.

Incluso de cerca era evidente que yo tenía mucho más claro quién era él que a la inversa. No esperaba otra cosa, de hecho. La huella de Fernando Vega Olmos en mi vida (y sospecho que en la de muchos otros) había sido tan enorme como instantánea. Apenas nos habíamos visto tres veces, durante un brevísimo espacio de tiempo; un día en Santiago de Chile, otro en Buenos Aires, otro en Cannes. Tres momentos fugaces, envueltos en el ruido de un grupo en el que él era el centro de atención y los demás, afortunados espectadores.

Así que empecé tratando de recomponer las coordenadas esenciales como para que supiera -más o menos- con quién estaba hablando. En breve, cuando Fernando era el director creativo ejecutivo de Casares Grey, en Argentina, yo tenía una tarjeta de visita con un cargo prácticamente idéntico en Grey Chile. ¿Nos podíamos considerar homólogos? Sí, pero no. ¿Se entiende la distancia entre un director de cine, pongamos Billy Wilder, y otro director de cine, pongamos Álvaro Sáenz de Heredia (con todo mi cariño)? Pues eso. De esa distante cercanía surgieron nuestros encuentros, que no voy a extenderme en detallar innecesariamente.

Tampoco lo hice aquella noche. Una vez ubicados en el espacio-tiempo, simplemente le transmití el mensaje que había guardado durante años para él: “¿Sabes Fernando? Llevo tiempo queriendo agradecerte algo que hiciste, sin tú saberlo siquiera. Me enseñaste a hacerme la pregunta fundamental, y gracias a ello, cambiaste mi manera de entender la comunicación, de entender en qué consistía mi trabajo y, por tanto, mi modo de vida, que es tanto como decir, mi vida. Así que gracias, muchas gracias, de verdad. No os entretengo más. Que paséis buena  noche”.

Le di la mano a los tres, que apenas habían despegado los labios, me giré y retomé mi camino original. Aunque ya sabía lo que iba a ocurrir. Mentalmente iba contando… uno, dos, y… “¡Espera, espera, volvé!”. Sonreí para mis adentros y, con toda naturalidad, de nuevo recorrí la distancia que me separaba de ellos y me situé a su lado. “No te podés ir así”. No hablaba Fernando, creo que fue la mujer la que me lo preguntó. “¿Cuál era esa pregunta?”

Ahora sí sonreí abiertamente. En parte era extraño, aunque previsible, eso de devolverle a su propio autor así. subrayada, destacada, envuelta en papel de regalo, la frase que él mismo soltó un día entre mil frases más, sin darle importancia y que, sin embargo, había sido el origen de una revolución, una revolución de un solo hombre.

“Ah, sí. claro, la pregunta”. Reconozco que me gusté. Pero tengo bula. Gustarse ante un argentino es como hacerle un homenaje. Si hubiera tenido una matera en la mano la hubiera cebado con la misma parsimonia que empleaba don Isidro Parodi antes de responder. Pero no; hubiera sido demasiado teatro para tan poca obra.

La pregunta era… “¿Y esto… para qué lo quiere la gente?”.

Y ahí sí, di las gracias de nuevo. No esperé reacción. No la hubo. Me alejé. Hasta hoy, catorce años después, no he vuelto a ver a Fernando. Sí a saber de él, cómo no. Sí a hablar de él, con la misma gratitud de siempre. La del aprendiz que un día, en el taller del maestro, viéndole trabajar, entiende el significado que se oculta tras cada uno de sus trazos precisos, de sus composiciones admirables, e incluso de las que, sin llegar a serlo, siempre albergan un trozo de su esencia.

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2020

Veinticinco años hace que la escuché por primera vez, y ni siquiera de primera mano, sino como reproducción en una cinta magnetofónica de una reflexión en voz alta que el propio Fernando nos había hecho llegar desde Buenos Aires a nuestras oficinas chilenas, allá por el año 95 del siglo veinte.

Y veinticinco años después, en esa pregunta sigo descubriendo todas las respuestas que (me) hacen falta. Con nuevos matices, nuevos giros, nuevas luces, como un manantial inagotable y siempre sorprendente. No deja de maravillarme, eso sí, el que algo tan evidente siga permaneciendo invisible para tantos que creen trabajar en eso de comunicar. Cada vez que recibo un encargo (un “briefing” se dice en la jerga publicitaria) no hay ocasión en que no eche en falta el que alguien, en algún momento, se haya propuesto responder a esa pregunta. Es como si mirar a los ojos de esa gente a la que se le quiere vender algo, lo que sea, les diera miedo.

Tal vez el miedo de que, al mirarles, ellos mismos se sientan igualmente mirados, desnudos. Citando a Anaïs Nin: “las cosas no son como las vemos, vemos las cosas como somos”. O quizás, simplemente, es que a nadie le importa ya tanto lo que la gente quiere. Ya lo dijo el emperador: “que me odien siempre que me teman”.

Gracias, Fernando, una vez más.

 

Photo by Austin Chan on Unsplash

El príncipe y el principio

¿Cómo nacen las rebeliones que nos sirven de esperanza en la distopía? ¿Es ese germen de nobles ideales y heroísmo solidario y suicida que siempre nos han contado? ¿O ese es simplemente el mito en el que necesitamos creer? ¿Y si la chispa fuera algo más vulgar, más cotidiano, menos divino que humano?

Érase una vez un país muy, muy, muy lejano al que un vengativo genio maldijo con un hechizo terrible. Durante meses, los pobladores de aquella tierra lloraron la muerte de los miles a los que alcanzó una maldición que convertía cualquier soplo de viento, cualquier fría gota de lluvia en un veneno para los pulmones. Tanto, que el Príncipe que regía aquel país ordenó que todos sus habitantes se encerraran a cal y canto para no exponer sus vidas. Pero llegó el día que la última nube abandonó el cielo y el calor prendió en el suelo. La primavera inundó bosques y llanuras. Los animales se abandonaban a danzas de amor y festines de prado fresco.

Encerrado durante meses, un joven observaba aquella explosión sintiéndola reverberar en sus huesos. La joven a la que amaba había quedado atrapada en el momento de la orden regia en el extremo de la comarca más alejado de donde él vivía. Pero aquel sol, aquella vida que latía en el pecho del enamorado, no hacía más que reforzar la idea de su propia invulnerabilidad frente a cualquier brujería. En su mente dibujaba una y otra vez el retrato de su amada, cada vez con más temor a que con el tiempo se difuminaran los rasgos que conservaba en su memoria.

No lo resistió más. Una mañana salió al alba por la vía real dispuesto a llegar al pueblo de la joven antes de que anocheciera.

Para su sorpresa no era el único. A un lado y al otro de la carretera, entre los helechos y los eucaliptos, o despreocupadamente por el medio del camino, ahora abandonado de carruajes, diligencias y carretas, veía a otros jóvenes que, como él, parecían brincar más que andar, mimetizados con los corzos y las liebres de abril, lo que le llenaba de ánimo el corazón, a cada paso más y más convencido de que en el siguiente recodo podría ya divisar su destino.

Sin embargo, lo que irrumpió de improviso en aquella alegre marcha fue el retumbar de los cascos de caballo, decenas de ellos a juzgar por el violento redoble en el que el eco envolvía a los muchachos.

Tras el trueno llegó esta vez el relámpago, un batallón de la guardia ciudadana galopaba a su encuentro, desplegándose para reunir en un redil a todos los que habían desobedecido el decreto real. Una vez todos cercados, los guardias fueron preguntando el nombre y el origen de cada uno de los jóvenes, reagrupándolos para que cada guardia pastoreara a un grupo de ellos de vuelta a sus hogares. Muchos de los chicos obedecieron las órdenes pensando ya más en el disgusto venidero cuando sus padres les vieran aparecer en sus casas de tal guisa, como galeotes, que en el anterior deseo que sentían por ver cada cual a su enamorada. Algunos se resistían, sin embargo, a ser alineados en la humillante cordada, pero eran reducidos enseguida por los expertos guardias – sumados a algún que otro joven dispuesto a colaborar en la represión de su compañero de desdicha, intuyendo quizás un mejor trato, quién sabe si recompensa-. Entre los más rebeldes, el joven protagonista de nuestra historia se había enzarzado a puñadas con un guardia sorprendido por la fiereza con la que el chico peleaba por seguir camino. Tal era la decisión con la que lanzaba ora el puño ora la bota contra el guardia que esté había perdido la compostura y trastabillaba torpemente sin atinar ya a defenderse de los golpes que recibía. Otro de los guardias, al ver aquella escena, espoleó a su montura hacia donde se habían ido apartando del grupo los dos contendientes, temiendo que el éxito del joven envalentonara a los demás, que no perdían detalle desde sus hileras, como esperando que aquel combate decidiera el destino de todos.

Cuando ya parecía que se decantaría del lado del amor, se propuso el destino, como sabemos que suele hacer, burlar a aquel y cegar al joven con un rayo del mismo sol y que así no pudiera notar el galope del caballo que se le venía encima. Incapaz de contenerlo, el jinete tiró con fuerza de la brida de la bestia, que reaccionó al dolor alzando sus manos con tanta brutalidad que el joven apenas tuvo tiempo para notar en su sien el impacto del casco. Antes de caer al suelo ya su sentido le había abandonado, junto, tal vez, a un suspiro, una lágrima, una imagen tan fugaz como los retratos de su amada en los días de lluvia.

Y entonces, el silencio.

Ese instante eterno en el que el grito aún carece del aire que necesita para arrojarse al vacío.

La confusión de lo que ocurrió después contaminó cualquier información que pudiera ser tomada como veraz. No así el resultado. Ni un solo guardia sobrevivió a la oleada de ira, de miedo y deseo reprimido, que les arrasó como una hoz en agosto.

Cuando las noticias llegaron a palacio, el Príncipe montó en cólera y ordenó de inmediato la prohibición sin excusa ni justificación de que las gentes de su reino deambularan, se reunieran o conversaran con absoluta libertad, como hasta entonces.

De los jóvenes proscritos nadie volvió a tener conocimiento. Aunque se dice que…

… son cosas que se dicen, quién sabe qué hay de verdad en todo ello, que todos ellos se conjuraron para luchar hasta que su pueblo recuperara el derecho de caminar libres, y el sueño de encontrar su amor. Desde entonces se esconden, pelean contra las fuerzas del Príncipe, deshacen de noche lo que las autoridades ordenan de día y tienen su cabeza puesta a precio.

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Esta rebelión, ahora lo sabéis, no comenzó por un ansia de libertad o de lucha frente a la injusticia en la que ahora vivimos y nos gobiernan, continuó el anciano que veía sonriente el impacto que su relato había causado en los adolescentes que le rodeaban en torno al sillón que ocupaba. No fueron los nobles ideales los que prendieron la mecha de la rebelión. Fue simplemente un día de calor, un chico impaciente por hacer con su chica lo que la primavera hace con las flores, ya sabéis. Toda esa leyenda que en estos días del ya viejo siglo XXI nos cuentan los Bradburios, los Asimovianos y los Kadiques no nace de otro rasgo que pudiera ser más humano. Llamadlo puro instinto, hormonas, ardiente deseo o juventud, ahhh, qué locura. Pero… -y ahí les sonrío a todos con el ojo guiñado- ¿acaso se os ocurre que pudiéramos arriesgar la vida en rebelión si no fuera por lo que la primavera hace con los corazones?

 

Lo imposible

El coronavirus introduce un tipo de shock nunca antes visto (si no, no sería shock), el de la pandemia en la era digital, es decir en el momento en el que las medidas de control ya no es necesario que sean físicamente evidentes. Al margen de que se encuentre antes o después la vacuna y se salven más o menos millones de vidas, el clamor inmediato de la mayoría superviviente será una reedición del “nunca más”. Y la respuesta bien podría ser la de introducir nuevos protocolos de seguimiento y vigilancia médica que, aunque vulneren una capa más de nuestra intimidad, nos protejan de que se dé el caso de un nuevo paciente cero no detectado de cualquier futuro virus y capaz de iniciar otra pandemia en cualquier momento.

Cada crisis de seguridad, y la del coronavirus lo es, ha acarreado generalmente la misma serie de efectos. Son los mismos que, por mucho que se repita una y otra vez, sirven de soporte a la célebre “doctrina del shock”. La angustia y el terror provocado por el “choque”, ya sea la caída de las Gemelas, la de Lehman Bros o la gripe aviar conducen a un asombro paralizador en la población, noqueada por un suceso “imposible de creer”. Inmediatamente ese miedo nos revela la fragilidad de nuestras bases y creencias más sólidas, provocando un efecto dominó que “contagia” a todas nuestras referencias y asideros. Si algo que es imposible ha sucedido, entonces todo es posible.

Ahí es donde cualquier información es cuestionada y toda mentira valorada; se diluye la barrera que protegía nuestras certezas, y el cerebro, tanto el individual como el colectivo comienza a perseguir desesperadamente nuevas certezas para no perder pie y volverse loco. En esa ansiosa búsqueda el análisis tranquilo y meditado ya no tiene lugar. Los argumentos inmediatos y simples serán por tanto los más fácilmente aceptados, puesto que son los más deseados. Queremos una respuesta tan rápida como el rayo que nos acaba de partir por la mitad.

Es en este momento cuando somos capaces de aceptar las proposiciones más radicales, las mismas que hubiéramos rechazado con indignación cinco minutos antes del impacto. De la caída de las Gemelas surgió un nuevo protocolo de vigilancia de las transmisiones entre ciudadanos que nos hubiera recordado a las escuchas de la Stasi y que hoy ya vivimos como algo natural. De la crisis financiera del 2008 surgió un nuevo marco de relaciones laborales que terminó casi por completo con las garantías alcanzadas por décadas de lucha obrera y estado del bienestar, entre otras mil consecuencias, algunas de mucho más calado aunque menor visibilidad aparente.

En cada caso, las crisis conducen a una petición clamorosa de mayor seguridad, mayor vigilancia, mayor control para que no nos vuelva a ocurrir lo mismo. En cada crisis cedemos una parcela de libertad a cambio de una mayor dosis de seguridad; una obligación más, un derecho menos. Nada nuevo bajo el sol.

El coronavirus introduce un tipo de shock nunca antes visto (si no, no sería shock), el de la pandemia en la era digital, es decir en el momento en el que las medidas de control ya no es necesario que sean físicamente evidentes. Al margen de que se encuentre antes o después la vacuna y se salven más o menos millones de vidas, el clamor inmediato de la mayoría superviviente será una reedición del “nunca más”. Y la respuesta bien podría ser la de introducir nuevos protocolos de seguimiento y vigilancia médica que, aunque vulneren una capa más de nuestra intimidad, nos protejan de que se dé el caso de un nuevo paciente cero no detectado de cualquier futuro virus y capaz de iniciar otra pandemia en cualquier momento.

¿Quién se opondría hoy a que a partir de ahora todos tengamos que llevar un chip subcutáneo que informe de nuestro estado de salud en tiempo real si con eso tenemos la seguridad de que otro posible coronavirus no llegue nunca a propagarse como lo ha hecho el actual? ¿O a que, como en la película Gattaca, se haga un análisis de sangre o saliva todas las mañanas al entrar en el trabajo, o en cualquier espacio público, empezando por los colegios de nuestros hijos? ¿Quién se negaría si además le ofrecen la ventaja de descubrir a partir de ese momento el primer indicio de una posible enfermedad, con el consiguiente ahorro de dinero en medicamentos y de malos tragos?

¿Quién pensaría en los efectos secundarios de ese control tan saludable? Efectos que podemos suponer y también otros que comienzan a incurrir por el camino de la distopía. ¿Acaso no se da acceso y publicidad de la morosidad financiera de cada uno y se elaboran las famosas “listas negras” para que los demás queden avisados? ¿Por qué no, en aras de la misma prevención, se pueden plantear esos perímetros de protección respecto a nuestras “deudas” de salud? Suena imposible, ¿verdad? Todo lo distópico lo es hasta que buscamos respuestas desesperadas a lo que no esperábamos que nos ocurriera.

Por estirar un poco más el argumento morboso de ahondar en lo imposible. Algunos países como Italia o España han decretado el confinamiento preventivo de la población en sus domicilios, una medida que hemos recibido con mucha menos angustia (incluso con alivio) que en casos similares del siglo pasado gracias a la existencia de herramientas digitales que permiten el teletrabajo. Avancemos un poco en el tiempo, la crisis del sistema sanitario se ha superado, y toca volver a nuestro puesto en el lugar de trabajo. ¿Pero quién nos garantiza que cualquiera de nosotros no tenga una enfermedad indetectada y que no estemos en riesgo de que todo vuelva a empezar? ¿Quién asegura que no late una cepa vírica dormida en el organismo de cualquier trabajador que pueda activarse en el momento menos pensado? Sería sano que todos demostráramos nuestra buena salud cada día, ¿verdad? Por todos nuestros compañeros y por nosotros los primeros. En caso de duda, además, mejor mantener la distancia de seguridad. ¿Por qué no aprovechar para eliminar puestos de trabajo que se han demostrado innecesarios durante la crisis? ¿Por qué no reducir el exceso de plantilla aprovechando que es “por la salud de todos”? ¿Y si muchos de los que hemos salido un día de la oficina ya no pudiéramos volver a entrar y fuéramos señalados por ello no como víctimas sino como potenciales culpables?

La conspiranoia habitual es la que dice que el objetivo de la guerra biológica -considerando el coronavirus como parte de esa guerra- es el de diezmar a la población. Es una hipótesis que abunda en la doctrina del Club de Roma y de otros lobbies que apuntan a la superpoblación del planeta como el gran factor responsable de nuestros problemas. ¿Pero acaso no ha sido la cantidad la que nos ha conducido a la multiplicación exponencial de nuestras capacidades, también las científicas y tecnológicas? Es difícil separar lo que es problema y lo que no lo es a la hora de analizar una situación. Intervienen aspectos tan difusos como situar temporalmente el inicio y el fin del período a analizar o los rangos de lo que podríamos considerar “excesivo”. Pecando de redundante, excesivo es lo que nos supera, lo que excede a nuestro control. La población, en ese sentido, no sería ni mucha ni poca sino controlable o incontrolable. Aquí es donde el objetivo de una guerra biológica difiere del de las guerras de los siglos pasados, no tanto el de causar bajas como el de imponer medidas de control de la población cada vez más estrictas. Basta acudir a la Máquina de “Matrix” para aventurar el límite último de ese escenario de millones de individuos sometidos al máximo nivel de confinamiento posible.

Dejando ya el terreno de la distopía, la crisis del coronavirus es sanitaria, de seguridad y, sobre todo, de confianza, como lo han sido todas las crisis previas, la del terrorismo islamista, la de Lehman, las medioambientales, la de los refugiados sirios, etc, etc. Crisis por capítulos de un modelo de civilización en declive y transición hacia otro muy diferente.

La del coronavirus es la primera pandemia, además, que hemos transmitido por las redes sociales en este nuevo multiverso mediático en el que todos somos emisores y receptores simultáneos. El big data que estamos generando, una vez analizadas sus dimensiones y correlaciones va a permitirnos, por ejemplo detectar los indicios previos a enfermedades como nunca antes, pero también va a permitir perfeccionar el conocimiento previo de la velocidad y forma de propagación de una noticia alarmante, así como de su impacto en todos los ámbitos (financiero, social, político…), y sobre esos modelos realizar nuevos “ensayos” de choque y modelos de predicción más certeros.

El factor social media supone un paso más, también, en la escala de eficiencia a la hora de infundir alarma, ansiedad, miedo… en una población. Apenas hace medio siglo la inversión necesaria para someter a la población de un país era enorme. Baste recordar la de millones de dólares y miles de vidas humanas que se cobró el ejercicio de poder y control de la población de Argentina, Bolivia, Chile y otros países latinoamericanos mediante golpes militares y dictaduras. El coste de financiar corrupción, policías paralelas, asesinatos selectivos o indiscriminados, ocultación de pruebas, propaganda, desinformación, impunidad… era considerablemente más elevado que el que hoy se necesita para mantener a la población de todo un planeta asustada en sus casas y pidiendo árnica en forma de leyes cada vez más restrictivas con la libertad individual. Gracias a la globalización acelerada de los medios de comunicación, el efecto dominó del miedo y la desconfianza es hoy más accesible y barato que nunca.

Cada vez cuesta menos colapsar un sistema enormemente interrelacionado como es el actual escenario global. A eso se refería Asimov en su “trilogía de la Fundación”; cuanto más intradependiente es el sistema, más rápido es su colapso. La del coronavirus no es una crisis sanitaria, es otra cara más de una crisis de sistema. Quizás toque aquí aprender precisamente de los expertos en ciberseguridad, que son los que se enfrentan con asiduidad a virus tan imprevisibles y globales como el actual. ¿Cuáles son los “cortafuegos”, los almacenes de respaldo, los cambios de hábito que necesitaríamos habilitar para que no lleguemos a un apagón de nuestro sistema de derechos tan brutal que después, tal y como ocurrió con la caída del Imperio Romano, nos cueste muchos años, demasiados, en volver a reiniciar? Por el momento, creo que voy a aprovechar este momento de impasse para volver a ver “Las uvas de la ira”, de John Ford, aunque solo sea para no olvidar lo inolvidable.

 

 

Elegidas para la gloria

Hay algo en esta constante llamada a la paridad de género que me resuena anacrónico. Imaginemos que pidiéramos que todos los pasajeros del Titanic tuvieran pasaje de primera. Sin duda es una ambición honrosa, legítima. ¿Pero de qué servirá que todos -mujeres y hombres- estemos confortablemente instalados en nuestro camarote de lujo mientras el barco se hunde? ¿Por qué no dedicar todo este tiempo y esfuerzo a inventar, a crear el mundo que queremos en vez de a combatir el mundo que no queremos? ¿No sería ese precisamente el modo de actuar arquetípicamente masculino?

Inspiring Girls es una fantástica iniciativa que tuve la suerte de conocer al poco tiempo de su andadura. Parte de una premisa muy sencilla, la de que lo que no se ve no existe (por eso dicen que nunca nos hubiéramos imaginado a Obama en la Casa Blanca si Morgan Freeman no nos lo hubiera hecho creíble antes en el cine). De este modo han conseguido que en muy pocos cursos muchas niñas hayan recibido en sus aulas la visita de mujeres que han desarrollado su carrera académica y profesional en lo que se conoce como STEM por sus siglas en inglés (Science, Technology, Engineering and Mathematics). Las cifras oficiales que muestran la enorme distancia entre hombres y mujeres a la hora de acceder a ese tipo de estudios no hacen otra cosa que darles la razón, y la respuesta y repercusión de su propuesta ha sido magnífica. Es buena señal, puesto que nos permite reconocer que esas vocaciones inexistentes son en gran medida reflejo de un modelo de sociedad y educación que las ha truncado cuando nuestras hijas aún se encuentran cursando la secundaria.

Con ese mismo objetivo me gustaría aportar una pequeña reflexión a la causa “inspiradora”. Desde siempre, mucho antes de que hubiera sensibilidad alguna respecto a la brecha de género, hemos escuchado, nos han enseñado, que uno “tiene que valer” para algo. Si no “vales” para Ciencias, para Letras, nos decíamos. Si no vales para “Letras puras”, pues para “Mixtas”, y así sucesivamente, hasta el punto de que, consecuentemente, uno mismo acababa por renunciar, rechazar y hasta repeler cualquier contenido que no fuera aquel que le aceptara como “válido”. Ya sabemos lo difícil que resulta persistir en el amor no correspondido, y lo escasa que anda la autoestima en la pubertad. A partir de ahí, la generación de estereotipos es inevitable, los de Letras nos convertimos en profesionales de lo intangible, de lo poco práctico, inútiles para el mundo real, creativos o soñadores o ilusos, cuando no ratones de biblioteca y eruditos de lo que al hombre de la calle ni le va ni le viene. Y los de Ciencias, cuadriculados, calculadores, racionales, fríos, aburridos y -si hablamos de ingenierías- algo sobrados.

Pero esa pregunta, ese “para qué valemos” tan aparentemente inocuo guarda más veneno del que parece. Al formularla descargamos la responsabilidad de ser útil en la persona y no en la disciplina. Es como si se estableciera desde un principio que la ignorancia de una materia le restara a uno mismo la posibilidad de evaluar aquello que estudia. Somos nosotros los evaluados, los medidos, los cuestionados.

El mismo concepto de Inspiring Girls parece venir a subrayar esa inercia al poner el foco en afirmar y reafirmar a las niñas que sí, que por supuesto, que ellas “valen” para ciencias y tecnológicas, que no se desanimen por la aparente invisibilidad femenina en esas áreas. Entre líneas de un mensaje de respaldo (más que necesario, sin duda) se cuela el mismo estado de conciencia con el que se generó el problema, el de un modelo educativo que cuestiona al niño (la niña, en este caso) de manera unívoca, sin aceptar a cambio cuestionamientos sobre sí mismo.

Dicho de otro modo ¿por qué nunca se escucha la pregunta de para qué les vale a las mujeres la tecnología, la ciencia o las matemáticas? Damos por sentado que son valiosas en sí mismas, pero lo son dentro del contexto de un mundo en el que predomina lo masculino. Las ciencias que estudiamos y la tecnología que desarrollamos no han nacido en una atmósfera aséptica sino en un entorno concebido según una mentalidad cargadita de testosterona. Los hombres no nos preguntamos para qué nos sirven las STEM, claro que no, ya lo hicimos hace mucho, mucho tiempo. Las fuimos creando a nuestra imagen y semejanza, sin contar con las mujeres (no tengo nada que objetar al respecto; ese empeño de algunos en enmendarle la plana a la Historia es una de esas obsesiones ridículas que solo sirven a intereses muy particulares).

El caso es que cuando les pedimos a las niñas que abracen la vocación STEM en realidad las estamos invitando a cuestionarse si “valen” para estudiar unas materias descritas y desarrolladas para un mundo que ni ha pensado en ellas ni ha sido pensado por ellas. Suena un poco exagerado, claro que los avances científicos sirven para todos, nos sirven a todos, hombres o mujeres, me diréis. La penicilina no distingue el género de la persona a la que cura. Por supuesto que no, pero no hablo de quién se beneficia, sino de dónde nace. Por poner algunos ejemplos, no eran las prioridades femeninas las que impulsaron la revolución náutica del milcuatrocientos o la industrial del milsetecientos, ni muchas otras que han cambiado el mundo y, aún más, lo han orientado a seguir pensando y avanzando en la misma determinada y determinante dirección.

Asumo que es una afirmación algo rotunda, esta de que el pensamiento científico y tecnológico llega con el cromosoma XY de serie. Pero si lo pensamos abstrayéndonos por un momento de los tópicos del debate de género en el que nos dejamos envolver recurrentemente (y me consta que no es fácil) basta recordar que los grandes avances científicos se desarrollan en un mundo en conflicto permanente -ya sea luchando contra otros como nosotros, o contra los límites del propio mundo-. No creo que esta sea una hipótesis nada arriesgada, ya que tiene hasta una escena icónica, la del primer arma enarbolada por un primate que termina transformándose en una estación espacial. El gran Arquímedes recibió un estímulo más que suficiente para su polifacética actividad como científico durante el asedio de Siracusa. Replicando esa capacidad de elipsis de Kubrick, desde la Siracusa antigua nos catapultaríamos a un invento, Internet, nacido en el Departamento de Defensa de EE.UU y al que le debemos buena parte de esta llamada a las filas del STEM que hacemos hoy a nuestras infantas. E incluso dando un paso más allá, hasta llegar a lo que Yuval Noah Harari ha llamado en Davos 2020 “la carrera de la Inteligencia Artificial”(después de la nuclear y la espacial), en la que los contendientes “pelean”, una vez más, por acelerar el dominio de un nuevo tipo de armamento que les permita afianzar su hegemonía sobre el resto del mundo.

Ahora que fabricamos máquinas inteligentes ¿qué tipo de pensamiento inteligente les estamos enseñando, ese que se deriva de un paradigma “masculino”, es decir, competitivo, conquistador, agresivo? ¿No cabe pensar el que pudiera surgir un pensamiento científico que nos ayude a crear tecnología desde otro lugar de nuestra mente? ¿Un pensamiento científico femenino desde el origen, concebido no desde el combate y la defensa territorial sino desde la creación de vida? Y no estoy refiriéndome a hombres y mujeres, espero que se me entienda, sino a masculinidad y feminidad. Al igual que hay mujeres desarrollando e incluso liderando maravillosamente una ciencia creada desde lo masculino, en esa otra ciencia de raíz femenina caben por igual hombres y mujeres.

¿Por qué no les preguntamos a las niñas para que les “vale” a ellas la ciencia? ¿Para qué creen ellas que debiera “valernos” a todos? (la pregunta no es ¿para qué quieres ser científica?, el matiz es importante en esta ocasión). Quizás así muchas de ellas sientan que no se las evalúa para entrar en un mundo ajeno, sino para construir uno propio. En todo caso, la pregunta debiera servirnos a todos nosotros. Estamos viviendo un momento que nos obliga a cuestionarnos. ¿Para qué nos vale la tecnología, la ciencia? ¿Para ahondar en lo que hemos sido y hecho hasta ahora como sociedad, como pobladores de este planeta?

Tenemos la oportunidad de inspirar a millones de mujeres que han renunciado a la tecnología, y no solo para sumarse a lo que ya hemos probado sino sobre todo a mostrarnos lo que tanto nos está costando descubrir.

 

P.S. No puedo menos que citar como otra fuente de inspiración el emocionante libro de la polifacética Elena García Quevedo, “El viaje de las mujeres”, apasionante crónica de un descubrimiento que va más allá de lo personal y nos permite escuchar la voz de las “ancianas de la tribu” en medio de este ruido mediático en el que muchas veces se convierte el necesario diálogo -que no lucha- de los sexos.

Sin esperar a Godot

A “Esperando a Godot” se le acerca el teatro con miedo de tocarlo, como a una pieza de cristal en un museo, como a una reliquia. En los montajes suele haber levitas y trajes de época y un deje antiguo, como de sociedad preindustrial, abundando en la mirada tristona, estupefacta, de pobre hombre pobre. En cambio, pocas veces se juega en el montaje con el concepto de que el tiempo no exista.

Después de ver la obra el pasado sábado en el Teatro Bellas Artes de Madrid, esta mañana me desperté con Godot.

El tema de Godot, los temas de Godot. cómo plantearía yo el montaje o mejor dicho cómo salir de la trampa que supone el montaje clásico, tan perfecto en su sencillez que deja al espectador como oyente del texto del autor, con interpretación, sí, pero sin reinterpretarlo. Por eso lo llamo trampa, porque en su montaje de carácter tan expositivo, esos dos personajes que recitan el parlamento y se mueven subrayando lo que dicen, se pierde la posibilidad del Godot que es, no solo el que se cuenta.

A primera vista el concepto fundamental es el de la espera. Está en el título y eso parece que hacen los actores y hacemos los hombres, rebuscar en la caja de Pandora hasta que solo queda en el fondo la esperanza. Como en los tanguillos de Antonio el Chaqueta, “esperando al porvenir y el porvenir nunca llega”. En la espera ilusoria se basa el montaje clásico que desemboca de un modo inevitable en la autocompasión y en la ternura hacia esos personajes que se parecen tanto a nosotros, a nuestras ilusorias estratagemas para darle sentido a algo que solo descubriremos el día que ya no nos sirva para nada. El fatalismo existencialista de Godot ha sido la piedra sobre la que se ha levantado su mito. Se incide en ello con una vestimenta que nos condiciona la mirada, como si asistiéramos a personajes de Brecht, de Zola, pobres hombres en medio de la nada fría, del páramo desangelado.

Sin embargo la espera es en realidad solo un pretexto; el espejo, el reflejo de la auténtica ilusión, el gran invento de la humanidad, que el tiempo sea aprehensible, concreto, que se pueda calcular, medir, que haya un reloj y un calendario. La frase en la que Beckett desvela su pensamiento es cuando Pozzo se enfurece, ya casi al terminar la obra “¿No ha terminado de envenenarme con sus historia sobre el tiempo? ¡Es insensato! ¿Cuándo! ¡Cuándo! Un día, ¿no le basta? , un día como los demás, se volvió mudo, un día me volví ciego, un día nos volveremos sordos, un día nacimos, un día moriremos, el mismo día, el mismo instante, ¿no le basta esto? (Más reposado.) Dan a luz a caballo sobre una tumba, el día brilla por un instante y, después, otra vez la noche.

Toda la obra está plagada de referencias temporales que desembocan en ese exabrupto. Se hace de noche, se habla de ayer, de mañana, de lo rápido que se pasa el tiempo cuando uno se divierte, de la primavera repentina de un árbol que estaba muerto, invernal. He ahí otra clave, que sí está tocada -aunque no de un modo explícito- en los montajes de carácter más físico, más circense, y es que todo es un juego, un artificio para matar el rato, un no-lugar en un no-tiempo, o lo que es lo mismo, la infancia. Estragón y Vladimir son dos niños a los que se les ha dicho que esperen. Los niños no saben medir el tiempo, simplemente lo viven. Mucho o poco, mañana o noche, ayer u hoy son referencias tan abstractas como cuando repiten cada cinco minutos en los viajes si faltará mucho para llegar. El tiempo es solo una percepción que los mayores han fragmentado y compartimentado de un modo absurdo, ya lo decía Einstein (“la única razón de ser del tiempo es que no todo suceda a la vez”). Mientras, juegan. A ahorcarse, a burlarse de los gestos de los mayores, a bailar, a hacer que piensan como cuando los mayores se vanaglorian de sus reflexiones, ridículamente, a contar el mundo en definitiva como lo viven, como esa paliza que les han dado, como las fantasías de Felipe, el impenitente soñador de las tiras de Mafalda. Godot es uno de esos fantasmas con los que los niños obedecen a los mayores, como el coco, o el hombre del saco, o papá noel, o todo lo que les decimos (nos dicen) para que nos estemos quietos un rato y no molestemos.

No lo sé, quizás lo haya habido, pero por lo que veo en youtube de otras puestas en escena a Godot se le acerca el teatro con miedo de tocarlo, como a una pieza de cristal en un museo, como a una reliquia. En estos montajes teatrales suele haber levitas y trajes de época y un deje antiguo, como de sociedad preindustrial, abundando en la mirada tristona, estupefacta, de pobre hombre pobre. En cambio, pocas veces se juega en el montaje con el concepto de que el tiempo no exista. Lo dicen los personajes, durante toda la obra, pero aún más se subraya en la frase final, en ese “vámonos” tras el que ninguno se mueve (en la obra original, al menos, como última acotación del autor). Beckett está diciéndonos que nada de lo que dice el texto deba ser tomado al pie de la letra, son solo palabras para llenar el vacío, igual que actuamos para llenar el tiempo. Por eso digo que hay un montaje posible en el que el tiempo se presente como lo que es, como una fantasía de los personajes y no esa única referencia concreta en el no-lugar en el que aparecen. Le falta, creo, al montaje clásico la valentía de asumir que no haya necesidad de darle ninguna referencia al espectador, de quebrárselas todas, una a una, de enfrentarle, en definitiva al hecho brutal de que todo es incierto.

¿Cómo? Si empiezo por el principio, haría la lectura como si Estragón y Vladimir fueran dos niños de seis o siete años, con su crueldad e inocencia mezcladas, con su capacidad para desprenderse el uno del otro y reencontrarse al minuto siguiente como si fueran inseparables, con  su ánimo para ahorcarse diciéndolo risueños, un “¿nos ahorcamos?” alegre, divertido, no depresivo o abúlico. El propio Beckett lo refuerza en ese razonamiento que pone en su boca sobre quién debiera ser el primero en colgarse de la rama…

Cuando lo leen dos niños, el texto de Godot se vuelve tremendamente natural, mientras que, paradójicamente, en la lectura “naturalista” que nos ofrece el montaje clásico, el texto se presenta como el absurdo con el que suelen asociarlo. Claro que se ve absurdo, porque entre adultos, esos parlamentos nos muestran a dos pobres desamparados, nos llevan a autocompadecernos dentro de una visión de la existencia que interpretamos como metafórica. Pero como niños, no, como niños, cabe un montaje más alegre en apariencia, más trágico en el fondo, el del disfrute de la vida mientras somos ignorantes, desprovista de esa trascendencia con la que se recarga (algo reiterativamente, como un axioma incontestable) cada vez que se sube el telón de Godot. Pozzo se rebela en su ceguera, porque actúa como un niño que ya dejó de serlo (de ahí su ceguera), que ya no puede volver a ver la vida como un juego sino que se ha dado cuenta de su verdadera crueldad, la de que todo sea un instante sin sentido. Mientras era un niño que jugaba a esclavizar a otro, usando las cosas que había encontrado como símbolos de “poder”, la cachimba de su padre o los restos de pollo de la comida, seguía jugando, y no se quería ir. Cuando vuelve ya no es un niño, es un adolescente que ha perdido la visión infantil. Ahora ya tiene prisa por marcharse, ya es esclavo del tiempo, ya la vida le arrastra, ciego.

¿Por qué no ser coherentes dentro de Godot en vez de en su periferia? ¿Por qué no abrazar que el no-lugar tiene un no-tiempo y que, al igual que en las matemáticas, el valor negativo es de igual magnitud que el positivo en términos absolutos? Desde ese ángulo, toda referencia es inútil, y las palabras, como en los juegos infantiles, no son un texto rígido al que obedecer en su significado, sino el atropellado discurso de quienes practican los códigos sin asociarlos demasiado firmemente a ningún contexto, a ninguna obligación real. Hacer lo contrario a lo que se dice sería más godotiano que ese esfuerzo de encajar los actos con las palabras que se percibe en el montaje más tradicional. El texto de Godot no es absurdo, ni siquiera metafísico. Lo es en nuestra interpretación de la manera en la que nos lo han servido, pero el texto en sí es de una naturalidad aplastante cuando lo tomas como un juego de niños, y todo fatalismo, por tanto, se desvanece.

Antonio Vega, “Esperando nada”

Nota: el propio Beckett se lamentaba de los montajes de su obra, “malinterpretada” decía, e incluso llega a revisar el texto treinta años después de su primera publicación con el fin de mejorar su visualización. Tampoco parecía que fuera para tanto. En 1985 dirige él mismo una puesta en escena de Godot, en la que no aparece esta reinterpretación que planteo. Podría ser señal de la grandeza de su obra, que permite visiones muy distantes a la de su creador :). Podría ser asimismo señal de que el autor se sirviera de los personajes como voceros de su texto y que le fuera incluso más imposible que a ningún otro el distanciarse de sus palabras, perderles el respeto y asumir que la obra una vez en escena se comportara como un animal salvaje, que obedeciera más a su instinto que a su criador.

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“Waiting for Godot: Character Studies”, Paul Lawley (2013)

Todos los ornitorrincos sois iguales

Si los hombres y mujeres somos tan diferentemente iguales entre nosotros (y nosotras), y lo venimos siendo desde que guardamos memoria, ¿no será por algún motivo que parece que se nos escapa -pero mucho- a la hora de reeditar cada nuevo episodio de la batalla de los sexos? Es sabido que todo lo que acarrea nuestro cuerpo, lo tangible y lo intangible, ha sido profunda y cuidadosamente entretejido para cumplir con nuestra misión superviviente. Lo que nos lleva a preguntarnos de modo insoslayable… ¿a quién diablos beneficia que las mujeres sean lloronas y los hombres ariscos? Pues a nosotros mismos, a quién si no.

Por mucho que el ornitorrinco sea una especie tan sorprendente, tan excepcional, no hay que pasar por alto que una vez circunscritos a su especie todos los ejemplares son muy similares entre sí. Todos ellos son capaces de hazañas tan extraordinarias -para un mamífero- como oler bajo el agua, o detectar a sus presas por los campos eléctricos que generan al moverse, por no hablar de su pico de pato o de sus espolones venenosos (esto último solo los machos, hay que admitir). En ellos, los ornitorrincos digo, la evolución de las especies parece haberse ensañado con especial mimo. Sin embargo, pocas veces habremos escuchado a algún naturalista, ni siquiera a uno de esos naturalistas ingleses -ya se sabe a qué me refiero- acusar a ningún miembro de tan singular especie por ser tan semejante a cualquiera de sus semejantes. Fuera del campo de los especialistas, tampoco existe mención ni registro conocido de nadie que haya pronunciado jamás la frase “todos los ornitorrincos sois iguales”.

De hecho, si nos paramos a pensarlo, tampoco el resto de animales, sean más o menos originales o extravagantes que nuestro querido ornitorrinco, se han hecho acreedores de una sentencia como esa. Que se sepa, ni siquiera las dueñas de periquitos, arquetípicas ancianas atentas y vigilantes ante cualquier comportamiento poco edificante, se han atrevido a exclamar con tono crítico “desde luego, es que todos los periquitos sois iguales”. Claro que no -me parece escuchar-, cómo vamos las personas sensatas a negarnos a acatar las leyes de Mendel o Darwin con la máxima devoción. No tendría sentido alguno hacerlo -pensaremos- y así sería si no fuera porque toda esa coherencia evolutiva salta por los aires en el momento en el que nos topamos con la única especie animal a la que no dudamos en señalar el que todos sus ejemplares se comporten del mismo modo.

Si hay alguien en la sala que no haya escuchado jamás alguna queja del tenor de “¡Todos los hombres sois iguales!” o “¿Has visto? ¡Es que todas son iguales!” le animo a dejar de leer este texto porque no va a entender nada de lo que sigue (de hecho, la elevada probabilidad de que se trate de un sujeto proveniente de otra galaxia, ya lo sé, hace de este aviso algo innecesario). Por si acaso queda algún despistado (o despistada) debo subrayar que esas exclamaciones no se refieren a la sonora proclama revolucionaria sobre la merecida igualdad de los hombres (y de las mujeres), no. Por favor, no nos imaginemos a ningún prócer de ninguna patria enardeciendo a las masas y gritando libertad. El tono en el que hay que leer -y entender- las expresiones al inicio de este párrafo, es el de un cotidiano, cansino y casi siempre destemplado reproche. Lloramos y estallamos de ira, lamentamos y despreciamos el comportamiento de quienes no solo pertenecen a ese otro género de nuestra misma especie sino que además se empeñan en restregarnos por la cara esa diferencia con cada pequeño gesto de sus vidas.

¿Qué queremos decir cuando nos increpamos el que los hombres (o las mujeres) seamos todos -y todas- iguales? Sin pretender un análisis excesivo, parece claro que por “igualdad femenina” nos referimos a todos aquellos rasgos reflejo de una emocionalidad exacerbada, lo que los incorrectísimos hombres de ciencia del siglo XIX llamaron hysteria, pasar de la risa al llanto sin solución de continuidad, sufrir hasta el desplome por causas que los hombres consideramos nimias, inexistentes o, directamente, tontas. Por “igualdad masculina”, es evidente (como acabo de demostrar en la frase anterior) que aludimos (ellas aluden) a ese doloroso desapego, esa frialdad con la que los machos nos negamos una lágrima, a ese no fijarnos en un detalle de la decoración doméstica o en el nuevo peinado, a conformarnos con la respuesta más sencilla, a ser unos animales sin ánima, sin sensibilidad. Si hay algún rasgo que nos diferencia es -precisamente- nuestra indiferencia.

Sí, los hombres y mujeres somos igualmente diferentes… (Perdón, no pretendía afirmarlo, solo iniciar una hipótesis, así que empiezo de nuevo). Si los hombres y mujeres somos tan diferentemente iguales entre nosotros (y nosotras), y lo venimos siendo desde que guardamos memoria, ¿no será por algún motivo que parece que se nos escapa -pero mucho- a la hora de reeditar cada nuevo episodio de la batalla de los sexos? Volvamos a Darwin por un momento, que nos enseñó aquello de la selección natural, o lo que es lo mismo, lo de adaptarnos para reproducirnos con éxito.  Cuando una condición o un comportamiento se repite hasta el infinito, las leyes de la evolución dicen que debería de ser por alguna razón suficiente y necesaria; es sabido que todo lo que acarrea nuestro cuerpo, lo tangible y lo intangible, ha sido profunda y cuidadosamente entretejido para cumplir con nuestra misión superviviente. Lo que nos lleva a preguntarnos de modo insoslayable… ¿a quién diablos beneficia que las mujeres sean lloronas y los hombres ariscos? Pues a nosotros mismos, a quién si no.

El ser humano es muy poquita cosa, no nos engañemos. Le quitas el techo, la ropa, el coche y el móvil (y las copas del sábado, la paella o la barbacoa, las pistolas, las cervezas y algún que otro añadido más a título personal) y se queda en nada, la mirada perdida, la sonrisa inerte de las estatuas griegas, en fin, nada entre dos platos. Portamos en nuestro cráneo un cerebro que es de admirar, por supuesto, pero en lo que a la comparación con otros animales (ornitorrincos incluidos) se refiere, tal cual somos, así, en pelota viva tenemos menos probabilidades de salir indemnes de una selva que una croqueta de una boda. Dieciocho años se estima que necesita el homo sapiens sapiens para emanciparse de su núcleo familiar (escucho risas entre los padres que alojan treintañeros en sus domicilios), el doble de tiempo que nuestro primo primate más cercano, el chimpancé. No digamos si nos referimos a nuestro mejor amigo, el perro. Basta el paso de una camada para que la hembra enseñe sus colmillos a alguno de sus hijos pródigos que se le ocurra volver a sus pechos con la idea de reclamar el sustento del que disfrutan sus hermanos neonatos. El instinto maternal dura lo que tiene que durar, ni más ni menos. El de la hembra humana igual, pero más tiempo. Esos dieciocho años de cuidados intensivos han exigido durante cientos de miles de años un nivel de amor de madre por parte de las féminas de nuestra especie absolutamente fuera de toda medida. Atención de día y de noche, quitarse el pan de la boca, sacar fuerzas de flaqueza y otras capacidades sobrehumanas y, más que nada, amor, amor, amor en proporciones que rebasarían las obras completas de Corín Tellado. Alguien tiene que querernos tanto, pero tanto, tanto, como para que nos sintamos protegidos durante dos décadas sin asomo de duda. Y ese alguien es mamá.

¿Y el amor de padre? Pues igual, pero distinto, completamente distinto. Pensemos en ese Juan Cromagnon que se dispone a salir un lunes por la mañana para emprender su jornada de caza. Imaginémosle con el mismo nivel de afectividad que a su compañera de caverna, allí en la oquedad de un risco, enarbolando la lanza y pensando si podrá conseguir alguna presa antes de que se fije en ella algún gran felino u otro depredador de la sabana. De pronto oye a uno de sus cachorros berrear, o le sale a despedir otro, y se abraza a sus piernas mientras eleva la mirada y la sonrisa a su progenitor. Con un “corazón” según el patrón femenino, tengamos por seguro que ese hombre no sale de la cueva en lo que queda de día, de noche y hasta de semana. ¿Y entonces, quién trae la carne sesenta mil años o más antes de la invención del carrefur? Para demostrar su amor, el pobre Juan Cromagnon tendrá que ocultar sus emociones hasta olvidarse él mismo de poseerlas.

Por supuesto que los hombres no lloran (salvo el muy denostado Boabdil), está claro que las mujeres son de lágrima fácil (salvo la madre de Boabdil), pero no le echemos la culpa de eso a la educación hetero-patriarcal ni a disney ni a douglas sirk, ni siquiera a nuestros respectivos papá y mamá. Porque ese pequeño humanoide de apenas unos kilos de peso, desprovisto de colmillos, garras, pelo, pico, plumas, caparazón, veneno, o lo que sea que le pudiera servir de kit de supervivencia, necesita que ambos, madre y padre, compartan su crianza y se repartan las funciones al interior y exterior del hogar, o si queremos verlo de otro modo, al interior y exterior de sí mismos. Y no solo lo hemos necesitado en la Edad de Piedra sino al menos hasta que se hicieron sentir los efectos de las sucesivas revoluciones industriales, sobre todo la electrónica, es decir, a partir de que la fuerza bruta dejó de ser una cualidad preferente a la hora de brindar alimento a la prole, y la mujer se fue incorporando paulatinamente al entorno laboral. Hace muy poco tiempo desde que se aceptó la baja paternal por maternidad como para que hayamos conseguido vencer milenios de bipolaridad sentimental.

Así las cosas, el conflicto ¿es inevitable? Veinte años (como poco) de convivencia entre una catarata y un pedernal erosionan a cualquiera (y más siendo, como somos, de débil carne). Estamos condenados a entendernos y a encendernos por exigencia de un guión y de un protagonista indefenso al que nuestro instinto nos pide proteger por encima de nuestros propios deseos. Ah, perdón, el deseo. Ahí la cosa cambia. Solo cuando es imprescindible, cuando el instinto de reproducción acapara toda nuestra atención es cuando los papeles se invierten. Durante el cortejo, ya os habréis fijado, el hombre (ese toro enamorado de la luna) se vuelve sensible o sensiblero, solícito y risueño, preocupado y feliz por lo más nimio, gran suspirador y peor poeta. Mientras, la mujer adopta una frialdad, una distancia, una cautela en sus emociones que casi podríamos decir que se masculiniza, tanto como el hombre se feminiza durante ese tiempo en el que la especie nos necesita cada vez más y más cercanos los unos y las otras hasta la imprescindible reproducción. (Nota del Traductor: si cuando compartimos un propósito somos tan hábiles en minimizar nuestras diferencias, en el momento que éstas arrecian sería recomendable acudir rápidamente al botiquín de propósitos comunes urgentes y aplicar alguno de ellos a nuestra convivencia, si es que lo que queremos es mantenerla a salvo, claro está). Cada vez que cumplimos el propósito común, el de reproducirnos, ya nos vamos por el caminito de vuelta de nuestros fueros emotivos, desde el mismo momento del parto, diría. Y a partir de ahí nos volvemos a repetir, con una sinceridad y una amnesia admirables, que sí, que todos, los hombres y las mujeres somos iguales, pero cada uno por nuestro lado.

Al fin y al cabo la simplificación del reproche es una medida que obedece a leyes tan económicas como la de Darwin. El rechazo al que no es como nosotros nos ha permitido en su momento evitar irrupciones (y disrupciones) en el cada vez más complejo engranaje de nuestras tribus. El lamento de que los otros sean efectivamente otros es un relato de cohesión interna que nos ha servido para progresar hasta cotas que otras especies no han tenido ningún interés en alcanzar (al fin y al cabo todas ellas disponen de algún arma de defensa que les sigue siendo útil ya sea en medio de la selva, del desierto o del océano). Los enemigos son más fácilmente odiables (el infierno son los otros, ya se sabe) si tienen un rasgo reconocible. Y así, cuántas veces no habremos escuchado distintas versiones de la misma canción: “todos los negros / moros / gays / empresarios / andaluces / vascos / catalanes / franceses / ingleses / ingenieros / artistas / hijos únicos / enanos / ecologistas / veganos / actores / baterías de rock / top models / directores de orquesta / sopranos / (ponga aquí su propia autodefinición) son iguales”. ¿Por la misma razón superviviente que cuando acusamos a los hombres y las mujeres de comportarse como hombres y como mujeres? Claramente, no. La supervivencia de la especie no depende de que una diva de la ópera se comporte de acuerdo a su estereotipo; pero seguramente sí contribuye a que su propio ecosistema perviva sin grandes sobresaltos hasta la siguiente vuelta. Todos enarbolamos banderas de los territorios en los que nos sentimos seguros, ya sean individuales o colectivos. Y así es probable que siga siendo, por lo menos hasta que…

… hasta que escuchemos al primer robot que se lamente -en el afterwork de un antro solo para máquinas- del tan socorrido “es que todos los humanos son iguales”. Ahí será cuando tengamos que empezar a mirar con más atención con qué género nos sentimos identificados, si masculino, femenino, o sencillamente humano.

 

FAKE IT EASY V (y final)

Es tentador tratar de citar todos los factores que concurren para explicar nuestra realidad actual (o más concretamente, nuestra irrealidad) pero resultaría una tarea tan arriesgada como inabarcable. En esta serie me he querido ceñir exclusivamente a aquellos que afectaron de un modo determinante a la instalación de la falsedad como nuevo estándar de comunicación global, sin el cual no se explicaría la fácil y rápida expansión de las fake news.

Escena VI. Abril de 2019. Oficina del editor de un periódico de referencia.

No, ya no. Desde hace tiempo no hay personal para comprobar si los datos que aparecen en los artículos que nos envían para publicar son ciertos. Aquello de “corroborar los datos” se dejó de hacer en el diario, y solo se mantiene como práctica para lo que se publica en el suplemento semanal.

(Quién sabe si las propias empresas periodísticas no habrán considerado que el auge de las noticias falsas terminará por devolverles a los clientes perdidos. Jugar con fuego tiene el riesgo de que en vez de apostar por aquellas cabeceras de prestigio que garanticen la verdad de una información, terminemos por dudar de todas ellas, de ser indiferentes y, por tanto, completamente vulnerables a lo que nos quieran contar, simplemente basándonos en nuestro sentimiento como aval para otorgar nuestra confianza).

Escena VII. Mayo de 2019. Bruselas. Cuartel general de campaña de un partido político.

¿Qué hacemos? Pues fácil, lo mismo que los de enfrente. Ellos publican fakes continuamente y nosotros también.

Escena final. El otro lado del espejo. 2008-2018

En 2008 ocurren dos hechos aparentemente inconexos: la aparición del iPhone 3G y la desaparición de Lehman Brothers. A ellos habría que añadir un tercero que nos permite empezar a celebrar el nacimiento del fake como categoría, como mundo. En ese mismo año Facebook duplica su cifra de usuarios y supera los 100 millones. No es casual que un año antes hubiera incorporado su versión para móviles y habilitado la publicación de vídeos, y lo que es más significativo, que las grandes empresas hubieran comenzado a realizar fuertes inversiones en la red social creada por Zuckerberg.

Esos tres hechos tomados en conjunto trascienden su papel de antecedentes para convertirse en detonantes de nuestra apasionada entrega a la nueva realidad-ficción. Tal vez en ausencia de uno de ellos se hubiera neutralizado el auge de esta “fiebre” colectiva que hoy ya no nos despierta ninguna extrañeza, pero lo cierto es que cada uno de ellos aportó un elemento clave para que se diera la reacción en cadena que causaría la mayor explosión mediática de la historia.

En esencia lo que la caída de Lehman Brothers provoca en 2008 es que aquel 15 de septiembre, a la 1:45 am (hora local) ya no hubo forma de escabullirnos de la verdad: todo era falso. Con este “todo” me refiero a que se convirtió en mentira aquello que no podía, que no debía haberlo sido jamás. De un modo u otro habíamos asumido la mentira del político, del delantero que cae en el área pequeña, del vendedor de mercadillo o del amante sorprendido in fraganti. Pero cómo imaginar que la Banca, tanto la grande e intocable como la sucursal del barrio, la Iglesia, los medios, nuestro puesto de trabajo, el valor de nuestra vivienda, y hasta el Rey, nos tuvieran engañados. Cómo íbamos a imaginar un show tan colosal en el que todos fuéramos Truman. Cómo no dejar de pensar que nosotros mismos habíamos sido colaboradores necesarios de la mayor de las estafas. Fue, más que un shock financiero, el cortocircuito de nuestra forma de vida en todos sus aspectos y niveles.

La sociedad que se iría recomponiendo con enormes sacrificios de aquel enorme varapalo, de aquel momento de revelación del fraude global ya no volvería nunca a ser la misma. Salvando las distancias, algo muy similar a lo que ocurrió con la población alemana tras la derrota del nazismo y el descubrimiento de los horrores que habían preferido no ver.

Pero a diferencia de la firmeza alemana demostrada desde entonces ante cualquier mínimo indicio de revitalización del nazismo, nuestro descubrimiento del fraude no condujo a un compromiso similar, a excepción de aquel brote extraordinario y fugaz que se llamó 15M. En gran parte, quizás, porque el engaño, el propio como el ajeno, se convertiría en una herramienta de supervivencia para los tiempos duros que sobrevendrían. No quedó otro remedio que mentirnos y autoconvencernos de que la crisis sería algo pasajero, que tendría fin y todo sería como antes, el trabajo y el sueldo y el precio de nuestra casa y nuestra capacidad de consumo y nuestras vacaciones y… no fue así. Por seguir en el mundo de los términos griegos, lo que llamábamos crisis se revelaría catarsis, pese a que todavía hoy muchos (empresas, gobiernos, personas) pretendan ignorarlo.

Facebook se convierte, y junto a ella el resto de redes sociales, en el gran refugio para ese autoengaño. A partir de 2008 la escalada de sus cifras de usuarios es supersónica y su hegemonía será prácticamente absoluta hasta fechas muy recientes. Facebook se erige, así, como el canal de canales, de los que cada individuo es al mismo tiempo creador, productor, editor, distribuidor y comercializador de los contenidos que “emite”, sean propios o no. Es por tanto el medio donde se termina de consolidar el imperio de lo subjetivo frente a lo objetivo.

Evidentemente, en los comentarios propios cada cual es libre de hacer de su capa un sayo y decir lo que quiera de sí mismo, sin mayor exigencia de veracidad que la que uno mismo se fije. Sin embargo, en los contenidos compartidos el usuario hace de amplificador de una noticia de la que no ha realizado ninguna comprobación sobre su autenticidad. En parte porque no la necesita, al fin y al cabo su muro es un medio aparentemente personal, para amigos y familiares; y en parte también porque cada vez nos importa menos el contenido que compartimos y más el comentario con el que lo acompañamos.

De este modo, los millones de espectadores hasta entonces limitados a lanzar nuestras quejas y alabanzas a quien tuviéramos al lado, comenzamos a replicar ante propios y, sobre todo, extraños, lo mismo que habíamos visto hacer a miles de tertulianos y opinadores del mass media. En plena crisis, esa satisfacción inmediata de poder exhibir nuestro aplauso o disgusto (llegando incluso al insulto) se convierte en un ansiolítico del que podemos disponer sin medida y sin receta. Más aún, siguiendo el ejemplo de nuestros referentes televisivos, empezamos a vigilar y preocuparnos por nuestro “rating”, nuestro “share”, nuestra popularidad en términos de audiencia. De pronto escuchamos a un amigo del que no suponíamos tanta pasión por la opinión de los demás lamentarse de los pocos “me gusta” que ha obtenido su último comentario o vanagloriarse de lo contrario. Como consecuencia, paulatinamente comenzamos también a cuidar que lo que publicamos guste y a descartar lo que nos parece que no tendrá suficiente repercusión, mientras descuidamos el principio de honradez, de veracidad. Cualquiera que haya estado vivo durante los últimos quince años puede echar mano de los mil y un ejemplos de “maquillaje” de tantos recuerdos, sentimientos, experiencias… que no eran lo que decían ser cuando se publicaron.

A ello contribuye también lo que empieza a denominarse “el fenómeno Youtuber” una gran ilusión reeditada esta vez con la promesa de convertir los vídeos personales en grandes éxitos, primero de audiencia y a continuación de ingresos. Como en los tiempos de Jack London la nueva fiebre del oro nos lanza a la carrera por encontrar nuestra propia mina virtual. Sin embargo, lo que es éxito para uno no garantiza que lo sea para los demás. El primero es un pionero, los siguientes, unos imitadores. El 99% de los youtubers se limitan a hacer lo que han visto hacer antes tanto en el propio Youtube como en los programas de televisión. Con un presupuesto raquítico y unos medios compuestos por una webcam y una habitación en la mayoría de los casos, el nuevo audiovisual individual se puebla de… tertulianos. Gente que comenta videojuegos, películas o canciones, gente que opina de política, deporte o restauración, gente que habla, sentada o en la calle, que no para de hablar. La televisión low-cost vive su big bang. Ella misma ha alimentado durante años a esa bestia que comienza a devorar su modelo de negocio y cuestionar su supervivencia.

Teníamos la motivación, teníamos la oportunidad. Para culminar un crimen ya solo era necesario disponer del arma. Y nos la pusieron en la mano, reluciente y cargada con dinamita, es decir 3G y WiFi.

El reemplazo del teléfono para “hablar” por el teléfono “inteligente” (¡qué estupendos adjetivos crea el marketing!) no solo consiguió que este se convirtiera de inmediato en un objeto de deseo (la opción sin lugar a opción era seguir con el teléfono “tonto”) sino que sin siquiera cambiar de nombre cambiara por completo su significado. Eso y nuestro modo de mirarlo. Literalmente. El teléfono pasó de ser “mirado” apenas durante los instantes de marcar un número o aceptar una llamada (y alguna partida de “snake”, claro) a que nos doliera mantener la vista apartada de él. Es decir, de su pantalla. Por fin la pantalla había caído en nuestras manos. Pero por sí sola la pantalla no era suficiente para desencadenar la revolución que se inicia aquel año.

Los nuevos modelos de teléfono inteligente incorporan una característica que a priori parecía apenas un gadget más, pero que será el que transforme de una vez y para siempre el ecosistema mediático: la cámara de foto y vídeo. Sin los smartphone la publicación de los contenidos personales de los usuarios habría estado mucho más limitada, pero la cámara abre la puerta a un nuevo capítulo en la historia de las comunicaciones humanas, un nuevo paradigma, quinientos años después del de Gutenberg. Es el momento en el que todos podemos ser por fin autores sin más criterio que el propio, sin necesidad de crear más contenido que simplemente exhibir fragmentos de nuestra vida.

Los primeros en notar ese cambio fueron precisamente las agencias internacionales de noticias. El último día del año 2006 un vídeo abría las cabeceras de todos los informativos de televisión, el de la ejecución de Saddam Hussein. Es un vídeo de calidad pésima pero tiene la virtud de ser el único. En eso no se diferencia de cualquier otra exclusiva emitida con anterioridad. La gran novedad es que ese vídeo no ha pasado por ninguna agencia de prensa antes de llegar a las redacciones sino que ha sido subido directamente a YouTube. Había sido grabado con un teléfono móvil.

2008. Años de depresión, de escasez de oportunidades laborales, de vuelta a la vida casera. Años en los que podemos desahogarnos y sentirnos escuchados, respondidos, correspondidos, desafiados, reafirmados solos, frente al teclado, construyendo a golpe de post, de selfie, de tuit nuestro personaje público, muy parecido a nosotros salvo que no tiene por qué mostrar nada que no deseemos que se vea. Años de entretenimiento y evasión al alcance de la mano, de aplicaciones “gratuitas” con las que poder jugar sin interrupción, matar los tiempos muertos.

2018. Codiciamos aquello que vemos cada día, que decía el Dr. Lecter. Después de generaciones siendo los espectadores de otros, en la última década hemos disfrutado del goce enorme de ser nosotros los leídos y observados por los demás. En nuestro cotidiano consumo mediático hemos reemplazado el estar informados por sentirnos cohesionados. A partir de ahí, las fake news solo tienen que entrar donde saben que serán bien recibidas.

Cada contenido que llega a nuestro móvil, a nuestra pantalla, no lo sometemos ya, por tanto, al escrutinio de su autenticidad sino de su utilidad para atraer la atención de los demás. Los hoax, las fake news, las fotos que retocamos, las historias que “vivimos”, los “followers” que compramos, los “éxitos” que publicamos hacen de combustible y ni su origen ni su verdad nos preocupan tanto como declaramos en voz alta. Más de un 80% de la gente dice que las fake news representan una grave amenaza para la democracia. La encuesta no revela (no sabemos si llega a preguntar) cuál es el porcentaje de los que se preocupan por averiguar si el contenido que comparten y comentan es o no fake. Como tampoco debe de ser fácil de medir, ni de preguntar y mucho menos de contestar en qué medida nuestros perfiles sociales están llenos de verdades que solo lo son a medias.

COROLARIO

Gran parte del “atractivo” de las fake news es parecido al de la junk food con la que tantas cosas comparte: nos provoca una satisfacción primaria por eso que nuestro cerebro aprendió a desear sin ofrecer resistencia con el paso del tiempo, es decir, azúcar, grasa y sal, (bien aliñada con glutamato monosódico para que nos enganchemos todavía más), y a un precio irrisorio. Del mismo modo, las fake nos dan contenido que mezcla ingredientes por los que nuestro cerebro saliva. Son fáciles de entender, exageran (es decir, nos llaman la atención), pero siempre a partir de un insight (un prejuicio, un preconcepto) o un dato que tenemos firmemente afianzado en nuestro pensamiento (los inmigrantes están desesperados, los taxistas son rancios y corporativistas, los empresarios son codiciosos y malvados, y así…) y nos permiten ponernos a favor o en contra sin necesidad de más análisis, solo con el titular.

Y son “gratis”, más aún, nos invitan a hacerles caso vía un mensaje que llega de una fuente que pertenece a nuestra red social, es decir, que ha pasado nuestro primer filtro de confianza.

¿Y si el objetivo principal de las fake no fuera el hacernos creer en su autenticidad -que también- o bajarnos las defensas para contribuir a su viralización, es decir, a la desinformación? ¿Y si las fake news fueran en realidad un termómetro, un sensor más para medir nuestros niveles de alerta, de rapidez e intensidad en la reacción, de sensibilidad, de la evolución de nuestros intereses y preocupaciones o de nuestro umbral de saturación ante ciertos temas? El verdadero Big Data que cada día ayudamos a construir en las máquinas que gestionan nuestra comunicación es mucho menos el de la información de nuestras acciones “objetivas” que el de nuestras emociones, de nuestros impulsos, de lo que hacemos “sin pensar”. Ahí está el verdadero “data mining”. Cada vez que reaccionamos a una fake en el sentido que sea (incluso no reaccionando), la única verdad que se transmite es la de desnudar nuestro yo más íntimo ante un desconocido.

EPÍLOGO

En Matrix los humanos muestran la imagen que desean percibir de sí mismos, y no la que en realidad tienen. En Minority Report se retrata un hampa dedicada a proveer de identidades offline que permitan escapar del control total de cámaras y sensores. Una sociedad que ha descubierto las satisfacciones del fake difícilmente aceptará volver a la cruda y sincera realidad. Por un lado, es de esperar que en algún momento aflore una nueva economía de la desconfianza. Por ejemplo, Uma Thurman sometiendo a una prueba de ADN un pelo de Ethan Hawke en Gattaca para estar segura de que él es quien dice ser. En contraposición, es previsible que surja una industria que ofrezca la posibilidad de escapar de nuestra propia ilusión; de vendernos una dosis para regresar por tanto tiempo como nuestro crédito se pueda permitir a una realidad real, desconectada; de borrar o al menos neutralizar nuestra presencia virtual, de mantener una doble vida en la que poder volver a ser eso que cada vez nos cuesta más reconocer en la pantalla en la que nos contemplamos: a nosotros mismos.